Disclaimer: La historia no me pertenece, historia adaptada del libro Corazones Encadenados (Capitulo 5 - Sacrificio)
Kristen había escapado de Robert ahora hacía un año, sintiendo que podía ser una debilidad para su futuro. Pero nunca esperó el sacrificio que él hizo por ella. Uno que conmocionaría su alma y destruiría las raíces de todas sus creencias.
Su sexualidad, su corazón y todo por lo que había luchado en los últimos seis años serán sometidos a prueba cuando una misión la lleve a la granja de Robert y a su cama. Allí aprenderá el verdadero sentido del hambre, del amor... y también el engaño y las mentiras que han gobernado su vida durante tanto tiempo.
Cualquier cosa que merezca la pena tenerse merece también un sacrificio. Kristen está a punto de averiguar si puede pagar el precio, y arriesgar no sólo la herencia que debería ser suya, sino también su corazón frente al hombre que todavía puede contener el fuego que arde en su alma.
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Capítulo 17
Padre ha jurado que Matthew Timmons me salvará de los demonios de lujuria que son la maldición de mi nacimiento. Haré cuanto él ofrece, pero mi corazón se rompe, ya que sé que nunca veré otra vez a mi querido Daniel … Sarah Santiago. Ella había sido la hija primogénita de Diego y Tabitha.
Padre tenía razón. Estoy maldita. Mis necesidades femeninas me atormentan tanto dormida como despierta. James se siente repelido por mi misma presencia, por supuesto. No puedo culparlo por esto. Soy una desgracia para mi familia … Samantha Fieldings. Su marido había sido James Fieldings, un líder religioso y honrado de la comunidad entonces.
Que Dios me salve. Me he casado con Davis Eldon como Padre pidió. ¿Qué he hecho? He rechazado la oferta del amor de mi vida. ¿Una vida de felicidad, de todo lo que yo sabía que debería haber sido mío, y para qué? Para el sufrimiento que ahora padezco. ¿Qué he hecho? Mi corazón se rompe por mi amor verdadero. Mi alma duele… Elissa Fieldings Eldon.
Ellos pueden hacerme casar como quieran, para satisfacer los términos de este absurdo Testamento. Pero no pueden hacerme sufrir. Grayson puede ser la opción de mi padre, pero es su hermano, Lawrence, a quien mi corazón y cuerpo pertenecen. No sufriré el destino de aquellas antes de mí. Conoceré el amor, aunque solo sea en la oscuridad de la noche y en los abrigadores brazos de la decepción… Karen Eldon Marshal.
Si tan sólo yo fuera tan fuerte como mis padres. Ellos amaron, ellos se rieron, y ellos conocían al menos una pequeña medida de la felicidad. El hombre que amé, mi preciosa Kristen, no mencionaré su nombre. Él no era tu padre, él nunca fue mi amante, y tal como tu padre era propenso a recordarme, él prefirió el dinero. Soy demasiado débil, y sé que no sobreviviré a esta enfermedad. Si muero, entonces Briar Cliff y su protección recaen sobre ti. Todo lo que las mujeres de nuestra línea han soñado recae sobre tus hombros, mi preciosa hija. Tú puedes tener todo esto. Puede ser todo tuyo, como se supone que debería serlo. ¿Pero para qué? Heredas generaciones de dolor, cólera, engaños y lágrimas. Esto es realmente una maldición, una que rezo para que rechaces. Ama, Kristen. Ríe. Deja a tu corazón ser libre y a tu cuerpo ser sólo tuyo. Una casa, no importa lo hermosa, o lo inestimable que sea, no ocupará nunca el lugar de esas cosas.
Espero que leas este diario y que hayas leído a aquellas que han ido antes, ahora que yo misma he muerto. Espero que los años que has pasado lejos de esta casa, de mí, te hayan dado una oportunidad para hacerte fuerte, para separarte de la maldición que esta casa trae.
Tantos años en que rechacé decirle a tu padre la verdad que él a menudo me suplicaba. Él quería sólo saber que tú eras su verdadera hija, y, en mi egoísmo, se lo negué. Me doy cuenta ahora, cuando el final se acerca, de que te dejo sola donde antes yo había pensado verte aquí triunfar. Te dejo sola. Sin el padre que quizás te habría tratado con bondad si yo no hubiera colocado la cuña entre los dos.
Sufro ahora por mi egoísmo. No, no yo, ya que moriré. Pero me voy sabiendo que nunca descansaré, porque tú sufrirás ahora.
Briar Cliff es la maldición, Kristen, no tus deseos o tu feminidad o tu suave corazón. Es esta finca, y el pasado que nos ha maldecido a todas nosotras… Claire Marshal Madison. Esto estaba datado una semana antes de su muerte.
