Disclaimer: La historia no me pertenece, historia adaptada del libro Corazones Encadenados (Capitulo 5 - Sacrificio)

Kristen había escapado de Robert ahora hacía un año, sintiendo que podía ser una debilidad para su futuro. Pero nunca esperó el sacrificio que él hizo por ella. Uno que conmocionaría su alma y destruiría las raíces de todas sus creencias.

Su sexualidad, su corazón y todo por lo que había luchado en los últimos seis años serán sometidos a prueba cuando una misión la lleve a la granja de Robert y a su cama. Allí aprenderá el verdadero sentido del hambre, del amor... y también el engaño y las mentiras que han gobernado su vida durante tanto tiempo.

Cualquier cosa que merezca la pena tenerse merece también un sacrificio. Kristen está a punto de averiguar si puede pagar el precio, y arriesgar no sólo la herencia que debería ser suya, sino también su corazón frente al hombre que todavía puede contener el fuego que arde en su alma.

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Capítulo 8

Podría haberse ahogado en su beso. Kristen gimoteó bajo su lasciva demanda mientras Robert la hacía reclinarse contra su semidesnudo cuerpo durante largos momentos, recorriendo con sus manos su espalda y caderas mientras sus labios y lengua poseían los de ella con seguridad, como si tuviera un derecho que ella sabía que nunca sería capaz de negarle.

Enterró las manos en las gruesas y cortas hebras de su pelo mientras se arqueaba más cerca de él, tratando se sentir cada pulgada, cada duro músculo y cada fuerte contorno del fiero cuerpo masculino contra el que estaba aplastada. No podía acercarse lo suficiente, no podía sentirle lo bastante profundo dentro de su piel.

Cada respiración que daba se llenaba de su esencia, de su pasión, hasta que sintió que iba a ser consumida por él.

—Bien, nena —gruñó él rudamente mientras apartaba sus labios de ella un momento después, empujando con sus manos la blusa por sus hombros antes de deslizar sus labios por su cuello y hacia abajo, encontrando las cremosas e hinchadas curvas de sus senos haciendo que ella se arqueara hacia él. Era el cielo y el infierno. Éxtasis y agonía.

—Me estás matando —murmuró ella, sintiendo sus dedos en la hebilla de su cinturón, liberándolo rápidamente antes de atacar el cierre y la cremallera de sus vaqueros.

En unos minutos él la había desnudado casi por completo, excepto por el húmedo tanga violeta que llevaba. Sus jugos habían salido de su coño, empapando el pequeño triángulo entre sus muslos. Robert deslizó el dorso de sus dedos por el suave tejido.

—Voy a hacer que grites para mí —le advirtió, con voz ronca y profunda, más oscura de lo que ella le había oído nunca—. Voy a hacer que ardas, Kris, de más de una manera.

Ella tembló de placer simplemente por su voz. El tono grave raspó sus terminaciones nerviosas e hizo que se sintiera dolorida de un modo que nunca había sentido antes. Nunca había conocido esta sobrecogedora compulsión, esta ansia por el toque de otra persona.

—Rob, esto me está matando —jadeó por el exceso de sensaciones, temblando mientras los labios de él provocaban la punta de su pezón, calentándolo con su aliento, casi rozándolo, jugando con él.

—Entonces casi seguro que habrás muerto antes de que acabe, si esto te está matando ahora —ella podía oír el tono de diversión lindando en los bordes de su pasión—. Simplemente relájate, Kris. No tienes que preocuparte de nada aquí. No tienes nada que temer. Me ocuparé de ti, nena.

Ella se tensó, gritando cuando sus labios agarraron el pequeño aro dorado que perforaba uno de sus pezones y tiraron de él. Podía sentir el placer azotando su cuerpo, llamas derramándose en su útero mientras dejaba caer las manos sobre sus hombros, clavando las uñas en los duros músculos masculinos.

—Mmm —murmuró él suavemente—. Cuanto respondes. Vamos a ver qué más te gusta ahora.

Su lengua revoloteó sobre la punta mientras su boca cubría el pico de su hinchado pecho, succionándolo en el interior cálido y húmedo de su boca provocando que un estrangulado ruego surgiera de la garganta de ella.

No podía soportarlo. Su cabeza cayó sobre sus hombros, mientras sus ojos se cerraban desvalidos al tiempo que él la tumbaba sobre el sofá, depositándola en toda su longitud y cubriéndola con su largo cuerpo. Su boca no dejó su fiera succión; su lengua no dejó de torturarla con relámpagos de éxtasis retorciendo el anillo dorado que perforaba su carne.

Yació sobre ella, su amplio pecho desnudo, sus manos provocando el fuego que rabiaba por su corriente sanguínea mientras la acariciaba. La callosa calidez de sus dedos raspaba su cadera, su muslo, acercándose de manera constante al dolor agonizante entre sus muslos.

