Siempre hay que tener un plan B

Corrieron bajo la lluvia como si el diablo les persiguiera, cogidos de la mano firmemente, con los dedos entrelazados como dos niños de cuento de hadas corriendo a través del bosque. Cada vez que veían las luces de una linterna se apresuraban a cambiar de dirección, ocultándose en la luz en esquinas oscuras o tras contenedores y coches abandonados, a veces a salvo de la lluvia, otras no tanto. John sonreía entonces, mordiéndose el labio cuando echaban a correr, conteniendo las risas. Al igual que Sherlock.

John sabía que a penas quedaban unos pocos metros hasta la salida de metro más cercana, cuando quedaron atrapados en un callejón oscuro y sin salida, esperando a que una patrulla terminara de inspeccionar la zona. Había un viejo contenedor de basuras en el callejón, con la tapa cerrada abierta, floja. Después de analizar la situación y darse cuenta de que si se quedaban allí agachados, en algún momento les encontrarían, el soldado decidió hacer lo único que sabía que les daría una posibilidad: meterse en el contenedor. Tiró de la mano de Sherlock para levantarle del suelo, parpadeando cuando las gotas de lluvia amenazaban con inundar sus ojos. Levantó la tapa de plástico despacio, intentando no hacer mucho ruido mientras miraba a la entrada del callejón, esperando que no apareciera por ello el brillo de una linterna.

Sabía que debería estar aterrorizado, temiendo por su vida, pues ese era, probablemente uno de los momentos clave de su futuro. Si le encontraban allí, en aquel callejón, no habría preguntas. Solo disparos y mucha sangre diluida en el agua de un mugriento nido de ratas en el barrio más conflictivo de La Leonera. Nada nuevo que reportar. Su caso sería archivado como desobediencia civil al toque de queda, y sus cuerpos se arrojarían al Támesis sin más contemplaciones que las necesarias para comunicar a Jim que había dos distópicos menos dando problemas en Londres.

John solo quería que no le cogieran como rehén. Sentía la pistola en su ropa, pegada a su espalda por la cintura de los pantalones. No le temblaría la mano en usarla contra los soldados, y mucho menos lo haría si debía usarla contra Sherlock y contra sí mismo si las opciones de escapar mermaban hasta cero. Tenía muy claro que prefería morir luchando, bajo sus propias condiciones, que vivir un día más como una mascota. Y no permitiría que a Sherlock le hicieran lo mismo que le hicieron a él.

Podía sonar desagradable, incluso un tanto psicótico por su parte, la idea de ir a asesinar a Sherlock en caso de que todo saliera mal. Pero él había visto los horrores de Buckingham. Los había experimentado en carne propia. Había derramado su sangre por ellos. Desperdiciado años de su vida allí dentro, desgarrándose el alma cada día un poco más. Si estaba en su poder evitarlo, iba a impedir que cualquier otro experimentara aquel infierno. Incluso si ello implicaba matar.

Frunció el ceño un momento, sorprendiéndose ante la firmeza de ese pensamiento en su cabeza. Estaba seguro. No iba a dudar. Y no estaba seguro de que eso le gustara. Un dedo frío le pasó por la espalda, y todos sus músculos se contrajeron ante la idea, el instinto de autopreservación más fuerte que su razón, paralizándole ligeramente antes de que pudiera hacer algo tan estúpido como volarse la tapa de los sesos.

Sacudió la cabeza cuando le tocó su turno de entrar, y se sacó la chaqueta para cubrirlos a ambos en la oscuridad del contenedor. No estaban muy cómodos, los dos agachados en el caparazón de plástico, pero sin duda entraba en el Top Diez de John de los escondites más cómodos donde había tenido el placer de estar. Se sentó, consciente de que iba a estar un buen rato allí hasta que salir a la calle fuera mínimamente seguro de nuevo. Cruzó las piernas bajo el cuerpo y luego miró a Sherlock. Había una cierta claridad donde la tapa deformada por el calor, el sol y el agua se levantaba, permitiendo ver dentro de la oscuridad. Lo justo para distinguir levemente los contornos de las formas del otro cuerpo frente al suyo. Vio un brillo blanco cuando Sherlock sonrió, y ahogó una risa. Él tenía esa cualidad, de convertir su miedo en algo emocionante y nuevo, en algo con lo que poder reír. O quizá simplemente era que estaba realmente asustado esa vez y no conocía otro modo de gestionarse a sí mismo.

El repiqueteo de la lluvia creaba un ruido de fondo similar al que John hubiera creído que venía de dentro de un tambor mientras era aporreado incesantemente por miles de trocitos de arena y piedras. Bueno, al menos no les escucharían. Y el olor, sencillamente, no era de los mejores. Hasta las cloacas bajo el Támesis eran menos desagradables. John creyó haber pisado el cadáver huesudo de una rata, y trató de ignorarlo como buenamente pudo, pateando los restos lejos de él, hacia el otro lado del container. Su mano se enredó en una telaraña y la sacudió, frotándola contra la tela de sus pantalones mojados con una mueca de asco.

