Armisticios
—Creo que es hora de que vaya volviendo. Querría asegurarme de que todo está bien —contestó John, al cabo de un buen rato.
Greg se levantó, bostezando. Se estiró en silencio, sin querer despertar a sus compañeros, y arqueó una ceja en dirección a John mientras le observaba. Tenía claro por qué su amigo quería irse y, aún más importante, qué era lo que quería comprobar que estuviera bien.
Aunque "quién" abría sido una mejor fórmula para plantear la frase.
—Bien. Coge una linterna de la caja. Necesitarás una, así que ya puedes quedártela.
John obedeció, estirándose al levantarse igual que él, gruñendo. Tenía los músculos entumecidos, y se obligó a relajar los músculos de su rostro en una expresión neutra cuando se dio cuenta de lo mucho que le dolía. Estaba casi seguro de que había tenido el ceño fruncido la mayor parte del camino. Saltó a las vías, asegurándose de que el seguro de su pistola estuviera bien puesto antes de hacerlo.
Se quedó mirando como Greg recogía un fusil, apoyado en un ladrillo junto al fuego en el que se había estado cocinando y alrededor del cual se sentaban los que pertenecían al turno de vigilancia de esa noche. La mujer con la que hablaba, con una vieja cazadora de aviador y un arnés con compartimentos y un refuerzo metálico en el hombro izquierdo le lanzaba miradas de vez en cuando, por lo que dedujo que hablaban de él. Se puso de nuevo el chaquetón verde, bastante seco ya, y hundió las manos en los bolsillos mientras esperaba.
Cuando Greg saltó a las vías con él, soltó un suspiro.
—Bueno, ahora ya podemos irnos. Los del otro lado ya saben que vamos para allá.
John asintió, y extendió una mano.
—Las damas primero.
—Míralo que graciosete se nos ha puesto —bromeó, avanzando por delante de él.
No pudo evitar soltar una risita.
Caminaron en silencio un rato, hasta que se vieron obligados a encender las linternas para poder guiarse en la oscuridad del túnel, perdida ya de vista la luz de emergencia de la estación. Escuchó movimiento a su lado, y cuando giró la cabeza, vio que Greg estaba luchando por aguantar el mango de su linterna con el brazo mientras ocupaba las manos en rebuscar por su chaqueta. Escuchó el sonido de una cremallera, y una exclamación triunfante cuando sacó un paquete cuadrado de cartón.
—¿Te importa si...? —preguntó, alzando la caja en su dirección. John pudo ver la marca de tabaco pintada en uno de los laterales con tinta roja. Puso los ojos en blanco y meneó la cabeza.
—Adelante.
—Gracias, John — sacó un cigarro y se llevó el filtro a los labios antes de guardar de nuevo el paquete dentro de su chaqueta.
Encendió el mechero y prendió la punta. El cigarrillo se iluminó como una baliza de señalización, roja en la oscuridad cuando Greg dio la primera calada. Él no era muy fan del tabaco. A decir verdad nunca lo había sido. Pero no era quién para impedir a los demás darse el gusto cuando quisieran.
Se masajeó el hombro cuando sintió que un repentino ramalazo de dolor, como un pinchazo, le rasgaba por dentro. hizo una mueca, presionando y moviendo el músculo. Se estaba haciendo daño, lo sabía. Pero el dolor controlado que se estaba haciendo a sí mismo era mucho mejor que ese cuchillo invisible atravesándole la piel. Se retorció un momento, estirándolo, y el dolor pareció remitir hasta limitarse a un pinchazo intermitente.
—Así que... Tú y Mycroft Holmes, ¿eh?
La tos salvaje de Greg a su lado le sacó una sonrisa.
—¿Qué?
—Sherlock me dijo que durante un tiempo creyó que erais almas gemelas. No hace falta ser un genio para unir los puntos —explicó, encogiendo los hombros —. Te gusta.
