Perfilando el contorno
Las canalizaciones del Fleet olían a humedad, a barro y a agua sucia. Las algas y la tierra se acumulaban a los lados, creando pasos prácticamente seguros para aquellos que quisieran aventurarse a través de ellos.
O, en su defecto, para aquellos que realmente necesitaban transitar por allí.
— Recuérdame una vez más qué hacemos aquí, además de llenarnos de barro y de mierda.
John apuntó con la linterna de su fusil a una de las esquinas de los amplios pasillos suburbanos de Londres, asustando a una rata y haciéndola chillar mientras corría por el camino hasta llegar a la sombra de nuevo. El olor de la zona era sencillamente nauseabundo, pero John empezaba a estar acostumbrado. Ya no era la primera vez que le destinaban a un lugar como ese, así que a duras penas era consciente del pestilente hedor de las aguas estancadas y las algas.
— Jim ha tenido otro de sus presentimientos.
John pateó una piedra y esperó que eso pasara por un momento de frustración. Estaba haciendo todo lo posible por hacer ruido, disuadiendo a cualquiera de acercarse, y advirtiendo a los distópicos que pudieras ocultarse allí de que se hicieran a un lado. Dimmok era, junto a Ethan y Moran, uno de los más fieles seguidores de Moriarty. Antaño, John lo había conocido como un importante miembro de la resistencia, pero tras ser capturado, las cosas empezaron a cambiar. Se le empezó a ver con los equipos de los puros, protegiendo las fronteras y montando guardia en los puentes y en las canalizaciones del Fleet. Eso, ciertamente, no era nada nuevo.
Sebastian Wilkes les iba pisando los talones, con la ametralladora al hombro y un cigarrillo encendido entre los labios, iluminando con un punto rojo la oscuridad.
— Pues la próxima vez que tenga uno de esos ramalazos, ya puede ir buscándose a otro. Yo soy un oficinista, no un soldadito de plomo —se quejó, tirando la colilla al fango.
John continuó mirando, acelerando un poco sus pasos para adelantarse. Se coló por uno de los pasillos que, sabía, no tenía final. Caminó despacio por el agua, intentando no moverla mucho, manteniendo cada respiración al mínimo, esperando hacer el menor ruido posible. Había un olor extraño en aquel pasillo, algo que no tenía nada que ver con el hedor natural de la zona. Algo que hacía tiempo que no olía.
Se agachó cuando vio unas manchas oscuras en el fango. Había polvillo negro que destellaba de forma tenue cuando le apuntaba con el foco de la linterna. Recogió un poco con los dedos y lo restregó entre las yemas antes de llevarse un poco a la lengua. Lo escupió nada más probarlo, con una fuerte mueca de asco. Era pólvora, sin duda. Parpadeó, con el ceño fruncido. ¿Por qué habría pólvora allí? Levantó la linterna del fusil, apuntando a la esquina oscura del otro lado.
— ¿Va todo bien por ahí, Johnny? —preguntó Wilkes. John pudo escuchar su risa desde allí, rebotando en las paredes de ladrillo húmedo y cubierto de moho, como si estuvieran en una película de terror.
Los ojos de John, que empezaban a picarle por estar allá abajo, y por las horas sin dormir, se toparon con varias cajas abiertas donde, probablemente, habrían habido grandes toneladas de pólvora. Todas tenían el símbolo de peligro biológico que solían emplear los distópicos rebeldes para marcar sus cargamentos. Una pequeña broma privada. El zapato de John removió la pólvora del suelo y la mezcló con el agua y el barro, antes de volver, intentando mantener su cara de póker en sus sitio a medida que se acercaba a la red principal. Eso solo podía ser obra de la resistencia, del loco químico, de S. Se preguntó qué estarían planeando, y si, fuera lo que fuera, sucedería pronto. Cada mañana se levantaba preguntándose si ese sería el día. Si por fin algo estallaría y se llevaría todo por delante. Si alguien entraría gritando en su habitación que el Líder había muerto. Si su lobo aparecería por allí buscándole, fuera de su jaula eléctrica en las viejas caballerizas.
Y, en sus despertares más optimistas, si abriría los ojos y se encontraría con un cuervo negro y su distópico.
Después de esos despertares, la realidad sabía más a un trago de tierra seca que cualquier otro día. Pero tomaba un sorbo de agua y parecía que la bola de su garganta bajaba lentamente, liberándole al menos un poco.
Podía ver ya las luces de las otras dos linternas, y escuchar la conversación entre ambos milicianos, cuando saltó, sorprendido, por el chillido de una rata a la que había pisado la cola. La apuntó con el fusil y estuvo a punto de disparar
— ... y te juro que me la follaba.
— ¿Quién, tú? No me hagas reír, Wilkes —se mofó Dimmok. Luego miró a John y alzó una ceja — ¿Todo bien?
John tragó y asintió.
— Sí, todo en orden. He pisado una jodida rata —admitió, arrugando la nariz.
Dimmok se rió entre dientes.
— Ya. Como todos. Vamos a ver si terminamos la ronda y podemos...
Una fuerte explosión interrumpió la frase, produciendo un gran estruendo y haciendo temblar la tierra. se agacharon, poniéndose en guardia, cuando a la primera explosión la siguió otra. El corazón de John se aceleró, y mientras que una parte de él deseaba fervientemente que fuera Buckingham lo que hubiera saltado por los aires, algo le decía que estaba pasando algo espantosamente malo.