Cuando la abarcó allí, Kristen se arqueó hacia él, emitiendo una súplica espontánea y rota desde su garganta.

—Oh, Dios, Robert —gritó—. Por favor, duele…

Ella quería gritar por el sobrecogedor placer, el vacío, el dolor en sus terminaciones nerviosas que parecía aumentar más y más intenso con cada toque.

—Tranquila, nena —sus labios susurraron contra la concha de su oreja—. Haré que el dolor se vaya, Kristen. En algún momento…

Sus dedos se movieron más firmemente contra el húmedo monte de su coño, presionando con su mano el torturado clítoris y enviando explosiones brillantes de candente calor a través de su corriente sanguínea.

¿En algún momento? Para ese instante ella estaría a punto de disolverse por el eléctrico placer antes de que él lo apagara. Pero no podía protestar, no podía negar las intensas sensaciones que él estaba provocando en su cuerpo.

—Maldición, tu coño es tan caliente que estás quemándome la mano —gruñó él, con voz torturada por su propia excitación mientras movía los labios desde sus pechos hacia abajo.

Kristen se quedó sin aliento al sentir el viaje de sus labios por su estómago, su abdomen, la lengua lamiendo su carne, el calor de sus labios chamuscando su piel.

—¿Sabes lo que voy a hacer, Kris? —preguntó él suavemente mientras llegaba al elástico de sus bragas de seda.

Ella gimoteó ante el amenazador tono de su voz.

—Voy a hacer lo que ningún otro hombre en El Club se ha atrevido a hacer. Voy a comer tu dulce coño hasta que grites por correrte. Hasta que me ruegues que alivie el dolor que va a consumirte.

—Lo haré ahora —gritó ella, segura de que no había modo de que pudiera soportar más placer—. Estoy rogando ahora, Robert.

Él cloqueó divertido contra la seda que cubría su clítoris, haciendo que se retorciera por la sensación. Ella no iba a soportarlo. Su cuerpo ya estaba pinzado en la fiebre de la excitación.

—Luego —continuó él— voy a darte la vuelta y voy a azotar ese precioso culo tuyo hasta que se vuelva de un brillante y fiero color rojo, por hacerme esperar tanto jodido tiempo por ti.

Ella se estremeció, su vientre convulsionándose y llegando casi al clímax simplemente por la amenaza en sí.

—¿Te gusta ese pensamiento? —le preguntó él, con una voz demasiado gentil, demasiado profunda como para ser nada más que una amenaza—. Puedo decirte que sí, nena. Tus bragas están tan jodidamente mojadas ahora que pronto empezarán a gotear.

Ella apretó las manos en su pelo mientras él deslizaba sus dedos bajo el elástico de sus bragas y comenzaba a bajar el tejido. Despacio, demasiado despacio, hasta que la seda reveló los hinchados y desnudos pliegues a su mirada.

Se detuvo entonces, tensando su cuerpo sobre ella mientras ella le miraba con nebuloso placer.

Tenía la cara enrojecida, los labios hinchados y sensuales; sus ojos eran como nubes de tormenta, llenos de más sombras de tonos grises de los que ella pensaba que existían. Entonces, bajó la cabeza.

Suspendida en un listón de torturante placer, Kristen no pudo hacer nada más que temblar violentamente mientras su lengua golpeteaba sobre la resbaladiza carne de su coño antes de insinuarse en la estrecha abertura y deslizarse a través de ella con devastadores resultados.

Era humillante correrse tan fácilmente. Debería haber tenido suficiente control como para, al menos, saber que iba a llegar el orgasmo. En lugar de eso, la altitud de la excitación, el calor de su lengua y el placer explosivo la deshicieron.

Se arqueó hacia él, rompiendo con su grito el silencio de la habitación mientras todo dentro de ella explotaba por el lametón. Su clítoris palpitó, pulsó y su vagina derramó la gruesa y resbaladiza esencia de su liberación.

—Lo siento —gritó, con la vergüenza devorándola incluso aunque la tormenta de su cuerpo le había robado la razón—. Oh, Dios,Rob, lo siento.

Sus bragas fueron rasgadas de sus muslos y descartadas mientras él se movía más abajo, presionando para que ella abriera más las piernas, con su caliente respiración como si fuera un latigazo de sensaciones contra su sensible coño.

Kristen tembló con el exceso de sensaciones que todavía la atravesaban, al igual que el hambre. No podía controlar la necesidad, el feroz latido de desesperación o sus propios gritos jadeantes. A pesar de su orgasmo, necesitaba más. Mucho más.

—Shhhhh, nena, no hemos acabado aún —la tranquilizó él, con voz prieta, un rudo gruñido que la suavizó, que le aseguró que su placer simplemente había empujado más alta la excitación masculina—. Está bien, Kris. Ahora, voy a hacer que crezca de nuevo. No he acabado contigo y aún duraremos bastante.