El tejón de Greg apareció de repente entre los pies de John, alzándose sobre las dos patas traseras, oliéndole antes de decidir que era amistoso y seguir su camino, moviéndose a penas a un par de pasos de distancia de donde ellos estaban, moviendo la cola alegremente. Greg le dedicó una rápida mirada a su animal antes de que éste se diera la vuelta, como impulsado por un resorte.
—John... ¡Maldita sea! —exclamó de repente. El aludido miró abajo, y vio como Brigada estaba mordisqueando el tobillo de Greg por encima de la tela del pantalón —¡Vale, vale! Ya me deshago de él... Dios, no hace falta que hagas eso —se quejó, dando una calada al cigarro. Luego lo tiró al suelo y lo pisoteó. Acto seguido, Brigada le miró, moviendo el hocico. Tenía una extraña expresión que John solo hubiera sido capaz de describir como satisfacción. Greg miró a John, mortificado —. Cada vez que intento fumarme un pitillo, esta señorita viene y me muerde hasta que lo tiro. Es peor que mi madre, que en paz descanse.
John arqueó una ceja, pero aprovechó el parón de la marcha para agacharse y acariciar a Brigada. El animal correspondió al gesto empujando la cálida cabeza contra su mano, golpeando el suelo con la cola. Era una sensación extraña, el tacto de un avatar. Era como tener la mano metida en agua templada, solo que no se mojaba y dejaba una sensación de hormigueo en los dedos, como si estuviera cargado de electricidad.
Había intentado describírselo una vez a Molly, cuando le preguntó. Fue una misión imposible ¿Cómo podría alguien comprender la sensación de tocar algo líquido y caliente pero no mojarse? Ni siquiera él terminaba de entenderlo del todo. No podía esperar hacer que otros lo comprendieran.
—Es una buena chica que hace estupendamente su trabajo. Deberías hacerle más caso.
Greg no pudo más que suspirar.
—Supongo que sí —parpadeó, frotándose el tobillo que Brigada había mordido con el talón del pie contrario —. Oye, John… Eso que has dicho sobre Mycroft y yo… —John arqueó las cejas en su dirección, aún agachado y con la tejón chupando sus dedos — Tú sabes que no puede ser.
— ¿Por qué no? —preguntó, frunciendo el ceño. Palmeó suavemente la cabeza del tejón antes de enderezarse y mirar a Greg a los ojos.
—Venga hombre. Estamos en mitad de una guerra. No es como si pudiera ponerme a jugar a las casitas. Además, es complicado.
—Es ahora cuando más necesitamos sentirnos seguros junto a alguien, Greg. Cada aliento puede ser el último.
Greg arqueó las cejas, con una expresión que denotaba una extraña mezcla de enfado y desesperación.
—Exacto. No podría hacerle eso. Estar ahí y desaparecer un día sin más. Sería como poner el último clavo a su ataúd —dijo, y volvió a ponerse en marcha. John sintió un nudo en el estómago —. Y Brigada sigue buscando. Desaparece de vez en cuando. Luego vuelve a aparecer. Me arrastra hasta sitios raros donde no hay nada, y después me pierdo intentando volver. Creo que quedó un poco tarumba después de lo de… Bueno. Eso.
John parpadeó, sorprendido por esa nueva información. El tejón había desaparecido de repente, sin que se diera cuenta. Miró a su alrededor, buscando por las esquinas con la linterna, pero oyó a Greg chasquear la lengua a su lado, y seguir caminando.
—Déjalo, no vas a encontrarla. No tengo ni idea de a dónde va cuando hace eso, pero no es agradable —contestó, haciendo una mueca que John conocía muy bien. Demasiado —. Supongo que aparecerá de nuevo en un par de horas para que la siga a Dios sabe dónde. Una vez intentó que cruzara Blackfriars ¡Blackfriars, John! Como si eso no fuera un suicidio anunciado.