Los disparos fue lo siguiente que escucharon. Eso, y las sirenas de las ambulancias y la policía. La mente de John voló hacia otros derroteros, hacia otros lugares, otras posibilidades. Quizá, en su desesperación, había imaginado que todo aquello era parte del plan de los suyos, y aquello no era más que un incidente aislado. Un escape de gas... cualquier cosa. No obstante, los disparos eran ciertamente reveladores. Cuando hubo una tercera explosión, John empezó a temer por otras cosas.
Los civiles.
Tal vez no estuviera en el "ejercito nacional" de manera totalmente voluntaria, pero eso no eximía de que tenía la responsabilidad de velar por el bien de la comunidad. Y no todos los puros eran culpables, al igual que no todos los distópicos eran buena gente. No podía meter a todos en un saco y simplemente esperar a no equivocarse cuando le prendiera fuego. Si bien podía llegar a encontrar una cierta justificación para un determinado y pequeño número de bajas como daños colaterales, eso era algo a lo que no estaba dispuesto a jugar.
Los tres corrieron hacia la salida de los túneles, de vuelta por donde habían venido, y subieron las escaleras de emergencia hasta emerger por el paseo que bordeaba el Támesis, por el lado limpio de la ciudad. Cuando John sacó la cabeza del agujero, y pudo mirar al horizonte, Londres estaba en llamas.
No toda la ciudad ardía. Simplemente habían estallidos periódicos aquí o allí, grandes humaredas en la noche, y fuego, lumbres encendidas que podían verse desde allí como muy cercanas, a pesar de la evidente distancia que los separaba de ellas. Bastó una nueva detonación para que comprendiera qué estaba pasando.
La muralla, el gran bloque de hormigón que rodeaba la ciudad como medida de contención, estaba siendo demolida. Y, a juzgar por la reacción de las fuerzas de seguridad a las órdenes de Jim, no había sido idea suya.
John corrió, sujetando el comunicador que llevaba prendido al hombro, dando órdenes y recibiendo nuevos datos por el auricular de su oreja. Sostuvo su arma con fuerza mientras se subían a un furgón de la policía que estaba pasando por allí y que los estaba llevando a la zona afectada, la de la primera explosión. El informe preliminar sugería que la detonación había sido a causa de una gran cantidad de Semtex y pólvora, cerca de la canalización del Támesis en la muralla principal. La muralla se construyó para proteger Londres durante los primeros años de gobierno. En un principio se justificó su existencia con la idea de que era mejor para todos porque servía de protección contra los distópicos exteriores y contra los ejércitos de otros gobiernos que querían acabar con su modo de vida. En opinión de John, aquella muralla era una cerca para evitar que saliesen de allí, además del sueño caprichoso de un niño enloquecido. ¿Quién construía murallas como aquellas en esos tiempos?
Después de que les dieran el informe completo, la furgoneta se detuvo, y John salió el primero. No quería hacer daño a los distópicos de la resistencia si podía evitarlo, pero su tapadera tenía prioridad, y no todos podían tener buenas intenciones. Nada les aseguraba que fuera un ataque de los rebeldes.
Después de correr entre los escombros de lo que una vez fue la muralla de Londres, escuchando a la gente gritar, y las sirenas de las ambulancias y la policía intentando detener el desastre, John se detuvo tras un fragmento considerablemente grande de hormigón. Revisó la munición de su fusil, ajustándose el uniforme, y esperó hasta que Dimmok y Wilkes llegaron a su lado.
— ¿El plan es...?
John asomó la cabeza para observar por encima de la cobertura, cuando vio que alguien les estaba apuntando y se ocultó a tiempo de evitar que una bala le acertara en la cabeza.
— No morir y parar esto, si te parece bien. Dimmok, derecha. Wilkes, izquierda. Yo cargo de frente —dijo, sirviéndose de su cargo superior para las órdenes. Al final, ser cercano a Jim le había ayudado a escalar rápidamente varios puestos en el ejército. Su formación médica había sido tenida en consideración, aunque tras los entrenamientos y su evidente disciplina, Jim había movido los hilos suficientes como para que su querida mascota ascendiera a capitán. No tenía el rango de Moran, que era Coronel, pero por lo menos estaba por encima de muchos de los individuos con los que trabajaba. Y eso le facilitaba mucho la vida.
