Disclaimer: La historia no me pertenece, historia adaptada del libro Corazones Encadenados (Capitulo 5 - Sacrificio)
Kristen había escapado de Robert ahora hacía un año, sintiendo que podía ser una debilidad para su futuro. Pero nunca esperó el sacrificio que él hizo por ella. Uno que conmocionaría su alma y destruiría las raíces de todas sus creencias.
Su sexualidad, su corazón y todo por lo que había luchado en los últimos seis años serán sometidos a prueba cuando una misión la lleve a la granja de Robert y a su cama. Allí aprenderá el verdadero sentido del hambre, del amor... y también el engaño y las mentiras que han gobernado su vida durante tanto tiempo.
Cualquier cosa que merezca la pena tenerse merece también un sacrificio. Kristen está a punto de averiguar si puede pagar el precio, y arriesgar no sólo la herencia que debería ser suya, sino también su corazón frente al hombre que todavía puede contener el fuego que arde en su alma.
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Capítulo 14
— Kristen—la voz de Robert la hizo contener el aliento unas horas más tarde, cuando salió del cuarto de baño, apretando el cinturón de su bata.
Él estaba parado frente a ella, apoyándose contra los pies de la cama, su mirada oscura, con los párpados pesados, sus vaqueros demasiado ajustados en su entrepierna.
Kristen se detuvo en medio del cuarto, mirándolo sombríamente.
—Siento mucho lo de antes —susurró ella—. A veces yo… —agitó su mano, molesta por su incapacidad para explicar las emociones turbulentas que la sobrepasaban.
Una sonrisa gentil curvó los labios de él.
—Está bien —dijo suavemente—. No estoy enojado, pero realmente creo que te castigaré por eso.
Ella lo miró fijamente, sorprendida.
—¿Perdón? —Su corazón comenzó a latir con enorme velocidad en su pecho mientras ella interpretaba la oscura expresión de su cara.
Ahora él parecía dominante, peligroso. Un temblor sacudió su cuerpo, haciéndola estremecerse al darse cuenta de ello.
—La casa está vacía y así estará por el resto de la noche —comenzó a explicar él, su voz profunda, palpitante debido a la excitación—. Mantendrás tu virginidad, Kristen, pero el resto de ti me pertenece. Sin condiciones. ¿De acuerdo?
Ella tragó con fuerza.
—¿Cómo? —lamió sus labios nerviosamente.
Él sacudió su cabeza firmemente.
—No importa cómo. Todo lo que necesito es tu consentimiento. Rendición incondicional, Kristen. ¿Puedes sacrificar tu control por esta noche? Sin importar lo que suceda, sin importar lo que yo te pida.
Ella podía sentir su cuerpo respondiendo al calor de sus ojos, a la excitación y exigencia de su voz. Su clítoris le dolió como nunca lo había hecho en su pasado. Podía sentir su vagina humedeciéndose, derramando sus jugos a través de los pliegues de carne.
Sus pechos se hincharon, sus pezones se pusieron duros y sensibles bajo la seda de su bata.
—¿Todo el control? —preguntó débilmente.
Nunca había osado intentar tal cosa antes.
—Todo el control, Kristen—él no exigiría nada menos.
Luchó por respirar normalmente, pero la creciente excitación lo hacía imposible. Sus pechos subían y bajaban ásperamente, la sangre bombeaba con ferocidad a través de sus venas.
Metió las manos profundamente en los bolsillos de su bata, mirando a Robert atentamente. ¿Qué tenía en mente? Él no le haría daño, él no violaría su virginidad. ¿Qué más habría por lo que ella tuviera que rendir su control?
—Nada de explicaciones, Kristen —él adivinó su pregunta—. Confías en mí o no lo haces. No hay término medio.
—Confío en ti —no había ninguna duda en eso.
Él sonrió otra vez, una sonrisa torcida, tierna, que hizo que los músculos de su estómago se contrajeran en respuesta.
—Ven aquí —él le ofreció su mano, aunque no hubo nada débil en su petición. Era una demanda.
Dio un paso adelante lentamente, tomando su mano, esperando que él la tirara y la recogiera en sus brazos. Se sorprendió cuando la detuvo a centímetros de su pecho.
—Voy a vendarte los ojos —dijo firmemente—. Los mantendrás tapados, sin importar lo que suceda. ¿De acuerdo?
