Disclaimer: La historia no me pertenece, historia adaptada del libro Corazones Encadenados (Capitulo 5 - Sacrificio)

Kristen había escapado de Robert ahora hacía un año, sintiendo que podía ser una debilidad para su futuro. Pero nunca esperó el sacrificio que él hizo por ella. Uno que conmocionaría su alma y destruiría las raíces de todas sus creencias.

Su sexualidad, su corazón y todo por lo que había luchado en los últimos seis años serán sometidos a prueba cuando una misión la lleve a la granja de Robert y a su cama. Allí aprenderá el verdadero sentido del hambre, del amor... y también el engaño y las mentiras que han gobernado su vida durante tanto tiempo.

Cualquier cosa que merezca la pena tenerse merece también un sacrificio. Kristen está a punto de averiguar si puede pagar el precio, y arriesgar no sólo la herencia que debería ser suya, sino también su corazón frente al hombre que todavía puede contener el fuego que arde en su alma.

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Capítulo 5

—Matthews, tú y Adams tenéis turno de día, Lowell y Danford pueden hacer las noches —informó Kristen a los cuatro hombres, mientras el ama de llaves de Robert les escoltaba a sus cuartos. Los hombres estaban en el piso inferior, Kristen estaba en el piso superior. Justo en la puerta de al lado de Robert.

—Lo haremos, Kristen —David Matthews asintió solemnemente, mientras sus ojos de cachorro le sonreían—. Por aclararlo, no deberíamos estar mucho tiempo aquí. Pattinson no parece ser alguien a quien le guste la compañía.

Kristen resopló. Robert no había dejado de mostrarse rudo desde que habían llegado aquella mañana.

—No tengo ni idea de qué demonios necesita de nosotros un ex soldado de las Fuerzas Especiales. No tiene pinta de haberse vuelto perezoso —gruñó Tim Adams mientras arrojaba su maleta sobre una de las dos camas de matrimonio que llenaban el gran dormitorio.

Los cuartos de los agentes estaban conectados, de dos en dos, a la parte trasera de la casa. Estaban aireados y cómodos, pero no eran exactamente acogedores. Robert evidentemente no era alguien que animara a sus huéspedes a quedarse de noche.

—Se acostumbrará —ella se encogió de hombros como si le fuera indiferente, pero eso también le molestaba.

Robert era considerado uno de los mejores soldados de las Fuerzas Especiales cuando se retiró tras la muerte de su padre. Su récord era impecable, sus misiones exitosas eran del noventa y nueve por ciento. Podría apresar a los cinco guardaespaldas enviados para protegerlo, y probablemente prender un equipo lleno de asesinos con el adelanto que le habían dado.

En lugar de eso, Kristen se centró en los cuatro hombres que le habían asignado. Era consciente de que Robert se había acercado a su padre teniendo en mente lo que consideraba un marido conveniente para Kristen. El senador Stewart había sido sumamente despectivo cuando le transmitió a ella aquella información.

Como si yo lo pudiera considerarlo, le había dicho a ella, con mofa. Tú necesitas restricciones, Kristen, no un hombre tan anticonvencional como probablemente tú misma eres.

Anticonvencional. Él no tenía ni idea, pensó con orgullosa satisfacción mientras se preguntaba si tendría alguna idea de cuán efectivamente había soslayado las condiciones del testamento. El sexo anal podría no ser el acto más satisfactorio, pero aliviaba la furia y la tensión que la consumían.

Pero él sabía del interés de Robert ahora, y ella conocía cómo trabajaba el Senador. Uno de los hombres que estaban con ella había sido enviado no para protegerla, sino para informarle.

—Mantened vuestros ojos abiertos, y mantenedme informada —dijo a los cuatro mientras ellos la miraban—. Desharé las maletas y me encontraré con vosotros abajo para la cena. El ama de llaves dijo que es a las cinco en punto, no más tarde. Vamos a intentar no perturbar demasiado su rutina.

