Muy buen día para todas y cada una de ustedes, espero que tengan una excelente semana.
Les recuerdo que los personajes de Candy Candy NO me pertenecen, sin embargo la historia es completamente mía y No está permitido publicar en otra plataforma aún me den el crédito. La historia No es con fines de lucro es solo por diversión y NO es para personas menores de edad o para personas que son sensibles al tema adulto. Les agradezco su comprensión.
EL ABUELO WILLIAM
35
-Prometo seguirte siendo fiel, acompañarte en lo próspero, en lo adverso, en la salud, en la enfermedad, pero sobre todo te prometo firmemente amarte de nuevo uno y otro día, mañana, tarde, noche… hasta el último aliento que exhale de mí... y a pesar de que la muerte nos separe. – Decía Anthony como promesa ante el altar, frente una Candy total y completamente enamorada, quien lo veía con sus verdes emocionados a punto de derramarse por las hermosas palabras que le dedicaba su esposo.
Hacía diez años que Anthony le había prometido una boda de ensueño, una boda de princesa como ella se lo merecía y por fin había llegado ese día, por fin en su décimo aniversario se había decidido a organizar aquella boda que un día le había prometido.
-Yo Candy White Brower Andrew. – Decía Candy emocionada hasta las lágrimas, con la voz entrecortada y un grueso nudo en su garganta que le impedía hablar con fluidez. Anthony limpió su rostro con ternura, deseando besar sus labios para hacerle saber una vez más cuanto la amaba. – Prometo a ti William Anthony Brower Andrew, seguirte siendo fiel, en la salud, en la enfermedad, en lo próspero, en lo adverso, prometo seguir amándote cada minuto de mi vida, prometo ser esa persona que necesitas para continuar nuestro mundo, prometo estar para ti y para nuestros hijos hasta el último momento de mi vida a tu lado y si es posible más allá… - Dijo la rubia para encanto del rubio, quien le sonrió con ternura, emocionado por sus palabras.
Un silencio se apoderó de la iglesia, un silencio que indicaba que todos estaban atentos a las palabras de amor de aquella pareja que diez años atrás había comenzado su vida juntos.
-Puede besar a su esposa. – Dijo el sacerdote por fin con una sonrisa complacida, sonrisa que guardaba para ellos desde aquel día que los había casado en aquella habitación del hospital y que había guardado como si fuese un secreto de confesión.
Las invitaciones habían llegado a los hogares más importantes de Chicago, había llegado a Lakewood, al hogar de Pony, a Nueva York y hasta Inglaterra y Escocia, enterándose casi toda la sociedad de la renovación de los votos matrimoniales del patriarca del Clan Andrew, quienes los citaba en la mansión de las rosas para celebrar dicha unión. Muchos de los invitados eran personas importantes, sin embargo otros eran amigos sencillos que la pareja había hecho a lo largo de su matrimonio a los cuales consideraban más de la familia que a algunos. Elroy nuevamente se negó a asistir a la boda, sin embargo su hermana Janeth y su hija Janis estaban dispuestas a celebrar junto al patriarca su dicha y felicidad.
-Jamás perdonaré a Anthony. – Dijo Elroy con resentimiento. Janeth la miró con lástima porque sabía bien cómo era su hermana y que seguía dolida por haber sido desplazada por la chica adoptada.
-Anthony no ha pedido tu perdón. – Dijo Janeth con un suspiro, indicándole a su orgullosa hermana que solo ella y de seguro los Leagan eran los únicos que habían mantenido ese odio hacia la pareja que representaba al Clan y que gracias a ellos los negocios habían podido soportar los duros golpes de la guerra. Elroy la miró con rencor, intentando intimidar a su hermana como en el pasado. – Anthony consiguió mejorar a los Andrew, Elroy y sería mejor que no guardaras tanto resentimiento, a tú edad eso no es bueno. – Le dijo intentando hacerle ver que ya no era la joven Elroy a la que todos temían, a la que todos habían obedecido en el pasado creyendo que lo que decía era lo mejor para todos, incluso así fuera apartar a los hijos de sus padres como lo habían padecido sus nietos. Elroy la miró sorprendida por su falta de respeto, observando como su hermana menor salía de la habitación que ocupaba desde su destierro.
-¿No viene? – Preguntó Janis a su madre.
-No. – Respondió Janeth decidida a no preocuparse por ella más. – Es mejor así, tal vez intente impedir la boda. – Dijo con su paso calmo y tranquilo.
-Lo bueno que es renovación de sus votos. – Agregó Janis con una sonrisa traviesa mientras ayudaba a su madre a salir de la mansión en donde el Sr. Cornwell ya las estaba esperando para dirigirse al puerto.
La familia de los Cornwell había cambiado mucho desde la dirección de Anthony y Candy, ambos habían ayudado a que la relación entre ellos fuera más cercana y los viajes se habían hecho más frecuentes. Janeth pudo conocer a sus bisnietos y Janis y el Sr. Cornwell por primera vez se quedaban más de una semana de visita.
-¡Viva los novios! – Se escuchó el grito afuera de la iglesia, un grito que habían sido emitido por Stear quien como siempre comenzaba el alboroto.
Candy y Anthony caminaban tomados del brazo por el pasillo central de la parroquia en dirección a la salida, sus dos hijos Alexander quien ya era un jovencito apuesto de tan solo nueve años llevaba el velo de su madre junto a Albert quien era dos años más pequeño que él. Albert era un niño rubio idéntico a su padre, pero con sus ojos verdes, del mismo color que tenía su madre y tuvo su abuela, era lo contrario que Alexander, quien al ser igual que su madre tenía los ojos de su padre, ambos eras de caracteres totalmente diferentes, sin embargo ambos compartían el mismo amor y respeto por sus padres. Había recibido su nombre en honor al hombre que había decidido adoptar a la pecosa y que alguna vez había salvado su vida.
-Ten cuidado Albert no vayas a tropezar. – Le decía Alexander a su hermano, quien distraído volteaba impaciente a su alrededor para ver si podía ver cuánto faltaba para terminar con esto.
-Estoy bien Alexander. – Decía Albert sin poner mucha atención, ya que su único pensamiento era llegar hasta donde estaban sus primos y comenzar la fiesta. Alexander lo veía inquieto, sabía bien que su hermano lo único que quería era irse a jugar.
-Prometiste que te comportarías por lo menos hasta llegar a la mansión. – Decía Alexander intentando que su hermano cumpliera la promesa hecha a sus padres. Albert miró a su hermano y asintió apenado. Alexander sonrió agradecido por haber sido escuchado.
