Siguiendo el rastro
Habían pasado mucho tiempo abrazados, sentados en la cama sin intención de moverse, solo disfrutando de la compañía ajena, del consuelo. Solo fueron interrumpidos cuando el gotero de John se acabó, y la enfermera tuvo que cambiarlo por uno nuevo. En ese momento, Sherlock tomó una silla, y la acercó lo máximo posible a la cama de John, pasando los ojos por todo él, analizando, recabando información. Sabía que probablemente las normas sociales exigían que preguntara, en lugar de obtenerla por sí mismo, pero estaba tan acostumbrado a ello, que no podía evitarlo.
El pánico le sobrevino un momento. Sus habilidades no eran algo de lo que pudiera no sentirse orgulloso, todo lo contrario. Pero a la gente en general no parecía gustarle lo que hacía. Más de uno lo había llamado monstruo o freak. Incluso los líderes de los rebeldes le temían. Le toleraban porque era esencial para el plan, pero el único de ellos que no le dirigía una segunda mirada cargada de precaución y rechazo, era Lestrade. Podía soportar el desprecio de los demás, pero no se veía capaz de ver el asco en los ojos del hombre que tenía delante, tendido en la camilla, y permanecer estoico. Así que dudó si mostrarse tal como era, como el observador agudo y frío capaz de cantar tu vida por orden cronológico y alfabético sin ningún tipo de problema, o ser simplemente el aburrido Sherlock de la Leonera.
No tuvo opción a elegir, cuando John bajó la mirada, avergonzado. Sherlock frunció el ceño y le tomó una mano, dando un suave apretón. Las manos de John eran firmes y callosas, con la uñas cuidadosamente recortadas, algo manchadas del negro de la sangre y la pólvora. También estaban calientes, como si fuera su propia estufa.
— ¿Estás bien?
La preocupación de Sherlock era genuina. Pocas veces se había preocupado por alguien en los últimos tiempos, tan sinceramente como lo hacía con John en ese momento. Aquel hombre había conseguido despertar en él sentimientos de protección que no creía posibles, incluso más fuertes que los que sentía por su hermano, o los que había sentido en su día por el pequeño Wiggins.
Vio a John tomar una larga inspiración y sentarse mejor en la cama. Seguía sin mirarle a la cara, por mucho que hiciera esfuerzos conscientes por arreglar ese detalle, no era capaz de evitar que John escondiera su rostro de él. Se cogió las manos por delante del cuerpo y jugueteó con ellas, nervioso.
Una de las pequeñas partes complicadas que tenía ser distópico, era la más insospechada para los puros. Ellos creían que en cuanto una pareja de distópicos se encontraba, ya no había nada más que rascar. Creían que era amor instantáneo. Pero no era así. Que hubiera algo en ellos que les llevara a encontrar a su alma gemela, no siempre garantizaba que las cosas fueran a salir bien, pues como cualquier ser humano, tenían voluntad también para escoger con libertad con quien compartir su vida. Así que, hasta cierto punto, era una maldición.
El encuentro entre dos distópicos siempre era algo complicado al principio, pues resultaba abrumador. Conocías a aquella persona que la naturaleza había creado para ti. Una persona hecha para ti, y viceversa, con la capacidad más grande de amarte. Pero difícilmente podia haber algo romántico entre dos perfectos desconocidos, más que el conocimiento escaso que los sueños otorgaban. Así que, al contrario de lo que el resto del mundo pensaba, una vez producido el encuentro, debía existir un cierto periodo de "cortejo", como los investigadores habían decidido llamarlo, por lo que no todo era "y vivieron felices y comieron perdices".
No obstante, Sherlock había sufrido eso. Se había enamorado de John nada más verlo. Se había prendado de su fuerte carácter, de su resistencia, de sus lágrimas, de su sonrojo. Del hombre que había abandonado su familia para protegerla. Del niño que empezó a curar malheridos de manera clandestina bajo los puentes de Londres. Del adolescente que se unió a los rebeldes en la Leonera sin dudarlo ni un segundo. Del hombre capturado por el Líder, que fue usado, roto y despreciado. Del hombre bueno que se ocultaba tras la fría máscara del soldado. Del hombre que había recibido un disparo de fuego amigo en el hombro. Del hombre que se avergonzaba de un collar de cuero por lo que significaba, sin tener en cuenta a la hora de pesar los hechos en la balanza, que habían intentado quebrarlo, y no se había dejado.
