Para empezar, quiero agradecer por la buenísima acogida que está teniendo esta paranoia mía, tanto en FanFiction como en AO3. Gracias, de verdad :3 Es la primera vez que pruebo con un AU- Soulmate, y sé que el escenario no es el que se esperaría, pero es una historia que a mi me hizo mucha ilusión cuando empecé a perfilarla, y espero que a vosotros también os la haga. Gracias, en serio. Nunca me cansaré de decirlo.
ATENCIÓN: Una parte de este capítulo contiene relaciones no consentidas/violación. En AO3 permiten dar este tipo de avisos en la descripción del fic, así que allí ya está puesto. Como FF no da esa opción (lamentablemente), os aviso aquí. De todos modos, es una pequeña parte del capítulo. Si os la saltáis, no creo que pase nada.
Dicho eso, aquí lo dejo.
Creando la sombra
— El Líder requiere tu presencia, perro.
— Pues al Líder pueden irle dando mucho por el culo.
El balde de agua helada que le cayó encima le hizo apretar los dientes y encogerse, ahogando un jadeo. La cadena que tenía atada a los pies tintineó cuando dobló las piernas, intentando cubrirse mientras temblaba. Los gruesos eslabones se tensaron, ejerciendo resistencia contra el movimiento. Apoyó la frente contra la fría pared de cemento con los ojos cerrados, recordando por qué hacía lo que hacía. Inspirar, espirar. Inspirar, espirar.
Llevaba una semana encerrado en una sala de interrogatorios de la época en la que se inventó la televisión en color y los vidrios tintados eran necesarios para mantener la identidad de los escuchas a salvo. Era gris, aséptica, de cemento y ladrillo, y en el centro tenía un desagüe. Prefería no imaginar para qué necesitaría una sala de interrogatorios algo como eso, aunque conocía sobradamente la respuesta. El cabello rubio ceniza estaba largo, pegado a su frente y empezando a rozar sus ojos cuando caía al frente. Le picaba la cabeza de tenerlo sucio, y estaba muerto de frío. Había corrientes de aire entrando por los conductos de ventilación, los agujeros en la pared, y la franja de debajo de la puerta, de a penas unos milímetros. Además, estaba desnudo. Le habían sacado la ropa cuando llegó allí, paseándole como una exhibición por los pasillos, hasta que llegó a donde estaba. No obstante, lo único que habían cubierto habían sido sus ojos, con una gruesa venda de felpa, para evitar que recordara el camino al exterior y minimizando el riesgo de una posible fuga. Oyó en algún momento que habían quemado sus prendas.
— Levántate. Ahora.
Apretó las manos, también encadenadas. Su lobo había sido metido en una jaula, en su misma habitación. La jaula estaba electrificada, creando una malla de energía que hería al lobo si intentaba sacar el hocico por ella. El animal estaba encogido en el pequeño espacio, gimoteando por sentir a su dueño sufriendo. Sabía que tenía que dejarse hacer, que tenía que obedecer si quería salir bien parado de todo aquello. Pero él, con veintiún años, era a penas un adulto en una situación desfavorable y desagradable, y su instinto reflejo en caso de peligro no era el de huída. Era el de lucha.
Y si no tenía las manos libres, por lo menos podía usar la lengua.
— A. La. Mierda.
El golpe cayó con fuerza en su mejilla, haciendo crujir sus huesos y golpeándole la cara contra la pared. Los cabrones habían aprendido que si querían golpearle sin dejarle marcas visibles debían hacerlo con una toalla húmeda, así que el peso y la fuerza del impacto eran considerables. Encogió los brazos para proteger la cara, y los golpes cayeron con saña sobre su brazo y sus costillas. Se mordió los labios para evitar gritar de dolor, emitiendo graves gruñidos en protesta. Podía oír a su lobo gruñendo con él, gimoteando.
Pensó en el cuervo negro, en sus ojos claros mirándole con tristeza e impotencia. En cómo se había quedado con él, después de casi romperse el pico intentando ayudarle a escapar. En como había bajado a por él a pesar del peligro...
— Suficiente, Ethan. Lleva al distópico arriba. Jim se está impacientando. Y si le dejas marcas...
— Tranquilo, Moran. Solo estaba poniendo al fenómeno en su sitio.
Alzó los ojos en la oscuridad y se encontró con el tigre de bengala de Moran a la altura de la nariz. Respiró con tranquilidad, observando como los colmillos blancos asomaban bajo los labios peludos. Un gruñido salió de lo mas profundo del animal, que movía la cola con suavidad.
— ¿A quién llamas fenómeno, gilipollas? —preguntó Moran, empujando con fuerza a Ethan a un lado. Cegado por el resplandor de la puerta abierta delante de él, parpadeó, con los ojos doloridos por la claridad. Otra cosa que habían hecho para tenerle allí, había sido apagar todas las luces. Había estado a oscuras una semana entera —. Vamos. Levántate. Y a mí no me hagas enfadar, cachorrito.
Sintió la mano de Moran cogiéndole con fuerza del brazo, sacudiéndole para ponerle en pie. Siseó cuando notó el dolor de los golpes justo donde Moran lo sujetaba. Se levantó, notando la tirantez de las cadenas. Algo rozó su cuello, duro y frío, apretado hasta que respirar resultaba trabajoso. La tensión en sus piernas desapareció con un repiqueteo metálico, y no huyó porque tenía calambres en las piernas, flojas por pasar tanto tiempo con ellas sin usar. Tuvo que usar toda su fuerza de voluntad para evitar un intento de fuga. No le serviría de nada.
Sus manos seguían unidas por los grilletes, así que las cerró en puños, clavándose las uñas en la palma.
"Recuerda por qué lo haces. Recuerda por qué lo haces..."