— ¿Tienes miedo? —susurró Sherlock en la oscuridad, atrayendo su atención. Sintió sus finos dedos rozar el interior de la mano que había estado frotando contra el pantalón, posada en su rodilla. Los largos dedos recorrieron su piel mojada hasta llegar hasta el interior de la muñeca, acariciando la zona donde las venas azuladas se adivinaban, presionando ligeramente. Estaba registrando su pulso, estaba seguro.

— ¿Sinceramente? —preguntó, aún con una sonrisa, estirando el brazo hacia él para que tomara su muñeca con más comodidad. Cuando Sherlock asintió, meneó la cabeza — Estoy acojonado.

Los dedos de Sherlock abandonaron su piel y se deslizaron de nuevo hacia abajo, tomando su mano, tirando de ella hacia sí mientras se movía, usándole de apoyo. Serpenteó entre sus piernas, intentando no pisar la ropa mojada para no tropezar y caer, y avanzó lentamente hasta llegar a donde estaba él. Dentro del contenedor podían estar ambos fácilmente acomodados, sentados con la espalda apoyada en uno de los laterales. Juntos uno al lado del otro. Pero Sherlock debió de creer que eso no era suficiente, porque se sentó sobre sus piernas dobladas, acercando su rostro para examinarle en la oscuridad. John no se movió, sintiendo la ropa mojada entre ellos, empezando a notar por primera vez en un buen rato el frío que tenía. La piel de Sherlock estaba tibia en los puntos obvios de calor, pero otras partes de su cuerpo, como las manos, eran puro hielo. La verdad es que no se le había ocurrido pensar en que podían acabar con hipotermia con la ropa mojada como la tenían.

La cercanía de la postura en la que estaban hizo que su cuerpo se tensara de manera instantánea, dejando el brazo libre muy quieto a su lado, y el que estaba sosteniendo la mano de Sherlock se quedó flácido, un peso muerto sobre el regazo del joven. Su corazón se había acelerado, y trató de moverse lo menos posible cuando la mano abandonó la suya y se posó en su mejilla, moviendo su rostro con cuidado en todas direcciones, como si esperara encontrar algo en ella. Las pupilas de John se habían dilatado por la reacción defensiva, permitiéndole ver con algo más de claridad aquello que tenía delante.

—No lo entiendo —susurró Sherlock, frunciendo el ceño, contrariado.

John tragó, atreviéndose a desterrar el miedo irracional que se había apoderado de él, y pasar la chaqueta sobre ellos antes de alzar las manos para sostener la cintura de Sherlock. Encontró un lugar cómodo donde apoyarlas en el hueso curvo y sobresaliente de la cadera.

— ¿Qué es lo que no entiendes?

Notó los pulgares de Sherlock rozarle los labios y la barbilla, su aliento caliente en la cara. Separó los labios, relajando los músculos y dejándole explorar a gusto sus facciones.

—Dices tener miedo, pero tu cuerpo no lo demuestra. No hay señales de miedo en ti.

John tomó una de las manos de Sherlock, y la posó sobre su corazón, presionándola contra su pecho para que pudiera sentir los golpeteos frenéticos al otro lado del muro de carne y hueso. El frío de su piel le hizo estremecer.

—Debes saber leer entre líneas, genio.

Inclinó la cabeza hacia adelante y, cerrando los ojos, buscó sus labios en la oscuridad, acariciándolos con los suyos, un suave roce, el conato de un beso que, como la yesca, prendió y terminó en llama. Sherlock, sorprendido por aquella inesperada acción, se quedó quieto un momento antes de devolverle el beso, suave y apreciativo, sintiendo como el galopante corazón de John se regulaba bajo su mano, empezando a bajar su ritmo hasta una cadencia más regular, más lenta. Los labios de John se abrieron para él, y se permitió acariciarlos con la lengua, perfilando su contorno, saboreándolos lentamente.

Era una sensación agradable, la de besar y ser besado. Le ruborizaba las mejillas y le encogía el estómago, revolviéndolo en miles de veces de distintas maneras. Y cuanto más enredado estaba su estómago, más vacía estaba su cabeza, apagada completamente. La única parte de su cerebro conectada siendo la que mantenía activos los labios y sus terminaciones nerviosas, el estremecimiento que iba desde la parte superior de su cráneo hasta las puntas de sus pies, relajando su cuerpo de una manera extraordinaria. Nada importaba más que ese momento exacto. Todo el resto del mundo podía irse al demonio.

