Estableciendo la base
Sherlock había vuelto de los túneles del metro ya entrada la tarde, cuando la hora y media de luz eléctrica en las calles de la Leonera empezaba. Sabía que tendría que abandonar la zona residencial en a penas unos minutos, pero había un par de cosas que quería recoger en la casa que compartía con su hermano… o mejor dicho, la casa que era de su hermano. Muchas de ellas eran pertenencias personales, la mayoría viejas, algunas no tanto. Sinceramente, la única razón por la que estaba allí era para recoger ciertos papeles, notas que había tomado de sus sueños y del Quimera, que quería que John revisara con él esa noche, a ser posible.
Esperaba que su hermano siguiera trabajando. No quería tener que darle explicaciones sobre donde había estado todo ese tiempo… cuanto menos supiera Mycroft de la localización de su base, mejor.
Sherlock se había apropiado de un pequeño piso en el centro de Londres: el 221 B de la calle Baker. La casera, una amable distópica a la que tuvo el placer de rescatar de las garras de su marido, un puro drogadicto que la tenía esclavizada, cuidaba de él y se encargaba de cubrir sus huellas en sus idas y venidas. Sherlock tomaba medidas drásticas cuando viajaba para una estancia larga al otro lado: se teñía el pelo o se lo cortaba, y cambiaba de nombre. Nadie entre los distópicos conocía su alias, así como nadie entre los puros conocía su verdadero nombre. Ni tan solo la buena de Martha Hudson.
Se deslizó por la puerta abierta con tanto sigilo como fue capaz de reunir. Saltó las dos tablas de parquet justo frente a la puerta, sabiendo que chirriaban, y avanzó rápido y en la oscuridad hasta las escaleras. Subió a saltos, escalando de dos en dos los escalones, hasta que legó al estrecho pasillo superior. La casa olía a cerrado y un poco a polvo. Sobre todo su antigua habitación. O hacía muchos días que Mycroft no se pasaba a dormir por allí, o no se había molestado en hacer limpieza. Sherlock no podía culparle, la verdad. A juzgar por la pátina de polvo y suciedad acumulada en la barandilla, iba a ser lo primero. Mycroft hacía por lo menos una semana que no pasaba por casa.
Por un momento, se temió lo peor.
Era cierto que pensaba haberse hecho a la idea de que su hermano podría no regresar un día de esos de Buckingham. Sherlock era realista, y era consciente de todo lo que pasaba allí dentro, fuera de los límites de La Leonera. Mycroft había pasado ya muchos años al servicio de Moriarty, y sería lógico que cualquier día el Líder se diera perfecta cuenta de que el mayor de los Holmes (y oficialmente el único Holmes de Inglaterra), estaba jugando a dos bandas. En ese caso, no habría clemencia, y ambos lo habían sabido siempre. Tal vez por eso siempre se habían esforzado por no estar en malos términos cada vez que se separaban. Ninguno de los dos deseaba que lo último que pudieran decirse a la cara en esa vida fuera algo desagradable. Ya bastante mal estaba el mundo por sí mismo, sin necesidad de tener que cargarse a las espaldas unas últimas palabras mal elegidas.
Pero Sherlock y Mycroft habían estado cerca de dos meses sin verse o entablar cualquier tipo de comunicación. Sospechaba que si algo grave hubiera pasado, Lestrade o alguien en la cúpula se habría enterado, y se lo habría comunicado. Aunque, si solo había pasado una semana de ausencia, era probable que ninguno de ellos tuviera noticia del suceso a menos que Moriarty así lo quisiera.
Con el ceño fruncido y el corazón en la garganta, recogió los papeles cuidadosamente ocultos bajo una de las tablas sueltas —bajo la que, en otro tiempo, había sido su cama—, se apresuró a doblarlas dentro de su chaqueta, y volvió por donde había venido, asegurándose de mover el polvo para intentar cubrir sus huellas.
No había dado dos pasos por la planta baja, cuando la puerta de la entrada se abrió, iluminando el pequeño recibidor con la luz amarillenta de las farolas antiniebla del exterior. Las tablillas de la entrada gimieron bajo el peso del nuevo inquilino, y Sherlock se apresuró a ocultarse en la cocina, al abrigo de las sombras de una de las esquinas. Cerró los ojos, regulando su respiración, deseando que no fuera una inspección sorpresa como las que había visto hacer en las calles rojas y las colindantes a la plaza del tripi. Una patrulla de inspección le venía demasiado mal.
Su respiración se calmó cuando se dio cuenta de que solo había una respiración más dentro de la casa, y un par de pies pisando las tablas. Escuchó el tintineo familiar de un juego de llaves cerrar la puerta, y la tos resultante de aspirar el polvo flotando en el aire.
—Deja de jugar, Sherlock.
Salió de sus escondite con un suspiro aliviado al escuchar la ronca voz de Mycroft en la entrada, su corazón lentamente volviendo a latir a ritmos aceptables.
—Eres tú. Creí que eran agentes… —empezó, intentando ver algo en la oscuridad de la habitación.
