Disclaimer: La historia no me pertenece, historia adaptada del libro Corazones Encadenados (Capitulo 5 - Sacrificio)

Kristen había escapado de Robert ahora hacía un año, sintiendo que podía ser una debilidad para su futuro. Pero nunca esperó el sacrificio que él hizo por ella. Uno que conmocionaría su alma y destruiría las raíces de todas sus creencias.

Su sexualidad, su corazón y todo por lo que había luchado en los últimos seis años serán sometidos a prueba cuando una misión la lleve a la granja de Robert y a su cama. Allí aprenderá el verdadero sentido del hambre, del amor... y también el engaño y las mentiras que han gobernado su vida durante tanto tiempo.

Cualquier cosa que merezca la pena tenerse merece también un sacrificio. Kristen está a punto de averiguar si puede pagar el precio, y arriesgar no sólo la herencia que debería ser suya, sino también su corazón frente al hombre que todavía puede contener el fuego que arde en su alma.

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Capítulo 11

Kristen admitió que tenía poca experiencia con los varones de esta especie. Y tenía aún menos experiencia en el tipo de relación que parecía querer Robert. Se sentía inexperta e incapaz de poder satisfacerle debido a la experiencia que, comenzaba a sospechar, él poseía.

En el Club se había limitado a jugar. Una visita cada tres meses, tumbándose rápidamente sobre cualquier mesa que estuviera a mano, y después desaparecía. No existía ningún apego emocional, ningún sentimiento. Y no había querido ninguno, no podía permitirse ninguno.

Pero se daba cuenta de que Robert tenía la intención de jugar a ese juego con otro tipo de reglas. Lo más espantoso era el hecho de que, en vez de sentirse acobardada o amenazada por las intimidades que él le había avisado que venían, se sentía excitada y nerviosa, manteniendo un difícil equilibrio entre la incertidumbre y el regocijo que debería haber sido aterrador.

Mientras salía de la ducha más tarde, al anochecer, y se secaba lentamente, Kristen admitió que tenía problemas en lo concerniente a Robert. Y también se dio cuenta de que, durante meses, había representado un peligro para los objetivos que había mantenido en su mente durante los últimos seis años.

Únicamente le quedaban cinco años para conseguirlo. Si permanecía virgen durante cinco años más, ganaría. Conseguiría algo que ninguna otra mujer de la familia de su madre había sido capaz de hacer en cinco generaciones. Se reiría de los edictos que habían gobernado su vida desde su juventud y a la cara de su padre en particular.

Cinco años más.

Suspiró profundamente mientras se aplicaba loción sobre el cuerpo, prestando minuciosa atención a los pliegues dilatados de su sexo y a sus firmes pechos. Sus pezones sobresalieron y se endurecieron, sintiendo como su piel se sensibilizaba al recordar las caricias de Robert.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios; sacudiendo la cabeza, se obligó firmemente a alejar sus manos del cuerpo, cogiendo bruscamente el secador. Era imprescindible secar esa larga masa de rebeldes y rojizos rizos. Pero le gustaba la sensual sensación de ese acto, el modo en que se deslizaba sobre su desnudo trasero y se rizaba alrededor de sus hombros. Se sentía femenina, deseable. Y cuando los dedos de Robert se enroscaron en ellos, empuñándolos y tirando de los largos hilos, sintió unas descargas de placer y sensualidad tan intensas que le llegaron hasta la última punta de sus nervios como llamas incontroladas, aumentando las licenciosas sensaciones.

Él era una criatura que vivía para la sexualidad y el placer. Una sonrisa burlona tiró de sus labios ante la idea. Robert entendería por qué se sentía tan bien al estar desnuda al sol, o nadando desnuda en el océano. Él podría no hacerlo, dado que era hombre, pero entendería su necesidad de hacerlo.

Frunció el ceño ante el pensamiento. ¿Por qué tenía que preocuparla si lo entendía? Él no compartiría su vida, ella no podía permitirle compartir su vida. Cinco años podían ser una eternidad si dejaba que sus sentimientos por Robert se descontrolaran. O podrían pasar rápida y cómodamente si mantenía su corazón libre.

Aunque tenía la sensación de que su corazón ya estaba implicado.

Apartó el secador y lo puso cuidadosamente sobre el lavabo; cerrando los ojos, efectuó profundas y controladas inspiraciones; pensar en él la hacía más consciente de su propio cuerpo y de la satisfacción que se estaba negando a sí misma.

Había aceptado, hacía ya años, que sería atormentada por los mismos deseos que su padre afirmaba habían sido demonios en el interior de su madre. Una intensa sexualidad, una necesidad de ser tocada, una necesidad de sentir más que una simple caricia de su amante.

