Disclaimer: La historia no me pertenece, historia adaptada del libro Corazones Encadenados (Capitulo 5 - Sacrificio)
Kristen había escapado de Robert ahora hacía un año, sintiendo que podía ser una debilidad para su futuro. Pero nunca esperó el sacrificio que él hizo por ella. Uno que conmocionaría su alma y destruiría las raíces de todas sus creencias.
Su sexualidad, su corazón y todo por lo que había luchado en los últimos seis años serán sometidos a prueba cuando una misión la lleve a la granja de Robert y a su cama. Allí aprenderá el verdadero sentido del hambre, del amor... y también el engaño y las mentiras que han gobernado su vida durante tanto tiempo.
Cualquier cosa que merezca la pena tenerse merece también un sacrificio. Kristen está a punto de averiguar si puede pagar el precio, y arriesgar no sólo la herencia que debería ser suya, sino también su corazón frente al hombre que todavía puede contener el fuego que arde en su alma.
**************************************************************************************************************************************************** Capítulo 13
Robert observó mientras Kristen se aproximaba a la casa. Podía ver la tensión en cada línea de su cuerpo, percibiendo cómo la desesperación florecía en su mirada. Colocó sus manos en las caderas, sacudiendo la cabeza impotentemente.
Había aprendido a tener paciencia durante el servicio militar. Había aprendido a sentarse y a esperar por lo que quería, por lo que necesitaba. Y aunque esperar a Kristen fuera contra cada instinto posesivo que tenía, lo haría. Pero eso no significaba que deseara verla sufrir.
La tensión sexual y la cólera que había dentro de ella eran su peor enemigo. Incluso con sus visitas al Club, ella no había aprendido aún a controlar la fuerza y la cólera, o cómo menguar estos sentimientos.
Una sonrisa se formó en sus labios mientras cogía el teléfono móvil de su cinturón y marcaba a gran velocidad para contactar con el Club.
—Déjame hablar con Ian —dijo quedamente cuando Thom contestó.
Ian Sinclair era el dueño del Club. Un lugar que transmitía toda la fogosidad sensual del hombre. Él sería el perfecto tercero para lo que Robert estaba pensando.
—Robert, estás holgazaneando —la voz de Ian sonó áspera, un profundo trueno perezoso que no hizo nada para disimular al poderoso enemigo que podría ser.
Robert bufó.
—Apenas. Pero de eso ya hablaremos más tarde. Necesito un favor.
—¿Un favor? —la diversión se filtraba en la voz de Ian—. Eso suena interesante.
—No tienes ni idea —suspiró—. Necesito un tercero.
El silencio llenó el otro lado de la línea. Había una regla bien establecida que decía que Ian no participaba como tercero. Como principal quizá, pero la dominación que poseía raramente le permitía sentarse en el asiento trasero de nada.
—¿Por qué? —preguntó finalmente.
Robert le explicó la situación brevemente, manteniendo su tono de voz neutro, su necesidad oculta. Pero maldita sea si Ian no era el perfecto para unirse a su aventura hacia la sexualidad de Kristen. Era moderado, controlado y, a pesar de su apariencia, un hombre compasivo.
De nuevo el hombre se mantuvo callado. El silencio se estiró entre ellos durante largos minutos.
—Hijo de puta —refunfuñó finalmente—. Recuérdame que vigile quién compite contra el senador en las próximas elecciones.
—Mantén la política fuera de esto —suspiró Robert—. Tiene el respaldo financiero de la madre, así que no quiero ni siquiera pensar en perder aquí.
Ian gruñó. No había otra manera de describir la maldición que pasó a través de la línea telefónica.
—El sexo anal u oral se queda muy por atrás de lo principal, Rob —suspiró.
Robert lo sabía bien. Había estado caminando con una erección tan dura que eventualmente lo iba a matar. No importaba cuántas veces hubiera tomado su ano o su dulce boca, sabía que no conocería la verdadera satisfacción hasta que consiguiera joder su pequeño y caliente coño.
—Es su única opción ahora mismo, Ian —refunfuñó.
—Bien, así que a ver si lo he entendido perfectamente —suspiró Ian—. Nada de sexo vaginal, y punto. Supongo que sabes que los dos vamos a tener un severo caso de pelotas moradas por dejar ese precioso coñito sin tocar.
