Disclaimer: La historia no me pertenece, historia adaptada del libro Corazones Encadenados (Capitulo 5 - Sacrificio)

Kristen había escapado de Robert ahora hacía un año, sintiendo que podía ser una debilidad para su futuro. Pero nunca esperó el sacrificio que él hizo por ella. Uno que conmocionaría su alma y destruiría las raíces de todas sus creencias.

Su sexualidad, su corazón y todo por lo que había luchado en los últimos seis años serán sometidos a prueba cuando una misión la lleve a la granja de Robert y a su cama. Allí aprenderá el verdadero sentido del hambre, del amor... y también el engaño y las mentiras que han gobernado su vida durante tanto tiempo.

Cualquier cosa que merezca la pena tenerse merece también un sacrificio. Kristen está a punto de averiguar si puede pagar el precio, y arriesgar no sólo la herencia que debería ser suya, sino también su corazón frente al hombre que todavía puede contener el fuego que arde en su alma.

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Capítulo 20

Tres semanas más tarde.

—Tu madre está loca —dijo acusadoramente Kristen a Robert mientras colgaba el teléfono y escondía la cabeza entre sus manos—. ¿Seis meses? ¿Seis meses para planear una boda? —le miró suplicante, desde el lugar donde se había sentado en la mesa de la cocina, con su café enfríandose delante de ella—. ¿Tengo que esperar seis meses, Robert? No es justo.

Él se levantó, colocándose frente a ella, recostándose perezosamente contra la encimera, con los vaqueros cayendo sobre sus caderas con el primer botón desabrochado, y su pecho desnudo. Dios, era tan sexy que se lo quería comer enterito.

Su oscuro cabello estaba despeinado, sus labios todavía parecían estar hinchados. Ella apenas recordaba morder la curva inferior mientras la liberación golpeaba su cuerpo aquella mañana temprano. Mirándole ahora, no podía imaginar cómo había conseguido mantener sus manos apartadas de él como había hecho.

—Deja de mirarme así —gruñó él sensualmente—. Después de anoche y de esta mañana no estás en forma de acabar lo que estás pidiendo.

Tenía razón. Todavía estaba asombrada de que Ian Sinclair hubiera consentido en ser el tercero en su relación. Ian raramente participaba en cualquiera de las relaciones de los miembros del club, y por lo que ella sabía, nunca había actuado como tercero. Primero tal vez, pero nunca tercero.

La experiencia había sido salvaje, erótica, un regalo como nunca había conocido mientras Robert la sujetaba en sus brazos, enlazando su mirada con la de ella en el instante en que Ian comenzaba a llenar su avaro y empapado coño.

Ella tembló ahora ante el recuerdo, mirando fijamente hacia Robert mientras el amor explotaba en su alma. Todavía la sorprendía que realmente fuera suyo.

—Acábate el café, cariño —su voz era un suave y sexy murmullo mientras la parte delantera de sus vaqueros empezaba a llenarse desmedidamente.

Ella estaba comenzando a levantarse para atacarle cuando sonó el timbre de la puerta, atravesando la neblina sexual que empezaba a crearse como un fuego incontrolable en su mente.

En lugar de eso, se puso de pie al tiempo que Robert le ofrecía una mano, invitándole a seguirle. Su casa. Él aprovechaba cada oportunidad para demostrarle que la casa que él tanto amaba era la casa de ambos. No sólo de él, sino de ella también.

—¿Esperas a alguien? —su siempre presente sonrisa se hizo más amplia al sentir el brazo de él rodearla por la espalda.

—Para nada —gruñó mientras alcanzaban la gran puerta de roble—. Anda, vamos a deshacernos rápidamente de quien sea.

Una carcajada fluyó por su garganta mientras él agarraba el pomo y abría la puerta.

La conmoción la dejó paralizada.

—Hola, Kristen —Daniel Stewart estaba en el umbral, con una caja alegremente envuelta sujeta fuertemente en sus manos de blancos nudillos mientras la miraba friamente.

Ella se puso rígida, parpadeando con incredulidad.

—Senador Stewart —el frío saludo de Robert fue menos que hospitalario—. ¿Qué desea?

Él pareció estremecerse ante el áspero tono de voz de Robert, pero no apartó su mirada de ella.

