Irene salió de la sala de reuniones con dolor de cabeza y ganas de meterse en la cama para dormir un par de horas antes de tener que organizar las patrullas de la segunda ronda tras la salida del sol.
Después de que Sherlock llegara a la sala empapado, asegurando tener noticias sobre la misión de Baskerville, se habían enfrascado en una fría pelea. Irene quería saber por qué demonios Sherlock había desobedecido una orden explícita de no actuar hasta que se les comunicara, además de por qué se había expuesto de esa manera.
—Podrías haber echado a perder toda la operación. ¿Tienes idea de lo que habría supuesto que te descubrieran? —siseó, mirándole a los ojos con una incredulidad y una ira contenida que harían a cualquiera temblar. A cualquiera menos a Sherlock.
—Se suponía que él no iba a estar allí cuando fuéramos. Solo íbamos a recaudar información con Victor, nada más. Se presentó la ocasión, así que actué. Pero tienes razón, lo siento. Debí dejarlo pasar. Dios me libre de tomar la iniciativa en algo y conseguir resultados.
— ¡Esto no es un juego, Sherlock! ¡Los distópicos cautivos en el laboratorio podrían ser asesinados si creen que iremos a por ellos! Hay vidas en juego, maldita sea.
Sherlock dio un paso atrás, con los ojos entrecerrados y el ceño fruncido. La estaba mirando como si no la conociera. Y es que Irene estaba francamente furiosa. Watson no hacía ni un par de semanas que estaba entre ellos, y con Sherlock había pasado menos tiempo aún, y éste ya estaba distraído, embobado. Seguía a John como un perrito faldero. Incluso le había ofrecido de buenas a primeras un lugar en su vagón. ¡En su vagón! Todas las fórmulas del Quimera, las pruebas que Sherlock había estado haciendo con su única salvación, expuestas a un espía en potencia.
No, Irene no estaba ni siquiera un poco convencida de que el soldadito no fuera un caballo de Troya, aún si ni siquiera él era consciente de ello. Había sido demasiado oportuno. Su aparición en la caída de la muralla. Su herida.
Había estado técnicamente muerto, pero eso podía ser simplemente un error de cálculo. El mal menor.
— ¿Por qué sigues pensando que John es un espía? Yo confío en él y nunca me he equivocado con nadie —dijo Sherlock, sus ojos azules estudiándola en profundidad. Irene no cambió la postura, quieta en su lugar igual que una estatua. Entonces él arqueó las cejas y abrió la boca, sus labios ligeramente azulados por el frío mientras que en sus pupilas brillaba el fuego de la revelación —. Tienes miedo. De él.
Ella chasqueó la lengua, molesta, poniendo los ojos en blanco.
—Por favor.
—No hablo de John. Hablo de Moriarty. Te espanta la idea de que todo se vaya al garete.
Los ojos de Irene se entrecerraron.
—Vete a dormir, Sherlock. Mañana va a ser un largo día para todos. Agradezco la información, pero ahora lárgate antes de que decida que tu insubordinación y la de Watson merecen un castigo ejemplar.
Sherlock clavó los ojos en los suyos, retándola, y ella no hizo más que cruzarse de brazos y enderezarse en una posición relativamente cómoda antes de devolverle la mirada con igual frialdad. No era la primera vez que discutían, y ciertamente no sería la última. Normalmente Sherlock solía salirse siempre con la suya, a pesar de los esfuerzos que ella hacía por su parte para evitar que fuera así. Que fueran amigos no debía significar que tuviera un trato especial hacia él. De modo que aguantó y esperó, sabiéndose más paciente de lo que él sería jamás.
Con último bufido, Sherlock se dio por vencido y se dio media vuelta, abandonando la sala con el dramatismo que le caracterizaba, sin decir una palabra.
Se había pasado el resto de la noche intentando reparar el desastre que habían hecho. La verdad es que tras esa aventura tan peligrosa como provechosa, habían desmontado las asignaciones de la misión en curso que tenían para el día siguiente. A penas había dormido mientras re asignaba las tareas de los grupos para adecuarlas a Sherlock y Watson. No le gustaba la idea de que John anduviera suelto por La Leonera y sus instalaciones en los túneles le producía dentera. Pero si quería mantenerle ocupado y vigilado de manera discreta, no había mejor forma que ponerle a trabajar. Y Sherlock necesitaba estar preparado si iba a acompañarles. Podía ser un genio, pero en un conflicto abierto aún era un eslabón débil. Debían remediar eso, cuanto antes mejor.