La maldición de Sherlock era poder verlo todo. Ni siquiera entonces, le parecía una bendición. Porque John podía dejarle, ahora que se había enamorado de él. John podría abandonarle cuando supiera lo de la droga. John podría dejarle cuando supiera lo de la anemia. John podía dejarle cuando supiera del Quimera, y de su plan. Y cuando supiera de Mycroft. Cuando supiera que fue incapaz de proteger a un niño de las garras de Jim.
—Sherlock... Sé que somos lo que somos, y justo por eso, no quiero forzarte... Entenderé que quieras dejarme...
El aludido apretó de nuevo su mano, y con la otra, le giró la cabeza con cuidado, hasta que sus ojos vacilantes dieron con los suyos. Podía ver como su cuerpo se encogía, como si tratara de esconder de su vista la evidencia del cuero alrededor de su garganta, firmemente apretado. En su costumbre por levarlo puesto, ni siquiera había permitido que las enfermeras le aflojaran ni un punto la hebilla.
Pero eso tenía que cambiar si John quería dar un paso adelante hacia la recuperación. Y eso ambos lo sabían de sobras. El problema era que el único que parecía interesado en avanzar, era Sherlock.
—No seas estúpido —sonrió, intentando infundirle ánimos, intentando que viera, sin necesidad de palabras, que no podía importarle menos. No ahora. No en ese momento. Y no creía que nunca fuera a importarle, la verdad. Se acercó, con claras intenciones de poner las manos sobre el collar, pero sin querer que se echara atrás, que se retirara —. No hay nada en ti que yo no pueda querer ya, John.
—No lo sabes. No sabes nada de mí. Hace veinte minutos ni siquiera sabías mi nombre.
Sherlock suspiró, dándose cuenta de que su secreto, no lo sería tanto, a partir de ese momento. Tenía que mostrar sus cartas. Además, era lo justo. Si el sabía casi todo sobre John con solo mirarle, que menos que darle a él esa pizca de información a él.
—Sé prácticamente todo sobre ti, John. Sé que te capturaron en una misión. Sé que eras joven cuando eso pasó. No debías de llevar mucho tiempo en la milicia. Trabajaste con Adler en algún momento, y también con Greg, puesto que estuvisteis hablando mucho tiempo, presumiblemente, antes de que yo apareciera por la puerta. Deduzco, pues que pasaste el tiempo suficiente entre los rebeldes como para que os hicierais amigos, así que quizá tres años. Dos, como mínimo. Sé que tenías familia, y que los dejaste para protegerlos. Probablemente tu padre no estaba con ellos. Y ambos eran puros. Y sé exactamente qué pasó mientras estabas allí. Lo único que he necesitado ha sido observarte.
John parpadeó, mirándole a los ojos por primera vez en toda la tarde, y se atragantó con su propia respiración. No tenía palabras para describir lo que acababa de presenciar. Sherlock estaba más preocupado por la respuesta de John.
—Eso ha sido... impresionante.
Parpadeó, sorprendido. Su corazón latía a mil latidos por minuto, sin saber qué decir, o cómo reaccionar. No había esperado esa respuesta. De entre las miles de variantes en su cabeza, ninguna se parecía ni remotamente a lo que acababa de escuchar. Tal vez por eso necesitaba una segunda confirmación visual de lo que acababa de escuchar.
— ¿De verdad?
— ¡Sí, por supuesto! ¿Tu te oyes? —John parecía estar genuinamente impresionado, y eso hizo que el asomo de una tímida sonrisa apareciera en los labios de Sherlock, lo que hizo que el otro se relajara visiblemente, también, y sonriera de vuelta —. Eres un puto genio ¿Cómo adivinaste todo eso?
Sherlock meneó la cabeza, y observó los dedos de john, con los que empezó a juguetear, observando atentamente las irregularidades en la piel, cada muesca y cada callo. Cada dureza.