Mientras iba de cobertura en cobertura, intentando llegar hasta el otro lado sin disparar o ser disparado, John pensaba en lo extraño del comportamiento de Moriarty con él. Sus visitas se habían mantenido prácticamente regulares. Si no se veían una vez al mes, era por lo menos, porque Moran estaba alrededor. Todos en Buckingham sabían de la estrecha relación de su jefe con Moran, y esa era una de las razones de que muchos de los soldados y trabajadores, que eran tratados con más dureza, se quejaran por el trato especial que Sebastian recibía y del que, aparentemente, él mismo disfrutaba. Parecía que en aquel lugar de locos, todos eran perros desesperados por obtener un hueso o una caricia de su dueño. Y que a John no le importara en absoluto ser reconocido como alguien a quién había que evitar tocar si no querías meterte en problemas, hacía que parte del equipo le tuviera tirria. Molly era una de las pocas personas en las que podía confiar. En sus días libres, los pocos que coincidían con los que Moran no estaba de servicio, John pedía permisos para abandonar Buckingham y pasar tiempo con Molly en su apartamento en el lado limpio. Allí hablaban de casi todo lo que podían hablar sin temer poner en peligro la integridad de todo lo que habían construido a lo largo de los años. Molly le había besado una vez, en su apartamento. Fue poco tiempo después de que John dejara de acudir a la enfermería para que ella atendiera sus heridas causadas por Moriarty, la primera vez que se quedó a pasar la noche en el cuarto de invitados de ella. Habían estado gran parte de la noche hablando, y Molly le preguntó cómo era eso de tener un alma gemela. Hablando con ella, John descubrió por primera vez la soledad tan profunda que asolaba los corazones de los puros, la forma en la que se sentían a sí mismos perdidos, como barcos flotando a la deriva en el basto océano, sin un puerto donde anclar, viajando a ciegas.
Después de hablar, Molly lo abrazó y lo besó. Él no la detuvo. El poco contacto humano que había tenido había sido con Jim, y aunque una parte de él quiso apartarla con brusquedad, separarla de sí, horrorizado, la otra supo que no había nada de malo en un beso. Molly no iba a pedirle más que eso, lo sabía. Por eso se permitió disfrutar de ese beso que, aunque sabía a poco, y algo amargo, no tenía nada que ver con los besos de Moriarty. Era algo destinado plenamente a reconfortar, en lugar de causar dolor. Era algo pensado para demostrar cariño, no para la dominación. John respondió al beso con torpeza, sin saber bien cómo debía hacerlo.
— Si no fueras distópico —dijo ella, después de eso, mientras lo abrazaba —, tal vez podría barajar la idea de que estuviéramos juntos.
John sonrió y le mesó el pelo, estrechando a la patóloga entre sus brazos.
— Si no fuera distópico — respondió él —, habría sido todo un honor, Molly Hooper.
John no estaba del todo seguro de si Moriarty conocía sus visitas a la patóloga (estaba seguro de que sí), o de si sabía que John no era un adepto del todo fiel a su régimen. A menudo le daba la sensación de que Jim podía destriparle el alma y leerle como si fuera un simple recorte de periódico. Se preguntaba si, aún a pesar de todo, Jim seguía sospechando de él. Y que siempre que salía de misión, fuera él quién escogiera al menos a uno de sus miembros de equipo, le hacía tener la mosca detrás de la oreja de manera semi permanente.
¿Sabría Jim de su doble juego? ¿De que no era tan fiel al régimen como él deseaba hacerle creer a todos?
Tal vez esa era la razón por la que el collar de cuero permanecía aún en su lugar, alrededor del cuello de John.
La piel de la zona se había curtido, y Jim había mandado coser el cuero del collar para evitar que se lo sacara. En verano era un auténtico suplicio. El sudor hacía que la piel curtida le cortara y le hiciera llagas. Finalmente, después de varias visitas a la enfermería para curar sus heridas de la yugular, Jim le consiguió uno nuevo. Se metía por la cabeza, y tenía varios niveles de presión. Al menos así, John podía aflojarlo para dormir, en la intimidad de su habitación. Aunque Jim solía apretarlo hasta la asfixia muchas de las veces que lo hacía llamar. En ese momento entendió que no solo lo había hecho por él, sino por su propia diversión. A partir de ahí, todos los presentes que Jim le daba, todos los favores, todas las recompensas, tenían una doble cara que Watson podía prever con cierta anterioridad. Si bien no acertaba en la concreción de lo que podía acontecer, sí estaba preparado para lo que pudiera llegar.
Moran se había vuelto, por otro lado, un enemigo silencioso, como lo habría sido un caballero medieval: intentando desbancarle, alejarle del trofeo, pero manteniendo una actitud galante en todo momento y, sobre todo, en público. Sebastian era un ser elegante, feroz, astuto y por encima de todo lo demás, letal. John había pensado que, para estar de buen grado al servicio de Jim, Moran tenía que estar como mínimo igual de loco que él, pero nada más lejos de la realidad. Moran era un superviviente en la totalidad más absoluta de la palabra. Había visto lo que se avecinaba, y se las había ingeniado para terminar en el bando que más beneficios iba a reportarle a largo plazo. Y, por supuesto, estaba más que dispuesto a pagar el precio que suponía su supuesta libertad. Una parte de él disfrutaba con la situación, y cualquiera que estuviera en un radio de metro y medio del mercenario podía saberlo.
John sospechaba que Moran era incluso más inteligente que Jim. Lo suficientemente astuto para mantenerse bajo la sombra del villano para no ser tenido en cuenta. El operador en la sombra número uno.
Si algo había más peligroso que un tirano que ha perdido la cabeza, es un genio del mal perfectamente cuerdo.
Una parte de él, sospechaba que en los últimos tiempos, Moran había dejado de verle como una amenaza potencial, y los celos lo habían sustituido. John pondría la mano en el fuego por que Sebastian sabía que John tenía planes alternativos en lo más profundo de su ser, donde la mano negra de Moriarty no alcanzaba, y temía hasta cierto punto, que John pudiera hacerlos realidad.