Delante de los novios iba alguien que causaba más ternura que los novios, una pequeña de hermosos rizos rubios y ojos azules y brillantes caminaba cargando una canasta que era incluso más grande que ella. Sus pecas adornaban su blanco rostro y sus dos coletas rebotaban a cada paso que daba mientras arrojaba pétalos de rosas blancas a su paso por el largo corredor.
-¡Es hermosa! – Decían los invitados, mientras Candy y Anthony observaban orgullosos a su pequeña Alondra, quien tenía tan solo dos años de edad, sin embargo ya robaba la atención de quienes la rodeaban.
-¡Qué viva los novios! – Gritaron con fuerza una vez más, pero esta vez eran los hijos de la pareja los que iniciaban tal algarabía.
-¡Viva mi mami y mi papi! – Gritó Alondra soltando la canasta que llevaba en sus manitas y que le resultaba pesada para cargar para poder aplaudir gustosa por la boda de sus padres.
Anthony se dirigió hasta donde estaba su hija y la tomó en brazos para besar sus aún regordetas mejillas, mientras los dos caballeritos se acercaban a abrazar a su madre.
-Felicidades mamá. – Dijo Alexander conmovido por ser testigo de la celebración que sus padres realizaban para festejar su amor. Candy lo recibió en brazos, agachándose un poco hasta su estatura para besar su frente.
-Eres la mamá más bonita del mundo. – Dijo Albert con sus grandes ojos pícaros brillando emocionados.
-Y ustedes son los hijos más buenos y guapos del mundo. – Les dijo la pecosa con una gran sonrisa, abrazando a sus dos hijos primero que a nadie.
Anthony se acercó con la pequeña Alondra en brazos y se unió a ese abrazo colectivo que recibía su esposa, abrazándolos a los cuatro con ambas manos, besando los labios de su esposa feliz de estar a su lado. El sonido de un flash interrumpió la escena, quedando plasmada aquella foto familiar que tiempo después adornaría el pasillo que había afuera de la habitación de los rubios.
-Los amo. – Les dijo Anthony a los cuatro, quienes se abrazaban a él con mayor entusiasmo.
Anthony era un padre verdaderamente ejemplar, había sabido educar a sus hijos con igualdad y mucho amor. Candy era muy respetuosa con su manera de educarlos y lo ayudaba mucho en el proceso, sin embargo ninguno de los dos olvidaba que aún eran muy pequeños para ciertas actividades que un día ellos habían realizado a temprana edad.
Las felicitaciones fuera de la iglesia por parte de los familiares y amigos no se hicieron esperar, todos se acercaban para felicitar a la pareja de esposos quienes amablemente aceptaban sus parabienes.
-Muchas gracias. – Decía Anthony recibiendo los abrazos.
Mientras los rubios seguían recibiendo sus felicitaciones, sus hijos ya estaban junto a sus primos quienes esperaban como siempre comenzar sus travesuras, sobre todo Albert quien estaba siempre listo para irse a explorar por el jardín de las rosas.
-Espera un momento Albert, prometiste estar tranquilo en la boda de nuestros padres. – Decía Alexander intentando volver a captar la atención de su hermano. Albert lo miró con súplica. – Lo prometiste… - Le decía de nuevo a su hermano.
-¡Está bien! – Decía Albert más resignado. – Creo que será hasta mañana. – Dijo a sus primos quienes lo veían igual de resignados ya que todos respetaban a Alexander al ser el mayor, así los habían enseñado.
-Es hora de ir adentro. – Dijo Alexander llevando de la mano a Anabel quien tímida lo seguía hacia donde él iba.
-Espero que para mañana no hayan nacido ya y se vayan volando. – Decía Alan caminando detrás de sus primos, mientras guardaba en el bolsillo de su pantalón una linterna que le había dado su padre.
-No lo creo, es muy pronto. – Decía Albert con una sonrisa esperanzada.
-¿Crees que estarán ahí? – Preguntó Arthur detrás de su primo. Albert asintió seguro de ello y no era que fuera experto, sino que se imaginaba que para un polluelo no era cuestión de unos cuantos días salir del cascarón.
Arthur era el hijo más pequeño de Stear y era un poco menor que Albert, era un niño de cabellos castaños y anteojos igual a su padre, tenía su misma sonrisa y su mismo descuido en el aspecto personal al estar siempre pendiente de la ciencia como decía su padre. Había nacido tan solo un año después que Alan y ambos eran muy buenos amigos.
-Me gustaría poder ver cuando eso sucede. – Decía Arthur con los ojos bien abiertos, llevando su imaginación más allá de lo que podían tener los demás niños.
-¿Y si la madre nos picotea? – Preguntó Alan un tanto temeroso, temía que el ave que había puesto los huevos que habían encontrado un día antes en lo alto de un árbol viniera y los picoteara.
-Debemos estar alertas para que eso no pase. – Decía Albert seguro de que si vigilaban pacientemente a la mamá ave, podrían estar ahí cuando estos se rompieran.
Los cinco niños entraron a la mansión de las rosas antes de que sus padres lo hicieran.
-¿Dónde han estado? – Preguntó Dorothy impaciente, ya que los había perdido de vista en lo que Anthony le daba a la pequeña Alondra a su cuidado.
-Estuvimos en el jardín un momento. – Respondió Alexander con timidez, sabía bien que lo que habían hecho no era lo correcto.
-Tienen que estar listos para cuando lleguen sus padres. – Les decía mientras acomodaba las ropas de cada uno de ellos para que estuvieran impecables.
-¿Dónde está Alondra? – Preguntó Alexander a Dorothy. La ahora ama de llaves le sonrió con ternura porque siempre estaba al pendiente de su pequeña hermana.
-Se la ha llevado Rose a dormir, terminó muy cansada después de caminar ida y vuelta el corredor de la iglesia. – Respondió Dorothy con simpatía. – Bien, ya vienen ahora tienen que colocarse detrás de sus padres porque iniciará el cortejo. – Dijo Dorothy con apuro al ver que los novios llegaban con los invitados detrás de ellos desde la iglesia de la mansión.
Anthony llevaba a Candy del brazo y sonrieron al ver que sus hijos estaban de vuelta, ambos los miraron como preguntándose qué estarían haciendo en esos minutos que no los tuvieron a la vista.
-¿Todo bien? – Preguntó Candy a Alexander, sabía bien que el mayor de sus hijos a pesar de ser el más parecido a ella físicamente, era más responsable que el pequeño que tenía carita de Ángel pero ocurrencias de demonio.
