Harry Riddle.
—¡Vamos! ¡Hazlo!
Tomé aire, el oxígeno me quemó los pulmones. Apreté mis manos en el manubrio de la bicicleta y volví a mirar la caída frente a mí. A lo largo de junio elaboré lo que yo creía que era un plan perfecto con muchas variantes que contrarrestarían cualquier intento de papá por detenerme. Terminé mi elaborado esquema de batalla faltando una semana para el susodicho suceso y fue ahí que me di cuenta que hacía un par de años en los que yo no sostenía un duelo mágico.
Desde que papá se volvió ministro, mi práctica de duelo se eliminó y yo dudaba que agarrarme a los puños con Ron Weasley en la escuela contara. Yo conocía muchos hechizos, claro, elaboraba decenas de pociones de memoria y recientemente aprendí a crear bombas, pero si yo no contaba con la intensidad propia del combate, con esa actitud de lucha, papá me destrozaría. Con ello en mente, le pedí a Barty que repasáramos duelo en una pequeña pelea, para atestiguar qué tan flojo andaba yo.
Mi estado era algo peor que malo. Era horroroso.
Barty me calmó riendo, indiferente de mi preocupación.
—Usted es muy bueno, joven señor. Ha entrenado esto desde niño, pero como nunca ha tenido odio, pues...
—¿Odio?
No comprendí su punto. Papá decía que el ideal era una mente fría.
—Odio no es la palabra adecuada. Usted pelea por deporte, no como si la vida se le fuera en ello, esa es la diferencia, joven señor.
Como si la vida se me fuera en ello... por inercia, acudí a Iovanna.
La muggle me venía demostrando en este mes que su gente no era en absoluto frágil y temerosa, lo que fue mi suposición inicial. Unas dos veces por semana, nosotros nos reuníamos después de la clase de equitación y jugábamos a las carreras -ella en mi escoba, yo sobre su bicicleta rosada- en el claro detrás de la pesebrera de los caballos, perdiéndonos entre los árboles al final del claro, donde cada movimiento erróneo se traducía en una fuerte caída para cualquiera de los dos.
Quise ser caballeroso con Iovanna, ofreciendo mi magia para sanarla de sus cortes y golpes; sin embargo, ella no me concedió jamás el espacio: se levantaba de un tirón y montaba la escoba, continuando con el recorrido.
Sí, ella pensaba igual que yo, que el dolor era agradable. Este se mezclaba homogéneamente con el sudor, la prisa, la adrenalina recorriendo nuestras venas y saturando nuestros sentidos. Así llegaba yo a casa, bañado en sudor, lodo y con una gran sonrisa estampada en el rostro. Papá reía entre dientes al verme y pedía que me sirvieran lasaña, pastas o bistec, siempre comida con mucha carne. No supe el porqué de este gesto, pero me mantuve en silencio y devoré gustoso los platos suponiendo que el asunto era uno de los típicos chistes privados de papá. Y quizás parte del chiste era que cada una de esas noches me esperaba una mujer diferente en mi habitación.
Papá cumplió su promesa y trajo más esclavas al harem: mujeres de piel negra, morena y blanca; mujeres pelirrojas, pelinegras, rubias y castañas; mujeres asiáticas, latinas, hindúes, norteamericanas, africanas, rusas, indígenas. Veinte mujeres, que, sumadas a las chicas ya existentes en el harem, daban veinticuatro «cubos de semen», como las llamaba papá, sin contar a las bebés, a las que yo no les seguía muy bien la pista.
La primera variación a esta rutina se dio el día 28, cuando llegué a la casa del tío de Iovanna a las 8:00 a.m. Ella se sorprendió de verme tan temprano, pero no se negó a salir conmigo a pasear. Ese día dimos vueltas sin sentido, a la mañana siguiente...
—Conozco un gran sitio para ir.
Su «gran sitio» resultó ser un barranco. Para poder llegar al lugar, tuve que pedalear por una gran cuesta, imposible de recorrer a la manera muggle. Ella se reía de mi esfuerzo.