Escuchó el gemido de los goznes de la puerta al ser abierta, y el zumbido de la electricidad. Recordaba la vara eléctrica con la que habían capturado a su lobo, Garm. Nunca habrá imaginado que todo lo que se necesitaba para someter a un espíritu animal era un poco de voltaje, y ahora que lo sabía, le habría gustado que nunca hubiera sucedido.
Escuchó os gruñidos violentos de Garm, y pudo imaginarlo con el pelaje arenoso erizado, con los colmillos descubiertos y los ojos inyectados en sangre. Si atacaba, iban a hacerle daño.
— Shh, Garm. Está bien…
El lobo continuó gruñendo, pero sus amenazas bajaron de tono hasta que se convirtieron en sordos sonidos de advertencia.
Sintió un tirón en su cuello y entonces entendió.
Le habían puesto una correa.
Podía sentir el calor astral del tigre de Moran a su lado, caminando con parsimonia. Poco a poco, su vista se fue aclarando, y a penas fue consciente del frío del suelo metálico del ascensor de carga. Esperó, en silencio, mirando el indicador. Estaban en la planta menos dos, y se dirigían a la décima. Tenía tiempo.
Carraspeó, notando la voz pastosa de no usarla.
— ¿Por qué lo haces? ¿Por qué... le ayudas? —dijo, con voz ronca.
Moran ni lo miró. Su vista siguió al frente, mirando el indicador con los números, que iban cambiando cada segundo.
— No es tu problema.
Oyó al tigre gruñir, y vio como Garm le miraba, esperando a que le dijera algo. Negó con la cabeza y el lobo se sentó sobre los cuartos traseros, muy cerca de él, sin dejar de mirar al tigre y a su distópico, intermitentemente.
— Pero tú...
Moran se giró para mirarle. Su expresión era dura de ver, pero no se amilanó.
— He dicho que no es tu problema. Ahora cierra el pico.
Las puertas del ascensor se abrieron, y aparecieron en una sala amplia, llena de pasillos y habitaciones secundarias. Probablemente se encontraban en algún piso vacío de un edificio de oficinas, pero con la sala de interrogatorios, aquello solo podía tratarse de Scotland Yard.
Al fondo del pasillo, había una figura girada. Hablaba por un móvil.
— Ethan, llévate al perro directamente a Buckingham. Que lo dejen en las jaulas exteriores.
Entró en pánico repentinamente. No podían separarle de Garm. No podían.
Se revolvió, intentando evitar el inevitable movimiento, pero Moran tiró de su correa y le pasó una pierna por los pies, haciéndole caer al suelo de rodillas, golpeándose contra el duro suelo. El lobo gruñó y saltó hacia Moran para morder, cuando la vara eléctrica de Ethan cayó sobre el animal. Se escuchó un chispazo de estática, y el lobo titiló, cayendo al suelo, gimiendo. Sintió la descarga en su propio cuerpo, recorriéndole entero. Intentó lanzarse sobre Ethan una vez y otra, pero no lo consiguió.
— ¡No! ¡Para!
Un nuevo tirón de la correa lo atrajo hacia Moran, cayendo de espaldas. Aún tenía el pelo mojado de agua helada, y el cuero del collar (porque era cuero, sin ninguna duda), empezaba a irritarle la piel. tal vez incluso a cortarla.
Ethan desapareció por el ascensor con Garm, y vio las puertas cerrarse. A medida que el aparato iba bajando, el dolor le recorría el cuerpo. Era como tener una mano sujetando tu corazón, apretando cada vez más, cortándote la respiración.
La mano de Moran se volvió a cerrar sobre su brazo, tirando de él, y una vez estuvo en pie, le empujó al frente.
— Camina.
Lo hizo. Caminó, con los pies entrecruzándose por el dolor y el tiempo sin usarlos, hasta que entraron en la amplia sala donde el hombre de espaldas seguía hablando por su móvil.
— ... y si vuelven a volar una de las barricadas de los túneles, haré que otra cosa lo haga en su lugar, ¿está claro, Dimmock? Bien. Espero el informe para esta noche.
Le hicieron pararse a escasos dos metros del hombre trajeado, que había colgado y se frotaba la cara con las manos, como si todo fuera muy complicado. Se giró a un lado, y miró a otro hombre. Este era pelirrojo, vestía de traje de tres piezas, y llevaba un viejo paraguas en la mano, al que a momentos se aferraba con fuerza, hasta que sus nudillos se ponían blancos. Había visto síntomas como esos a veces, en los refugios de distópicos que se montaban en las afueras de La Leonera, bajo los puentes en las orillas del Támesis para atender a aquellos que estaban heridos pero, mayormente, a los pocos que escapaban del lado limpio tras ser capturados y separados de sus animales. Era la distancia, el dolor inflingido a su otra mitad o a su espíritu, lo que les llegaba a provocar un daño físico. Lo mismo que le estaba pasando a él. Se preguntó qué estarían haciendo con el animal de ese pobre distópico, y dónde se encontraría. Cuánto tiempo llevaría allí.
— Seb, voy a necesitar que atiendas la barricada en Embarkement. La de la línea de Bakerloo y Northem. Si es necesario, que abran un boquete y les echen el Támesis encima. No me importa. Ve y arréglalo. ¡Ya! —gritó, y juraría que había visto palpitar la vena de su sien. Moran dudó. No podía soltar la correa o saldría corriendo —. Oh, por el amor de Dios y la Virgen Santísima. ¡Dale a Holmes la correa y vete! ¡AHORA!
Vio como la correa cambiaba de manos rápidamente, y a Moran correr hacia el ascensor, con su tigre detrás.
