Planeando estratagemas

ADVERTENCIA: hay algunas referencias directas a relaciones non con/violación tirando para el final. Aunque supongo que si ya habéis llegado hasta aquí, el aviso está de más, prefiero prevenir que curar.


Solo minutos después de que John se hubiera instalado en el vagón que ahora compartía con Sherlock, se habían metido en la cama, entre bostezos. Al parecer, había sido un duro día para ambos, quisieran o no reconocerlo. John se tapó con la sábana, tumbado de lado, y con una mano bajo la cabeza, miró a Sherlock, en la otra cama. Él estaba mirando al techo del vagón, los brazos a cada lado de su cuerpo y las manos cogidas sobre el pecho. Tenía el ceño fruncido, como si estuviera pensando en algo muy complicado. John se preguntó qué sería, o si podría ayudarle. No parecía ser un hombre muy dado a compartir sus intimidades, más bien cerrado en sí mismo, pero estaba dispuesto a probar, a intentar averiguar más de él. John sentía una terrible curiosidad por él, y no se iba a rendir tan fácilmente. No obstante, sabía que las personas necesitaban su espacio también, así que eso trató de darle.

Observó sus facciones para distraerse (no es que fuera de natural muy paciente), y bebió de cada curva, de cada ángulo de su rostro. De cómo sus rizos se curvaban sobre los ojos grises, cubriendo a penas las cejas. De cómo sus orejas quedaban ocultar bajo el plumón en su cabeza que era su pelo. De su largo cuello, fino pero firme, como el resto de su ser. Del movimiento ascendente-descendente de su nuez al tragar, marcándose a través de la piel. De la recta de su nariz afilada, de sus labios finos, de sus largos dedos entrelazados. De sus pies descalzos al final de la cama. De sus largas piernas.

Una vez terminado el estudio de su nuevo compañero de dormitorio y distópico, se giró para poder encararle, haciendo crujir la cama, dando por terminado su periodo de silencio.

—¿En qué estás pensando? —susurró, para no molestar a los demás compañeros, ya durmiendo en sus vagones. Para la resistencia, había una especie de toque de queda una vez se apagaban las lámparas de aceite, y los únicos que quedaban en pie eran los de la patrulla de noche. Lo último que John quería era perturbar el orden el primer día que volvía a estar entre los suyos.

Sherlock parpadeó, frunciendo el ceño.

—¿Qué sabes sobre Lestrade?

John arqueó las cejas, sorprendido por la pregunta, mientras parpadeaba.

—Bueno, solo lo que él quiso contarme. Y mucha de la información seguro que está desactualizada —se excusó, pero al ver que la conversación no seguía, suspiró —. Por lo que sé, su distópico murió antes de que pudieran encontrarse. Su avatar es un tejón, y trabajaba como DI para la vieja Scotland Yard antes de escapar y unirse a los rebeldes. Sé que es un miembro de la tétrada, y que dirige las operaciones del centro de La Leonera. También sé que no tiene familia, y que al parecer vosotros dos os lleváis muy bien. Creo que confía muchísimo en ti.

Sherlock apretó los labios, pero John vio como sonrió ligeramente a la luz de una luz de emergencia azulada dentro del vagón.

—Excelente observación, John —felicitó, y había una alegría real, teñida por la preocupación.

—Lo siento, pero no entiendo a qué viene la pregunta.

Sherlock suspiró.

—Lestrade fue el único que abogó por Mycroft ante la tétrada cuando informó de su puesto en Buckingham con la esperanza de poder ayudar. Eso fue… unos siete años atrás, más o menos. Para entonces mi hermano ya tenía información suficiente que poder dar que pudiera marcar una diferencia en la guerra —giró la cabeza y miró a John, las luces de emergencia dándole un brillo azul a sus ojos y a su pálida piel —. Siempre pensé que tanto él como mi hermano estaban destinados. Por algún motivo que desconozco, quizá fuera intuición o un sexto sentido… Por eso insistí en que se conocieran. Por aquel entonces ambos guardaban la esperanza de encontrar a sus almas gemelas vivas. Pero entonces Lestrade la perdió, y me di cuenta de que me había equivocado, porque Mycroft seguía vivo. Aún así, se hicieron amigos.

John apreció la información, porque en verdad le interesaba, pero seguía sin ver a dónde Sherlock estaba intentando llevarle con la conversación. Estudió sus facciones de nuevo, y recordando la charla que habían mantenido hacía un rato, se le ocurrió que tal vez aquello no era simplemente por lo que le estaba contando. Que había más.

—¿Estás preocupado por tu hermano?

Sherlock asintió.

—Llevo un par de meses fuera de la Leonera, de incógnito en el lado puro, desarrollando un arma química que pueda acabar con la dictadura de Moriarty. Unos días antes de que me fuera, Mycroft perdió a su alma gemela. Estuvo destrozado, hecho polvo. Imagino por qué. No es una gran experiencia que guardar en el álbum de recuerdos —reflexionó, y su pecho se infló con una profunda respiración —. Le vi, antes de ir a por ti. Estaba en casa.

—¿Estaba herido?

John se apoyó en un codo, medio levantado, pensando que si tenía que levantarse y caminar hasta la casa para atender a un herido, lo haría, aunque sus huesos no quisieran mover su cuerpo más, lo haría. Porque esa era su profesión. Porque ese era su deber.