—Usa esas piernas, niño mágico —me decía desde la escoba.
¡La desgraciada iba en la escoba, tan cómoda como si estuviera en un sofá, mientras yo me ahogaba en mi propio sudor! El camino hasta el barranco no fue fácil para además agregarle esa cuesta; tuve que bajarme e ir empujando la bicicleta camino arriba. Subir con magia hubiera hecho que ella se burlara más de mí.
A veces me cansaba de Iovanna y de su matoneo constante. Luego la miraba y mi desespero se me pasaba. Iovanna me gustaba, me gustaba mucho.
Papá no debió malcriarme con las esclavas -con sus curvas perfectas, dulces labios y palabras serviles a mi disposición- porque, ahora que tenía en frente una chica que llamaba mi atención, no tenía ni pizca idea de qué hacer.
—¿A qué se supone que vinimos? —pedí con malgenio al culminar el ascenso. Esto me olía mal y la sonrisa malvada de Iovanna no ayudaba. Como nota aparte, la vista desde aquí era muy bonita.
—A tirarnos cuesta abajo, por supuesto.
Oh.
0oOo0
Voldemort.
Esto era el paraíso, sin duda. Mujeres semidesnudas, con cerebros inutilizados. Ese era mi tipo favorito de mujer, la que solo servía para coger.
—Las habitaciones serán compartidas como usted pidió, amo —me indicó un elfo. Nosotros hablábamos mientras las mujeres recorrían el lugar, familiarizándose con su nuevo y definitivo hogar. Hasta ahora las tuve encerradas, esperando que llegaran las últimas mientras les retocaba en sus mentes los comandos que yo quería que ellas tuvieran incrustados en sus psiques —. Cada una recibirá mensualmente un paquete con productos de belleza y aseo personal. La ropa será personal, ya que son de diferentes tallas. ¿Algo más?
—¿Quién hará la ropa?
—Nosotros, señor. Bobby y Jean —aclaró.
—Quiero trajes minúsculos de todo tipo, transparencias, tacones, incluso los pijamas tienen que ser sexys. A menos que tengan que salir a un lugar público, ninguna deberá usar más de un metro de tela. La ropa para el exterior sí tiene que ser decente.
—Salvo la ropa de calle, ¿prefiere que se las vistamos únicamente con lencería, amo?
—Me basta con que parezcan mujerzuelas —miré a la creatura. Sus ojos eran grandes y grises —. Quiero también colores pasteles en temáticas tiernas, pero con cortes y estilos sexualizados para que Harry se sienta cómodo.
Harry se recogería en sí mismo si las veía en mallas negras y leotardo rojo.
—Muy bien. ¿Algo más?
Miré el lugar.
—Pongan cuadros eróticos en cada pared, libros ilustrados con posiciones sexuales entre hombres y mujeres, sólo un hombre y una mujer, o varias mujeres, todas alrededor de él... añade algo de bestialismo, pero mantengan la figura del hombre como observador.
Estas mujeres debían de vernos como sus dioses. Mi hijo sería adorado y yo temido.
0oOo0
Harry Riddle.
A Iovanna no le hacía falta una tuerca, sino una docena. Creí que ella bromeaba, pero no. Iovanna me quitó la bicicleta y el casco y se tiró por el empinado camino polvoroso que usé para subir el barranco. No era un chiste, era enserio.
Pensé que Iovanna se mataría, mas no, llegó sana y salva abajo.
—¡Súbela! —me gritó descendiendo de la bicicleta —. ¡Usa tu magia, yo no pienso ir hasta allá!
Parpadeé y la obedecí. Conforme la bicicleta ascendía, debatí si tirarme o no. Si me caía y me rompía el cuello, ¿papá me aplazaría la pelea? No, en definitiva, no. La bicicleta se elevó por el aire, recorriendo el camino el doble de tiempo que le tomó a Iovanna descender. Abajo, ella reía. Su risa era linda. Malvada y linda. Monté la bicicleta y me quedé allí, con un pie en el suelo, el otro en el pedal y las manos en el manubrio.