-Todo bien mamá, no te preocupes. – Respondió Alexander con una sonrisa a su madre. Anthony le sonrió agradecido por ayudar a controlar al pequeño Albert.
Los novios iniciaron el cortejo y detrás de ellos caminaban sus dos pequeños hijos Alexander y Albert, quienes al mismo paso de sus padres avanzaban al interior de la mansión en donde el resto de los invitados esperaban el inicio del festejo. Detrás de los representantes del Clan iba Janeth Andrew quien era acompañada del brazo por George, detrás de ellos iban Janis junto a su esposo el Sr. Cornwell, después Stear y Patty seguidos de Alan y Arthur, más atrás estaba Archie y Annie y detrás venía Anabel quien llevaba de la mano al pequeño Adrián de tan solo cinco años.
Adrián era un niño de cabellos negros y ojos azules igualito a su madre, sin embargo desde pequeño había sabido lucir impecable y elegante, tenía la sonrisa de Archie y su carácter impulsivo y a veces indomable, sobre todo cuando veía que sus primos a veces lo dejaban atrás por ser el menor de todos, menos de Alondra.
El baile inició y la danza entre los rubios comenzaba como en los viejos tiempos, como siempre, sus pasos coordinados los llevaban sobre la pista mientras los invitados los admiraban bailar enamorados.
-Son la pareja perfecta. – Decían las personas a su alrededor. Alexander podía escuchar cómo se expresaban de sus padres y eso hacía que su estómago se encogiera al ver de reojo a Anabel, quien había sido elegida como su pareja de baile esa noche. Al ser el primogénito del patriarca debía continuar con el baile antes de que fuera abierto a los demás invitados.
Anabel esperaba igual de impaciente que Alexander, ya que sería la primera vez que abría un baile, tenía tan solo ocho años pero ya sabía que su corazón se paralizaba al sentir la mano de su primo tomar la propia.
-¿Ya? – Preguntó Alexander con timidez, con el corazón alborotado y los nervios a flor de piel por el temor de cometer algún error. Miró a su padre quien le indicaba que ya era hora que iniciara. Asintió intentando controlar sus nervios para después dirigirse hasta donde estaba Anabel y con una reverencia natural se paraba frente a ella para invitarla a bailar.
Anabel se inclinaba aceptando la invitación y sonrojada tomaba la mano de Alexander que al contacto provocó que un cosquilleo recorriera todo su brazo hasta parar en su estómago.
La pareja formada por Alexander Brower y Anabel Cornwell comenzó su baile junto a Anthony y Candy, levantando los comentarios entre los invitados, quienes estaban seguros que aquellos dos pequeños a pesar de su corta edad hacían una linda pareja.
-¡Que tiernos se ven! – Decían algunos de los invitados.
-¡Creo que en unos años habrá otro compromiso! – Decía la abuela Janeth quien al igual que Elroy tenía la costumbre de emparejar gente.
-Por favor abuela. – Decía Archie incómodo por el comentario de su bisabuela. – Son unos niños aún. – Dijo de nuevo el gatito bufando por el atrevimiento de su bisabuela. Annie se reía de la reacción de su esposo, recordando que ella también tenía tan solo ocho años cuando lo había conocido y se había quedado perdidamente enamorada de él, en el primer baile al que asistían los dos.
-Entre menos te opongas será más fácil para ti. – Le dijo su madre con una sonrisa. Archie suspiró y miró a su hija, tan hermosa, sus rizos rubios acomodados a manera de bucles se mecían a los giros que Alexander le hacía seguir, mientras los azules ojos de su sobrino no se despegaban del rostro de su hija. Archie sonrió resignado buscando a Anthony a lo lejos. Anthony sonrió asintiendo que también se había dado cuenta de todo.
Poco a poco las parejas fueron uniéndose al centro del salón para disfrutar de la velada, los pequeños dejaron de bailar y Alexander junto a Anabel y a los demás se preparaba para ir a dormir.
-Bien, creo que ya es hora que descansen. – Dijo Dorothy quien estaba al pendiente de todos ellos.
-¿Tan pronto? – Preguntó Alexander, quien poco a poco comenzaba a tener otro tipo de interés en lugar de tenerlo puesto en el nido que su hermano y sus primos morían por ir a vigilar. Dorothy lo miró con simpatía y después miró a Anabel, quien lucía igual de sonrojada que el muchacho.
-Así es, mañana podrán estar cerca de nuevo. – Dijo Dorothy con travesura, logrando que ambos niños se sintiera apenados por su comentario.
-Dorothy ¿Crees que el abuelo George nos pueda acompañar mañana temprano al bosque? – Preguntó Albert impaciente.
-No lo sé señorito Albert. – Respondió Dorothy con una sonrisa. Sabía bien que George tenía un principal aprecio en el pequeño Albert, tal vez era porque le recordaba al desaparecido joven patriarca. – Pero en estos momentos no creo que sea oportuno interrumpirlo. – Dijo de nuevo la pelirroja con una sonrisa en su rostro, observando a lo lejos como el viejo y fiel George bailaba animado con una joven señora a la que tenía tiempo frecuentando.
-Yo no sé qué tenga de divertido bailar con una mujer. – Dijo Albert frustrado porque se había dado cuenta que George los había estado ignorando casi toda la noche. Alexander y Alondra se pusieron de todos colores al escuchar el comentario del menor.
-Creo que pronto te darás cuenta de ello. – Dijo Dorothy con travesura al ver que los dos mayores habían soltado sus manos repentinamente, como intentando ocultar los sentimientos que surgían de sus inocentes y puros corazones.
-¡Jamás! – Dijo Albert decidido. – Yo recorreré el mundo, cuidaré animales y seré un gran veretinario. – Decía Albert seguro de que para ello no necesitaría la ayuda de ninguna mujer.
-Veterinario. - Dijo Alexander corrigiendo con simpatía a su hermano menor. Albert levantó sus hombros y sonrió despreocupado.
-Y yo iré contigo. – Dijo Arthur decidido a acompañar a su primo en la aventura. – Yo te ayudaré a investigar y a descubrir los misterios de las enfermedades e inventaré la cura para ellas. – Decía inocentemente, ambos chicos seguros de que las niñas no eran importantes para ellos, ignorantes eran de que unos años más ambos romperían varios corazones como alguna vez sus padres lo habían hecho.
-Lo dicen porque aún no encuentran una niña que les guste como Alexander. – Dijo Alan echando de cabeza a sus dos primos, quienes de inmediato volvieron a verse apenados por haber sido descubiertos por aquel que estaba entre medio de ellos.
