Disclaimer: La historia no me pertenece, historia adaptada del libro Corazones Encadenados (Capitulo 5 - Sacrificio)
Kristen había escapado de Robert ahora hacía un año, sintiendo que podía ser una debilidad para su futuro. Pero nunca esperó el sacrificio que él hizo por ella. Uno que conmocionaría su alma y destruiría las raíces de todas sus creencias.
Su sexualidad, su corazón y todo por lo que había luchado en los últimos seis años serán sometidos a prueba cuando una misión la lleve a la granja de Robert y a su cama. Allí aprenderá el verdadero sentido del hambre, del amor... y también el engaño y las mentiras que han gobernado su vida durante tanto tiempo.
Cualquier cosa que merezca la pena tenerse merece también un sacrificio. Kristen está a punto de averiguar si puede pagar el precio, y arriesgar no sólo la herencia que debería ser suya, sino también su corazón frente al hombre que todavía puede contener el fuego que arde en su alma.
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Capítulo 15
Robert estaba en la ducha, el rocío golpeaba su espalda mientras él permanecía con la frente apoyada contra la pared de azulejos. Tenía los ojos cerrados, cada uno de sus músculos estaba tenso por el esfuerzo que hacía para controlar la demanda furiosa que palpitaba por su cuerpo y por su mente.
Ella era suya, por Dios. La demanda feroz rugía por su mente. Su corazón. Su alma de mierda. Y él se consumía bajo la fuerza del agua en lugar de yacer con satisfecho agotamiento en sus brazos.
El ménage con Ian debería haber amainado un poco el hambre, pero había resultado peor. No fue suficiente. Nada de lo que él conocía sería alguna vez suficiente, hasta que la tomara como deseaba.
Su polla era como una piedra viva a punto de estallar por la ira de sus emociones. Podía saborear a Kristen en su lengua, sentirla en su piel. Aún incluso podía escuchar sus gritos mientras se retorcía bajo él. ¿Se había dado cuenta ella de que había gritado? ¿Fue consciente del efecto que tenían sus palabras en él?
—…no es suficiente… Oh, Dios, Rob, no es suficiente… —las palabras habían sido un grito desigual, casi incoherente, mientras ella se estremecía por su orgasmo previo.
No, no había sido suficiente. Nunca sería suficiente.
¿Viviría otros cinco años de mierda antes de poder reclamarla? Rechinó los dientes al pensarlo. Era un infierno que él nunca había imaginado. Demonios, sí, esperaría. Pero eso lo mataría.
—¿Robert? —su voz era un susurro de hambre, de las necesidades que rabiaban también dentro de él.
Él abrió los ojos, ignorando el agua que lo golpeaba y volteó para encontrar su mirada.
Sus ojos verdes estaban oscuros por el dolor de la despedida. Joder. Aún no. Él no estaba listo todavía.
—La Agencia acaba de llamar —su corazón se apretó al oír el tono de miseria de la voz femenina—. La amenaza ha sido considerada una travesura. Lo primero que han hecho esta mañana ha sido llamarme.
Ella se había puesto la bata anudada fuertemente a su cintura y metió las manos crispadas en los pequeños bolsillos. Sus dedos estaban apretados para refrenar el dolor que se reflejaba en su mirada.
—Joder.
¿Y ahora? Malditos sean, él no estaba preparado para dejarla ir, no estaba preparado para la falta de su calor en su cama. Hijo de puta, él por fin acababa de conseguir tenerla ahí.
—Robert… —él miró cómo tragaba con dificultad, vio el pesar en sus ojos, y sus lágrimas.
—¡No! —gruñó.
Enderezándose bruscamente, la metió en la ducha, ignorando su jadeo, olvidando que no importaba cuánto lo deseara, cuánto lo quisiera, había llegado el momento de que se marchara.
—Siempre estaré aquí —sus brazos la envolvieron, apretándola contra su pecho mientras maniobraba para protegerla con su cuerpo de la fuerza del agua—. Siempre, Kristen. Estaré aquí, nena, siempre que me necesites. De cualquier manera que me quieras. Estaré aquí.
Los brazos de ella se apretaron alrededor de los hombros masculinos, estrechándose fieramente contra él, mientras él sentía el calor de sus lágrimas contra el pecho. Dios seguramente no tenía la intención de que un hombre soportara este dolor. Él suplicaba piedad porque no podía llorar con ella.
* * * * *
Dejar la granja fue lo más difícil que Kristen había hecho en su vida. No imaginó que tendría la fuerza para hacerlo. No después de la noche pasada. No después de las revelaciones que había tenido.
Pero lo hizo. Lanzó su maleta en el SUV donde ya la esperaba Matthews. Los demás se habían marchado horas antes, impacientes por regresar a la oficina, archivar sus informes y dedicarse a misiones más aventureras. Kristen no podía marcharse tan fácilmente.
Robert estaba detrás de ella en silencio. La había visto hacer sus maletas con expresión agobiada y mirada turbulenta y no había hecho ninguna demanda, no había pedido ninguna promesa, simplemente la dejaba ir. Ella podría decir que con renuencia, pero la dejaba ir.
Kristen se volvió hacia él después de cerrar la puerta trasera, y lo miró, dándose cuenta de que el dolor que sentía en su pecho era más que sólo pesar. Era un hueco, una herida profunda que temía que nunca sanaría.
—Acuérdate de avisar a Madre cuando llegues a la ciudad —le dijo él suavemente—. Aunque no te lo diga, ella se preocupa.
Kristen asintió sonriendo, aunque con el corazón destrozado.
—Será lo primero que haga —agregó.
