Capítulo 6.
Orihime se baja del carruaje a paso rápido, Ogawa apenas puede seguirla e Hisagi no tiene problema alguno. Los tres se ven tensos ya que la emperatriz le relato a los dos en el viaje de qué consistió su citación con Ichigo.
Aun con los contactos, va a ser casi imposible tener un vestido si los costureros de las mayores esferas ya están terminando o entregando las prendas ya establecidas. No puede llegar y exigirles, nadie se lo reclamaría pero no es correcto. Podría repetir un vestido de hace años, modificándolo un poco, o usar una prenda que le hayan regalado sus amigos o aliados políticos…
Eso es.
—Ogawa, tú y con otras doncellas vayan a buscar los vestidos que me han regalado estos últimos tres años y que no haya ocupado… llévalas a mi vestidor.
—Sí su majestad.
—Hisagi, ordena que cierren el palacio a las visitas de toda clase, que nadie entre y si desobedece, al calabozo bajo mi palacio.
—Sí mi Emperatriz.
Gran parte del personal se ha movido como si hubiera un atentado directo al palacio. Como veinte doncellas corrían entre el ropero y el vestuario cargando vestidos en toda clase de telas y peso, algunas ya en maniquís; varios soldados habían movido los muebles a las esquinas para mayor espacio de las prendas, a excepción del asiento de la Emperatriz para que ella tenga donde descansar.
—Hemos elegido los cincuenta mejores. — Explica Ogawa, se veía tratando de esconder el agotamiento de tanta carrerilla.
—Cuanta ventaja es al final que te regalen ropa. — Murmura Orihime paseándose entre las prendas que descansan en maniquís, colgando en roperos andantes o que solo son sostenidos por una o dos doncellas. — Admito que me sentiría más tranquila con algo diseñado por mi madre.
Pero no hay tiempo y no quiere que se repita aquel suceso en que Marianne se apropio de un vestido que la duquesa Tenjiro mando hacer para su hija y lo presumió como suyo en una fiesta de cumpleaños. En cuando la madre de Orihime se enteró, la capital tuvo miedo cuando el siguiente vestido que mandó y también se lo apropió la Consorte, le causó a ésta un escozor en todo el cuerpo y terminó en cama dos meses rojísima de ronchas. Ichigo prohibió por meses que su esposa mantenga correspondencia con los Tenjiro como castigo (igual Shutara envió una carta, aunque más bien para Marianne y el emperador; a la primera solo le dijo que espera no se repita y al segundo que controle sus juguetes) y Orihime había optado, por la paz, que su madre no le traiga ni diseñe más vestidos... al menos que venga viajando con personas de confianza, que bajo ni un concepto se lo pasara a Scorpio.
En una revisión rápida, mando de vuelta la mitad de los vestidos con el alegato que no iban para la ocasión, ya sea por ser demasiado pomposo, demasiado sencillo o demasiado extravagante. En la segunda vuelta se colocaba detrás de cada vestido, frente al espejo, y si dudaba un poco era señal de descalificación, quedando al final con diez vestidos.
Ya para esta siguiente etapa, Ogawa recoge el pelo de Orihime y con ayuda de otra criada la desviste, quedando solo con medias y calzones, y se paso horas probándose los vestidos hasta seis veces si hace falta. Termina cansada y hambrienta, los tobillos le duelen de estar horas de pie y también por estarse turnando entre las prendas y escuchando a Ogawa leerle en voz alta algunos documentos importantes que requerían su atención.
De seguro Marianne no tiene que pensar como mujer y gobernante al mismo tiempo, se le pasa por la cabeza, firmando el último trabajo urgente, nuevamente desnuda.
Se frota los parpados, hambrienta.
Quedan dos vestidos.
—Gracias a todas. — Sonríe a las doncellas mientras Ogawa la ayuda a vestirse nuevamente con su vestido de la tarde. — Lleven estos dos vestidos a mi cuarto en maniquís, pidan ayuda a los soldados para ordenar este cuarto y luego de servirme la comida, díganle a la cocinera que pueden tomarse dos copas de mis vinos. — Sus oyentes celebran con una exclamación de júbilo.