Pasó el nuevo horario al capitán del pelotón que estaba haciendo guardia en una de las estaciones, y se aseguró de darle la orden de que lo distribuyera entre los suyos e informara de las modificaciones a todos. Después se desvió hacia la vieja estación de Brockley, donde Sherlock tenía su división y su vagón laboratorio. Cómo no, Watson estaría con él.
Las puertas del vagón estaban cerradas, y a través de los cartones pegados a las ventanas, no se adivinaba ninguna luz en el interior. Aún quedaban unas horas hasta el relevo, pero ya que habían sido la causa de su desvelo y doble trabajo esa noche, por lo menos podía llevarse la satisfacción de despertarlos. Con una copia del horario bajo el brazo, llevó la mano a la manija de la puerta principal y la empujó para abrirla. Se detuvo en el umbral, sin atreverse a entrar, muy quieta para no hacer ruido.
La cama de uno de los lados estaba vacía, las lámparas de aceite apagadas. La luz del fuego encendido para calentar a los soldados de guardia iluminaba tenuemente el vagón en penumbra, proyectando largas sombras que danzaban. Aún a pesar de esa deformación de las figuras y de la oscuridad, Irene distinguió dos figuras encogidas en la otra cama, bajo las mantas. Cuando se apartó para dejar la luz pasar, vio todo con mucha más claridad. Había ropa mojada en el suelo, ropa que reconoció como de Sherlock entremezclada con la de Watson. Frunció el ceño.
Bajo las sábanas y la manta amarilla que ella misma le había dado hacía unos años para paliar el frío de un invierno especialmente duro, se encontraban Sherlock y Watson, ambos encogidos y muy pegados. Mientras que su amigo descansaba en primer término, con una expresión de paz y abandono, el otro tenía el ceño ligeramente fruncido. Irene atinó a ver sus manos unidas bajo la barbilla de Sherlock. Achinó los ojos y apretó los dientes, tomando una profunda respiración. Abrió y cerró su mano en un puño varias veces, tratando de decidir cual sería su siguiente paso. Cada minuto que pasaba, menos se atrevía a alzarla contra la puerta y golpearla hasta que despertaran ambos como había pensado hacer en primera instancia. Nunca había visto a Sherlock tan relajado, ni siquiera cuando había dormido en el abandono enajenado de la cocaína. Había algo ahí que le resultaba nuevo en él. Quizá un toque de inocencia que, por razones evidentes, había perdido tiempo atrás.
La sobresaltó un ligero movimiento bajo las mantas y un murmullo cuando Watson se removió, ajustándose mejor a la posición de Sherlock. Éste correspondió al movimiento y, en un momento, volvieron a quedarse quietos, sus respiraciones siendo el único movimiento allí.
Irene relajó la mano finalmente, suspirando. Apretó los labios en una fina línea y dio un paso atrás, cerrando la puerta al salir.
No lo hacía por Watson. De ningún modo.
Lo hacía porque, a pesar de todo, Sherlock merecía un descanso.
Sherlock despertó con el ruido de un chasquido resonando en sus oídos. Abrió los ojos a la oscuridad del vagón, sobresaltado, y se mantuvo estático mientras observaba el entorno, buscando la fuente del ruido. En cuanto comprobó que, de hecho, estaban solos en la habitación, se relajó de nuevo contra el calor del estómago de John. Cerró los ojos, suspirando. Fue repentinamente consciente de lo bien que se sentía, aunque estaba seguro de que podría dormir un día entero y ni siquiera lo notaría. En ese momento exacto, lo último que quería hacer era salir de la cama. Tanto por el calor reconfortante del otro cuerpo tras él, como por lo tranquilo que se sentía. Como si el mundo se hubiera detenido por un instante en un momento en el que no existían distópicos ni viejos humanos, ni Jim Moriarty ni la Leonera. Casi podía imaginar una vida en la que pudieran estar así, despertándose tranquilamente en su habitación. Pensó en su apartamento en el lado puro, en que podrían vivir juntos allí cuando todo terminara. Imaginó cómo sería, tener a John rondando por la casa. Quizá leyendo el periódico. O preparando el desayuno, la casa entera oliendo a té recién hecho.