Su hermano aún no había encendido la luz, y no parecía tener intenciones de hacerlo, pues tomó su cartera llena de papeles y se dirigió derecho a la pequeña mesa de la cocina, por la que entraba la luz. Caminaba de forma extraña, zozobrando, como si no supiera muy bien cómo hacerlo. Parecía que el suelo bajo sus pies fuera demasiado irregular para sostenerle, y se preguntó si estaría borracho. Rara vez lo había visto en estado de ebriedad, y eran muchas menos las ocasiones en las que le había visto coger una botella en los últimos tiempos, cuando tenía que estar más despierto que nunca en su juego a dos bandas.
Mycroft Holmes estaba en una posición de lo más delicada, dentro del tablero que dibujaba las líneas de La Leonera y del Gobierno. Estaba justo en el medio de dos frentes, jugando un farol de cara a la facción más poderosa del tablero, y esperando no fallar. Mycroft era una de las piezas más importantes para ambos bandos, no solo para los distópicos. Jim creía que tenerle a él de su lado suponía una ventaja táctica inmensa. Hubiera sido así, de no ser porque Mycroft jamás le había dado su lealtad a Moriarty. Al menos, no en realidad.
Sherlock le había viso llegar demacrado, cansado y culpable a esa casa. Había visto lo peor de su hermano mayor en los años previos a su muerte oficial. Le había visto incluso llorar. Había visto al hombre que Mycroft era tras la máscara, y había visto hasta donde era capaz de llegar con tal de mantenerle a salvo y cuidar de él.
Pero Sherlock nunca había visto nada como eso.
Su hermano se encorvaba, fuera de la luz, teniendo buen cuidado de darle siempre la espalda mientras se desplazaba. Más cuando llegó a la cocina y fue presa de la tenue iluminación rojiza del atardecer, al otro lado de los cristales. Estaba hundido. Completamente superado por las circunstancias.
—¿Mycroft?
El susodicho lo ignoró, siguiendo a lo suyo. Cerró las cortinas con violentos tirones, y se sentó a la mesa, tirando el maletín sobre ella con desprecio, como si fuera una pieza de algo asqueroso. Sherlock sentía la urgencia de dejar la casa, la necesidad de ir junto a John, comprobar que todo estuviera bien después de todas esas horas en las que su otra mitad había estado sometida a las incesantes preguntas de Lestrade, pero no podía evitar sentir el peso de la responsabilidad caer sobre él. Mycroft parecía un muerto en vida, y eso que aún no había conseguido verle ni la cara.
Debía quedarse junto a su hermano.
Buscó medio a tientas uno de los quinqués que Mycroft guardaba en caso de apagón, de los que utilizaban para guiarse en la oscuridad cuando el suministro se cerraba en las horas nocturnas y aún no estaban en sus respectivas habitaciones o destinos. Encenderlo fue fácil cuando consiguió prender el mechero que llevaba en los pantalones. Contuvo un jadeo cuando el resplandor amarillo de la llama en la vela reveló lo que Mycroft había tratado de ocultar en su paseo por las sombras.
Uno de sus ojos era un círculo de color oscuro. Sherlock sabía que era morado por la sangre, pero bajo aquella luz, simplemente parecía negro. Olía a sangre, también, y se preguntó como no lo había notado antes. Ahora que veía los cortes en su cara y pómulos, y el labio partido, parecía más que evidente que Moriarty no había recibido las noticias de la pérdida de John Watson con muy buen talante.
—Mycroft…
—¿Cuánto hace que has vuelto?
La respuesta de su hermano, con la voz ronca, le hizo parpadear. Se sentó a la mesa, con las piernas flojas de repente. Aquello no parecía estar dentro de los esquemas mentales que se había formado de Moriarty. Él era un hombre que no perdía los estribos. Sereno, calmado, comedido. Una pérdida tan irrelevante como la de un capitán de sus fuerzas no debería haberle puesto tan furioso… a no ser que no solo se tratara de él. A no ser, que la caída las murallas tuviera algo que ver.
O a no ser, claro está, que John Watson supiera algo de vital importancia, algo que podría poner en jaque al gobierno de Jim de una vez y para siempre. Aunque ni el mismo John fuera consciente de saberlo.
Jim se había desquiciado. Y Sherlock se sentía directamente responsable de ello.
Eso era bueno y malo a partes prácticamente equivalentes. Era bueno, porque de alguna manera sabía que había hecho algo que había provocado que Jim se enfadara, y eso no pasaba todos los días. De alguna manera que aún no podía comprender, Sherlock había descubierto una brecha en el código de seguridad particular de Jim, y eso era algo que no se podía desperdiciar. Lo mejor de todo era que, con un poco de suerte Moriarty no sabría qué había sido el artífice directo de la ofensiva, y eso les daba la ventaja de la sorpresa, sin duda.
Por otro lado, mirando a Mycroft, sentado en su roñosa cocina y en aquel estado tan lamentable, sentía náuseas. Y las ganas de vomitar que sentía iban en aumento cuando pesaba que era por su causa, que estaba en ese estado. Se sentía directamente responsable de la sangre en su rostro, de los golpes que sin ninguna duda, y a juzgar por su incómoda manera de andar y las muecas que hacía al moverse, que había recibido por todo el cuerpo. Su hermano había recibido una paliza brutal, y era por su culpa. Saber aquello no lo hacía menos doloroso, al contrario. Era como si hubiera sido su mano la que se hubiera estrellado contra su piel una, otra, y otra vez.