—¿Dónde le apetece almorzar? — Pregunta una doncella de cabello rubio.
—En el comedor con la vista a mi jardín. — Dictamina para luego retirarse con Ogawa atrás, quien lleva una montaña de papeles. En pleno pasillo, yendo a dicho lugar, se detiene. — Kira.
De la nada surge su guardia personal de cabellos rubios. Ogawa da un respingo a pesar que ya está acostumbrada a sus apariciones sorpresivas, un mal hábito que potenció uno de sus entrenadores: el marqués Ichimaru. A pesar de los vendajes en su cuello, manos y dedos (lo que se ve a la vista), no muestra señal alguna de necesitar otro día de descanso.
—Emperatriz. — Se pone en el suelo de una rodilla y la mano en el pecho.
—Lamento molestarte con esto, pero eres el experto de las sombras.
—Estoy bien mi Emperatriz.
—De acuerdo, ponte en pie. — Su soldado obedece al instante, Orihime agarra un poco de la montaña de papeles que carga Ogawa. — Estos deben ser entregados a Urahara.
Un hábito que Orihime tuvo que agregar luego de la desdicha es que su guardián de pelo rubio fuese su mensajero en dejar papeles importantes con el fin que no fueran intervenidos por los Scorpio, podrían hacerlos desaparecer o modificarlos con el fin de perjudicarla. Así que mantiene bien guardado celosamente el sello de Emperatriz (a dónde sea que vaya, se lo lleva consigo) y no deja cartas ni pergaminos en blanco con sus firmas, a excepción de diez y a manos de los Shihouin con la orden de quemarlos apenas desaparezca o muera.
Kira asiente, toma los papeles y en un pestañeo desaparece.
—Me muero de hambre. — Susurra la Emperatriz, frotándose el estómago. Normal si son las cuatro y media y no ha comido desde el desayuno de las diez.
—¿Alguna idea de cuál vestido va a elegir?
—Lo pensaré una vez llene mi estómago y termine el trabajo.
Kira camina despreocupado por el bosque que hay detrás del palacio de la Emperatriz y lo conecta con el del Emperador y del público. No le gusta el camino principal por la gente, odia la gente en especial los entrometidos y de malas intenciones; y caminar en esa zona no solo evita contacto con ellos, también que se mueva en secreto y no lo pillan los enemigos de Orihime.
Bueno… a veces.
Porque Klaus Scorpio, cuando está en el palacio, tiende a olvidar quien manda y envía a sus sicarios por él, esperando la oportunidad de asesinarlo y quedarse con los documentos de la Emperatriz.
Da un paso atrás, despreocupado, y ve inmune como un cuchillo queda enterrado en la tierra, alza la vista por arriba del hombro, con ojos fríos observa al culpable cubierto de negro.
—Klaus Scorpio no aprende.
Aquel hombre no es el único, aparecieron cinco más hombres con espadas y ballestas en mano. Kira ya había sacado su espada, un arma curiosa porque en vez de ser el filo recto como debe ser, termina en forma de una hoz. La luz provoca un destello en el filo, tal como lo había previsto, y le da justo a los ojos de uno de ellos, se oye cómo se queja (llamando la atención de sus colegas) y en ese instante muere por la daga que Kira recogió y le atravesó el ojo.
Aprovecha la conmoción en subir rápido a un árbol, justo en el que reposa un asesino con ballesta, quien reacciona a tiempo y le dispara, sin embargo Kira lo bloqueo con su arma; cae a la rama hincado y, con ojos fríos a su víctima, le corta el cuello y el asesino cae muerto. Los tres restantes ven molestos y tensos al caballero de Orihime, quien se pone en pie lentamente sobre aquella rama, la sangre cayendo en gotas desde el filo del arma al tronco.