Nunca le habían vendado los ojos. Nunca se había desnudado sin la seguridad que implicaba la visión. Se estremeció ante la demanda, pero asintió en acuerdo.
Robert tocó su mejilla con las yemas de sus dedos antes inclinarse para tocar los labios de ella con los suyos.
—Te vendaré los ojos aquí, luego te llevaré a otra habitación. Tu palabra de seguridad es "sacrificio"; diciéndola, sacrificarás un placer, nena, como nunca antes has conocido.
¿Qué podría haber planeado?
Kristen asintió de mala gana, temblando mientras él recogía la máscara negra de la cama y la colocaba en su cabeza. Sólo le cubría los ojos, el elástico se ajustaba cómodamente en la nuca y bloqueaba toda la luz.
—Nunca he hecho esto, Robert —extendió su mano hacia él, agarrando desesperadamente su antebrazo mientras se perdía en un mundo de oscuridad.
—Lo sé, nena —susurró él—. Sólo déjate ir. Yo te cuidaré.
Ella se tranquilizó al oír la pequeña y casi oculta huella de emoción en su voz que pudo captar entonces. Pese a la excitación, el placer absoluto, por debajo de la satisfacción dominante había… ¿tristeza?
—Voy a levantarte —dijo él, un segundo antes de que la balanceara en sus brazos—. No tienes que hacer nada aún, Kris. Sólo relájate.
¿Relajarse? Estaba ciega y volviéndose paranoica. La voz de él la estaba enloqueciendo. ¿Qué era esa emoción, esa huella de algo en su tono que enviaba un rastro de dolor perforante a su corazón?
Se agarró a sus hombros mientras él la apretaba contra su pecho y comenzaba a andar. Intentó visualizar el camino en su mente, pero las vueltas que daba no tenían sentido, a no ser que intentara deliberadamente desorientarla.
—¿Estás andando en círculos? —intentó sonreír, pero sintió sus labios temblar al intentarlo.
—Desde luego —oyó la risa en su voz—. ¿Dónde estaría la diversión si supieras donde estás?
Él exigía el sacrificio completo de cada fragmento de control que ella poseía. Y ella se lo estaba dando. Ésta era la parte que ella encontraba realmente increíble. No tenía ningún remordimiento en entregárselo, en confiar en él para que cuidara de ella, para que la protegiera.
Dejaron de moverse y, después de una pausa, lo sintió inclinarse para ponerla sobre la gruesa comodidad de un colchón. Se quedó inmóvil, escuchando.
Oyó los sonidos de él desnudándose mientras ella se retorcía sobre cualquiera que fuera la cama en la que estaba. Lo deseaba desnudo, lo deseaba tomándola. Podía oírlo a su lado, pero podía sentir movimientos al otro lado. Un hundimiento en el colchón que no tenía sentido.
—¿Robert? —tragó fuerte cuando lo llamó.
—Sí, nena —contestó él a su lado, tal como lo había oído.
Ella gimoteó al sentir manos en su bata. Confiadas, seguras de sí mismas, comenzaron a aflojar su cinturón. Y no era Robert.
—Oh Dios —gimoteó mientras la correa se aflojaba y los bordes de su bata caían a un lado.
Amplias y callosas manos la levantaron, quitándole el tejido mientras ella se estremecía.
—Fácil, Kristen —era Robert quien acariciaba su cabello, bajando hacia su cuello, destapando su pecho a la mirada de otro.
Estaba estremeciéndose, temblando desde lo más profundo de su ser como reacción. Las manos que acariciaban sus costados eran calientes, no ásperas, pero firmes, exigentes. Cuando cubrieron sus pechos, un grito trémulo escapó de sus labios, mientras su útero se convulsionaba de placer.
No había nada más que sensaciones. Nada más que toques, sonidos. Sus manos apretaron la sábana bajo ella mientras se arqueaba para recibir el contacto, el nombre de Robert escapando a borbotones de sus labios en súplica de algo que no estaba segura de lo que era.
—Maldición, eres hermosa, Kristen. La vista más hermosa que he tenido en mi vida —la voz de Robert estaba llena de adoración mientras se recostaba a su lado, su mano enmarcando su mandíbula, girándole la cabeza—. Quiero verte arder, nena. Arde para mí…
Manos masculinas abrieron sus muslos mientras los labios de Robert se acercaban a los suyos. Gritó al ser besada, mientras otros labios, hambrientos y decididos cubrían los pliegues empapados de su coño.