Sintió el frío de una pistola tocarle la nuca.
— Suelta el arma y puede que hoy no te vuele la cabeza.
John se tensó e hizo lo que le habían ordenado, sin ganas de morir. La voz le sonaba terriblemente familiar, pero no iba a girarse por miedo a que pudieran malinterpretado como un gesto agresivo.
— Soy amigo. No voy a disparar. Me rindo.
Oyó una maldición tras de sí, y una mano se cerró sobre su cuello, haciéndolo encorvarse y correr agachado, hasta que lo lanzaron de culo al suelo. Parpadeó, repentinamente ciego, hasta que pudo girarse. El hombre que lo apuntaba, cerniéndose sobre él tras la cobertura, era una figura oscura envuelta en sombras estando a contraluz. John entrecerró los ojos, alzando una mano para cubrirse del sol y poder contemplar el rostro de su captor con cierta comodidad. Podía sentir el pulso a cien, la adrenalina corriendo por su sistema como un chute de cocaína, ralentizando el tiempo y reforzando sus músculos. Afinando su cabeza hasta que los pensamientos se convertían en rápidos destellos, los movimientos, los actos, en puros reflejos de acción. El olor desagradable de la sangre y la pólvora pasó a un olvidado segundo plano en favor del toque salado de su propio sudor. gruñó cuando sintió las bombas de humo clavársele en las costillas, y el mango del karambit apretar contra su columna.
— ¿John? ¿John Watson?
— Se nos está acabando el tiempo, Einstein. ¿Cómo lo llevas?
Sherlock se volvió, con Hugin sobre el hombro. Irene le cubría las espaldas, disparando cuando alguno de los agentes de Jim se acercaba lo suficiente como para ver lo que estaban haciendo.
Estaban en un hueco, en la escalera que entraba en los túneles del metro de la línea Metropolitan. la estación de Amersham había sido clave para el ataque, pues llegaba justo a uno de los puntos más críticos del muro de Londres.
— Lo llevo, Irene. Dame cinco minutos. No puedo controlar la red —replicó Sherlock, con los dedos volando sobre las teclas del ordenador, intentando infiltrarse en el sistema de seguridad de la comunicación de la policía. Eliminar las cámaras de seguridad del perímetro había sido un juego de niños, pero las comunicaciones de las fuerzas enemigas eran harina de otro costal...
Tras convencer a los altos cargos de la Resistencia de que tenía un plan para acabar con el gobierno, Greg Lestrade, un tal Bradstreet, la misma Irene Adler y Mary Morstan, una exigente de Jim que desertó dos años después de que terminara el régimen, se interesaron terriblemente por su trabajo, y colaboraron con casi todo lo que hacía. Sherlock, que había adquirido un apartamento en la zona limpia de la ciudad poco después de enterarse de que su alma gemela estaba en Buckingham, enviaba cartas anónimas por medio de Hugin a las bases secretas de la resistencia en La Leonera con la esperanza de que alguna de ellas calara fondo en las fuerzas aliadas, y le dieran el material y el apoyo que necesitaba para llevar a cabo su plan. Mientras él se refugiaba en la relativa seguridad del 221 B de Baker Street, bajo la vigilancia y cuidado de la Señora Hudson (una vieja distópica que fue condenada a trabajos forzados por el hombre que la forzó a casarse con ella tras matar a su marido, y a quien Sherlock salvó en una de sus escapadas en busca de alimentos y otros enseres al lado limpio), trazando sus planes de venganza y alta traición, la Tétrada que controlaba los movimientos de los rebeldes en el subsuelo Londinense recibía carta tras carta con sus avances y progresos, prometiendo que, en cuanto le dieran el visto bueno, se presentaría allí con el proyecto entre manos.
Cuando se presentó ante ellos, tras veintitrés cartas sin respuesta, los cuatro comandantes quedaron completamente asombrados por su juventud.
— No podemos acceder al plan de un crío desquiciado —señaló Bradstreet, un hombre mayor, de anchos hombros y cara adusta—. No estoy dispuesto a echar a perder años de trabajo por un iluminado que dice ser…
— Perdiste a tu familia en los dos primeros años. Nunca habías empuñado un arma hasta poco después de terminar la pubertad —empezó Sherlock, sabiendo que la única manera de que le tomaran en serio era asustarles un poco. Los cuatro se detuvieron a escuchar, y la cara de Bradstreet se puso blanca —. Calculo que por tu edad estuviste casado. Por eso y por la marca reveladora en tus dedos. Además de que todavía conservas el anillo, colgando de una cadena junto a tus chapas de identificación por dentro de la camisa. Ella murió junto con tu hijo. Llevas su foto en el bolsillo. Está manoseada, por lo que deduzco que la sacas a menudo para mirarla. Por la decoloración de los pigmentos diría que hace años. Serviste en Yard, por tu formación. Caminas erguido, y tienes cayos en las manos propios de alguien acostumbrado a sostener un arma, si bien no el arma correcta. Todavía sujetas el fusil como si fuera un revolver reglamentario, así que fueron años de servicio a las fuerzas del orden. Desertaste de ellos tan pronto como comprendiste por donde iban los tiros, aunque no lo suficientemente rápido como para que Jim no se diera cuenta de tus planes y mandara matar a tu familia en represalia. Y, al igual que todos aquí, desearías mandarle personalmente al infierno. Aunque no hace falta ser un genio para poder ver eso —terminó. Los miró a todos de nuevo. Lestrade parecía impresionado, Bradstreet estaba lívido, y las dos mujeres lo observaban con una mirada evaluativa que le resultó curiosa. En Mary encontró a alguien brillante y agresivo, preparada para cualquier cosa. En Adler, una mente brillante y calculadora, fría y hermosa como un carámbano —. Podría seguir con cualquiera de vosotros, y ni siquiera sé vuestros nombres. Si soy capaz de hacer todo esto, creedme cuando os digo que conozco la manera de acabar con el imperio de Moriarty. Lo único que necesito es colaboración y material.