Holmes parecía avergonzado, incluso incómodo. Miraba a su jefe casi sin pestañear, sosteniendo la correa de una manera que daba a entender que en cualquier momento iba a tirarla, pero cuando Jim abrió los ojos, su agarre se volvió firme, y sus facciones se enfriaron. Se estremeció, sin poder evitarlo.
— Vaya. Pero si eres tú, lobito. Has sido un chico muy malo —dijo Jim, con una sonrisa asquerosa en la cara. Se acercó a él y lo miró fijamente. Se sintió mal por tener que alzar la mirada para clavar sus ojos en los de él, pero lo hizo igualmente, cuadrándose —. Llevas mucho tiempo escapando te de mí, pero ya se acabó. Qué travieso, ¿no crees, Holmes?
— Tremendamente.
Apretó los labios. Holmes contestaba con indiferencia, con un tono neutro. Como si estuviera intentando controlar todo lo que le estaba pasando por dentro.
— ¿Cuánto lleva escapando?
— Dos años y medio.
Jim abrió la boca y los ojos, como si estuviera genuinamente sorprendido de esa información. Como si nunca la hubiera recibido.
— Impresionante.
Notó la cadena floja. El brazo de Holmes estaba en tensión, pero no estaba haciendo nada de fuerza. Eso significaba que hasta cierto punto estaba de su lado, ¿verdad?
— ¿Lo ves? —preguntó Jim, con una sonrisa. tocó su pecho con un dedo, satisfecho —. Eres especial, Johnny.
John se tensó. No esperaba que Jim supiera su nombre. En realidad, deseaba que no lo hiciera. Notó los ojos del Líder recorrer su cuerpo de arriba abajo, y cuando se relamió, sintió náuseas, recordando por primera vez desde que estaba en la habitación, que estaba desnudo. Se preguntó, con algo de humor negro, si le mataría por vomitarle encima, y qué cara pondría si lo hacía. Lo que le pareció más sorprendente, fue notar que no era mucho más mayor que él.
Cuando la noticia de un nuevo orden llegó a todos los rincones de Gran Bretaña, John pensó que se trataría de algún tipo de truco de los radicales, que alguna vieja gloria estaría intentando retomar el puesto y cambiar un poco las cosas. Cuando todo empezó a cambiar, y la gente comenzó a desaparecer de las calles, cuando los distópicos empezaron a ser marcados y "reasignados" a otra zona de la ciudad, en su cabeza el Líder siempre se había pintado como alguien adulto, extremadamente inteligente. Pero lo que tenía delante era... decepcionante.
— Pero si eres un crío.
Parecía que la información no fue bien recibida, porque la cara de Jim se trasformó en un rictus de violencia desmedida y de locura. John sintió que acababa de firmar sus sentencia de muerte. El suave tirón de la correa le dijo que no debería haber dicho eso.
Jim dio un paso al frente cuando la voz de Holmes le detuvo.
— Acaban de informarme de que el Gobernador Francés acaba de llegar a la sala de reuniones junto con el Representante Austríaco. Debería marcharse ahora, o no llegará a tiempo.
Jim se detuvo a medio paso, fulminando a John con la mirada durante unos segundos. Cerró los ojos en lo que tarda un corazón humano en palpitar un par de veces, y cuando los abrió, parecía más calmado.
Ha perdido la cabeza completamente. Está loco.
—Malditos gabachos que no saben comportarse… Me voy. Haz que se vista, y llévatelo de aquí. Le quiero limpio y en mi sala para cuando acabe la reunión —ordenó, arreglándose la chaqueta. Cogió la cara de John con una mano, apretando su mandíbula con las uñas —. Luego nos veremos, Johnny —susurró en su oído, como si fueran amantes y aquel su gran secreto. Le mordió la oreja y se fue.
Las náuseas volvieron con más fuerza, al mismo tiempo que un ramalazo de dolor lo atravesaba. Gruñó, encogiéndose.
— Si tienes ganas de morir, John, hay formas mejores y más limpias de conseguirlo que insultarle —dijo Holmes. Soltó la correa y le lanzó una bola de ropa blanca —. Ponte esto. Rápido. Tenemos que estar en Buckingham en media hora.
John tomó la ropa con las manos, aún encadenadas, y las miró. Eran básicas, algodón blanco, sin teñir. La camiseta de manga corta y los pantalones eran holgados. Parecía más un chandal de deporte que nada.
Los dedos de Holmes presionaron algún punto de los grilletes de John, electrónicos, introduciendo la clave de apertura. Con un chasquido, la placa metálica que cerraba las manos cayó al suelo, y John vio su oportunidad.
— No lo intentes, a menos que quieras morir. Y creo que eso no sería conveniente.
John le miró. Holmes lo observaba desde su posición, junto a una ventana. Tenía los ojos cerrados y la mandíbula apretada.
Se fijó por primera vez en su aspecto, desde que entró en la sala. El hombre de traje tenía profundas ojeras bajo los ojos, y se lamía los labios con demasiada regularidad. John conocía esos síntomas. Eran las reacciones de un bebedor. Su cuerpo bajo el traje era pequeño para un hombre de su edad, casi rozando la anorexia. El chip localizador en su oreja derecha le dijo que estaba viviendo en La Leonera, y no en muy buenas condiciones. Presentaba síntomas de desnutrición leves, tal vez en una de las primeras fases. No obstante, y a pesar de la circunstancias, no estaba en una situación completamente desfavorable. John había atendido casos de gente de La Leonera a las que se les cerraba el estómago por el hambre, con las barrigas hinchadas pero vacías de todo alimento. Cuando llegaban a los puestos ambulantes de atención sanitaria bajo los puentes, sabían que no había nada que pudieran hacer por ellos más que darles cobijo hasta que morían.