Kristen podía sentir su cuerpo sacudirse, estremecerse de placer mientras la mano de Robert se extendía por su pelo, agarrando las guedejas y tirando eróticamente, mientras su lengua bailaba alrededor de la suya.
Su beso despertó su excitación, despertó el fuego salvaje, indomesticado que quemaba en su vientre, enviándola a un lugar de sensaciones que nunca había sabido que existían. Fuera quien fuera el que saboreaba su sexo, lamiendo, chupando, su lengua golpeando dentro de ella para follarla con golpes perezosos, era un maestro en lo que hacía. Pero no había ningún placer mayor que el beso de Robert. Después, sus labios bajaron a sus pechos, su lengua acarició sus pezones, sus dientes rasparon, tirando de los anillos de oro que los perforaban.
Abajo, entre sus muslos abiertos, invasores dedos masculinos presionaban el estrecho canal de su ano, lubricando el pequeño y apretado agujero, estirándola con una sensual y lenta caricia.
Ciega como estaba, sus otros sentidos se realzaron, volviéndose más sensibles, más claros que antes. Levantó sus caderas, empujándose hacia los dedos que la follaban, mientas gritaba con el placer que sacudía su alma.
—Sí, nena —Robert impulsó su placer más alto—. Arde, amor, déjame verte arder.
Sus uñas se enterraron en el cuero cabelludo de él mientras succionaba sus pezones hasta que él agarró sus muñecas y las puso de golpe sobre el colchón. Estaba restringida, desvalida frente ellos y ardía.
—Deja que me corra —estaba gritando la petición, arqueándose hacia los labios que chupaban de manera errática su clítoris inflamado.
Tan pronto como creyó que alcanzaría el clímax gracias a los labios que la atormentaban, éstos disminuyeron la presión y aliviaron los músculos apretados de su matriz.
—No aún, querida —la voz era profunda, tan profunda que raspó sus nervios y le envió estremecimientos en respuesta—. Me gusta jugar, Kristen. Durante un largo rato…
Su lengua golpeó su expuesta hendidura antes de empezar un diabólico juego con el pequeño anillo que rodeaba su clítoris. Al mismo tiempo, Robert tiró de los anillos de sus pezones. Uno con su boca, otro con sus dedos atormentadores, haciéndola emitir chillidos de agonía, de un exquisito placer/dolor.
Ella ardía tal como él quería. Ardería viva ante la necesidad de un orgasmo, y muy consciente del hecho de que se lo negarían hasta que los hombres que la mantenían cautiva consideraran que era el momento apropiado.
Pese a las tardes que había pasado en El Club, nunca había estado sin su control. Su elección. Nunca había sido como esto.
—Rob—se estiró contra la sujeción de sus muñecas, aterrorizada con las emociones y sensaciones que la engullían.
Su cabeza se sacudía sobre el colchón mientras los dedos que atormentaban su lugar más profundo enviaban llamas que se disparaban desde su ano hacia su clítoris. Dos dedos la separaban, estirándola por completo.
—Estoy aquí, nena —él la calmó, a pesar de la brusquedad de su voz mientras sus labios se movían para acariciar su cuello, su oído—. Estoy justo aquí.
—Sostenla—la voz en su vagina advirtió entonces—. Voy a darle más aquí. Vamos a ver cuán caliente puede arder.
—Ven aquí, Kris… —ellos la levantaron, colocándola sobre sus rodillas, aun cuando los dedos que invadían su trasero se mantenían en el lugar.
Se arrodilló sobre el colchón, siguiendo las instrucciones susurradas por Robert, hasta dejar sus hombros sobre la cama.
—El sexo anal puede traerte satisfacción completa, Kristen —susurró él profundamente, mientras ella sentía que sus nalgas eran separadas cuando otro dedo comenzaba a empujar en su interior—. Si sabes como tomarlo, lo cual tú sabes. Si la persona que lo hace sabe como hacerlo, lo cual él sabe. Puede llevarte a sitios que no puedes visitar de otra manera.
Su espalda se arqueó mientras los dedos la estiraban. Estaba agonizando. El placer y el dolor mecían su cuerpo mientras ella tiraba hacia atrás, desesperada por más.
