Disclaimer: La historia no me pertenece, historia adaptada del libro Corazones Encadenados (Capitulo 5 - Sacrificio)

Kristen había escapado de Robert ahora hacía un año, sintiendo que podía ser una debilidad para su futuro. Pero nunca esperó el sacrificio que él hizo por ella. Uno que conmocionaría su alma y destruiría las raíces de todas sus creencias.

Su sexualidad, su corazón y todo por lo que había luchado en los últimos seis años serán sometidos a prueba cuando una misión la lleve a la granja de Robert y a su cama. Allí aprenderá el verdadero sentido del hambre, del amor... y también el engaño y las mentiras que han gobernado su vida durante tanto tiempo.

Cualquier cosa que merezca la pena tenerse merece también un sacrificio. Kristen está a punto de averiguar si puede pagar el precio, y arriesgar no sólo la herencia que debería ser suya, sino también su corazón frente al hombre que todavía puede contener el fuego que arde en su alma.

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Capítulo 16

Briar Cliff. Una semana más tarde, Kristen giró por el largo camino de entrada que conducía a la majestuosa hacienda de Pennsylvania. Robles enormes bordeaban el camino pavimentado, fundiendo un moteado dibujo de luz de sol y sombra sobre el oscuro había encontrado confortante alguna vez, las acogedoras ramas extendidas sobre el camino, abrazando cada llegada. Ahora, ella lo encontraba opresor, represor.

Arrastrada hacia el largo camino circular, Kristen tomó aliento profundamente mientras intentaba controlar las emociones que la abrumaban. No había vuelto a la casa en la que había crecido desde la muerte de su madre. Las condiciones del testamento le habrían permitido vivir allí; su padre lo habría preferido porque él no podía continuar residiendo allí sin ella. Lo cual había sido uno de los motivos principales por los que ella había rechazado quedarse.

Dolía recordar el pasado. Durante años había intentado bloquear los recuerdos, había tratado de evitar volver a vivir el dolor y el miedo que conoció siendo niña. Evitar recordar a su madre, tan endeble y frágil, acurrucándose en un rincón, sus brazos rodeando su cuerpo mientras las lágrimas se derramaban por su cara.

Sacudió la cabeza. No estaba aquí para recordar, aunque de algún modo sabía que era ineludible.

Abriendo la puerta de su golpeado coche, dio un paso fuera y miró fijamente alrededor con una sensación de déjà vu. Podía oír su risa infantil, la voz de su madre que le llamaba, llena de diversión y… ¿amor?

Kris, sabes que a tu padre no le gusta que trepes a aquel árbol. ¿Era eso risa? Su pecho se tensó con el recuerdo de los presumidos matices de la voz de su madre. Había sonado a desafío. Y Kristen lo había aceptado como tal.

Mi dulce Kris, no te preocupes, nena, no dejaremos que el cascarrabias de papá arruine nuestra diversión, nena…

No había habido amor en su voz, había sido satisfacción.

Ella sacudió su cabeza con ferocidad. ¿Era por eso por lo que nunca había vuelto? Por lo que cada vez que había planeado volver a Briar Cliff algo dentro de ella le había hecho cambiar de opinión, siempre había algo más importante para hacer.

Metió su mano en el bolsillo del pantalón y sacó la llave que llevaba allí. Abriría las puertas de Briar Cliff, y de los recuerdos que había luchado por contener durante más tiempo del que pensaba.

La amplia puerta de roble de dos batientes se abrió suavemente. No hubo chirridos o vacilación cuando se balancearon sobre sus goznes bien engrasados.

Kristen, esto es todo tuyo. Tuyo y de tu hija y de la hija de tu hija. No dejes que él lo tome, Kristen. Nunca…

Ella tenía seis años, estaba de pie en el vestíbulo después de otra de las salidas furiosas de su padre. Su madre había estallado en lágrimas, sus hombros subían y bajaban con sollozos, sus ojos verdes sombreados por la desdicha.

Se quedó parada en el mismo vestíbulo de mármol, mirando fijamente alrededor, viendo más el pasado que el roble que brillaba y la madera de teca, o las antiguas mesas de pasillo y mullidas sillas, o las invaluables decoraciones de cristal.

Más de dos siglos de dedicación a la majestuosa casa habían hecho de Briar Cliff un recurso por sí mismo. Era bastante simple, en su conjunto, no tenía precio. El testamento establecido seis generaciones atrás se había asegurado de que no hubiera ninguna venta, ninguna posibilidad de hipotecas, o de pérdida. Esto había aumentado su valor generación tras generación.

Pero las antigüedades y los marcos de madera delicadamente tallados sólo fueron mirados superficialmente. Kristen nunca había visto a Briar Cliff como una herencia, había sido su casa. Pero ahora lo veía, lo sentía como algo más. No era una casa. No era una herencia. Había sido una maldición.

Se movió despacio por la casa, cuarto por cuarto, las voces de un pasado del que no habría querido acordarse se vertían sobre ella.

Dios te maldiga, puta estúpida. Todo lo que te pedí era que hicieras el papel de anfitriona, no de prostituta…

Tú puta de mierda, él se ha ido… ¿Me oyes? Se marchó. Tomó el dinero que tu padre le dio y corrió. Eres tan malditamente estúpida qué no puedes recordar que él no te quería…

Kristen quiso cubrir sus oídos, pero no había ningún bloqueo a las memorias.

