Marcando objetivos
Si había algo que odiaba más de lo que podía soportar, era el olor a hospital. Resultaba paradójico que esto fuera así, pues él mismo había ejercido de médico en un tiempo que parecía ya demasiado remoto. El aroma aséptico y ácido del desinfectante y el látex resultaban asfixiantes. Había olor a plástico, también. Y el aire que entraba en sus pulmones era demasiado puro. Limpio. Frío, incluso. Oxígeno.
Estaba siendo intubado.
Se sentía algo adormilado, con el cuerpo pesado. Le costaba averiguar en qué punto exacto del espacio se encontraban sus piernas, ya no digamos los pies.
Con la experiencia en carne propia que tenia (más que suficiente), casi podía jurar que era efecto de la morfina. Abrió un ojo pesadamente, solo para encontrarse con una sábana blanca cubriéndole y una vía de suero entrando por su mano. Había un pitido constante sonando en algún punto del espacio en el que se encontraba. Bien. A pesar de estar medio grogui, aún era capaz de pensar con cierta coherencia.
Activó sus sentidos todo lo que fue capaz. Cerró los ojos y se concentró en lo que podía percibir, en catalogarlo de una manera en la que tuviera algún sentido. Definitivamente, estaba en un hospital. El pitido era rítmico, constante. Se había acelerado hacía unos instantes, para luego empezar a reducir la cadencia. Lo que parece, en este caso, es: hospital. Definitivamente.
¿Qué hospital? Ni la menor idea. El Royal Hospital estaba demasiado lejos de Buckingham, y no recordaba haber recibido ninguna paliza digna de mención que mereciera un traslado a Bart's. Charing Cross, el Wellington, el Chelsea and Westminster... había estado en todos ellos, y sabía que no había entrado allí recientemente, y mucho menos en las últimas horas.
Y definitivamente en London Bridge y en King's College mucho menos.
Algo cálido le rozó los dedos, tan familiar que no tuvo ni que pensar qué era.
En su sopor, le pareció algo completamente lógico. Cuando habló, la mascarilla de oxígeno que llevaba se empañó
—Garm...
Un peso ligero, reconfortante, se estableció sobre él, y notó la forma familiar de la cabeza de su lobo apoyándose sobre su pecho. Movió una mano, sintiéndola pesada y medio muerta, hasta posarla sobre su cabeza, pasándola con suavidad hacia abajo. Sintió las orejas bajas del lobo bajas, y oyó los suaves gemidos lastimeros que profería. Se dio cuenta de que el hocico descansaba en un punto tenso de su cuerpo. Intentó incorporarse y un destello de dolor que lo atravesó y lo hizo volver bruscamente a su lugar.
El pitido se aceleró cuando eso ocurrió y giró la cabeza, lo suficiente como para ver a una enfermera acercándose. Cuando entró en la habitación, pudo ver su tarjeta del London Bridge Hospital. ¿Estaba en La Leonera? ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Por qué le atendían allí en lugar de Bart's?
—Molly...
La enfermera pasó de largo sin contestar, y se colocó frente a las máquinas, leyendo sus signos vitales, apuntando en una tabla los resultados. Juraría que veía cabello cobre recogido en una coleta alta. Repitió el nombre, y sintió el calor del lobo dejarle cuando ésta se acercó para cambiarle el gotero de suero.
—Doctor Watson, ¿se siente mareado? ¿Cuánto hace que está despierto?
John quiso responder, pero no tenía nociones de tiempo en ese momento. Los ojos se le cerraban, y luchaba por mantenerlos abiertos.
La primera impresión coherente que llegó a su mente fue que no estaba en el lado limpio. De algún modo había acabado ingresado en un hospital de La Leonera, y Molly no estaba allí. Cerró los ojos, rendido a la morfina. No importaba lo mucho que luchara contra ella, nunca iba a conseguir luchar contra la droga. Intentó rememorar cómo había llegado hasta allí, qué era lo último que recordaba. Lo último que había estado haciendo. Recordaba tener el fusil en la mano, y escuchar disparos...
—No se mueva, por favor. La herida del hombro aún se está cerrando.
¿Herida? Sin duda eso explicaría la morfina, pero no explicaba todo lo demás.
El recuerdo nítido de un cuervo negro le llenó la mente. Era como si lo estuviera viendo, delante de él, atravesándole con sus ojos negros...
