Disclaimer: La historia no me pertenece, historia adaptada del libro Corazones Encadenados (Capitulo 5 - Sacrificio)

Kristen había escapado de Robert ahora hacía un año, sintiendo que podía ser una debilidad para su futuro. Pero nunca esperó el sacrificio que él hizo por ella. Uno que conmocionaría su alma y destruiría las raíces de todas sus creencias.

Su sexualidad, su corazón y todo por lo que había luchado en los últimos seis años serán sometidos a prueba cuando una misión la lleve a la granja de Robert y a su cama. Allí aprenderá el verdadero sentido del hambre, del amor... y también el engaño y las mentiras que han gobernado su vida durante tanto tiempo.

Cualquier cosa que merezca la pena tenerse merece también un sacrificio. Kristen está a punto de averiguar si puede pagar el precio, y arriesgar no sólo la herencia que debería ser suya, sino también su corazón frente al hombre que todavía puede contener el fuego que arde en su alma.

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Capítulo 6

Debería haberse mantenido jodidamente alejado de ella, como había intentado. No debería haber entrado en su habitación y tan cierto como que el infierno existía que no debería haberla tocado. Pero lo hizo. Desvalido por la necesidad de probarla, de tocarla. Ella era un narcótico para sus sentidos, envolviéndose alrededor de él como la llamada lujuriosa y apasionada de una sirena a la que no se podía negar. La ansiaba.

Robert no recordaba si había sentido alguna vez una necesidad tan fuerte, tan imperiosa. Ninguna mujer lo había afectado de esta manera; ninguna había puesto a prueba el control que había mantenido durante años.

"Una buena mujer merece cualquier sacrificio, hijo". El recuerdo de las palabras de su padre resonaba en su cabeza mientras miraba el oscuro bosque desde el porche trasero. "Ella aliviará tu alma y mientras tanto tu arderás desde dentro hacia fuera. Por esa clase de mujer merece la pena morir, incluso más, es por lo que merece la pena vivir".

Él sabía que sus padres no habían tenido siempre buenos tiempos juntos. Su relación se había visto obstaculizada por los padres de ella, y por la sexualidad extrema de Victor Pattinson.

Robert todavía recordaba la primera vez que llegó a casa y lo descubrió. Había estado en el colegio, estaba bastante crecidito y había vuelto a casa de improviso. Se topó con algo que incluso ahora deseaba no haber descubierto, por el simple hecho de que eran sus padres.

Se encogió de hombros ante esos incómodos recuerdos. Pero pensar en ello fue lo que atrajo a Kristen a su mente. Lo erótico que sería abrazarla, viendo como otro hombre la tocaba, realizando todas sus fantasías más sensuales.

Ella era una criatura sumamente sexual. Lo había visto en El Club, y la información que había obtenido más tarde sólo había reforzado aquella impresión.

Sus requerimientos en cuanto a la conducta sexual con los miembros del club eran simples. No quería juegos preliminares, no quería ni que la besaran ni abrazaran; sólo quería que la follaran. Y ella misma había hecho cumplir esas demandas. Porque esas cosas la hacían débil. La hacían desear. Y Robert sabía que él la hacía desear esas cosas, las mismas que ella nunca podría tener con los otros.

Y ahora estaba aquí. En alguna parte de su de casa, de su vida. Él no tenía ninguna otra opción, sólo quedarse cerca de ella, protegerla, y protegerla del espía que Stewart había colocado dentro de su casa para vigilar a Kristen e informarle de cualquier mala conducta sexual.

Se movió incómodamente, apoyándose contra el poste, deseando poder aliviar la presión en sus vaqueros sólo un poco. Su erección lo estaba matando. Alejarse de Kristen era la cosa más difícil que hubiera hecho alguna vez en su vida, pero que Dios le ayudara, se estaba muriendo por ella.

Puedes tenerme… como Sax… Las palabras susurraban en su mente mientras cerraba sus ojos atormentado por el deseo.

Como Sax. Él podría tenerla analmente.

La furia pulsó en su interior mientras apretaba los dientes luchando contra la necesidad de tener todo de ella. Lo quería todo, y el hecho de no poder luchar contra el escudo que había entre ellos lo enfurecía.

Podría luchar contra otro hombre, o contra cualquier peligro que la amenazara. Podría seducirla, si fuera simplemente cabezonería, ganar la discusión si fuera la cólera la que los apartaba. Pero esto era algo que escapaba a su control. Algo que la destruiría si él le obligara a escoger.

Así que él tenía que escoger. Porque no podía soportar el dolor que había visto en sus ojos, y la necesidad que sintió estremecer su cuerpo. No podía aquietar la necesidad de abrazarla, de enseñarle, solamente con su toque, el amor que sentía por ella. Un amor que sabía que le destruiría eventualmente, porque no podía tenerla completamente. No ahora. Ni nunca.