Quería ser azotada. Le gustaba tener su culo abierto, sintiendo una polla horadando profundamente en aquella entrada prohibida. Tener sus pezones endurecidos y las manos presas. E imaginarse experimentando aquellos actos con Robert hizo que su vagina se desbordara de humedad.

—He ahí una mirada que podría hacer a un hombre caer de rodillas.

Kristen apenas pudo respirar al girarse bruscamente, clavando los ojos en Robert, sintiendo cómo su sangre comenzaba a correr por sus venas y su corazón palpitaba imitando el ritmo del latido de su clítoris.

—¿No sabes llamar a la puerta? —preguntó, extrañada por el tono ronco de su propia voz.

Él se apoyó contra el marco de la puerta, mientras cruzaba los brazos sobre su pecho, y la observaba coger una bata de seda azul de la percha situada al lado del lavabo, y se ocultaba en ella.

—Es mi casa —se excusó con una sonrisa divertida mientras ella se la ceñía.

—Eres el Señor del Castillo, ¿eh? —preguntó ella con una sonrisa, recorriendo con la mirada su alto cuerpo, y sintiendo esa indefensa femineidad que nunca había dejado de infundir en ella.

—Si puedo conseguirlo, sí —sus ojos brillaron mientras la sensual curva de sus labios se hacía más marcada.

Ella sacudió la cabeza, sintiendo como si algo en su interior se relajara y aligerara gracias a su sonrisa.

—Eres demasiado arrogante para tu propio bien —le advirtió entonces—. Uno de estos días, te vas a encontrar con la horma de tu zapato, Robert.

Él gruñó ante esto, un sonido que mostraba escepticismo y una muy alta y muy masculina confianza en sí mismo, todo en uno.

—Puedes intentarlo si quieres, cariño —le dijo, con una sonrisa satisfecha en el rostro, mientras su mirada recorría su cuerpo—. El enfrentamiento podría resultar interesante.

Kristen lamió sus labios mientras luchaba contra el nerviosismo que había decidido atacar su sistema. Los nervios o el deseo incontrolado, en esos momentos no estaba segura de lo que podía ser; lo único que sabía seguro era su imposibilidad de luchar contra la atracción que crecía entre ellos.

—Crees que ganarías, ¿no? —le preguntó mientras se le acercaba lentamente, con los ojos entrecerrados oscureciéndose con la lujuria.

—Definitivamente —su voz destilaba tanta arrogancia que no sabía si rechinar los dientes de irritación o reírse ante el sutil desafío que deliberadamente le había puesto delante.

—¿Y qué es lo que te apuestas? —se detuvo directamente delante de él, mirándole hacia arriba, decidida a parecer igual de tranquila y divertida.

Sin embargo, podía sentir las sutiles corrientes de tensión que se elevaban entre ellos, haciendo que sus pechos se volvieran más sensibles y sus pezones se endurecieran. Podía sentir cómo su simple presencia la afectaba. Resultaba insólito, era un sentimiento de alguna manera extrañamente consolador, y aún más aterrador precisamente por eso.

Curvó los labios en una especie de autoburla, mientras sus ojos brillaban con risa arrepentida.

—Cualquier maldita cosa que pueda conseguir — gruñó mientras intentaba alcanzarla, cambiando bruscamente su expresión de divertido deseo a dura e imperativa lujuria.

Antes de que ella pudiera hacer nada más que jadear su nombre, estaba arrastrándola a través de la puerta hasta su habitación. Pudo vislumbrar los oscuros y pesados muebles, reflejados por la débil luz de la lámpara situada en la mesita de noche, antes de que la cogiera y la tumbara en el grueso colchón de la cama.

Kristen se puso rápidamente de rodillas, estrechando sus ojos al verle desabotonar la camisa de algodón azul oscura que llevaba. Sus dedos, extremadamente bronceados, trabajaron rápidamente sobre los botones, liberando la tela antes de deslizarla por sus musculosos hombros.

No tenía ninguna intención de luchar contra él. Ni de retrasar lo que prometía el brillo de sus oscuros ojos grises. Sus labios se abrieron y su lengua salió para humedecerlos cuando sus manos se dirigieron al cinturón de los vaqueros.

—¿Me vas a violar? —preguntó con voz ronca mientras su corazón latía fuera de control.

Sus labios se curvaron mostrando esa sonrisa que había conseguido derretir su corazón durante el último año. ¿Sabía él, se preguntó, lo que aquella sonrisa le hacía?

Calentaba su corazón, conseguía que le deseara y la hacía parecer la mujer más hermosa sobre la faz de la tierra. Una sonrisa que consideraba suya, simplemente porque no le había visto sonreír de ese modo a nadie más.