No pudo evitar chasquear la lengua ante aquello. La información que tenían sobre los distópicos en general era aún muy vaga como para que supieran a ciencia cierta qué pasaba o cuándo pasaba. Todo cuanto sabían era que los avatares buscaban al alma gemela. Y que cuando una de las partes morían, se quedaban perdidos y atrapados junto a su distópico.
—Lo siento.
Greg movió una mano en el aire, como espantando moscas.
—No te preocupes. Son cosas que pasan —dijo, y medio sonrió —. Intenta que no te maten, ¿vale? Sherlock acabaría destrozado.
John hizo una mueca.
—Hay un par de cosas que me gustaría saber de Sherlock, pero no estoy seguro de que preguntártelo a ti sea lo adecuado.
Saltaron un raíl torcido, fuera de su línea, y siguieron caminando en la oscuridad. Sus voces rebotaban contra las pareces circulares del túnel. Vio como su compañero se encogió de hombros a su lado.
—Supongo que él mismo te contará lo que quieras saber. Yo no quisiera… Mira, él es como mi hermano pequeño, o hasta mi hijo. Mycroft y yo hemos sido los que hemos cuidado de él toda la vida. Le he sacado de más problemas de los que podría contar, y he visto muchas cosas. Pero… tiene sus secretos, igual que los tienes tú. No soy quién para desvelarlos en su lugar.
John le palmeó la espalda, asintiendo.
—Tranquilo, G. Lo entiendo —explicó —. Pero no creo que quiera contarme nada en absoluto… y sinceramente, no puedo culparle por ello. No quiero que él sepa… Quiero que sepa lo menos posible. De lo que pasó allí, de lo que tuve que hacer.
Vio por el rabillo del ojo como arqueaba una ceja y le miraba un momento antes de seguir caminando.
— ¿No crees que eso es un poco egoísta por tu parte? Quiero decir, lo sería por parte de ambos. Sea lo que sea que os ha pasado, es parte de lo que sois. Y los secretos, a largo plazo, no son una opción.
Apretó los labios. Maldita sea, Greg tenía razón. Pero no podía simplemente llegar y soltarle a Sherlock todo. No estaba seguro de que ninguno de los dos pudiera soportarlo. Tampoco se creía preparado para ello. Aún estaba todo demasiado reciente.
—No quiero hacerte sentir incómodo —añadió Greg, al ver que no respondía —. Y tampoco quiero meterte prisa. Es solo que… Creo que os ayudaría. A los dos. Ya sabes, como una terapia. Compartir la carga. Además, es uno de los pilares en los que se basa cualquier relación, ¿no? La confianza.
—Sí. Supongo que vuelves a tener razón.
Después de que Lestrade le dejara sano y salvo en su estación y verle marchar por el túnel, deshaciendo el camino andado junto a él, suspiró. Dejó caer los hombros, cansado, y se resignó al silencio incómodo que se haría en el vagón cuando llegara. No estaba seguro de cómo iba a reaccionar Sherlock ante su desaparición tras la discusión, pero sin duda no iba a ser agradable. Si se parecía mucho a él, lo más probable era que se mantuviera en un régimen de silencio durante el tiempo que le durara el enfado. Al fin y al cabo, había sido él, y no John, quién había empezado a andar solo por los túneles. Le había dejado atrás. Más claro no se lo podía haber dicho. Quería estar solo.
Bueno, ya había tenido bastante soledad por un día.
John mataría por dormir, aunque solo fuera unas horas, en aquel colchón de nuevo. Podía ser posiblemente la cama más cómoda que hubiera tenido en toda su vida. Exceptuando, por supuesto, la cama de cuando era pequeño.
Pensó por un momento en su familia. En su madre y en Harry. ¿Estarían bien? La última vez que supo algo de ellas fue cuando le capturaron. Mycroft le había dicho que sabía donde estaban y cómo estaban. Confiaba en que no se lo había dicho a Jim, en que lo había mantenido en secreto. No podía ser tan malo, ¿no?
