Disclaimer: La historia no me pertenece, historia adaptada del libro Corazones Encadenados (Capitulo 5 - Sacrificio)

Kristen había escapado de Robert ahora hacía un año, sintiendo que podía ser una debilidad para su futuro. Pero nunca esperó el sacrificio que él hizo por ella. Uno que conmocionaría su alma y destruiría las raíces de todas sus creencias.

Su sexualidad, su corazón y todo por lo que había luchado en los últimos seis años serán sometidos a prueba cuando una misión la lleve a la granja de Robert y a su cama. Allí aprenderá el verdadero sentido del hambre, del amor... y también el engaño y las mentiras que han gobernado su vida durante tanto tiempo.

Cualquier cosa que merezca la pena tenerse merece también un sacrificio. Kristen está a punto de averiguar si puede pagar el precio, y arriesgar no sólo la herencia que debería ser suya, sino también su corazón frente al hombre que todavía puede contener el fuego que arde en su alma.

****************************************************************************************************************************************************

Capítulo 7

Él no fue a su cama aquella noche, como ella esperaba. Kristen permaneció despierta durante mucho tiempo, escuchando por si venía, con su cuerpo sensibilizado, listo, dolorido por él. Miró la puerta que conectaba ambas habitaciones hasta que sus ojos finalmente se cerraron de cansancio y el sueño la reclamó, mientras sueños poco reparadores la atormentaban.

La siguiente mañana se sentó con los ojos turbios y muy irritable sobre una taza de café, escuchando cómo Matthews y Adams comentaban los informes del día anterior. No había señales de intrusos, ni un susurro de peligro. Aparte de un ciervo masticando hierba en el patio trasero, no había nada que señalar.

—Cubriré el interior hoy —dijo Matthews pensativamente—. Adams se ocupará del exterior. Supongo que tú te pegarás al señor Don Oscuro y Sombrío Pattinson —se rió disimuladamente de ella.

Kristen alzó una ceja burlona.

—¿Oscuro y Sombrío? —le preguntó, curiosa.

—Sip, bajó pronto a desayunar pareciéndose a un nubarrón antes de encerrarse en su oficina. Apenas nos dijo una palabra o dos.

Al menos a ellos les había hablado.

Ella alzó su hombro como si no le importara.

—Quizá no le guste la compañía.

Tim Adams resopló.

—Quizá nosotros seamos la compañía equivocada. Por lo que vi la noche pasada, tú le gustabas bastante.

Ella le miró despacio, cuidando de mantener su semblante en blanco.

—¿Perdóname? —dijo cuidadosamente, su cuerpo tensándose ante el insulto implícito en la voz masculina.

Él la miró, con una mirada condenatoria.

—Te vi en el porche con él la noche pasada —espetó—. Os estabais volviendo un poco íntimos y personales, ¿no era así?

—Y tú te estás volviendo un poco metomentodo, ¿no? —lanzó ella como respuesta.

—Yo diría demasiado metomentodo —la voz de Robert era peligrosamente suave mientras entraba en la habitación—. ¿Tienes que tener una opinión sobre lo cercano que estoy o no a mi hermanastra? —preguntó al guardaespaldas suavemente mientras se acercaba a la mesa.

Kristen le lanzó una mirada y rápidamente se puso en pie.

—Dios, ¿no hay suficiente testosterona en este cuarto? —gruñó irritada—. ¿Qué demonios pasa con vosotros, chicos? —se giró hacia Tim Adams—. Lo que yo haga no es de vuestra maldita incumbencia. Y tú — golpeó con el dedo el pecho de Robert de manera firme, luchando por ocultar un estremecimiento cuando esos fríos y acerados ojos verdes la miraron— no eres mi guardián. No necesito que nadie defienda mi honor o lo que diablos creas que estás haciendo.

