Ejem

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Sé que vengo tarde. Sé que la actualización se ha hecho de rogar. Perdón. Mil perdones por eso. Merezco todas las amenazas que me hagáis. Este mes pensaba aprovechar las vacaciones para escribir y traeros un montón de material nuevo para septiembre, pero por circunstancias ajenas a mi, eso no ha podido ser posible. Decir que mi Agosto ha sido accidentado es quedarse muuuy corto. Pero bueno, vosotros no deberíais pagar las consecuencias de eso, así que perdón.

Prometo que a partir de ahora recuperaré fuelle y retomaré las actualizaciones periódicas de TODAS las historias.

Gracias por esperar, a los que sigáis aquí después de un mes y pico de espera. Os amo.

NA/ IMPORTANTE: ahora que tengo vuestra atención, tengo un par de recomendaciones musicales para este capítulo. La primera es You're the one that I want, de Lo-Fang (sabréis cuando ponerla), y la otra es Recovery de James Arthur, para la escena final, cuando la lluvia. Espero que disfrutéis de este capítulo :)


Recolectando datos

Estaban caminando por la calle, cerca de la media noche, y John se sintió por primera vez, como en casa. Era raro decir eso cuando estaban en la parte más peligrosa de La Leonera, y lo más seguro era que se estaban buscando más de un problema, pero no podía evitar perder la sensación de fría y cómoda calma que se instaló sobre él en el momento que vio al primer camello con una navaja pasando por su lado, observándole a él y su acompañante de reojo, valorando sus opciones.

Sherlock, por otro lado, no se sentía muy cómodo en aquella zona. Nunca lo había hecho, pero esa vez menos que nunca. Que John le acompañara al Devil's Horns era algo que nunca se le había pasado por la cabeza. Desearía haber podido dejar aquella parte de su vida al margen de John, lejos de la nueva vida que estaba intentando comenzar a su lado. O que, por lo menos, deseaba comenzar. Todo un mundo de posibilidades se había abierto ante él cuando le conoció en el hospital, y ahora, después de lo que había hecho por él, los caminos que podía tomar junto a John parecían de colores más brillantes. La confianza repentina y tan profunda que había depositado en él de buenas a primeras perecía estar tomando forma rápidamente en una insondable base, en unos fuertes cimientos enraizados en la tierra fértil que era su corazón.

No era alguien dado a confiar en la gente. Prefería moverse solo, no tener que estar cubriéndose las espaldas tanto de enemigos como de supuestos amigos, así que no, gracias. No obstante, en los últimos tiempos, había descubierto que la confianza que podía depositar en la persona correcta podía ser tan beneficiosa como un cuchillo bien afilado. Y John, de hecho, era la persona correcta en más de un sentido. Era la persona. La única que realmente importaba. La única a la que Sherlock entregaría su corazón de buena gana. La única a la que le daría la llave que servía para destruirle. Y una de las pocas por las que Sherlock moriría.

Había depositado mucha confianza en él. Más de la que el buen soldado podría ni siquiera llegar a atisbar. Y con cada paso que daban hacia el sur, adentrándose más y más en las tripas violentas y oscuras de La Leonera, más sentía el miedo crecer en sus entrañas. Incluso estaba empezando a retener la saliva, y su garganta seca amenazaba con hacerle toser. La navaja que llevaba en el bolsillo de su pantalón otorgaba, no obstante, un peso reconfortante sobre su muslo derecho. El saber que en cualquier momento podría sacarla y utilizarla si las cosas iban mal, le daba cierta sensación de paz. Siempre se había sentido más seguro con un arma en las manos, a pesar de haberse entrenado en la lucha cuerpo a cuerpo con los miembros de la resistencia. Así como sus músculos y su cuerpo tenían unos límites que era mejor no rebasar, un arma siempre podía ser empleada más allá de su capacidad. Y como método disuasorio, no tenía precio.

John también era una fuente de paz en los últimos tiempos. A pesar de tener un menos tamaño que él, era ancho y fuerte, y caminaba de una manera que recordaba a los leones africanos, cazando en la sabana. Imparable. Imponente. Salvaje. Letal.

Sherlock había visto prácticamente todas las facetas de la vida de John Watson. Había visto al niño, al adolescente, al soldado, al prisionero, a la victima, al superviviente y al héroe. El mapa de su vida tejido sobre los delicados detalles de su persona. Pero aún tenía la sensación de que le faltaban detalles, y eso le fascinaba. Sherlock amaba todas y cada una de las caras que John tenía en su historia vital, y ansiaba conocer las demás. Quería amarlas igual que amaba las demás. Una parte de él tenía la sensación de que nunca sabría suficiente o demasiado de John, aunque por otro lado, esperaba que el sentimiento no fuera mutuo, que John no fuera un investigador tan entregado como Sherlock lo era, porque había aspectos de su vida que prefería no compartir con John. Cosas que desearía eliminar del historial de su vida. Cosas que le gustaría no haber hecho.

—Eh, Shezza.

Sherlock se volvió, alerta cuando escuchó su nombre. John se detuvo a su lado, sorprendido, y Sherlock vio como llevaba la mano a la cintura de su pantalón, donde llevaba una pistola guardada.

—Tengo más material para ti. Ayer me llegó un cargamento —dijo el hombre. Su ropa estaba raída y olía a sudor, orina, sangre y alcohol. Sus dientes estaban amarillentos, negros y en ocasiones ni siquiera estaban. Sus ropas estaban rotas, desgarradas y deshilachadas. Se llevó las manos a los bolsillos del pantalón, como si buscara algo en ellos. La mano de John se cerró con fuerza sobre el mango de su pistola, esperando a la menor señal de amenaza para disparar.

—No estoy interesado hoy. Quizá otro día —respondió Sherlock, esperando aplacar con ello al mugriento hombre.

Éste pareció darse por satisfecho con la excusa, y con un mohín de disgusto, se hizo a un lado, caminando calle abajo mientras arrastraba tras de sí una pierna coja. Sherlock se volvió hacia John, que siguió al hombre con la mirada, la mano todavía a su espalda, su cuerpo tenso, hasta que su objetivo se perdió unas calles más allá de donde ellos se encontraban. Entonces el solado se giró y miró a su alto acompañante con la misma expresión de alguien que ve a su amigo borracho por primera vez.