-¿Anabel? – Preguntó Albert inocente. - ¡Estás loco Alan! Ellos siempre han estado juntos desde muy pequeños. – Dijo de nuevo seguro de que así era, para él era normal ver a su hermano de la mano de su única prima y no había advertido los sentimientos que habían florecido en ellos desde muy pequeños. - ¿Verdad Alexander? – Preguntó a su hermano con seguridad. Alexander no sabía que decir, temía herir los sentimientos de Anabel pero también temía quedar expuesto.
-No tiene nada de malo que te gusten las niñas. – Respondió con timidez, mirando a Anabel quien lo miraba igualmente avergonzada. – Papá y mamá se enamoraron muy jóvenes. – Dijo tomando la mano de Anabel una vez más, mientras caminaba hasta sus habitaciones.
-Pero papá y mamá nacieron para estar juntos. – Dijo Albert seguro de ello.
-Es verdad, mi papá dice lo mismo. – Dijo Alan seguro de ello. – Pero a lo mejor Alexander y Anabel nacieron para estar juntos también. – Dijo de nuevo el perspicaz niño. Albert se quedó pensativo ante lo dicho por su primo.
-Eso no lo había pensado. – Dijo Albert pensativo. Las palabras de Alan tenían mucho sentido y él no se había puesto a pensar que tal vez en algún lugar había alguna niña que había nacido para él.
-Pero Anabel es la única niña de la familia además de Alondra. – Dijo Arthur entrando en aquella plática que se iba tornando cada vez más seria. – Y si Anabel nació para Alexander, Alan, Adrián, tú y yo ¿Con quién nos vamos a casar? – Preguntó Arthur intrigado por aquella duda tan existencial que comenzaba a formularse en su mente.
-No tengo idea. – Respondió Albert confundido mientras Alexander y Anabel caminaban detrás de ellos apenados. Dorothy los escuchaba hablar con gracia sin interrumpir su alegato.
-Bien es hora de dormir, que les aseguro que ustedes cuatro un día conocerán a una niña que los haga hacer hasta lo imposible por estar a su lado. – Dijo Dorothy alentándolos para que entraran a sus respectivas habitaciones.
-Dorothy. – Dijo Alexander apenado.
-Dígame joven Alexander. – Dijo Dorothy con complicidad. - ¿Puedo acompañar a Anabel a su habitación? – Preguntó con el rostro completamente rojo. Dorothy no podía evitar recordar el rostro de Candy cuando estaba avergonzada. Observó a Anabel y estaba igual de apenada que él, pero su rostro le había recordado al joven Archie pero con los cabellos rubios.
-Muy bien, pero de prisa porque ya es tarde. – Dijo Dorothy dispuesta a esperar a una distancia prudente al joven Alexander quien ya despertaba al amor infantil.
-Buenas noches. – Dijo Alexander a Anabel ya frente a la puerta de su habitación.
-Buenas noches. – Dijo Anabel ruborizada.
-Que descanses. – Agregó Alexander sin saber qué más hacer en ese momento.
-Igual tú. – Dijo Anabel agarrando uno de sus bucles para jugar con él mientras se despedían. Alexander sentía una fuerte presión en su pecho, su respiración estaba agitada y sus manos sudaban repentinamente. Se acercó a Anabel y besó su mejilla de forma rápida y salió corriendo del lugar.
Dorothy y Anabel se quedaron igual de sorprendidas, una con el corazón alborotado y otra con una sonrisa tierna al ver la inocencia con la que ambos actuaban.
-Gracias Dorothy, que descanses. – Dijo Alexander sin dar oportunidad a que la mayor respondiera a sus deseos, dándole un beso de despedida y cerró la puerta de su habitación para después aventarse a su cama con una hermosa sonrisa llena de felicidad.
En la planta baja los adultos estaban ajenos a los problemas existenciales de sus hijos, sabían bien que estaban en buenas manos con Dorothy, quien como siempre se había quedado a ayudar a Candy con el cuidado de sus hijos.
-Ha sido una boda maravillosa. – Dijo Candy a su esposo, quien la veía con ese brillo tan especial que desbordaba de sus ojos.
-Me alegra que te haya gustado pecosa. – Le dijo Anthony sonriendo, feliz porque había podido cumplir su promesa. – Pero creo que no eres la única que se ha divertido. – Dijo de nuevo el rubio observando del otro lado del salón a un feliz George, quien conversaba animadamente con la misma dama con la que habían logrado que cada cierto tiempo se fuese de vacaciones a Florida.
-¿Crees que ya se decida a proponerle matrimonio? – Preguntó Candy con una gran sonrisa a su esposo.
-Ojalá que así sea. – Dijo Anthony con nostalgia, sabía bien que George jamás había amado a nadie más como había amado a su madre, y le gustaría que aquel hombre encontrara su propia felicidad y por qué no, procreara sus propios hijos, porque a pesar de que los quería a ellos como si en verdad lo fueran, la verdad era que no era así. – Nada me daría más gusto que saber que George por fin pudo avanzar pecosa. – Dijo una vez más suspirando.
-¿Nada? – Preguntó Candy con un toque de coquetería a su esposo, aprovechando que estaban apartados de todos. Anthony la miró con una sonrisa cómplice, intrigado por lo que decía su esposa, dispuesto a seguir su interesante juego. - ¿Estás seguro? – Preguntó con travesura.
Anthony la tomó por la cintura con una sola mano y la atrajo a su cuerpo.
-Creo que ese nada se puede cambiar. – Le dijo muy cerca de sus labios.
-¿Estás seguro? – Preguntó Candy con falta de aliento, bebiendo el de él gracias a la cercanía que mantenían sus bocas.
-Seguro. – Respondió Anthony con un susurro, permitiendo que sus alientos se confundieran y sus labios se rosaran sutilmente.
-¿Y si te doy una noticia…? – Preguntó Candy con deseo, con ese deseo que se incendiaba en su cuerpo al sentirlo tan cerca, con ese deseo que quemaba su interior al sentir como su boca acechaba la suya y no la besaba.
-¿Qué noticia…? – Preguntaba Anthony con sensualidad, buscando provocar a su esposa con aquel sensual juego que habían iniciado.
-Que pronto seremos más… - Dijo Candy apenas audible a su marido, quien sonrió feliz al escuchar lo que había sospechado.
-Entonces sí podría decirte que nada me hace más feliz que tú pecosa. – Le dijo antes de atrapar sus labios y besarla con intensidad, abrazándola a su cuerpo con mayor firmeza, acariciando su espalda mientras sus lenguas comenzaban a juguetear dentro de sus bocas. – Te amo pecosa… te amo… jamás me cansaré de decirte lo feliz que me has hecho todos estos años. – Le decía mientras sus manos jugueteaban con su espalda y su boca se dirigía hacia su cuello para incitarla una vez más.