Cuando Kristen alzó la vista del final del diario vio que la noche había alcanzado la casa. La luz al lado de ella brillaba sorprendentemente, un solo punto de iluminación en el interior que enfatizaba la oscuridad que rodeaba no sólo la finca, sino también su alma.
Ella había estado en el colegio cuando su madre había enfermado, y no la habían llamado a casa hasta el último momento. Había creído durante muchos años que había sido decisión de su padre el mantenerla inconsciente de la salud de su madre. Pero ahora conocía la verdad. Había sido su madre.
Ambos la habían engañado, la habían usado como un arma, uno contra el otro hasta que no había quedado nada de la niña en sus ojos. Había sido una espada y había sido la que había sufrido.
Quiso gritar, rabiar, destruir la casa ladrillo a ladrillo hasta que nada quedara de la agonía que resonaba por su cuerpo. No quería nada más que borrar los recuerdos de un pasado que nunca debería haber existido.
Estaba llorando. Limpió sus mejillas mientras cerraba el diario y lo ponía al lado de aquellos que había ojeado antes. Miró fijamente alrededor de la biblioteca. Siglos de libros adornaban los estantes y Kristen sabía que muchos más estaban en el almacén. Libros por los que los museos salivarían. En cinco años, habrían sido suyos. Todo habría sido suyo.
Sacudió su cabeza cansinamente mientras se levantaba de la silla, mirando fijamente a su alrededor al tiempo que las lágrimas continuaban mojando sus mejillas. Le habían negado a su madre, al igual que a su padre, por culpa de este lugar. Las cicatrices de su alma que sus padres le habían provocado durante sus primeros años nunca desaparecerían completamente. Nunca olvidaría que el odio de su padre por lo que su madre había hecho se había extendido a ella. Nunca olvidaría que la madre a la que ella había amado, en la que había confiado y había creído, también la había usado.
¿Pero era ella algo mejor?
Había sacrificado su vida, seis largos años, a las líneas de batalla que habían sido trazadas seis generaciones antes.
Se había alejado de Robert.
Un sollozo destrozó su cuerpo, temblando a través de ella mientras el dolor se instauraba en su pecho. Un estallido de agonía, de interminable pena la sacudió, haciendo que su respiración se atascara en su pecho mientras un bajo y atormentado gemido escapa de ella. Se enroscó en sí misma, rodeándose con los brazos el estómago mientras susurraba su nombre.
Dios, dolía. Se extendió a través de ella, resonando en su alma y abriendo de par en par la puerta con la que había cerrado su corazón hacía tanto tiempo. Incluso antes de saber las condiciones del Testamento. Antes de que su padre hubiera exigido los exámenes. Se había cerrado a cualquier posibilidad de angustia o dolor para asegurar que lo que le había pasado a su madre nunca le pasaría a ella.
Se había conminado a no amar nunca. Pero Robert se ha movido sigilosamente en su corazón con su sinuosa sonrisa y sus ojos tempestuosos. Su determinación y su pura presencia masculina habían derribado la última de sus barreras y la había marcado para siempre.
No había habido celos cuando él la había sorprendido en el Club. Hubo sólo calor encendido y hambre aplastante. Él había satisfecho cada deseo en el rancho, dándole el regalo de su toque, su amor tácito, su deseo… Y nunca había exigido de ella más de lo que ella había pensado que podría dar.
— Kristen, me rompes el corazón —la voz de él flotó sobre sus sentidos, ¿un invento de su imaginación, una condena por alejarse de él?
—Nena, no puedes llorar de esta manera, te pondrás enferma.
Ella se sacudió por la sorpresa cuando sintió que sus manos agarraban sus hombros y la atraían hacia adelante. Sus ojos se abrieron de golpe y allí estaba él. Su mirada de un millón de sombras de color gris, las líneas que circundaban su boca, su expresión de pena mientras la atraía a su pecho.
—Robert…—ella lloró su nombre, estirando sus manos hacia él, aferrándole mientras él la rodeaba con sus brazos, abrazándola al tiempo que se levantaba para poder izarla antes de sentarse en su lugar en la silla.
Ella se recostó en su regazo, con su cabeza sepultada en su cuello mientras él la calmaba. Palabras suaves, rotas, con una voz desgarrada por la emoción.
—Nena, está bien —susurró él en su oído antes de plantar suaves besos a lo largo de su frente—. Está bien, Kristen. Ya no estarás sola nunca más.
Él había prometido que siempre estaría allí, y ahora, cuando ella más lo necesitaba, allí estaba. Sosteniéndola, sus brazos protegiéndola, sus besos calmando la herida abierta que había crecido en su alma.