La traición está a la orden del día, Johnny.
Se quedó quieto en el sitio, los pies clavados en el cemento. Un dedo frío le pasó por la espalda, haciendo que se estremeciera desde los dedos a cabeza. Si se hubiera visto, hubiera notado como el color le huía de la cara. Estaba pálido como la cera de una vela.
Era él. Le había oído como si le tuviera detrás. Pero no había modo de que eso fuera así, ¿verdad? Se habría armado un Cristo de ser así. Habría disparos, gritos. No había nada de eso. Los demás estaban haciendo su vida. Los guardias de turno que vigilaban el perímetro y que le habían ayudado a subir al andén una vez le recogieron, seguían resiguiendo la zona con los ojos, barriéndola.
¿Entonces por qué había sentido su aliento en la nuca?
Cerró los ojos, apretando las manos en puños a cada lado de su cuerpo, clavándose las uñas en la palma. Se obligó a desentumecer su cuello, tenso, y continuó con el resto del cuerpo, intentando relajarse. Solo había sido un engaño de su mente. Jim no estaba allí. Jim estaba lejos. Muy lejos de él. Ni siquiera tendría constancia de que aún estuviera vivo. Lo más probable es que pensara que lo habían matado en el fuego cruzado, y hubieran tirado su cuerpo al Támesis. Con un poco de suerte, incluso le habría olvidado.
John casi cruzaba los dedos por ello.
Tomó una última profunda respiración por la nariz antes de abrir los ojos. Miró alrededor, solo para comprobar que nadie le estaba prestando la más mínima atención. Su repentino ataque de pánico no podía haber sido demasiado largo. Todo el mundo seguía con sus quehaceres o durmiendo tranquilamente en los vagones sin luz. Todos menos el último vagón, cuyos cristales sucios y medio opacos dejaban entrever una luz amarillenta al otro lado, de baja intensidad. John pensó en la lámpara de aceite y el quinqué de gas que había visto en la improvisada mesa de Sherlock la primera vez que entró al vagón, y el corazón se le encogió. ¿Estaría despierto aún?
Caminó hacia allí, sin distracciones ni desviaciones en su ruta. Tal que si una fuerza superior a él le arrastrara hacia allí.
Cuando llegó a la puerta, tiró de la manija con más valor del que en realidad sentía. Las puertas se deslizaron a ambos lados cuando las empujó, y su corazón se aceleró solo para volver a acompasarse cuando dio un paso dentro del vagón. Sherlock no estaba allí.
Una parte de él, la que había esperado verle trabajando o, como mínimo, dormido dándole la espalda, se hundió en la decepción. Por mucho que estuviera molesto con él, algo le pedía su presencia. Como si fuera una cosa indispensable para hacerle feliz. No se había dado cuenta de lo mucho que le necesitaba hasta ese momento.
Dio un profundo suspiro, cerrando los ojos un momento antes de pasar y cerrar las puertas tras él. Efectivamente, la lámpara de aceite estaba encendida sobre la mesa, en una de las esquinas. El banquito había sido movido desde la última vez, y había unos papeles que John no había visto, junto a un viejo libro abierto. Estaban lo suficientemente cercanos a la luz como para que interpretara que era lo último que Sherlock había estado haciendo antes de desaparecer, y puesto que esa mañana no había estado así, asumió que se habría puesto a trabajar al llegar al vagón.
Se acercó con cuidado a la zona de trabajo, dudando sobre tocar o no algo de lo que allí había. No tenía ni idea de lo que significaban la mayoría de cosas que había allí, y la verdad es que no estaba seguro de querer averiguar de qué se trataba. Parecía todo demasiado siniestro para su gusto. No obstante, la curiosidad le puso, y tomó uno de los papeles para ojearlo. Vio un par de bocetos lineales, de líneas continuas y algo confusas, y marcas y ecuaciones matemáticas que John no habría sabido interpretar ni aunque le ofrecieran un manual de consulta.