—Sí. Nada grave, o no le habría dejado. Pero tenía un aspecto horrible. Moriarty la tomó con él cuando le dio el informe de la caída de la muralla. Y ahora teme que se dé cuenta de que nos está pasando información —dijo. Volvió a mirar al techo y se llevó las manos a los ojos—. Tengo que sacarle de ahí.

—Pero no puedes hacerlo porque eso haría que el plan se viniera abajo.

—Exacto.

Frunció el ceño, pensando. Tenía que haber algo que él pudiera hacer, algo de lo que pudiera haber servido que pudieran usar… ¿Accesos secretos a Buckingham? No. Ninguno que él conociera. ¿Maneras de distraer a Jim para sacar a Mycroft? Solo se le ocurrían un par, y las dos necesitaban de su intervención directa… lo que estaba fuera de opción porque él estaba muerto de cara al resto del mundo.

Sus ojos se abrieron de golpe, sabiendo que había algo que sí podían hacer.

—Podemos hacer algo por él. No es como liberarlo, pero sería suficiente como para hacer algo significativo. Y sería un gran paso en la revolución. Si lo que quieres es que el gobierno se tambaleé…

Sherlock se giró en la cama para mirarle, con una ceja arqueada.

—¿En qué estás pensando?

John sonrió.

—¿Qué sabes de Baskerville?

—¿Ese centro de experimentación? Casi nada, salvo que allí es a donde llevan a los distópicos cuando Jim no está interesado en ellos. También que es donde retienen a los avatares.

—Sí. Hay millones de ellos allí dentro. Baskerville funciona con electricidad. Muchos vatios de electricidad. Casi diría que el régimen tan estricto de luz que hay en La Leonera es porque se destina la corriente allí. Vi muchos informes de Jim sobre la mesa de su despacho, y facturas de la luz. Estratosféricas, incluso para ser del alumbrado público. Se necesita mucha potencia para encerrar a un avatar. Garm estuvo sometido a un millón de voltios, por lo menos. Se podía oír el zumbido de la electricidad al pasar a unos pasos de distancia.

Sherlock abrió mucho los ojos, viendo a dónde quería llegar John.

—Así que Baskerville es una bomba de relojería. Bastaría con cortarles el suministro eléctrico general, y todos podrían ser libres.

John hizo una mueca.

—No es tan sencillo. Tienen una reserva, para utilizarla en caso de apagón. No pueden arriesgarse a quedar sin retenciones en caso de que haya una caída de tensión, o los cables de suministro de rompan. Pero si desactivamos la red eléctrica, y nos colamos dentro mientras están conectados al suministro, podremos apagarla desde dentro. Los avatares escaparán solos, pero si queremos liberar distópicos, tendremos que llevar un equipo de extracción. No ha dejado de ser una base militar. Estará bien protegida.

—¿Cómo de lejos está Baskerville de aquí?

John hizo una mueca.

—¿A pie? Tres días y medio, si no durmiéramos. En coche son seis horas. En tren, siete y pico —contestó, con un suspiro decepcionado —. Los distópicos que liberemos allí no deberían volver a Londres. Será muy arriesgado trasladar a tanta gente. Deberían quedarse allí, por zonas más próximas... ocultarse en otro lugar.

Sherlock se llevó las manos a la cabeza, perdiendo la esperanza.

—Convencer a la tétrada de trasladar a un equipo de extracción tan lejos va a ser imposible.

—No si les decimos que la misión es fundamental.

—Pero no lo es.

El gruñido de Sherlock había hecho que frunciera el ceño. Justo cuando había intentado ser de utilidad, John iba y metía la pata. Sí, quería ayudarle, su idea había sido animarle, ofrecerle una salida, una solución al problema, aunque fuera parcial, pero en su entusiasmo, había olvidado por completo los traslados, el tiempo, las distancias. Los detalles técnicos. Deseaba tanto ayudarle, quitar su desasosiego... Siguió pensando en alguna manera de poder hacer algo. Si él estaba allí, si realmente había salido de la boca del lobo, su esfuerzo tenía que haber servido para algo. Tantos años al servicio de Jim tenían que haberle dado algo con lo que trabajar, algo que usar a su favor, aunque fuera esa única vez...

—En realidad, sí.

El joven de pelo oscuro separó sus manos de su cara, y lo miró entre los dedos, en la oscuridad. Parecía estar esperando a que John continuara, por lo que éste prosiguió, viendo como poco a poco el camino se iba abriendo frente a él.

—Uno de los pilares en los que se sostiene el gobierno de Moriarty, es que la gente lo apoya porque tiene a los distópicos bajo control. Que unos de nosotros entremos en Baskerville y liberemos a los rehenes con los que experimentan, haría saltar todas las alarmas. Y él puede ser muchas cosas, pero no es tonto. Sabe que no puede exterminar a todo Londres sin provocar grandes conflictos que degenerarían en guerra. Si hacemos que Baskerville caiga, demostraremos a todos que el poder de la tiranía ha terminado. Les demostraremos que podemos responder, y que vamos a hacerlo. Que estaos preparados. Pero al mismo tiempo, la misión nos dejará expuestos al enemigo. Yo, por mi parte, estoy dispuesto a asumir el riesgo.

—¿Lo harías?