Quizá podrían incluso terminar trabajando juntos. A Sherlock le gustaban las cosas complicadas, quizá acabara siendo químico. John y él podrían estudiar juntos. Lo más probable era que quisiera hacerse doctor. Había oído hablar a Lestrade de sus colaboraciones en los puestos bajo los puentes antes de que lo secuestraran, y lo había visto en sus manos.
Se dio la vuelta con cuidado para no despertarle, buscando quedar de cara. Le escuchó gruñir por lo bajo, pero nada que le dijera que lo había despertado. Alzó una mano, vacilante, y rozó su mejilla. La piel era áspera por el vello que había empezado a crecer en ella. Sus ojos, adaptados a la oscuridad todo lo posible, apreciaban los contornos fantasmales de John, la curva de su mandíbula y su cuello, y su pelo seco. La piel estaba caliente, y contuvo un sobresalto cuando un brazo pesado cayó sobre la pequeña curva de su cintura, curvándose contra su espalda bajo las mantas. Sonrió como un tonto en la oscuridad, y deslizó una de sus manos libres hacia la cadera de John, en un intento por acomodarse para volver a dormir. Sus dedos rozaron la curva del hueso y tocaron la piel febril bajo la ropa. Sin embargo, no fue eso lo que hizo que se detuviera.
La piel suave y caliente de John de repente dejó de serlo, para volverse rugosa. Se preguntó, por un momento, si tendría una herida cicatrizándose allí, y cómo se la habría hecho. Dudó, tentado de apartar los dedos, sabiendo que debía hacerlo. Algo dentro de él le decía que debía detenerse ahí mismo y dormirse. Una sensación que Sherlock utilizaba a la hora de realizar deducciones y que había aprendido a respetar con los años por su increíble utilidad. Pero una vocecilla increíblemente molesta susurraba que bien podía no ser nada. Y que John no tenía por qué saber que lo había estado investigando. No tenía que ser algo necesariamente privado para que lo ocultara de esa manera. Podía ser simplemente algo trivial que no fuera ni siquiera digno de mención.
Finalmente, apretando los labios, sucumbió a la vocecita. Solo sería una pequeña exploración. Nada de mayor alcance. Y siempre podía fingir que lo había hecho mientras estaba dormido...
Sus dedos volvieron a posarse en la piel de John, y se deslizaron de nuevo, siguiendo la curva del hueso hasta alcanzar de nuevo aquella zona rugosa mientras sus ojos no perdían detalle de sus expresiones faciales, vigilante de que no se despertara en el proceso. Contuvo el aliento, su ceño frunciéndose más y más a medida que sus dedos seguían la (aparente) línea de la cicatriz en el costado de John. Los datos empezaron a llenar su cabeza cuando encontró una bifurcación aparente de la cicatriz. Sherlock la siguió, notando que bajaba y ascendía, de vuelta al estómago de John, pero no en la dirección correcta... Estaba bajando, curvándose.
Sherlock se detuvo cuando sus dedos rozaron el inicio del áspero vello púbico, encontrando que la cicatriz seguía más allá de lo que estaba dispuesto a explorar. Retiró los dedos, volviendo sobre sus pasos, de nuevo a la unión de las cicatrices mientras un oscuro pensamiento acudía a su mente.
Sabía poco de biología humana. Sus conocimientos eran básicos o muy vastos. Pero conocía los puntos donde una persona podía ser desangrada hasta morir solo por un corte o una perforación. Alguien había intentado legar hasta la arteria femoral de John para matarlo, cortando sobre su ingle. Le recorrió un estremecimiento, porque sabía exactamente quién había sido. Solo había una persona capaz.
Sus dedos se encontraron con un nuevo relieve en la piel de John, casi llegando a la zona del sacro. Sherlock podía intuir las formas arrugadas de una cicatriz no demasiado reciente, casi fundida con la piel. Era a penas perceptible, pero sabía lo que estaba buscando, y lo encontró. Apretó los dientes y retiró la mano suavemente del lugar en cuanto percibió la tensión del cuerpo de John a su lado. Moriarty iba a pagar, por todo eso. Por todo el daño que había causado.