Un segundo más tarde gritó ultrajada mientras una mano golpeaba firmemente su nalga. Se quedó quieta, pensando que eso la aliviaría. Creyendo que el golpe había sido por sus desesperados movimientos para empujar sus dedos más profundo. Pero vino otra vez, desde el otro lado.
—Bastardo —chilló, queriendo alejarse, apartar la venda de sus ojos y afrontar a su atormentador.
—Mal Kristen —Robert rió cuando la mano de ella se movió hacia la máscara. Agarró sus muñecas, sosteniéndolas antes de que pudiera alcanzarla, poniéndolas delante de ella mientras se tendía junto a su lado. —¿Nunca has sido azotada, nena? Siéntelo, Kristen. Relájate con el calor, déjalo que aumente el placer. Te gusta el dolor, lo sabes. Esto es sólo otra forma de él.
La mano golpeó otra vez, y a pesar de su necesidad de negarlo, el placer se unió a su ardor. Casi como en recompensa, la mano de Robert se movió hacia abajo, metiéndose entre sus muslos, la palma de su mano ejerciendo una presión firme y sensual contra su clítoris, mientras la levantaba para hacerla descansar contra su pecho.
La mano golpeó de nuevo, y esta vez los dedos que estiraban la entrada de su ano se movieron más profundamente.
—Oh Dios… Robert… no puedo soportarlo… —La mano golpeó otra vez, haciéndola apretarse contra los dedos que la invadían y haciéndola sentir lanzas candentes rasgando a través de su vagina.
—Más, Kristen… —Su voz era más áspera, más exigente—. Puedes tomar más, nena, sabes que puedes.
Otra serie de quemantes palmadas fue seguida por un suave empuje de los dedos en su trasero mientras Robert tiraba del anillo que perforaba la capucha de su clítoris. Ella temblaba violentamente, estremeciéndose con el placer y la intensidad mientras salía en busca de cada empuje.
—Ahora, cariño… —Ella fue separada del pecho de él y puesta a gatas mientras él se ponía frente a ella—. Ábrete ampliamente, Kristen. Quiero tu boca tan jodidamente que estoy a punto de correrme sólo de pensar en ello.
Ella sintió la presión de la polla de Robert contra sus labios y se abrió para él mientras gemía por los dedos que lentamente salían de su ano.
Su boca estaba llena de la caliente carne masculina que ella tanto amaba. Robert, su polla palpitando contra su lengua, sus pulgares separando su mandíbula mientras sentía que sus nalgas estaban siendo separadas otra vez.
Se quedó quieta y gimoteó.
Un segundo después explotó en un brillante calidoscopio de placer/dolor mientras era invadida. No por dedos, sino por una verga que se introdujo dentro de ella con un empuje seguro y rápido que la destruyó.
Perdió la razón. La locura la consumió. Sus labios se apretaron sobre la carne que empujaba Robert descarnadamente, mientras su ano ardía por el éxtasis. Estaba siendo tomada, empalada, poseída de un modo que nunca podría haberse imaginado. Podía sentir cada pulgada enterrada entre sus nalgas, probar la potente pasión del empuje de la polla entre sus labios. Estaba siendo poseída, tomada, sacrificada a tal placer que estaba segura de que no sobreviviría.
Podía sentir las llamas ardiendo sobre ella mientras el duro cuerpo detrás de ella la cubría. Su mano estaba entre sus muslos, sus dedos moviendo su clítoris un segundo antes de que él le diera una serie de pequeñas y rápidas palmadas que la empujaron sobre un precipicio que nunca había sabido que existía.
Explotó, sólo débilmente consciente del semen de Robert deslizándose caliente y duro por su garganta, y el latido de la verga en su trasero liberándose también. Todo lo que sabía, todo lo que podía procesar era el placer quemándola, lanzándola a las nubes…destruyéndola.
Cayó de lado, curvándose en una pelota mientras sus músculos se estremecían y su vagina comenzaba a latir en protesta. Y ella sabía, a pesar del éxtasis atormentador que todavía resonaba a través de su cuerpo, que nunca más el placer unido al dolor aliviaría el dolor terrible de su cuerpo. Sólo había provocado un hambre de más. Un hambre que sabía que sólo un hombre podría aliviar…