—Violar, devastar, comer viva —gruñó él—. No tienes ni idea, Kristen, de lo impaciente que estoy por poseer ese pequeño culo tuyo.

Sus palabras no deberían haberle provocado un aumento brusco de calor en su útero, pero fue exactamente lo que hicieron.

Entonces el aliento se le congeló en la garganta cuando se desabrochó los vaqueros y comenzó a bajárselos por sus delgadas caderas, revelando la completa extensión de su deseo. Su polla estaba totalmente erguida, llena por su necesidad de ella. Observó encantada cómo los dedos de su mano la rodeaban, acariciándose despacio, mientras alejaba de una patada sus vaqueros y avanzaba hacia la cama.

—Quítate la bata —su tono era grave y misterioso. Una prohibida veta de emoción palpitaba debajo, consiguiendo que su garganta se tensara en respuesta.

Sus dedos hurgaron en el cinturón durante un segundo antes de que el flojo nudo se deshiciera, permitiendo que sus bordes se abrieran lo suficiente como para dejar entrever atractivamente las dilatadas curvas de sus pechos.

Sus pezones estaban doloridos y ardían necesitando alivio. El peso de los anillos de oro que los perforaban era más pronunciado, un pequeño y erótico dolor que le recordaba el paso de sus dientes por esos puntos tan sensibles.

—Quítatela —ordenó de nuevo, observándola con los ojos entrecerrados.

—Quítamela tú —respiraba tan ásperamente que apenas podía pronunciar las palabras.

Aquella sonrisa. Destelló de nuevo, ligeramente torcida, un poco infantil.

Él se divertía. Ese descubrimiento fue casi tan fuerte como el deseo. Se divertía con ella. ¿Alguna vez se había divertido alguien con ella? Estaba segura de que se divirtieron, pero nunca había sido consciente de que lo hicieran, como lo era ahora.

—Un desafió —pareció aceptarlo—. Creo que puedo con él, Kris… —la cogió por los tobillos, arrastrándola hasta el borde de la cama con un rápido movimiento—. ¿Pero podrás tú?

Esperó sentir otro de esos duros y hambrientos besos que destruían su consciencia. Esperó que la consumiera. Sin embargo, la destruyó.

Apoyó la frente contra la suya, mirándola fijamente a los ojos, permitiéndole ver como cambiaban de color, la descontrolada emoción que le embargaba, su misma esencia, mientras llevaba las manos a sus hombros y muy despacio comenzaba a retirar la seda de su cuerpo.

—Rob… —un escalofrió recorrió su cuerpo, haciendo que temblara con lo que vio, con lo que sintió.

Parpadeó intentando alejar las lágrimas, sin comprender por qué venían a sus ojos y por qué sintió una sacudida en el centro mismo de su ser

—Tus ojos se han oscurecido, nena —susurró él rudamente—. Puedo ver cómo el deseo crece dentro de ti, cómo la necesidad aumenta el grado de tu pasión. ¿Sabes lo que eso me hace? ¿Lo duro que me pone saber que puedo volver esos ojos verdes casi negros por la necesidad?

La seda resbaló por sus manos mientras ella alzaba los brazos, cayendo sobre sus caderas al tiempo que llevaba las manos a la cara de él. Sus dedos tocaron sus labios. Temblando. Estaban calientes, no húmedos o lisos, sino como cálido terciopelo contra las yemas de sus dedos.

Ella gimió, y sus labios se separaron en un silencioso grito mientras los masculinos ojos se oscurecían en respuesta. Tempestuosos. Como si fuesen el turbulento centro de una tormenta a la que ella temía no sobrevivir.

Se estremeció cuando sus manos también se movieron, tomando el dilatado peso de sus pechos y frotando los dedos contra sus endurecidos pezones, enviando una llamarada caliente que llegó hasta las profundidades de su vagina.

Se estaba quemando viva. Podía sentir cómo la sangre que corría por sus venas hervía ante la intensidad de las sensaciones que crecían dentro de ella. Una simple caricia no debería hacerle esto, exclamó silenciosamente para sí. No debería envolverla, no sólo en el placer, sino en una emoción que la aterrorizaba.

—Podría tocarte por siempre —sus labios se movieron contra sus temblorosos dedos; su aliento fue una caricia que sintió en su misma alma—. Pareces ser de cálida seda y satén, tan seductora como el mismo pecado, Kris.

Su cabeza descendió entonces, dirigiendo sus dedos hacia su barbilla y girándola hacia un lado para buscar sus labios y darle un beso tan suave, que pareció la caricia de las alas de un hada contra los suyos.

—Tócame, nena —susurró contra sus labios, en una cálida súplica—. Tócame, Kris, como si nunca nos volviéramos a tocar…

Como él la tocaba.