Lo único que entendió de todo el caos fueron las palabras "asociación no satisfactoria" y "huésped con evolución favorable. Luz verde en humanos".
¿Sherlock estaba trabajando en una cura para alguna enfermedad? ¿En una vacuna?
Se preguntó si tendría algún diario en el que anotara sus investigaciones, como había pensado siempre que ese tipo de cosas funcionaban.
Se frotó la cara con una mano, notando un repentino dolor de cabeza. Quizá sería lo mejor que durmiera un poco. No tenía idea de qué hora era, pero debía de ser muy tarde o muy temprano. Quizá sería conveniente que descansara, que estuviera preparado para el nuevo día. Sherlock estaría, seguramente, al caer. No podía haberse ido muy lejos, si había dejado la lámpara encendida.
Se sacó los zapatos y se sentó en la cama, dispuesto a esperarle, pero el tiempo pasaba, y cada vez se sentía más cansado. Notaba una opresión en el pecho que no podía quitarse de encima desde que creyó escuchar la voz de Jim tras él. Estaba ciertamente intranquilo. La sola idea de que pudiera encontrarle de nuevo le aterrorizaba. Y aún no acababa de entender por qué, después de todo lo que había pasado.
Después de estar un buen tiempo esperando, y haber pasado de estar sentado a meterse bajo las mantas, tendido en la cama, como una manera de contrarrestar el frío, seguía demasiado nervioso como para dormir, pero lo suficientemente cansado como para que fuera un problema.
Salió de la cama y se puso a hojear los libros viejos que Sherlock tenía bajo su cama. Al agacharse a coger uno, el suave olor masculino de una fragancia que no conocía le llegó a la nariz. Era fuerte, pero no lo suficiente como para hacerle arrugar la nariz. Parecía salado, como si fuera sudor corporal, pero algo menos ácido que eso. Frunció el ceño y, distraído por el olor, alzó la cabeza. Delante de él estaba la almohada de Sherlock, y sobre ella había una manta de lana. Era amarillo limón, y parecía estar considerablemente limpia, teniendo en cuenta las circunstancias. Los dedos de John rozaron el tejido, rasposo pero no tanto como para provocar picor sobre la piel desnuda, y pensó en las noches de invierno que Sherlock habría pasado envuelto en ella, probablemente sentado en aquel banquito, a la luz de las lámparas, resolviendo acertijos imposibles y haciendo sus locos experimentos. No era del todo descabellado pensar que ese hombre imposible no dormía por las noches.
Tomó la manta entre sus manos, y se la acercó a la nariz antes de inspirar profundamente. Allí, adherido a la tela, estaba la fuente del olor. Era extraño, pero le hacía pensar en hojas secas y en bosques, en la sensación que había tenido en sus sueños con el cuervo al rozarle las plumas, suaves como la seda. Una mezcla de carne y madera y hombre y Sherlock. No estaba seguro de que eso sonara muy coherente, pero era lo que era, tuviera o no sentido.
Bostezó, cansado, y volvió a la cama, pensando que esa era la buena. Si Sherlock estaba fuera le esperaría. Pero al menos lo haría cómodamente.
Volvió a taparse, esta vez extendiendo la manta sobre él. Era considerablemente más grande que la cama, y más gruesa que las sábanas o que la ropa que llevaba, y no tardó mucho tiempo en empezar a notar el calor que desprendía sobre su cuerpo cansado.
Los ojos empezaron a pesarle, y tuvo que luchar por mantenerlos abiertos, a pesar del escozor. Quería aguantar despierto, esperar a que Sherlock volviera. Quería hablar con él, pedirle perdón. La culpa de que se hubieran peleado era suya. La noche había ido muy bien hasta que abrió su bocaza, con todas esas cosas que ninguno estaba preparado para oír.