Se encogió, acoplándose a la forma del cuerpo de John, enterrando la cabeza bajo su cuello y aferrándose a su camiseta. Acarició la base de su cuello con la nariz en un intento por tranquilizarle. El brazo se ciñó a su alrededor y le escuchó suspirar. Un suspiro cansado, triste. John movió la cabeza y Sherlock sintió que algo le rozaba el cuero cabelludo, justo en la parte de arriba de la cabeza. Notó los pulmones de John hincharse hasta su límite, su caja torácica expandiéndose contra él antes de relajarse de nuevo y volver a su estado habitual.
—Sherlock...
Si hubiera estado más dormido, a penas lo habría escuchado. El suave susurro adormilado de su nombre, dicho de una manera que le hizo pensar que John había despertado, pero su sorpresa fue mayúscula al comprobar que seguía dormido. Sintió como John se acomodaba y lo abrazaba con fuerza, como si necesitara sostenerse a algo. Él se lo permitió, dejando que sus piernas se entrelazaran y su espalda se curvara para encontrarse con su estómago y pecho.
—Va a estar bien, John —murmuró, acomodando su rostro en el hueco que dejaba su cuello —. Te lo prometo.
—¿Entrenamiento? ¿Qué significa exactamente que tenemos entrenamiento?
Sherlock tomó el papel de las manos de John, metiendo los pies en las deportivas con destreza, sin molestarse a desatarles los cordones. John trató de centrar su vista en otro lugar que no fuera el torso desnudo de Sherlock mientras éste se encorvaba.
—Significa que Irene quiere mantenernos ocupados a modo de castigo —explicó Sherlock. Cuando las zapatillas encajaron en sus talones, se desplazó por el vagón para encontrar una camiseta. John se quedó mirando el techo con aire interesado, intentando que no pareciera que le estaba mirando. Sintió el calor del cuerpo de su compañero en el estómago cuando pasó a su lado para coger una de las lámparas de aceite.
—Espera un momento. ¿Castigo?
—Ajá. Al parecer no estuvo contenta con que fuéramos a ver a Victor ayer e interrogara al Mayor.
John parpadeó, con el ceño fruncido, bajando la mirada al suelo y cruzándose de brazos.
—Ah… bueno. No fueron sus órdenes, después de todo. De ser ella habría hecho lo mismo. No deja de ser insubordinación y…
Los pies de Sherlock se detuvieron y se volvieron hacia él. John apretó los labios.
— ¿Te estás poniendo de su parte?
Casi podía saborear el tono de sorpresa y traición en su voz.
—Admite que fue algo precipitado el ir corriendo al tal Victor Trevor en busca de una información que podía no ser cierta, sin informar antes de ello. Si nos hubiera pasado algo, nadie lo habría sabido —explicó, y alzó el rostro para poder mirarle a los ojos. Tuvo buen cuidado de centrar su mirada únicamente en su rostro, no más allá —. Escucha. Sé que quieres ayudar a tu hermano, pero si nos matan en el camino, no conseguiremos nada positivo.
Sherlock gruñó y se apartó de él, agarrando una camiseta marrón del suelo y pasándosela por la cabeza.
John suspiró, aliviado, pero mantuvo los brazos cruzados. Esa mañana había despertado con Sherlock enredado en él bajo las mantas, ambos firmemente abrazados. Había sido la noche más agradable que John había tenido jamás. Se había sentido muy seguro y en calma con la presencia de Sherlock a su lado. No podría explicar por qué. Aún si había sido consciente de una pesadilla empezando a formarse en algún punto de la noche, recuerdos entremezclados de Jim. Pero se disolvieron rápidamente. Nunca le había pasado algo así. Se sentía descansado. Repuesto.
Abrir los ojos y ver a Sherlock adormilado, agarrado a él como un niño contra su pecho, había despertado algo en él. Algo cálido y fuerte. Algo que había comenzado con Molly Hooper, pero no con tanta intensidad.
No sabía como manejar todo eso. Eran demasiados sentimientos a la vez que nunca había experimentado.
—Odio cuando tienes razón —contestó, pasándose las manos por el pelo aplastado por el sueño. John apretó los labios para no sonreír. Sherlock se veía terriblemente adorable recién levantado, todo desordenado y desubicado. Tiró el papel sobre la cama y señaló la puerta del vagón con las manos —. Las damas primero.