Las lágrimas de su madre, sus gritos de clemencia, y la voz de su padre, cortante y llena de furia mientras permanecía de pie sobre el cuerpo encogido de su madre.

¿De quién quieres que ella sea?

Kristen se estremeció. ¿Cómo había podido olvidar esto? Ella tenía siete años, y había estado escondida fuera del salón, temblando de miedo, aterrorizada de que su padre realmente le hiciera daño a su madre.

Recordó la voz de su madre, sonaba ebria, presumida y divertida.

Su madre no había estado llorando. Kristen estaba parada fuera del salón ahora, mirando fijamente el cuarto sombreado, y viendo los fantasmas de lo que había sido.

Maldita seas, eres una puta mentirosa, no te creería de ningún modo, él había gritado. Ella es tu hija. Tuya. Y probablemente tan depravada y pervertida como has sido siempre tú…

¿Qué había hecho su madre?

Ella se movió despacio por la casa, cuarto por cuarto. El salón, el comedor. En cada área ella volvió a vivir las peleas, los gritos, las lágrimas de su madre, las palabras presumidas y vengativas que enlazaba con sus sollozos amargos.

Él me amaba… Al menos él me amaba…

Por Dios, el bastardo tomó el dinero de tu padre y se marchó. Estás tan loca que has olvidado eso… Él no te amaba, perra, él te usó…

Yo podría haberte amado…

Nunca quise tu amor, puta… Pero la voz de su padre había sido amarga, furiosa…herida.

Su dormitorio. Su refugio. Un cuarto en el que su padre nunca había puesto un pie. Su cama estaba todavía allí. La amplia, blanca confección de encaje. Era un cuarto hecho para una princesa.

Recuerda, Kristen, serás libre… Sé libre por las dos, Kristen

Cada noche su madre le había susurrado aquellas palabras hasta sus años de adolescente, hasta que su padre lo terminó. Él había enviado a Kristen lejos, a la escuela. Una exclusiva escuela de chicas que con eficacia había colocado una distancia entre ella y la madre que la había criado. Y que había criado un odio hacia el padre.

¿Por qué no había recordado eso?

Salió de su cuarto, caminó por el largo pasillo, hacia el cuarto donde su madre había expirado su último aliento.

Me equivoqué… Acerca de tantas cosas su madrehabía jadeado aquel último día. No cometas mis errores, Kristen, júrame que no cometerás mis errores…quise que fueras libre, Kristen … quise que fueras libre…

¿Libre de qué? ¿Libre de su padre o de Briar Cliff?

Cada cuarto que visitaba era más de lo mismo. Una mezcla interminable de recuerdos que inundaban su mente y su corazón.

En la biblioteca, las paredes estaban forradas con los retratos de todos los que habían poseído Briar Cliff. Desde los primeros, Horace y Catalina St. Montrose. La primera familia de Briar Cliff. Se decía que Catalina había sido una criatura de sexualidad, una mujer tan cómoda con su cuerpo y sus deseos femeninos como lo era con la riqueza que había heredado de su padre, un Lord del reino inglés. Ella y su marido habían construido Briar Cliff.

Su hija mayor, Elizabeth St. Montrose Michaels y su marido, Hugo, tenían las mismas expresiones felices y contentas de los primeros dos. Los retratos ordenados alrededor del cuarto exudaban risa, satisfacción en los ojos de aquellos habitantes hasta que llegó a Tabitha Elizabeth Montageau y su marido, Diego Santiago. Había amargura allí, en los profundos ojos negros de Tabitha, en los contornos cansados de sus labios. Había una tristeza en su cara sólo acentuada por la arrogancia autosuficiente de su marido.

Había sido Tabitha quien había establecido el testamento. La que había arruinado deseosa la propiedad entera para la hija primogénita y había puesto las restrictivas condiciones sobre la herencia. Había sido ella, muy probablemente por decisión de su marido, quien decidió que los deseos que las mujeres de su genealogía poseían eran depravados y pervertidos y que necesitaban ser extinguidos.

Ella había condenado a su hija y a todas los que vinieron después de ella a una vida de restricción y dolor. Y Kristen había sido la última esperanza de su madre de romper el ciclo. El testamento terminaba en sólo cinco años. Pero esperando, dándole la espalda a lo que había visto en los ojos de Robert, ¿que estaría ganando? ¿Y qué estaría perdiendo?

El amor resistiría. Si Robert la amaba, si realmente la amaba, esperaría. Él tendría que esperar. Lo había visto en sus ojos, lo había oído en su voz. Haría aquel sacrificio por ella. ¿Pero con qué fin?

Vagó hacia la alacena de roble cerrada de la que le habían dado la llave seis años atrás. Sabía lo que contenía, pero nunca había tenido valor para abrirla. Cinco generaciones de periódicos y diarios. Cuentas de las vidas, los amores y, lo sabía, el dolor que las mujeres de Briar Cliff habían soportado.

Despacio, sacó la llave de su bolsillo y abrió la puerta a un pasado que había jurado que nunca visitaría.