—No lo adiviné. Simplemente observé. Lo supe igual que sé que eres diestro, que utilizas un fusil de manera habitual, y que siempre está cargado. Y al igual que sé que estabas acostumbrado a utilizar uno de los revólveres que la resistencia tiene en el almacén, antes de que te enseñaran a utilizar el fusil. Y también que tienes la manía de jugar con el seguro, y de mantener el dedo siempre en el gatillo. Las marcas en tus manos. Los callos. Son de alguien de manos delicadas que cogió un arma muy pronto. Detenías el retroceso con las muñecas, en lugar de absorberlo con los brazos y pasarlo al torso, como deberías hacerlo, así que debías de ser bastante joven cuando empuñaste un arma por primera vez. Estas marcas de durezas en la palma, justo delante de los dedos, son de sujetar un fusil de manera habitual, pero no un fusil cualquiera, sino uno con mango ergonómico, de esos que se adaptan a la mano. Y solo hay un lugar donde se utilizan ese tipo de armas. Además, las marcas se formaron al principio, cuando todavía sujetabas el arma como si fuera el revólver, con demasiada fuerza para resultar cómodo.
—Increíble. No tengo palabras.
Sherlock se sonrojó, nada acostumbrado a los halagos.
—Eso no es lo que suelen decir.
— ¿Y qué suelen decir? —una nueva sonrisa tironeaba de la boca del capitán. Sherlock no pudo evitar reírse entre dientes.
—"Que te den".
Ambos estallaron en carcajadas, y rieron tanto rato, que a ambos empezó a dolerles el estómago por las sacudidas. Hacía mucho tiempo que ninguno reía de esa manera. Años. Resultaba tan liberador y tan ligero hacerlo... y parecía tan natural... para nada tan forzado como Sherlock pensaba que sería, después de tanto tiempo sin hacerlo. Parecía como si John sostuviera una cuerda a la que tenía atados sus sentimientos, y tirara de ella para sacarlos a flote.
Después de sofocar sus risas, y de que John se limpiara las pocas lágrimas que se le habían escapado, perdido en la sensación enajenante de las carcajadas, Sherlock lo miró a los ojos, alzando las cejas, con las manos medio extendidas. Si alguien hubiera estado allí contemplándoles en lo invisible, se hubiera dado cuenta enseguida de que Sherlock miraba a John como si fuera un minero que, tras mucho trabajo y falta de oxígeno encuentra, no solo una bolsa de aire para respirar, sino que da con el diamante más perfecto y puro que pudiera haber soñado jamás encontrar. Sherlock miraba a John con reverencia, con un amor que era más profundo y sincero que cualquiera que pudiera haber existido. Con un amor tan inocente y puro, que parecía infantil. Un amor tan desmedido que avergonzaría a los mismos santos, en sus hogares de fría piedra blanca.
Su voz, cuando habló, fue casi un susurro, como si temiera interrumpir la cálida atmósfera que se había ido construyendo en la habitación, a medida que las agujas del reloj se desplazaban por la esfera, con su incesante y rítmico tic-tac, marcando los compases del tiempo, dando vida al latido del mundo.
— ¿Puedo?
John ni siquiera respondió, sino que asintió ligeramente con la cabeza, y la echó atrás, dándole plena visibilidad de su cuello a Sherlock, algo que solo había hecho con anterioridad bajo coacción o por la fuerza, nunca de buena gana. Podía notar como temblaba ligeramente, sin poder evitarlo, y decidió que necesitaba abrir los ojos para ser capaz de recordar exactamente donde estaba y con quién. Apretó los labios con fuerza cuando sitió los largos dedos de Sherlock rozar su mandíbula cuando sujetaron la hebilla del collar, que tintineó haciendo que el corazón de John se acelerara. Inconscientemente, tomó una profunda respiración, preparándose para cuando el cuero se cerrara sobre su garganta sin dejarle respirar... pero eso nunca sucedió.
El cuero cedió, dejando paso al aire de nuevo, pero John seguía aguantando la respiración cada cierto tiempo, temeroso de quedarse sin en los pulmones, cuando Jim por fin decidiera cerrar el collar con fuerza sobre él. No sería la primera vez que lo engañara así. Lo pilló desprevenido una vez. Nunca más.
Sintió como el cuero dejaba su piel, y una mano cogía la suya con fuerza. Seguía estando tenso.