Si fallaba, no saldría bien parado. En el peor de los casos me lastimaría de verdad, lo suficiente para incapacitarme y no ser capaz de defender a mi madre mañana.
—¡Vamos! —rio Iovanna.
Si no bajaba, pronto ella empezaría a burlarse de mí. Apreté los frenos.
De todas formas, me lastimaría. Talvez no hoy, pero sí mañana. Le preparé una bomba a mi padre sin tener fe en que el objeto no me heriría a mí. Quizás me quemara con la explosión, papá no perdería oportunidad para lanzarme un par de hechizos feos y dolorosos, un mortífago también podría alcanzarme. ¿Qué era un dolor más?
No obstante, yo haría todo aquello por una meta, un objetivo. Aquí no obtendría nada, salvo engrandecerme en la mente de Iovanna.
Sonreí. Eso funcionaba para mí.
—¡Quítate del camino, estúpida muggle! —exclamé y solté los frenos. Puse mi segundo pie en el pedal y pedaleé.
Fue asombroso. El viento, el miedo, la gravedad jalándome... ah, fue lo máximo. El problema fue el final, donde no supe qué hacer. Iovanna no me lo dijo y muy tarde descubrí que por obviedad yo debía frenar. No lo hice a tiempo y choqué contra un árbol.
Oh, sí, dolió.
—¡Eres un idiota! —me gritó —. ¡Mi bicicleta!
¿Hum? Más allá de mi cerebro mareado y las lucecitas que rondaban mi visión, vi la llanta delantera enterrada en el tronco del árbol. Consideré dejar caer de la bicicleta y tenderme en el suelo de pasto espeso y hojarasca, mi cabeza estaba revuelta por el impacto. Me aguanté las ganas, ante papá tenía que mantenerme de pie sin importar qué, esta era una buena práctica.
—¡Eres un idiota! ¡Me asustaste!
—Estoy bien —musité.
La miré. Sus ojos eran verdes, no brillantes como los míos, sino muy claros, con tonos miel. Los usé para internarme en su mente con curiosidad.
En la superficie encontré enojo, el mismo con el que ella me hablaba, pero tras este hallé preocupación y un extraño revoleteo que no entendí. Me aferré a la preocupación, interesado en toparme con palabras claras.
—No puedo creer que no se cayera al chocar, el último que vi darse un golpe así se sacó todos los dientes. Es fuerte... bueno, eso ya lo sabía. Y es lindo.
¿Ella creía que yo era lindo y fuerte? ¡Claro, claro! El revoleteo confuso era gusto, ¡yo le gustaba!
Eso me bastaba.
—Iovanna —la llamé. Ella se acercó a mí con el rostro arrugado, pareciendo tener lista una mala palabra. Sentí sus nervios.
Ahh, eso lo aclaraba: los nervios escondían sus intereses por mí. Y los nervios refugiaban en el enojo.
¿O sea que siempre le gusté?
Como fuera, la besé. Ella retrocedió un paso, exclamando un suspiro. No la dejé alejarse y la apreté contra mi cuerpo, sin volver mi beso intrusivo. Los besos ya no eran un tema extraño para mí, cada noche besaba a una mujer distinta, esto no era diferente... excepto que ella no era parte de mi harem.
Cuando nos separamos, pensé lo mismo que un momento antes de darme cuenta que debía oprimir los frenos: ¡¿qué carajos hago ahora?!
Ella lo resolvió volviéndome a besar.
0oOo0
Voldemort.
Harry llegó ayer con una gran sonrisa bobalicona de la que no opiné. Hoy la siguió manteniendo, aunque anoche durmió en compañía de su peluche y no de una mujer. Este era el día definitivo para él y estaba demasiado distraído.