Se dio cuenta de que estaba quedándose dormido de nuevo, cuando dejó de oír el compás que sus propios latidos marcaban en los monitores, pero había poco que él pudiera hacer para evitar el sopor. Se deslizó lentamente en la bruma del sueño y, mientras caía en el vacío, en la nada más absoluta, recordó lo último que había hecho: interponerse entre un miembro de la resistencia y el fuego amigo.
Pasara lo que pasara con él ahora, si volvía a Buckingham, Jim lo mataría.
Irene había arrastrado a Sherlock media Leonera arriba por la superficie, cuando el transporte que Lestrade autorizó, les llegó. Era no más que una ambulancia. Si querías un automóvil con gasolina, que estuviera en buenas condiciones de uso, en la Leonera, tenías que disponer de uno de los furgones médicos. Por suerte, los trabajadores de los dos únicos hospitales funcionales de ese lado de Londres eran también distópicos, por lo que la colaboración solía ser solícita y estrecha.
—Aguanta, Holmes. Un poco más...
Sherlock había colapsado en algún punto del camino en la ambulancia, retorciéndose y ahogando un grito. Irene trató de sujetarle para mantenerle quieto.
Sherlock no podía hacerlo.
Pocos minutos después de haber subido a la ambulancia, mientras hablaba con Adler para mantenerse distraído, sintió un dolor abrasador que le atravesó. Se mareó, perdiendo el aliento y se sintió caer, aunque estaba sentado. Extendió la mano y se agarró con fuerza al de Irene, viendo estrellas parpadeando tras los ojos. Se llevó la otra mano al pecho.
— ¿Holmes?
Sherlock boqueaba, con los pulmones oprimidos. No podía respirar. Los ojos empezaban a escocerle, y de ellos caían lágrimas. Podía sentir como si tuviera una cuerda que lo atara, en tensión, a algún otro lugar. La sensación inexplicable de estar ligado a algo o a alguien con una intensidad abrumadora que siempre le había mantenido cuerdo y vivo, ir deshilachándose hasta que a duras penas era una hebra fina, sin sujeción de ningún tipo. Quiso pelear por que aquel fragmento dentro de él no se rompiera, suplicó por ello.
Sintió brevemente como su cuerpo caía hasta quedar apoyado junto al de Irene, como sus brazos le rodeaban, asegurándole, libre del cinturón de seguridad. Oía su voz en la distancia mientras sentía que su mundo se hundía. El suelo giraba a su alrededor.
— Lo pierdo... lo pierdo, lo pierdo...
Irene había perdido a su alma gemela hacía siete años. Nunca pudo encontrarla, así que nunca supo cómo era o cual era su nombre. Era una mariposa, eso sí lo sabía. Más allá de eso, nunca tuvo ninguna otra información. Y casi se alegraba por ello. La pérdida era un proceso sobradamente conocido y bastante doloroso para el distópico que quedaba con vida. Una vez había conocido a alguien que le había dicho que sus almas estaban conectadas por el hilo del destino, y que cuando una de las partes moría, el hilo no se cortaba, sino que se extendía hasta la otra vida. Pero la mitad superviviente lo sentía roto, y la sensación era de estar siendo despedazado por dentro. Irene lo había sentido. Había desperado en mitad de la noche sin aire para respirar, y unos minutos más tarde, se desmayó. Cuando despertó, un tiempo más tarde, se sintió sola. Tan terriblemente abandonada... Y su pantera, Kuma, estaba tendida a su lado, mirándola con la cola caída y los ojos tristes.
Los puros parecían creer que tras la muerte de uno de los distópicos las criaturas espirituales los abandonaban, pero no era así. Al estar ligadas íntimamente con su humano, los avatares animales reflejaban su estado y reaccionaban a él. En un principio se había creído que estas manifestaciones provenían de alguna clase de anomalía química, pero eran una ayuda. Una brújula. Una forma de encontrar a tu otra mitad. De modo que se podía decir que la existencia de los avatares distópicos era puramente técnica. Una vez la pareja se reunía, éstos desaparecían. Se ignoraba hasta el momento qué ocurría con ellos una vez establecido el encuentro. Y mientras que el animal del fallecido desaparecía por completo, el de la parte superviviente quedaba atado a su portador, ligado a la vida, continuando con una búsqueda que nunca tendría final.