Sherlock suponía que tenía, por lo menos, un par de costillas rotas.
—Hace un par de días —respondió, de manera automática, sin emoción en la voz.
Cuando se recuperó, se levantó lo suficiente como para abrir el grifo, y mojar un trapo medianamente limpio en el agua fría que salía de las cañerías. Se sentó junto a Mycroft, le sostuvo la cara con una mano con cuidado, y empezó a limpiar los cortes con cuidado, intentando ver, bajo la sangre seca, la longitud y profundidad. Si algo había aprendido por la fuerza estando tanto tiempo por libre en La Leonera, era curar heridas. Su prioridad ahora mismo era que ninguna se infectara. John podría haberle dado un diagnóstico mucho más completo con un simple vistazo a Mycroft, pero ya habría tiempo de llevarle al hospital después. Sherlock quería saber qué había pasado.
—Ha sido él, ¿verdad? ¿Por la caída de la muralla? —tanteó, con una voz que pretendía ser neutra pero que no lograba ocultar por completo el odio que se ocultaba detrás.
La respiración de Mycroft era superficial pero lenta, como si cada aliento le costara el doble de ennegrecía de la que podía gastar. Hizo una mueca cuando el trapo húmedo rozó un morado en su pómulo derecho, donde había un corte sangrante, producido por un anillo.
—Estaba desquiciado. Me tocó a mí darle el informe. Ni siquiera me dio tiempo de salir de la habitación. Nunca lo había visto así.
Sherlock continuó limpiando heridas visibles, tratando de que no se le notara el choque que le produjo la sinceridad en la voz de Mycroft. En cuanto a preguntas relacionadas con Jim y compañía, siempre había constado mucho más obtener la información que quería de forma rápida y sincera. Ese día, le había resultado demasiado sencillo. La idea le produjo escalofríos, acariciándole la espalda con el mismo dedo frío que resiguió su columna cuando creyó que iba a morir, aplastado por la última sección de muralla mientras arreglaba el explosivo.
— ¿Cuándo fue la última vez que viniste a casa, Mycroft? ¿Te ha estado reteniendo allí?
—No. Fue una medida de seguridad que yo mismo asumí. Estaba tratando con asuntos demasiado delicados como para permitirme viajar de un lado a otro. Además, él estaba sospechando…
Chasqueó la lengua cuando escuchó eso.
—¿Sospechando el qué?
—Que estoy jugando con él.
Sherlock apartó la mano, y dejó el trapo sobre la mesa, cuando los ojos de Mycroft le atravesaron, frunciendo el ceño. Apartó la mirada y trató de ignorar las marcas de largos dedos que se podían apreciar en el cuello de Mycroft, empezando a ponerse morados. Se levantó y cogió la bolsa con sus cosas. Sabía que, si Jim desconfiaba de Mycroft ahora, la única salida que su hermano tenía era volver a ganarse la confianza del Líder. Y eso no sería una tarea fácil, en absoluto. Y tampoco sería agradable.
Después de la primera confesión que su hermano le dio, años atrás, Sherlock no había vuelto a insistir en preguntarle qué era exactamente lo que hacían en Buckingham. Sabía que la Leonera, igual que para muchos, era un refugio, y eso significaba que tan pronto como cruzaba el puente que le llevaba directo a casa, era un hombre distinto. Ya no era la mano izquierda del Líder, sino que era otro hombre forzado a trabajar para el Gobierno. Aunque el círculo inmediatamente más cercado, pensaba que Mycroft era un asqueroso traidor, pues más de un superviviente de Jim que había conseguido escapar de palacio, se había topado con él. Pocos, muy pocos, tenían en algo de estima y respeto el apellido Holmes. Incluso Sherlock estaba mal visto, fuera de los miembros de la resistencia. Se había asegurado de pasar inadvertido, y la mejor forma de que le gente le evitara, o no quisiera recordar detalles cruciales para identificarle, como su voz, o su aspecto, tenía que convertirse en basura. Así que se aseguró de que le vieran borracho, drogado, y saliendo de algún club the las calles rojas, tras ofrecer algún que otro espectáculo (tras el cual conseguía algo de comida extra y, por qué no, algo de cocaína). No obstante, a partir de algunos incidentes aislados tras su improbable popularidad entre los habituales del Devil's Horns, el segundo local con más clientela de la ciudad, puesto que abastecía tanto a distópicos entregados al vicio como a los puros que buscaban lo exótico, lo prohibido y en definitiva, el riesgo de estar al otro lado de la frontera que separaba la zona marginal de la privilegiada.
No obstante, se las había ingeniado para que Mycroft no se enterara de sus escarceos. La última vez que le vio saliendo de las calles rojas, intentó martirizarle con un sermón moralista sobre la actitud recta y la responsabilidad, además de intentar disuadirle explicándole detalladamente las consecuencias de la promiscuidad sin seguridad y de las ETS (aunque ambos sabían que el concepto ya estaba integrado en el conocimiento básico de Sherlock), cosa que no funcionó. Sherlock fingió sentirse horrorizado por aquella información, y "juró" no volver a dichos locales. Por aquel entonces era joven, y fue fácil convencer a su hermano de ello. Sobre todo por el escaso tiempo que este pasaba en casa, y las pocas ganas que tenía de discutir cuando volvía, el día que sí tenía tiempo. Una parte de él sabía que Mycroft era consciente de sus actividades, pero parecía que ninguno de los dos quería indagar en e tema, de modo que, por un motivo u otro, la conversación nunca florecía.