Puso los ojos en blanco y se acercó a la puerta, antes de que un pensamiento le asaltara de repente. Se volvió hacia Sherlock, que estaba esperando a que cruzara la puerta del vagón, aún cerrada, para poder apagar la lámpara. Le tomó con suavidad del brazo, obligándole a mirarle. John buscó sus ojos.
— ¿Estamos bien? Quiero decir… No me gustaría que lo de ayer…
Sherlock suavizó su expresión de forma leve, pero John estaba mirado y pudo apreciar el sutil cambio en su expresión. Asintió.
—Estamos bien.
John asintió también, más relajado. Vio uno de los rizos de Sherlock sobresalir en punta desde su pelo y se acercó para colocarlo de nuevo en su sitio, alzándose en las puntas de sus pies. Sus dedos se enredaron en él cuando movió la mano para encajarlo junto al resto, y oyó a Sherlock tomar aire y retenerlo, un sonido ligero, tan suave que creyó que lo había imaginado. Cuando se apartó un poco para observarle, se dio cuenta de que le estaba mirando fijamente, y la llama de la lámpara de aceite que aún sostenía en su mano se reflejaba en sus ojos, de un azul imposible que parecía plata cubierta de óxido. Sus mejillas estaban sonrosadas, algo que encontró adorable, y sus labios entreabiertos para respirar. John podía notar su aliento cálido en la cara. No tenía el mejor olor pero, sinceramente, acababan de despertar. De todos modos, no podía pedirle más a la vida, y no era lo peor que su nariz había tenido el placer de percibir.
Se alzó ligeramente y rozó sus labios, cerrando los ojos. Mentiría si dijera que no le encantaba la sensación casi electrizante que le producía besar a Sherlock. La tarde anterior lo había descubierto, y no tenía pensado dejar de hacerlo en un futuro cercano. Eran como terciopelo, suaves y blandos. Y a penas fue una presión, un roce entre ambos antes de que se separara. para su entera satisfacción, vio que tenía los ojos cerrados y las cejas arqueadas en una expresión de sorpresa, congelado en la misma posición que John lo había dejado, con la pequeña diferencia de que estaba ligeramente encorvado. John sonrió ampliamente. Parecía como si su cerebro hubiera cortocircuitado de repente.
—Deberíamos irnos —murmuró Sherlock, aún sin abrir los ojos ni cambiar de postura. John no pudo evitar besarle de nuevo, con su sonrisa aún en los labios.
—Vamos —dijo, tomándole de la mano y arrastrándole fuera del vagón.
Sherlock dejó la lámpara de aceite sobre su escritorio, girando la rueda al pasar para apagarla antes de cruzar la puerta en dirección al andén. Cerró la puerta con el pie mientras John le arrastraba hacia uno de los pasillos bajo la mirada curiosa y poco discreta del grupo que hacía guardia. Sherlock se encontró sonriendo estúpidamente, y cerró los dedos alrededor de la mano de John antes de acelerar para ponerse a su altura y guiarle hacia las instalaciones donde se hacían los entrenamientos.
El camino no era largo, y serpenteaba por los viejos túneles de servicio del metro, así que llegaron justo a tiempo de ver a Mary entrar en la habitación. había tres personas más con ellos, con pistolas en las manos y un par de porras. Mary vestía el traje de misiones, un viejo uniforme del ejército británico. Sherlock recordó a Lestrade diciéndole que habían sido parte del material conseguido en un ataque a gran escala en los primeros días del estado de sitio. Actualmente, los uniformes estaban desactualizados, y las armas viejas, pero seguían cumpliendo su cometido, y eso era todo lo que importaba por el momento.
Llevaban más de siete años viviendo en esas condiciones. Sherlock esperaba que no pasara mucho más para que terminara. Vio a Mary asentir en su dirección en una aprobación silenciosa, arqueando una ceja ante sus manos unidas pero no haciendo ningún comentario al respecto. Con las manos tras la espalda, se quedó quieta en la entrada, su Búho real posándose sobre su hombro, aleteando una vez antes de plegar las alas.
