Disclaimer: La historia no me pertenece, historia adaptada del libro Corazones Encadenados (Capitulo 5 - Sacrificio)
Kristen había escapado de Robert ahora hacía un año, sintiendo que podía ser una debilidad para su futuro. Pero nunca esperó el sacrificio que él hizo por ella. Uno que conmocionaría su alma y destruiría las raíces de todas sus creencias.
Su sexualidad, su corazón y todo por lo que había luchado en los últimos seis años serán sometidos a prueba cuando una misión la lleve a la granja de Robert y a su cama. Allí aprenderá el verdadero sentido del hambre, del amor... y también el engaño y las mentiras que han gobernado su vida durante tanto tiempo.
Cualquier cosa que merezca la pena tenerse merece también un sacrificio. Kristen está a punto de averiguar si puede pagar el precio, y arriesgar no sólo la herencia que debería ser suya, sino también su corazón frente al hombre que todavía puede contener el fuego que arde en su alma.
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Capítulo 19
La estaba esperando cuando llegó. Su madre le había llamado para transmitirle la furia de Daniel cuando volvió del despacho de abogados. Había dicho que el Senador la había rechazado fríamente, pero Robert había percibido más que eso en la voz de su madre que había algo más.
—¿Debería ir por ti, madre? —preguntó cuidadosamente, con creciente preocupación.
—No, querido. Daniel no es un hombre violento. Pero yo tampoco me siento muy complacida con él en este momento —contestó, con una vena de irritación—. Cuida de Kristen. Ella ha renunciado a Briar Cliff por ti. Por supuesto, espero organizar la boda. Y, jovencito, llevará más de unas pocas semanas. Al menos espero seis meses. Y lo merezco. Has esperado tiempo suficiente para encontrar a la mujer que hace que tus labios se curven en la misma sonrisa que tu padre siempre esbozaba conmigo —su voz se había vuelto brumosa con los recuerdos, aunque él no tenía ninguna idea de lo que estaba queriendo decir—. Preséntale mis mejores deseos, os veré a ambos pronto.
Él había colgado el teléfono y esperado. La noche había caído hacía más de una hora y él todavía estaba de pie en el porche principal de la casa, con el corazón en el pecho y la garganta apretada con el conocimiento de todo a lo que ella había renunciado por él.
Había renunciado a un patrimonio valorado en millones. Más de lo que alguna vez lograría en su vida, más de lo que había soñado que su amor significaba para ella. Ella sólo habría tenido que esperar cinco años y él habría estado allí a su lado. Le habría dado ese tiempo.
El que hubiera renunciado a todo le había intimidado tanto como humillado, y desde luego le asustaba a morir.
Finalmente, cuando empezaba a convencerse de que ella había cambiado de opinión, vio las luces del jeep que empezaban a aparecer a un cuarto de una milla de distancia. Y de pronto, ella estaba allí. Todo dentro de él respondió a aquella visión. Su pecho se encogió de emoción, y su erecta polla palpitó agradecida. La maldita cosa no se había relajado desde que ella había salido por la puerta más de una semana atrás.
Mantuvo su posición en el porche, con los brazos cruzados sobre el pecho, mientras el jeep avanzaba hacia el camino de la entrada y daba la vuelta a la rotonda. El motor apenas se había apagado cuando la puerta se abrió y allí estaba ella.
Su cabello largo, castaño, onduló a su alrededor, suelto, tan salvaje como la pasión que ardía dentro de ella. Estaba vestida de forma sencilla, con ropas que él imaginó que no le llevaría más de seis segundos apartar de su cuerpo. Un ligero vestido de verano de un suave color crema y sandalias de cuero. Cuatro segundos como máximo, calculó.
Se movió lentamente hacia él, ascendiendo hacia el porche, con los ojos oscurecidos de emoción.
—Te amo —susurró—. No puedo esperar, Robert. Sin importar lo que cueste. Sin importar por cuanto tiempo me desees, no puedo esperar.
Él aspiró aire fuerte y decididamente al tiempo que desviaba la mirada de ella. No podía decir lo que tenía que decir mientras contemplara aquellos hermosos ojos.
—Puedo aliviar el deseo que siento por ti sin este sacrificio…
—No —las lágrimas espesaron su voz mientras el dolor resonaba en ella—. Ya hemos intentado eso, Robert, y sólo lo hizo peor. ¿No lo entiendes? No es la necesidad de liberación. No es la excitación. Eres tú. Solamente tú. Necesito todo de ti, no solamente un poco… lo necesito todo. Tú me amas, Robert. Sé que me amas. Tienes que hacerlo.