—¿Vamos a hablar del yonkie que ha intentado venderte droga o vamos a continuar? —preguntó, dejando caer el brazo de nuevo junto a su cuerpo, colocando su chaqueta para que cubriera de nuevo su cintura, ocultando el arma en sus pantalones.

La chaqueta de John había formado parte del banco de ropa de la Resistencia, obtenido de asaltos a trenes de mercancías que iban a la ciudad, o rescatado de alguna casa abandonada. Era grueso, de color verde oscuro. Tenía algún remiendo en el forro, pero el pelo del cuello estaba prácticamente nuevo, y la protección que ofrecía contra el frío era bastante buena. Embutido en semejante prenda, John parecía más pequeño que de costumbre.

—Vamos a continuar. El club no está lejos.

John se sentía increíblemente observado. Estaba tentado de ponerse las gafas de pasta que le habían dado para pasar desapercibido, pero sabía que cuanto más tiempo tardara en ponérselas, mejor. Apartó la mano del bolsillo, y caminó tras Sherlock, que llevaba una chaqueta blanca cubriéndole el cuerpo, protegiéndole del frío. La chaqueta era de lana vieja, llena de bolas y manchas, y tenía cosidos en ocho en el pecho. Por lo menos le abrigaba.

—¿Por qué conoces este lugar?

—Todos aquí lo conocen.

—¿Es muy grande?

—Dímelo tú.

John se giró, si comprender, y entonces vio una brillante luz roja de neón, iluminando la noche. Tenía la forma de unos cuernos rodeados por una cola de diablo, la misma forma que había visto en la tarjeta negra que Sherlock le había mostrado. La extensión del neón ocupaba toda la manzana, y el edificio tenía un aspecto oriental, le recordaba a John a las películas de ninjas que veía de pequeño. Las puertas eran circulares, y también las ventanas. En la puerta había un gorila trajeado, con un pinganillo blanco en la oreja. El brillo rojo parpadeante del dispositivo de seguimiento que llevaba colocado se podía ver desde aquella distancia. Sobre él, había un quebrantahuesos, posado sobre el dintel redondeado de la puerta, graznando en dirección a todos aquellos que quisieran entrar. John vio como un hombre en vaqueros y americana se acercaba, con paso firme. El gorila alzó una mano, y el hombre sacó la cartera de su pantalón. La abrió y le mostró una tarjeta de color negro. El guardia de seguridad bajó la mano y se hizo a un lado. La puerta de madera se deslizó a un lado y el hombre entró. John maldijo.

—Necesitamos un pase para entrar. Este club es exclusivo.

—Lo es. Pero no para el servicio —dijo Sherlock, dirigiéndose hacia uno de los laterales.

El callejón estaba más iluminado de lo que podía parecer, quizá por las fuertes luces rojas de neón. Había una puerta gris, metálica, de las de servicio. Allí no había vigilancia, pero si una cerradura. John pensó que Sherlock iba a forzarla, pero sacó una llave de su bolsillo. La puerta se abrió con un chasquido, y el golpeteo de la música electrónica les recibió como un fuerte bofetón. Entró tras él, agachando la cabeza, y en cuanto subió la mirada, su corazón se aceleró, la adrenalina corriendo por su sangre. Había gente en varios estados de desnudez andando por el local, algunos al ritmo de la música, portando o no bandejas con comida y copas de champán. En las mesas redondas que se encontraban en varios niveles del enorme local que se veía desde la balconada donde estaban, había gente sentada, de todos los géneros y aspectos sentados, mirando un escenario bajo y alargado, como el de una sala de conciertos. En varios puntos, había barras verticales de acero inoxidable, brillando a la luz de colores de la zona, y bajo los focos blancos. John vio, en uno de los niveles bajos, una mujer con una especie de vestido roto, que dejaba entrever pedazos de su blanca piel. La mujer tenía el pelo rubio, rizado, que resaltaba gracias a la luz del foco. La música del local cambió hacia una más rítmica, lenta, con un golpeteo de fondo, como el de un tambor. La voz rasgada de otra mujer empezó a acompañar a la música, grave y baja, como la vocalización femenina del mismo sexo. El local olía al perfume de los dispersores de ambientador de jengibre y a sudor y tabaco. A John se le revolvieron las entrañas ante el espectáculo. Era como estar de nuevo en una de las fiestas privadas de Moriarty, salvo que en lugar de ser la carnaza, esta vez era el espectador.

En el club hacía calor. Un calor sofocante producido por los focos, la falta de ventilación, el humo y la excitación, además de el que generaban los propios cuerpos. Probablemente habían encendido el aire acondicionado para mantener a sus huéspedes cómodos, pero no tenía la suficiente potencia como para contrarrestar el calor que se generaba de manera continua. John se sacó el abrigo de encima, sintiendo que le sobraba, y se puso las gafas, solo por si acaso. El cristal no graduado le permitía ver todo con normalidad, pero cambiaba sus facciones. Si alguien le veía, probablemente no le reconocería a primera vista.

Notó una mano cogiéndole del brazo y se tensó. Recordó la primera vez que llegó a uno de esos locales arrastrado por Jim. Le había hecho ponerse una camiseta de tirantes de color blanco, y unos pantalones de cuero que poco dejaban a la imaginación, pues se pegaban a su piel como la licra. Había sido a penas un mes después de que decidiera rendirse a las circunstancias en lugar de luchar. John había estado acudiendo regularmente a los entrenamientos que Jim le había obligado a recibir antes de formar parte de su guardia, y sus músculos se habían puesto firmes, comenzando lentamente a tomar forma. Después de la última vez, lo había dejado en paz semana y media, antes de que Moran tuviera que ausentarse. Entonces reclamó su presencia, y John tuvo que recordarse qué debía hacer. Al menos esa vez, no terminó en el hospital. Cuando llegó, Jim lo había cogido del brazo de la misma manera. Lo que John vio allí no distaba mucho de lo que estaba delante de sus ojos en aquel momento. La chica rubia que se desnudaba y se contoneaba al son de la música, delante de sus espectadores, bien podía ser el muchacho pelirrojo que había bailado prácticamente sobre el regazo de uno de los colaboradores de Jim el día que lo llevó a la primera sesión del club. El collar ya estaba firmemente apretado entorno a su cuello por aquel entonces.