John asintió, y estiró la mano para alcanzar la de Sherlock, que la apretó en la oscuridad

—Arreglaremos esto. Te lo juro, Sherlock.


Era ya cerca de la medianoche, cuando Lestrade llamó a la puerta. Había estado pasando el informe de la entrevista que le hizo a John a la tétrada, y habían estado discutiendo sobre si debía permitírsele trabajar o no con ellos, por el peligro que pudiera suponer. A algunos, el que hubiera estado tanto tiempo sometido a Moriarty podía significar que, aunque fuera de manera inconsciente, los traicionaría. Eso había enfadado a Greg, aunque ese mismo temor se había instalado en su corazón. no podía negar que habían construido todo lo que tenían a base de sangre, sudor y lágrimas, y ante la posibilidad de perderlo, toda precaución era poca, pero de ahí a poner en tela de juicio la dedicación tan grande y profunda de alguien como John Watson, hacía que le hirviera la sangre.

—¿¡Es que no veis que esto es lo que Moriarty quiere!? —exclamó Irene, golpeando la mesa con las manos, poniéndose en pie. Su voz se alzó sobre el griterío de las discusiones enervadas del consejo.

—¿¡Pero qué mosca te ha picado, mujer!? —replicó Gregory. Bradstreet gruño, apoyándole.

—Adler, contrólate.

—No pienso hacerlo. ¡Estamos aquí, gritándonos y perdiendo el tiempo por un simple rehén, cuando lo que deberíamos estar haciendo, es discutir por qué hemos perdido la línea del este, y preparar una guerra! Perdonadme si pienso que es demasiada coincidencia que justo cuando atacamos la muralla, Watson se presenta en combate, cae herido, y nos lo llevamos con nosotros.

Greg no daba crédito a lo que oía.

—¡John fue herido mientras me cubría! ¡No estaba preparado! ¡Ni siquiera venía armado! ¡Y no es un rehén!

La discusión se alargó más de lo que quería recordar, y hubo tantos gritos, que le dolía la cabeza. Se masajeaba las sienes mientras caminaba por la calle, al frescor nocturno, y antes de darse cuenta, estaba frente a la casa. Hacía semanas que no pasaba por allí, y la última vez, su inquilino había estado a punto de abandonarla, a primera hora de la mañana, para irse a trabajar, como todas las mañanas, de manera puntual.

Así que acercó los nudillos a la madera vieja, esperando que su dueño estuviera dentro y le abriera. Había sido un día de perros. Necesitaba un poco de tranquilidad, no discutir. Sabía que con él, eso era posible.

Esperó casi diez minutos hasta que la puerta se abrió. Durante ese tiempo, estuvo mirando nerviosamente a los lados, como si esperara ver una patrulla por la calle que pudiera detenerle, o algún delincuente que pensara que tenía algo de valor. No era como si Greg no fuera armado a todas partes, y estuviera indefenso, pero uno nunca sabe, así que esperó impaciente a que le permitieran el paso.

Frunció el ceño y jadeó cuando vio los morados y los cortes en la cara de Mycroft Holmes, que le miraba directamente, como ignorando el hecho de que parecía un saco de boxeo de un gimnasio de Queens. Lestrade se apresuró a pasar, e iluminó con su linterna al mayor de los hermanos Holmes, observando con horror las marcas de nudillos grabadas en color morado en su piel, en el corte de sus labios, que sangraba.

—Dios mío, Mycroft. ¿Qué te han hecho?

—No es nada —aseguró, cerrando la puerta rápidamente tras ellos, corriendo el pestillo y atrancando con una silla el picaporte. Al parecer, no estaba muy seguro de que alguien fuera a entrar por la fuerza. De todos modos, si Sherlock necesitara entrar, podía hacerlo por la ventana, como tantas otras veces.

—Eso que has hecho dice lo contrario —replicó Lestrade, preocupado por el hombre. Le puso una mano con suavidad en el hombro, no fuera a ser que también estuviera lastimado, y le guió suavemente hacia la cocina, guiándose con la linterna.

Gracias a Dios, no era la primera vez que Lestrade acudía a la casa de los Holmes, porque se conocía cada rincón, cada recoveco, tan bien como si fuera suya. Podría recorrerla con los ojos cerrados y aún así no fallar.

Desde que se conocieron, habían desarrollado una profunda amistad, hasta el punto de que Greg pasaba la mayoría de sus noches durmiendo allí, ocupando la cama de Sherlock cuando este no estaba, y el sofá cuando sí. Algunas veces, durante el invierno, dormían juntos en la cama de Mycroft, los dos o los tres para conservar el calor bajo las mantas. Algunas de sus escasas pertenencias andaban por allí, desperdigadas o escondidas, a salvo de miradas indiscretas, como un alijo secreto. Hacía años que se había preocupado por dejar una doce milímetros bajo las escaleras, por si algún día llegaba a ser necesaria, junto con munición y un revólver. Lestrade había sido quien había enseñado a Sherlock a manejar un arma, y quien había sido como el tío del chico desde que se conocieron aunque no hubiera lazos de sangre que les unieran, mientras que Mycroft había sido prácticamente su figura paterna desde que sus padres murieron. Eran como una extraña familia, pero la Leonera estaba llena de familias extrañas como esa, así que no era tan raro como sonaba.