De hecho prefería que no perturbaran a Robert en absoluto; él no parecía contento con su presencia.

Suspirando, atravesó el vestíbulo hacia las escaleras traseras y subió rápidamente a su propio cuarto. Estaba en el lado más apartado, una pequeña suite con una enorme cama de matrimonio que la miraba de manera tan invitadora que ella no quería más que hundirse en ella. Se había pasado casi una semana durmiendo poco y eso la estaba volviendo perezosa. No podía permitirse el lujo de no ser totalmente ingeniosa en este trabajo.

Cerró la puerta tras ella, echando automáticamente la llave, y se movió a través del pequeño cuarto de espera hacia el interior de la habitación mayor. La alfombra verde oscuro abrigó sus pies cuando se quitó de una patada sus cómodos zapatos deportivos y los puso junto a la puerta.

Su maleta estaba colocada sobre el gran baúl de palo de rosa a los pies de la cama, invitadoramente abierto, y su bata descansaba encima de su cómoda ropa. Cerrando la tapa de la caja, miró silenciosamente alrededor del cuarto. Los oscuros muebles de madera de cerezo hacían parecer al cuarto más cálido, más cómodo. Esta habitación estaba hecha para el placer, para el relax, y se sentía demasiado bien.

—¿Te gusta el cuarto?

Kristen brincó de la sorpresa mientras se giraba, colocándose frente a la puerta del otro lado del cuarto que Robert había conseguido abrir sin hacer ningún ruido.

Se quedó sin aliente ante la punzada de deseo que contrajo su vientre y que envió calor a través de la vulnerable carne de entre sus muslos. Podía sentir el espeso y cálido jugo saliendo de sus pliegues, preparándola para él, haciéndole sentirse aún más dolorida.

Él estaba como para comérselo. Apoyado contra el marco de la puerta, sus musculosos brazos cruzados sobre el pecho, su mirada sombría mientras la miraba. Sus ojos verdes estaban tormentosos, con el color fluyendo e incluso cambiando mientras la tensión tensaba el aire entre ambos.

—Es bonito —ella aclaró su garganta, escondiendo su disgusto ante la gruesa ronquera de su voz.

Era tan débil. Empujó sus manos dentro de los bolsillos de sus vaqueros, luchando contra la necesidad de tocarlo, de saborear sus besos otra vez. Su corazón latía fuera de control, bombeando furiosamente la sangre a través de sus venas, y resonando en el brote hinchado de su clítoris.

Inhalando profundamente, tragó fuertemente mientras miraba como él bajaba sensualmente sus párpados. Podía ver la tensión sexual moverse por su cuerpo. Oscureciendo sus ojos, abultando el frente de sus vaqueros.

—Sabes que esto no funcionará —le gruñó él—. Tú, aquí, en esta casa. Si ni siquiera he podido evitar ponerte en el cuarto junto al mío, ¿cuánto tiempo crees que pasará antes de que te tenga en mi cama, Kristen?

Imágenes demasiado calientes relampaguearon en su mente. Su duro cuerpo desnudo, perfecto, con los músculos brillando de sudor mientras él se colocaba sobre ella, sus poderosos muslos moviéndose entre los de ella…

—Yo no quise esto, ni para ti ni para mí —ella sacudió su cabeza con ferocidad, luchando contra la tentación. Y esto era una tentación. La necesidad de ir a él, de aceptarlo y olvidar el juramento que había hecho hacía tanto.

Ella recordó su beso, oscuro y embriagador, las sensaciones que azotaron su sistema, cómo sus labios dominaron los suyos, su lengua yendo más allá para tomar posesión de su boca.

—Sé que no lo quieres, y sé lo que ambos estamos arriesgando —él se enderezó, apartándose del marco de la puerta—. Es por lo que he permanecido apartado de ti. Es por lo que me alejo cada noche, en lugar de secuestrarte y atarte a mi cama donde te pueda follar a voluntad. Es por lo que pienso que esta es una de las cosas más idiotas que he hecho en toda mi vida.