—John —la suave voz de Sherlock le sacó de su pesadilla, y bajó la cabeza, sintiendo el cuello extraño, demasiado flojo. Demasiado flexible. El pulgar de Sherlock acariciaba en suaves círculos el dorso de su mano —. Ya está. Ya no está. Se acabó. Lo has conseguido, John.
Sherlock observó como el cuerpo ajeno se iba relajando conforme pasaban los minutos, y estudió el cuello de John. Era una zona excepcionalmente pálida, a la que prácticamente nunca había llegado el sol. Tenía cortes antiguos cicatrizados, marcas de quemaduras y algún corte reciente. Sobre todo, estaba algo manchado allá donde el cuero lo había escocido, levantándole la piel y dejando ampollas. Incluso en la nuca tenía algún cayo. Le vio mover el cuello en varias direcciones, probando la nueva movilidad, y tuvo que apretar la mano libre en un puño, ocultándola bajo las sábanas de la cama para que John no la viera. Cómo deseaba en ese momento destripar al monstruo de Moriarty...
John le devolvió el apretón en la mano, llevándose una mano al cuello, como si no lo creyera. Su sonrisa fue más que suficiente para él.
—Gracias. Gracias de verdad, Sherlock.
Después de permanecer juntos el resto del día en el hospital, John intentó forzar a Sherlock a marcharse a su casa a dormir, pero éste no quiso irse, así que descansó un poco en la silla por la noche.
Unas enfermeras llegaron y revisaron el cuello de John. A petición privada de Sherlock, consiguieron curar las heridas sin necesidad de vendarle alrededor. John ni siquiera supo que él lo había pedido así. Aprovechando el momento en el que estaban haciéndole las curas, Sherlock se escabulló para hablar con Lestrade sobre el plan.
John no podía estar más animado. Había conseguido dormir sin el collar. Había conseguido sacárselo. Y no parecía que a Sherlock le importara lo más mínimo que él fuera... bueno. Lo que fuera. Eso lo aliviaba sobre manera, sin duda. Y luego estaba el hecho de que parecía que lo que sentía por él era... real. Dios, ¡era un genio! De todas las personas con las que el universo podía haberle emparejado, había acabado atado a un genio. Alguien que podía leerle tan fácilmente como si fuera un libro para niños. No podía entender su suerte.
John se seguía tocando de manera inconsciente el cuello, sin poder evitarlo. Era demasiado nueva la sensación de no tener nada pegado a su piel, y estaba descubriendo la nueva textura que tenía la zona, cubierta de costras, heridas, quemaduras y otros. Ahora había parches y crema desinfectante que le habían obligado a ponerse para sanar lo poco que había quedado sin curar por Molly, y que debía ser atendido para evitar una infección, así que intentaba mantener las manos ocupadas para no destrozar el trabajo de las enfermeras.
John se quedó fuera de la habitación, vestido con unos tejanos, una vieja camiseta de Greg, y una de sus chaquetas. Iba de prestados, pues la ropa que guardaba en su vagón de metro dudaba que siguiera allí o que le valiera. La ropa de los caídos en combate se donaba a los orfanatos o se entregaba a los sin techo. Desearía poder colarse en Buckingham solo para recuperar algunas de sus pertenencias. No era que tuviera muchas, pero sí un par que tenían un gran valor sentimental, como por ejemplo, una manta que Molly había tejido para él. Tenía un gatito con un lazo, recostado, y era de color blanco crudo. Podía no ser lo más masculino del mundo, pero era un regalo, y ansiaba conservarlo. Él no estaba aún en condiciones de salir de misión, pero tampoco iba a hacer que alguien arriesgara su vida metiéndose en aquel infierno, solo para recuperar una manta.
Quizá, después de que todo acabara, podría volver allí y recuperarla. Eso si no habían vaciado ya su habitación y quemado sus cosas, para que fuera ocupado por un nuevo recluta.
Por un frío momento, se preguntó cómo estaría Jim sabiendo que probablemente había muerto, y que su cuerpo lo tenían en la resistencia. ¿Estaría desquiciado? ¿Sentiría un mínimo de emociones? ¿Aunque fuera por haber perdido uno de sus juguetes? Estaba casi seguro de que Moran tendría muchos fuegos que apagar, ahora que él no estaba allí. Solo esperó que nadie más le resultara particularmente interesante, al menos no tanto como para hacer lo mismo que hizo con él.