Se un buen chico, Johnny, y esta noche dormirás tranquilo. Pórtate mal, y tendré que castigarte —había susurrado en su oído, con la voz dulce como la miel cubriendo el filo de un cuchillo. John tragó pero no dijo nada — ¿Qué se dice?

Sí.

¿Sí qué, Johnny?

Las uñas de la mano que lo agarraba se clavaron en su piel y cerró los ojos un momento antes de abrirlos de nuevo y mirarle directamente. Vio la locura en sus ojos, agazapada tras sus pupilas, preparada para ser liberada. Tragó con fuerza y, apretando los dientes, bajó la mirada.

Si. Seré un buen chico, amo Jim.

Después, Jim lo había llevado hasta un grupo de empresarios y empresarias con los que hacía negocio, y estuvo fardando de él como si fuera solo un perro. Se sentía desnudo bajo las miradas que le daban las personas ante las que estaba. Le inquietó especialmente la de una mujer con un escotado vestido rojo, corto y ajustado como un guante. Los altos tacones la hacían rozar la estatura de Jim, dejándole unos centímetros por debajo. Le hacía estremecerse, y no de muy buena manera.

Le quiero —dijo, sus labios rojos como la sangre arterial, sonriendo en su dirección.

Este es mío, Sarah. Lo siento.

Venga Jim. ¿Ni una vez? Nunca he estado con uno de ellos… ¿Vas a negarme la oportunidad?

Jim pareció pensárselo, y finalmente aceptó, a cambio de un generoso descuento en la próxima compra de armas. ¿De verdad valía tanto? ¿Para solo una vez?

Ven conmigo —dijo, caminando delante de él. John miró a Jim, pero este ya no le prestaba atención, de modo que siguió a la mujer. Consideró huir mientras la seguía por los pasillos llenos de gente. Había grupos desnudos, envueltos en toda clase de actos sexuales en público entre los que John no era capaz de distinguir donde empezaba una persona y donde terminaba la otra, y distópicos con collares similares al suyo paseándose en varios estados de semi desnudez, portando bandejas con copas de un lado al otro. El joven pelirrojo le miró al pasar, y cuando sus miradas se encontraron, fue como si pudiera leerle la mente. No hacía aquello por placer. Lo hacía por lo mismo que hacía John las cosas: por supervivencia.

Tuvo ganas de vomitar.

Entraron en un reservado semicircular. No había puerta, solo una gruesa cortina que la mujer cerró. John obedeció cuando le dijo que se sentara en la cama, y la observó desde allí. El espacio no era muy grande, pero ya era más que su pequeña habitación. Incluso la cama era más cómoda. Sarah se sentó a su lado y lo miró fijamente de arriba abajo, deteniéndose en las zonas obvias. Su índice recorrió su pecho y sus hombros, y John dio una profunda respiración. Para su desgracia, no era ciego. Sarah era una mujer impresionante, y se temía que sufriría la consecuente reacción física sin demasiado esfuerzo, por mucho que detestara la idea.

Cuando ella vio las marcas de cinturón en su piel, hizo una mueca.

Jim no es muy delicado contigo, ¿verdad, ricura? Tranquilo. No me va el sado —dijo, y juraría que su voz fue incluso dulce. Abrió la boca, con el ceño fruncido, y ella le puso el dedo sobre los labios — ¿Has estado con alguna mujer antes?

John negó, mirándola. Se preguntó qué querría hacer con él exactamente. Sabía que había más formas de hacerlo que de manera tan violenta y agresiva, pero en ese momento no podía imaginar otra cosa. De hecho, la misma idea del sexo le ponía enfermo, en ese momento. Se preguntó si se enfadaría mucho si le vomitaba en la alfombra. Supuso que sí.

Su mano se puso en su pecho, y le hizo moverse hacia atrás, sentándose más adentro del colchón. Tomó su mano, sentándose a horcajadas sobre él, y la guió bajo su falda. La tela se había subido más, revelando parte de sus muslos, y John no apartó la mirada de sus ojos en un intento por evadirse de la realidad. Se había apartado cuando había intentado besarle. Mientras pudiera, John conservaría su beso. Podía parecer una tontería, pero era algo que quería salvar de todo aquello. Algo a lo que no quería tener que asociar nada de aquello. Ella no volvió a intentar hacerlo. Apretó los dientes cuando sus dedos rozaron la tibia carne entre sus piernas, húmeda por la excitación. Sarah movió su mano como si fuera una marioneta, frotando su piel mientras sus pupilas se dilataban y sus labios se separaban, con un suspiro, hasta que deslizó uno de sus dedos dentro de ella. John sintió la calidez, la humedad, y no supo qué hacer a continuación, pues había soltado su mano. Ni siquiera sabía qué hacer. En otras circunstancias eso lo habría llevado al límite, pero la situación, el no saber, lo estaba poniendo realmente malo. No quería ser usado como un juguete. No otra vez.

Su mano acarició su mejilla con suavidad, mirando el collar con algo parecido a la tristeza.

Lamento lo que te hace, de verdad. No es justo. Pero estoy protegiendo a algunos de vosotros en mi fábrica. Trabajan para mí. Les pago un buen sueldo. Viven en casas de mi complejo industrial. Llevan una buena vida —explicó, y John no supo por qué le contaba eso. ¿Se suponía que debía estar agradecido? ¿Darle las gracias porque estaba haciendo lo que una persona normal haría? —. De verdad me atraes. Quería… quería demostrarte que puede ser de otra manera. Que no hace falta hacer lo que hace él.

John no se había movido ni un centímetro, sus dedos aún en su interior, sus ojos en sus ojos.

Sé que puede ser de otra manera.