Da un salto y empieza la carnicería.
Al más cercano le bloquea el ataque directo de su espada y le planta un puñetazo que lo deja aturdido en el suelo; al segundo le atraviesa el estómago con su propia arma; y al tercero lo derriba al suelo tras una patada al estómago para finalizar con una flecha tirada por ahí, que agarró con las manos desnudas y se la incrusta por la garganta hasta matarlo.
Se pone en pie, caminando hacía el primer herido, que se queja de dolor y maldecía a Kira a pesar de su inminente fin, también se queja de su propia codicia que lo llevo a este problema. Como sea, Kira no se ablanda y con un movimiento de su espada, la parte de la hoz le roza el cuello… permitiéndole decapitarlo apenas pone un pie en la espalda de su víctima.
—Todo aquel que atente contra mi Emperatriz, su majestad Orihime, será decapitado por mi Wabisuke.
Suelta un silbido y tres personas de las fuerzas especiales, liderados por una mujer menuda pero letal, se hacen presentes. La mujer, de cabello azulado, ve el desmadre con una sonrisa burlona, Kira sabe que ese gesto va dirigido a él, pero no le preocupa, ni siquiera el verla caminar directamente a su dirección.
—Pudiste haber ayudado. — Dice en cambio.
—¿Por? Para ti es como un juego de niños. — Con la punta del zapato, hace rodar la cabeza de derecha a izquierda, sin soltarlo. — Si te costaba acabar con ellos, pudiste silbar antes y no esperar a que te maten para que actuemos.
—Gracias por el elogio capitana Soi Fon. — La susodicha asiente y se concentra de nuevo en la cabeza, despreocupada de la sangre. — Tengo que ir a dejar documentos de la Emperatriz al primer ministro.
—Continúe con su camino entonces, yo me encargo de la basura y buscar pistas que nos ayuden. — Vuelve a sonreír arrogante. — Les tengo que hacer pagar por encerrar a la duquesa Yoruichi.
Ichigo y Orihime iban a ir por separado, ella sabe que lo hace para ir del brazo con Marianne… y honestamente, no le importa en esa ocasión.
Porque así lo dejara callados en un solo acto.
Marianne está en la dicha de felicidad, es totalmente el centro de atención por haber llegado junto a Ichigo, ambos combinando en sus ropas; él vino con pantalones blancos y botas negras, mismo color del chaquetón con sus hilos dorados en las muñecas, los botones en la hombrera en donde cuelga la capa oscura; ella con un vestido blanco con los hombros al desnudo y con una cola de un metro, buscando verse lo más santa y justa posible como la Consorte y la madre del heredero.
Y también un guiño a su futuro: su boda con el Emperador el mismo día que maten a la zorra ladrona.
Es imposible que la Emperatriz la supere si no llevara ni un vestido de Rangiku o de su madre.
Ha pasados dos horas en la cima de su felicidad, mucha más si su enemiga lleva horas de atraso. Se ha regodeado mientras conversa con las damas, haciendo comentarios indirectos sobre Orihime que tienen la clara intención de dejarla como cobarde.
Se escucha al pregonero golpear el suelo con su bastón y todos se lo queda mirando expectantes... más bien la llegada de Orihime. ¿Sera por morbo o respeto?
—Hace presencia su majestad, la madre del imperio. — Se escucha fuerte por el silencio la puerta abrirse. — Nuestra soberana la Emperatriz Orihime III Kurosaki.
La susodicha se hace presente tras hacerse de rogar unos segundos, dejando a todos sorprendidos, algunos maravillados o envidiosos... y otros la ven con rabia como la Consorte.
¡¿De dónde ha sacado ese vestido?! ¡Se ve bellísima!