Sherlock llegó a su lado, solo. Por algún motivo, John no se sentía nada solo, no como cuando había estado con Garm encerrado en la jaula eléctrica. Siempre había tenido una fuerte e inagotable sensación de frío mortal en el cuerpo entonces, como si sintiera la fuerza vital desvanecerse a medida que Garm la perdía al estar sometido diariamente a tanto voltage. Garm y Hugin habían desaparecido cuando John y Sherlock se encontraron en la habitación, tal y como dictaban las leyes que regían su naturaleza distópica, y no volverían a aparecer hasta que ambos estuvieran tremendamente separados el uno del otro, o estuvieran en peligro. Y John debería estar echando de menos a su lobo. Debería desear estar con él, pasar un tiempo... pero no había nada de eso, no ahora que estaba con Sherlock.
John pensó que estaba siendo algo egoísta, respecto a eso. Siempre había creído que los avatares tenían, hasta cierto punto, vida y pensamientos propios. Algo parecido a una conciencia subordinada a la de su distópico. Y que podían sentir. Tal vez John se estaba preocupando, entonces, tan solo de su propia felicidad, y no en la del lobo. Tal vez Garm también le había echado de menos. Y nunca podría saberlo, no a menos que cualquiera de las dos situaciones que menos quería esperar, se cumplieran.
John era un completo egoísta. Y no podía entender por qué lo era ahora, si nunca lo había sido.
Tal vez Jim había tenido razón cuando dijo que algún día le gustaría. Que algún día sería como él. Que algún día dejaría de aferrarse al pasado y se daría cuenta de que había nacido un nuevo John Watson. El John Watson al que quitar una vida de más no le importaría. El John Watson egoísta. El John Watson que disfrutaría orquestando el caos. El John Watson que convertiría un disparo y la sangre en poesía divina. Al que se le aceleraría el corazón con la perspectiva de una contienda inminente.
Su ánimo se ensombreció para todo el día, aunque mejoró ligeramente cuando Sherlock apareció de nuevo para guiarle por el hospital hasta la salida. Sherlock se había comprometido a llevarle hasta su vagón en el metro. A enseñarle todo lo que se había perdido mientras estaba fuera. A darle un alojamiento. Lestrade le acompañaba, con una ligera sonrisa. Cuando llegó allí, le palmeó el hombro.
—Sé que probablemente te mueres por descansar un poco, pero ahora mismo la situación es muy delicada, así que necesitamos cualquier información que nos puedas dar... cualquier dato que pueda resulta mínimamente relevante a cerca de ese cabronazo...
Sherlock miró a John como si se estuviera disculpando, y éste suspiró.
—Lo siento, John, pero necesitamos la información... Si podemos estar prevenidos contra cualquier golpe que Moriarty pueda dar en las próximas cuarenta y ocho horas, sería una ventaja tremenda para nosotros.
John tomó una profunda boanada de aire, y asintió.
—Lo haré, pero tenéis que saber que es bastante probable que haya cambiado su actuación. Habrá códigos de activación que se habrán cambiado. Lo más probable es que crean que estoy muerto, pero ante la menor sospecha de lo contrario, no se arriesgará. Lo único que es probable que siga como estaba, son los superiores al mando, y las reservas de armas. Son demasiado aparatosas y llevaría mucho trabajo cambiarlas.
Lestrade asintió y se llevó a John consigo. Cuando Sherlock quiso acompañarles, el ex policía lo detuvo.
—Te necesitamos en las barricadas de East Putney para que revises las contenciones. Te necesito para eso.
Sherlock dudó, mirando a John. Él también necesitaba conocer cuanta más información mejor, y más si era sobre Moriarty. Necesitaba conocer sus rutinas, sus movimientos, sus costumbres, su gente de confianza. Todo. Y John era la fuente más fiable ahora mismo. No obstante, Lestrade se llevó a Sherlock a parte un segundo. Lo miró a los ojos, con una mano en su hombro. Greg era una de las pocas personas que apreciaba a Sherlock, y a su vez, una de las pocas en las que Sherlock confiaba. Entre susurros, Greg le preguntó si creía que John era de fiar. Si pensaba que era uno de los "secuestrados" del Líder.