—Me gustaría un momento para hablar contigo —dijo rígidamente—. Prometo no tomar mucho de tu tiempo.

—Ya ha dicho bastante… —comenzó a gruñir Robert.

—No — Kristen posó una mano en su pecho, sin apartar su mirada de su padre—. Hablaré con él, Robert. Ahora ya no puede hacerme daño. Te lo prometo.

Ella sintió su negativa a que se encontrara cara a cara con su padre después de que éste intentara controlarla durante tantos años.

—Vamos a la sala de estar —lo invitó ella cautelosamente—. Está un poco desordenada. Todavía no hemos colocado todas mis cosas en su sitio.

Habían limpiado la casa la semana anterior, pero todavía había cajas sin vaciar en la sala de estar, llenas de toda una vida de recuerdos de los que no soportaba desprenderse.

Su padre asintió, su mirada vacilando un momento, apareciendo triste y dolorido antes de desviar la vista de ella.

Ella lo condujo hacia la sala de estar, sintiéndose incómoda mientras él pasaba junto a varias cajas, todavía sujetando la brillante caja rosa y amarilla en su brazo. De repente, él se detuvo, mirando fijamente el contenido de una donde ella había guardado recuerdos de su infancia.

Con vacilacion, metió la mano dentro y sacó un pequeño libro muy usado. La bella durmiente. Siempre había sido su libro favorito.

Parpadeó rápidamente al mismo tiempo que se aclaraba la garganta.

—Yo solía leertelo —dijó débilmente—. Cuando eras sólo una cosita diminuta. Cada noche antes de acostarte, siempre querías que te lo leyera.

Kristen lo miró con curiosidad.

—No lo recuerdo —dijo mientras hacía memoria, tratando de pasar de los recuerdos de la rabia de él contra su madre hasta los años antes de las peleas.

Él se estremeció como si ella lo hubiera golpeado, y con mucho cuidado puso el libro en su lugar.

—Eras muy pequeña —dijo—. Quizá demasiado joven para recordarlo. Aquí… —estiró la caja que llevaba hacia ella—. Tengo un regalo para ti. Tú cumpleaños será dentro de poco y en cuanto vi esto… —Se encogió de hombros, como si estuviera incómodo.

Confusa, Kristen tomó la caja. Éste no era el padre que ella recordaba.

—Me disculpo por el envoltorio —él se aclaró la garganta otra vez—. No sé donde estuvo mi secretaria ayer. Tuve que envolverlo yo mismo.

Podía jurarlo. El papel estaba algo irregular, unido con bastante torpeza, pero durante un momento, Kristen tuvo que combatir un sollozo al saber que él mismo lo había envuelto. No lo había hecho, desde que ella tenía cinco años. Y eso sí lo recordaba. Las cajas irregularmente envueltas que él solía traer y el desprecio de su madre por eso.

Ni siquiera te preocupas de que esté envuelto correctamente, su madre lo había culpado, furiosa. Va a ser tan torpe como tú, Daniel.

Sus dedos tocaron suavemente la cinta torcida mientras parpadeaba para combatir las lágrimas. Con mucho cuidado, lo desató, dejando la cinta a un lado antes de quitar el papel de la misma manera. Pensaba guardarlo. Igual que había guardado el papel en el que había envuelto la bailarina de hacía tanto tiempo.

Finalmente, ella abrió la larga caja, mirando el contenido llena de asombro.

—No es nada en realidad —comentó él casi gruñendo—. La vi en un escaparate. La cara de la muñeca me recordó mucho a ti.

¿Le había recordado a ella? Miró la pequeña etiqueta en el largo traje de novia de satén blanco. Era una Remee, del diseñador original, y la cara se parecía a ella porque era justamente la de ella. Había admirado desde hacía mucho tiempo las muñecas de porcelana de ese fabricante, pero nunca había sido capaz de justificar el escandaloso precio para poseerlas.

Los largos rizos de un dorado rojizo caían por los hombros de la muñeca y por detrás del velo de gasa y de una diadema. Tenía unas perlas diminutas y un cinturón de satén adornando el increíblemente blanco traje de novia, y sus pies de porcelana cubiertos por unos zapatitos de un precioso satén.

—¿Por qué? —movió un dedo suavemente sobre una fila de diminutas perlas que había a largo del vestido y que estaban cuidadosamente colocadas a un lado.