Así que había muchos distópicos con avatar que habían perdido a su otra mitad. Y eso, últimamente, no era nada sorprendente.
Así que sabía exactamente por lo que Sherlock estaba pasando. Y había esperado, sinceramente, que no tuviera que pasar por ello.
Había sabido por el mismo Sherlock que su distópico estaba en Buckingham, y éste a su vez se enteró por boca de Mike Standford. Ella había intentado razonar con él, tatar de alejarle de la expectativa de encontrarse con su otra mitad y plantarle los pies en el suelo, antes de que se diera de bruces con la realidad demasiado tarde. Ella había escapado de Buckingham. Sabía lo que se cocía allí. Había estado mucho tiempo al servicio de Jim, trabajando en misiones de incógnito para él hasta que, tras la muerte de su distópico, decidió que ya que no tenía nada que perder, se arriesgaría. El perro de Jim y Moran estuvieron a punto de atraparla, antes de que escapara por los túneles del metro y diera con la Resistencia.
Sabía de buena tinta que la esperanza era para los niños.
Pero Sherlock no la había escuchado. Había visto en sus ojos la llama de la pasión, el fuego de la fiera determinación, y no pudo evitar sentirse abrumada por el poder que destilaban aquellos brillantes océanos. Encarar a un dios antiguo en su más profunda gracia hubiera resultado menos terrible que verse perforada por aquel par de estrellas.
Así que lo sujetó firmemente y lo arropó, sosteniéndole la cabeza, sabiendo lo que venía, intentando darle su apoyo.
Alzó la mirada para brindarle privacidad cuando notó que su hombro estaba húmedo. Si algo había aprendido sobre Sherlock, era que a pesar de las calamidades en las que estaban envueltos, era un ser orgulloso. Alguien que odiaba ser el objetivo de la lástima ajena. Así que le dio tiempo y espacio, sin dejar de sostener su cuerpo tembloroso por los espasmos. Pensó en llamar a Greg para informarle.
Sherlock, por otro lado, fue perdiendo el aliento, sumido e su propia espiral hasta que, supo más tarde, perdió el conocimiento en brazos de Irene.
Y por un momento, deseó no recuperarlo.
El lobo seguía empujando, intentando liberarse de la cadena que tiraba de él hacia la oscuridad. Lloraba como solo lo había escuchado una vez hacerlo, aquella primera noche que le vio encadenado al trono de piedra. Sherlock notó el aire empujándole, bamboleándole en el aire mientras intentaba aletear para llegar hasta él. tenía que liberarle para que pudiera correr, alejarse del pozo al que iba a caer, arrastrado por sus ataduras. El huracán que soplaba en el bosque era fuerte, demasiado para sus huesos huecos y las suaves plumas negras. No obstante, la determinación también lo era, y continuó volando. Parecía que con cada aleteo, se alejaba más de su objetivo, así que, en la frenética carrera por la salvación, Sherlock vio la respuesta.
Y su respuesta tenía forma de piña. una piña que se balanceaba, colgando de la rama desnuda de uno de los pinos a los que la corriente lo dirigía.
Sherlock siempre había detestado el suelo. La limitación de la superficie. La falta de flexibilidad, de visibilidad. La ceguera al horizonte.
En ese momento, necesitaba estar en el suelo.
Se dejó llevar por la corriente y cuando llegó a la piña, extendió las garras y se agarró a ella. Luego plegó las alas y, dando un tirón para desprenderla, se dejó caer.
Obtener un peso extra era la única manera de caer en picado, siendo un ser tan liviano como era. y ahí estaba, dando vueltas en el aire mientras la gravedad hacía su trabajo. Esperó, cerrando los ojos. No quería ver la caída. Caer era su gran pesadilla, su oscuro secreto. Su miedo más visceral y más sincero, oculto tras las capas de mentiras y orgullo. Caer por perder sus alas, ser vulgar por perder su cerebro. Caer por perder su corazón, morir por perder su razón de vivir.
Los ojos en el premio.
