Disclaimer: La historia no me pertenece, historia adaptada del libro Corazones Encadenados (Capitulo 5 - Sacrificio)

Kristen había escapado de Robert ahora hacía un año, sintiendo que podía ser una debilidad para su futuro. Pero nunca esperó el sacrificio que él hizo por ella. Uno que conmocionaría su alma y destruiría las raíces de todas sus creencias.

Su sexualidad, su corazón y todo por lo que había luchado en los últimos seis años serán sometidos a prueba cuando una misión la lleve a la granja de Robert y a su cama. Allí aprenderá el verdadero sentido del hambre, del amor... y también el engaño y las mentiras que han gobernado su vida durante tanto tiempo.

Cualquier cosa que merezca la pena tenerse merece también un sacrificio. Kristen está a punto de averiguar si puede pagar el precio, y arriesgar no sólo la herencia que debería ser suya, sino también su corazón frente al hombre que todavía puede contener el fuego que arde en su alma.

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Capítulo 18

Ella lo enfrentó, a su padre, el Senador Daniel Stewart, en las oficinas de Caruthers, Brickley y Mortón, los abogados del Estado que habían gestionado el Testamento de Briar Cliff desde el comienzo. En realidad, había sido el primer Caruthers quien había redactado el fideicomiso original. Era su bisnieto, Caruthers IV quien ahora la enfrentaba desde su sitio en la cabecera de la antigua mesa de conferencias de madera de cerezo.

Frente a ella se sentaban su padre y el abogado Brickley. Morton se sentaba en el otro extremo con un taquígrafo a su lado

—Déjeme aclarar esto, señorita Stewart, usted está rescindiendo toda reclamación sobre Briar Cliff, ¿con efectos inmediatos? —preguntó Brian Caruthers severamente—. No es una decisión para hacerse a la ligera, jovencita. Es de siglos de conservación de lo que estamos hablando. Una herencia de la que cualquiera puede estar orgulloso.

—¿Orgullosa de qué? —ella lanzó una mirada hacia el abogado antes de volver su mirada a la cara silenciosa de su padre—. He soportado un examen físico cada tres meses para probar mi elegibilidad para mantener Briar Cliff. Mi vida, cada uno de mis movimientos, está bajo escrutinio. No siento ningún orgullo por Briar Cliff. —Ya lo había dicho.

Vió los ojos de su padre ensancharse ligeramente antes de estrecharse en censura.

—Ella obviamente ha roto las condiciones y no quiere admitirlo —finalmente dijo él.

Kristen sonrió tristemente. De algún modo, ella sabía que esa sería su primera defensa. Metió la mano en la cartera que llevaba y sacó el informe del doctor.

—Vi al doctor Morgan a primera hora de esta mañana —dijo suavemente—. Aquí están los resultados de las pruebas.

Deslizó el papel a través de la mesa. Sabía lo que decía. El himen estaba todavía intacto.

Él pasó el papel al abogado a su lado.

—¿Qué estás tramando? —gruñó, sus ojos acusando, censurando—. Hace un año te mofaste en mi cara y juraste que yo nunca viviría una noche en «tu» casa, como la llamaste.

Kristen respiró profundamente mientras miraba al hombre que debería haber estado en su graduación y no lo había hecho. El que debería haberse preocupado la primera vez que fue herida durante una misión, pero no lo había hecho. El hombre que debería haber compartido sus alegrías y sus miedos, y sin embargo nunca lo había hecho.

—Desearía que me hubieras dado la opción de amarte —susurró, ignorando el asombro en su cara—. Desearía que la Hacienda no hubiera estado entre nosotros, y que tu propia moralidad y creencias no hubieran erosionado lo que podría haber sido, Padre. Desearía que yo pudiera haber sido la hija que necesitabas, en vez del instrumento de venganza en que tú y madre me convertisteis.

Él palideció. Ella vio su morena expresión blanquearse y sacudió la cabeza con cansancio.

—El Testamento termina en cinco años, señorita Stewart —le recordó Caruthers—. Cualquier cosa que haya motivado esta decisión seguramente puede esperar ese tiempo.

¿Hacer esperar a Robert? Ella no tenía esa paciencia.

—Tengo una vida que planear —dijo firmemente—. Briar Cliff no será una parte de ella, porque después de esta noche, nunca más pasaré otro de esos necios exámenes —apuntó con sus dedos hacia el informe—. Cinco años es demasiado tiempo para esperar a decirle que le amo.

—¡No! —La mano de su padre golpeó imperativamente contra el prístino pulido de la mesa, el sonido resonando a lo largo del cuarto mientras Kristen se estremecía por la furia del sonido—. No te permitiré tomar una decisión tan tonta. ¿Es Robert, verdad? —Espetó el nombre, sus ojos perforándola con su cólera—. El pequeño bastardo de algún modo te ha corrompido…

—Es suficiente — Kristen se levantó, empujando su silla hacia atrás mientras afrontaba a su padre con su propia cólera creciente—. Tú lo tienes, Padre. Todo ello. Conténtate con eso.

—No te dejaré hacer de puta para él y sus amigos —él se levantó también—. ¿Crees que no sé que él pertenece a aquel club depravado? —escupió—. ¿Que no estoy enterado de sus prácticas, de su forma de vida. ¿Estás loca, muchacha?

Ella levantó su barbilla, mirándolo fijamente con una fuerza que nunca había sabido que poseía. Su rabia siempre la aterrorizaba; sus palabras ásperas nunca habían fallado en rasgar su corazón. Ahora, sólo sentía dolor, sólo lástima por haber llegado a esto.

—No, finalmente encontré mi cordura —dijo suavemente—. Puede usted enviarme los papeles por correo, señor Caruthers —informó al abogado—. Mi tiempo aquí ha terminado —se volvió hacia su padre, permitiendo que su pesar, que una vida merecida, llenaran su cara y su voz—. Adiós, Padre.

Se alejó de la mesa, dirigiéndose a la puerta, hacia la libertad. Podía sentir su corazón más liviano, su alma haciéndose más ligera con cada paso.

— Kristen —la voz de su padre la detuvo mientras abría la puerta, imperativo, demandando.

Se volvió despacio, viendo las cosas de las que no se había dado cuenta antes. Su padre había envejecido en los seis años pasados. Tenía sólo cincuenta, pero parecía mucho más viejo, más amargado de lo que ella recordaba.

—Si sales por esa puerta lo pierdes todo —le recordó él—. Todo.

Ella sonrió con cansancio.

—No, Padre. Gano —dijo simplemente.

Él se mofó despacio.

—Eres igual que tu madre.

Kristen ignoró el dolor en el insulto implícito.

—No, no lo soy —contestó despacio—. Soy más fuerte que ella. Soy más fuerte de lo que vosotros dos erais, porque no estoy dispuesta a vender mi alma por un pedazo de tierra que ni me mantendrá caliente de noche, ni me amará a cambio. A diferencia de ti y de Madre, no estoy dispuesta a dar la espalda al amor por la ganancia. Eso era tu maldición, no será la mía.

Se marchó antes de que él pudiera contestar, antes de que él pudiera lanzar los insultos que ella podía ver reuniéndose en su cara. Salió de las oficinas a un día lleno de la luz del sol y de esperanza y corrió hacia su futuro.