Sarah lo miró, chasqueó la lengua, y lo tumbó sobre la cama con brusquedad. Parecía que la buena voluntad se le había terminado. Con sus largas uñas desabrochó sus pantalones, y después de estimularle para tenerle listo a base de fricción, lo montó. Fue la hora más impersonal que John tuvo por primera vez. Hacía lo que ella le ordenaba y se dejaba hacer, sabiendo que no había nada que pudiera hacer para evitarlo. Le forzó a tomarla como quiso, y una vez terminó, le hizo limpiarse, vestirse y salir. Después de eso, Jim ya le había vendido a dos puros más que esperaban sus servicios. John apretó las manos en puños y obedeció en silencio. Fue la peor noche de su vida, y todo aquello solo había hecho más que empezar.

—¿John, estás bien?

Se giró para ver que la mano que lo agarraba no era otra que la de Sherlock. Y ni siquiera estaba ejerciendo presión. Se relajó, aunque una sensación de náusea se había instalado en la boca de su estómago. Sherlock lo miraba con el ceño fruncido, preocupado por su estado. John tenía la corazonada de que Sherlock en realidad no deseaba que estuviera allí, pero era la única manera de que aquello saliera medio bien. Necesitaba, sin duda, que alguien vigilara los accesos y al objetivo por si éste escapaba antes de que pudieran interrogarlo.

—Estoy bien —asintió, vocalizando para ser entendido sobre el ruido del club.

—Voy a buscar a mi contacto. No te muevas de aquí.

Asintió de nuevo, viéndole alejarse entre la multitud. Estando solo y sin faltar a su palabra de no moverse, no le quedó más remedio que observar su entorno, estudiarlo. No había visto una fotografía de Barrymore, pero podía hacerse una idea del aspecto que tendría: pulcro, ordenado y militar. Se preguntó qué iría exactamente a buscar a un local como aquel. Si realmente trabajaba para el gobierno, y lo que quería eran distópicos con los que entretenerse un poco, Londres tenía otros establecimientos de más categoría que aquel.

—Si estás buscando diversión, cariño, la zona para distópicos está arriba —dijo una voz desde detrás de él.

Se giró para ver como un hombre joven, con una americana rojo burdeos abierta sobre un pecho desnudo se había acercado a él sigilosamente, cubierto por la estridente música. Los pantalones vaqueros brillaban por los destellos que lanzaba la purpurina que llevaban pegados, y toda su anatomía era visible pues eran de lo más ajustados. John frunció el ceño, preocupado por que lo hubieran identificado. Miró al hombre moreno a los ojos grises y sonrió.

—¿Puedo saber con quién hablo?

El hombre sonrió y le tendió una mano.

—Victor Trevor, a su servicio. Soy el propietario del local. Si desea algo que pueda ofrecerle…

El movimiento sinuoso que hizo con su cuerpo no se le pasó por alto a John. Tragó y forzó una sonrisa, permaneciendo quieto.

—Gracias, pero estoy aquí por negocios.

—Oh. Bueno. Ciertamente tienes buen aspecto —dijo Victor, observándole de arriba abajo. John se quedó atónito, sin comprender de qué estaban hablando ahora, mirando al hombre mientras éste le rodeaba, estudiando su figura —. Pareces ágil, pero eres demasiado masculino. La mala noticia es que tenemos demasiados distópicos trabajando. La buena es que con un poco de tiempo tu cuello se curará y tu pelo crecerá, y podremos librarnos de esas cicatrices… El área de hombres está algo vacía y podrías dar un buen espectáculo…

Se quedó helado, petrificado por la idea que estaba sugiriendo el tal Victor. Abrió y cerró la boca, resistiendo el impulso repentino de llevarse las manos a la garganta.

—No son esa clase de negocios...

—¡Victor!

John se giró para ver la mano de Sherlock agitarse entre la gente, a lo lejos. Su grito casi le había pasado desapercibido sobre la música. Suspiró aliviado cuando le vio acercarse, y cuando llegó hasta ellos resistió el impulso de tomar su mano. Se ajustó las gafas, resbalándole por el puente de la nariz, y lo miró.

—¿Encontrastes a quien buscabas?

Sherlock le miró antes de desviar los ojos hacia Victor.

—Ahora sí. Necesito que me hagas un favor.

Victor sonrió y se cruzó de brazos.

—Será mejor que vayamos a mi despacho. Me suena a que esta conversación debería quedar en privado.

El hombre avanzó frente a ellos, y Sherlock tomó la mano de John. Le hizo mirarle unos segundos después, poniendo las manos en sus mejillas, haciéndole mirarle. Sin duda habría notado la tensión y el agobio de John en los músculos tensos de su cuello y brazos. Sus manos subieron hasta posarse en sus mejillas, sus pulgares acariciando sus pómulos con suavidad, y no pudo hacer más que suspirar, cerrando los ojos ante el reconfortante contacto. Las ganas insanas de proteger su cuello se fueron desvaneciendo bajo el toque de sus manos.

Pudo notar la proximidad de su cuerpo, la cercanía de su rostro al suyo por el calor que desprendía su piel y la forma en la que la calidez de su aliento le calentaba los labios. Un fugaz pensamiento surgió de pronto, mientras sus ojos permanecían cerrados y todo su cuerpo se relajaba. Sería tan fácil dejarse caer unos centímetros hacia adelante, rozar sus labios con los suyos, como si fuera un simple accidente... Tan fácil fingir después que había sido un simple desliz... Podía dejarse caer. Tenía plena confianza en que Sherlock le atraparía antes de caer. Si solo inclinaba un poco la cabeza...

Abrió los ojos y se encontró con los suyos, viendo las vetas de plata reflejar las luces caleidoscópicas del club. No podía dejar de mirarlos, ni siquiera para poder bajar la vista hasta sus labios y, de pronto se dio cuenta, como si se tratara de una divina revelación, de que no podía apartar sus ojos de los suyos. De que su cuerpo y su mente estaban en calma gracias a él. Y que solo había necesitado unos segundos para hacerlo. Incluso había olvidado llevar sus manos hasta el cuello.

—¿Estás bien? —dijo suavemente. John no pudo oír su voz, simplemente leer sus labios —Podemos hacer esto otro día, no tiene por qué ser hoy.

Asintió, volviendo a cerrar los ojos.

—Estoy bien. Vamos.