—No estás aquí para aconsejarme esta vez, Papá —susurró mientras miraba hacia las montañas que su padre tanto había amado.

Echaba de menos al hombre cuyo consejo había ido a buscar tantas veces durante sus años de adulto. Su muerte, cinco años antes, había dejado un vacío en su alma que resonaba con pesar en ocasiones como ésta.

Su padre lo había educado con valores sólidos, con un sentido sobre la familia y el honor que había rechazado romper ahora. Los hechos eran los hechos. No podía poseer plenamente a la mujer que amaba con cada latido de su corazón, pero podría darle un momento sin presión, sin demandas. Un tiempo para atesorar en sus corazones en los largos y solitarios años que vendrían.

Bajó la cabeza, agarrando con sus manos sus antebrazos mientras cruzaba los brazos sobre el pecho y comenzaba a dar ligeros golpes con la puntera de su bota contra la base del poste. No había nada más que pudiera hacer.

—Sabes, no es una idea muy brillante permanecer ahí de pie a plena vista cuando posiblemente tienes un terrorista o algún otro asaltante desconocido esperando para reventarte el culo.

Él sonrió abiertamente mientras Kristen hablaba desde la puerta trasera, con voz irritada y todavía oscurecida por la excitación. Se preguntó si ella sabría cómo ese ronco sonido le volvía loco por follarla.

Se giró hacia ella al tiempo que ella salía al porche, mirándolo con cautela.

—Lo siento, a veces mi control no es lo que me gustaría que fuera —gruñó con un borde de autoburla—. Lo que no dice mucho sobre mi condición de Troyano, ¿no?

—Los Troyanos —ella sacudió su cabeza ante el título que la mujer de Stanton había dado a los ocho hombres que había identificado como parte del exclusivo club masculino—. Imagino que eres más parecido a ellos de lo que cualquiera de nosotros quisiera admitir ahora. Pero no cambia el hecho de que no eres indestructible. No deberías estar fuera al aire libre de esta manera.

—Mi nuca no cosquillea de momento, no estoy preocupado —dijo él, asombrado por el placer que simplemente mirarla le producía.

Quería verla vestida simplemente con la luz de la luna, al alcance de él, con su cuerpo brillando por la humedad, y con el brillo de deseo en sus ojos. El hambre que sentía sólo por eso le golpeó hasta el mismo corazón de su ser.

—Oh Señor, otro hombre con nuca cosquilleante —refunfuñó ella—. Te diré lo mismo que a mi jefe: hacen lociones para ese tipo de cosas.

Una risa sorprendida escapó de sus labios. Ella era tan atrevida y mordaz como el demonio. Le gustaba mucho esta forma de ser de ella. Había echado de menos sus devastadoras réplicas, su risa provocadora. No se había dado cuenta de cuánto hasta ahora.

Ella se le acercó más, su olor, limpio y fresco, con un pequeño rastro de melocotón, lo envolvió, haciéndole ansiar el probarla otra vez. Quería abrir sus piernas ampliamente y lamer toda la dulce nata que su cuerpo tenía para dar. Atiborrarse de su pasión, de sus gritos y de su dulce liberación.

—Ven aquí —la arrastró a sus brazos, ignorando sus protestas, aguantando el aliento por la intimidad del acto.

Sabía que esto era uno de sus tabús. Nada de abrazos o juegos preliminares. Esas reglas que él quería y podía romper.

Pero se sorprendió cuando, después de mantenerse rígida unos segundos, ella comenzó a relajarse contra él, sus manos colocándose cautelosamente en su cintura al mismo tiempo que él apoyaba la mejilla en su cabeza. Sus manos acariciaron su trasero, sus dedos comenzaron a trabajar los músculos de ahí, mientras en sus labios se formaba una sonrisa.

—Lo siento —susurró ella firmemente—. No quiero hacer esto más duro de lo que ya es.

Él rió contra su pelo. Si se pusiera más duro se quemaría en sus pantalones.

—Déjame sólo abrazarte —susurró al final profundamente, respondiendo a la necesidad de sentirla contra él, al dolor de protegerla que era como un cuchillo en su alma—. Sólo un minuto, Kris. Déjame sujetarte.

La noche los envolvió, silenciosa, tranquilizadora. El sonido de las ranas en la charcas del pasto, el lejano ulular de un búho, el canto del chotacabras desde un árbol en el patio trasero. La noche los envolvió, ocultó sus miedos, sus hambres, y durante aquellos pocos y preciosos minutos, les trajo un poco de paz a los dos.