Agarró sus hombros, ignorando su grito sofocado mientras la atraía contra sí, bajando la cabeza.

Estaba cogida. Desvalida. Dios, él sabía demasiado bien. Demasiado caliente y seductor. Las manos de ella agarraron su cintura, sus labios abriéndose para él mientras su lengua presionaba contra ellos, con un gemido vibrando en su pecho mientras ella lo encontraba con la suya propia.

Esto no era un beso. Esto era una posesión. Esto era un hambre, una tentación y una adicción. Y ella no podía conseguir suficiente. Quería envolverse alrededor de él, perderse en el calor y el placer que Robert era.

—Que Dios nos ayude a ambos —gruñó él, liberando sus labios sólo para depositar pequeños besos contra su mandíbula y a lo largo de la línea de su garganta.

Sus brazos se envolvieron alrededor de ella, sosteniéndola todavía mientras se inclinaba hacia ella, sus labios hurgando bajo el escote abierto de su blusa para pasar su lengua sobre las suaves e hinchadas curvas de la parte superior de sus senos.

Ella inclinó su cabeza, indefensa contra el placer, con los músculos incapaces de sujetar su cuello derecho, mientras un deleite sin igual la incendiaba.

-Robert —se arqueó hacia él, hacia su toque.

Sus pezones le dolían, palpitando por el toque de su boca. Esto era la locura. Era demasiada tentación, pero era diferente a todo lo que ella conocía. No era un impulso, ni era un ejercicio para controlar la ira que a veces crecía en su interior. Era una tormenta de fuego asumiendo el control de su cuerpo y su mente. Calor y excitación, y una demanda que él sólo alimentaba mientras lamía con su lengua el borde de encaje de su sujetador.

—Sabes tan bien como creía —gimió él bruscamente—. Como dulce madreselva y calor veraniego. Que Dios nos ayude, Kris, no creo que pueda controlar la necesidad de tocarte, de saborearte.

Ella tenía una semana para recordarlo. Una semana para lamentar, para necesitar, para sentirse dolorida por el más simple y pequeño toque.

—Rob.. —luchó por controlar su respiración, por hablar a través de la brutal excitación que crecía en su cuerpo.

No podía decir más, no podía hacer nada más inteligente que emitir un largo y entrecortado grito de hambre abrasadora que escapó de su garganta mientras los labios de él intentaban apartar a un lado la copa de su sujetador lo suficiente como para permitir que su lengua raspara la endurecida punta de su seno.

Ella se puso de puntillas, con sus manos sosteniendo su cabeza, apretándola más íntimamente, más duramente contra ella.

—Más —jadeó cuando él lamió otra vez. Quería sentir sus labios cerrándose sobre ella, lamiéndola, succionando la prieta punta en su boca.

—Yo iba a apartarme —gruño él guturalmente—. No iba a saborear, a tocar…

Él la levantó contra él, moviéndola a la cama, recostándola de espaldas sobre la colcha, y colocándose rápidamente a su lado. Sus labios cubrieron los suyos otra vez y la tormenta dentro de cuerpo se alimentó del hambre creciente de su beso.

Kristen era sólo vagamente consciente de sus dedos en su blusa, tirando de los botones en los ojales; sus manos callosas eran sensualmente ásperas, demandando mientras empujaban el material a un lado, y rápidamente soltaban el cierre de su sostén

No podía luchar contra los dos. Estaba ansiando esto. Este algo, su toque, tenía algo que otros no tenían. Como si un solo golpe de su dedo fuera un narcótico para sus sentidos.

—Hijo de puta, seguro que iré al infierno por esto —no hubo pausa entre sus labios y sus pezones perforados con piercings.