Las manos de Sherlock permanecieron unos segundos más sobre su rostro antes de retirarse definitivamente. Sintió como tomaba su mano como antes, y lo arrastró con cuidado entre la gente, guiándole en la marea de gente y el fuerte aroma a colonia barata que tapaba otros olores más desagradables que aquel local. Hacía calor y chocaba con todo el mundo mientras caminaba apresurado para poder seguir los pasos del desgarbado moreno que le guiaba, pues sus piernas eran más cortas que las suyas y le costaba seguirle el ritmo sin chocar con nadie o tropezar con sus propios pies. Cuando la gente se hizo a un lado, se dio cuenta de que había empezado a subir por unas escaleras hasta una balconada interior, libre de gente. Una puerta de madera oscura estaba entreabierta, dejando ver una habitación espaciosa, amplia y muy bien iluminada. La luz de la luna se veía entrando por un ventanal en el techo. Había dos escritorios llenos de papeles amontonados, estanterías con clasificadores y carpetas, y mesas sobre las que había teléfonos, luces de gas y, por increíble que pareciera, un ordenador. Había pequeñas espirales de humo surgiendo de varios puntos de la estancia, oliendo a canela y brasas. Los ojos le escocieron ligeramente por el cambio repentino de ambiente, y estuvo a punto de estornudar. Por lo menos el olor del incienso era mejor que el del club.

Victor estaba de brazos cruzados, los pies ahora desnudos, descansando sobre una aparentemente mullida alfombra. Estaba apoyado en una esquina libre de uno de los escritorios. Sherlock soltó su mano despacio y cerró la puerta tras ellos, corriendo el pestillo para mayor seguridad. John se cruzó de brazos también, dispuesto a observar a ambos hombres. Tenía la sensación de que iba a presenciar una tensa negociación. Quizá se equivocaba.

—John, te presento a Victor Trevor, el dueño del Devil's Horns y mi contacto.

Victor soltó una amarga risotada.

—Déjate de gilipolleces innecesarias, Sherlock. Esto es un prostíbulo, no el palacio real. Tu amigo probablemente habrá apreciado la diferencia —dijo, mirando a John de arriba abajo de nuevo. Abrió la boca como para replicar, y el hombre alzó una mano —. Ahórratelo. Reconozco un distópico de Buckingham cuando lo veo. Esas marcas en el cuello no son fáciles de conseguir. ¿De dónde lo has sacado?

Sherlock apretó los dientes, pero alzó la cabeza, moviendo los pies para adelantarse. John apreció el gesto de protección que dejó entrever con sus acciones, situándose ligeramente por delante de él, cubriéndole con su cuerpo y apartándole de la mirada de Victor. Si había sido o no intencional, eso ya no lo sabía. Volvió a ser consciente del peso y el frío del metal de la pistola en su espalda.

—No es tu problema. He venido por tu mensaje ¿Está hoy aquí? ¿Estás seguro?

—¿Alguna vez os he mentido? El soldadito estará aquí, como cada semana. Lo que no me explico es como vais a acercaros hasta él lo suficiente como para que os cuente algo y no sospeche —contestó. Sherlock y Victor se miraron en silencio durante un rato, pero después Victor abrió la boca, arqueando las cejas —. No me lo puedo creer. ¿De verdad vas a hacerlo?

—No es que tenga muchas más opciones —replicó Sherlock. John podía no ser muy comunicativo, pero sabía leer el lenguaje corporal de la gente. Sherlock estaba ligeramente encogido, con el cuerpo echado hacia adentro, pero su vista no se apartaba de Victor. Si hubiera tenido que describirle, John lo habría comparado con un depredador acorralado.

Victor alzó la cabeza levantando una ceja y se separó de su mesa, dirigiéndose a un enorme armario. Abrió las puertas y empezó a mover perchas. John dio un par de pasos al frente y se colocó junto a Sherlock, mirándole. El chico giró la cabeza y lo miró también. Su expresión era impenetrable, muy lisa. Hubo un momento en el que su ceño se suavizó cuando sus ojos se encontraron, pero luego volvieron a ser fríos y estáticos. John podía oír el golpeteo de la música del club al otro lado de la puerta.

—Recuerdo que no me has pagado ni una sola vez. ¿Te crees que soy estúpido? No he estado recibiendo mis comisiones. Ya sabes lo que pasará la próxima vez. Quiero que me des lo que me debes, Sherlock. La tétrada no podrá protegerte mucho tiempo más —Victor parecía malhumorado cuando tiró en dirección a Sherlock una bola de prendas de ropa compactas en tonos morados y negros. Sherlock las cogió al vuelo, sosteniéndolas contra su pecho—. El negocio no se mantiene solo, y no soy una casa de caridad.

—Te pagaré.

Victor soltó una risa amarga, frotándose la frente.

—Cuando llegue el fin del mundo. Anda, sal de mi vista antes de que cambie de idea. Está en la zona de muchachos, el primer nivel. Suele ir de uniforme, será fácil identificarle. Dile al DJ que ponga a Fang.

Sherlock inclinó la cabeza y se dio la vuelta, aguantándole la puerta a John para que saliera. Una vez estuvo fuera, volvió a cerrar la puerta y miró a John. Éste sacó las manos de los bolsillos, sin saber muy bien qué había pasado dentro del despacho.

—¿Qué necesitas que haga?

Sherlock chasqueó la lengua.

—Si lo que dice Victor es cierto, que lo será, estará en el piso de abajo. Quiero que te quedes en la balconada de arriba y vigiles la puerta para que no salga. Si lo hace, síguele, pero que no te vea. Síguele a él o a cualquiera que te resulte sospechoso —ordenó. Sus ojos examinaban las balconadas mientras hablaba. Estaba evitando mirarle cuidadosamente, de eso John se había dado cuenta.

Asintió y señaló la ropa con la cabeza.

— ¿Un regalo?

—No exactamente.

Empezó a bajar las escaleras, de nuevo a sumergirse en la multitud, y miró arriba, deteniéndose, con el ceño fruncido en una mueca de incomprensión.

—¿Y tú que vas a hacer?

Pero para cuando hizo la pregunta, Sherlock ya no estaba allí.