Luce como si se hubiera cubierto de oro. El vestido es dorado, sin mangas, con una cola en la falda y pegado a su cuerpo, abrazando cada curva con suavidad; le han bordado piedrecitas que no le sorprendería a nadie si le contasen que son en realidad ámbar genuinas cortadas en miniaturas, concentrados en la mayoría en el pronunciado escote uve que termina por debajo de los senos y en la mitad de la falda hasta el final, incluyendo la cola; lleva el cabello suelto y lleva encima una de las diademas oficiales de su título: enorme, de oro con incrustaciones de rubíes, las grandes en forma de gotas y los pequeños en círculos.
Saliendo de su aturdimiento, la gente empieza a inclinarse.
—Saludos al escudo y madre del Imperio, nuestra Emperatriz Orihime.
Orihime camina directo a su puesto, dando de vez en cuando una inclinación de cabeza a algunas personas.
Se detiene y mira a su izquierda, en donde esta nada menos que una furiosa Marianne, quien no se ha inclinado; los brazos y puños le tiemblan de rabia, incluso uno podría jurar que rechina los dientes, sin embargo a Orihime no le interesa, solo la mira con una ceja alzada, como si esperase algo.
—¿Y bien?
Con todos los ojos en ella, maldice en su mente y se inclina como corresponde.
—Saludos al escudo y madre del imperio.
—Mi marido debe bajarle los humos a sus amantes o empezaran a creerse más importantes y olvidaran la realidad. — Murmura en un lamento, se aseguro que la oigan a propósito para que hablen de la marquesa y sonríe por dentro.
Orihime se rio detrás del abanico color perla que cargaba y continuo su camino para tomar su lugar a la derecha del emperador. Marianne no pudo hacer otra cosa más que apretar los puños furiosa y callar, pero llegaría el momento en que se vengaría de esa mujer y ella tendría que verla hacia arriba
Si, ansiaba ese momento, cuando pudiera restregarle en la cara todo aquello que le robó.
Ichigo por otro lado se quedo sin habla al verla, no quería admitirlo pero Orihime se veía preciosa y al sentarse pudo notar el sensual escote en su espalda; en su interior algo le gritaba que la sacara de ahí y la hiciera suya, pero la otra parte le decía que era una asesina y debía odiarla. Últimamente sus pensamientos respecto a la emperatriz eran muy contradictorios, como si algo le reprimiera.
—Llegaste tarde.
—Perdóneme su majestad pero entenderá que tras su orden tuve que hacer preparaciones de último minuto para esta reunión. — Le sonrió a Ichigo, pero algo en él se sintió incomodo.
Ichigo solo la ignoro y se puso de pie.
—Bienvenidos a todos ustedes amables damas y caballeros que se han dado cita hoy con nosotros para celebrar este banquete, espero que disfruten esta noche y se diviertan. — Alzo una copa. — Por la gloria del imperio.
—Por la gloria del imperio, salud. — Hablaron los presentes para después tomar de su copa.
Poco después la cena les fue servida mientras conversaban de temas de gobierno, era una cena principalmente para grandes esferas de la aristocracia muchos de ellos eran burócratas que trabajaban en el palacio o tenían altos puestos en el gobierno. Las damas mostraban sus respetos a Marianne pero poco después la dejaban para halagar a Orihime por tan hermoso vestido.
—Es una pieza exquisita majestad.
—Creo que fue hecho especialmente para usted, no creo que a nadie más le quedara mejor.
—Agradezco mucho sus halagos… ¿Ha estado bien su padre condesa Nurm?
—Oh si, de hecho se va a retirar pronto.
—¿Entonces asumo que usted tomara el cargo?
—Eso parece, aunque uno de mis primos quería pelear por ello.
—No tendría porque puesto que usted es la legítima hija y heredera de su familia.
—Sí pero ya sabe como son algunos hombres, creen que por su género es preferible que ellos obtengan el liderazgo de la familia.
—Lo comprendo, por suerte se que usted es una mujer que ha peleado por obtener reconocimiento, supe que hizo algunos tratos muy interesantes en el norte.
—Sí, encontramos un tiño de tela con potencial de venta.