Quizá simplemente había encontrado la manera de autocastigarse de manera inconsciente por ser feliz. Quizá ese era el remanente de haber pasado tanto tiempo bajo el yugo de Jim. Ahora ni siquiera se permitía la felicidad a sí mismo.
Pero eso iba a cambiar esa noche. Iba a contarle a Sherlock todo lo que quisiera saber. No pensaba ocultarle nada. Quería demostrarle que confiaba en él, que él podía confiar en John. Quería darle lo único que no le había dado jamás a nadie, y que pensó que jamás entregaría. Pero sobre todo pedirle perdón. Tenía que esperarle despierto…
… pero estaba tan relajado, tan caliente y acogido bajo la manta, tan cómodo en una cama donde sabía que nadie podría hacerle daño en mitad de la noche…
… tan arropado por la seguridad que aquel aroma parecía traer consigo de forma innata que el resultado fue prácticamente inevitable. Lo último que recordó fue haber pensado que sentía el cuerpo terriblemente pesado contra el colchón.
Cuando Sherlock volvió al vagón, se encontró a John dormido bajo su manta, acurrucado en la cama. Estaba cubriéndose una parte de la nariz incluso. Se encontró frunciendo el ceño, mirándole con preocupación. Las puertas se cerraron tras él y se dejó caer en su colchón, con las manos cogidas entre las piernas. Había pasado la última media hora atendiendo a la reunión con la tétrada, solo para resolver los detalles de la misión a Baskerville. Estaba cansado, malhumorado y lo único que quería era que le dejaran en paz. En ese precioso momento no tenía ni siquiera ánimos para hablar con Irene.
Y, sin embargo, John estaba allí. Con la respiración lenta y acompasada, tendido bajo las mantas. Parecía tan en paz... La idea de perturbarla le hacía sentir culpable.
Se levantó quitándose los zapatos y dejándolos bajo la cama. Luego arrastró el banquito con cuidado, intentando no hacer ruido, y lo guardó bajo la mesa. Redujo la llama de las lámparas hasta apagarlas, y volvió a tientas a la cama. Se quitó camisa y pantalones, dejándose en ropa interior y calcetines, antes de meterse bajo las sábanas. Se encogió, tumbado de lado de manera que quedara mirando a John. En la oscuridad, era algo más complicado distinguir sus formas, las facciones de su rostro. Pero en cuanto sus ojos se acostumbraron a la negrura, fue fácil distinguir los detalles generales.
Se quedó contemplandole, con la extraña sensación de que hacía mucho tiempo que se conocían. Todo se le hacía conocido, como si siempre le hubiera visto. Y, paradójicamente, se sentía como algo nuevo todo el tiempo.
Las bolsas bajo los ojos de John, mezcladas con unas ojeras oscuras que parecían tener un lugar permanente en su piel, daban redondez a sus ojos. Verlos abiertos era todo un espectáculo. Ese azul que brillaba bajo la luz, algo más claro en el centro de lo que era en el borde, grandes como los de un niño. Daban un toque de inocencia a todo él, contradiciendo su forma física. Un pequeño tamaño muy compacto. Todo fuerza. Como un pecherón dorado.
No se dio cuenta de que estaba temblando hasta que el sonido de sus dientes castañeteando le alertó. Se frotó los brazos, intentando mantenerse caliente. Quizá hubiera sido una buena idea haberse puesto otra ropa, en lugar de estar todo el tiempo con el jersey y los pantalones mojados. Miró a John y luego a su manta, con deseo. Podía estirar el brazo y agarrarla. John ni siquiera se daría cuenta. Además, ya estaba dormido... No era como si fuera a despertarle...
Sacudió la cabeza ante el pensamiento. No iba a quitarle a John la manta. De ninguna manera.
Se levantó de la cama, cansado pero incapaz de dormir debido al frío, que le mantenía despierto. Rebuscó en una caja algo de ropa seca, y encontró unos pantalones y una camiseta, ambos algo rotos. Aún así, servirían.