Así que la relación de confianza y familiaridad era tremendamente sólida, y más de una vez habían actuado como una auténtica familia. Quizá por eso Sherlock pensó que eran almas gemelas.

La verdad era, que Lestrade quería a Mycroft. No estaba seguro de hasta que punto lo hacía, pues nunca había tenido tiempo suficiente como para pararse a meditarlo, pero lo hacía. Quizá, cuando la guerra terminara y el mundo volviera a ser un lugar cuerdo, tendría tiempo de explorar sus sentimientos. Mientras tanto, lo mejor era no involucrarse demasiado, por evitar daños mayores.

Hizo a Mycroft sentarse —tal y como Sherlock lo había hecho horas antes—, en una silla de la cocina, y humedeció un paño en agua helada del grifo, esperando que eso ayudara a bajar la inflamación. Le pidió que lo sostuviera allí mientras se agachaba para levantar la tablilla suelta del suelo, debajo de la cual guardaban todo tipo de provisiones. Alcanzó una pastilla de jabón que Mycroft había robado de Buckingham una vez, y se apresuró a usar el jabón para limpiar sus heridas, rezando por que ninguna se infectara. No eran cortes profundos, quizá el más preocupante era el de la ceja, que no paraba de sangrar, pero por lo demás, parecían simples moretones.

—¿Quién ha sido? ¿Otra vez los vándalos de la calle?

Mycroft gruñó y sostuvo la cabeza con su mano, mareado, mientras Greg le limpiaba el pequeño corte de su pómulo, producido por un anillo. Ni siquiera tenía fueras para quejarse por el escozor del jabón.

—No.

No fue necesario que explicara más. Solo había unas pocas personas capaces de acercarse tanto a Mycroft Holmes, y si no lo habían pillado desprevenido en la calle mientras abría la puerta, tenía muy claro quién había sido el artífice de semejante brutalidad.

—Tengo que llevarte al hospital.

Mycroft negó con la cabeza.

—Estoy bien.

—No, no estás bien. Estás sangrando, y a penas te tienes en pie. Tienen que coserte esa ceja, Mycroft.

—Mañana lo harán. Hoy no. No quiero salir a la calle esta noche.

Greg lo miró fijamente, pasando con suavidad el paño frío sobre el corte en su ceja, intentando detener la hemorragia de alguna manera. Al final, cogió un trapo, lo lavó como pudo en agua fría, y envolvió con él su frente, cubriendo el corte. Entendía por qué Mycroft no quería salir, y por qué no quería ir a un hospital, pero una importante parte de él sabía que era necesario que lo hiciera. Aún así, estaba medio satisfecho con la idea de que le atendieran al día siguiente en el hospital. Fuera quien fuera quien le remendara allí cada vez que estaba lesionado, lo hacía con cuidado. Mycroft le había dicho que era una simpatizante de su causa, a pesar de ser una pura, y que trabajaba en el Saint Bartholomew's, así que si eso era así, estaba bien.

—Esto debería aliviarte.

El avatar de Greg apareció, formándose sobre la mesa, mirando a Mycroft ladeando la cabeza. Se acercó a él, y se coló bajó su mano, permitiendo que Mycroft sintiera la calidez de su cuerpo espectral, volviéndose medio corpóreo. El gesto de su mano sobre la piel translúcida del tejón fue como una caricia, y medio sonrió cuando su dedo cosquilleó en la zona que el animal lamió.

—Ten cuidado, Brigada —advirtió Lestrade, mirando el animalito. Éste le miró, encogió el morro, y siguió con sus atenciones hacia Mycroft —. Está muy pesada. Lleva días así.

—No te preocupes, está bien. Empezaba a echarla de menos —admitió. Luego miró a Greg —. Ha pasado algo hoy en el consejo.

Greg se rió entre dientes.

—Sabes, aún me impresiona cuando hacéis eso —dijo, sentándose delante de él en la cocina. Soltó un suspiro cuando apoyó los codos en la mesa —. Sí. Hemos estado horas discutiendo a gritos sobre un distópico que hemos rescatado el la caída de la muralla. Estaba herido, así que lo trasladamos al hospital. Le quitamos el rastreador, y le hicimos la entrevista. Quiere luchar con nosotros, pero Irene y Mary piensan que es muy arriesgado darle cuerda tan rápido. Piensan que podría ser un espía.

Mycroft asintió, cruzando las manos sobre la mesa.

—Y tú crees que merece una oportunidad.

—No he conocido a un hombre más valiente y leal en toda mi vida. Yo fui quién le entrevistó. Con todo lo que ha pasado, dudo profundamente que se haya pasado al otro bando.

Permanecieron en silencio un tiempo, mientras tanto Mycroft como Greg sopesaban de nuevo los pros y los contras de aquella complicada situación. Greg era firme en su decisión, pero Mycroft no tenía suficientes datos como para ofrecer una buena valoración. Como siempre que hablaban de ese tipo de temas, Greg omitía información importante, y Mycroft no preguntaba. Había cosas que era mejor que Mycroft no supiera, sobre todo cuando estaba jugando a aquel delicado juego de dos bandas con el que llevaba haciendo equilibrios toda su vida. Aún así, hubo un detalle que no se le pudo escapar, y que esperaba que no resultara muy importante.

—El distópico del que discutíais es la pareja de Sherlock.

Greg alzó la mirada de sus manos y frunció el ceño.

—¿Cómo lo...?