El pensamiento atravesó su cerebro como una descarga eléctrica y los abrió, fijándolos en el lobo, que había clavado las patas en el suelo, intentando frenar en avance de su cuerpo tirado por la cadena. Estaba tan cerca del foso... Se sintió libre minutos después, de la corriente de aire que lo hacía zozobrar en el vacío, y soltó la piña justo a tiempo de abrir las alas y planear a ras de suelo. Se mantuvo en un vuelo a ras, evitando las corrientes. Mirando a su alrededor, estudió el entorno mientras se ponía junto al lobo, que le miraba suplicante, sin dejar de tirar.
Sherlock le atravesó con su mirada. Había una pequeña posibilidad que podía o no funcionar, pero tenían que hacerlo juntos.
Suéltate. Suéltate. Confía en mí. No luches. Úsalo a tu favor...
El lobo le miró, como si hubiera escuchado sus pensamientos y agachó la cabeza, esperando. El cuervo agitó las alas y voló hacia uno de los viejos pinos, poco estables. voló en círculos alrededor del tronco, y el lobo ladró y se dirigió hasta allí, corriendo en círculos, enrollando la cadena alrededor del tronco. En un momento dado, se escuchó el crujido del tronco, partiéndose bajo la fuerza de la cadena.
Sherlock se posó sobre el lomo del lobo, esperando, picando el grillete del cuello, escuchando como la vieja madera empezaba a romperse bajo la fuerza que ejercía la cadena. Lentamente, el primer tornillo saltó, y el lobo se mantuvo quieto, esperando y empezando a gemir cuando se dio cuenta de que tal vez no habría tiempo de ser libre antes de que el árbol se partiera en dos y los aplastara.
Sherlock no le hizo caso, concentrado en su tarea. Un nuevo tornillo fuera, y estaría libre. Un solo tornillo y...
El árbol crujió y se partió con un fuerte estruendo, empezando a caer.
La cadena, con la resistencia del tiro previo en ella, se tensó y dio un latigazo, corriendo hacia el hoyo.
El último tornillo se soltó y el grillete cayó del cuello del lobo justo a tiempo del tirón de la cadena.
Sherlock graznó y echó a volar, con el pelo del lomo del lobo cogido entre las garras, tirando de él para apartarlo del árbol cayendo. El lobo echó a correr tras él, al trote, escapando del tronco.
Cuando éste cayó, chocando con el suelo con un gran estruendo y levantando una nube de polvo, el lobo meneaba la cola y el cuervo, sobre su lomo, observaba con la cabeza torcida el estropicio, como si no reconociera su propia obra en todo aquello.
John llevaba horas atendiendo a los exámenes psicológicos de Lestrade, cuando finalmente se le permitió hablar con él si tener a un doctor midiendo sus respuestas emocionales basándose en sus latidos y sus reacciones físicas a las preguntas. Tenía que admitir que se había vuelto un mentiroso muy bueno tras todos los años que llevaba al servicio de Jim. Solo había mentido en dos ocasiones cuando las preguntas se volvieron de índole privada. Y ni siquiera fueron mentiras, simplemente respuestas ambiguas. Había cosas que la gente no tenía por qué saber.
Solo cuando el doctor se marchó, y Greg quedó sentado en una silla para charlar con él, recordó el collar de cuero, aún ajustado a su cuello. Se había acostumbrado, con el paso del tiempo, a llevarlo puesto hasta el punto que era una parte de él. Como no se lo quitaba ni para dormir, por temor a que cualquiera apareciera por allí y le viera sin él, había empezado a dormir en determinadas posturas que acomodaban su cabeza de tal manera que la piel tenía un mínimo contacto con el collar. La primera vez que trató de dormir en una antigua postura, no solo no consiguió conciliar el sueño, sino que experimentó dolores musculares.
Greg vio como se llevó la mano al collar, removiéndose incómodo en su silla. No había que tener un doctorado para saber qué significaba aquello, y mucho menos sabiendo de dónde venía John.
—No te lo hemos quitado... No sabíamos exactamente lo que querías hacer... —carraspeó, incómodo. Las preguntas que le habían hecho a John eran las de rigor, nada se había salido del esquema habitual. Pero algunas simplemente habían sido demasiado... íntimas, y escucharlas un tanto incómodas, pues John era amigo suyo y no un desconocido.