Se giró hacia ella, la tormenta emocional que rugía dentro de él era tan desconocida como las lágrimas que llenaban los ojos de ella.
—¿Amarte? —preguntó ásperamente—. No, Kristen. Esto no es amor. Esto es una parte de mi alma que se desgarra cada vez que debo dejarte ir. Pero por Dios que no permitiré que renuncies a todo aquello por lo que has estado luchando de esta manera. Sólo son cinco años.
Ella negó lentamente con la cabeza, con una solitaria lágrima cayendo de su ojo, y rompiéndole a él el corazón.
—Cinco años en los que puedo sentirme cálida a tu lado. Cinco años en los que puedo reírme contigo, en los que puedo amarte. Cinco años contra algo que era el sueño de mi madre, pero no el mío. Te quiero a ti y no a la maldición en la que se ha convertido la hacienda.
Debería haber discutido mucho más, pensó él. Debería haberle hecho ver exactamente a qué estaba renunciando, pero no podía luchar más contra su necesidad de abrazarla, de besarla. Su necesidad de abrigarla y escuchar los gritos que tenía la intención de provocar en ella al follarla.
Extendió la mano, su cuerpo clamando por tomarla y tomarla hasta que estuviera tan saciado que se derrumbara de agotamiento. Pero nada podría igualar la necesidad que tenía de dar hasta que viera sus ojos llenarse de felicidad, de satisfacción.
Sus dedos acariciaron su mejilla gentilmente.
—Más vale que estés segura —susurró—. Por que nunca te dejaré ir, Kristen. Tener que dejarte ir nuevamente mataría un pedazo de mi alma.
Su mano cubrió la de él, presionándola contra sus labios y acariciando con ellos su palma con un toque de mariposa.
—¿Tengo que atarte y violarte, Robert? —preguntó con una risa llorosa—. ¿O vas a atarme y amarme?
—Sin ataduras —prometió él mientras sus brazos la rodeaban, arrastrándola contra su pecho—. Tan sólo tú y yo, Kristen. Tú y yo y los fuegos que van a explotar alrededor de nosotros.
Kristen jadeó al sentir el calor y el fuego del cuerpo de Robert mientras la llevaba dentro de la casa y subía las escaleras en dirección a su dormitorio. El no caminó exactamente; sus movimientos eran demasiado rápidos, demasiado llenos de intención como para ser pasos tranquilos. Pero tampoco se precipitó.
Los labios de ella se movieron hacia su cuello mientras él levantaba la vista hacia las escaleras. Sus dientes mordisquearon su carne, mientras su lengua calmaba el dolor al mismo tiempo que un gruñido roto abandonó los labios de él. Quiso darle el placer que él siempre le había dado. Quiso consumirlo, quiso derretirse tan profundamente en su cuerpo que nunca tuviera que preocuparse de ser alejada nuevamente de él.
Finalmente, él se abrió camino hacia su dormitorio y la acostó sobre la cama mientras fijaba su mirada en ella, sus ojos grises turbulentos con las sombras plateadas que se arremolinaban coloreándolos.
Ella se apoyó sobre sus codos, observando cómo se desnudaba. Rasgó la ropa de su cuerpo, dejándola caer descuidadamente sobre el suelo hasta que cada pulgada dura y musculosa se reveló a su ávida mirada.
—¿Te gusta mucho ese vestido? —gruñó entonces.
Ella echó con sorpresa un vistazo al vestido.
—Es tan solo un vestido.
—Bien —él la alcanzó, sus manos agarraron el escote y ante sus asombrados ojos, rasgó la tela de su cuerpo.
La risa burbujeó dentro de ella y habría escapado de su garganta si él no hubiera cubierto sus labios con los suyos, cayendo sobre ella mientras presionaba su espalda contra la cama, sus piernas empujando exigentemente entre sus muslos.
—No sé cuanto tiempo puedo esperar —susurró en medio del beso—. Me muero por ti, Kristen. Estoy tan malditamente hambriento de ti que me siento tan torpe como un jovenzuelo inexperto.
—Nunca torpe —jadeó ella cuando sus manos rodearon sus pechos justo un segundo antes de que sus labios se movieran hacia sus duros y doloridos pezones.
Punzadas de arrebatada sensación comenzaron a hormiguear sobre su cuerpo mientras su boca cubría una de las hinchadas puntas. Su boca la succionó con un hambre que ella no podría haberse imaginado. Creía conocerlo en su mayor apasionamiento, su mayor excitación, pero se había equivocado. Este era Robert, rudo, descontrolado, pero no menos intenso o poderoso por ello.