Ciertamente se sentía incómodo al principio, las narices de ambos demasiado cerca la una de otra, o apretándose contra su mejilla, chocando ridículamente cuando se separaban para respirar. Aunque John no tenía mucha experiencia besando... de hecho no tenía ninguna. Así que tampoco era como si supiera cómo hacerlo mejor. O cómo hacerlo. Estaba bien así para él. No quería un besado experto, y no lo habría pedido aunque quisiera. Porque había algo dulce en el calor de los labios de Sherlock contra los suyos, en como su lengua se deslizaba tímida dentro de su boca, en el roce de sus pestañas en su mejilla, los dedos que se deslizaban por su piel como si fuera la más delicada de las joyas. La forma en que movía el cuerpo hacia él, buscándole. John no podía evitar pensar en dos imanes de polos opuestos siendo sujetados para evitar chocar, pero siendo atraídos irremediablemente el uno por el otro, impulsados por una fuerza que era más poderosa que ellos.

Apoyó su frente en la de Sherlock cuando se apartó, respirando lentamente, aún con los ojos cerrados y el hormigueo en sus labios producido por el beso.

—Necesito que me prometas algo —susurró, una vez se aseguró que no había nadie fuera que pudiera escucharles, mirando por encima del hombro de Sherlock. La patrulla aún no había pasado por la zona donde estaban.

Sherlock fue rápido en responder, acomodándose en su regazo, peinando con una mano su pelo empapado, los dedos acariciando el cuero cabelludo. Se sentía completamente torpe en ese tipo de ocasiones, en las que el cariño se manifestaba. No era muy dado a mostrar afecto o cualquiera otro sentimiento, y tampoco estaba acostumbrado a ello. Además, temía la reacción de John ante determinadas acciones que emprendiera. No estaba seguro de lo lejos que querría llegar, o de qué pasos dar. No quería hacer que se sintiera incómodo, ni despertar viejos recuerdos. De modo que quería evitar hablar del pasado reciente de John tanto como quería evitar hablar del suyo propio o más.

—Lo que sea.

John desvió la mirada hacia él, la expresión seria en un rictus que no admitía lugar a discusión.

—Si ellos me cogen... si crees que van a cogerme... Por favor, no dejes que lo hagan.

—Nunca permitiría eso —susurró, parpadeando confundido por la petición. Luego buscó la manos de John que colgaba entre ellos y la agarró, entrelazando sus dedos, dándole un suave apretón.

John meneó la cabeza, con los labios formando una fina linea, presionando su frente contra la de Sherlock de nuevo, apretando los ojos cerrados. Suspiró, chasqueando la lengua.

—Creo que no entiendes...

Le llevó un tiempo entender lo que John estaba diciéndole, y un tiempo más que su cerebro lo procesara adecuadamente. John no podía, de ningún modo, estarle pidiendo eso a él. No podía pedirle que... Que terminara con su vida. Aquello simplemente no tenía ningún tiopo de sentido. Su corazón se encogió cuando se dio cuenta de que no podía hacerlo. Se lo estaba pidiendo. Era quizá de las únicas cosas que John le pediría jamás, y no iba a dársela. Y ni siquiera le estaba pidiendo que lo ejecutara a sangre fría. No era un suicidio premeditado. Sabía que era el único plan de escape del que John podía disponer sobre seguro. Y se lo estaba negando. Porque no podía sostener el arma en alto, apuntándole, preparado para disparar. Porque era dévil. Un estúpido niño caprichoso.

—No. No, no puedo hacer eso...

—Por favor, Sherlock. No puedo volver a Buckingham. No puedo. Estar muerto es mejor con diferencia.

—Si tengo recursos para matarte, también los tengo para matar a quien te lleve —razonó, mirando fijamente a John a los ojos, impertérrito ante las súplicas. Simplemente no podía hacer eso. Se veía tan incapaz... Debía existir otra salida, aunque toda su mente racional gritara que John tenía razón. Que aquel era el arreglo más efectivo, más lógico. Pero no había llegado tan lejos para ser quien disparara el arma. Ambos habían llegado demasiado lejos—. No voy a apartarte de mi. No van a apartarte de mi. No lo permitiré.

Sus brazos rodearon a John sin que pudiera llegar a pensarlo, acercándole hacia si, su ropa empapada pegándose a él. Se quedó con la mirada perdida fija en un horizonte inexistente, lejos del mundo en el que estaban, más allá de la pared de plástico del contenedor que tenía delante de la nariz, lo suficientemente cerca como para dejarle bizco. John se mantuvo quieto, con los ojos cerrados mientras Sherlock lo estrujaba, sintiendo su corazón latiendo al compás del suyo en un combinado ritmo de cuatro, marcando los compases de un vals bailado suavemente dentro de la caja de sus respectivas costillas. Su pecho hinchándose contra el suyo con cada respiración, respondiendo al movimiento de sus pulmones. El olor de su piel fría y mojada, la incomodidad del pelo húmedo del cuello de su chaqueta tentando a entrar en su nariz, su cabello goteante derramando gotas heladas sobre su nuca, deslizándose dentro de su camiseta, serpenteando por los montes que dibujaban sus vértebras. El temblor ligero de ambos cuerpos debido a la temperatura, como si todas las moléculas que los formaran estuvieran esperando a generar calor con la vibración.