Los agujeros (productos de las caídas accidentales de gotas de ácido y otros elementos corrosivos sobre ellos) cubrían sobre todo la zona superior de las piernas y las mangas, pero no era nada del otro mundo. Una vez se hubo pasado la camiseta por la cabeza, y se terminó de secar el pelo sacudiéndolo con una camiseta sucia a falta de una toalla, se giró para sentarse en su banquillo y tratar de descifrar el último punto del desarrollo del Quimera. Aún no le había pedido a John que lo consultara...
—Deja...
Sherlock se giró para mirar a John, que estaba medio erguido en la cama. Estaba apoyado en un codo, tenía el pelo de un lado completamente aplastado y desordenado, y la marca de la tela arrugada de la almohada dibujada en la mejilla. Tenía un ojo más abierto que otro y, en definitiva, el aspecto de alguien que no ha escapado del todo del sueño. frunció el ceño, pensando que finalmente le había despertado. Su corazón se aceleró. Había esperado no encontrarse con John al menos hasta el día siguiente, o como mínimo no encontrárselo despierto. No estaba listo para tener una discusión seria sobre lo que habían hablado en el contenedor. No sabía cómo hacerle entender a John su postura de manera que no sonara egoísta.
—Sherlock... deja eso y ven.
Sherlock arqueó las cejas, abriendo los ojos en sorpresa. Joh gruñó, frotándose los ojos con el dorso de una mano. La siguiente vez que habló, parecía mucho más despierto. E indignado.
—Estás congelándote. Haz el favor de venir aquí.
Finalmente, Sherlock decidió que era buena idea abandonar el banquillo y acercarse lentamente hasta la cama de John. Éste cogió sábanas y manta, y abrió la mitad, echándose hacia atrás en el colchón, pegándose a la ventana cubierta con varias capas de cartones y listones de madera, haciéndole un hueco. Le miró fijamente en la oscuridad, y John vio como abría mucho los ojos, intentando diferenciar las figuras en la oscuridad. Se medio sentó y estiró una mano para agarrar la linterna, por encima de su cabeza. Cuando la encendió, vio la ropa de Sherlock y chasqueó la lengua.
Éste se metió en la cama en silencio, subiéndose con cuidado y dudando sobre cómo colocarse en ella. No era la primera vez que dormía acompañado (Mycroft y él habían dormido juntos algún invierno, y Lestrade se les había unido en ocasiones contadas, sobre todo cuando él era más joven), y estaba acostumbrado a tener a alguien tanto a la espalda como delante. Pero no estaba seguro de cómo lo prefería John. Quizá si se ponía de frente ese mantenía de lado, lo más quieto posible, no se sentiría tan invadido. Pero dormir de frente implicaba que tendrían que verse y que no se tocarían, y el objetivo de toda aquella operación era darse calor...
Se vio repentinamente arrastrado por un brazo que le rodeó la cintura y tiró de él hasta que estuvo acostado de espaldas a John, con la cabeza sobre la almohada. El peso cálido de la ropa de cama y la manta, caliente por el calor que desprendía John, cayó sobre él. Empezó a notar dolor en las puntas de los dedos cuando el calor empezó a calentarle, y se dio cuenta por primera vez del frío que tenía.
Sherlock acababa de aprender que John no era especialmente paciente. Al menos no cuando tenía sueño.
Sintió el estómago de John acoplarse a la curva de su espalda, y sus rodillas acomodarse al hueco del poplíteo de ambas piernas. Sus pies a penas se tocaban. Oyó a John sisear, y cuando hizo un intento de separarse, sintió el brazo alrededor de su cintura ceñirse más a su alrededor, acercándole más. Contuvo el aliento cuando sintió sus nalgas presionar contra las caderas de John. Estaban un poco más abajo de lo que era considerado peligroso, pero aún así tenía una percepción bastante acertada de su anatomía.