—¿Si? Estaré ansiosa por saber sus avances, por favor manténgame al tanto.
—Claro su majestad. — La condesa hizo una reverencia.
Marianne se sentía furiosa, pese a haber entrado con Ichigo esa perra era la que estaba ganando atención ¡Se suponía que era su momento!
—Ichigo. — Gimoteo la ojidorada al susodicho pero éste no le respondió. — Ichigo. — Volvió a llamar, de nuevo sin respuesta. — ¡Ichi! — Lo llama ahora molesta
—¿Eh? ¿Qué pasa? — Ichigo había estado embobando observando a la emperatriz silenciosamente, por suerte suya Marianne había estado tan cegada en su envidia que no lo noto.
—Ichi haz algo, la emperatriz me está eclipsando. — Hablo en berrinche.
—Es una cena donde los nobles presentan informes y se relajan. — Suspiro cansado. — No puedo hacer eso ahora Marianne.
—¡Pero...!
Sea lo que sea que haya dicho el emperador no le puso atención; tras unas conversaciones más Orihime inclino suavemente la cabeza y se dirigió al balcón trasero, lo que había llamado la atención de Ichigo y vio la oportunidad perfecta.
—Me siento algo mareado, iré por un poco de aire fresco. — Se quito el brazo de la mujer con suavidad.
—¡Dijiste que estarías conmigo! — Chilla enfadada mientras otros nobles veían con desaprobación a la concubina real haciendo demandas irrazonables.
—Sera rápido.
—Bien, te esperare rápido ¿De acuerdo? — Lo vio fijamente.
—C-claro… — El hombre se froto la sien con un pequeño gesto de dolor y se retiro con precaución.
Suspiro un poco aliviado cuando encontró a Orihime sentada en el pequeño banco del lugar.
—Su majestad ¿Que lo trae aquí?
—Solo quería aire ¿No puedo?
—Claro que si, entonces me retirare. — Se pone de pie.
—No te he permitido que te retires. — Hablo seriamente. — Tenemos que hablar.
—¿Sobre qué? — Lo cuestionó extrañada.
—Ese vestido ¿De dónde los has sacado?
—¿Porque le importa eso? — Frunciendo el ceño por la extraña pregunta.
—No cambies la pregunta.
—No estoy obligada a responder.
—Es una orden. — Orihime chasqueo la lengua.
—Fue un regalo.
—¿De quién? No recuerdo haberte dado un vestido así.
—¿Qué? ¿Le parece impúdico majestad? — Lo mira con diversión.
—No pero… muestras demasiada piel. — Responde como una excusa barata.
—¿Y eso en que le afecta? ¿No dijo usted que jamás volvería a ponerme un dedo encima?
—Piensa en la dignidad del imperio.
—No veo en que afecte un vestido que fue un regalo al imperio. — Refutó ella. — Y si hablamos de la dignidad del imperio ¿Porque no lo piensa usted antes?
—¿Qué?
—¿Sabe lo que piensa la opinión publica de su amante majestad?
—No metas a Marianne en esto.
—Pero usted fue quien empezó. — Se puso de pie furiosa. — Para que lo sepa un amigo me dio esta prenda, nunca había tenido que usarlo pero dadas las circunstancias que usted mismo provoco me he visto en la necesidad de usarlo; si usted no piensa tocarme nuevamente lo acepto con tranquilidad pero no venga a insultarme con lo de la excusa de la dignidad del imperio.
—¿Y quién ese amigo del que hablas? — Estaba molesto, no sabía porque pero quería saber a quién ahorcarle el cuello.
—¿Y a usted que le importa? — Le dijo orgullosa. — Métase en sus asuntos con su juguete y déjeme en paz, mis relaciones personales no son de su incumbencia, si me permite me retiro primero. — Orihime salió del balcón con la cabeza en alto dejando al emperador solo.
—Maldición. — Golpeo la pared con fuerza sintiendo el dolor llegar desde sus nudillos hasta su cabeza.