John se moría por sacarse aquella cosa, sabiendo que era una marca. Una señal de alarma que cantaba de donde venía y qué le había pasado. Sabía que las marcas en su propia piel serían visibles después de retirar el collar, pero era más fácil disimular un par de heridas, que una tira de cuero rodeándole el cuello. Aunque aún tendría que acostumbrarse a la sensación de poder prescindir de él. En los últimos tiempos, su ausencia se había relacionado en su cabeza como un peligro mortal, de modo que prefería llevarlo puesto un poco más. No tenía prisa por sacárselo. Se preguntó que cara pondría Jim cuando viera a su mascota pegarle un tiro entre ceja y ceja. Por un momento deseó quedarse con el collar, solo para poder tirárselo a la cara cuando le tuviera delante.
Incómodo por la pregunta, casi tanto como Lestrade, decidió que cambiar de tema era una posibilidad más que bienvenida para ambos de modo que le preguntó a Greg cómo había llegado hasta el hospital.
El ex Detective le explicó que uno de los suyos había intentando dispararle mientras él volvía a su lado de la contienda, y que John se puso en medio. La bala le acertó en el hombro, traspasándolo, y al verle perder tanta sangre, decidieron que lo mejor era llevárselo de allí. Pensaron que llegarían al otro hospital, más alejado de la frontera, pero tuvo una parada cariorespiratoria en la ambulancia y mientras le reanimaban decidieron que no podían esperar a llevarle a la otra punta de la Leonera si querían mantenerle con vida. Que hubiera tenido una parada explicaba por qué su lobo estaba allí con él, y no atrapado en Buckingham. Quizá los escasos minutos que duró su muerte clínica sirvieron para que se desvaneciera y escapara de la trampa eléctrica.
John se tocó la oreja cortada, allí donde el chip localizador había estado. La habían envuelto en gasas para evitar el sangrado y favorecer la desinfección de la herida y la cicatrización. Ahora entendía la sedación y el dolor del hombro.
Recordó la cara de estúpido que se le quedó cuando vio la silueta del cuervo volando en círculos sobre ellos, recortada contra el suelo cuando se encontró con Lestrade tras la cobertura, mientras hablaban. Como subió la vista como si se hubiera vuelto loco y Greg le miraba como si hubiera perdido la razón.
—Así que todo eso... la demolición del muro... ¿fue cosa de vuestro químico? —preguntó, curioso — Me han dicho que es un chaval brillante.
Greg se rió.
—Bueno, es especial a su manera, pero sí, es un genio. Y sí, la idea fue suya. Dijo que sería un buen primer paso para tantear a Moriarty. Ver cómo reaccionaba de cara al final. Pero tiene algo grande preparado para acabar con él. Parece terriblemente entusiasta en esto. Y no es tan joven como dicen —explicó —. Así que, ¿cómo lo hiciste? ¿Cómo te las ingeniaste tanto tiempo?
John carraspeó, olvidando las risas de hacía unos minutos. Le dolía la cara, y solo habían sido unos minutos de sonrisas, tan desacostumbrado estaba a ello.
—La verdad es que tuve ayuda... Al menos al principio ¿Conoces a Mycroft Holmes?
Oh, sí. En todos esos años no había olvidado la cara, y mucho menos el nombre. ¿Como alguien podía olvidar uno tan pomposo como ese?
Greg sonrió, como disfrutando de una broma privada.
— Oh, sí. Le conozco ¿Te echó un cable?
El tejón de Greg saltó sobre él, una cálida presencia sobre su estómago. No tenía ni la menor idea de donde estaba Garm, pero no tenía pinta de estar muy lejos. Se rió, pero la risa le hizo doler las costillas. Tosió y se detuvo, con una mueca. Quizá sería mejor que no fuera tan feliz durante un tiempo.
— Me atrapó él, de hecho. Pero seguía órdenes, como todos —explicó John, acariciando el cálido pelaje etéreo del avatar. Vio a Lestrade fruncir el ceño, pero prosiguió —. Digamos que me aconsejó no hacer una serie de cosas, y le ignoré sistemáticamente tanto como mi cuerpo pudo soportar. En cuanto empecé a hacer lo que me dijo, empecé a sobrevivir. Pero aún así Buckingham es el peor sitio... el más horrible lugar que pude existir ahora mismo.
John se estremeció un momento. Se había permitido una cierta humanidad desde que había despertado en el hospital, sabiendo que allí estaba más seguro que en ningún otro punto del mundo, y descubrió que se sentía raro entre tanta gente. Parecía que tras tanto tiempo fuera de la vida normal, había perdido toda práctica o costumbre que pudiera tener con respecto a las costumbres sociales en general, y al contacto humano.