Abrí la boca en el desayuno para avisarle que se detuviera y sacara su mente de las nubes si no quería perder a su madre, pero me detuve. No se le avisaba a un enemigo cuando este cometía un error, se le daba rienda suelta. Aun así, era mi hijo: Harry estaría desconsolado al fallar. Si eso ocurría -la lógica decía que sí-, yo no tendría espacio para disfrutar de la pelirroja, enfocado en consolarlo.
—Harry —lo llamé cuando este se disponía a levantarse.
—¿Sí, papi?
—Regla numero 1: la mente en los negocios —él me miró con confusión —. Deja de pensar en Elena o lo que sea que pienses y céntrate en lo que ocurrirá hoy. No sé que tengas preparado, pero mantente concentrado en eso, delimita bien tus acciones y considera cada paso que vayas a dar, así lo tengas más que memorizado. Un error y todo se vendrá en pique.
Él asintió con lentitud.
—Sí... gracias, papá. Oye, ¿con cuántos mortífagos irás?
Sonreí.
—Eso no te lo diré.
Harry refunfuñó y me sonrió.
—No importa, te ganaré —determinó y se retiró del comedor.
Ja, sí, claro. ¡Cómo si yo lo fuera a permitir! Le daría ventaja, por supuesto, observaría sus movimientos, analizaría sus planes y luego los destruiría con la suficiente dulzura para que mi niño no se pusiera a llorar ante el fracaso.
Me lamí los labios con expectación. ¿Qué prepararía Harry para hoy?
0oOo0
Harry Riddle.
Me puse un overol de mezclilla, una camisa de mangas largas color rojo y zapatos deportivos negros. Papá y yo decidimos que todo ocurriría a las diez de la mañana, yo partiría a las 10:00 a.m. y él a las 10:10 a.m. Papi se aparecería, yo usaría flu, ambos decidimos que el lugar de partida sería la chimenea de casa, para que yo no perdiera tiempo.
Aquí estábamos los dos, junto a Barty y Rodolphus. Algo me decía que papá llevaría consigo a más personas y sencillamente no les permitió estar ahí para que yo no estuviera al tanto de la cantidad y me confiara. Eso habría hecho Maquiavelo.
—Quince segundos —me avisó papá. Él cronometraba las salidas con un reloj flotante. Un segundo reloj levitaba junto a mi cabeza, yo también llevaría el tiempo.
Asentí y tomé un puñado de polvos flu. Resistí las ganas de palparme los bolsillos. Allí estaba todo lo que yo necesitaría: mi varita, un papel, más un proyectil que guardaba como último recurso. El resto de «armas» estaban en el ministerio. Decidí usar la inteligencia de Maquiavelo en lugar de la fuerza bruta, el resultado me hizo sentir más confiado. Yo no gastaría mi magia en duelos y hechizos, no cuando existían otras formas de ganar un enfrentamiento.
—Cinco segundos. Buen viaje, nené.
Me acerqué al fuego de la chimenea. No respondí a papá.
Barty contó la cuenta regresiva. Al oír uno, lancé los polvos al fuego.
—¡Ministerio de magia!
Una vez fuera de la chimenea -ahora en el ministerio-, eché a correr. El hollín era lo que menos me interesaba.
—Afuera —extendí mi mano de ella salieron cinco serpientes que caían conforme yo corría. Oí a alguien gritar —. Escóndanse y preparen veneno. ¡Quítense de mi camino! —les grité a los trabajadores y demás personal presente en el pasillo.
Saqué la hoja de papel con el mensaje ya preparado y le soplé, impregnándolo de mi magia. A la hoja le salieron alas de murciélago y se fue volando.
Señora Potter, soy Harry. Salga a la puerta de la oficina, voy por usted. Las preguntas para después, madre.
Así que mientras yo llegaba, ella ya estaría preparada y me ahorraría segundos valiosos.
Sin confiar en el elevador, me fui por las escaleras, de dos en dos. Al terminar de bajar al subsuelo -donde estaba la oficina de aurores- empujé a una mujer que justo iba a tomar las escaleras. Ella me gritó algo, no le puse atención. Completé la carrera a la oficina en cuatro minutos, todas esas competencias en la bicicleta rindieron sus frutos.