Había un tipo de comida que podría salvarles la vida, pero en Londres únicamente se encontraba en el Royal Hospital, y no podían acceder a él.
— ¿Intentarías matarme si lo hiciera?
Holmes le miró, cansado.
— Por mí vete. Pero hay guardias por todas partes. Este es un edificio de Scotland Yard. No podrás avanzar ni veinte pasos antes de que te atrapen. Te han cogido, John. Cuánto menos tardes en aceptar que tu vida ha terminado, más tiempo sobrevivirás.
John se quedó mirando la ropa en sus manos, de nuevo, hasta que deslizó el algodón por su piel. Podía sentir a su lobo, en alguna parte, muy lejos de él.
La imagen del cuervo volvió a su cabeza. El sueño de esa noche había sido tan reconfortante...
Mycroft volvió a atarle la correa al collar, y a cerrar sus manos con los grilletes electrónicos. John lo miró, sorprendido por esta nueva colocación.
— Lo siento. Son órdenes.
John asintió. Si era cierto que no iba a poder escapar, por lo menos le facilitaría la vida a Holmes, que no parecía disfrutar en absoluto con su trabajo.
No pudo dejar de darle vueltas a la cabeza, pensando en qué podía querer Jim de él. Había oído historias a cerca de lo que les hacían a los distópicos en Buchingham, pero prefería pensar que eran solo eso: historias. Holmes le condujo hasta el ascensor y ambos se quedaron solos en el espacio metálico mientras descendían hasta el nivel de calle.
— No voy a decir que se te pasará, porque estaría mintiendo —dijo el hombre a su lado, sin mirarle. John vio como su mano se aferraba al mango del paraguas con fuerza de nuevo. De pronto se encogió ligeramente, con una mueca de dolor mal disimulada, y tuvo que apoyarse en él para sostenerse en pie —, pero aprenderás a controlarlo... si vives lo suficiente.
John supo a qué se refería sin necesidad de preguntar.
— ¿Cuánto tiempo llevas trabajando para él?
Holmes tomó un par de respiraciones profundas antes de contestar.
— Ahora hará cuatro años. Pero parece mucho más.
Cuando llegaron a la planta inferior, Holmes se cuadró y se irguió, cambiando la cara. Tanto, que si no lo hubiera estado mirando, John dudaba haber sido capaz de apreciar que, bajo esa máscara de frialdad, había un hombre. Él avanzó delante, tirando de la correa alrededor de su cuello. Los policías que había en la entrada de la central se apartaban, cuidándose de no tocar a John. No entendía a qué tantos reparos cuando no habían tenido ningún problema en tirarle cosas a la cabeza, insultarle y empujarle cuando había llegado por primera vez. No les había visto la cara pues iba vendado, pero no se había movido del edificio en toda la semana, así que estaba bastante seguro de que ninguno de ellos había estado ausente ese día.
Permaneció en silencio, lanzando miradas furibundas a los agentes que, se suponía, debían mantener el orden y la seguridad ciudadana, verla por el bienestar de la gente, y no asegurarse de que fueran capturados, torturados y denigrados. Que las autoridades hubieran sido sobornadas nada más empezar el nuevo rágimen decía mucho del estado del gobierno.
El paso marcial de John estaba empezando a hacer sentir incómodos a los policías que le miraban, hasta el punto de que muchos apartaban la mirada, intimidados.
John había sido médico de emergencia en los pequeños puestos de hospital bajo los puentes a tiempo parcial, sí. Pero también era, y ante todo, un rebelde.
Él era una de las causas de que un batallón estuviera intentando volar la barricada de los túneles de metro en Embarkement. Porque esa era la distracción. Su objetivo real había sido recuperar la línea de District en el bloqueo de Putney Bridge. Él había sido el capitán que se había encargado de dirigir el asalto al punto E. Era de esperar que le capturaran. Se estaba jugando la vida todos los días.
Su mejor amiga, Sally Donovan, una guerrillera ex agente de la vieja Scotland Yard con una pantera como animal, había estado participando a su lado en su escuadrón de Northumberland, y más de una vez le había preguntado por qué no se dedicaba solo a ser médico, sabiendo que aún tenía una oportunidad. Sally se había enrolado a los rebeldes cuando se enteró por un sueño de que su alma gemela había muerto.
— Yo ya no tengo nada que perder, John. Pero tú sí. ¿Y tu alma gemela? ¿Qué pasará si te cogen?
— No lo harán.
Dentro del grupo tenían un poco de variedad. Un par de españoles del ejército, que habían llegado en los primeros meses y se habían quedado atrapados allí (Christian y Silvia), una irlandesa llamada Wanda con una afición a los explosivos que resultaba inquietante, tres franceses que habían sobrevivido al ataque a su pelotón, y un par de ex soldados retirados de los marines estadounidenses a los que la dictadura había pillado de vacaciones en Londres, cuando se cerraron las fronteras.
Podía recordar como se habían armado esa mañana. Sabían que su grupo era el de las misiones especiales en las que había que provocar y salir perdiendo el culo, que podían morir cualquier día por una bala perdida o una explosión mal controlada. Que se la jugaban más que ningún otro grupo, pero eso no parecía importar. Silvia había sido la primera en adentrarse en el túnel del metro, con la bengala encendida para iluminar el camino.
— Vamos a darles para el pelo a esos cabrones.
Esa fue la última vez que John estuvo con el grupo al completo. Cuando se separó para darles cobertura mientras encendían la mecha, lo noquearon y se lo llevaron. Lo último que escuchó fue la retirada, y cómo su equipo se dispersaba, ocultándose en los escondites de las cloacas y los viejos pasillos de ventilación.
Habría deseado haberle hecho caso a Sally.