Pensó en esos ojos azules, claros, de un tono prácticamente gris, aunque rozando también el verde. Pensó en la luz que transmitían, en lo fuerte que era sus tensión cuando estaban clavados en él, en como parecían atravesar su piel y ver debajo. Pensó en el miedo que había visto cubriéndolos como un velo cuando le había mirado antes, mientras hablaba. Por primera vez desde que se conocieran, John había visto la mirada de un niño asustado y superado por las circunstancias. Y eso había movido algo dentro de su corazón.

¿Cómo podía pedirle a Sherlock algo como eso? ¿Cómo podía pedirle que aceptara la responsabilidad de apretar el gatillo? Aún si no quedaba otra posibilidad, John no podía, simplemente, esperar que le apuntara con un arma y le disparara. Aunque fuera para evitar algo tan horrible como Buckingham. Sherlock no merecía llevar ese peso en su alma. No por que él se lo hubiera pedido. No. Así no. Dudaba incluso que él mismo fuera capaz de hacer lo propio se llegaban a capturar a Sherlock. Antes mataría a quien fuera menester con sus manos desnudas, de ser necesario. La pistola debía ser el último recurso.

Pero la alternativa... simplemente le hacía helar los huesos. No quería volver allí. No podía físicamente. No estaba seguro de poder aguantar ni un día más en el lado Puro, ahora que había probado la libertad, la paz. Además de que no estaba seguro de que Jim le permitiera vivir después de tenerle de vuelta. Casi con total seguridad lo mataría. Y eso en el mejor de los casos. No quería ni imaginar qué habría en el peor.

—Si me cogieran a mi y no hubiera posibilidades, quiero que corras, ¿me has oído? — musitó Sherlock en su oído, sus labios rozándole la oreja mientras hablaba, esperando hacerse oír entre el fuerte repiqueteo de la lluvia en la tapa del contenedor. John fue a apartarse de él para mirarle, abriendo los ojos de golpe, como si se hubiera vuelto loco, pero los brazos de Sherlock se ciñeron más fuerte a su alrededor, reteniéndole — No. Quiero que corras, te escondas y te mantengas a salvo. Sé cuidar de mí mismo. Y si tengo que morir, me aseguraré de llevarme a ese loco de la mano y escoltarlo personalmente hasta el infierno.

John tragó con fuerza, inmóvil y muy tenso contra su cuerpo, latigado por sus palabras. No podía exigirle que hiciera aquello. No cuando él le había negado la única petición que le había hecho.

—No sabes lo que me estás pidiendo.

—Te estoy pidiendo que te pongas a salvo si algo me pasa. Ya has luchado bastante, John. No más.

La voz de Sherlock sonó categórica al respecto, y a medida que la razón iba descendiendo lentamente sobre Sherlock, enfriando de nuevo su mirada, la ira ardía dentro del pecho de John con la chispa de la traición, aunque su cuerpo estaba muy quieto, sentía que iba a explotar. Quizá el peso de las presencias enemigas fuera del contenedor era lo que le detenía de actuar.

Apretó los labios, reacio a contestar, sabiendo que acabarían en una fuerte discusión, y no era el momento ni el lugar. Movió las manos lo suficiente como para zafarse de los brazos de Sherlock, sus dedos presionando su piel con una suavidad que no sentía como propia. Luego de removió, estirando el cuello hasta mirar por debajo del agujero en la tapa del contenedor. Seguían cayendo chuzos de punta, pero al menos las linternas se habían ido. Se movió en su sitio, zafándose del peso de Sherlock sobre su regazo. Éste se puso en cuclillas y se apartó, mirándole con cierta confusión, cosa que John no pudo ver al estar de espaldas. Las manos de Sherlock cayeron a ambos lados de su cuerpo, flácidas por la pérdida del cuerpo de John bajo ellas. Luego se apretaron en blancos puños de marfil a ambos lados de su cuerpo.

—Voy a echar un vistazo. No te muevas de aquí hasta que venga a por ti.

