Disclaimer: La historia no me pertenece, historia adaptada del libro Corazones Encadenados (Capitulo 5 - Sacrificio)
Kristen había escapado de Robert ahora hacía un año, sintiendo que podía ser una debilidad para su futuro. Pero nunca esperó el sacrificio que él hizo por ella. Uno que conmocionaría su alma y destruiría las raíces de todas sus creencias.
Su sexualidad, su corazón y todo por lo que había luchado en los últimos seis años serán sometidos a prueba cuando una misión la lleve a la granja de Robert y a su cama. Allí aprenderá el verdadero sentido del hambre, del amor... y también el engaño y las mentiras que han gobernado su vida durante tanto tiempo.
Cualquier cosa que merezca la pena tenerse merece también un sacrificio. Kristen está a punto de averiguar si puede pagar el precio, y arriesgar no sólo la herencia que debería ser suya, sino también su corazón frente al hombre que todavía puede contener el fuego que arde en su alma.
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Capítulo 9
Estaba siendo torturada. Él era un cruel y malvado sádico por hacer las cosas que le estaba haciendo.
Acomodado entre sus muslos, con su boca adorándola, su lengua alternativamente calmaba y estimulaba los pliegues hinchados de su coño. Su lengua presionaba dentro de su vagina, envíandole a un orgasmo que la hizo gritar pidiendo clemencia. Ella se arqueó contra su agarre, luchando contra las manos que la anclaban al sofá y rogando, suplicándole que aliviara la tormenta que cabalgaba despiadadamente por su cuerpo.
Cuando él finalmente se elevó de entre sus muslos, sus ojos estaban negros por la lujuria y su cara enrojecida. Kristen se estremeció por el agotamiento, con sus necesidades y la sangre tronando por su cuerpo. Cómo podía imaginar siquiera la necesidad de llegar de nuevo al clímax, la verdad no lo sabía. Pero el azote de llamaradas de placer que sentía lamiendo su cuerpo le aseguraba que estaba más que dispuesta para más. Lista y complaciente, hambrienta e impaciente.
La respiración se le atascó en la garganta mientras las manos de él se dirigían a la hebilla de su cinturón. Se lamió los labios, bajando los ojos con el exceso de pasión que surgía a través de su cuerpo, y le miró mientras él despacio comenzaba a desabrocharlo. El cuero cayó a un lado y sus manos fueron soltando los botones metálicos que se esforzaban por quedarse cerrados sobre su erección.
—Desearía que pudieras ver tu cara —susurró él—. Excitada y húmeda, tus labios hinchados y rojos y muy, muy follable. Es mi turno, Kris. ¿Estás lista para mí?
Su turno. Quiso gemir al comprender lo que estaba por venir. En lugar de eso, miró con ansiosa anticipación como él bajaba sus vaqueros y los cómodos calzoncillos tipo boxer, revelando la larga y gruesa erección a su mirada.
Su matriz se convulsionó en dolorosa excitación mientras se le hacía la boca agua al ver la oscura carne. Las venas gruesas palpitaban por la sangre, con la acampanada cabeza brillando por las gotas de precorrida, enrojecida con un rojo rabioso e impaciente por ser atendida.
—Siéntate —gruñó él—. Quiero mirarte cuando me tomes con esa boca tan dulce que tienes, Kris.
Ella se sentó despacio, entrecerrando los ojos ante la demandante longitud de carne masculina mientras se acercaba más y más a su boca. En unos segundos, estuvo golpeando contra sus labios mientras un rudo y varonil gemido envolvía sus sentidos.
Sus labios se abrieron, su lengua se esforzó por acariciar la brillante cabeza de su polla, probando la salada y salvaje esencia de él. Un gemido bajo salió de su pecho mientras alzaba las manos, los dedos de una envolviéndose alrededor de la parte inferior del eje mientras la otra tocaba tentativamente las tensas esferas de abajo.
—Santo cielo —gimió él, ensartando las manos en el cabello de ella, apretando las hebras hasta que pequeños dardos de dolor comenzaron a recorrer su cabeza—. Es tan bueno, nena. Tan bueno.
Ella miró hacia arriba aturdida, equilibrándose en la cima de una excitación como nunca antes había conocido. Su cuerpo entero dolía por la necesidad de liberarse, aunque había pasado la última hora experimentando un orgasmo tras otro. Sin embargo, parecía que no podía correrse lo suficientemente duro, lo suficientemente largo, como para acallar las llamas que rabiaban en su cuerpo. Sólo se volvía más caliente… más hambrienta.