Tardaron menos de lo que había pensando en llegar hasta el coche negro de cristales tintados que les esperaba, aparcado en la acera frente al edificio. Holmes hizo subir a John al asiento del copiloto, atando sus manos a la puerta. Luego, pasó al asiento del conductor, y arrancó el motor.
— Sé por qué estás aquí, John. Sé quienes son tu hermana y tu madre, y sé donde están —dijo Mycroft, presionando un botón de la guantera. John le miró con horror, apretando las manos en puños —. No te preocupes, no diré nada. Jim no lo sabe, y si lo averigua, no será por mí. Dame un poco de crédito, capitán.
Esa mención a su rango hizo que un dedo helado le subiera por la espalda.
— ¿Cómo...?
— No te he estado espiando, si es lo que crees. Solo he observado. Andas como andaría alguien del ejército, pero eres demasiado joven como para haberte alistado antes de que esto empezara, así que seguramente perteneces a los rebeldes. Por la forma en la que te comportas, tienes disciplina y autoridad, así que eso sugiera un cierto rango. No tan bajo como para ser teniente, pero tampoco alto como para ser mayor, así que está claro que eres capitán. Del grupo de Northumberland, por lo que tengo entendido. En La Leonera se comentaba el otro día que les emboscaron en el metro y se llevaron a uno de ellos. También sé que eres médico por tus manos. Son firmes, seguras, y preparadas para trabajos duros. Además, creo haberte visto en los puestos móviles bajo el puente del milenio alguna vez.
John parpadeó, sorprendido. Ahora podía entender por qué Jim quería a Holmes a su lado. Saber todo de una persona con solo mirarla...
— ¿Por qué estás aquí? ¿A ti también te capturaron?
Holmes se rió. Fue una risa grave y sin humor. Sus manos se aferraron al volante mientras frenaba, detenido en el semáforo de Picadilly.
— Podría decirse. Las autoridades me encontraron y me condenaron a muerte, pero mis padres ocuparon mi lugar. Moriarty me ofreció un puesto a su lado a cambio de aceptar el intercambio y de poder llevarme a mi hermano pequeño conmigo. Él también... bueno. Murió.
Cuando lo dijo, miró a John, y algo en sus ojos le hizo pensar que eso último no era del todo verdad, pero que no se atrevía a decirlo en voz alta por miedo a que alguien o algo pudiera estar registrando sus palabras.
Asintió.
— Lo siento. ¿Puedo preguntar de qué?
— Sobredosis de cocaína.
John frunció el ceño.
— ¿Consumía... de manera regular?
Había visto adictos a las drogas en los fumaderos de La Leonera. Había muchos, así como prostíbulos y otros centros... recreativos. Al final, era una manera de ganar un poco de comida y básicos de supervivencia extras. John no juzgaba a quienes trabajaban allí, o a aquellos que, acosados por el hambre, buscaban refugios en los estupefacientes, casi regalados, pero no podía evitar pensar cómo alguien que no podía a penas pagarse una comida podía anteponer el placer a algo tan básico como comer para mantenerse con vida.
La mayor causa de mortalidad en La Leonera eran las sobredosis, después de la desnutrición.
— Sí. Intenté... que no lo hiciera. Varias veces, pero era inútil discutir con él. Tenía Asperger —añadió. El automóvil arrancó cuando el semáforo se puso en verde, y se dirigieron entre las calles, ahora despejadas, directos hacia Buckingham —. Se llamaba Sherlock.
Cuando llegaron a Buckingham, John fue subido a una de las plantas superiores, siguiendo las grandes y lujosas habitaciones. Los decorados dorados le hacían sentirse enfermo. La de comida que podría comprarse con eso... solo una de las columnas daría comida a cincuenta familias de La Leonera.
Mirar el paisaje por la ventanilla del coche había sido horrible. Después de años viviendo en La Leonera, donde el tiempo parecía haber retrocedido dos siglos y las calles eran oscuras, donde el asfalto estaba saltado, quebrado y abombado, y el suministro eléctrico solo estaba activo durante dos horas al día, y ninguna de ellas era durante la noche, y la gente lavaba la ropa en las sucias aguas del Támesis por no poder usar la lavadora, donde los niños de cinco años no sabían lo que era un coche porque en La Leonera de poco servía si el estado de las calles era mediocre y la gasolina y el mantenimiento del automóvil demasiado caros... Se le hacía extraño volver a ver las calles del Londres en el que se crió, en el Londres donde había parques verdes y cuidados, donde las calles rezumaban vida, y el tráfico era asfixiante pero constante, como si un inmenso e invisible corazón lo bombeara a través de las venas de la ciudad... una sangre de metal y gasolina... Una Londres donde los semáforos funcionaban, donde las luces se encendían puntualmente cuando la luz abandonaba el horizonte y no se apagaban hasta el alba... Donde los niños jugaban sin miedo a ser asaltados por las autoridades...
Un Londres donde nadie tenía un animal junto a él. Un Londres donde las personas estaban tan solas y perdidas como meteoritos, errantes en el frío y basto espacio.
Ahora, en la lujosa habitación, barroca hasta decir basta, Holmes había hecho que se bañara. El simple olor del jabón hizo que quisiera llorar. Era jabón de verdad, y no jabón hecho con grasa y sosa cáustica, rasposo y desagradable, y el agua estaba templada, sin estar hirviendo por ser calentada al fuego, o helada por ser del Támesis, cuando el gas se estropeaba. Y de pequeño no había querido bañarse nunca... Por Dios Santo, qué delicia... Hubiera deseado darse un largo baño, pero recordar por qué estaba allí y a quién estaba esperando hizo que las ganas que tenía de darse una bañera se le fueran.
Salió del agua rápidamente y, cuando volvió a por la ropa, ésta ya no estaba. Cuando le preguntó a Holmes por la ropa, dijo que era mejor así.