John ni siquiera le dio tiempo a una réplica. Salió del contenedor, deslizándose por la tapa entreabierta, resbalando por la humedad. Sus pies aterrizaron sobre un charco, chapoteando y salpicando mientras cerraba el contenedor tras de sí, cubriendo a Sherlock. Sus mejillas ardían por el enfado, y lo cierto era, pensó mientras se movía con sigilo, al abrigo de las sombras de callejón, que era la primera vez que llegaba a estar enfadado a ese nivel. Nunca había estado así de enervado por casi nada. Su estado anímico se movía de apático a depresivo la mayor parte del tiempo, con algunos picos de alegría. Pero algo como esto... hacía tiempo que no lo sentía.

No era un ira desmedida, o algo que le hiciera querer estampar a alguien de cabeza contra el suelo. Era simplemente algo nacido del dolor de saberse traicionado, de estar siendo ignorado... algo doloroso que le oprimía el corazón.

El aire frío y la lluvia helada estaban haciendo las delicias de ello, enfriando su piel y templando un poco sus nervios.

Se asomó a una esquina a tiempo de ver el brillo de la luz de las linternas de la patrulla, unas manzanas más allá. Quizá era el momento perfecto para correr hacia la boca de metro y volver al vagón... Se quedó mirando a la oscuridad fijamente, atento en todo momento por si escuchaba algo fuera de lugar o veía movimiento donde no debería estar mientras pensaba. Alguien tenía que avisar a la tétrada de lo que habían descubierto y, sinceramente, lo que no le apetecía para nada era estar encerrado en un espacio reducido con Sherlock, a oscuras, y probablemente discutiendo airadamente. Simplemente, no quería. Así que quizá una vez dentro de los túneles, él podría ir directo hasta encontrar a Greg o a Mary, y contarles a cerca de Barrymore, mientras que Sherlock podía ir directamente al vagón a dormir lo que quedaba de noche.

Eso le parecía un buen plan, si ignoraba la punzada de su corazón.

Sintió el ruido de una pisada en el suelo mojado tras él, y su mano automáticamente voló a la pistola de su espalda mientras se giraba hacia la procedencia del ruido, solo para encontrarse a un Sherlock mirándole con esos ojos azules, ahora fríos. Arqueó una ceja y apartó el cañón de la pistola con un dedo hacia un lado.

—Solo soy yo.

—¡Sherlock! —siseó, guardando el arma de nuevo en su espalda, cubriéndola con su camiseta y chaqueta. Maldijo y se giró de nuevo hacia la calle principal, esperando que no les hubieran oído —¡Te dije que te quedaras en el contenedor!

—Y yo no creo recordar una respuesta saliendo de mis labios, John —contestó Sherlock, en un tono cortante que nunca le había escuchado.

Parpadeó en su dirección, confundido un momento, pero sin ganas de ceder, tampoco. Sherlock debía entender que lo que le estaba pidiendo no era razonable si le denegaba a él su petición.

—Intentaba proteger tu trasero, idiota.

—Ya soy mayor, no necesito una niñera —se asomó a la calle y lo miró un momento, ajustándose el mojado jersey de ochos y pasándose una mano por el pelo para apartarse el pelo mojado de la cara —. He cuidado de mí mismo muchos años. Creo que podré seguir haciéndolo sin problemas.

Empezó a caminar, cruzando la calle y dejándole atrás. John maldijo de nuevo, y se apresuró en ponerse a su altura y seguirle de cerca mientras se acercaban a la entrada derruida del metro. Apartaron un par de escombros y se deslizaron por donde habían entrado hasta la oscuridad caliente de los túneles, las luces de emergencia adivinándose en la distancia. Oyó el chasquido de una de las barras luminosas de emergencia que había en el suelo, bajo una de las antiguas vías, al ser encendida. Tapó la entrada con cuidado de que no se viera desde la calle, sacudiendo la cabeza para quitarse el agua de encima y suspiró, apretando los nudillos contra los bloques de cemento. Suspiró, cansado y sin ganas de pelear.

—Sherlock, escucha. Yo…

John se giró para mirarle, pero para cuando lo hizo, la estilizada, mojada y estirada figura de Sherlock, recortada por el brillo verdoso de la barra luminosa, ya se alejaba por el túnel, en dirección a la primera sección de vagones. Apretó los labios y frunció el ceño, mordiéndose un dedo.

Al parecer, habían decidido por él.


John caminó deshaciendo la ruta que habían hecho Sherlock y él para salir en el barrio rojo, con la esperanza de encontrar la sala de reuniones de la Tétrada donde habían estado antes. Pero no supo exactamente cuánto tiempo había estado deambulando en la oscuridad, pues la barra se consumió antes de que pudiera alcanzar un punto de luz en las tinieblas del metro. El eco de la lluvia en el exterior llegaba desde varios puntos del túnel, haciendo imposible distinguir una dirección concreta y, al estar todos durmiendo, era difícil que John encontrara a alguien a quién poder preguntar por dónde iba. Así que en lugar de compadecerse de sí mismo, siguió caminando a ciegas, con la esperanza de llegar a algún sitio si se dedicaba a seguir, simplemente, en línea recta.