Era verdad ¿Que le importaba a él lo que hiciera esa? No importaba lo fatalmente bien que se viera en ese vestido que remarcaba sus curvas y que él quisiera tomarla y enredar sus dedos en su cab…
Una fuerte palpitación llego a su cabeza como si miles de agujas lo lastimaran por dentro, haciéndole olvidar lo que pensaba segundos antes, Orihime Inoue era la hija de la familia que asesino a sus padres y hermana, no se merecía ningún pensamiento.
Orihime da gracias a un mesero que le ofrece una copa de vino, toma un trago y en silencio camina de vuelta a su asiento y a conversar con las demás damas. Aun le quedan otras dos horas y debe aprovecharlos con las personas correctas, no quiere otro momento desagradable o no dormirá tranquila.
—Saludos majestad.
Ugh, al parecer no.
Escondiendo su malestar con el porte de su título, concentra su atención a Ezra, quien luce un traje blanco con decoraciones en negro, haciendo juego con su cabello plateado y ojos azules, si no fuera un idiota y le diera mala espina hasta ella reconocería que era atractivo.
—Buenas noches marqués Scorpio, espero que este disfrutando la velada. — Saludo amigablemente.
—Oh sí, estoy pasándola de lo mejor. — Respondió el hombre mientras tomaba una copa de uno de los meseros que pasaban.
—Qué extraño que haya venido a la celebración.
—¿No debería? — Arqueo una ceja.
—Oh no es eso, es que me entere que estaban cerrando muchos negocios recientemente así que creí que estaría ocupado. — Fingió amablemente.
—Nada es más importante que estar en esta maravillosa cena con mi hermanita y cuñado.
—Ya veo, pero tenga cuidado no queremos que termine ebrio por el vino del banquete ¿Cierto? — Le aconsejo.
Ezra quería ver a Orihime ponerse mal debido a sus palabras pero chasqueo la lengua enojado al no lograr su cometido.
—Ah por cierto me pregunto si se siente bien su hermano.
—¿Klaus?
—¿Acaso tiene otro hermano?
—No, no es eso, es que me sorprendió su pregunta.
—Extrañamente se puso de mi lado con cierto asunto por eso me preguntó si él se encuentra bien.
—Mi hermano pequeño está bien, solamente quiso arreglar algo riesgoso. — El hombre bebió de su copa de inmediato pero Orihime noto algo extraño de esa frase.
—¿Si? ¿Es acaso su hermano el que se encarga de limpiar?
—¿Qué?
—Ah no, es solo que veo que confía mucho en su hermano pequeño.
—Por supuesto, si yo no hubiese nacido o mi padre no me hubiese elegido como sucesor formal seguramente Klaus se encargaría bien de todo.
Eso quería decir que tal como sospechaba hace tiempo, Klaus Scorpio era el cerebro de la familia ¿Porque sería que su padre no lo eligió a él como sucesor? La ley no prohibía que otro de los hijos heredara siempre y cuando fuera capaz ante el cabeza de familia actual, algo no andaba bien.
—¿Es siempre su hermano tan meticuloso con Marianne?
—Oh no la dejamos hacer lo que ella quiera, no somos esa clase de familia que estamos al pendiente de todo lo que hacen los demás.
Entonces algo hizo Marianne que obligo a Klaus a interceder en su favor en el hecho de los vestidos ¿Pero que era? Debía investigar más, pero necesitaría ayuda.
—Entiendo, si me disculpa debo ir a saludar a otros invitados. — Se excuso Orihime.
—Claro su majestad, que pase una buena noche
—Igualmente.
Orihime se alejo lentamente hacia una pareja de condes de alto rango, pese a que sonreía en su mente Orihime calculaba la información que acababa de recibir sin resultados, necesitaba consultarlo con la duquesa Shihouin pero no podía contactarla de momento, tendría que esperar a que el castigo del emperador cambiara.