—¿Por qué estás aquí? —Ella trató de contener las lágrimas, pero éstas rechazaron ser mantenidas a raya.
Robert suspiró ásperamente.
—Mi madre llamó cuando fuiste anoche a por la llave. Estaba preocupada por ti.
Kristen asintió nerviosamente. Carolyn la había mirado demasiado atentamente y Kristen sabía que no había ninguna manera de ocultar las pruebas de las noches llenas de lágrimas que había pasado desde que se fue de la granja.
Estaba en carne viva y del revés. No podía dormir por los sueños sobre Robert, no podía pasar el día sin que su nombre acudiese a sus labios. Sin parar de llorar por todo lo que había abandonado.
—No lo quiero —susurró finalmente—. Este lugar. Esta herencia, Robert. No puedo… no la quiero.
Lo sintió tensarse, sintió que sus brazos se apretaban alrededor de ella.
—Cinco años no son tanto tiempo… —ella oyó el dolor de su voz, oyó todas las necesidades que ella sentía en el alma de él.
Alzando la cabeza, levantó su mano y colocó sus dedos contra los labios de él, que la miraba silenciosamente, aunque sus ojos centelleaban por la emoción.
—No pediré promesas —susurró—. No las quiero. Aún. Pero necesito esto, te necesito ahora. Justo así.
Su sonrisa, Dios, ella amaba su sonrisa, incluso cubierta por sus dedos como lo estaba.
—Te lo dije —gruñó él ásperamente—. Estaré aquí, Kristen, cuando sea y como sea que me necesites. Esto no es una promesa. Es un hecho.
Tiró de ella contra su pecho, metiendo su cabeza bajo su barbilla mientras las lágrimas finalmente cesaban.
—Sólo descansa, nena —dijo él entonces—. Aquí mismo, en mis brazos. Sólo déjame sostenerte…
La noche pasó, pero aun así Robert nunca la liberó. Hablaron en quedos susurros, y él escuchó en silencio mientras ella le hablaba de su infancia y de sus solitarios años en el internado.
Él se rió con ella cuando le contó las travesuras que a menudo hacía a las monjas que dirigían la escuela. La abrazó más apretadamente cuando le explicó los castigos que consideraba justos por la diversión que había conseguido tener en aquellos años. Y la meció tiernamente cuando le explicó el horrible acontecimiento de llegar a casa unas horas después de la muerte de su madre.
Finalmente, sus ojos se cerraron cansadamente y el sueño la reclamó. Y Robert todavía la sostenía, mirándola tiernamente, con su corazón rompiéndose por la soledad que ella había soportado mientras su alma juraba que nunca la conocería otra vez.
Robert la condujo a su casa a la mañana siguiente después de conseguir que alguien llevase el coche de ella tras ellos. Sostuvo su mano durante la hora larga que duró el trayecto, permitiéndole ir en silencio hasta que llegaron a la entrada de su casa.
Kristen contempló la pequeña casa de ladrillo, dándose cuenta de que había sido más un hogar para ella en los últimos seis años que lo que Briar Cliff había sido nunca.
—Entra conmigo — susurró.
No quería dejarlo ir. No quería afrontar la soledad que la esperaba.
Robert suspiró cansadamente mientras alzaba la mano de ella hacia sus labios, colocando un suave y destructivo beso en el centro de su palma.
—Hoy no tengo tanto control, nena —susurró—. No creo que ninguno de nosotros lo tenga.
Ella giró su cabeza, viendo en su agotada cara las mismas necesidades que quemaban su cuerpo.
—No pido tu control, Robert —susurró—. No lo quiero…
—No, Kristen —replicó él tiernamente—. No te dejaré tomar esta decisión mientras tus emociones están hechas jirones. Ve dentro y descansa. Te veré en unas noches, te lo prometo.
Ella habría discutido con él, le habría presionado, y sabía que finalmente se rendiría. Pero si lo hiciera, él nunca estaría seguro de si la decisión que ella había tomado en la parte más profunda de la noche había sido con su corazón o con su dolor.
Asintió despacio.
—Te lo recordaré.
Él sonrió con esa sonrisa especial.
—Tú no serás capaz de mantenerme lejos.
Él se inclinó hacia ella, sus labios tocaron los suyos, su contención era evidente en las tensas líneas de su cara y en el oscurecimiento de sus ojos.
—Pronto —susurró ella, apartándose antes de salir a toda prisa del coche.
Tenía una cita que atender, y estaba más que impaciente por terminarla y comenzar la vida que rezaba la estuviese esperando.