El tiempo que pasó hasta que encontró una sección de vagones no fue mucho, pero sí lo suficiente como para que John pudiera meditar. Sin distracciones y solo en la oscuridad, había estado entretenido en poner un pie delante del otro mientras le daba vueltas a la "casi discusión" que había tenido con Sherlock en el contenedor. Aunque seguía sin ver por qué Sherlock le llevaba la contraria en ese asunto. Había pensado que él entendería, que después de verle nada más volver del lado Puro lo comprendería... que entendería que no había opciones para él, que no podía volver. Pero al parecer no era así. Y eso le dolía, porque había confiado en Sherlock, quizá demasiado y demasiado rápido. Se reprendió mentalmente por ello.

Quizá durante sus años en Buckingham había deseado tanto volver a casa, que la había idealizado como el paraíso, cuando no era así… quizá había idealizado hasta a su propia alma gemela. Desconociendo por completo a la persona que había detrás del influjo de su biología.

Qué idiota había sido.

—¿John?

Alzó la mirada a tiempo de encontrarse con Lestrade, sentado al filo del andén, con un plato de alubias sobre las piernas, los pies colgando en la vía. Frunció el ceño, deshabitado, y se acercó hasta allí.

—Esta no es tú sección, y dudo que te hayan asignado una guardia tan pronto. ¿Qué haces deambulando por ahí? ¿Y todo empapado? Te va a coger una neumonía del carajo —reprendió, dejando el plato a un lado mientras se incorporaba. Al ver la cara de confusión de John, suspiró —. Sube, anda. Te cogeré un plato de cena y ropa seca.

Lo observó desaparecer sobre su cabeza, y de pronto su olfato se volvió a conectar con su cerebro. Olía a alubias hechas en pota, y al humo de un fuego. El estómago le gruñó de hambre, pues llevaba desde la noche anterior sin probar bocado, y aquello olía demasiado bien como para no desear al menos una cucharada. Se impulsó con los brazos para subir al andén, y para cuando lo consiguió, Lestrade ya venía con una pila de ropa seca, muy similar a la que ya llevaba puesta. John empezó a desvestirse, manteniéndose de frente a él, prefiriendo que viera el mal menos que era su pecho desnudo y sembrado de cicatrices, que la espalda. Él simplemente no podía enseñarle su espalda a nadie. Nunca.

No en un futuro cercano, al menos.

Se desnudó, sintiendo el calor del fuego que hervía la comida llegar hasta su piel en oleadas reconfortantes que hacían que su sangre hormigueara dentro de sus venas. Se estremeció cuando sus pies tocaron el suelo templado de baldosa, y procedió a vestirle, sin mirar a Lestrade, pero importándole más bien poco que él sí le estuviera mirando. Aunque Greg no lo hacía. Había desviado la mirada para darle una cierta intimidad, de modo que s había concentrado en recoger y estirar la ropa mojada en el suelo tras ellos para que empezara a secarse un poco.

John se sentó a su lado con las piernas cruzadas bajo el cuerpo, con un gruñido. Lestrade le pasó el plato de alubias.

—Cuidado, queman un poco.

John las tomó con un musitado "Gracias", y tomó la cuchara antes de llevarse el primer bocado a la boca, quemándose la lengua en el proceso. Masticó un par de veces y tragó, notando el ardor en la garganta marcar el camino que hacía la comida mientras bajaba hasta su estómago. Hizo una mueca y se mordió la lengua quemada.

—Te dije que estaban calientes —dijo Lestrade, riéndose entre dientes por su reacción. Dio un bocado a su propia comida, algo más fría, y se permitió estudiar a John en silencio un momento — Y bien, ¿dónde has estado? ¿Y Sherlock?

John removió la comida un momento antes de decidirse a contestar.

—En el Devil's Horns. Sherlock debe estar en nuestra sección de vagones, probablemente durmiendo, a estas alturas.

Greg se detuvo, congelado al escuchar el nombre del local. Conocía el pasado de Sherlock con él, tanto por boca de Mycroft como por haber tenido que ir a por él un par de veces allí. Había pensado que Sherlock había dejado de ir, y ahora con mucho más motivo, ya que estaba John. Pero aquello simplemente era... sucio. Frunció el ceño, preocupado. Eran tan impropio de Sherlock, lo que estaba pensando... Él no habría llevado a John allí con la esperanza de que Trevor le diera un empleo como a él, ¿verdad? Simplemente no encajaba con la idea que tenía de él… O quizá es que le conocía demasiado como para pensar eso…

— ¿Y qué hacías en el Devil's Horns? No es un lugar muy recomendable. Y mucho menos agradable.

John soltó una risita amarga.

—No, ¿verdad? Aunque los he visto peores. Al menos en este te pagan.