—Y no conduzcas demasiado rápido —gruñó—. Matthews me dijo que lo espantaste de muerte en el camino hacia aquí. El hombre tiene una familia que alimentar, tú sabes. No pongas en riesgo su vida.
Ella se habría reído si no le doliera tanto todo eso.
—Y recuerda, siempre tendrás un lugar aquí —terminó—. En cualquier momento, Kristen. En todo momento.
Ella tuvo ganas de llorar al oír la suavidad de su voz.
—Robert… —quería decir tantas cosas.
—No —él movió la cabeza con pesar, tocando su mejilla en una caricia tan ligera, tan tierna que ella sintió que su alma se estremecía—. Sólo recuerda esto, nena. Tú sabes dónde estoy si me necesitas. Siempre.
Ella tenía que dejar de mirarlo o no podría reprimir sus lágrimas. ¿Cómo se iba a alejar de él? Podía sentir dentro de ella que todo se rebelaba contra su partida.
—Vete —dijo él entonces—. Llegarás tarde si no te marchas ya.
Sus labios temblaban al volverse hacia él. Parpadeó con furia para contener sus lágrimas, mientras su cabeza y su corazón combatían cuando lo miró.
Lo amaba. Podía sentir la emoción explotando dentro de ella, protestando violentamente contra la decisión de dejarlo, de mantenerse firme en el voto que había hecho hacía tiempo.
—Quiero… —él la interrumpió poniendo sus dedos en los labios de ella mientras se estremecía ligeramente.
—No, Kris —susurró—. No hagas que el dejarte marchar sea imposible para mí. O para ti. Siempre habrá un mañana. No nos estamos diciendo adiós, ¿recuerdas?
Ella se humedeció los labios sintiendo que su alma se rompía. Que Dios la ayudara. Él la amaba. Podía verlo en sus ojos, en esa sonrisa torcida llena de dolor que era sólo suya. Era sólo suya porque él la amaba.
Apenas fue consciente de su quejido, pero no había lugar a la confusión sobre la fuerza, la necesidad del cuerpo masculino cuando la atrajo hacia él, para abrazarla fuerte contra su pecho, abrigándola con su cuerpo, mientras que con una mano sostenía su cabeza.
—Escúchame —gruñó él con ferocidad—. No tienes que decir nada, Kristen. No tienes que hacer nada. Regresa cuando necesites hacerlo. Sabes que estaré aquí. Esto es todo. Maldita sea, esto no es para siempre. No dejaré que ocurra.
Él le levantó la cabeza, introdujo los dedos en su cabello, destruyendo la perfección de la intricada trenza que se había hecho minuciosamente. Pero no le importó. Él la estaba abrazando, sus labios estaban sobre los suyos, su lengua tomaba posesión de su boca, borrando la destructiva agonía que perforaba su alma. Esto no era un adiós. Todavía no.
La tomó de las caderas, meciéndola contra su erección, mientras su boca devoraba la de ella, su gemido vibrando contra sus labios y el hambre que rugía entre ellos empezaba a roer su resolución.
—Maldición, vas a hacer que arda aquí, en la entrada de mi casa, mujer. ¿Es este un ejemplo para que ponga mis manos a trabajar? —apartó sus labios de los de ella, un débil asomo de risa completamente falso salió de su boca mientras la miraba—. Soy demasiado viejo para esto, nena. Ahora, sal de aquí para que pueda trabajar.
Él se apartó de ella, desgarrando su corazón al hacerlo.
—Anda —su voz era suave al señalar con la cabeza el jeep—. Te veré pronto.
Ella retrocedió. No podía alejarse de él.
—¿Pronto? —ella oyó la súplica desesperada de su propia voz.
—Muy pronto, nena —le prometió él—. En cualquier momento que me necesites.
—¿Y cuando tú me necesites? —se preguntó ella en voz alta.
Él se estremeció. Una sutil expresión de dolor que la hizo acallar un grito en su garganta.
—Siempre te necesitaré, Kristen —le dijo suavemente, con violencia—. Siempre.
* * * * *
Ella se apartaba de él. Se alejaba de él. Con cada paso que daba sentía que el dolor crecía, que el conocimiento pesaba en su alma. Estaba tomando la misma decisión que habían tomado cinco generaciones de mujeres antes que ella. Estaba eligiendo el pasado en lugar del futuro.
Cuanto más se alejaba de él, más podía comprender lo que sucedía. Durante un año él había debilitado de manera constante su resolución, le había mostrado la risa, la paciencia y un hambre que ella no sabía que podía existir. Había llenado sus sueños, tanto dormida como despierta y había remodelado su visión de sí misma.
—¿Y ahora qué? —preguntó en voz alta, sin deseos de contener el dolor, incapaz de soportar la separación en silencio.
—Sólo tú puedes responder a eso, Kristen —Matthews le recordó que no estaba sola y que el resto del mundo no estaba ciego—. Él es un buen hombre. Espero que lo sepas.
Ella le miró, vio la compasión y la simpatía en sus ojos.
—Él es el mejor —dijo lentamente y volvió los ojos hacia la carretera, apretando el volante.
—Mi papá siempre decía que cualquier cosa por la que vale la pena esperar, vale la pena tener —dijo él filosóficamente—. Creo que tendrás que averiguarlo por ti misma, ¿no?
Valía la pena esperar por Robert, pero ¿por qué motivo? Ella sacudió su cabeza mientras observaba el camino, calculando los kilómetros que la separaban de la granja y del hombre que la esperaba ahí. Valía la pena esperar por él. Pero ¿y por ella?