—Le vi hace un par de horas. Vino a casa a recoger un par de cosas y nos cruzamos. No hizo falta mucho para saber que había encontrado a su alma gemela. Hugin no estaba —explicó, como si fuera de lo más evidente. Cada vez que pensaba en ello, se daba cuenta de que, de alguna manera, Sherlock y su misteriosa pareja eran piezas clave del juego. Había algo más, algo importante que estaba a punto de hacer clic en su cabeza, y se apresuró a frenar sus pensamientos. No le haría bien descubrir qué era. Sería tener demasiada información delicada encima, aunque tenía la sensación de que ya sabía más de lo que necesitaba, y eso podría traerle problemas —. Sé que no puedes hablar de ello conmigo, pero ¿les has visto juntos?

Lestrade miró a Mycroft, y sonrió, algo triste por la preocupación paternal que Mycroft tenía hacia Sherlock, aún si este se veía obligado a no ejercerla.

—Sí. Estarán bien juntos, créeme. Tengo un buen pálpito al respecto.

—Así que es bueno para él.

—Le hace feliz. Si solo los hubieras visto la primera vez...—corroboró, con cierto tono soñador, recordando la escena. Escuchando el suspiro aliviado de Mycroft, que parecía estar entre devastado y alegre, se inclinó sobre la mesa saliendo de sus recuerdos —. Aunque no lo fuera, no somos sus padres, Myc. No podemos decidir por él. Es su vida.

—Lo sé. Aún así, me alegro por él — Mycroft sacudió la cabeza, y apretó los labios, frunciendo el ceño mientras miraba la madera rascada de la mesa antes de hablar de nuevo —. Quizá me estoy excediendo pero, ¿te importaría quedarte esta noche en casa? Es tarde, y no quiero estar solo. Hoy no.

La mano de Greg se posó sobre la suya, apretándosela con cariño.

—No tienes ni que pedirlo, Mycroft.

Y se quedó a pasar la noche en esa casa, como tantas otras veces, esta vez en el sofá, con la pistola amartillada y con el seguro puesto bajo la cabeza, vigilando la puerta.


Cuando despertaron a la mañana siguiente, sus manos seguían colgando entre las camas del vagón, cogidas, con los dedos entrelazados. John abrió un ojo, las miró, y algo cálido se instaló en su corazón. Quizá sí era verdad que lo había conseguido, y no había sido todo producto de un loco sueño. Quizá sí que había conseguido encontrar a su alma gemela después de todo. Quizá no estaba tan roto como pensaba.

Esperó, sin ninguna prisa por moverse, hasta que Sherlock abrió los ojos con un murmullo.

—Buenos días —dijo, aclarándose la garganta. Le preocupó que hubiera sonado muy arisco. Hacía años que no le daba los buenos días a alguien de una manera sincera y no con un "que lástima que no te ahogaras con la almohada" de fondo. Sherlock lo miró, confundido por un momento, miró a sus manos unidas, y luego empezó a sonreír. Se retorció en la cama, apretando su mano, y se frotó los ojos con el brazo libre.

—Buenos días, John.

Se levantaron despacio, sin prisa, y John no recordaba haberse levantado así en mucho tiempo. Tenía una sensación de peligro encima, como si en cualquier momento algo fuera a saltarle al cuello, pero sabía que era una tontería, así que intentó reprimirlo, olvidarlo en el fondo de su mente para siempre.

—No tienes por qué hacerlo —dijo Sherlock, poniéndose sus pantalones tras uno de los estantes. John había aprovechado para ponerse la camiseta nueva que le habían proporcionado, interesándole más que Sherlock no viera sus marcas, que que le viera en calzoncillos. Estaba subiéndoselos por las piernas cuando apareció, y no pudo evitar sonreír, meneando la cabeza, ante la mirada de apreciación que pretendía ser discreta, que le lanzó.

—Sí. Tengo.

Y así, en silencio y muy juntos, cómodos por la presencia del otro, pero no lo suficiente como para cogerse de la mano, caminaron por los túneles hacia la sala habilitada en una de las estaciones abandonadas, donde el consejo se reunía esa mañana de nuevo.

Entraron casi nada más llegar. Sherlock tenía que quedarse fuera, pero exigió entrar, y Lestrade le vio y le dejó pasar. Tenía ojeras y el pelo revuelto, con un aspecto cansado que le había visto unas cuantas veces ya, con anterioridad. John, en cambio, estaba de brazos cruzados en una esquina del cuarto, observando bien a los miembros de la tétrada, analizándolos como si fueran objetivos, para intentar saber a qué iba a enfrentarse. Las dos mujeres de la tétrada eran mujeres regias, y costaría convencerlas. Mientras que la rubia de pelo corto parecía dura pero amable, sus manos eran pequeñas, pero cuadradas y firmes, callosas. Una mujer de armas tomar, aunque con una expresión dulce. Razonar con ella seria posible, aunque complicado. A su lado, la otra mujer de cabello largo oscuro, parecía la más complicada de comprar de todas las personas que ocupaban la sala. Era delgada, elegante, y tenía el rostro afilado y los dientes apretados. A todas luces, el motivo de la reunión no la entusiasmaba. Miraba a John de vez en cuando con los ojos entrecerrados y alguna sonrisa sarcástica que hizo que John apretara los puños bajo sus brazos, y respirara profundamente.