-Anthony… - Decía Candy intentando que no se escapara ningún gemido de sus labios.
-¿Mmmm? – Preguntaba Anthony sin dejar de acariciar su espalda y besar su cuello, perdido en la suavidad de su blanca piel, deseoso de que todo mundo desapareciera en ese preciso momento y solo quedaran ella y él.
-Nos pueden ver… - Decía sin apartarlo, acariciando sus cabellos con ansias.
-Ven… - Le dijo dejando de besarla por unos segundos mientras la llevaba de la mano al lado contrario de donde estaban los invitados.
-¿A dónde vamos? – Preguntó Candy con travesura, mientras Anthony se detenía de vez en cuando para besarla nuevamente en los labios.
-Es hora de que iniciemos nuestra luna de miel. – Le dijo con una hermosa sonrisa. Los ojos de Candy se iluminaron al escuchar lo dicho por su esposo.
-¿Ahora? ¿Con los invitados aquí? – Preguntó Candy un poco sorprendida por el atrevimiento de su esposo.
-Ellos se están divirtiendo a su manera. – Dijo Anthony con travesura y picardía. Candy sonrió y comenzó a caminar más deprisa siguiendo a su marido, quien la llevaba a la parte trasera de la mansión, un lugar que estaba totalmente desierto. – Por aquí. – Decía Anthony guiándola hasta donde estaban estacionados los autos, llegando hasta donde estaba el de Stear.
La ayudó a colocarse en el auto y moviendo la visera del auto para obtener las llaves del mismo. Candy se sorprendió cuando Anthony le mostró las llaves con travesura.
-Anthony ¿Estás seguro? Los niños… - Le decía Candy entre convencida y no de hacerlo.
-Los niños están bien Candy… además no los dejamos a todos… - Dijo con diversión acariciando el vientre de ella. Candy le sonrió con travesura y asintió como dando permiso de que la llevara a donde quisiera. Anthony sonrió feliz por haberla convencido.
-Nos va a matar Stear. – Decía Candy traviesa al saber que era el auto de su primo el que habían robado.
-Quien le manda dejarme las llaves a la mano. – Dijo Anthony encendiendo el auto para después tomar camino fuera de la mansión de las rosas. Las risas de la pareja invadió el interior del auto, el cual inició su marcha hacia donde era dirigido.
-¿A dónde vamos? – Preguntó Candy ilusionada, sabía que su esposo siempre le tenía alguna sorpresa y sabía bien que tal vez tenía una preparada.
-Es una sorpresa. – Le respondió con una cautivadora sonrisa. Candy sonrió mordiendo su labio inferior al imaginar dicha sorpresa.
El auto de Stear avanzaba entre los estrechos caminos que en el pasado habían recorrido a caballo o caminando, pronto Candy reconoció aquel sendero por donde iban.
-Reconozco este lugar. – Dijo Candy con nostalgia. Tenía muchísimos años de no ir hasta aquel lugar que le traía muchos recuerdos, buenos y malos.
-Es el camino que lleva a la cabaña de los Andrew. – Dijo Anthony también un poco incómodo, a él también le llegaban los recuerdos que habían creado ahí y sin querer borrar los buenos, había uno que los lastimaba profundamente.
-¿Todavía está ahí? – Preguntó Candy con melancolía. Anthony asintió en respuesta.
-Es un refugio para animales. – Respondió Anthony con un suspiro profundo. Candy sonrió e intentó desviar el tema que les lastimaba a ambos.
-Aquí fue donde te encontré junto a Tom practicando para el rodeo. – Dijo la rubia centrándose en los recuerdos buenos de ese sendero. Anthony sonrió al adivinar lo que intentaba hacer su esposa.
-Aquí fue la primera vez que te vi como toda una señorita. – Dijo Anthony con una tierna sonrisa, recordando a una Candy completamente ruborizada al él mencionarlo.
-Recuerdo ese día. – Dijo Candy con timidez. – Tú también habías cambiado, tu cuerpo lucía más fuerte, estabas más alto y mi corazón saltó emocionado al verte frente a mí. – Dijo revelando lo que había sentido aquel día cuando lo vio después de varias semanas aislado de todos.
-Aún recuerdo tu mirada esa tarde. – Dijo Anthony fijándose al frente del camino. – No pudiste evitar recorrerme por completo. – Dijo con ternura y cierta picardía en su tono de voz. Candy lo miró traviesa.
-Fue la primera vez que sentí como mi cuerpo se estremeció de una manera diferente al verte, en ese entonces no sabía el motivo, pero sabía que era por el amor que despertabas en mi tierno corazón. – Dijo tomando la mano derecha de Anthony para besar su palma. Anthony se estremeció por aquel beso, sutil, tierno e inocente, pero que provocaba sensaciones que iban más allá de la ternura.
-Yo sentí como tú mirada producía un calor dentro de mí y mi piel se erizó repentinamente. – Dijo Anthony seguro ahora de que a sus 13 y 15 años había una conexión entre ellos, había algo que iba más allá de la inocencia y la ternura, algo que no sabían aún descifrar pero que sus cuerpos les advertían naturalmente. Candy lo miró fijamente y Anthony correspondió a su beso de la misma forma, sin dejar de mirar el camino.
Llegaron hasta una pequeña cabaña, una cabaña que Anthony había mandado construir semanas atrás para llevársela después de la boda, sin embargo no había podido soportar más tiempo sin estar junto a ella.
-¿Te gusta? – Preguntó Anthony con una gran sonrisa.
-¿Es…? – Preguntó Candy emocionada, le gustaba mucho aquella construcción que él había hecho especialmente para ella.
-Es toda tuya pecosa. – Le dijo Anthony mientras la ayudaba a bajar del vehículo con aquel enorme vestido que aún llevaba puesto. – La construí para pasar nuestros días lejos del bullicio de Chicago y las responsabilidades de Lakewood. – Dijo con una gran sonrisa. Candy miraba cada detalle, cara rincón de aquella hermosa cabaña.
-¡Es maravillosa! – Dijo Candy emocionada por la hermosa sorpresa.
Anthony la tomó en brazos y la rubia emitió un pequeño grito de sorpresa al sentirse una vez más llevada por la fuerte y atractiva anatomía de su esposo.
-¡Anthony cuidado! – Decía tomándolo por el cuello para sostenerse.