Aún se sentía un poco incómodo con la presencia de grandes multitudes de apariencia amistosa a su alrededor. tenía un poco el sentimiento de un animal acorralado, a punto de morder. Solo que una parte de él sabía que no debía hacerlo.
Tragó saliva, dispuesto a continuar, cuando vio a Garm volviendo por el pasillo, con un trote contento como el que hacía años que no veía. Arqueó las cejas cuando le vio aparecer, hasta que vio las puntas de un largo abrigo colear tras él, latigando las piernas de aquel que iba tras él con paso apurado. Tragó saliva cuando el tejón de Greg abandonó su regazo rápidamente, al mismo tiempo que un cuervo negro entraba graznando en su habitación, dando un par de vueltas en el aire. El corazón de John se aceleró, dirigiendo su mirada al ave que planeaba, describiendo perfectas parabolas sobre él, antes de posarse sobre el hombro de un hombre alto, delgado y de piel pálida. No debía de tener más de treinta años. Sin duda era más joven que él, o al menos lo parecía. Sus finos labios estaban abiertos, y sus ojos claros lo miraban desde la puerta de la estancia del hospital.
Greg, anonadado por el espectáculo, intentó levantarse de su silla para dejar privacidad a la pareja. Ante sus ojos, el mensaje de Irene cobraba sentido. Sherlock había notado la muerte clínica de John como propia, y por eso Adler lo había llamado. Probablemente Sherlock había experimentado el dolor de la pérdida. Por un momento, sintió una fuerte compasión por el chico. No era un trámite fácil de pasar. Los que formaban parte de la Resistencia lo sabían. Cuando Mycroft se enterara, no iba a estar muy contento.
Pero verles a los dos, mirándose fijamente de esa manera, como si acabaran de encontrar un nuevo elemento, o una nueva especie, era tan abrumador... Médico y químico se estudiaban como si fueran el centro gravitacional el uno del otro.
De algún modo, así era.
Se mantuvo estático, intentando pasar desapercibido mientras escuchaba los pitidos cada vez más veloces de la máquina que monitorizaba el corazón de John. Éste no creía poder estar más nervioso. Notaba la boca seca, las manos temblorosas, y se sentía hasta cierto punto mareado. Necesitó parpadear varias veces para comprobar que su visión no le engañaba, y aún después, seguía sintiéndose nervioso. Era una especie de vergüenza, como la primera vez que Molly lo atendió en la enfermería de las heridas que Moriarty le había hecho, pero intensificado, multiplicado por veinte mil millones de veces. Molly había sido una extraña. Alguien secundario y pasajero. Relevante de una manera relativa. Si lo que su cabeza le decía en ese momento no era errado, aquel que tenía delante era su complemento vital. El fragmento que haría de él un todo.
Parpadeó y boqueó, sin saber bien qué decir, mientras el cuervo graznaba y planeaba hasta posarse sobre el pelaje dorado del lobo. Podía notar las lagrimas acumularse en sus ojos, quemándole, mientras se le cerraba la garganta. Se llevó una mano al collar de cuero que aún envolvía su cuello, roto, avergonzado. Sabiendo que aquello lo mataría por dentro. Sabiendo que ahora vendría la parte que siempre había temido. Ahora su alma gemela lo miraría con aquellos ojos de un color imposible, y habría asco en ellos.
Pero no había asco en los ojos de Sherlock, sino una profunda devoción. Todo por lo que se había mantenido con vida, todo por lo que había luchado, aquello por lo que dar absolutamente todo de sí mismo. Una sensación de triunfo y paz mental le invadió cuando supo que, de no ser por el derribo del muro, probablemente ninguno de los dos estaría allí en ese momento. No se estarían viendo. Probablemente el hombre que tenía delante seguiría preso en Buckingham, y él seguiría encerrado en su laboratorio, trabajando con el Quimera. De pronto, la droga que había consumido le pareció que lo hacía sucio. Le pareció que, a pesar de todo, había valido la pena. Y agradeció cada segundo que su hermano Mycroft había dedicado a mantenerle con vida, a Greg, que cada vez que tenía una idea suicida le paraba los pies. Que estuvo presente la última vez que intentó acabar con su vida, arrojándose a las vías del metro con un chaleco de explosivos atado al pecho. Por una vez, vio recompensadas todas las noches en vela, los estómagos vacíos, los robos a media noche en el lado puro. Todo el alcohol que había consumido. No estaba bien, pero había merecido la pena, solo por este momento.