Su cabeza cayó hacia atrás sobre la cama mientras movía las manos sobre sus hombros, su cabeza, acariciando las cortas hebras de su cabello. Deseaba, no, necesitaba tocarlo. Tenía que sentir los abultados músculos de sus hombros, sostener su cabeza mientras succionaba su pecho, volviéndola loca de placer.
Cuando sus labios comenzaron a moverse más abajo, su lengua lamiendo su carne, se arqueó contra él, sabiendo que de la misma manera que los fuegos dentro de ella comenzaban a arder fuera de control, Robert de una vez por todas apagaría las llamas.
—Amo tu sabor —gimió él, mientras su boca acariciaba los doloridos, húmedos pliegues de su coño—. Tan dulce y caliente, Kristen. Podría comer tu coño durante horas.
—Más tarde —rogó ella—. Dios, Robert, he estado pasando miserias durante un año hasta el día hoy. Haz que se termine…
Él cerró los ojos mientras un gemido desgarrado escapaba de sus labios. Su lengua golpeó entre los labios sensibles, rodeó el hinchado clítoris y entonces se movió hacia abajo para lamer la entrada de su codiciosa vagina.
—Maldito seas, fóllame —exigió ella ásperamente mientras su coño se humedecía de necesidad—. Ya he esperado suficiente, Robert.
Lo necesitaba dentro de ella, necesitaba que llenara los doloridos sitios vacíos, no sólo de su cuerpo, si no también de su alma.
—Condón —jadeó él mientras se arrodillaba, sus ojos salvajes, su cara enrojecida—. …encontrar uno…
—No —sus manos cayeron sobre la longitud de su polla, cerrándose alrededor de ella al tiempo que ambos gemían por la caricia—. Estoy protegida, Robert. Me he ocupado de eso. Te necesito así, Robert. Todo tú.
Sus ojos encontraron los de él. Ninguno de ellos conocía el toque del otro sin aquella capa de protección. Pero ella no necesitaba protegerse de Robert. No lo quería.
Como si las palabras de ella hubieran roto los últimos hilos de su control, levantó sus muslos, abriéndola mientras caía sobre ella, quitando sus manos de la rígida longitud de su erección, y colocándose con cuidado.
Respiraba con fuerza y rápidamente, igual que ella. La transpiración cubría su cuerpo, humedecía su cabello. Fijó su mirada en ella, sus ojos casi negros mientras dirigía la gruesa y acampanada cabeza de su polla a través de la estrecha raja de coño.
Kristen gimoteó de placer. La cresta en forma de seta era suave como el satén y caliente como el fuego mientras la metía en su apertura.
—No quiero hacerte daño —gimió, apoyando su frente contra la de ella mientras luchaba por conseguir aliento.
—Me gusta el dolor, ¿recuerdas? —Ella intentó sonreír, pero su aliento quedaba atrapado en su pecho con cada nueva y violenta explosión de placer—. Tómame, Robert. Toda yo…
Él cerró los ojos, moviendo la mano para sujetarla por las caderas un segundo antes de sumergirse en ella.
Los ojos de Kristen se abrieron ampliamente, no por el dolor, sino por ser llenada. Él la estiró de manera imposible, moviendo su polla dentro de ella con duras y fuertes estocadas que la hicieron jadear en busca de aliento, formando un grito en su garganta, pero sin aire para liberarlo.
—Dios, Kristen —gimió desesperadamente él mientras ella luchaba por tomar el ancho grosor de su erección—. Joder, estás tan condenadamente apretada. Jodidamente apretada.
Ella sintió la penetración de la delgada membrana que había protegido durante tanto tiempo. Su espalda se arqueó mientras un grito escapaba de ella, sus piernas levantándose para permitir a sus rodillas apretar sus caderas, para abrirse mucho más para él.
Sus manos agarraron sus hombros, dedos incrustándose de manera inconsciente en su piel al tiempo que la siguiente estocada lo sumergía en ella de forma más profunda, estirándola aún más. Cada aliento era un grito jadeante. Cada pulgada que se hundía dentro de ella, otra porción de éxtasis a la que temía no poder sobrevivir.
Finalmente, sus manos agarraron sus caderas con fuerza mientras se retiraba un segundo antes de empujar dentro de ella fuerte y pesado, un empalamiento que la traspasaba como una lanza haciendo que se perdiera el grito que se formaba dentro de ella.