Supongo que ha llegado el punto en el que se hace cualquier cosa por sobrevivir, pensó, aferrado a la correa de su bolsa. Jim nos ha convertido en animales desesperados, después de todo.
—Tienes que ir al hospital. Alguien tiene que revisarte.
Mycroft negó con la cabeza.
—No. Es mejor así... por un número de motivos que no podría llegar a explicarte de manera que lo comprendieras... aún si quisiera que lo hicieras —respondió, frotándose la cara con las manos, antes de darse cuenta de que era una mala idea, teniendo en cuenta el estado de su rostro. Luego volvió a mirarle, antes de que saliera de la cocina definitivamente, rumbo a la base — ¿Quién es?
Sherlock estaba, para entonces, bastante desconcertado.
— ¿Quién es quien?
—Tu distópico. Hugin debería haber estado aquí hace más de diez minutos, y no es el caso. Además, estás diferente —admitió. Debería haberle intrigado algo que alguien se pudiera percatar tan fácilmente de un cambio tan personal, pero siendo Mycroft, la verdad es que no le extrañaba demasiado —. Me gustaría poder conocerle.
—¿Asumes que es un hombre?
—Simplemente era una corazonada. Y por lo que veo en tu forma de hablar, he acertado.
Se movió, cambiando el peso de un pie al otro, apretando los labios. No le gustaba guardarle muchos secretos a su hermano, pero algunas cosas eran necesarias. Cuanto más supiera, más tendría que ocultar. Cuanto más tuviera que ocultar, más mentiras tendría que crear. Y cuantas más mentiras creara, más evidente se haría que era un agente doble. Mejor si Sherlock era reservado y evitaba un mal mayor.
—Creo que no es el momento más adecuado. Es algo... delicado.
Sherlock tampoco había esperado encontrar a su alma gemela, en realidad. Había visto la desolación en los ojos de Mycroft cuando perdió a la suya, a penas unos días antes de que se marchara al lado puro durante esos dos meses que había estado fuera, y ni siquiera la había conocido. No fue hasta horas más tarde del suceso, que Sherlock se enteró. Para entonces, su hermano había reconstruido la muralla a base de alcohol que una vez se hubiera construido, y fue imposible llegar hasta él y darle su apoyo. Ahora, mientras hablaban de ello, vio en sus ojos el mismo dolor velado, tras las compuertas del autocontrol. No podía entender como Mycroft podía sufrir tanto, y seguir ahí, estoico, entero. En su situación, Sherlock haría tiempo que se habría quitado la vida.
—Está bien. Lo entiendo. Me alegro por ti, hermanito —dijo, y medio sonrió. Sherlock pudo creerse esa sonrisa—. Al menos dime si estáis bien.
Asintió.
—Estamos bien. Gracias, Mycroft.
A veces, Sherlock habría dado cualquier cosa, por cambiar su sitio con Mycroft, y dejar que fuera feliz.
A veces, cuando veía el dolor en sus ojos.
John hacía un buen rato que había estado golpeando el saco de boxeo de la zona de entrenamiento con saña. Los que entraban en ella para ejercitarse habían acordado en un cónclave silencioso y uniforme, dejar un radio apropiado de distancia entre ellos y el rubio sudoroso, lleno de cicatrices, que golpeaba el saco de arena con tanta furia que parecía que lo fuera a levantar y lanzar contra alguien en un ataque de ira. Su hombro derecho seguía molesto, dolorido por el disparo, y le ardía cada vez que golpeaba. La venda se iba moviendo, ejerciendo presión, intentando evitar que siguiera haciendo esfuerzos cuando no debía, pero necesitaba liberar toda la adrenalina que pudiera de alguna manera, o terminaría volviéndose loco.
En ello estaba cuando Sherlock apareció en el recinto interior, con una vieja mochila al hombro, mirándole fijamente, con cierta sorpresa. Creyó ver algo de confusión en su mirada, y también preocupación. Sostuvo el saco de boxeo cuando éste volvió hacia él. Detuvo el golpe flexionando las piernas, sintiendo los brazos algo flojos tras todo el ejercicio continuado. Se apresuró a coger su camiseta y ponérsela para cubrir sus cicatrices antes de que Sherlock pudiera acercarse más, donde pudiera verlas bien. Desde lejos, lo único que podría apreciar serían vagas manchas en la piel, pero algo más cerca y no habría quien le engañara. Y mucho menos con esas habilidades que tenía.
Se secó el sudor de la frente con el dobladillo de la camiseta y esperó a que el otro llegara a su lado. Distraído, se tocó el corte en la oreja de donde habían arrancado el chip rastreador. Era curioso ver cómo Sherlock no lo tenía. Si lo hubiera visto por la calle sin saber lo que sabía de él, habría jurado por su vida que se trataba de un puro.