Se dio cuenta del collar, claro que sí. Alguien con sus dotes de observación no podía pasar por alto un detalle como ese, y mucho menos después del gesto del individuo en cuestión. No le importó. Sabía lo que eso significaba, y no podía importarle menos. Estaba allí. Estaba vivo. Estaban juntos. Se habían encontrado. Nada más importaba.
Se acercó, caminando despacio, a paso de réquiem, hasta que llegó junto al hombre rubio. Sherlock nunca se había detenido a pensar en el sexo o el aspecto físico de su alma gemela. Elementos como esos no le parecían relevantes, pero no podía negar que la visión era más que buena: cuerpo consistente, rubio y fuerte. Joven, no demasiado mayor. Estable. Fuerte. Seguro. Bueno. Brillante. Suave. Regio. Dorado. Todo eso era lo que su vista le proporcionaba. Podía sentir su corazón acelerarse también, y se sentó en el borde de la cama, sin perder el contacto visual con su compañero en ningún momento. Alargó una mano, sin poderse contener, y rozó su mejilla, limpiando una lágrima, sintiendo como sus ojos se aguaban también. Soltó una carcajada, sin poder contenerse. Aquello estaba siendo tan irreal...
—Te he encontrado.
Las palabras de Sherlock resonaron en la habitación, y John se rió con él, sin poder evitarlo. Fue entonces cuando se movió y rodeó a Sherlock en un fuerte abrazo, sollozando como un niño, cubriéndose la cara con una mano para evitar que le vieran llorar. No podía creer su suerte. En los últimos tiempos, había empezado a creer que moriría solo. Que su destino estaba truncado. Que estaba condenado a la soledad. John lloró como no se había permitido hacerlo en años, sabiendo que había alguien que lo reconfortaría. Se permitió romperse en mil pedazos, porque tenía a alguien que había prometido reconstruirle justo delante, rodeándole con sus brazos para asegurarse de que no se perdiera.
Fugazmente, Sherlock se permitió hacer lo mismo. Se permitió sentir todo lo que no se había permitido sentir en toda su vida. Se permitió el dolor. Se permitió la pena. Se permitió el hambre, la sed y la ira. Se permitió la sangre. Se permitió estar roto.
Pero, sobre todo, se permitió la alegría. Se permitió el perdón.
Greg abandonó la habitación, y pidió a la enfermera, que estaba a punto de entrar, seguramente alarmada por las lecturas de los signos vitales de John, que dejara un poco de privacidad. Que todo estaba en orden. La enfermera entendió, y él se sentó en una de las sillas de espera, vigilando la puerta para evitar que nadie les molestara. Dios sabía, si estaba en alguna parte, que ambos se lo merecían. Se merecían un poco de paz en mitad de toda esa guerra. De ese horror caótico que era el mundo, fuera de las paredes blancas del hospital. Lestrade no iba a ser quien les arrebatara eso. No era tan egoísta.
Por otro lado, dentro de la habitación, ambos continuaban abrazados, sin ganas de separarse ni para verse las caras. El calor reconfortante de otro ser humano era suficiente para mantenerlos unidos en esa misma postura. John rió, su pecho rebotando con cada carcajada, mientras se limpiaba las lágrimas con el dorso de una mano, todavía con la barbilla apoyada en el hombro de su alma gemela, notando la suavidad del largo abrigo.
—Soy John, por cierto.
Sherlock se rió a su vez, y enterró la cara en el hombro de John, sintiendo la piel febril de su hombro directamente contra su frente.
—Sherlock. Y creo que tenemos una vida por delante.
Ejejem...
prometí ser buena.
Ahora tengo que cuidar de mis niños :3
sip. no se acaba aquí. Aún queda mucho por hacer XD
perdón por la lentitud.
Me complace decir que me quedan solo dos funciones más de la obra que estrenamos el pasado domingo, y que el estreno fue maravillosamente bien. Así que calculo tener el siguiente para el puente de mayo ;)
Nos vemos pronto!
MH