Después de eso, la colaboración entre ambas partes se volvió mucho más estrecha. Las cartas eran respondidas, y la información fluía rápida y segura de manos de Hugin, que se dedicaba a recorrer las rutas que conectaban ambos puntos, preferiblemente durante la noche, portando consigo los mensajes.
Por cuestiones de seguridad, ninguno de ellos dejaba el territorio en el que operaban. Aunque solo fuera para evitar las miradas y las lenguas indiscretas que podían mandar a la mierda todo el esfuerzo, la sangre y el trabajo duro que los había llevado hasta allí. Sherlock se pasaba las noches en vela, intentando descifrar la fórmula que permitiría volar en pedazos ls murallas, y trataba de sintetizar un veneno, un virus, algo sencillo de transportar y de colocar en el objetivo, y que fuera menos destructivo que una bomba.
Llevaba algunos días intentando sintetizar un veneno a partir de mercurio y tetrodotoxina obtenida del pez fugu. Lo más fácil sería simplemente recolectar un poco de droga e ingeniárselas para colocarle una sobredosis, pero eso requeriría de un acercamiento demasiado cercano y por lo tanto, peligroso. De modo que el veneno parecía una salida mucho más práctica. Simplemente habría que verterlo en su bebida, meterlo en su comida, o espolvorearlo en la ventilación de su cuarto, y fin del problema.
El asunto estaba en la complicación de sintetizar algo tan complejo, aunque ya estaba muy cerca. Las pruebas que había empezado a hacer con las ratas estaban dando resultados satisfactorios, aunque saber cómo iba a reaccionar en humanos era algo más peliagudo. Sherlock estaba dispuesto a probar con cualquier rehén que consiguieran. A estas alturas del partido, había perdido todo vestigio de compasión que alguna vez le quedara.
Hugin chilló, clavándole las garras en el hombro, haciéndose más tangible de lo que lo había sido nunca. Sherlock siseó, y finalmente consiguió acceder al sistema de control. Las comunicaciones de la policía y el ejército fueron interceptadas por el sistema, y el programa empezó a funcionar, fluido y sin interrupciones. Sherlock cerró el portátil y lo metió en su mochila.
— Listo. Sácame de aquí. Esto va a reventar en cualquier momento.
Las explosiones continuaban sonando, cada vez más lejanas. Aquel pedazo de muralla se había programado para que fuera el último en estallar, el último en ser derribado, aunque solo fuera por darles un margen de actuación. Con las comunicaciones interceptadas, ahora podrían saber exactamente dónde y cuando se encontraba su enemigo, con solo acceder a la base de datos del programa. El Troyano había sido desarrollado con unos informáticos que habían trabajado para el MI6, especializados en todo tipo de cortafuegos y barreras del mundo virtual. Podían no ser los mejores, per ya era más de lo que habían tenido en un buen principio. Y que Mycroft robara los códigos de acceso había hecho el proyecto mucho más accesible.
Irene le hizo agacharse y lo escoltó rápidamente hasta el punto donde Lestrade se encontraba. A medio camino, recibió un aviso a su comunicador, y se detuvieron a escasos metros del punto de encuentro. Irene se asomó para observar el panorama. Podía oír a Lestrade hablando con alguien bajo el fuego cruzado, y el cuervo de Sherlock parecía más nervioso de lo habitual, agitando las alas como si deseara echar a volar pero algo se lo impidiera.
— ¿Qué demonios pasa? —preguntó, cuando vio la punta negra del fusil asomar tras la cobertura donde Lestrade se encontraba.
— Una de las cargas se ha desajustado. Tengo que ir a repararla.
Sherlock maldijo. Siempre había algún problema. Siempre.
Suspiró. Sabía que no saldría de aquella con vida. Casi se lo había esperado. Tomó aire. Irene lo cogió del brazo con fuerza. Su rostro, pálido igual que el mármol, estaba cubierto de polvo y tierra. Su pelo recogido tornando sus facciones mucho más angulosas que de costumbre. Sus ojos verdes lo atravesaban con furia, y la leona que la acompañaba meneaba la cola con parsimonia, rugiendo por lo bajo. Sherlock podía ver la cola del tejón de Lestrade asomando tras la cobertura donde estaba. La conversación llegaba hasta sus oídos, airada. Miró a Irene directamente a los ojos, consciente de que el tiempo jugaba en su contra. Todas las cargad debían detonar, y cuanto más tiempo perdieran allí, más probabilidades tendrían de quedarse atrapados bajo los escombros de la parcela en la que se encontraban.
— No vas a moverte de aquí. Enviaremos a alguien más.