—Sé que en este caso te puede costar ser objetivo, pero si nos equivocamos, si nos confiamos, todos nuestros años de trabajo pueden venirse abajo. Por favor, dime que de verdad confías en él.
— ¿Tú no?
Lestrade miró a John con discreción por encima de su hombro.
—Quiero hacerlo. Él es my mejor amigo. Pero me pesa más la responsabilidad. Necesito saber que puedo confiar en él. Que puedo hablarle sin tener que estar vigilándome la espalda todo el tiempo.
Sherlock cerró los ojos. Sabía lo que era desconfiar de alguien cercano. Él había desconfiado muchísimo de su hermano Mycroft cuando empezó a trabajar para el gobierno, después de oír las historias que se contaban de los que venían de allí. Historias sobre distópicos a los que drogaban y torturaban hasta que olvidaban quienes eran. Hasta que podían poner patas arriba su mente, y hacerles creer que un enemigo era un amigo y viceversa. Pero Sherlock vio a uno de ellos en los túneles del metro. Uno que había perdido toda razón. Y Sherlock aprendió a reconocer los síntomas. En poco tiempo, se había convertido en uno de los mayores detectores que tenían en la Leonera. Así que asintió.
—Puedes confiar en él. No tiene los síntomas.
Después de la pequeña charla secreta con Sherlock, Greg se llevó a John a una especie de sala de juntas habilitada en una de las casas cercanas al hospital. Se sentaron allí, y a John le temblaban las manos.
Estaba acostumbrado a la adrenalina que suponía estar en el lado de los puros, la tensión constante que suponía vivir con Jim y pensar que cada aliento podía ser el último. Saber que cada noche que podía dormir, podría no despertar por tener una bala en la cabeza. Estando allí, la paz y la calma le resultaban tan abrumadoras... No sabía como manejar eso.
Le estaba poniendo muy tenso.
Lestrade se sentó frente a él, y tomó lápiz y papel antes de mirarle.
—Espero que no te moleste que tome notas. Pero todo es susceptible de ser importante ahora.
John negó, jugueteando con sus dedos, nervioso. No podía evitar pensar que en cualquier momento alguien lo asaltaría y le pondría un cuchillo en el cuello, o que Jim aparecería con un látigo o el collar de cuero en la mano, amenazándole e inquiriéndole por qué se lo había sacado.
Cerró los ojos con fuerza y sacudió la cabeza. Le gustaría que Sherlock estuviera allí con él, cogiéndole la mano para atarlo a la realidad, para asegurarle que la calma era buena solo con el firme tacto de su mano. Parecía absurdo pensar en lo dependiente que se había vuelto de repente de Sherlock, como si fuera la pierna que siempre le faltó, y ahora que la tenía de vuelta, caminar sin ella era un suplicio.
—Sí. Sí, toma notas, grábalo. Lo que quieras, mientras no me hagas repetirme mucho.
Estudió la habitación cuidadosamente. A parte del salón de una casa de una ciudad fantasma, la única amenaza visible que parecía haber allí era su mente, y la humedad que reptaba por las paredes como una mancha negra en busca de su objetivo final, como si buscara sumir la vivienda en las tinieblas, peleando contra las estrías que empezaban a salir en la pared.
—Dime que necesitas.
—Todo lo que puedas decirme, la verdad —Greg preparó el lápiz, mirando a John, y le lamió los labios, distraído, mientras pensaba en la primera pregunta — James Moriarty ¿Qué sabes de él, exactamente? ¿Quienes son sus hombres de confianza? ¿En quién debemos fijarnos?
John tomó aire, y empezó a mover la pierna de manera nerviosa mirando a Greg. retorcía los dedos de sus manos, intentando evitar que éstos volaran hacia su cuello.
—Jim no es mucho más mayor que yo. Diría que es más joven, de hecho. Un par de años menos que yo. El día que me capturaron, les vi a él y a Mycroft Holmes. Al principio estuve encerrado en Yard, como ya sabes... típico estándar de tortura: sin luz, sin agua, sin ropa. Casi una semana. Y luego vino Moran, y me separaron de Garm. Después... bueno. Todo lo demás. Está desequilibrado, obsesionado con el control, con la dominación. Hay ciertos momentos en los que es como un niño pequeño... tiene caprichos, y se... se aburre.