Luego estaba el hombre viejo y ancho que estaba junto a Lestrade, un viejo miembro de Yard, por su forma de hablar y guardar el arma. Parecía chapado a la antigua, y sería relativamente fácil de convencer, si John tocaba las teclas apropiadas. El anillo en su cuello le dijo que había estado casado. Probablemente había tenido familia antes de Moriarty, o aún la tenía. John podría usar eso a su favor. La forma en la que meneaba la cabeza, como se subía los puños de la camisa... incluso la manera de poner la ropa por dentro de los pantalones. Todo apuntaba a que era un hombre decente, y que le importaban más las personas que los números. Aceptaría la misión.

Por último estaba Lestrade, pero él no supondría un problema. Sabía que la idea le parecería bien, pues hacía años, antes de que se lo llevaran a Buckingham, ya habían hablado de liberar a los prisioneros. Mucho tenía que haber cambiado en esos años si no aceptaba la propuesta.

La que iba a ser un hueso duro de roer era esa tal Irene Adler.

—Bien, escuchemos lo que Watson tiene que decirnos —dijo ella de pronto, y John se tensó, poniéndose firme y dando un paso al frente. Sintió la mirada alentadora que Sherlock le dirigió desde la mesa. Él había estado dando informes sobre el Quimera, explicando sus progresos y lo que necesitaba, dando detalles sobre cómo pensaba introducirlo en palacio para que pudieran ir pensando en formas de hacerlo viable.

John carraspeó y miró los rostros de la tétrada uno a uno.

—Hay una base de experimentación militar en Dartmoor. Se llama Baskerville... está a siete horas en tren desde aquí. Allí es a donde Jim lleva a los distópicos que no le interesan, para poder jugar con ellos. Sé poco, mi nivel de autorización siempre fue bajo, pero a veces veía papeles sobre su escritorio... facturas de la luz, informes, cartas abiertas... Baskerville consume un nivel de electricidad muy alto. Mucho más que una ciudad entera. Para encerrar a uno de nosotros los barrotes bastan, pero para encerrar a un avatar... —miró a los allí presentes: el tejón de Greg, la pantera negra de Irene, el búho real de Mary y el perro de Bradstreet. Todos estaban junto a sus dueños, y lo miraban fijamente, como aburridos de estar allí —. Se necesita mucha electricidad para mantenerlo estable, medio corpóreo y quieto, dentro de una jaula. Cuanto más grande, más electricidad hace falta para retenerlo. Tienen armas eléctricas, pistolas Táser y garrotes eléctricos especiales para avatares. Les hacen daño. La distancia los está matando.

—¿Distáncia? No me hagas reír, Watson.

Sherlock gruñó.

—Es cierto. La distancia con un avatar lo daña tanto a él como a su distópico. No todos los avatares de Baskerville son de distópicos encerrados allí. Algunos están a kilómetros de su hogar —explicó John, conteniendo la necesidad de estremecerse al recordar la primera vez que le separaron de Garm —. Así es como se los llevan. Así es como hace que trabajen para ellos. Les hace sufrir alejándoles, y luego ellos hacen lo que él quiera.

Bradstreet murmuró una maldición, y Mary apretó los labios, cerrando los ojos. Lestrade ya conocía los síntomas por Mycroft Holmes, pero al parecer, los demás lo ignoraban. ¿Cómo podían estar tan ciegos? ¿Cómo podían no saber algo tan importante como eso? Incluso Sherlock lo sabía, y dudaba que fuera por la experiencia de su hermano. Irene era la única que parecía impertérrita ante esta información. No había perdido el contacto visual con John desde que empezó a hablar, y John tampoco lo había hecho con ella, nada más que en ese momento, demasiado sorprendido por el desconocimiento de los miembros de la tétrada como para recordar no apartar la mirada. Por eso, cuando la oyó hablar, una sola palabra saliendo de sus labios, sus ojos volaron rápidamente de vulta a ella.

—Jim.

Irene lo estaba mirando fijamente, con las cejas arqueadas, como si hubiera estado esperando su momento para hablar, para descubrir a John como el monstruo espía que creía que era.

—¿Qué?

—Tú. Has dicho "Jim" antes. No "Moriarty". Solo "Jim" —John encogió los hombros, haciendo un gesto para que prosiguiera, sin saber a dónde quería llegar con todo aquello—. Nadie le llama "Jim".

—Bueno, es su nombre. Es corto, rápido, y no temo llamar al monstruo por su nombre. Es solo una palabra como otra cualquiera. Tiene el poder que tú quieras darle. Y no sé tú, pero yo no voy a demonizar a "Moriarty". Es solo un hombre. Si le pinchas, sangra.

—Ahí está. La valentía del soldado —se burló Irene, apuntándole con una mano, señalándole de arriba abajo —. Todo un capitán, no es así. ¿Cuánto te ha ofrecido por espiarnos, Watson? ¿Qué te prometió? ¿Libertad?

John vio por el rabillo del ojo como Sherlock se tensaba, y casi pudo notar el ambiente caldeándose, como una bomba a punto de estallar. Mary estaba mirando a la mesa, como avergonzada por el comportamiento de su compañera, y Bradstreet y Lestrade la miraban con la boca medio abierta.

—Adler...

Irene alzó una mano, sin apartar sus ojos de John, esperando una respuesta.