Sherlock guardó el comunicador y sacó su pistola del cinturón, sacudiéndose la mano de Irene de encima.
— Tengo que ir. He dejado instrucciones en el 221 B sobre cómo administrar el Quimera si algo me llegara a pasar. Mi casera las tiene. —explicó rápidamente, revisando la munición de su arma, y que las granadas de mano eran accesibles desde donde estaba, colgando de las fundas en sus caderas —. Que nadie lo toque directamente o lo inhale. Es terriblemente toxico. Usad los guantes y la mascarilla que hay en la entrada para acceder al laboratorio. Antes de hacérselo tomar deberéis asaltar Baskerville y liberar a los sujetos de pruebas que tienen retenido. A los espíritus también. Eso será la distracción perfecta y os dará paso a Buckingham — Sherlock tragó saliva, y sacó un sobre de su chaqueta. Se lo dio a Irene, que la cogió con firmeza antes de guardársela en el pecho —. Esto es para mi... Si ves a mi lobo, dale esto de mi parte. Espero... que lo comprenda.
Hugin chilló cuando lo hizo, y levantó el vuelo con violencia, dirigiéndose hacia la cobertura donde estaba Lestrade, girando en círculos en el aire.
— ¡Hugin! —Sherlock gritó, y estuvo a punto de dirigirse allí y seguirle, cuando un disparo le detuvo. Volvió a la cobertura y tras varias inspiraciones, echó a correr en dirección contraria, hacia la zona del muro que había quedado sin detonar. Saltó entre los escombros, dirigiéndose a toda prisa hasta un vehículo abandonado, con toda la intención de puentearlo y conducirlo hasta la zona en cuestión. Tenía menos de dos minutos hasta que la última carga explotara y, por lo tanto, las coberturas estallaran.
La puerta del copiloto se abrió mientras él estaba intentando que los cables hicieran conexión.
— Maldita sea, Holmes. No pienso dejar que te maten después de todo el esfuerzo que he hecho por mantenerte con vida —gruñó Irene, subiéndose a su lado y disparando desde la ventanilla a los dos soldados del ejército que se acercaban hasta ellos —. Arranca este maldito cacharro antes de que nos dejen como un colador.
Sherlock apretó los dientes hasta que consiguió que los cables hicieran contacto. El motor tembló y se encendió con un rugido. Con ambas manos en el volante, Sherlock pisó el acelerador y giró el coche hasta que estuvo frente a sus perseguidores. Los embistió con fuerza, y luego dio marcha atrás para enfilar la calle hasta el destino.
— Ponte el cinturón. Voy a saltarme un par semáforos —avisó.
Después de que se pasaran casi todos los semáforos que había para cruzar Londres, llegaron a su destino. La zona del muro donde las cargas habían fallado.
— Menos mal que solo iban a ser un par.
Se bajaron del coche y Sherlock corrió directo al lugar donde estaba el terminal que controlaba la detonación de la pólvora que haría estallar el Semtex. Tal y como se temía, había sido dañado y tenía que activarse de forma manual, lo que les daría menos de un minuto para salir de la zona de peligro antes de que todo volara en pedazos. La distancia mínima de seguridad no podía ser cumplida con tan poco tiempo de margen, no importaban las posibilidades.
— ¿Qué hago? ¿Qué necesitas?
Sherlock sacó un pen drive con los códigos de su mochila, y lo insertó en la entrada de la terminal portátil, esperando que con un reinicio bastara para volver a conectar los explosivos con la secuencia correcta.
— Quédate en el coche y mantén el motor encendido. Cuando active la detonación habrá que salir de aquí volando.
Irene desapareció, al trote, y Sherlock oyó el motor siendo encendido. Había camiones de bomberos ayudando en las áreas próximas a donde se encontraban, y si sus planos de la ciudad no le fallaban, tenía dos minutos para arreglar esa carga antes de que la siguiente explosión le pillara demasiado cerca. Esperó a que la barra de cargado del sistema de la terminal se rellenara por completo, mirando con atención el reloj de su muñeca, programado con la cuenta atrás de la última detonación. Menos de ses minutos. Tendrían que acceder a La Leonera por otro lado. Porque Sherlock ya no tenía planes de volver al lado limpio antes del plan final, a menos que fuera para recoger las muestras. Esperaba que Lestrade consiguiera un sujeto con el que poder hacer una prueba piloto antes del asalto definitivo.
Sherlock pensó en Hugin y en su reacción desmedida. Sentía la opresión en el pecho característica de la distancia, pero disminuyendo, como si finalmente el cuervo hubiera decidido que era inútil intentar que Sherlock le hiciera caso, y hubiera cedido a regresar con su dueño para evitar daños mayores. Su corazón estaba acelerado, y sentía una bola en el estómago, pesada e incómoda. Deseaba que aquel día acabara, más que nunca, y una molesta parte de él creía con firmeza que iba a morir ese día. Era la primera vez que estaba cara a cara con la muerte en ese sentido. Nunca antes había estado en una zona de combate, aunque sí había disparado un arma, y definitivamente sabía como usar una granada. No sería tampoco la primera vez que matara a alguien, o que viera morir a gente. Simplemente era el ambiente de tensión e inminencia, la atmósfera de peligro y caos que su plan había desatado.