Se estremeció y apretó las manos hasta que los nudillos se le pusieron blancos como la cal. Se obligó a hacer sus ejercicios de respiración para intentar relajarse en la medida de lo posible. Hablar de Moriarty siempre le ponía en ese estado, más cuando estaba en una situación en la que no se sentía cómodo. Y en ese momento, no podía sentirse más incómodo.
Lestrade le vio, y paró de escribir, frunciendo el ceño y apretando los dientes.
—Si necesitas un momento...
—No. Pero, ¿podemos ir a otro sitio? ¿La vieja zanja de entrenamiento sigue donde estaba? —preguntó, sabiendo que no podría manejar la situación tal y como estaba. Quería hablar. Quería colaborar. Quería ser de utilidad. Al fin y al cabo, ese era uno de los motivadores que le animaban a seguir adelante con todo aquel infierno. ¿O no? Pero si tenía que hablar, no sería en aquel lugar tan muerto y en calma. No en una habitación que parecía la tumba abierta de un coloso.
—Claro. Ahora tenemos sacos y guantes —animó Greg, esperando que eso reconfortara hasta cierto punto al que una vez fue su mejor amigo.
John llegó, y lo primero que hizo, fue golpear el saco de boxeo más próximo. Se sacó la camiseta para estar más fresco, su piel ardiendo en el aire caliente del túnel de metro. Ahora que podía golpear algo, se sentía ligeramente mejor. Por el camino, y mientras observaba a los viandantes como si fueran objetivos de batalla a los que eliminar, terminó de contarle todo lo que sabía de Moriarty. Los rasgos de megalomanía y sadismo no se pasaron por alto, y John tuvo que hacer referencia a un par de fiestas de la alta sociedad pura a las que había tenido en "honor" de asistir. Una como miembro del servicio activo, repartiendo copas y paseándose como un trofeo en exhibición, al alcance de todas las manos, y a la siguiente, una supuesta reunión de representantes de los países europeos, fue como acompañante de James, porque Moran estaba de misión.
En retrospectiva, John no sabía qué prefería: si ser manoseado por todos, o ser sometido a Moriarty y exhibido como un trofeo, mientras el Líder fardaba de él como de una novia florero, y sorteaba una noche con é con frases como "es una auténtica fiera", "no va a decepcionarte en absoluto" o "solo necesita un poco de mano dura". Al parecer eso no era más que una pose. Jim no compartía sus juguetes.
La voz de Lestrade le sacó de sus recuerdos, y gracias a Dios que lo hizo, porque volvían a derroteros mucho más desagradables.
—¿Qué hay de ese tipo...? Moran.
John dio el gancho de derecha más fuerte que había dado en su vida contra el saco... y se sintió tremendamente liberado.
—Moran es la mano derecha de Jim. Es a quien más debéis temer. Más que a él. Moran es el gran problema. Si él desaparece, Jim lo hará con él —explicó, recordando cómo de nervioso se ponía Jim cuando su tigre desaparecía. Estaba más loco de lo habitual. Estaba a la que saltaba por cualquier inconveniente. John odiaba cuando Moran faltaba, porque él cargaba con Jim y con su aburrimiento —. Es un distópico, que es lo que lo hace más difícil y más peligroso. No he sabido mucho de él. La verdad es que nos teníamos tirria entre nosotros. Solo sé que Moran está allí por libre elección. No fue capturado, no fue obligado. Es como si supiera algo que nosotros no.
Lestrade frunció el ceño mientras apuntaba, observando a John golpear el saco a medida que escribía.
—Crees que está allí por cuenta y riesgo
—Creo que es un chaquetero. Un oportunista. Vio de que lado venía el viento, sopesó, y pensó que le era más favorable estar en nuestra contra que en nuestro favor... y no le ha salid tan mal la jugada. Creo que está allí porque quiere, y tan pronto como vea que las cosas se tuercen, abandonará el barco como la rata que es, en busca de otra cosa que le pueda servir.
—¿Sabes a dónde llevan a los distópicos que retienen? ¿Qué hacen con ellos?