-Tranquila amor, que llevo lo más preciado para mí. – Le decía empujando la puerta con su espalda para poder abrirla. La puerta cedió frente a ellos y ante sus ojos apareció el interior de la cabaña, impecable, armoniosa.
El interior de aquel espacio era completamente acogedor, era de una sola planta y era perfecta para una familia de cinco o mejor dicho seis integrantes, había habitaciones suficientes y todo lo necesario para pasar unos días cómodamente sin el bullicio de la ciudad o como decía Anthony, sin las responsabilidades que conllevaba una mansión tan grande como la mansión de las rosas.
-No puedo creer que no me di cuenta de cuando la construiste. – Dijo Candy observando todo a su alrededor. Anthony giraba con ella en brazos para que no perdiera detalle del amor que había puesto en cada uno de los rincones.
Los ojos se Candy se nublaron de la emoción cuando advirtió que cerca de la chimenea estaban las fotografías de cada uno de sus hijos, había fotos de cada uno de ellos de sus bautizos y de momentos especiales que habían vivido juntos y había una foto de George jugando con ellos.
-¡Es hermoso! – Dijo Candy feliz por aquel detalle tan especial que había tenido su príncipe de las rosas. - ¿Dónde conseguiste esta foto? – Preguntó intrigada al ver que había una foto de ella cuando era muy pequeña aún.
-En la última visita al hogar de Ponny. – Respondió el rubio, quien había querido poner un espacio especial para cada uno de los niños de la familia, del otro lado de esa fotografía podía apreciarse una de Anthony aproximadamente en el mismo año que fue tomada la de Candy.
-No puedo creer lo que hiciste. – Decía Candy conmovida, sus ojos comenzaron a derramarse y Anthony la abrazó enternecido por su reacción, jamás imaginó que esa sería la reacción de su pecosa al mostrarle aquel espacio que había hecho con tanto amor para ella.
-Creo que aún faltará una fotografía más. – Dijo Anthony poniendo sus manos sobre su vientre, acariciando con ternura aquel lugar que llevaba por cuarta vez a un pedacito de ese gran amor que habían forjado con los años.
-Creo que faltan muchas más… - Dijo Candy girándose hacia él para abrazarlo por el cuello y besarlo con necesidad, necesidad de agradecer todo lo que había hecho por ella todos esos años, necesidad de demostrarle el amor que tenía por él, necesidad de descargar todos los sentimientos que él le provocaba y que deseaba demostrar.
Anthony se dejó llevar por la intensidad de su esposa, besándola apasionadamente, acariciando su cuerpo con lentitud para retardar un poco más la anhelada entrega, dándose el trabajo de estimularla para encender ese fuego que los consumía en su interior, fuego que comenzaba a avivarse en sus entrañas y que pedía a gritos ser alimentado.
Anthony entró en ella lentamente, su cuerpo se estremecía de nuevo ante su contacto con el cálido interior de su pecosa, comenzando un suave vaivén que complacía sus instintos. Candy cerraba los ojos para dejarse llevar por las emociones, para dejarse amar una vez más por ese hombre tan maravilloso que la había enamorado.
-¡Anthony! – Dijo Candy estremeciéndose con intensidad al alcanzar el clímax. Anthony la observaba complacido, satisfecho por tan ansiada culminación comenzando a aumentar el ritmo de su enviste para alcanzar él también su liberación.
-¡Candy! – Gimió Anthony al momento que liberó su cuerpo, continuando con el vaivén que su cuerpo formaba para terminar de alcanzar su clímax.
Candy recibió a un lado a su esposo quien con una gran sonrisa besaba la punta de su nariz para acariciar su hombro y llegar hasta uno de sus senos.
-Te amo tanto Candy. – Le decía sin dejar estimular su areola, la cual ya reaccionaba a su estímulo.
-Y yo te amo a ti. – Le respondía Candy mirándolo detenidamente, estudiando cada una de sus reacciones, amando cada uno de sus gestos porque sabía que detrás de aquella caricia, detrás de aquella mirada tan profunda e intensa sobre ella llegaría una nueva entrega, una que ella estaba deseando como si fuera la primera vez.
Esta vez tocó a Candy, quien para sorpresa de Anthony se colocó encima de él para buscar complacerlo. Anthony se quedó por unos segundos quieto al ver que su esposa tomaría el control de su entrega.
-Estoy listo pecosa… - Le dijo con una voz sensual, una voz que advertía que su cuerpo ya estaba listo para el combate.
-Como siempre… - Le dijo Candy con una mirada profunda, sensual, una mirada que encendía en el cuerpo del rubio su reacción y que lo llevaba a sentir más emoción por saber qué era lo que su esposa haría con él.
Candy se acomodó sobre su cuerpo y con movimientos lentos retardaba su propia penetración, logrando que Anthony sintiera un poco de ansiedad por entrar en ella.
-Tranquilo. – Le decía Candy mientras comenzaba a besarlo con lentitud. Besó sus oídos y eso hizo que Anthony gimiera más alto, sonriendo cómplice por imaginarse lo que su amada estaba haciendo. – Esa vez será… lento… - Le dijo de manera sensual. La piel de Anthony se erizó al escucharla hablar de esa forma.
Anthony se relajó y dejó que Candy continuara con su juego, un juego que le estaba gustando y que intentaría soportar. La rubia sonrió al ver la disposición de su marido y comenzó a besar su rostro con lentitud, su cuello, su torso hasta llegar a su pelvis. Anthony se tensó al momento que la rubia llegó a ese lugar, su respiración se contuvo cuando de nuevo sintió que los labios de su pecosa regresaban a la misma dirección. El cuerpo de la rubia seguía incitando el del rubio hasta cuando ella misma no pudo más se colocó encima de él y fue adentrándose poco a poco. Anthony cerraba los ojos y gemía de placer, sintiendo una deliciosa desesperación al sentir que Candy jugaba con él.
-Te amo… - Le decía la rubia cada que entraba en él, saliendo con lentitud, entrando con la misma paciencia.
-Candy… - Decía Anthony con la voz ahogada, sintiendo que no podía más y que pronto se liberaría antes de conseguir que ella lo hiciera y era algo que no estaba dispuesto a permitir. – Espera… - Le decía para que se detuviera, sin embargo Candy estaba decidida a complacerlo a él.