De nuevo, sintió ganas de vomitar.
La correa volvió a su cuello, atándolo al suelo, pero los grilletes electrónicos no lo hicieron. John alzó una ceja cuando Holmes cogió una pistola, parecidas a la de los tatuadores que van a poner un piercing, pero con una lapa negra y redonda, plana, en el disparador.
— Lo siento, pero si vuelve y no lo tienes puesto...
John se quedó quieto, sintiendo el frío en la piel desnuda. Las ventanas estaban cerradas, pero el simple aire que circulaba en la habitación era suficiente para hacerle estremecer.
O quizá solo era el estrés por lo que sabía que iba a pasar en cuanto Moriarty apareciera por aquella puerta.
Sintió el frío del algodón con alcohol médico limpiando la zona del pinchazo, y apretó los dientes antes de sentir la punzada aguda de la aguja del chip localizador en la oreja, y un destello de dolor que le recorrió la espina dorsal. Contuvo el impulso de patear a Holmes para quitárselo de encima.
— He visto a otros que han entrado aquí antes que tú. Y he visto salir a otros tantos. Si quieres un consejo, lo mejor es que no luches. Lo que vaya a pasar sucederá lo quieras o no. Y cuanto más te resistas, más lo alargará —señaló, dejando la pistola en un cajón. Giró la cara de John para limpiar la sangre de su oreja —. Ojalá nos hubiéramos conocido en otras circunstancias, John. Tengo la sensación de que habríamos sido buenos... colaboradores.
John sonrió.
— Tu animal...
Holmes sonrió.
— Un dragón chino azul. Se llama Tatsu.
— Pero eso es japonés.
La sonrisa del pelirrojo se hizo más amplia, y John habría jurado que esa vez, había alcanzado sus ojos.
— Gran observación, capitán. Espero, sinceramente, que no volvamos a vernos.
John se lo habría tomado como un insulto, pero después de pensarlo unos segundos, se preguntó si no sería algún tipo de despedida amistosa, como si le estuviera deseando suerte genuinamente. Holmes parecía el típico encargado de limpiarle la mierda a Moriarty. Si él era quién se responsabilizaba de las desapariciones de los distópicos que dejaban de ser útiles, tal y como John pensaba que era, la verdad es que como despedida, no era de las peores.
Extendió la mano.
— John Hamish Watson.
Él la miró un momento y se la estrechó con fuerza.
— Mycroft Holmes. Le deseo toda la suerte del mundo.
Dicho lo cual, abandonó la habitación, cerrando las puertas.
John acababa de volver de una misión de reconocimiento por el perímetro, cuando se encontró con Ethan, que le buscaba.
Y también acababa de cumplir los veintiocho.
John había crecido un poco durante esos siete años, pero había quedado más bajo que la mayoría de sus compañeros trabajando en el séquito de Jim. Era más fuerte y más ágil, y se mantenía en forma, entrenando en los pocos ratos libres que el Líder le permitía, como premio por su trabajo.
Un año después de haber entrado al servicio de Moriarty para proteger a su equipo, a los rebeldes y a su familia, John habría sentido repulsa por alguien en su situación, ya que ahora, después de tantos años de desgaste, había alcanzado un punto en el que lo que le pasara a su cuerpo había dejado de importarle demasiado. Esperaba sinceramente que esa situación cambiara algún día. Que fueran capaces de terminar con aquella locura y que todo volviera a ser como era antes de Jim, pero sabía que eso era un sueño. Y los sueños son para los niños.
Los siete años habían curtido su piel, su mente, su cuerpo y su corazón. Era más duro, más fuerte y más experimentado de lo que lo había sido cuando fue atrapado. Empezaba a rozar la treintena. Tenía restos de una barba en la cara, y sus ojos, aunque jóvenes, parecían los de un anciano, cansados y sabios, los ojos de alguien que ha visto demasiado. Que ha vivido demasiado.
John había descubierto que Jim tenía un don para desgastar a los que estaban a su alrededor. Era como si supiera cómo extraer la vitalidad de sus cuerpos, cómo consumía sus esperanzas, hasta que ya nada importaba salvo sobrevivir. Hasta que te convertías en un autómata de movimiento perpetuo con una lista de tareas que había que cumplir antes de colapsar en el duro colchón de una cama en un cuarto estrecho y húmedo.
Podía recordar con meridiana claridad el primer día que pisó Buckingham convertido en el juguete de Jim. El día que supo que todos y cada uno de los rumores que corrían por La Leonera no solo reflejaban con cruel detalle lo que ocurría al otro lado del río, sino que se quedaban cortos. Lo único que atesoraba con cierto cariño, era la conversación con Mycroft, al que no había vuelto a ver desde entonces, aunque sabía que estaba bien por fuentes secundarias, como Molly Hooper.
— Jim quiere verte, Watson —dijo Ethan, con cierta burla. Llevaba un fusil al hombro. Probablemente venía de una de las líneas que conectaban con La Leonera.
John se sacó los guantes del traje, flexionando los dedos. Suspiró, con el ceño fruncido. Sabía que esto llegaría.
La primera vez que Jim quiso verle, fue el día que fue capturado.
Después de esperar casi cinco minutos, completamente desnudo y atado con la correa al suelo, él llegó. Se estaba desabrochando la corbata y, cuando le vio allí parado se detuvo, observándole. John se cuadró, manteniéndose quieto, tanto como le permitían los nervios y su propio cuerpo, aunque podía notar los acelerados latidos de su corazón, bombeando adrenalina por su sistema, y su acelerada respiración. Los ojos fijos en el rostro de Moriarty, mientras le miraba.