Sus mejillas ardieron.
—No te muevas, idiota. Vas a coger una hipotermia —gruñó John detrás de su oído. Cuando presionó su mejilla contra la de Sherlock, intentando calentarle la cara, le notó estremecerse —. Joder, eres un cubito humano. Dime que no llevabas la ropa mojada puesta —el silencio culpable de Sherlock fue lo suficientemente revelador como para hacerle suspirar. La mano de John empezó a moverse sobre sus brazos, cruzados sobre su pecho, intentando calentar su piel a base de fricción —. Faltaría más. Métete las manos en las axilas.
Sherlock obedeció, retorciéndose lo suficiente como para cumplir el mandato de John. Estuvieron unos minutos en silencio, y a medida que empezaba a recuperar la sensibilidad, el calor extendiéndose por su cuerpo con un hormigueo, era cada vez más consciente de cada centímetro cuadrado de piel en el que ambos se encontraban pegados.
Era curioso como se había vuelto de repente tan perceptivo a algo como eso, cuando antes ni siquiera le había interesado. Era como si la presencia de John activara zonas de su cerebro que nunca supo que tenía. Como si su toque despertara sus nervios, haciendo que su sangre cantara.
—Lo siento —murmuró en la oscuridad. Sentía que no podía hablar más fuerte. Tenía la garganta completamente cerrada.
Los labios de John, calientes, se posaron sobre su nuca helada, haciéndole estremecer.
—También yo —contestó, en el mismo tono —. No debí haberte puesto en esa posición... pero la idea de volver allí... Es peor si pienso que tú puedes ser quien... —dejó escapar una fuerte bocanada de aire que había estado conteniendo, apoyando la frente en los hombros de Sherlock, cerrando los ojos.
Sherlock frunció el ceño, queriendo darse la vuelta para poder mirarle a los ojos, pero temiendo moverse.
—Está bien. Es normal tener miedo, John —se sacó una mano de la axila, algo más caliente ahora, y buscó la mano de John sobre su estómago, escurriéndose hasta entrelazar sus dedos y apretarlos con suavidad.
John le devolvió el apretón y movió los dedos hasta acariciar su muñeca con las yemas del índice y el medio. Detectó su pulso, algo más lento que al principio de la conversación, y acompasó su respiración a él. Sherlock, inevitablemente, hizo lo propio con la de él, y pronto ambos estaban respirando al ritmo de los latidos del corazón de Sherlock, con la nariz de John rozando el nacimiento de sus rizos en la nuca, aspirando su olor directamente. Resultaba mucho más reconfortante que la manta.
—Antes tenía más miedo. Al principio, cuando no sabía qué debía esperar. Después se volvió rutinario —dijo de pronto John. Su respiración seguía tranquila, acompasada, sus dedos aún acariciando en suaves círculos la muñeca de Sherlock —. Mycroft intentó ayudarme. No creo que supiera quién era yo... Él está loco. Disfruta solo haciendo daño —explicó, y Sherlock sufrió un pequeño momento de confusión antes de comprender que ya no hablaba de Mycroft —. No sé si voy a poder...
Se movió un poco para entrelazar sus pies con los de John.
—Está bien. No debes preocuparte por eso ahora. No hay ninguna prisa —respondió, entendiendo por dónde iban los derroteros de la conversación —. No ha ganado. Estás aquí, conmigo. No ha ganado.
Sintió a John sonreír contra su piel, ligeramente, y su respiración se hizo más profunda cuando dejó escapar el aire que había estado conteniendo por la nariz. Sherlock dio un nuevo apretón a sus dedos, acomodándose mejor contra su cuerpo caliente. Se permitió cerrar los ojos, disfrutando de la sensación reconfortante que proporcionaba el peso de sus manos unidas sobre su estómago, el latido del corazón de John contra su espalda en la oscuridad.
—Supongo que no.