—No soy un espía.

—¿Puedes demostrarlo?

John apretó los dientes. Nada de lo que pudiera decir iba a convencer a Irene de que no era un espía, pero si no había consenso, la misión no se llevaría a cabo.

—Mujer, deja al chico en paz.

—¿Y arriesgarnos a que nos delate?

—Irene, John no es una amenaza.

—Creo que dice la verdad...

—Nos está engañando. ¡Va a volver con él en cuanto tenga ocasión...! —exclamó Irene, mirándolos a todos como si se estuvieran volviendo locos.

A John le explotó una vena, y perdió el autocontrol que le quedaba.

—¿Volver? ¿Crees que quiero volver? ¡Estuve rezando días, años, por que alguien me sacara de allí! ¡Por tener una pequeña oportunidad! ¿Volver a qué? ¿A las torturas? ¿A las visitas semanales al hospital, con un par de fracturas? ¿A las fiestas donde nos vendían como si fuéramos ganado, comprando nuestros servicios? Buckingham es un infierno para cualquier distópico que lo pise, y ¿crees que quiero volver?

La voz de John se había vuelto baja, lenta, y muy peligrosa. John no era de los que gritaba en primera instancia. Cuando estaba realmente enfadado, la voz de John daba miedo. Era como la misma muerte: sutil, fría, disimulada. Él estaba al borde de la rabia pura y simple. Podía soportar largas discusiones tácticas, podía soportar los insultos, que dudaran de su efectividad, pero no de su lealtad. no después de todo por lo que había pasado. Irene creía que sabía lo que estaba haciendo, pero no era así. No tenía ni idea de las teclas que estaba tocando, ni lo cerca que estaba de hacer que John entrara en ira homicida.

Bradstreet, Lestrade y Mary miraban a John de la manera en que alguien miraría a un perrito atropellado en el arcén, con cierta lástima, pensando: "qué lastima. Está roto". Sherlock, detrás de él, había retrocedido cuando una chica apareció con una nota para él. Estuvieron cuchicheando al fondo de la sala, hasta que Sherlock dio una última mirada a John. Lestrade le vio, y se entendieron perfectamente sin necesidad de hablar. Lestrade asintió, y Sherlock abandonó el concilio, siguiendo a la chica por los túneles.

John seguía sin comprender cómo podían no entender.

—No tenéis ni idea de lo que es. No os lo podéis ni imaginar. Tú. Crees que has sufrido —dijo John, mirando a Irene a los ojos, señalándola con el dedo, dando un par de pasos adelante. Nadie le detuvo —, porque has perdido a tu alma gemela. Piensas que la soledad te hace pasarlo mal. No tienes ni idea de lo que es sufrir. No tienes ni idea de lo que es que te dejen desnudo en una sala de interrogatorios, a oscuras y sin comida, durante dos semanas. No tienes ni idea de lo que es que te usen una y otra vez. Lo que es que te lleven hasta el hospital, y estés sangrando por todas partes, y tengan que coserte. Lo que es que la enfermera que te cura te mire y puedas ver la lástima en sus ojos. Lo que es intentar resistir. Lo que es estar roto. No tienes ni puta idea de lo que es mirarte a un espejo y ver las marcas y recordar. El no poder olvidar. El desear estar muerto cada minuto. No sabes lo que es estar roto. No consentiré que digas que quiero volver. No consentiré que digas que estoy trabajando para el hombre que hizo que me separara de mi familia, y durante siete años me violó, me torturó, y me usó como un juguete cuando quiso y donde quiso.

La sala quedó en silencio después de eso. Un silencio incómodo que se hacía más y más denso a medida que pasaban los segundos. Nadie se atrevía a mirar a John a la cara, excepto Lestrade, que quiso palmearle el hombro, pero John se zafó de él antes de que la mano de Lestrade llegara si quiera a entrar en contacto con la tela de la camiseta. No quería la compasión de ellos. Quería que entendieran. Greg retiró la mano, comprendiendo que quizá no era el mejor momento ni el mejor modo de darle su apoyo a John, así que en cambio, miró a Irene a los ojos, que se había quedado lívida mirando a John, aunque tenía una de sus comisuras, ligeramente alzada, ahora. Como si aquello fuera algo que hubiera esperado. Como si aquello fuera lo que quería oír.

—Yo creo que ya es más que suficiente, Irene.

Ella no desvió la mirada para responderle, sino que simplemente parpadeó una vez.

—Sí. Es más que suficiente. Votemos —dijo. Mary carraspeó y la miró, esperando, y Bradstreet apoyó las manos en la mesa, poniéndose cómodo —. En contra de asaltar Baskerville —. Nadie levantó la mano. La tétrada se miró un momento, como desafiando a los otros a que alzaran la mano y se enfrentaran a las consecuencias. Irene asintió, como si ya se lo hubiera esperado —. Bueno, eso nos deja con que todos estamos a favor. Pero mi voto tiene una condición —explicó, y se cruzó de brazos —. Acompañaré personalmente a John y a Sherlock en la misión, porque asumo que Holmes no va a quedarse atrás.

John estaba a punto de decirle que se fuera con viento fresco, hasta que Mary alzó una mano y dijo:

—Sí. Aceptamos las condiciones. Soldado Watson, vuelve al centro de mando mañana para recibir instrucciones. Se hará llegar la hora y lugar de la cita a tu vagón esta noche.