Claro que aquel no había sido un plan táctico. Había sido meramente un tanteo.
Hacer caer el muro de Londres serviría para promover la huida de muchos de los distópicos que preferían empezar una nueva vida lejos de Londres y todo lo que ello conllevaba, con menos posibilidades de sufrir las represalias del gobierno o de Jim. Pero también era una oportunidad para las fuerzas aliadas que estuvieran dispuestas a ayudarles en su causa.
No obstante, la única cosa que Sherlock había tenido en mente a la hora de dibujar ese plan, había sido conocer al enemigo un poco mejor. Sin duda las actividades y las respuestas de Moriarty a lo largo de los años habían sido más que reveladoras, pero él no podía evitar verle como una compleja matrioska. Parecía que era incapaz de prever con exactitud los movimientos de Jim, a pesar de creer conocer su forma de pensar. De creer que podía meterse en su cabeza, ponerse en sus zapatos. No podía. Cada vez que desgajaba una capa de lo que James Moriarty representaba, descubría que había otra y otra. Y sherlock sabía que la opción más fácil para descubrir cuatas capas tenía no era sacar una por una, sino partirlo por la mitad y observar las vetas. Así que Sherlock acababa de hacer eso en un sentido bastante figurado. acababa de destruir quizá una de las pocas cosas sobre las que Moriarty había tenido casi un control completo desde iniciada la dictadura, y ansiaba conocer su reacción.
¿Por qué era importante saber cómo pensaba Jim? Porque eso les ayudaría a destruirle, francamente. Había también una parte de franca curiosidad, pero si se dormía todas las noches en las que el cansancio era demasiado para su cuerpo exhausto, soñaba con la tumba de Moriarty. Soñaba con su cadáver, con la sangre corriéndole por la sien. Soñaba con el día en el que La Leonera fuera un sitio habitable, y no el vertedero de residuos humanos en el que se había convertido. Soñaba con el día en el que Moriarty fuera solo un mal nombre, un recuerdo viejo que poder olvidar con el paso del tiempo.
Sherlock había llegado al frío e inhóspito punto en el que la venganza era aquello que hacía latir su corazón cada día con un poco más de fuerza.
Cuando la barra blanca se llenó por completo, y el pitido familiar de la activación sonó, Sherlock extrajo el pen drive y corrió hasta el choche, subiéndose de un salto.
— ¿A dónde podemos llegar en dos minutos? —preguntó Irene, conduciendo hacia el frente, pisando el acelerador con firmeza.
— Hasta... Elm Park. Como mucho. Desde allí podemos seguir la línea de district hasta Circle, y cruzar bajo Tower Bridge hasta La Leonera. Circle no ha dado problemas. Estará poco vigilada.
La explosión se escuchó poco después, y el coche se sacudió cuando el suelo tembló. Sherlock notó el beso helado de la muerte en la nuca, cuando la sintió rozándole. Se había librado esta vez, pero parecía prometerle un segundo encuentro. Pronto, muy pronto... Se estremeció, eliminando ese pensamiento de su mente.
Giraron por una de las calles, y dejaron el coche aparcado frente a una de las bocas de metro que daba a Circle y que parecía estar sin gente.
Corrieron hasta que llegaron a los pasillos, donde accedieron a los túneles de ventilación. Había formas más seguras de atravesar los metros, pero también zonas por donde los guardias de seguridad pasaban más a menudo que por allí, de modo que aquella parecía una grandiosa elección.
Caminaron en silencio, uno junto al otro, hasta que llegaron a la barricada que separaba los túneles del metro de la zona de la Leonera. Sherlock estuvo a punto de decir algo, cuando un destello de dolor le atravesó el hombro. Se llevó una mano a la zona donde la punzada lo atravesaba, y jadeó, sin aliento, con los ojos llenándosele de lágrimas. No podía moverse. A penas podía respirar. ¿Qué era eso? Se miró la mano, confundido. No había sangre. No estaba herido. No podía entender como sus neuronas podían registrar un dolor que no debería estar allí. Pero por mucho que no lo comprendiera, seguía sin poder moverse.
— Bueno, parece que no ha sido tan difícil, ¿eh? —sonrió Irene, colgándose el fusil al hombro y la linterna encendida. Cuando Sherlock no respondió, se volvió, preocupada —. ¿Holmes?
La luz blanca y fría de los leds le iluminó, en la oscuridad del túnel. La leona de Irene se acercó a Sherlock despacio, frotando su cabeza contra su costado, pero Sherlock seguía sin reaccionar. El dolor era perforante, como si algo le estuviera atravesando la carne. Le costaba trabajo respirar, y pensar se le hacía difícil. Las piernas le empezaron a temblar y cayó de rodillas. Todo quedó en blanco en su cabeza.
— Irene… No puedo…
La susodicha se lo cargó al hombro, dispuesta a arrastrarle todo el camino si hacía falta. Conocía ese tipo de dolor. Sabía que Sherlock no tenía una herida física que le produjera semejante reacción, y también que eso no se debía solo a la separación con su espíritu. Algo le había pasado a su otra mitad, estaba segura. Pero ella no se lo iba a decir si no había llegado a esa conclusión por sí mismo. No estaba dispuesta a hacerle daño allí, donde no podía derrumbarse a gusto. Si era lo que pensaba que era, iba a necesitar apoyo, y tal y como él era, también soledad. Pero Irene podía estar equivocada, por supuesto. Y casi rezaba por estarlo. Esas reacciones podían deberse solo a que el alma gemela estaba herida.