— Vaya. Parece que Holmes ha hecho un buen trabajo contigo, Johnny. Quitas el hipo.
John apretó los dientes, sin perder de vista a Moriarty. No forcejeó, no se movió. Ni siquiera intentó escapar cuando Jim se agachó para deshacer el nudo que ataba la correa al suelo, y tomó la cuerda para tirar de él hacia unas dobles puertas blancas, al otro lado de la sala.
— Voy a enseñarte, Johnny. Voy a domarte.
Jim le condujo hasta una habitación, donde una cama de matrimonio descansaba. El tigre de Moran estaba tumbado en una esquina, y John le buscó por la habitación, sin éxito. No debía andar muy lejos. Tal vez estuviera haciendo guardia en una de las puertas, por si intentaba algo. Cuando Jim ató la correa a la cama y luego le sujetó, atándole las manos a cada lado del cabecero, y los pies a las patas, empezó a sentir algo parecido al pánico. Buscó frenéticamente una salida, una forma de escapar, pero todas pasaban por agredir a Jim si conseguía liberarse, y todas se topaban con su seguridad al salir. Intentó regular sus respiraciones, recordando las palabras de Mycroft. "Si quieres un consejo, lo mejor es que no luches... Cuanto más te resistas, más lo alargará". Se preguntó si él lo habría experimentado también.
Lo único que pudo pensar cuando sintió las manos de Jim sobre su cuerpo, fue que los rumores eran ciertos. Eran jodidamente ciertos.
Los distópicos no eran solo objetivos a los que matar o torturar para el Líder y su séquito.
Los distópcos eran alguien que les calentara la cama. Los distópicos eran sus juguetes.
John giró la cabeza apara clavar los ojos en los del tigre, que lo miraba como si estuviera aburrido, como si hubiera visto eso tantas veces que ya todo le resultara igual. Movía la cola pausadamente de vez en cuando, y amasaba la alfombra con las garras. John clavó los ojos en los suyos cuando sintió el movimiento del colchón cuando Moriarty subió a la cama, tras él, y se dispuso a desconectar su instinto de supervivencia, que sonaba como una bocina de alarma en su cabeza, gritándole que se girara y le partiera la cara.
Recuerda por qué lo haces. Recuerda por qué lo haces...
Harriet y su madre eran puras. No habían presentado nunca síntomas de distopía y por eso, cuando su padre murió y el régimen comenzó, John sabía que tenía que irse de casa para mantenerlas a salvo. Si el gobierno le descubría allí, no quería ni pensar en qué les haría. Así que desapareció, dejando una nota. Se mudó por su propio pie a La Leonera, saltándose los controles de chip. Cuando, en una de sus visitas y deambulares por los túneles del metro, encontró la base de los rebeldes en la vieja estación de Mordan, prácticamente fuera de la ciudad, en la línea de Northem, decidió que aquel era el lugar donde debía estar. Los respiraderos se habían convertido en chimeneas, y la comida les llegaba periódicamente por donaciones de anónimos. Algunos incluso escapaban de la vista de la frontera y salían de caza durante un par de meses hasta que volvían, con piezas suficientes como para meter en sal y aguantar un par más de meses, generalmente se guardaban para el invierno, cuando el alimento escaseaba incluso en La Leonera.
Fue allí donde le dieron una nueva familia, donde se alistó a la resistencia y aprendió el oficio de médico de uno de los cirujanos del ejército que se había retirado cuando los superiores se vieron comprados por el Líder. Fue allí, durmiendo en los vagones de metro que se habían adaptado para hacer barracones habitables, donde conoció a Sally y al resto de su equipo.
Fue allí donde le dieron esperanza, cuando creía que ya no quedaba nada bueno en el mundo.
Si se mantenía preso de Jim, podía pasar información privilegiada a su equipo por medio de cartas clandestinas, mensajes cifrados, utilizando las viejas máquinas alemanas ENIGMA de la segunda guerra mundial que robaron del museo británico, en frecuencias de radio que ya nadie vigilaba, y códigos cifrados del antiguo Egipto. Si se mantenía preso de Jim, podría mantener a su familia a salvo, lejos de sus garras.
Ten a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más.
Pues bien, John ya no podía estar más cerca de su enemigo. Desgraciadamente.
Decir que no gritó en algún punto de la noche sería darle demasiado crédito. Jim se había asegurado de que cada momento del proceso resultara un puto infierno. ¿Preparación? ¿Para qué? Lo que pretendía era marcarle, no que le disfrutara. La frase que más se repitió durante las interminables horas, fue una que perseguiría a John en sus más profundas pesadillas.
— Eres una mascota, Johnny. Eres mi mascota. Y te voy a domar. Te voy a hacer sangrar. Te voy a ver arder.
Perdió la cuenta de las veces en las que le golpeó con el cinturón, o las veces que le mordió hasta hacerle sangre. O cuando cogió una navaja y empezó a cortarle solo por ver la sangre salir para después lamerla. O cuando rodeó el cuello con sus manos, con una fuerza inesperada para su constitución, hasta que estuvo al borde de la inconsciencia. John se deslizó hasta una bruma en la que era consciente de lo que le sucedía, pero se sentía todo como si fuera un sueño.
Cuando, acabado todo, Moran entró, hizo a un John tambaleante vestirse con las ropas blancas con las que había llegado, y se lo llevó a la enfermería, John entendió por qué usaban ropa tan blanca.
La sangre de sus heridas y del desgarro que seguramente tenía, manchaba el algodón sin teñir de las prendas, y era como ir desnudo.
John se sintió desnudo cuando la gente a través de la que pasaban, siendo aún tirado por la correa, le miraba. Algunos con compasión y comprensión. Otros con guasa. Había muchos que eran de burla. Ethan estaba entre ellos. Cuando llegó a la enfermería, Molly Hooper le atendió, con cuidado y delicadeza. La habían hecho venir desde el San Bart's para atenderle, y por su cara, ya no era la primera vez que atendía a alguien en su estado.
