Disclaimer: La historia no me pertenece, historia adaptada del libro Corazones Encadenados (Capitulo 5 - Sacrificio)
Kristen había escapado de Robert ahora hacía un año, sintiendo que podía ser una debilidad para su futuro. Pero nunca esperó el sacrificio que él hizo por ella. Uno que conmocionaría su alma y destruiría las raíces de todas sus creencias.
Su sexualidad, su corazón y todo por lo que había luchado en los últimos seis años serán sometidos a prueba cuando una misión la lleve a la granja de Robert y a su cama. Allí aprenderá el verdadero sentido del hambre, del amor... y también el engaño y las mentiras que han gobernado su vida durante tanto tiempo.
Cualquier cosa que merezca la pena tenerse merece también un sacrificio. Kristen está a punto de averiguar si puede pagar el precio, y arriesgar no sólo la herencia que debería ser suya, sino también su corazón frente al hombre que todavía puede contener el fuego que arde en su alma.
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Capítulo 10
No le llevó a Robert mucho tiempo encontrar su presa. Después de escoltar a Kristen a su dormitorio, donde ella juró que iba a echarse una siesta, Robert se fue de caza.
El saber que uno de los hombres en los que Kristen debería confiar no era más que un Judas enviado por su padre era más de lo que él podía aguantar. El Senador comenzaba a molestarle de un modo que Robert sabía que no era bueno para nadie.
Kristen nunca debería haber sido un peón en cualquiera que fuera la fanática visión de su antepasado. El testamento ya era suficientemente malo, colocando sobre su cabeza la conservación de una hacienda que debería haber sido de ella sin esas condiciones extremas. Pero saber que su padre, el hombre que más debería haberse preocupado de su felicidad y bienestar, sólo se preocupaba de la conservación de su castidad, debería ser criminal.
Kristen no había nacido para refrenar la sensualidad natural que quemaba dentro de su cuerpo. Era como una llama, candente e intensa, que amenazaba con quemar al hombre que fuera lo bastante afortunado como para tocarla. Como lo hizo Robert. Su cuerpo se tensó con el conocimiento de que había liberado una pasión dentro de ella que ella ni siquiera había imaginado que existía.
En sus oídos todavía sonaban sus gritos, sus súplicas de liberación. El olor de su excitación se había parecido al rocío, fresco y salvaje, dulce y limpio. Su cuerpo se había parecido a una llama, ondulante bajo sus labios y lengua, derramando la esencia dulce de su necesidad en sus avaros labios. Estaría condenado si le hubiera hecho pagar el placer que ella había encontrado en sus brazos.
Se movió silenciosamente por la casa, entrecerrando los ojos mientras entraba en el pasillo a tiempo de ver la puerta de su oficina cerrarse silenciosamente. En cuestión de segundos había abierto la puerta, golpeándola contra el bastardo del otro lado antes de entrar y agarrar al guardaespaldas por la nuca y sacudirlo como a un cachorro molesto.
Para ser un guardaespaldas, el bastardo era un simplón. Robert había visto más experiencia en gamberros de la calle que la que vio en el idiota al que había empujado.
—¡Eh!… Maldición, ¿cuál es su problema? —Tim Adams se giró hacia él, moviendo su cuerpo en posición de ataque antes incluso de ver a Robert.
Robert sonrió con anticipación. Podía ver el deseo del otro hombre de saltar, de atacar. El temblor en los músculos de su cuerpo, el brillo en sus ojos color avellana y el enrojecimiento de su pálida cara con un poco atractivo color rubicundo.
—Ven por él —dijo simplemente, con el cuerpo relajado, listo para cualquier movimiento del hombre—. Te reto.
Adams se tensó, evidentemente dudando antes de atacar al hombre al que debía proteger.
—Ésta es mi oficina —dijo Robert simplemente, en tono amenazador mientras el otro hombre retrocedía—. No tienes nada que hacer aquí.
Los labios de Adams se apretaron mientras miraba fijamente alrededor del cuarto antes de hacer una pausa en el sofá. No había manera de malinterpretar la humedad que todavía permanecía en el cojín central, prueba de la pasión de Kristen y de su necesidad.
Robert vio cómo la furia fluía dentro del hombre más joven, su cuerpo temblando por ella.
—Lo siento —dijo él finalmente sin señal de arrepentimiento—. Me equivoqué de sitio.
Se movió para pasar junto a Robert y escapar.
—No lo creo, junior —Robert le agarró por el cuello en una llave que le hizo jadear por respirar, mientras tensaba el cuerpo en sorpresa.
—Creo que sabes lo fácil que me sería romperte el cuello ahora mismo —Robert mantuvo un tono agradable a pesar de la furia que lo invadía—. Alguien tan bien entrenado como tú, Adams, debería saber mejor que no se debe dar la espalda al enemigo. Y créeme, acabas de convertirte en mi enemigo —gruñó en la oreja del otro—. Ahora escúchame, y escúchame bien. Kristen no es asunto tuyo. Punto. Y no creas que puedes informar de esto al Senador y salir indemne. No pasará, hijo. Me enteraré. Y cuando lo haga, te mataré. ¿Me has entendido?
Adams se retorció, furioso, mientras los ásperos sonidos de su rabia y su lucha por respirar llenaban el cuarto durante largos segundos antes de que Robert aflojara su agarre lo suficiente como para permitirle tomar aliento.
—¿Me entiendes, Adams? —repitió la pregunta, manteniendo su voz suave.
—Él lo averiguará —jadeó Adams—. Ella no podrá escaparse.
Robert sonrió tenso.
—Mientras permanezca virgen, puede marcharse a donde demonios quiera irse, ¿verdad? —apretó su agarre mientras Adams luchaba en vano para liberarse—. Contéstame, chico, antes de que te rompa el cuello.
—Sí —siseó Adams.
—Exactamente —Robert dejó de apretar su cuello—. Pero lo haga ella o no, tú no vas a ir contando cuentos, ¿entendido? ¿Quieres saber por qué? Porque sabes quien soy. Sabes lo que puedo hacer. Y sabes que te mataré. ¿No es así, Adams?
—Sí —una rabia desvalida resonó en su voz.
—Buen chico —elogió Robert burlonamente—. Ahora, asegúrate de recordar esta pequeña lección, porque de seguro que odiaría tener que derramar sangre en mi casa. Mi ama de llaves se pone verdadera irritable cuando tiene que limpiar el lío. Y nosotros no querríamos eso, ¿verdad?
Robert lo liberó despacio, mirándole entrecerrando los ojos mientras Adams se alejaba de él. El hombre se volvió, sus ojos centelleando por la cólera.
—¿Cree usted que el Senador no sabe cómo es ella? —gruñó Adams—. ¿Piensa que él no la obligará a pasar un examen inmediatamente después de estar misión?
Robert acalló la necesidad de matar al otro hombre. Esconder el cuerpo hubiera sido un engorro, después de todo.
—No importará —dijo finalmente, con voz glacial—. Ella seguirá siendo virgen. Él no ganará, ni tú tampoco. Me aseguraré de ello. Ahora sal de una maldita vez de mi oficina antes de que pierda el control y te demuestre lo lejos que me estás empujando.
Evidentemente no tuvo que hacer una segunda advertencia. Adams salió pitando del cuarto, mientras la maldición que salió de sus labios resonaba detrás de él:
—Que te jodan.
Robert suspiró fatigosamente. Si sólo…