La electricidad chisporroteó sobre su carne mientras temblores sacudían su cuerpo. Podía sentirlo dentro de ella, cada dura, palpitante, venosa pulgada de su polla enterrada hasta la última profundidad de su coño.
Lo miró fijamente mientras él abría los ojos, jadeando por aire, sus ojos amplios, sus caderas meciéndose contra las de él. Y ella tan solo podía decir una sola palabra:
—Más…
Robert enloqueció. Durante un segundo, durante un segundo dichoso creyó poder echar mano del control que necesitaba para no violarla. Pero aquella palabra, aquella sola palabra, tan llena de hambre, de desesperación, lo sacó fuera de sí.
Cayó totalmente sobre ella, sosteniendo su peso sobre sus codos y comenzó a follarla con toda la torrencial, ávida desesperación que había encerrado dentro de su alma desde hacía un año. Enredó sus manos en su pelo, manteniéndola quieta mientras sus labios caían sobre los de ella, su lengua empujado entre sus labios imitando el modo en que su polla se sumergía repetidamente en las apretadas profundidades de su coño.
Ella era estrecha. Tan estrecha que lo agarraba como un torno de seda, las paredes de su coño deslizándose sobre su polla y conduciéndolo más y más cerca a la cúspide de la liberación.
Sus labios se abrieron para él con la misma impaciencia que el resto de su cuerpo, sus manos moviéndose sobre sus hombros. Las llamas azotaron su cuerpo mientras su pecho se encogía con una oleada de protectora y aplastante emoción.
Sus brazos la acunaron cerca de él al tiempo que sentía que su escroto se apretaba casi dolorosamente en la base de su polla. Apretó los dientes contra el látigo de sensaciones que comenzaba a subir desde la base de su espina dorsal. La resbaladiza suavidad de satén de su prieto coño se flexionaba y ondulaba alrededor de su erección. Diminutos dedos de rebosante sensación atravesaron su hinchada carne, golpeando con destructivos resultados las profundidades de sus pelotas.
No podía contenerse. Ella ardía entre sus brazos, quemándolo con su placer, sus gritos urgiéndolo a empujar más fuerte, más rápido, a follarla con la última gota de fuerza que poseía. Estaba desvalido ante su necesidad, su hambre.
Robert se sobresaltó con el sonido del gemido desgarrado que escapó de su propio pecho cuando comenzó un mete saca dentro de ella. Embestidas rápidas, profundas, mientras el sonido de su coño mojado absorbiendo su polla le llevaba al borde de la realidad.
—Rob… Rob… —ella jadeaba su nombre, su cuerpo apretándose debajo de él al mismo tiempo que sentía las primeras contracciones de advertencia de su coño alrededor de su polla.
Ella estaba cerca, tan cerca.
—Te amo Kristen—gruñó en su oído entonces, con la emoción fluyendo a través de él como una ola gigante—. Córrete para mí, nena. Córrete para mí ahora, dulce nena. Aquí entre mis brazos
Como si su voz hubiera sido el detonante necesario, ella se convulsionó en sus brazos, con el aliento estrangulándose entre sus labios, mientras él alzaba su cabeza para mirar aquellos ojos increíbles en el momento en que la tormenta la hizo presa de ella.
Estaban casi negros, ampliamente abiertos pero desenfocados, mientras un grito profundo escapaba de sus labios. Su dulce, dulce coño apretó su polla como el puño más apretado mientras estremecimientos duros, espasmódicos comenzaron a convulsionar a través de ella.
Entonces él lo sintió. La urgencia de su liberación vibró contra su erección mientras sus piernas le presionaban con más fuerza, su coño flexionándose, liberando, tomando y succionando su carne endurecida hasta que su cabeza, su corazón, su misma alma explotaron en una liberación que contenía un gemido áspero, desesperado que se desgarraba en su pecho.
Se corrió sin pausa. Cada pulso de su semilla dentro del calor líquido de su cuerpo era un látigo de sensaciones ardientes. Sus caderas presionaron más profundamente, decidido a penetrar en el corazón mismo de su matriz mientras derramaba cada gota de su semen en las profundidades flexibles de su coño.
Cuando terminó, fue como un titiritero cortando las cuerdas de su creación. Robert se derrumbó sobre ella, reacio a retirarse de las profundidades aterciopeladas de su cuerpo. Tenía que estar aplastándola, pero sus brazos se enredaron apretadamente alrededor de su cuello, sus labios susurrando, suplicando que la abrazara para siempre.
—Te amo, Kristen—susurró él otra vez, humillado por las emociones que barrían a través de él al tiempo que el agotamiento los reclamaba a ambos—. Te amo…