John miró a la mujer, Mary, y cuando ésta asintió levemente, él bajó la cabeza en señal de aprobación, y abandonó la sala de reuniones. Una vez fuera, se apoyó en la pared, cerrando la puerta tras él, y cerró los ojos, tomando un par de respiraciones. Había sabido que sería difícil convencerles, pero no había sabido cuánto. Tendría que tener cuidado con Irene de ahora en adelante. Lo supiera o no el resto de la tétrada, era ella quien mandaba. John no estaba muy seguro de que le gustara que el consejo de dirección de la resistencia que él había visto por última vez convertido en una democracia de cuatro, se hubiera convertido en la tiranía encubierta de uno. Ya tenían una tiranía en el gobierno. No quería otra.

Tendría que hablar con Lestrade en algún momento.

—¡John!

El aludido abrió los ojos, y miró hacia el fondo, a su derecha. Sherlock subía por la escalerilla de emergencia al andén, desde las vías, al fondo del túnel de la estación. John fue hacia él, inseguro de cuánto tiempo había estado Sherlock en la reunión, o cuándo se había marchado. O a dónde.

—¿Sherlock? ¿A dónde has ido?

Sherlock estaba sin aliento, algo que parecía completamente fuera de lugar en él, como si siendo tan vital y enérgico como parecía, nunca pudiera quedarse sin fuerzas. traía un papel en la mano. Era negro y pequeño, como una tarjeta de visita. Había letras en rojo claro, destacando en contraste. John alcanzó a ver el dibujo de unos cuernos y una cola de diablo. Frunció el ceño.

—Tengo... algunos contactos de confianza en los barrios rojos... y en otras zonas de La Leonera —explicó, jadeante. Se agachó, con las manos apoyadas en las rodillas, intentando recuperar el aliento. Le tendió la tarjeta que sostenía, y John la tomó. En efecto, había un circulo rojo con unos cuernos y una cola de diablo. En el centro, en letras también rojas, ponía con letra estilizada: Devil's Horns. Por la parte de atrás, con letra pequeña, estaban los teléfonos de contacto y una dirección de e-mail — Esta mañana pregunté... si alguien sabía algo de Baskerville... y me dieron esto.

John frunció el ceño, mirándole como si estuviera loco.

—Esto es un burdel.

—Sí. EL burdel —contestó Sherlock, algo recobrado. Se irguió y miró a John, comenzando a explicarle—. El más caro y más grande que tiene La Leonera. Y el que tiene más clientes puros. Ilustres clientes puros.

Mirándole, John arqueó una ceja, averiguando a dónde quería llegar Sherlock.

—¿Y nuestro ilustre objetivo es...?

—Mayor Barrymore. Supervisa las acciones militares en Baskerville, y tiene las claves de acceso de todo el complejo. Acude todos los viernes por la noche de manera puntual, pasado el tiempo de luz en la calle.

—Incluidas las claves de los generadores de emergencia —añadió John, contento de tener algo con lo que trabajar, por fin. Tomó la cara de Sherlock, y se inclinó para besarle en la frente —. Brillante genio. ¿Cómo lo has hecho?

Las mejillas de Sherlock se tiñeron de rojo ante el alago de John.

—Conozco al dueño. Se ha ofrecido a ayudarnos. Tenemos una cita con él esta noche, para ultimar detalles.

—¿Tenemos?

—Bueno, no hace falta que vengas, pero...

John sonrió ante la expresión de Sherlock cuando comentó el plural de su frase, y le tomó la mano, apretándosela.

—Iré contigo. Haremos esto juntos.

Se quedaron mirándose el uno al otro largo y tendido, sin necesidad de hablar, aún cerca por el beso de John, con los corazones acelerados; John por la euforia, y Sherlock por el repentino beso de John, por el cual su rubor se había intensificado. No fue hasta que la puerta de la sala de reuniones se abrió, y el consejo empezó a salir. Al verlos tan juntos, Irene alzó una ceja, divertida, pero nadie dijo nada. Lo único que se escuchó fue el carraspeo de Lestrade, que los miraba como un padre miraría a su hijo después de pillarlo besando a su pareja en el portal de casa.

Se separaron un poco a regañadientes, por el bien de la decencia, y Sherlock asintió.

—Juntos.


Hasta aquí el nuevo capítulo. En el siguiente introduciré un nuevo personaje (¿Quién será? ¿Quién será?), y pasarán cositas... interesantes. Y si todo va bien, empezará el salseo.

Lamentablemente, me voy todo el mes de vacaciones... y no voy a tener internet. Sí, podéis matarme. Lo merezco. Soy mala persona.

Intentaré tener preparados dos capítulos más para septiembre, pero como mínimo, tendréis uno y el siguiente muy pronto una vez empiece Septiembre. Si tengo la suerte de encontrar algún sitio con wi-fi gratis, podré actualizar antes. Si no, nada de nada monada.

Gracias por leer, por tener paciencia, cualquier duda me preguntáis (podré responderos porque el móvil deja contestar reviews pero no publicar. Mal . Mal), y quizá me apiade de vosotros y os mande un adelanto del siguiente capítulo, tan pronto como lo termine ;)

Un besote, y felices vacaciones a los que ya estén en ellas!

Sois estupendos :3

MH.