Recordó las palabras que una vez escuchó en un coche del gobierno, la primera vez que lo llevaron a Buckingham. Mycroft Holmes, el hermano de Sherlock, fue quien las dijo: "Tenía un hermano... Se llamaba Sherlock... Murió de sobredosis". Las piezas empezaron a hacer click por si mismas en la cabeza de John, encajando lentamente en su lugar, empezando a formar la imagen que era su distópico. Sherlock había fingido su muerte en algún momento, por motivos evidentes. Probablemente la idea había sido de su hermano, para mantenerle a salvo. Lo que no encajaba, era por qué habían tenido la necesidad de hacerlo. Y por qué Sherlock seguía en La Leonera después de todo, si se suponía que estaba muerto a ojos del gobierno.
John no era tan incompetente como todos creían que era. No había llegado hasta donde lo había hecho solo porque la suerte le había sonreído porque, en ese caso, tendría que ser el hombre más afortunado de la tierra, y no era exactamente el caso. John sabía, John era listo. También podía unir los puntos. No en vano tenía el puesto de capitán de una de las unidades más importantes de Jim... o lo había tenido antes de su supuesta muerte. Había montones de cosas que John no sabía sobre Sherlock, millones. Pero poco a poco todo iba encajando en su sitio.
¿Sabría Mycroft que él estaba allí? ¿Sabría a caso qué tipo de lazo le unía a su hermano pequeño?
— ¿Estás bien? Pareces afectado. ¿Fue muy dura la entrevista? —preguntó Holmes, nada más llegar junto a él, observándole con atención mientras ajustaba la mochila a su hombro.
John frunció el ceño, observándole de vuelta.
—Podría decir lo mismo de ti. ¿Malas noticias?
—Algo así, pero es largo de contar.
—Tengo tiempo —respondió él, mirándole y esperando para ir a algún sitio.
Obviamente, Sherlock había planeado que cambiaran de ubicación, o no habría ido a buscarle con una mochila colgada al hombro. Se llevó las manos a la cintura, todavía notando las miradas curiosas de los otros que ocupaban el gimnasio. Toda actividad había cesado de pronto, como si estuvieran intentando escuchar la conversación que Sherlock y él estaban teniendo en ese momento. Quizá por curiosidad, quizá porque se les hacía extraño que aquel hombre que había estado dando palizas a un saco de boxeo como si hubiera matado a su madre, pareciera tan calmado de pronto cuando el otro apareció. Miró por una de las ventanas que había en lo alto de la pared, esperando ver la luz del sol entrando por ellas, pero solo vio una luz anaranjada. Sherlock pareció, una vez más, haber leído su mente.
—No tienes donde quedarte a dormir —dijo, y ni siquiera sonó como una pregunta, tan seguro estaba de que acertaba. Así era. John dirigió su mirada a él, sacándola de la ventana, mientras una pequeña sonrisa se dibujaba en sus labios. Ese hombre era sencillamente fascinante —. La hora de luz eléctrica está a punto de terminar, deberíamos irnos ahora que aún se ve algo. La Leonera no es un lugar especialmente seguro por las noches, como recordarás.
John asintió. La Leonera nunca había sido un lugar seguro, en ningún momento del día, pero cuando caía la noche, aparecían patrullas nocturnas, cortesía de Jim, que escudriñaban en busca de algún distópico que pudieran llevarse a Buckingham con cualquier excusa. De todas formas, no era como si necesitaran presentar un informe justificando un motivo concreto. El simple hecho de ser uno ya era suficiente motivo como para que cualquiera pudiera sacarte de tu casa, y que no pudieras replicar. Y, aunque lo hicieras, los tribunales se ponían de parte del gobierno en todas las decisiones (algo esperado y odiado, ya que también estaba formado por radicales puros). Además, también aparecía la parte más oscura de La Leonera. Como John ya sabía, no todos eran santos en un lado, y demonios en el otro. Había de todo, en todas partes. Y, cumpliendo esta norma, había capos de la droga que se escondían en las zonas bajas de los barrios y que salían por la noche con sus matones y repartidores, al abrigo de la oscuridad, a hacer sus ajustes de cuentas y sus ventas al por mayor. También los clubes de las calles rojas, en su mayoría prostíbulos y fumaderos de droga, se abrían por la noche. A los niños no se les dejaba salir por la noche a la calle. John recordaba redadas ocultas de la resistencia por las calles, recogiendo a los huérfanos sin hogar que rondaban por allí, llevándolos a los vagones de metro en los túneles para apartarlos de donde algo malo pudiera pasarles, o llevándoles al hospital más cercano, donde se aseguraban de encontrarles un hogar. Un par de orfanatos se habían abierto de forma confidencial en los barrios colindantes al King's College, y ya empezaban a estar saturados.
Incluso para un adulto o un adolescente, las calles eran peligrosas de noche. También se habían dado casos de gente que desaparecía y acababa en manos de los dueños de los locales de prostitución, visitados de manera asidua por los puros que estaban de patrulla más que por los distópicos que a allí acudían de vez en cuando. Muchos de ellos incluso se habían hecho habituales, o conocidos de los propietarios. Una de las Madames, Billy, tenía tratos habituales con muchos de los soldados que entraban a vigilar en la ronda nocturna. Sherlock tenía que conceder que, desde que eso era así, se habían vuelto más descuidados y menos radicales, más dispuestos a flexionar la mano y aflojarla un poco. Estaba dispuestos a los tratos, aunque no siempre el precio valía la pena de ser pagado.