Tomé el pomo de la puerta, yo empujé y alguien jaló: era mi madre, detrás de ella Sirius Black.
—¡Harry!
—Mi padre viene a secuestrarla, nos vamos ya —dije, sujetando su mano y arrastrándola conmigo —. Señor Black, avísele a los aurores. Mi padre viene —alcé un poco la voz, nosotros empezábamos a alejarnos, pero no a la rapidez que yo quería.
—¡¿Cómo que a secuestrarla?! —gritó él —. ¡James! ¡James!
—Harry —me llamó ella sujetando con fuerza mi mano obligándome a detenerme —. ¿De qué estás hablando?
¿Por qué carajos se detenía? ¿Era estúpida?
—Papá le prometió hace años que él la secuestraría, ¡¿lo olvidó?! Bueno, ese día es hoy y sólo pude comprarle diez minutos —apunté al reloj sobre nosotros, que ya marcaba 10:05:32 a.m. —. ¡Muévase!
—¡Corre, Lily!
Miré detrás, ahí venía James Potter, Sirius Black y dos hombres más que no reconocí.
Ante la orden de su esposo, ella accedió a correr. Era lenta, demasiado para ser aurora. Tardamos tres minutos enteros en llegar a la escalera, donde ella se tropezó y nos hizo perder seis segundos. El tiempo que obtuve con mi práctica y la nota no sirvieron de nada, vi la llegada de papá a lo lejos, mi reloj marcó 10:10:02 a.m.
Evaporé el reloj, no lo necesitaría más. Solté la mano de mi madre y corrí abriéndome paso a través de los aurores. Me causó sospecha que ellos tampoco aceleraran. ¿La rodeaban a ella adrede o no eran más rápidos?
Papá estaba con Bellatrix Lestrange, Barty, Rodolphus y Amycus Carrow, todos con sonrisas divertidas y apenas atentos, alejándose de la red flu y avanzando tan tranquilos como turistas. Grandioso, tengo suficientes serpientes, pensé. Los gestos risueños desaparecieron al fijarse en los hombres junto a mí. Papá no debió imaginar que yo pediría ayuda.
Elevé mis manos, parando en seco. El corazón me golpeó en el pecho y del suelo se materializaron mis serpientes, todas en diferentes puntos del lobby del ministerio. El más sorprendido del ataque de los animales fue el señor Carrow, los demás me conocían mejor que él y se podían esperar algo así. Alguien gritó y la lluvia de hechizos empezaron. Los aurores podían encargarse de los mortífagos, yo distraería a mi padre y madre escaparía. De reojo vi huir a la gente nada tenía que ver en esto.
El señor Black pudo alejar a Bellatrix de la entrada, los demás poco después se distanciaron de la red de apariciones. Era demasiado perfecto para ser verdad que contábamos con un camino despejado hasta la salida, casi en línea recta. Me pregunté cuánto de mi padre estaba presente en esa «casualidad». Papi, por su lado, me observaba sonriente. Mi serpiente se había envuelto en sus piernas y lo fijaba al suelo, mas a él no parecía importarle.
—Perdiste, Harry —enseguida miró por encima de mi hombro. Miré en esa dirección, mi madre se paró detrás de mí y junto a ella el señor Potter.
A lo lejos, Bellatrix hacía papilla al señor Black y entre el señor Carrow y Barty desarmaban a los dos aurores sin nombre. Ninguno de los mortífagos, al obtener la victoria, hizo señas de acercarse. Mis serpientes aguardaban a mis órdenes.
—Ven, Harry, te protegeré de...
—No juegue a ser la heroína —la corté. Lancé un hechizo pársel a las serpientes. Todas atacaron a sus respectivos oponentes mordiéndoles las piernas. Tomé desprevenido a papá por primera vez en mi vida, él hizo una mueca de dolor al ser mordido que me remordió; Bella chilló. El veneno de las serpientes afectaba los reflejos y la visión de sus víctimas —. Cuando este día acabe, yo compartiré un trozo de pastel con mi padre en la cena, usted estará en una cabaña remota o en una celda, según si escapa o no —y con su silencio, continué con mi plan —. Salga de aquí con flu, no se desaparezca.