-Shhhh…. – Le dijo besando sus labios para callar su queja, segura de lo que hacía, segura de que lo estaba llevando al límite y era precisamente lo que ella buscaba. Aquel beso detonó lo que Anthony quería retrasar, no pudo más con los sensuales movimientos de Candy sobre su cuerpo y comenzó a descargar todo su entusiasmo en ella mientras Candy seguía moviéndose con lentitud estimulándolo. El rubio cerró sus ojos y se aferró a las caderas de la rubia para impedirle que se siguiera moviendo, vencido por sus candentes movimientos. Candy sonrió satisfecha por lograr aquel placer en el rostro de su esposo. - ¿Te gustó? – Preguntó Candy con travesura, mientras Anthony continuaba disfrutando su clímax, incapaz de responder.
-¡Eso fue trampa! – Le dijo Anthony una vez recuperado. Candy gritó sorprendida por el repentino reclamo de su esposo.
-¡Anthony! – Le decía Candy entre risas, dispuesta a pagar las consecuencias, ya que su esposo la giraba para volver a colocarla debajo de él. Pronto el juego se volvió una nueva entrega y ahora era Anthony el que se dedicaba a estimular a la rubia, logrando que ella una vez más pidiera tregua por sus repetidas escaladas a la cima.
Sus cuerpos desnudos se abrazaban exhaustos, cansados de la apasionada noche, el frío comenzó a traspasar las paredes de la cabaña y Anthony se decidió a encender la chimenea.
-Creo que la hubieras prendido antes. – Le dijo Candy con travesura, observando que su marido se vería terriblemente apuesto cuando lo hacía. Anthony le sonrió seductoramente, sabía bien lo que provocaba en su esposa, no tenía que decir nada, simplemente con ver su rostro era suficiente para saber lo que deseaba de él.
-Creo que no era necesario contigo a mi lado… - Le dijo con picardía. Candy se encendió avergonzada al recordar que Anthony alguna vez le había dicho que ella era suficiente para encender una hoguera.
-¡Anthony! – Le dijo avergonzada. El rubio se acercó a ella como si fuera un animal al acecho, dispuesto a obtener de ella una nueva entrega. Candy lo miró con el fuego de la chimenea reflejado en sus verdes, deseosa de tenerlo una vez más.
Una última entrega aquella mañana se dio en aquella cabaña, cabaña que ni siquiera fue estrenada en su habitación principal ya que ni siquiera habían terminado el recorrido, fue hasta esa mañana que Anthony la llevó hasta el baño de la habitación para asearse y regresar a la mansión de las rosas antes de que sus hijos notaran su ausencia.
-Creo que volveremos después de nuestra luna de miel para estrenar esta habitación. – Le dijo Anthony a la rubia mientras la abrazaba por la espalda, besando sus mejillas mientras la rubia terminaba de cepillar sus húmedos cabellos.
-Creo que la próxima vez vendremos con los niños. – Dijo Candy con travesura.
-Esperaremos a que estén dormidos… - Dijo Anthony guiñándole un ojo. Candy asintió con una sonrisa para después salir con rumbo a la mansión.
-¿Tienen hambre? – Preguntó Anthony seguro de que así sería, estaban desvelados y sabía bien que en el estado de su esposa sería ilógico que no lo estuviera. Tocó su vientre y ella acarició su mano.
-Mucha. – Dijo Candy por respuesta. Anthony asintió y aceleró para llegar antes a la mansión.
Llegaron a la mansión unos minutos después, entrando con su esposa de la mano buscando a Dorothy para que le preparara algo a la rubia.
-¡Papá! ¡Mamá! – Gritó Albert desde arriba de las escaleras, el inquieto muchacho se había levantado porque no estaría tranquilo hasta no ver nacer a los polluelos. - ¡Alexander está enamorado! – Dijo de pronto. Anthony y Candy lo escucharon sorprendidos.
-¿Enamorado? – Preguntó Anthony sin saber el motivo por el cual su hijo delataba los sentimientos de su hermano.
-¿Qué dices Albert? – Preguntó Candy al ver que Alexander caminaba detrás de su hermano avergonzado por haber sido descubierto.
-La verdad mamá. – Dijo el pequeño indiscreto con sus manos sobre su rostro en señal de sorpresa. Candy sonrió por la manera en la que su hijo actuaba.
-Pues me alegra que tú hermano pueda conocer ese hermoso sentimiento. – Dijo Anthony en respuesta al comentario del menor. Alexander abrió los ojos sorprendido por lo dicho por su padre. Candy le sonrió a su hijo mayor y se abrazó a él.
-No sientas vergüenza por tus sentimientos hijo, amar es un privilegio que no muchos tienen. – Dijo Candy con el cuerpecito de su hijo entre sus brazos. Anthony se acercó a él con el menor. Alexander le sonrió agradecido tomando su índice con fuerza. Anthony sonrió y se acercó a él sin soltarlo.
-Es verdad Albert, tú hermano ha conocido un sentimiento maravilloso que no muchos son capaces de reconocer y me alegro que lo haya descubierto tan joven. – Dijo mirando al pequeño Albert, quien a su corta edad aún no comprendía esas palabras.
-Pues yo soy feliz al aire libre. – Dijo apuntando hacia afuera, dispuesto a escaparse antes del desayuno.
-Un momento jovencito. – Dijo Candy firme, segura de que su hijo se iría a explorar no en vano lo conocía muy bien. – Primero hay que desayunar. – Dijo Candy decidida. Albert la miró frustrado.
-¡No tengo hambre mamá! - Decía renegando, intentando huir para buscar el nido de pájaros que había descubierto con sus primos.
-Ya escuchaste a tu mamá hijo. – Le dijo Anthony tomándolo en brazos para llevarlo hasta el comedor. A Albert no le quedó de otra más que obedecer la orden que le daban.
-¿Alondra no se ha levantado? – Preguntó Candy buscando a su hija, sabía bien que la pequeña la buscaría antes que cualquier cosa. Eso era algo que le preocupaba aún, ya que no sabía si Annie y Patty iban a poder controlarla una vez que ella se fuese de luna de miel.
-Aún duerme mamá. – Respondió Alexander quien al ser el mayor sabía que era quien debía estar al pendiente de sus hermanos. – No te preocupes yo la cuidaré muy bien. – Dijo el mayor con una sonrisa abrazándose a su madre para confortarla, sabía bien su preocupación.
El desayuno se llevó a cabo con todos los miembros de la familia, organizándose porque ese día muchos partirían de regreso a Europa, viaje en el que también los recién renovados esposos harían para hacer su recorrido en el viejo continente.
Alexander, Albert y sus primos salieron por fin de la mansión para buscar el nido que tanto les había causado furor, dispuestos a observarlo hasta que los polluelos rompieran su cascarón.
-¿A dónde van? – Preguntó Archie intrigado.