A Greg no le pasó desapercibida la amargura en la voz de John, y no dijo nada, comiendo en silencio, esperando a que John continuara hablando por sí mismo. Habían sido unos años de amistad fuertes, y John Watson no era alguien fácil de olvidar. Si no había cambiado mucho durante ese tiempo que estuvo secuestrado, hablaría por sí mismo cuando estuviera preparado.

O al menos eso era lo que Greg pensaba.

Terminaron su cena y John se tumbó en el suelo del andén, los brazos doblados bajo la cabeza mientras miraba el techo de cemento sobre sus cabezas. Greg dejó los platos junto a ellos en el suelo, y se lo quedó mirando un buen rato, dándose cuenta en lo mucho que había cambiado su amigo. Podía ver, como si fueran imágenes superpuestas, las diferencias entre e recuerdo que atesoraba de él, y lo que John Watson era ahora. El antiguo John era más abierto, más jovial. Ahora estaría relajado, mirando al techo con el cuerpo relajado y el rostro cansado pero en paz. Quizá con una pequeña sonrisa en la cara.

El John que tenía delante estaba tenso, musculado, y sus facciones y su expresión eran duras y cansadas. Parecía años más mayor de lo que un chico de veintiocho debería ser. Greg, que contaba con treinta y cuatro, empezaba a mostrar las primeras canas y arrugas de la edad, su antaño rizado y oscuro cabello se empezaba a teñir de un suave plateado. John, sin embargo, era demasiado joven para parecer tan mayor. Para sentirse tan mayor. John se había vuelto reservado, oscuro, impenetrable. Repentinamente se dio cuenta, de que el John que había visto llorar en el hospital, el John que había visto sonreír cuando Sherlock estaba junto a él, no era el John que tenía delante, sino el John del pasado, asomando al presente. El John del presente era aterrador y frío como un carámbano.

Carraspeó, decidiendo que empezaría a hablar él, cuando la voz de John le cortó.

—No estábamos allí para prostituirnos, si es lo que te preocupa —dijo, sin mirarle. Tenía el ceño fruncido, profundas arrugas formándose en su entrecejo —. Y tampoco para buscar carnaza.

Greg disimuló su suspiro de alivio como buenamente pudo, antes de recostar la espalda en el vagón apostado en la vía que tenía detrás. Encogió una pierna y se la abrazó, poniéndose cómodo, preparado para una larga conversación.

—Me lo imaginaba. Entonces, ¿fuisteis a hablar con Trevor?

John giró la cabeza en su dirección.

— ¿Le conoces?

—Todos en La Leonera conocen a Victor Trevor. Y el que no, es porque está muerto.

John se mantuvo en silencio un momento, sus ojos cuidadosamente fijos en el techo mientras presionaba los labios juntos, mientras hacía sus propias deducciones a cerca de la reciente conversación.

—Greg, tú... Sabes que no voy a juzgarte por... esto... sobrevivir. Cada uno hace lo que puede con lo que tiene, y son tiempos duros…

Greg parpadeó, sorprendido, hasta que meneó la cabeza.

—Vamos, Watson. Me conoces mejor. No conozco a Trevor por esa clase de parte de la la Tétrada. A veces nos reunimos con él para que nos venda información.

John le miró, y su ceño se relajó un poco.

—Algún día tendrás que contarme como fue que llegaste tan arriba, tío.

—Esa es una historia larga para otro día —contestó, con una sonrisa torcida. Arqueó una ceja y lo miró, aún sonriendo —. Así que no te gusta Victor.

—Es un completo gilipollas —dijo John, con una mueca.

A lo que, por supuesto, Greg no pudo evitar reírse.

—Sí, lo es. Eso es verdad. Pero tiene contactos importantes y sabe como usarlos, así que nos toca aguantarnos —admitió, encogiéndose de hombros —. Aunque tengo que admitir que nos podía haber caído alguien peor. Al menos él colabora con nuestra causa.

— ¿Confías en él?

—Digamos que prefiero tener al enemigo a mi lado, donde puedo hacerle la zancadilla, que detrás de mí y que me apuñale cuando menos lo espere.

John asintió, cerrando los ojos por un momento. Empezaba a sentir como la cabeza empezaba a matarle, algo martilleando contra sus sienes desde dentro, presionando y amenazando con hacer estallar su cráneo. Quizá había estado demasiado tiempo con la ropa mojada. Como cogiera un resfriado... No sabía cuánto había mejorado la Leonera al respecto desde que se fue, pero un resfriado era algo que requería de bastantes pastillas analgésicas que podían emplearse en otra clase de tratamientos, así que debían tener cuidado de reducir sus resfriados al mínimo. John no se veía con corazón de gastar aspirinas e ibuprofeno solo para un resfriado común que podría haber evitado.