John aguantó, estoico, hasta que llegó la siguiente noche. Le dejaron dormir atado a una de las camillas de la enfermería. Aún llevaba la correa al cuello, pero ahora había una gruesa capa de vendas alrededor, separando la piel del cuero. Todo él parecía una momia lleno de vendas, parches y cosidos, allá donde los golpes y los cortes habían sido demasiado profundos. También tenía marcas azuladas por el cuerpo que prefería no mirarse. Cuando se tumbó, notando los pinchazos de su cuerpo, dolorido, se dejó llorar, en la intimidad de la enfermería cerrada y solitaria. Se sentía sucio, roto y abandonado. Siempre había pensado que podría ser feliz. Que encontraría una manera de sortear los peligros del mundo hasta poder encontrar a su otra mitad, pero ahora que la oscuridad lo había mordido, desgarrándolo y arrastrándolo a la sombra, se sentía una más ¿Cómo iba nadie a quererle después de aquello, aunque fuera su otra mitad? ¿Cómo iba nadie a perder su tiempo recomponiendo algo que estaba tan roto que ni él mismo se podía reconocer? Podía oír a su lobo aullando en la distancia, manifestando su dolor.
Esa noche, soñó con el cuervo de nuevo. Y esta vez, se vio a sí mismo atado a un trono de piedra, negro y cubierto de musgo, con gruesas cadenas. Por muchos intentos que hizo por liberarse, no lo consiguió, y el cuervo tampoco. El simple hecho de que se quedara con él el resto de la noche, fue suficiente para renovar un poco su ánimo.
Tal vez ya estuviera roto, y eso no tuviera remedio. Pero al menos, iba a ser el grano en el culo más grande que James Moriarty hubiera tenido jamás. Por tanto tiempo como pudiera soportar serlo.
A la mierda con los consejos de Mycroft.
Así que la siguiente vez que Jim requirió su presencia, se resistió. Y la siguiente vez a esa. Y otra y otra más, hasta que habían pasado seis meses en los que había entrado y salido de la enfermería. Cuando Molly se quejó por su estado, enfrente de su cara, decidió que era el momento de parar. Así al mes siguiente, cuando fue llevado al salón de Moriarty, fue obediente. Hizo todo lo que él quiso y ni siquiera protestó. Cuando todo terminó, más rápido de lo acostumbrado, Jim soltó su correa.
— Muy bien, Johnny. Así me gusta. Buen chico.
Bienvenido, mascota.
— Bien —respondió a Ethan, sin mirarle. Descolgó su fusil y lo descargó, desarmándolo antes de guardarlo en su casillero asignado.
Se sacó la parte prescindible del uniforme, y luego cerró su taquilla, rumbo a su maldito destino.
— Eso. Corre con tu amo, putita.
John ni siquiera lo pensó. De haberlo hecho, probablemente no lo habría hecho, pero es que Ethan Scott le tenía tan harto ya...
Cogió su Sig Sauer y le disparó en la pierna, fuera de la zona ocupada por el hueso. La bala entró y salió limpiamente, atravesando su carne. Guardó de nuevo la pistola en su cinturón, y cuando subió al salón, se lo encontró en un escritorio, rodeado de papeles.
En lo que llevaba de servicio, John había conseguido pasar toneladas de información al otro lado, aunque su esfuerzo le había costado. Y, al parecer, su sacrificio estaba dando frutos. Habían contactado con un joven químico que había conseguido trasladarse al lado limpio de la ciudad, aunque aún no les había proporcionado la dirección o el nombre. Firmaba todos sus avisos con una S, y tenía un plan brillante para derrocar el gobierno de Jim. El único problema era que solo disponían de una oportunidad, y tenían que hacerlo bien a la primera, por lo que el proceso estaba siendo lento de cojones. John ya no podía esperar a salir de aquel infierno.
— ¡Qué rápido, Johnny! ¿Me has hechando de menos? —John gruñó y se acercó al escritorio, evitando contestar. Jim se recostó en la silla, posando los pies sobre la madera de la mesa. Resopló —. Bah. Tú y Seb siempre igual de comunicativos. ¡Trogloditas! Hay más palabras en el diccionario que los monosílabos.
— Acabo de llegar del Túnel de Rotherhithe, ¿qué demonios ha pasado ahora?
Jim suspiró dramáticamente.
— Esos asquerosos monstruos han estado asaltando camiones de comida otra vez. Ninguno de mis agentes ha sido capaz de pararles los pies. Quiero que vayas y los neutralices. Llévate al equipo que quieras, pero que te acompañe Ethan.
John sonrió un momento antes de contenerse.
— Ethan está indispuesto. Acaba de irse a la enfermería.
— ¿Y eso?
John leyó el informe de la misión y luego lo dejó de nuevo sobre la mesa.
— Le han disparado en una pierna. Me llevaré a Dimmock.
El tono en el que lo dijo debió de hacer sospechar a Jim, pero no dijo nada. Cogió una manzana de encima de su escritorio, y comenzó a jugar con ella cuando John saludó y se fue, directo a la puerta.
— Estoy aburrido, mascota.
John se tensó un momento. Cerró los ojos con fuerza, con las manos tensas a ambos lados del cuerpo. Tomó una larga inspiración.
Recuerda por qué lo haces...
— Claro, Jim.
Las puertas dobles de la habitación se cerraron con el chasquido de un pestillo al ser corrido.
Espero que no queráis matarme por esto. A partir de aquí todo va a mejor, lo prometo.
Gracias por leer!
MH