-Van a ver si ya nacieron los polluelos. – Respondió Stear seguro que aún no sucedía. – Les dije que tardaban por lo menos dos semanas, sin embargo no sabemos cuántos días tenían en el nido. – Dijo de nuevo el inventor.
-Esto puede ser un desastre. – Dijo Archie seguro de que sus hijos podrían hacer alguna travesura.
-No te preocupes, Arthur y Alexander sabrán manejarlos. – Dijo Stear seguro de que su hijo y su sobrino no tendrían problemas con los más pequeños.
El día de la partida de los rubios llegó por fin y ambos se despedían de sus hijos.
-Cuida mucho a tus hermanos. – Le decía Anthony a Alexander, quien lo miraba a los ojos con un poco de sentimiento por separarse de ellos por primera vez. Anthony dejó que el pequeño tomara su índice con fuerza y después lo abrazó. – No te preocupes mucho, tus tíos estarán aquí. – Le dijo sin soltarlo.
-Sí papá. – Dijo ya más confiado al saber que efectivamente sus tío, Alistear y Archivald estarían junto a ellos con sus familias, lo que significaba que Anabel estaría también ahí y a él le correspondía ser valiente por ella. Anthony sonrió al ver la madurez de su hijo.
-Cuídense mucho. – Les dijo Candy abrazando a cada uno de ellos. La pequeña Alondra fue la que comenzó a llorar al saber que sus padres se irían. Anthony la tomó en brazos y la abrazó con fuerza, ella era su debilidad y le dolía dejarla. – Anthony… - Dijo Candy con remordimiento, tampoco quería dejar a sus pequeños.
-Nada, nada… - Dijo Stear seguro de que debían irse ya. – Los tres estarán bien. – Dijo tomando a Alondra y dándosela a Annie, quien era la que más paciencia le tenía a la pequeña. – Ustedes vayan y asegúrense de regresar tres por favor. – Les dijo el inventor interrumpiendo la escena.
-Te aseguro que nos vamos tres, así que tu pedido ya está cumplido. – Le dijo Anthony a su primo, quien al igual que los demás comenzaron a reír pensando que era una broma.
La pareja salió de la mansión rumbo a Nueva York donde tomarían el barco que los llevaría hasta Europa.
Continuará…
Y llegamos al penúltimo capítulo de esta historia, sé que algunas extrañarán las actualizaciones yo también lo haré, espero pronto volver con otra historia y espero de todo corazón ustedes estén presentes nuevamente. Gracias por leer y comentar.
TeamColombia: Hermosas como siempre un placer leer cada uno de sus comentarios. Muchas gracias por sus lindas palabras y por estar al pendiente de cada capítulo. Muchas gracias por sus bendiciones y lindos deseos, les mando un fuerte abrazo.
Silandrew: Hola hermosa! Que linda, gracias por tus palabras. No te creas yo también a veces me quedo con ganas de más, sin embargo tengo que guardar ideas para las siguientes historias jijijiji, además siempre me paso de la boda jajaja. Te agradezco mucho tus palabras, muchas gracias por leer y comentar amiga. Te mando un fuerte abrazo.
Julie-Andely-00: Hola hermosa, me parece que el abuelo George anda muy ocupado jejejeje ya le tocaba al pobre tener una ilusión, sin embargo creo que se fue muy lento jajaja. Muchas gracias por tu comentario hermosa, gracias por leer siempre. Te mando un fuerte abrazo.
Rose1404: Hola hermosa, un placer leerte mi afecto por ti es recíproco. Muchas gracias por tu alientos, fíjate que yo también le daría una zangoloteada a la mamá de Annie, siempre fue muy al estilo de Elroy pero más joven siempre preocupándose de lo que pudieran pensar de Annie, no por ella, sino por no andar en boca de todos. Espero que este capítulo también haya sido de tú agrado, te mando un fuerte abrazo.
Cla1969:Ciao bella, hai ragione la magione è piena di nuovi germogli e presto sarà piena di gioia ed entusiasmo. George inizia una relazione ei bambini diventano gelosi perché non si prende più cura di loro come una volta ahahah. Sono contento che ti sia piaciuto il capitolo precedente, grazie mille per aver letto e commentato il bellissimo. Ti mando un grande abbraccio.
lemh2001: Hola hermosa, cómo estás? Fíjate que cuando escribí el nombre de la pretendida de George me dejó una corazonada y tuve que googlearlo porque no recordaba de dónde me sonaba conocido jajaja y cuando lo leí dije "lo bueno que es un personaje ficticio" jajaja ya que me había pasado en "EL HOMBRE QUE MÁS TE AMÓ" que usé un nombre que resultó ser como el de una lectora o conocida de una lectora algo así, así que por eso siempre busco ponerle apellidos de colores en inglés, pero ahora me ganó Rita Miller de Ghost jajajaja. Annie se sintió mal por el embarazo y por la poca alimentación que mantenía para no engordar ya que su madre estaba al pendiente de sus kilos, pero lo bueno que Archie no se anda con rodeos y que su suegro lo apoya jijiji. Yo también tengo la esperanza de poder publicar pronto nuevamente, tengo dos comenzadas sin embargo no sé cual de las dos desarrollaré primero porque de las dos tengo 4 capítulos listos... en fin... un volado? jajajaja tal vez me vaya por la que ya tengo el título listo, ya que esa la comencé hace cerca de un año y no la he continuado. Me alegra saber que te gustó el capítulo, te mando un fuerte abrazo amiga.
Mayely León: Hola amiga, me alegra que estés bien. Fíjate que adoro desarrollar los personajes y sus personalidades, sobre todo darles un toque de humor con Stear, que siempre era el que tenía algo chusco que decir. Me alegra que te haya gustado el capítulo, ¿Lista para el final? Muchas gracias por tus palabras amiga, te mando un fuerte abrazo.
María José M: Hola hermosa, como siempre un placer leer tus comentarios. Me alegro que te haya gustado el capítulo anterior y sobre todo me dejaras un comentario. Te mando un fuerte abrazo y espero este.
Mía Brower Graham de Andrew: Hola hermosa cómo estás? No te preocupes por casi no comentar me alegra que me dejes un comentario cuando puedas, así puedo conocer tú opinióm al respecto, sé que tienes muchas historias que leer aunado a tus estudios, espero que te vaya de maravilla. Te mando un fuerte abrazo.
Mil gracias a todas y cada una de las personas que hay estado al pendiente de las actualizaciones, gracias por leer y seguir al pendiente. Les mando un fuerte abrazo, espero que este capítulo haya sido de su agrado.
GeoMtzR
22/05/2023.