A veces, simplemente pedían demasiado.
—Bien. En ese caso, acompáñame. Conozco el sitio perfecto. No es un hogar, pero al menos tienes un techo y un colchón decente donde dormir —dijo, con una media sonrisa y cierta amabilidad en su tono.
John sonrió, recordando. Había compartido vagón con su equipo antes, cuando aún formaba parte de la resistencia. La verdad era que el vagón de metro era un lugar extrañamente confortable donde dormir, más después de que se aclimataran todos para ser oficialmente convertidos en barracones. Realmente era un hogar. Húmedo, oscuro y a veces demasiado caluroso, pero un hogar, al fin y al cabo.
—Está bien. Llévame, te sigo —John abrió la puerta del gimnasio que daba a la calle, y la sostuvo abierta para que Sherlock pasara y empezara a subir las escaleras que llevaban al nivel de la calle. Una vez abandonaron en recinto, John dejó de sentir la tensión de su cuerpo, como si el umbral se la hubiera quedado pegada. La idea de todas aquellas personas mirándole le había puesto muy nervioso y, aunque no tenía ningún sentido, no podía dejar de pensar en qué tal vez intentarían agredirle o algo peor. La sensación de desprotección y peligro que sentía al no llevar el collar lo había estado atosigando todo el tiempo desde que Greg se marchó y lo dejó solo, pero una vez Sherlock apareció, empezó a diluirse como la tinta aguada —. Por casualidad no sabrás algo del que fue mi grupo, ¿no? Me gustaría saber cómo están.
Sherlock inspiró profundamente.
—Me he enterado de cosas, mientras estaba fuera. He preguntado por ahí. Donovan está bien, aunque después de tu pérdida, algunos miembros del grupo fueron reasignados a otras unidades en las que hacían falta sustitutos. A ella la enviaron con la división de Adler, en el lado Este, junto con los dos españoles. Wanda está de artificiera experta en la sección de Lestrade aquí, en el centro. Los demás cayeron, lo siento.
John cerró los ojos un momento, guardando unos momentos de silencio en su memoria, aceptando la idea de que no volvería a verles jamás.
— ¿Cómo?
Sherlock dudó, haciendo una mueca, pero al ver los ojos abiertos de John mirándole con decisión, resueltos y fuertes, decidió claudicar, aunque no sin cierta reticencia.
—Los estadounidenses en una emboscada en Embankment. Los franceses los perdimos contra una redada. Incineramos los cuerpos, así que puedes estar tranquilo. El gobierno no los tiene —explicó y, realmente, eso hizo que John se sintiera mejor. Mucho mejor. La idea de que algún científico sádico estuviera destruyendo sus cuerpos para realizar extraños experimentos le llenaba de paz —. Puede sonarte retorcido, pero al menos ahora son libres.
—Entiendo lo que dices. No es para nada retorcido —replicó John, muy serio, con el ceño fruncido mirando al frente. Cuando el aire frío de la noche les dio en la cara, la puerta del suelo abierta ya, tomó la mano de Sherlock y la apretó —. Gracias.
Sherlock le miró con sus ojos impenetrables, y sonrió ligeramente, las esquinas de sus ojos arrugándose de manera muy tierna. Le recordó fugazmente a Molly, y eso le envió una oleada de calor y seguridad por el cuerpo. No había nada peligroso en él. No era una amenaza. Era un aliado. Una trinchera.
Sherlock Holmes era un refugio en medio de la tormenta. El oasis que John había estado tanto tiempo suplicando encontrar.
—Sin problema, John. Vamos. Tenemos diez minutos.
Cogidos de la mano, cruzaron la calle, cerrando las puertas del suelo de nuevo. No había ni un alma paseándose por el asfalto levantado. Lo único que había eran pájaros, palomas en su mayoría. Las únicas criaturas a las que la división racial de la ciudad parecía no importarles. John hubiera deseado tener alas para poder volar hasta el otro lado. O simplemente poder irse lejos, bien lejos de Londres y no volver jamás. Construír una casa en mitad de la nada, dentro del bosque. Podría aprender a cazar. No podía ser muy difícil, si cientos de años atrás se había hecho, y sin disponer de la tecnología que tenían a su alcance. Podría llevarse a Sherlock consigo. Hacía tiempo que lo pensaba: huir, desaparecer. Quedar tan fuera del sistema que a ninguno de los dos bandos le saliera rentable el ir a por él. Que lo dejaran vivir en paz el resto de sus días, olvidando que había una guerra civil en curso, o que el holocausto de distópicos estaba teniendo lugar. John había visto suficiente sufrimiento para una vida.
Sin embargo, mientras seguía a Sherlock por las calles, hasta la primera entrada a los túneles que se encontraran por allí cerca, pensó que nunca había imaginado tener compañía. Siempre había pensado que intentaría escapar tan pronto como no tuviera nada que perder, es decir, cuando supiera que su alma gemela había muerto. Pero eso nunca llegó a pasar, gracias a Dios. No obstante, ahora que la muralla ya no estaba, escapar sería más fácil. Podrían conseguirlo. Solo tendrían que ir con cuidado, pero podrían... simplemente desaparecer. Dejar que el mundo siguiera girando hasta que reventara, y largarse a gastar sus días juntos, perdidos donde todos pudieran olvidarles. Donde ser de uno u otro bando no importara. Donde pudieran estar juntos y sin miedo al mañana.