No le hizo falta sumar dos y dos para darse cuenta de que probablemente la otra mitad de Sherlock había estado a escasos metros de ellos, cuando Hugin salió volando del hombro del chico hasta el parapeto donde Lestrade estaba. Esperó que, de ser así, se hubiera librado de la explosión. ¿Cómo podía no haber visto un lobo? Debía ser enorme y vistoso. No entendía como, en plena batalla y con los sentidos alerta, se le podía haber pasado algo como eso.
— Tranquilo. Te llevaré hasta el campamento —gruño, cuando empezó a caminar a paso aguil por las vías despejadas del metro en dirección a la superficie. Sacó su comunicador con la otra mano, y marcó el número de Lestrade —. Greg. Manda a alguien a recogernos a Surrey Quays. Estamos bien, las cargas han detonado, pero algo ha pasado con el distópico de Sherlock. Nos vemos en el refugio.
Greg estaba transportando la camilla donde John descansaba, sangrando profusamente por el hombro. Él y otro de sus hombres lo habían arrastrado hacia los túneles del metro cuando el muro explotó. John se había interpuesto sin darse cuenta entre Lestrade y una bala mientras intentaba volver a sus filas, y le habían acertado en el hombro. Con todo el cuidado posible, y la protección del humo de los escombros producidos por la explosión, lestrade sacó su cuchillo y cortó el pedazo de oreja de John que tenía el chip para que se lo pudieran llevar a La Leonera sin peligro, igual que hicieron con el otro soldado que tomaron prisionero para las pruebas de Sherlock. El cuervo se había quedado posado en el hombro de Lestrade, con los ojos negros clavados en John, convaleciente y medio inconsciente mientras era transportado. El tejos de Greg iba corriendo a su lado, revisando los huecos y las esquinas oscuras por si alguien se ocultaba en ellas.
El camino de vuelta no fue más accidentado de lo habitual, pero sí más rápido. En cuanto llegaron a los túneles, se encargaron de dejar a John al cuidado de unos médicos que tenían, preparados para recibir a los heridos de la misión. Vio como le aplicaron gasas en la oreja, limpiando la herida con alcohol, y como le practicaron una operación de emergencia para cerrar la herida, aunque lo destinaron al pequeño hospital que poseía La Leonera, y que no estaba del todo controlado por el gobierno. Allí le practicarían las transfusiones de sangre necesarias para salvar su vida.
Se encontraba a de camino al centro cuando recibió la llamada de Irene, así que se encargó de que recibiera un transporte hasta el hospital.
Lo último que Lestrade había esperado encontrarse en plena misión había sido a John Watson. La última vez que le vio, había estado preparando un ataque para una de las redes de metro como distracción, y eso fue años atrás, cuando era a penas un adulto. Ahora incluso tenía barba, y su cuerpo se había adaptado bien a la vida de soldado. No obstante, cuando vio el collar de cuero en su cuello, se apresuró a desviar la mirada. Temía cortarlo por lo que pudiera pasar después, aunque fuera algo que deseara. Eso era algo que John tendría que decidir por sí mismo. Y dudaba mucho que quisiera hablar de los años con Jim cuando volviera en sí.
Les había pasado información, por supuesto. Pero nunca habían conocido su nombre. Era simplemente un informante más. Un infiltrado que tenían y que parecía comprometido con la causa al cien por cien. No podían darse nombres por temor a que las notas fueran interceptadas, pero una parte de él se sintió culpable por no haberlo sabido desde el principio. Solo John estaría tan loco como para aprovechar su cautiverio en su favor.
Greg pensó, cuando le vio de uniforme, que veía visiones. Que su mente cansada le estaba jugando una mala pasada.
Al verle junto a Dimmok, creyó que lo habían perdido para siempre. Que finalmente había sucumbido a lo que fuera que les hacían a los distópicos al otro lado. Lestrade prefería no pensar demasiado en los rumores que circulaban a cerca de ello.
El Síndrome de Estocolmo ya se había cobrado a muchos de los suyos, así que a la mayoría, pasado el año, los daban por perdidos. John tendría que pasar por un reconocimiento y un examen antes de empezar a formar parte de la resistencia de nuevo. No podían dejar cabos sueltos ahora que ya estaban tan cerca de terminar con todo de una vez y para siempre.
No obstante, la frase de irene a través del comunicador seguía reposnando en su cabeza, mientras miraba a John y al cuervo de Sherlock posado en su hombro de manera alternativa.
"Algo ha pasado con el distópico de Sherlock".
¿Quién era el distópico de Sherlock?
No me matéis, prometo reencuentro en el siguiente. A partir de aquí la cosa mejora, lo juro por el Johnlock.
Ya tengo un plan para el Mystrade. Puede que el proceso os guste, puede que no. Pero el final será bueno, en serio.
Siento haber ido tan lenta con esto. Tenía tres versiones del capítulo, y ninguna me parecía buena. XD
¡Nos vemos en el siguiente! ¡Gracias por no asesinarme!
MH
PD: alguien le pilla el chiste al nombre del capítulo? XD Pasó sin más, lo juro.