Los presentes en la sala se cuadraron, poniéndose firmes, y John hizo lo mismo de manera instintiva, soltando la mano de Sherlock. Éste último puso los ojos en blanco antes de hacer lo mismo con cierta vagancia, como si no le viera el punto. John chasqueó la lengua, mirando a Mary fijamente. Los otros avatares se pusieron firmes también, sentándose. Había un perezoso, un ciervo cuya cornamenta se extendía en intrincados patrones fantasiosos más allá de la pared, y una pequeña ardilla de cola peluda, similar a las ardillas que John había visto a veces en Hyde Park. En ese momento echó de menos a Garm, y se preguntó dónde estaría. Ni siquiera sabía si después de desaparecer, un avatar podía seguir existiendo. Técnicamente, nunca estuvieron vivos, así que en realidad no podían morir, pero…
—Descansen —dijo Mary, y todos relajaron el cuerpo, desplazándose hasta una posición más cómoda. Sherlock suspiró de manera audible a su lado, un sonido tan parecido a un bufido que casi hizo a John reír —. Todos los que están aquí van a recibir un entrenamiento extra antes de partir a una nueva misión cuyos detalles les serán comunicados esta tarde. No tenemos el tiempo que nos gustaría para poder formarles, y es de vital importancia que se haga con éxito. Han sido seleccionados por sus aptitudes demostradas con anterioridad en otras misiones. Si están aquí ahora, es porque creemos que son los más capaces de cumplir y volver a casa con vida.
—Permiso para hablar, General Morstan.
John miró al distópico con la ardilla, que se había puesto en posición de firmes. Mary le miró y arqueó una ceja.
—Concedido.
—Con todo el respeto, General, pero los aquí presentes ya disponemos de un amplio conocimiento de combate.
Mary asintió.
—Contamos con eso, cadete Anderson. No obstante, no es entrenamiento de combate el que van a recibir. Al terminar el día, deberían ser capaces de manejar componentes electrónicos como si hubieran nacido con uno pegado al pecho. Se les proporcionaran elementos como dispositivos de pulsos electromagnéticos, androides de control remoto y tásers, entre otros. Lo primordial es que entre ustedes haya un experto en desactivación y manipulación de sistemas eléctricos. La Teniente es nuestra mejor experta en el tema, pero contar con un solo especialista no es una opción para esta misión. Bien, dicho esto, les dejo a su cargo. Al finalizar la sesión se les proporcionará a todos información a cerca de la misión y su inicio. Esta tarde tendrá lugar una reunión con todo el equipo implicado en la Sala de Juntas.
John frunció el ceño. Si esperaban sacar de entre ellos, un experto en alguna cosa relacionada con la tecnología, desde luego, no lo encontrarían en él.
El distópico del ciervo se volvió hacia ellos, retrocediendo unos pasos para quedar encarada con ellos. John vio que era una mujer, con el cabello recogido bajo una gorra inglesa. Llevaba el uniforme reglamentario de camuflaje, y tenía un extraño dispositivo prendido en el bolsillo del pecho. A John le pareció un contador Geiger, pero no había modo alguno en que eso pudiera tener sentido.
La Teniente tenía una cicatriz que le cruzaba el ojo izquierdo, y otra más pequeña en los labios. Se llevó a las manos a la espalda, y arrastró una caja hasta el centro de la habitación. Abrió el cerrojo de una patada y abrió la tapa.
—Muy bien, brigada. Me llamo Teniente Anthea. Para ser realistas, la General Morstan es demasiado optimista en lo que respecta a este entrenamiento. La tecnología del nivel que necesitamos no puede ser aprendida en un día, y mucho menos dominada en unas horas, de modo que voy a permitirme hacer una rápida selección de aquellos de vosotros cuatro que tengan una idea de lo que vamos a tratar —dijo. El ciervo bufó por las napias y les observó a todos, moviendo la cabeza y los enromes cuernos —. Quiero que intenten identificar los elementos que hay dentro de la caja.
John achinó los ojos, mirando atentamente. Sherlock parecía estar extremadamente aburrido y se cruzó de brazos. El distópico con el perezoso se giró para mirarla, inclinándose sobre la caja para poder examinar su contenido.
—Eso es un Transformador de emplazamiento de seguridad Carroll & Meynell de una fase —dijo, señalando una caja amarilla con un cable acoplado. John se dio cuenta de que era una mujer, con el pelo oscuro recortado. llevaba un traje de mantenimiento manchado de aceite —. Eso es un detector láser, y junto a la placa base hay un cable de fibra óptica y un receptor Broadcom. El resto es chatarra.
La Teniente Anthea pareció positivamente impresionada.
—Excelente dominio...