Esto era simplemente genial. Estaba casi segura de quién era el espía de su padre. Tim Adams era tan moralista como se pudiera ser. Sus puntos de vista sobre las mujeres y lo que debían o no debían hacer eran tan rígidos como los del Senador.

La expresión de Robert no cambió. Permaneció tan dura como una piedra y mucho más peligroso mientras se giraba hacia Adams.

—Llamaré a tu superior yo mismo —le dijo rotundamente—. Hasta entonces, quédate jodidamente lejos de mi vista, o lo lamentarás —agarró la muñeca de Kristen mientras sus ojos se abrían, sorprendidos—. Y tú, tengo que hablar contigo.

Antes de que ella pudiera detenerle, la estaba empujando tras él, de nuevo. Maldición, se estaba cansando de que él tirara de ella como en la época medieval.

—Robert, ¿te ha dicho alguien alguna vez que eres como un grano en el culo? —espetó mientras él la arrojaba al estudio y cerraba la puerta tras ellos.

—¿Alguien te ha dicho alguna vez que pondrías a prueba la paciencia de un santo? —contestó él—. Deberías haberme dejado matarle. Lo habría disfrutado.

Ella puso los ojos en blanco ante su tono sanguinario.

—Es un gilipollas. Si los mataras a todos, no habría hombres para continuar la especie —le informó sarcásticamente—. ¿Y cuál es tu jodido problema, de todas formas?

—El bastardo ha estado husmeando por mi casa toda la noche —gruñó—. Si le hubiera cogido escuchando en cualquiera de nuestras puertas otra vez le hubiera matado.

La sorpresa ensanchó sus ojos mientras le miraba fijamente.

—Justo lo que necesito —suspiró rudamente ella—. Ignórale. No sería bueno apartarle de la misión, porque sospecho que al menos dos de los hombres han sido enviados deliberadamente para vigilarme. Es el deporte favorito del Senador, hacer que me espíen.

El alzó sus labios burlonamente.

—No te daré mi opinión sobre el Senador —ladró—. No puedo creer que mi madre se haya casado con ese bastardo.

Kristen hacía lo imposible por intentar creerlo ella misma. Carolyn era una cálida y protectora persona, a parte de ser increíblemente inteligente. Era una de las uniones más improbables que alguna vez hubiera visto.

—¿Es por eso por lo que estabas imposible esta mañana? —ella se movió hacia el sofá y se sentó fatigosamente. Maldición, necesitaba unas cuantas horas más de sueño, o un tazón enorme de café para ella sola.

—No estaba imposible —le informó él rudamente—. Simplemente soy precavido. No me gusta que la gente husmee en mi casa escuchando tras las puertas, Kristen. Me encargaré de él la próxima vez que lo vea.

Kristen suspiró ante su tono de voz, mientras acariciaba con sus dedos los rizos perezosos que habían escapado de su gruesa trenza.

—Encárgate de él, entonces —encogió de hombros negligentemente—. Es tu casa, no la mía.

El gruñó ante eso, moviéndose para situarse frente a ella, mirándola mientras sus ojos cambiaban del frío acero al gris tormentoso.

—Suéltate el pelo —ordenó suavemente—. Lentamente.

Ella se quedó sin aliento, mientras su vientre se estremecía con una instantánea excitación. Una rápida mirada a sus muslos le dijo que él no estaba de humor para discutir. Estaba completamente erecto, su polla tensando la cremallera de sus vaqueros mientras la miraba.

—¿Y qué hay de los oídos tras las puertas? —preguntó sin respiración.

—Déjale escuchar —espetó él—. No voy a tomar tu virginidad, pero maldita sea si dejo esa dulce boca tuya inocente durante mucho más tiempo. Dime, Kristen, ¿es verdad que nunca has tomado a nadie ahí? ¿Nunca has sentido el ansia de sentir una polla dura presionando entre tus labios, latiendo con la necesidad de llenar tu boca?