La espalda de Kristen se dobló, arqueándose fuertemente contra él mientras un grito rasgaba su garganta. Los labios de él cubrieron una de las doloridas puntas mientras sus dedos iban a la otra. Ágil y caliente, su lengua lo raspó mientras su boca lo tomaba, tirando del pequeño anillo de oro que perforaba el centro de la alargada punta.

Sus dedos se enredaron en el otro. Tiraron del anillo de oro, enviando fragmentos de calor desesperado y ardiente por su cuerpo mientras los dedos de ella agarraban la tela de la masculina camisa, apartándola, impaciente por sentir su piel contra ella.

Esto era el tema de sus sueños. Robert apoderándose de ella, forzando el placer por su cuerpo, sin darle tiempo a pensar o a temer

—Quiero tocarte— gimió, estremeciéndose por las sensaciones exquisitas que rasgaban su cuerpo—. Déjame tocarte, Robert.

Él le gruñó en respuesta. Ella no sabía si eso era un sí o un no.

—Ahora —se apretó contra él, tirando fuertemente de su camisa.

—No, joder —alzó la cabeza desde un enrojecido pezón agarrando las muñecas de ella, sujetándolas sobre su cabeza con una sola mano mientras la miraba fijamente con oscura y sexual mirada—. No me toques, Kris. No ahora. No de esta manera. Acabaré por hacer algo que los dos lamentaremos.

Kristen luchó por respirar.

—Puedes tenerme — susurró—. Como Sax…

Ella no podía negársele, ya no. Estaba demasiado hambrienta, demasiado salvaje por su toque. Había creído que podría mantenerse a distancia. Que podía negar su necesidad y la lujuria de él, pero ahora sabía que eso no iba a pasar. Esto no era simplemente necesidad. Era un ansia, una adicción.

Él la miró fijamente, su pecho subiendo y bajando tan rápidamente como el de ella, su cara ruborizada de excitación, de lujuria. Ella podía ver la batalla en sus ojos, la desesperante necesidad de cualquier cosa que ella ofreciera, y el conocimiento de que nunca sería suficiente.

—Es todo lo que tengo, Rob —susurró con mucho dolor—. Todo lo que puedo ofrecer —pero no era así, no realmente. Tenía el corazón, y estaba aterrada por si él ya lo poseía.

Él bajó su cabeza, apoyando la frente contra la suya mientras la miraba a los ojos.

—Tienes un trasero bastante lindo —susurró con voz sugerente, oscurecida por la lujuria—. ¿Sabes cuántas noches he soñado contigo Kristen? ¿Lo a menudo que he permanecido despierto, hambriento por ti?

Ella lamió sus labios, sintiendo el debilitante deseo correr por su cuerpo.

—Estoy aquí —susurró.

Su mano se elevó a su cara, sus dedos tocaron su mejilla con un toque tan suave como un susurro.

—Aquí estas —convino—. Y aun así, estás más lejos de lo que nunca has estado.

Kristen lo miró confusa mientras él soltaba sus muñecas y se forzaba a apartarse de ella. Y realmente se forzaba. Podía verlo en cada línea de su cuerpo, en la tensa y furiosa mueca de su boca.

—¿Qué quieres decir? —sacudió su cabeza, tirando de los bordes de su camisa para unirlos mientras él se levantaba de la cama y se ponía de pie, mirándola.

Rompió su corazón el necesitarle como lo hacía y el saber que nunca podría tenerlo y a la vez mantener el juramento que se había hecho a sí misma y a su madre. Un juramento que pesaba en su alma más y más cada día.

Él sacudió su cabeza brevemente.

—Tengo que irme jodidamente lejos de aquí antes de tomar algo que no quieres dar. Y eso nos haría daño a los dos.

Antes de que ella pudiera hablar, él se dirigió rápidamente hacia la puerta que unía los dos cuartos, cerrándola firmemente entre ellos.

—Pero yo quiero dártelo, Robert —susurró ella tristemente—. Más de lo que tú sabes. Y más de lo que nunca sabrás.