—… Cabo Janine Hawkins, Teniente —saludó ella, con las manos es las caderas —. Cuando no hay reconocimientos, me encargo de que nada se prenda fuego en el metro. He visto circuitería antes, y he trabajado en el sistema eléctrico de la base un par de años.
La Teniente pareció satisfecha con eso, asintiendo y cerrando la tapa de la caja.
—Bien, ya tenemos a nuestro experto número dos. Ahora, los demás, tomad las armas del baúl y empezad a entrenar. Un táser no funciona exactamente igual que una pistola normal, y si alguien necesita refuerzo en combate, este es un buen momento para ponerse a ello. Hay munición de pintura en los estuches con la etiqueta morada.
John parpadeó, sorprendido de que no hubiera gritos, ni demandas, ni de que nadie estuviera controlando las actividades de los demás una vez la Teniente se centró única y exclusivamente en sentarse en el suelo con Janine y observar como montaba unos cables en lo que John vio que había identificado como una placa base. Se giró para mirar a Sherlock, que tenía una expresión plana.
—Muy bien… ¿Sabes disparar?
Sherlock desvió su mirada hacia él.
—Pues claro que sé disparar, John —replicó, casi ofendido.
—No me refiero a disparar por disparar. Me refiero a algo serio. Manejar más de un arma. Un táser, un revólver, una Glock, fusiles de asalto…
—Descubrirás que aprendo rápido y soy bastante versátil. Quizá no sea un experto, pero me defiendo.
John asintió, acercándose al baúl y tomando una pistola de balas de pintura del baúl. Era una copia de una Sig Sauer reglamentaria adaptada a munición de pintura. Cargó un par de balas y se la tendió.
—Cógela. Quiero ver tu técnica.
—Aburrido.
Sherlock tomó la pistola, poniendo los ojos en blanco. Era más ligera de lo que estaba acostumbrado, y no era su arma favorita, precisamente. Sherlock había recibido clases de boxeo por parte de Greg cuando era más joven a modo de autodefensa. Había descubierto una cierta afinidad con los puños americanos. Pero no podía negar que una pistola ofrecía la ventaja táctica de la distancia y el sigilo, si además contabas con un silenciador. La práctica que tenía había sido con la pequeña semi automática de bolsillo de Mycroft, y la escopeta que tenían escondida en casa.
—No estás colocando bien las manos. Vas a hacerte daño con el retroceso cuando cojas una de verdad —explicó. Se colocó detrás de él, con los brazos rodeándole hasta que sus manos se posaron sobre las de Sherlock. Fue un poco complicado coordinarse. Los dedos de él eran más largos y finos que los suyos, pero parecía tener cayos antiguos también, lo que facilitaba el trabajo manual y lo reducía casi a la mitad. Sintió su cuerpo tensarse ante su cercanía, y acarició sutilmente el dorso de su mano en un intento por relajarlo —. Debes estar suelto. Sujeta con fuerza el mango con tu mano dominante. Debes estar cien por cien seguro de que no se resbalará. A veces las manos sudan. Sécalas antes de usar un arma. Es casi la regla número uno. Y por Dios Santo, no la cargues mientras apuntas hacia abajo. Si queda una bala y se dispara, podrías acertarte en un pie o hacer que rebotara. Siempre mirando al blanco.
Sherlock podía notar su corazón latiendo rápidamente en su pecho, golpeando contra su caja torácica como si quisiera romperla y escapar. Podía notar el calor que desprendía el cuerpo de John a través de la tela. Cómo debía ponerse de puntillas para poder mirar por encima de su hombro. De pronto, todo el asunto del entrenamiento se había vuelto no-aburrido, y no podía estarle más agradecido a Irene por el castigo.
Hizo lo que John le ordenó, y se quedó sin respiración cuando sintió sus manos en sus caderas, dos puntos de calor inesperados que le instaban a mover el cuerpo. Se dejó hacer, imaginándose que era una masa de arcilla en un torno y John el alfarero que la estaba modelando para crear algo hermoso.
—Debes separar un poco los pies para estabilizarte. Flexionar un poco las rodillas... Eso es. Ahora estabiliza la pistola con la otra mano, apunta a aquella lata. Cuando lo tengas, dispara. Acompaña el movimiento de la pistola con las manos cuando retroceda, y recarga. Tienes que ser rápido. La lata no te va a devolver el disparo, pero los puros lo harán y estarás en desventaja.