Robert sonrió abiertamente.
—Sí, eso más o menos lo define. Anda, Ian, puedes descargar tus pelotas en cualquier otro momento. Es de Kristen de quien hablamos. Ella necesita esto.
Ella era un miembro del Club, y una mujer, y esto le daba cierta prerrogativa con Ian. Eso significaba que él mismo la había seleccionado personalmente, invitado y aprobado que formara parte del grupo. Él probablemente sabía más sobre esta situación que Robert.
—¿Por qué sabía yo que esta llamada llegaría? —finalmente preguntó Ian, con una gruesa veta de diversión—. ¿Qué harás con los guardaespaldas? El dormitorio no es el lugar adecuado para esto, Robert. Si buscas intensidad, tendrás que añadir un nivel extra de peligro mientras la mantienes en la seguridad de tu casa. Si no, yo sugeriría llevarla al Club.
—No. Usaremos la sala de estar de aquí —Robert sacudió la cabeza ante la alternativa—. Tengo algunos hombres de mi antiguo equipo. Arreglaremos los detalles,tú sólo estáte aquí.
—Véndale los ojos, eso endurecerá los bordes de su seguridad —la voz de Ian se hizo más profunda, lo que indicaba su interés y excitación—. Estaré allí a las diez.
La polla de Robert se sacudió dentro del confinamiento de sus vaqueros. Ian había olvidado más sobre cómo aumentar la excitación y los instintos sumisos de una mujer que lo que la mayoría de los hombres siquiera podían considerar.
—Tendré todo listo —sonrió despacio, presintiendo la tarde que se le avecinaba—. Te veré a las diez.
Él desconectó antes de girar su cabeza para mirar fijamente hacia la casa. Alli estaba Adams caminando a escondidas de nuevo. Matthews y Danford lo miraban con un ceño fruncido desde sus posiciones. Esto dejaba al cuarto hombre en la casa, muy probablemente vigilando a Kristen.
Bastardos. Lowell y Adams estaban acabando con su paciencia y si ellos no tenían cuidado terminarían encerrados bajo llave en el sótano. Hizo una pausa ante este pensamiento. No era una mala idea, en realidad. En Matthews y Danford sí podía confiar. Los otros dos eran el problema.
Sí, el sótano comenzaba a parecerle mejor a cada momento.
* * * * *
Kristen podía sentir la tensión creciendo dentro de ella. Era peor que nunca. Como un ansia escalofriante que no podía identificar y que no tenía ninguna esperanza de saciar. ¿Sería así como se sintieron sus antepasadas? Esas mujeres a las que se les había impedido saciar esa creciente sexualidad que la atormentaba a ella.
Una maldición, así era como ellos lo habían llamado. Vertió café recién hecho en una taza respirando ásperamente, intentando calmar el temblor en sus dedos mientras llevaba la taza a la mesa de la cocina. Era peor que una maldición.
Miró fijamente por la ventana, observando cómo Robert trabajaba alrededor de los graneros. Delgado, musculoso. Se movía con una gracia que raramente había visto en otros hombres, y la hipnotizaba.
¿Por qué sería él diferente? ¿Por qué había podido traspasar su protección y robar su corazón?
Se apartó de él, rodeando con sus manos la taza mientras bajaba la cabeza, cerrando los ojos.
Deseaba ahora mucho más de lo que nunca había soñado. Antes de saber los términos del testamento, antes de la traición de los exámenes, había decidido que nunca soportaría el dolor que su madre había sufrido. Su virginidad era una cuestión de orgullo. Su autorespeto y su determinación por conocer una vida completamente opuesta a la de su madre había sido a menudo lo que la había mantenido firme.
Después de la conmoción de los exámenes, había contraatacado de la única manera que conocía. Satisfecha, triunfante, había aprendido que podía tener el pastel y también comérselo. Podía apaciguar las lujurias que crecían en su cuerpo y a pesar de eso seguir pasando los exámenes trimestrales que su padre exigía.
Y eso había sido suficiente. Hasta Robert.
—¿Y ahora qué? —susurró, volviendo de nuevo su mirada hacia la ventana, hacia el hombre—. ¿Qué hago ahora? —porque ella sabía que ya no era suficiente, y que nunca lo sería de nuevo. Ahora, lo quería todo.