Ichigo salió del balcón y se reunió con su amante, ella se veía feliz y emocionada por estar con él y ser el centro de atención, hablaba mucho y los demás se veían obligados a sonreír por mera cortesía, pero era obvio que estaban un poco hastiados, de alguna forma Orihime entro a la conversación y salvo a la pareja de condes del charloteo de la concubina de su esposo.
—El marqués Ukitake lo estaba buscando conde Gastoinne.
—¿En serio? Entonces me retiro su majestad. — Se inclino ante Ichigo y Orihime para irse rápidamente.
—Yo estaba hablando con ellos. — Refunfuño Marianne.
—Bueno, si el marqués Ukitake lo buscaba ¿Que podemos hacer? — Orihime le sonrió mientras abría su abanico con elegancia.
—Pudiste decírselos más tarde
—Marquesa yo solo fui una intermediaria y parecían tener prisa de hablar sobre un asunto de negocios, no me metería de ninguna otra forma.
—¿Segura que no era con otras intenciones? — Cuestiono Ichigo.
—Estoy muy segura majestad, si me permite debo seguir atendiendo a los invitados. — Les dio la espalda y se alejo dignamente.
Marianne estaba molesta pero Ichigo por otro lado se perdió en el escote de la espalda de la emperatriz deseando por un momento ir tras ella y poner su mano en ella.
¿Quizás se estaba volviendo loco?
La velada termino una hora más tarde de lo previsto y fue cuando finalmente Orihime volvió a sus aposentos agotada.
—Bienvenida emperatriz. — La saludo Ogawa con una reverencia.
—Gracias Ogawa, estoy agotada. — Susurro
—¿Podemos saber cómo le fue? ¿Pudo callarle la boca a esa presumida?
—Por supuesto. — Asegura con alegría. — No sabes cómo disfrute ver su cara ponerse morada. — Ambas rieron.
—¿Le preparo un baño?
—Estoy muy cansada como para siquiera llegar a la bañera, solo ayúdame a quitarme el maquillaje y a ponerme el pijama, mañana dormiré hasta que no pueda más.
—Como ordené, mi emperatriz.
En las habitaciones del emperador este se había dejado caer al sofá también agotado quería recostarse y dormir, miro de reojo a su consorte quien sonreía mientras se miraba al espejo.
—¿Que pasa Ichigo? –Pregunto al notarla mirándolo.
—Ah nada, solo que no te vez muy agotada.
—A pesar de ciertas cosas que me molestaron me la pase bien. — Sonríe melosa. — Quisiera saber de dónde saco la emperatriz ese vestido… ¿No crees que se vería mejor en mí?
—¿Eh? — Marianne se acerco como si fuese un depredador y se sentó en su regazo, las manos de Ichigo inconscientemente fueron a su cintura para abrazarla.
—Oye Ichi ¿No puedes conseguir ese vestido para mí?
—¿Tanto lo deseas? Creo que ese color no te favorece mucho. — Por algún motivo trato de convencerla. — ¿Qué te parece si te mando hacer uno más hermoso?
—¿Ehhh? Pero quería probarme el que usaba la asesina. — Hizo un puchero.
—Como te he dicho, no está mal pero creo otros colores como el plateado te harían lucir como un ángel.
—¿De verdad me darás un vestido más lindo que el que uso hoy la emperatriz?
—Te lo juro.
—Ah Ichi te amo. — Se lanzo a los labios del hombre en un beso hambriento que este apenas alcanzaba a responder. — ¿Debería recompensarte por tu duro trabajo?
—¿Sí? — Dijo dudoso.
—Soy hermosa ¿Cierto?
—Claro… — Murmura con una mirada que delata que no se encuentra bien.
—¿Verdad que me amas mucho más que a esa ladrona?
—Y-yo... Si...
—Eres un buen chico, ahora creo que deberías hacerme el amor ¿No crees?