— ¿Cuánto conoces a Sherlock, Greg?

—Mmm... Me atrevo a decir que bastante ¿Os habéis peleado? —preguntó suavemente, intentando tantear el terreno por el que andaba.

John hizo una mueca de lo más reveladora.

—Un poco... Está bien. Sí. Nos hemos peleado. Todo estaba bien hasta que casi chocamos con una patrulla en el camino de regreso, así que nos escondimos en un contenedor...

Greg frunció el ceño. Esa información era un tanto irrelevante, lo intuía. Y John podía haber cambiado en muchos aspectos, pero si algo estaba de manera permanente en su código genético, era que no se iba por las ramas a menos que estuviera evitando contar algo en concreto.

—John. Si no quieres hablar de ello, está bien. Pero si no, ve al quid de la cuestión antes de que nos den las uvas.

Se oyó un carraspeo.

—Le pedí que me matara.

Si Greg hubiera estado bebiendo, se habría atragantado.

—¿Hiciste qué?

—No soy un suicida, ¿vale? Simplemente le pedí que si estábamos juntos y me capturaban o algo, que me matara.

—John…

El gruñido que salió de los labios del susodicho no asustó a Lestrade. Cuando abrió los ojos y miró a Greg, se dio cuenta de que estaba pálido, y que así sus ojeras se notaban mucho más.

—No quiero volver allí ¿Acaso es eso mucho pedir? ¿Siete años no son suficientes?

El humor de John volvía a ser horrible de nuevo, y se pasó las manos por la cara, notando como el dolor de cabeza aumentaba a medida que también lo hacía su rabia.

—Yo no he dicho eso —respondió Greg, en tono conciliador. Dio una profunda respiración, viendo que se estaba metiendo en aguas escabrosas.

—No tenéis ni idea, ninguno, de cómo es... De cómo fue... Estar allí. Todos esos años. Tantas cosas, Greg. Tantas... Estoy tan jodido... —dijo, con los dientes apretados, sintiendo como su garganta se cerraba y sus ojos se sentían presionados de una manera desagradable — ¿Es un pecado no poder volver a eso?

Greg contuvo el impulso de palmearle el hombro.

—Quizá deberías hablar con Irene. Parece dura de roer, pero en el fondo es solo una máscara. Es una buena tía. También escapó de Buckingham. Quizá hablarlo con alguien te... ayudaría, de alguna manera. Como un exorcismo. Sacarlo todo fuera. y en cuanto a Sherlock... —añadió, pasándose una mano por la nuca —. No puedes simplemente pedirle que te mate. No después de todo lo que ha hecho para encontrarte. De lo que habéis pasado para encontraros.

—Somos completos desconocidos. Aunque estemos destinados, eso no significa que me conozca tanto como para amarme. Y es que me cabrea porque es tan jodidamente listo, pero no entiende que... no entiende que no puedo...

— ¿Como esperas que entienda algo así si no se lo explicas? Sherlock es listo, pero no es infalible. Si quieres ocultarle algo sabrá que lo haces, pero probablemente no sepa el qué. Nunca le había visto respetar tanto la intimidad de una persona como lo hace contigo. Dale permiso. Explícaselo, y quizá lo entienda.

John gruñó, concediendo en silencio que Greg quizá estaba en lo cierto respecto a Sherlock.

—Deberías dedicarte a ser consejero de parejas, ¿lo sabías?

Greg sonrió.

—Me lo han ido comentando —bromeó, y se recostó contra el tranvía de nuevo, más relajado viendo que habían terminado con la parte complicada de la conversación, y probablemente con la conversación en sí misma —. Antes, respóndeme a algo —pidió, mirándole. Cuando John se giró, con una ceja alzada inquisitivamente, se puso más serio — ¿Lo matarías tú a él, si te lo pidiera? Si estuvieras en su lugar, ¿lo harías? ¿Sin preguntar, sin cubrir lo demás, sin arriesgarte a probar otros caminos?

La expresión de duda en el rostro de John le hizo asentir y cerrar los ojos, apoyando la cabeza en el hierro del vagón.

—Avísame cuando quieras volver a tu sección. Y deberías pensar en ello. Quizá esa sea la pregunta del millón de libras, Watson.


Me veo en obligación de deciros que es un fic de slow-burn, por lo que, a pesar de todo el asunto de las almas gemelas, estos dos tortolitos van a tardar en darse lo suyo, como no podía ser de otra manera. Universo nuevo, reglas nuevas, amores ;) Que ya se hayan besado no significa nada de nada. Además, John tiene que poner su cabeza en orden, y Sherlock debe dejar de ser tan cerrado y empezar a abrirse un poco a la comunité. Y entre medio habrá discusiones, oh vaya que la habrá. Pero ya sabéis lo que dicen... el roce hace el cariño...