Alzó la mirada hacia él, viendo a alguien que no conocía. Éste no era el padre contra el que había luchado durante tantos años. El bastardo santurrón que, en más de una ocasión, casi la había llamado puta.

Él bajó su cabeza despacio, sacudiéndola impotentemente mientras metía sus manos en los bolsillos de sus pantalones.

—No he sido un padre para ti desde que tenías cinco años —dijo, casi demasiado bajo para que ella pudiera oírlo—. No me excusaré. Porque no hay justificación posible, Kristen. No lo haré. Pero quería que supieras… —tragó fuertemente—, que siempre te he querido. Incluso cuando no quería hacerlo. Cuando intenté no hacerlo. Te quería.

Se encogió de hombros incómodamente mientras ella levantaba un delgado sobre que había visto doblado al lado de la muñeca. Curiosa, lo abrió, liberando los papeles que había dentro. Repasó los documentos legales sin creérselo antes de mirarle de nuevo.

¿Qué diablos estaba pasando aquí?

—Siempre se ha supuesto que era para ti —agregó él al momento—. Si te hubieras casado con un desecho de las calles, no te lo habría quitado. Me casé con tu madre por dinero, lo admito. Pero por Dios, no la dejé embarazada por dinero, y tampoco fue un accidente.

Él parecía enojado, como casi siempre. Su voz era áspera, un poco demasiado fuerte, pero esta vez ella pudo ver algo que comprendió que siempre habia estaba allí en el pasado. Dolor.

—Puedo oírte —dijo suavemente—. No hace falta que me grites, Padre.

Su boca se torció en una fuerte mueca, mirando a lo lejos otra vez.

—No tenía intencion de gritar —trató de apaciguar el sonido—. Los miembros de mi gabinete me castigan siempre por esto. A veces, ni siquiera me doy cuenta…—dejó de hablar una vez más.

—¿Por qué ahora? —ella no podía entender esa parte—. ¿Por qué vienes ahora cuándo te necesité hace tantos años? —Su voz fue un sonido estrangulado por las lágrimas, y ella odió eso. No debería dolerle; no debería preocuparle.

Él se aclaro su garganta otra vez, moviéndose incómodamente.

—Leí tu diario. Te lo dejaste en Briar Cliff. Cuando renunciaste a la hacienda, me dieron una carta que ella escribió para mí antes de morir. Fui a Briar Cliff para tratar de sacar algún sentido a todo lo ocurrido, y encontré el diario —parpadeó bruscamente.

—Cuando tenías cinco años, la tarde de tu cumpleaños, ella me indujo a creer que no eras hija mía. Ya sé que no es ninguna excusa —espetó furiosamente—. No es ninguna excusa para lo que hice. Pero cuando he leído tus pensamientos, he comprendido todo el daño que te hemos hecho. En nuestros intentos egoístas de hacernos daño el uno al otro, en mi moralista y santurrona creencia de lo bueno o malo, cometí incluso un pecado mayor. Rechacé a la hija que acepté desde su nacimiento. No debería haberme importado si ella me había mentido, o si ella me había engañado realmente. Te había aceptado como mía. Y me equivoqué al rechazarte después.

Se quedó mirándola fijamente mientras decía todo esto, sus ojos de color avellana estaban húmedos, sus manos apretadas en sus bolsillos, mientras Kristen lo miraba sobresaltada, insegura, confusa. Ella echó un vistazo de nuevo hacia la muñeca. Crearla debía haber costado más que unas pocas semanas. Tenía que haberla encargado hacía más de un año.

—No espero tu perdón —su voz se alzó otra vez—. No lo merezco. Pero quería que lo supieras. Sé lo que él hace, me refiero al hombre con el que te vas a casar. Sé lo del Club del que forma parte. Sé lo que significa. No me gusta. Sabes que no me gusta…—se detuvo, obviamente intentando controlar el volumen en sus palabras—. Eres mi hija. Lo que haces en tu intimidad no es de mi incumbencia… Sólo quiero… —dejó de hablar otra vez.

Kristen lo miró fijamente en silencio.

—Un día… —continuó—, tendrás hijos. Tal vez, incluso un niñito. Quisiera… —se aclaró la garganta bruscamente—. No quiero perder la posibilidad de conocer a tus hijos, como me negué la posibilidad de conocerte a ti… Maldita sea, no llores, mujer. No quiero tener esas lágrimas —vociferó entonces.