Llevaba diez minutos dando vueltas por el balcón superior, fingiendo un ligero interés por el ambiente que le rodeaba, hasta que acabó recostándose contra la barandilla, viendo el gran escenario blanco que había en la planta que tenían justo por debajo, la primera planta, donde se suponía que en cualquier momento aparecería Barrymore. El escenario tenía bailarines y bailarinas ocasionales, la mayoría ligeros de ropa, y otros muy elegantes que hacían trucos de magia o espectáculos circenses que a John le resultaron impresionantes por su complejidad y belleza. Una chica, algo más joven que él, y rubia como el oro, había aparecido para hacer una danza de telas colgantes, flotando sobre la sala, deslizándose y ocultándose en la tela igual que un hada lo haría en el bosque. Con gracia y elegancia.

Empezaba a estar un poco absorto en el ruido, sin prisa por salir de allí pero tampoco con ganas de quedarse. Todas sus fuerzas parecían haberse canalizado automáticamente con su misión actual.

La música cambió de repente, y la luz del local disminuyó de intensidad. La planta baja se quedó a oscuras, y un foco rojizo iluminó una zona del escenario, pero seguía siendo demasiado tenue como para que John viera bien al siguiente bailarín. Venía acompañado por dos más, y presumiblemente, todos eran chicos. Los tres iban con pantalones ceñidos y camisas abiertas hasta el ombligo, gorros de ala ancha que les cubrían el rostro, pero el color estaba demasiado alterado por la luz como para que John pudiera distinguir el original desde aquella distancia. El ritmo de la música era lento y había muchos bajos, haciendo que a John se le movieran las entrañas, haciéndole tragar con fuerza.

Vio las puertas abriéndose, y un hombre de camuflaje entrando solo, mirando alrededor. Sus ojos se fijaron en el escenario y caminó hacia el filo de la barandilla del escenario, inclinándose sobre el foso que separaba los clientes del escenario, y donde se ocultaban los leds que iluminaban el escenario por debajo. En este caso, iluminación roja, también.

Se dirigió a las escaleras de caracol que bajaban hasta la baja, y se escurrió entre la gente, situándose justo detrás de Barrymore. El corazón le latía a cien en el pecho. Sería tan fácil sacar la pistola y volarle la cabeza... tan fácil...

Se acercó hasta quedar a una distancia prudencial de él, y entonces pudo fijarse en los bailarines, cada vez más cerca de donde estaban. Los dos de atrás se habían quitado los sombreros, pero el de delante se movía al ritmo de la voz masculina que cantaba, describiendo siseantes ondulaciones con su cuerpo, como si fuera de mantequilla. Cada vez que inclinaba las caderas hacia adelante, la camisa se levantaba y dejaba ver la piel pálida de los huesos de la cintura. Las manos de los otros dos tomaron la camisa y tiraron de ella, abriéndola al desprender los primeros botones, revelando más de la tersa piel, y cuando empezaban a deslizarse por su estómago, el chico con el sombrero los apartó. Ambos quedaron colgando de unas barras que había a los laterales, y se deslizaron dando vueltas hasta quedar tumbados en el suelo, con las piernas dobladas a la espalda, moviéndose como si tuvieran espasmos al tempo de la música.

El chico movió la cabeza a un lado, mirando a Barrymore directamente, y John aprovechó para situarse un poco más cerca. Algo en el bailarín le resultaba tremendamente familiar. Las luces se volvieron blancas con un ligero cambio de ritmo en la canción, y la ropa por fin reveló los colores. Unos pantalones tejanos y una camisa púrpura.

—Sherlock...

John se quedó mirándole cuando las luces penetraron bajo el ala del sombrero que aplastaba sus rizos oscuros, e hicieron destellar sus ojos plateados. Sus miradas se cruzaron un momento mientras se acercaba a la barra, su camisa abierta y colgando de sus hombros. Sus manos se sujetaron al metal y sus brazos le sostuvieron mientras subía las piernas para colgarse boca abajo.

To my heart I must be true

Oh, you're the one that I want

El corazón de John se aceleraba mientras la música seguía sonando, viendo a Sherlock ahí arriba, moviéndose como si fuera un dios del amor, seduciendo a todo aquel que osara posar su mirada mortal en él, y es que el hombre no era de aquel mundo. Su cuerpo se movía como si no hubiera un maldito hueso en su cuerpo, y si como si con eso no fuera suficiente, la música era el acompañante perfecto. Oscura, tentadora, sensual. Había quedado totalmente hipnotizado por Sherlock, hasta tal punto que casi olvidó por qué estaban allí. Se detuvo antes de llegar a la altura de Barrymore, y tanto Sherlock como él se centraron en su objetivo. Las acciones de su compañero se centraron en el comandante, y John se dio cuenta de que intentaba no mirarle. Quizá se avergonzaba. Eso explicaría que hubiera huido antes de que pudiera preguntarle. Podría haberle dicho que haría de cebo, podría haberle dicho que planeaba despertar el interés de Barrymore...

"¿Te crees que soy estúpido? No he estado recibiendo mis comisiones.", había dicho Victor en el despacho. Las piezas hicieron clic lentamente en el cerebro de John mientras veía a Sherlock bailar en la barra como lo haría un profesional o alguien lo suficientemente inteligente como para recaudar tanta experiencia como sabía que él podía hacerlo a base de la simple observación y la práctica. Que Victor tuviera ropa de la talla de Sherlock, y que este estuviera comportándose como si no fuera la primera vez. Que tuviera una llave para abrir la puerta de servicio. El flash de los recuerdos inundó su mente, y por un momento creyó estar viendo al muchacho pelirrojo en lugar de a Sherlock.

Quiso vomitar.

¿Cuántas veces habría Sherlock tenido que acudir al club por unas libras? ¿Cuantas veces la gente le habría estado mirando, usando como un divertimento? Apretó los puños y los dientes. Quizá era una idea estúpida, pero había esperado que se hubiera podido librar de todo aquello. Que no hubiera tenido que pasar por algo así. Una parte de él sabía que no era culpa suya, que no había podido hacer nada para evitarlo, pero la sensación de impotencia y responsabilidad le pinchaba el corazón.

—Es uno de nuestros mejores bailarines, ¿sabes? —dijo una voz tras él, muy cerca de su oreja. Se giró para ver a Victor a su lado, mirando a Sherlock también, con gesto pensativo. Los puños de John se ciñeron hasta que sus uñas se clavaron en sus palmas —. Tranquilo, tigre. Solo estaba haciendo un comentario apreciativo. Tu novio no me interesa.