—Dios, sí —siseó Robert mientras ella abría la boca y tomaba la cabeza de su polla en el interior de su calor.
Cerró sus labios sobre él, acariciándolo con la lengua mientras movía la mano sobre la dura y acerada carne. Le miraba, en trance, mientras el éxtasis consumía su cara, los masculinos ojos brillando semicerrados mientras luchaba por respirar.
Kristen dejó que su lengua golpeara y acariciara mientras movía los labios sobre él. Se acercó a él, succionándole tan profundo como se atrevía, amando la aspereza de su respiración, la manera en la que sus dedos se tensaban en su pelo por su placer. Era más que simple excitación. Era destructivo para sus sentidos, para sus emociones.
—Maldición, estás hermosa así —gruñó él, apretando sus dientes mientras la lengua de ella se movía contra la ultrasensible carne bajo la cabeza.
Tensó los muslos ante esa caricia, flexionando el abdomen con un estremecimiento convulsivo.
—Es bueno —espetó—. Chúpame más profundo, nena. Un poco más fuerte… Diablos… sí…
Su gran cuerpo pareció estar atravesado con feroces tremblores. Ella podía sentir las duras flexiones de su polla en su boca y su mano, podía ver el esfuerzo que le costaba controlar su necesidad de liberarse en los duros contornos de su estómago.
— Kristen—sus caderas ahora empujaban su erección más profundamente en su boca, envíando la acampanada y flexible cabeza aún más cerca de su garganta—. Nena, me voy a correr —advirtió roncamente, tirando con ambas manos del pelo de ella mientras obviamente luchaba por evitar introducirse demasiado profundamente en su garganta—. Nena, no puedo esperar. Déjame ir si no quieres esto.
Sin embargo, sus manos no aflojaron su agarre. La mantenía quieta para penetrar su boca, moviéndose adelante y atrás rápidamente entre sus labios mientras su polla parecía hincharse contra su lengua.
Ella gimió, un bajo y reflexivo sonido que señalaba su propia necesidad de que él se liberara, del deseo de sentir la pasión que nunca podría experimentar plenamente.
—Ahora —él se movió más rápido, follándola más allá de sus labios con una desesperación que no hizo más que espolear la de ella.
Se tensó contra él, succionando más duro, llevándole más profundamente hasta que un enrabietado, casi enfurecido gruñido escapó de su garganta un segundo antes de que su alivio comenzara a emerger dentro de su boca. Profundos y duros chorros de semen pulsaron desde la cabeza de su polla. Su sabor era terrenal, primitivo, adictivo.
Ella luchó por tragarse hasta la última gota, sus gemidos elevándose mientras su mano bombeaba la carne masculina, luchando por darle cada segundo de placer que él pudiera extraer de la experiencia, mientras temblores de excitación se propagaban por su propio organismo.
Estaba temblando, exhausta, pero su cuerpo todavía dolía. Un dolor acechante y vacío del que temía que nunca se libraría.
Kristen lamió sus labios cansadamente, probando su esencia mientras él se arrodillaba frente a ella. Sus manos enmarcaron su cara, sus grises ojos mirándola sombríamente mientras con sus pulgares acariciaba sus mejillas y luego sus hinchados labios.
—Eres como un narcótico —susurró él—. Tan poderosa, tan condenadamente adictiva que me haces temer por mi cordura.
La calidez explotó por todo su cuerpo. Su toque, su mirada, ambos estaban llenos de tan gentil diversión y de un hambre tan ardiente que ella no sabía si debía reír o llorar ante el hecho de que sólo se estaban provocando a sí mismos mayor dolor.
—Rob… —Sus manos agarraron sus muñecas, sintiendo la fuerza que había allí mientras él se inclinaba hacia delante, acariciando gentilmente sus labios con los suyos.
—Será mejor que nos vistamos y salgamos de aquí, antes de que tu espía decida forzar la cerradura —él sonrió abiertamente a la vez que se retiraba y se alejaba de ella—. Hijo de puta, si esta habitacion no estuviera casi jodidamente insonorizada entonces tendría que matarlo.
Ella no pudo decir nada. Kristen sentía las palabras encerradas en su alma, y las aterradoramente intensas emociones creciendo dentro de ella. Se lamió los labios, saboreándole una vez más, y temblando cuando su vagina se convulsionó en creciente demanda.
Sin embargo, ella siguió su ejemplo, vistiéndose rápidamente, ignorando el temblor de sus manos y las lágrimas que se agolpaban en su garganta. Igual que ignoraba la creciente certeza de que su vida, desde ese momento en adelante, nunca volvería a ser la misma.