Antes de que Kristen pudiera responderle, él había sacado un pañuelo de su bolsillo y lo estaba presionado contra sus mejillas. Un poco brusco, enjugó las lágrimas antes de colocárselo en sus manos.

—Límpiate… —Soltó de golpe, apretando los dientes, en voz baja—. No soporto verte llorar. Me recuerda demasiadas cosas, Kristen. Todo el dolor que te causé en el pasado. Por favor, no llores. No quería hacerte llorar.

—Ella trató de decirmelo al final —dijo sorbiendo—. Y lo entendí mal.

Él inclino su cabeza desolado.

—Lo sé. Escuché lo que te dijo y tambien lo entendí mal —le palmeó la cabeza rudamente—. Tengo que irme. Tengo trabajo que hacer, niña. No tengo tiempo de andar rondando por aquí. Sólo… —tragó fuertemente—. Sé feliz, Kris. Eso es todo lo que siempre he querido para ti realmente.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar con paso majestuoso hasta la entrada.

—Padre —él se detuvo cuando ella le llamó—. Me caso. Carolyn me ha informado de que la boda será dentro de seis meses.

Él lanzó un brusco gruñido.

—Mujer entrometida.

Extrañamente, su voz estaba llena de un cariño que ella no había esperado.

—Sí que lo es —asintió—. Pero necesitaré a alguien que me lleve al altar —dijo vacilando, preguntándose si sólo se estaría haciendo daño a sí misma con esas palabras.

Él se giró despacio. Era su turno de sobresaltarse, lleno de incredulidad.

Sus labios se abrieron. Y se cerraron.

—No me lo merezco —susurró finalmente—. Nunca esperé ser capaz de hacerlo.

—Solo sí quieres —dijo ella, dolorida por los años perdidos, por el padre que acababa de darse cuenta de que no conocía—. Quiéreme, quiere a mi marido, Padre.

Él parpadeó bruscamente.

—Él me robó a mi hija —gruñó—. Pero la verdad es que yo estaba haciendo bastante mal el trabajo de cuidarte. Y me sentiría orgulloso… malditamente orgulloso, Kris, de llevarte al altar y entregarte a él. Sacrifiqué tu amor por mi maldita vanidad egoísta. Pero me sentiría condenadamente orgulloso de entregarte.

Ella se humedeció los labios cautelosamente.

—Nunca te he odiado —no pudo decir nada más. Ahora mismo, estaba atontada, incapaz de explicarse lo que había ocurrido.

El asintió bruscamente.

—Me siento agradecido por esto. Ahora, tengo un país que encarrilar para cuando nazcan mis nietos. Tú mantén en vereda al hombre con el que te vas a casar —le apuntó con un dedo imperativamente—. Es demasiado terco y seguro de sí mismo. Nos deja a los demás en mal lugar… —presionó sus manos nerviosamente dentro de sus bolsillos otra vez—. Te quiero, Kris.

Se giró y se marchó abruptamente entonces, saludando rápidamente a Robert al pasar a su lado en el vestíbulo.

Kristen se encontró con los ojos de su amante. La estaba mirando con sorpresa, sus labios curvados con repentina diversión.

—Tu padre tiene sus momentos —dijo con toda seriedad.

Ella sacudió su cabeza, con una sonrisa en sus labios mientras él se acercaba para envolverla con sus brazos.

—Mereces cada sacrificio, Kristen. Él al final lo comprendió —dijo mientras la atraía hacia su pecho un segundo antes de que sus lágrimas volvieran a fluir—. Cada sacrificio. Y confía en mí, tratar con ese piadoso padre tuyo sí que va a ser un sacrificio…

Ella rió entre lágrimas ante el tono de broma que había en su voz, porque no había habido nada piadoso con su padre. Ninguna santurronería. Había hecho un sacrificio que ella nunca hubiera esperado.

Se apretujó más contra Robert, comprendiendo el regalo que le había dado con su amor. La aceptación, la paciencia y una profunda emoción que ahora los unía. No había habido sacrificios. Incluso si ella nunca hubiera visto Briar Cliff otra vez. Ahora, por ese momento en sus brazos, merecía la pena perder todo lo demás.

FIN