Ichigo no dijo más y empezó a besarle el cuello y la llevo a la cama al tiempo que cierta aura comenzaba a llenar la habitación, los gemidos y gritos de la pareja llenaron el lugar hasta altas horas.
Sí, esto es mío, el emperador solo me pertenece a mí. Marianne sonrió satisfecha al sentir la fuerte hombría del emperador dentro de ella. Y cuando sea la emperatriz todo estará en su lugar. La mujer rio internamente al tiempo que llegaba al orgasmo y le pedía más a su amante, lo cual este no tardo en cumplir.
Ambos se dejaron caer en la cama mientras la peliblanca se recostaba en el pecho de su pareja y dormía, Ichigo por otro lado pese a que estaba cansado no podía conciliar el sueño, algo dentro de él se lo impedía, sin embargo su mano fue a la cintura de la mujer en automático y se gira con ella.
—Ichigo, siempre tan insaciable. — Se ríe ella, risueña.
El hombre no responde, parece concentrado en recorrer con cuidado aquel cuerpo... hasta que sus manos rodean el cuello de Marianne con intenciones de matarla.
La consorte se sorprende, no puede creer que esto esté pasando o que él la mire con profundo odio. ¿Por qué? Si se aman. Su mano golpea constantemente el brazo de su amante, en un intento en vano de quitárselo y recuperar aire.
—I... Ichi... s-sue...
—¡Zorra maldita! — Ichigo ejerce más presión. — Tú y toda tu familia será quemada en vida por cada lágrima de Orihime.
La rabia crece dentro de ella, opacando la desesperación, el miedo a morir, el tiempo suficiente en agarrar la mano del hombre.
Ichigo suelta un grito de dolor, cae a la cama desplomado como un cervatillo que aprende a caminar. Sus manos agarran con fuerza la cabeza y de sus labios sueltan maldiciones. Marianne suelta un ataque de tos mientras va recuperando aire en los pulmones, su mano está sosteniendo su cuello bien segura que habrán marcas. Aquello la enfurece aun más.
—¡Maldito! — Ve a Ichigo, inmune a lo débil que luce por el dolor. — ¡Casi matas a la mujer que amas y a tu hijo!
—Púdrete. — A pesar de estar agonizante y de la sangre que le corre por la nariz, le sonríe a Marianne con arrogancia. — No te amo ni jamás lo hare...
—¡Cállate!
—Orihime es la única dueña de mi corazón... la amo y es mejor que tú...
—¡Cállate!
—Te voy a decapitar y colgare tu cabeza en mi pared.
—¡Cállate!— Ordena al mismo tiempo que la puerta se abre.
—¡Su majestad!— Tres soldados se presentan en posición de ataque.
Marianne no les presta atención, primero se asegura que de verdad Ichigo este dormido y su cuerpo le permite que ellos no noten la sangre.
—No pasa nada, tuve una pesadilla.
—Pero...
—¡Largo!— Voltea a verlos, molesta. — Interrumpen el sueño de su majestad. — El soldado detrás del líder se fija en las marcas rojas en la piel de Marianne, ella se da cuenta de ello y se cubre con la mano. — Estábamos probando cosas nuevas, ahora largo.
Ya que el soberano sigue dormido y se le ve respirando, los tres hombres comentan que estarán alertas en la puerta y se retiran.
Marianne maldice en susurros, temerosa que ellos la oigan. Se para de la cama, tambaleando al principio, buscando la jarra de agua y toma hasta el fondo, quitándose el escozor de la garganta.
Se frota la barriga, parece que el embarazo le está quitando poder y eso es un problema de doble filo: si se deshace del bebé, mantendrá su fuerza pero alguien le puede quitar el poder dando a luz al heredero; y si lo conserva, en cualquier momento Ichigo puede matarla.
—¿Por qué quieres matarme? No lo entiendo Ichi. — Murmura tomando las mejillas del emperador y le quita el rastro de sangre. — Tú me amas, jamás me harías daño... — Lo besa. — Nosotros estamos destinados a estar juntos mi amor...