—Yo la rastrearé, nené. No es una buena idea —dijo papá —. Debiste intentar aprender a crear trasladadores.
Ah, carajo, su serpiente no estaba. En silencio, creé otra serpiente. Esta sólo sería notada al yo activarla. Antes de este mes, nunca me había sentado a aprender hechizos de Nagini.
—Déjame eso a mí, papi —me burlé. Bajé la voz —. Yo lo distraigo y usted corra.
—Pero...
—Vi la celda, madre —susurré —. Papá la construyó en su habitación para tenerla a usted cerca. Vi la cantidad de cosas que introdujo. No la quiero ver a usted ahí —le eché una ojeada, ella separaba los labios, sus ojos estaban húmedos. La señora Potter asintió —. Si yo fallo... si papá logra agarrarla, le recomiendo que se quite la vida.
—¿Qué?...
—Vamos, Lily —le dijo su marido —. No llegaremos a esos extremos.
Giré a ver a papá y saqué mi varita. Era el momento, pelearía contra él.
Usé contra papi su secuencia personal: desarme, maldición a las piernas, maldición a la cabeza, inmovilización y asesinato. No tiré un avada kedavra contra él, no era capaz, pero le lancé las cuatro serpientes restantes, todas contra su yugular. Eso lo obligó a moverse y correrse un poco, lo suficiente para que la pelirroja intentara escapar. La serpiente oculta se le lanzó a papá, ella era más venenosa y más efectiva. Papi debió de ser inmune a la primera, pues pasaban los segundos -que se convirtieron en minutos- y yo no le veía reacción.
No desaparezcan, pedí en mi mente a los animales, deténganlo, aférrense a él.
Barty se introdujo -ellos debían de estar ahí como respaldos-, quiso hechizar a mi madre y detenerla. Yo lo detuve gracias a un cruciatus al aire que lo forzó a retroceder un paso.
—Más —llamé otras serpientes. Estas se fueron de frente contra Barty, al que le tocó usar fuego para intentar matarlas.
Papá, mientras tanto, batallaba con las suyas sin éxito, o eso me pareció; si esas serpientes fallaban, yo estaba perdido, porque en duelo papá me haría añicos. Rodolphus lucía dudoso de entrar o no, el señor Carrow se sujetaba la herida de la pierna causada por el mordisco de la serpiente, él no lucía muy bien.
—¡Harry, hijo de puta! —gritó papá con desesperación —. ¡¿Por qué no las puedo matar?! ¡Tú y tu maldita magia especial! —¿mi qué? —. ¡Agarren a esa maldita mujer!
Oh, no. La señora Potter ya estaba lo bastante cerca a la red flu. Los mortífagos estaban más lejos que yo de ella, yo podía alcanzarla antes.
Eché a correr rogando porque fuera la última vez en el día que sentía el viento en mi cara. Aquello no había durado nada y ya me sentía agotado. Rodolphus y Bellatrix corrieron, las serpientes no dejaron a Barty y el señor Carrow apenas podía andar, él no sería un problema; la pareja de esposos también fue mordida, ellos debían de contar con cierta inmunidad a venenos, lo que no sería raro.
Metí mi mano en mi bolsillo y saqué mi proyectil.
—¡Mansión Potter! —gritó mi madre, ella me estaba viendo al irse con su marido. Antes de que las llamas dejaran de verse verdes, lancé le proyectil. Al tocar el fuego, este explotó.
La llamarada hizo gritar a más de uno, incluyendo a papá. Sentí el calor abrasándome la piel, me iba a quemar. Alguien me agarró del brazo y me lanzó lejos de la candela. Cuando el fuego disminuyó, vi con alegría que la red flu estaba completamente destruida. Mi madre y su esposo eran inalcanzables.
Gané.