Oh, Dios. Su boca se estaba haciendo agua con la necesidad que sentía ahora mientras sus labios se secaban con nerviosismo. Se los lamió rápidamente, conteniendo el aliento al ver cómo sus ojos se oscurecían con ese movimiento.

—No lo he hecho —sacudió su cabeza, hipnotizada por el cambiante color de sus ojos.

Nunca lo había hecho. No había sentido deseo de hacerlo, hasta ahora. Agarró con una mano el cojín junto a ella, clavando las uñas en la tela mientras el bulto en los vaqueros de él parecía hacerse mayor.

—No seguiré tus reglas —gruñó él—. Compartirás mi cama. Te tocaré, te sujetaré, te besaré donde me de la gana. Si no puedes manejar eso, Kris, entonces mejor que te vayas de mi granja ahora mismo. Porque maldito sea si vuelvo a luchar contra la necesidad sabiendo lo caliente y hambrienta que puedes volverte.

Ella perdió el aliento. Allí sentada, mirándole, el fuego explotó en su cuerpo, recorriendo sus venas y haciendo que sus jugos se derramaran de su desesperado coño. No pudo contener el suplicante gemido que escapó de sus labios, o la repentina y sobrecogedora urgencia de experimentar cada toque, cada sensación que él había sembrado en el interior de su mente.

—Deshaz esa jodida trenza —gruñó él—. Ahora.

¿La trenza? Ella parpadeó durante un segundo, confundida, su mente tan entrampada con las imágenes de los dos unidos, de sus brazos alrededor de ella, de su largo cuerpo protegiéndola, poseyéndola, que por un momento no supo qué quería decir. Entonces volvió a parpadear mientras comprendió, alzando sus manos, pasando la longitud de su pelo por encima de su hombro mientras tiraba de la goma que sujetaba la trenza en su lugar.

En unos minutos, su pelo se extendió sobre sus hombros, los largos y fieros rizos cayendo a su alrededor en salvaje desorden.

—Dios, es tan hermoso —susurró él, su voz espesa por el deseo mientras ella empujaba la masa sobre sus hombros nerviosamente.

—Ahora, ponte de pie. Quiero verte desvestirte. Del todo, Kristen. Déjame ver ese caliente y pequeño cuerpo por el que he estado muriendo.

Ella podía oír la furiosa hambre de su voz, podía ver la lujuria brillando en sus oscurecidos ojos. Se levantó despacio, mientras sus manos iban hacia los botones de su blusa e intentaba permanecer estable.

Él se cernió sobre ella. Nunca se había dado cuenta antes, no realmente, de lo alto y amplio que él era, de lo increíblemente fuerte y pesado. La cubriría como si fuera una sábana; la protegería incluso de sus propios miedos.

—Estoy asustada —susurró de repente, aunque sus dedos no se detuvieron mientras acababa de desabotonar la blusa—. Nunca he hecho esto antes, Rob.

No de esta manera. Antes, en El Club, había sabido las reglas, había sabido lo que iba a ocurrir. Ella se duchaba, se desvestía y se preparaba a sí misma en la privacidad de su cuarto antes de colocarse una bata y bajar a la zona del bar. Allí, pedía un whisky con hielos, se bebía el líquido para darse valor y se giraba hacia cualquiera que fuera el miembro que la esperaba.

Había pocos preliminares antes de tenderse en la mesa y ser empalada por una dura y ansiosa polla. No había besos, no había juegos previos y no había anticipación.

Los dedos de él se detuvieron mientras se desabrochaba su propia camisa. Acercándose más, enmarcó la cara de ella con sus manos, mirándola fijamente y manteniéndola cautiva mientras depositaba un suave beso en sus labios.

—Voy a comerte entera —le advirtió sensualmente—. No va a quedar un lugar en tu cuerpo que no conozca mi beso, o una simple célula que no llore por mi toque. No hay motivo para estar asustada, cariño. Ningún motivo en absoluto. Todo lo que voy a hacer es amarte.