John suspiró. Sabía que el tema saldría a flote.
—Lo poco que sé, es por informes que leí sobre la mesa de Jim mientras estaba distraído, y retazos de conversaciones que no eran para mí. Además, conseguí información de primera mano de unas cuantas fuentes bastante directas —John resumió lo mejor que pudo de donde había obtenido tan delicada información. Al servicio de Jim había aprendido que nada sabía mejor que un buen secreto, y los secretos volaban cuando los ponías como pago por un poco de diversión que no estaba en tu poder negar u ofrecer. Los secretos. Los secretos eran la moneda de cambio de las altas esferas. Vio a Lestrade alzar la ceja, pero no era necesario que supiera el cómo, así que lo dejó pasar. Que usara la imaginación —. Tienen distópicos y avatares confinados en un lugar, una especie de centro de investigación del gobierno. Por lo que sé, les hacen pruebas. Por algún motivo, Jim quiere destruir a los distópicos. Quiere reducirnos a números negativos. Y no sabe cómo. No tiene ni la menor idea de por dónde empezar.
John sujetó el saco con las dos manos y, mirándose los nudillos pelados, chasqueó la lengua. Tendría que pasar por el hospital para que le hicieran una cura o algo. Como mínimo que le dieran gasas o vendas para envolverse la mano. Tenía que haberse puesto los guantes.
Cuando se irguió, se dio cuenta de cómo Lestrade miraba su torso desnudo. Tenía músculos firmes. No prominentes, pero sí marcados, precisos. No había un gramo de grasa ni carne fuera de lugar. El músculo era duro y trabajado, y la piel blanca como la de un recién nacido. No tanto como la del cuello, pero sí de un tono que delataba el poco tiempo que ésta pasaba expuesta al sol. Pero no era el estado físico de John lo que Greg observaba, sino las marcas en su torso. Había marcas de dientes que habían quedado reducidos a pequeñas curvas o puntos rosados en su piel, cortes que en su momento se habían hundido hasta que la hoja de la navaja prácticamente había besado el hueso al otro lado del músculo, solo eran montículos blancos e irregulares. Las abrasiones y quemaduras en la piel. Los golpes que se había llevado durante los entrenamientos. Todo. El mapa de una parte de su vida que preferiría olvidar, tatuado en su piel.
John tenía un tatuaje de un cuervo en los hombros, con las alas extendidas. Las plumas de las puntas tocando cada hombro. Nunca fue el tipo de hombre que llevaría un tatuaje, pero se vio en necesidad de ello como una manera de tapar dos feas cicatrices que Jim le había dejado en una de las primeras noches de su incorporación a las filas puras, golpeándole con su cinturón. El cuervo era negro, grande, y tenía los ojos azules, igual que el de su sueño. Igual que Hugin, el cuervo de Sherlock.
Por algún motivo, llevarlo a la espalda le había dado seguridad.
—¿Hemos terminado por hoy?
Lestrade se mordió el labio, sintiéndose fatal por tener que torturar a John con los recuerdos, pero necesitando desesperadamente la información.
—No haría esto si no fuera totalmente necesario, y lo sabes —fue su cansada respuesta, a lo que su interlocutor suspiró, como si ya se lo esperara.
—Supongo que sí lo sé. Sigue, quiero acabar pronto con esto.
No quería haceros esperar más, así que aquí va la primera mitad de lo que tenía pensado traeros como actualización. me he dejado cosas, cosas Johnlock, que irán en el siguiente capítulo, es decir, la otra mitad.
Hago lo que puedo, lo juro. Entre el Rally, fin de curso, y dormir un poco, estoy que no puedo. Pero seguiré actualizando como siempre, porque quiero y porque no os merecéis un hiatus, solo por aguantar todo el angst de los primeros capítulos como los jabatos que sois, queridos míos.
Así que me despido por esta semana, y ya veremos cuando el mundo se detiene un momento y me da tregua para hacer el siguiente.
Os adoro y lo sabéis!
MH
PD: ayudad al imperio de Baker Street y a las consultoras a machacar a Yard en el Rally dejando vuestros comentarios en los fics con el correspondiente disclaimer ;9
Os animo, también, a leer las aportaciones de las autoras. Son trabajos excelentes.
Gracias!