—Él no es mi novio—aclaró, pero volvió a girarse, obligándose a no apartar la vista de Barrymore que, por suerte o por desgracia, parecía muy entretenido con la vista que Sherlock le estaba ofreciendo en ese momento, la camisa totalmente olvidada sobre el suelo —. Y me la pela que sea uno de los mejores. No te pertenece.

—Eso es cierto. No creo que Sherlock le pertenezca a nadie. Es un lobo solitario. En todo el tiempo que ha ido y venido al club, no ha dejado que nadie le toque. Siempre se larga en cuanto acaba la función, no importa si le ofrecen una fortuna por una función privada. Con mis libras en los bolsillos, por supuesto.

John tomó una larga inspiración, relajando un poco más los músculos. No era que eso arreglara la situación, pero saber que Sherlock había podido protegerse hasta cierto punto le hacía sentirse mejor. Aunque era un consuelo muy vago, menos da una piedra. Oyó el chasquido de la piedra de un mechero a ser rozada, y luego sintió el olor del tabaco en a nariz cuando Victor dio una calada.

—La ley prohíbe fumar en los espacios cerrados.

—¿Qué ley? Esto es La Leonera. La única ley que hay es que no te cojan. Todo lo demás son bonus opcionales, por así decirlo —rió Victor, extendiendo la cajetilla en su dirección. John continuó con la vista fija en su objetivo, y el dueño del local retiró la caja —. Eres un soldadito peleón. Supongo que a Jimmy no le gustaba eso.

—¿A ti si? —se burló, conteniendo el deseo de hacerle una cara nueva.

—Puede —suspiró Victor — No soy tu enemigo, aunque lo veas así en este momento. Con el tiempo aprenderás a valorar mi neutralidad, te lo aseguro. No serás el primero ni el último.

—Quizá no seas mi enemigo, pero tampoco tienes que ser mi aliado.

La risa grave de Victor se escuchó detrás de él cuando la canción finalizó y las luces volvieron a la normalidad. Sherlock había saltado la barandilla, hablando con Barrymore. Estaban extremadamente pegados el uno al otro, y cuando la mano del comandante se apoyó en la parte baja de su espalda, empujándolo con suavidad hacia adelante para después seguirle, John dio un paso adelante, dispuesto air tras ellos, pero la firme mano de Victor, más fuerte de lo que John había valorado a primera vista, lo mantuvo firme en su lugar.

—No. Si lo que te preocupa es que le hagan algo, tranquilo. Mis guardias controlan el sitio a donde van. No le pondrán la mano encima, te lo aseguro.

John se zafó de su mano, mirándole.

—¿Cómo lo sabes? No hay modo en que puedas estar seguro.

—Conozco el club como si fuera mi casa. Van a las salas de BDSM. Y no será Sherlock el sumiso. A veces a los altos cargos les gusta que les digan que hacer. La situación no os podía ser más favorable.

Se quedó mirando el pasillo por donde ambos se habían ido, y se cruzó de brazos, esperando.

—Supongo que no tengo más remedio que confiar en ti si queremos que esto funcione.

Victor abrió los brazos y los dejó caer a los costados, con una mueca divertida.

—Vas aprendiendo. Tomate una copa, pide una tapa, unos canapés o lo que quieras mientras esperas. Invita la casa.


John había estado jugando con sus dedos cuando se sentó en la barra del club, con una tapa de aceitunas delante. Había comido una durante un rato, pero después se aburrió de esperar. Empezaba a ponerse nervioso a medida que pasaba el tiempo y no veía a Sherlock salir. Había pasado casi una hora y no tenía noticias suyas. Se giró para pedir una copa, y justo en el momento en el que iba a llamar al camarero, vio los rizos negros de Sherlock en el horizonte.

Saltó de la silla y corrió hasta él, deslizándose entre la gente. Le tomó la cara con cuidado entre las manos, examinándole con cuidado, buscando signos de agresión, labios hinchados o algo que le indicara que la cosa había salido mal. Su ropa había vuelto a su vestuario, el jersey blanco de ochos en su lugar, estirado y arrugado del uso. Estudió su postura. Tampoco había signos de molestia o de dolor. Suspiró, aliviado. Las manos de Sherlock cubrieron las suyas.

—Estoy bien.

—¿Tienes la información? —preguntó, y cuando Sherlock asintió, le dieron ganas de besarle — ¿Cómo lo has conseguido?

Sherlock se metió las manos en los bolsillos y sacó un pequeño frasco de cristal opaco.

—¿Qué es eso?

—Triopentato de sodio. O una fórmula mejorada del Triopentato, por lo menos.

—¿Suero de la verdad? ¿En serio funciona? —preguntó, mirando el pequeño frasco.

Sherlock se lo guardó de nuevo en el bolsillo, y apartó las manos de su rostro, apretando una de ellas para luego soltarla definitivamente.

—Deberíamos irnos. Hay que informar a la tétrada de lo que sabemos antes de que se den cuenta de lo que ha pasado.

Salió del local, evitando su mirada todo el tiempo, y John no pudo hacer más que seguirle.

Salieron por el mismo callejón por el que habían entrado, y fuera caía una lluvia como John no había visto en mucho tiempo. De esas en las que el agua corría como ríos por las calles y hacer una patrulla era tarea imposible. Sherlock caminaba bajo ella sin problemas aparentes, empapándose.

John aceleró y se puso a su altura, cogiéndole del brazo mientras el agua caía sobre él. Podía notar el agua dentro de sus zapatos, haciendo que sus pies nadaran en agua.

—¿Estás seguro de que estás bien?

Sherlock se detuvo y miró los pies de John, con el ceño fruncido, con los brazos cruzados sobre el pecho, medio encogido y con los ojos entrecerrados por la lluvia inclemente.

—¿No vas a decir nada?

La voz de Sherlock sonaba más cansada, más débil de lo que había sonado dentro del club. John se puso frente a él y alzó una mano para limpiarle un poco de purpurina de la cara, pegada a su piel por la lluvia. Frunció el ceño y sonrió un poco.