A pesar de estas fantasías de vida ideal, John sabía que aquel era un plan descabellado y absurdo. Alguien les encontraría, al final. Y, además, no podían dejar las cosas como estaban y simplemente marcharse, como si el tema no fuera con ellos. Como si carecieran de todo tipo de responsabilidad. No podía hablar por Sherlock, pero él tenía un sentido del deber demasiado grande. Se veía realmente incapaz de abandonar el barco si aún quedaba alguien en él que pudiera ser salvado. No era tan egoísta.
Así que no dijo nada. Sabía que, de todas formas, su silencio verbal de poco servía en compañía de aquel genio. Estaba seguro de que a esas alturas ya lo sabía. Probablemente había leído su mente y lo había visto.
Despertó de su ensoñación cuando una luz parpadeante se encendió, hasta quedar estable y roja en medio de la oscuridad. No sabía cuanto tiempo llevaban en tinieblas, o cuándo habían entrado bajo tierra, pero no debió ser hacía mucho si Sherlock había tenido que encender un fósforo. Siguió a Sherlock por entre los raíles, sin preocuparse de si los pisaba o no. El suministro eléctrico del metro se acababa donde la frontera empezaba, así que no existía peligro alguno de electrocución letal.
A la luz rojiza, John apreció que los túneles estaban más limpios de lo que recordaba, y que el olor había dejado de ser tan desagradable. Cuando él había estado con la milicia, el hedor de los restos humanos, de las aguas sucias y de la basura y las ratas era casi insoportable. Ahora, el único olor era el de la humedad y el calor. Al parecer habían conseguido adecentar aquellos túneles insalubres, consiguiendo algo decente.
—Le pedí a Lestrade que se encargara de buscarte un sitio en uno de los vagones, ya que el tuyo ahora está ocupado por otra unidad.
John arqueó una ceja.
— ¿Entonces dónde voy a dormir esta noche?
Creyó ver sonrojo en las mejillas de Sherlock.
—Hay una cama extra en el que era mío. La mitad es un laboratorio, y como aún no tienes una cama preparada, había pensado que... solo si quieres... Quizá tú podrías...
— ¿Compartir vagón contigo? —preguntó, divertido — Claro. No es problema, Sherlock. Y si a ti no te molesta... puedes decirle a Lestrade que no me busque sitio. Puedo quedarme contigo.
Quiero quedarme contigo, pensó. La sola idea de compartir vagón con otras personas a las que probablemente no conocía, y sin estar armado, le ponía nervioso. El instinto de supervivencia de John se había multiplicado por mil millones de trillones en los últimos tiempos, y su confianza en los demás había disminuido de manera indirectamente proporcional. Ahora podía ver que el cambio de bando no iba a ser tan sencillo como pensó que sería.
No obstante, con Sherlock estaba bien.
— ¿Qué pasó hoy?
—Fui a casa a recoger unas cosas que necesito, y me encontré con mi hermano.
John suspiró.
—Entonces está vivo. Tenía mis dudas.
Sherlock frunció el ceño y lo miró.
— ¿Conoces a mi hermano?
— ¿A Mycroft? Claro. Bueno, le vi hace años la primera y única vez. Él... bueno, nos encontramos en una situación no muy halagüeña. Me habló de ti. Dijo que habías muerto por sobredosis, cuando le pregunté. Si no hubiera sido por él, probablemente ahora haría tiempo que estaría muerto.
Sherlock, que parecía haber entrado en shock por un momento, le miró haciendo una mueca pensativa.
—Sí. Suele hacer eso. Lleva evitando que haga una tontería desde que mataron a mis padres.
La luz amarillenta de una lámpara de aceite se superpuso a la roja del fósforo, y Sherlock lo tiró al suelo, dejando que lo poco que quedaba se consumiera, mientras los ecos de las voces en la zona de vagones les llegaba, retumbando entre las paredes de ladrillo.
Siguieron el camino marcado por las lámparas, hasta llegar al andén donde la mayoría de los vagones estaban detenidos. Sherlock subió por unas escaleras que habían colocado en el borde, y luego esperó hasta que John estuvo a su lado para empezar a caminar hasta el final del andén. John sintió que algo pequeño se rompía dentro de él cuando vio aquellas escenas tan ajenas pero tan familiares: unidades juntas en un solo vagón, o compañeros de grupo sentados en el andén, cenando las raciones que la cocinera de sección preparaba en una cocina improvisada. La familiaridad con la que todos se movían. Algunas caras le sonaban, y se sintió feliz de ver que seguían vivos y dando guerra. Sintió que quería llorar al ver todos los avatares moviéndose libres por el espacio, yendo de un lado para el otro, interactuando entre ellos con naturalidad. Era algo tan bueno que se había estado perdiendo durante tanto tiempo, algo que había olvidado prácticamente del todo, pero ahora echaba de menos... Ahora se dio cuenta de lo realmente solo que había estado todos esos años en Buckingham y se preguntó cómo Moriarty no había conseguido romperle, solo con privarle de todo eso.
Esa era la esencia de todo. Esa libertad era por lo que luchaban. Eso era el núcleo del movimiento, la sangre y el corazón de la resistencia. Su motor.