Sherlock tomó aire, con las manos de John todavía en sus caderas, su aliento haciendo su oreja hormiguear. Esto era lo más cerca que había estado con una persona que realmente le atrajera en público, y era la sensación más extraña y placentera que había sentido jamás. La tentación, el sentir la cercanía, la repentina conciencia de la propia existencia en el mundo tan cerca de otro ser, el conocimiento del propio cuerpo y los flujos de información que corrían por la mente de Sherlock a gran velocidad. podía jurar que los pulgares de John estaban acariciando la zona donde su piel se curvaba sobre el hueso ilíaco, sus labios rozando su oreja cuando hablaba, acariciando la piel. Su pecho amoldándose a su espalda, manteniéndose a escaso centímetros el uno del otro, su respiración. El conocimiento tácito de que podría girar la cabeza y besarle en cualquier momento, sin que tuviera tiempo de reaccionar, y el impulso primario y repentino de frotarse contra él como una medida de absorber su olor corporal con la esperanza de hacerlo propio...
… y todo quedó reducido a nada cuando escuchó la voz ronca de John hacer su oído temblar.
—Dispara.
A penas fue consciente del sonido del impacto, concentrado en seguir las instrucciones de John al pie de la letra. Siguió el movimiento del retroceso con la pistola, recargando mientras volvía a la posición de apuntado, compensando el esfuerzo de impulso con los pies y el cuerpo. Parpadeó una vez a tiempo de ver la mancha roja en la lata de cerveza negra, justo en el punto de la i.
Fue vagamente consciente de la mirada apreciativa de Anthea ante su disparo, y de que el cadete Anderson y Janine lo estaban mirando también, antes de volver la vista a la lata, tumbada en el suelo y empezando a rodar, la cerveza derramándose por el cemento.
—Genio, esa era mi cerveza.
Podrías practicar el tiro con tu novio en otra dirección, ¿no crees?
Sherlock parpadeó y bajó la pistola, accionando el seguro.
—Vuelve a tus obligaciones, cadete —respondió, agudo.
John sonrió, apartándose ligeramente de él. Desconocía el papel de Sherlock en la resistencia, pero debía tener un rango bastante alto si se ponía a discutir con la tétrada tan a menudo y tenía su propio vagón laboratorio. Se preguntó, internamente, si le permitirían conservar su rango de Capitán, aunque imaginaba que no.
—¿Bajo que autoridad? Esa era mi cerveza.
Sherlock bufó.
—Bajo la autoridad del Coronel Holmes, cadete Anderson. Vuelva al entrenamiento. ¿Suficientemente claro, o debo repetirme?
Se le hizo un nudo en el estómago al escuchar la dura voz de Sherlock, pero no era un nudo desagradable... No del todo, por lo menos. No estaba seguro de que quisiera que empleara ese tono con él, demandando mando y control, pero no podía negar que era impresionante. Coronel… Sherlock tenía más rango que él. Sherlock, ese hombre imposible que parecía tan inocente era, de hecho, su superior a efectos prácticos. John no supo si reír o empezar a plantearse el código disciplinario del ejército. Aunque claro, no eran un ejército propiamente dicho, y los rangos eran meramente clasificatorios...
Anderson se había puesto firme, aunque en su rostro se apreciaba una cierta expresión de disconformidad.
—Señor, sí señor.
El cadete volvió a sus tareas, intentando entender el funcionamiento del láser que tenía en las manos y maldiciendo por lo bajo su cerveza perdida mientras dirigía miradas furtivas a ambos. John sonrió.
—Bien hecho, Coronel —, susurró. Sherlock se giró para mirarle, y al verle con las mejillas sonrojadas, no pudo evitar alzarse para depositar un beso en una de ellas, lo que hizo que el rubor aumentara. John le quitó la pistola y la dejó a un lado mientras se colocaba en posición defensiva delante de él, con las manos hacia delante, las palmas hacia él, las piernas separadas y flexionadas —. Veamos que tal se le da el cuerpo a cuerpo, mi Coronel.
Sherlock sonrió, se arremango e imitó su postura delante de él.
—Por fin algo de diversión, Watson. —dijo, y le guiñó un ojo — ¿Al mejor de tres?
—Eso suena a un plan.