—Sabes que no voy a juzgarte por esto, ¿no?

Sherlock lo miró un momento antes de volver a desviar la mirada.

—¿Por qué?

—Sabes por qué no.

John podía ver el rostro del Sherlock al brillo rojo de las luces de neón. Seguía sin ver ninguna herida en ella, ninguna contusión. No había más que juegos de contrastes y sombras en su piel, marcando los huesos de sus pómulos, la curva de sus labios y de su nariz.

—Eh. Mírame —pidió, con la mano en su mejilla. Sherlock giró la cara lentamente, y subió la mirada hasta sus ojos. La lluvia goteaba de sus pestañas—. Está bien. No te preocupes por mí. Lo entiendo. Solo quiero saber si estás bien. Aún estoy a tiempo de volver a entrar y volarle la cabeza si es necesario —bromeó, con una suave risa, aunque esperaba que entendiera que lo decía completamente en serio. Sherlock se rió con él, y John inspiró, sintiendo como todo su cuerpo se relajaba cuando tomó la decisión final de ese día. Tragó y cogió la mano derecha de Sherlock, llevándola hasta donde estaba su garganta, permitiendo que sus dedos rozaran su cuello. Era una sensación extraña sentir el tacto ajeno en esa zona de su cuerpo después de tanto tiempo, siendo una caricia tan suave como esa. No había uñas, a penas había presión. Solo la caliente y suave piel de las yemas de Sherlock, donde podía notar el pulso acelerado de su corazón latiendo contra su propia piel, la lluvia fría deslizándose, empapando la fina capa de las compresas que cubrían los cortes más serios. Sherlock no estaba respirando, pero había una expresión maravillada en su rostro, sorprendida, y tenía una sonrisa incrédula en los labios —. Sé que no es fácil. Pero confía en mí. Confía en mí como yo confío en ti.

La calidez de su mano sobre su cuello era reconfortante de una manera que nunca pudo imaginar, pero estaba seguro de que pasaría mucho tiempo antes de que pudiera permitirle a alguien más hacer algo parecido, si es que alguna vez lo conseguía.

—Confío en ti, John —respondió, parpadeando. Vio como bajaba un poco la mirada para volver a alzarla, soltando una risotada, lamiéndose los labios con una mueca divertida —. Quizá sería muy osado por mi parte porque a penas nos conocemos, pero me preguntaba si me dejarías besarte. Aunque claro, si no quisieras podrías haberte apartado hace rato, así que...

Sherlock había empezado a desvariar, tal y como lo hacía cuando estaba nervioso, y es que no podía estar más alterado después de los acontecimientos del día, pero los labios de John estuvieron en seguida sobre los suyos, sus bocas presionándose con suavidad. Parpadeó, sorprendido por el hormigueo que acudió a sus labios, como si toda la sangre empezara a circular por esa nueva zona de repente. Como si sus nervios se activaran por primera vez. John se apartó, con las comisuras de sus labios ligeramente alzadas.

—Deduce eso, genio.

Sherlock meneó la cabeza, con una risa aliviada, y alzó una mano para acunar el rostro de John en ella y se inclinó para volver a tocar sus labios con los de él, saboreando la humedad y el frío de la lluvia en ellos. Cerró los ojos, empapándose de la sensación, dejando que le recorriera como una descarga eléctrica, encendiendo todos sus nervios. No sabía muy bien cómo hacerlo, y temía que el beso fuera torpe y que a John no le gustara, pero John no parecía quejarse cuando sus manos presionaron sus mejillas, sus dedos deslizándose por su piel mojada hasta enredarse con los mechones empapados, acercándole. Cuando se unieron, acercándose como plantas en busca de la luz del sol, sintieron el peso de la ropa empapada, lo pegajoso de la tela encharcada, pero nada importaba menos. John agradeció la lluvia, porque así no habría diferencia entre sus lagrimas y las gotas de agua que los cubría, calándoles los huesos, helándoles el cuerpo mientras el neón rojo los iluminaba, distinguiéndolos de las sombras del callejón.

Los brazos de Sherlock le rodearon y a penas se separaron para respirar, dejó que su frente se apoyara en la de él y rió, una carcajada a la que Sherlock se unió en cuanto encontró el aliento de nuevo. Los rizos mojados y alocados le caían sobre los ojos, dandole el aspecto de un pequeño perro de aguas.

Quién le hubiera dicho a John Watson, unos meses atrás, que besaría al amor de su vida bajo la lluvia torrencial de finales de noviembre, en una calle de la Leonera a altas horas de la noche. Quién le hubiera dicho que había merecido la pena, todo había valido la pena, solo por ese beso. Quien le habría dicho que el sufrimiento habría sido merecedor de esa risa, de esas manos sosteniendo su cuerpo en su sitio y de una pieza. Que los años de esperanza cuando la luz se había prácticamente extinguido habrían revivido con la lluvia. Porque aquel beso había sido muy distinto al que le diera a Molly años atrás. Había algo precioso y excepcional en ese beso.

Nadie podría quitarles eso ya. Nunca.

Allí, bajo la lluvia, fueron libres.


Noooo, esto no se acaba XD solo es el fin de un nuevo capítulo :3

Espero que las recomendaciones musicales os hayan ayudado con la lectura. Han sido realmente inspiradoras a la hora de escribir este capítulo.

Es verdad que no hay mucha acción, pero la misma misión ya se las traía, y no quería sobrecargaros con más detalles. Además, es un cierre de capítulo muy mono, ¿no? ;)

Pasito a pasito las cosas se van arreglando :D

NA/: El Triopentato de sodio es usado realmente como suero de la verdad en algunos interrogatorios, pero sobre todo se utiliza como antestesia general, y como sedante previo a la inyección letal. No es un suero de la verdad propiamente dicho, ya que solo hace que al que lo recibe "se le suelte la lengua", pero lo que dice puede no ser verdad, ya que es posible que estuviera influenciado por lo que dice el interrogador. Por eso la muestra que sale aquí está "ligeramente mejorada".

Nos vemos dentro de poco con el nuevo capítulo y con las demás actualizaciones que tengo pendientes! de nuevo perdón por no haber podido cumplir con lo pactado :(

MH