Quizá Jim no me quitó todo, pero me arrebató los motivos para luchar.
Para cuando se quiso dar cuenta, habían llegado al final del andén, donde el último vagón descansaba. Las ventanas estaban tintadas de negro, cerrando el espacio, y podía verse el brillo tenue de las lámparas de aceite del interior, la llama ardiendo suavemente tras ellos. Sherlock le miró, apretó los labios, y movió la palanca que abría las puertas, revelando el interior.
Cuando Sherlock había dicho que el vagón era medio laboratorio, lo había dicho en serio. Había papeles garabateados con fórmulas y apuntes en una letra apresurada y apretada que John no pudo entender, tubos de ensayo y probetas, un microscopio de hospital, una banqueta giratoria, mecheros bunsen, pinzas, guantes, trajes anti contaminación, muestras, vasos de precipitados... de todo. Era como una jungla científica. Incluso había un par de ordenadores. Y, aunque la mayoría de los recipientes estaban vacíos, aún se apreciaba el olor del desinfectante y los químicos.
Se giró para ver el lado del vagón que debería corresponder con el habitaje, y no se vio decepcionado. Como todo los vagones, había dos colchones colocados sobre lo que una vez fueron los asientos del metro, con cajas de almacenaje debajo para actuar de soporte en los espacios huecos. El somier no era lo mejor del mundo, pero por lo menos era mejor que dormir sobre el suelo. Las muescas en las placas del suelo hicieron que John soltara una carcajada. Probablemente el excéntrico de Sherlock habría estado usando su cama como mesa para sus experimentos. No le hubiera sorprendido, y no podía importarle menos.
— ¿Qué?
—Esperaba algo un poco más extraño.
— ¿Más extraño?
Sherlock parecía totalmente desconcertado ahora. John avanzó y se sentó sobre su cama, probando el colchón. No era un lecho de plumas, pero era mejor que la cama que había tenido en Buckingham, seguro. Quedó frente a la cama de Sherlock, cuya ventana tenía varias hojas con más fórmulas y apuntes enganchadas de algo que nombraba Quimera. También había algunas fotografías, y mirando con algo más de detalle, John creyó ver un sobre asomando bajo el colchón, pero no hizo preguntas. Sobre ella, en el estante de equipaje de mano, Sherlock guardaba más cajas, y también ropa y mochilas.
—No sé, quizá algún cadáver disecado, o ranas destripadas... —dijo, y se rió de su propia estupidez.
Sherlock, que seguía sin entenderlo, se vio riéndose él también. La risa de John era contagiosa, y era la primera vez que la escuchaba tan suelta y auténtica. De hecho, era la primera vez que le escuchaba reír. Le gustaba. Le producía una gran sensación de calidez en la boca del estómago.
Se movió torpemente, dejando la mochila en el suelo, a los pies de su cama, y cerró la puerta del vagón de nuevo. Bajó la intensidad de las lámparas, cubriendo la llama con cristal opaco, y se sentó en su cama, sus rodillas tocando las de John, en aquel espacio tan reducido que quedaba de pasillo. Sus manos, cogidas por delante del cuerpo, rozaron los dedos de John, y éstos automáticamente buscaron entrelazarse con ellos. El contacto con otra persona era bueno... muy bueno. Y el corazón de ambos se aceleró drásticamente en respuesta al contacto.
—Qué cosas tienes. Eso es muy del año pasado.
De nuevo, las risas comenzaron, y mientras acompañaba las carcajadas de John con las suyas propias, viendo la felicidad escrita en su rostro, pensó que justo ahora, en ese momento, era el hombre más feliz de la tierra. Aunque no fuera un parámetro calculable, aunque la felicidad fuera relativa, aunque nadie pudiera compararle con otro ser vivo, o aunque el mundo estallara en ese preciso instante y los matara a todos, incluso si él muriera únicamente en ese segundo, habría valido la pena, y habría sido el hombre más feliz del mundo. No había nada que pudiera explicar por qué se sentía de esa manera con alguien a quién acababa de conocer. Cómo podía ser la risa algo contagioso cuando se trataba de un síntoma anímico. Cómo podía un sentimiento reflejarse en los ojos de alguien cuando estos solo eran fruto de las conexiones neuronales y la reacción a determinados estímulos. Cómo podía crear la naturaleza un ser tan perfecto, tan diseñado para encajar con otro, que ni siquiera había que forzar la adaptación. Cómo podía el amor nacer de una manera tan repentina y plantar raíces tan intensamente en tan poco tiempo.
Ni siquiera la ciencia tenía una respuesta para eso.
Ejem ejem *corre a esconderse dentrás de un seto* Soy muy, muy lenta actualizando, lo sé.
Perdón.
Intentaré que esto se mueva un poco más a partir de ahora, ¿vale? Lo prometo... ¡lo prometo por mis parches de nicotina!
...
...
JOHNLOCK COMPARTE VAGÓN!
Ala, ya lo he dicho :3
Feliz semana, criaturas. Gracias por seguir aquí, aún después del hiatus en el que os he tenido (ni siquiera me atrevo a mirar cuánto hace de la anterior actualización por miedo a que me dé un chungo). Sois los mejores.
MH
