Después de que Anthea diera por terminado el entrenamiento, y que tanto John como Sherlock terminaran sudando como si estuvieran en pleno Sahara, el grupo de descompuso y cada uno volvió a sus tareas. Sherlock se pasó una mano por la frente, gimiendo por el dolor en su costado donde John había roto eficientemente su defensa y le había golpeado. No le había dado con tanta fuerza como para causarle un daño real, pero de todas formas tendría un bonito cardenal para recordarle el momento. Al menos durante las próximas semanas.

— ¿Qué tienes en tu horario ahora?

John se pasó los dedos por la boca para limpiar el agua que estaba bebiendo, y sacó el papel doblado en su bolsillo del pantalón.

—Eh... Cocina — respondió en un acto reflejo, leyendo en voz alta. Luego frunció el ceño, volviendo a leer, por si acaso se hubiera equivocado — ¿Cocina? ¿Tú también tienes cocina?

Sherlock puso los ojos en blanco y extendió una mano en su dirección. John le tendió el papel y él lo ojeó, chasqueando la lengua, antes de devolvérselo.

—Son todas actividades comunitarias de bajo nivel, ninguna patrulla. Me lo imaginaba —le devolvió el horario y se enderezó, con las manos en la espalda, estirándose —. Irene quiere tenerte controlado... Y lejos de mí, aparentemente.

Eso no le sorprendía del todo. Irene no se fiaba un pelo de John, y ya se había encargado de hacérselo saber a Sherlock de todas las maneras posibles. No obstante, el que comprendiera las precauciones que estaba tomando no las hacía menos molestas.

Quería pasar tiempo con John. Y él sabía que no era ningún espía, no necesitaba un cónclave o un examen psiquiátrico para saberlo. John volvió a doblar el horario cuidadosamente, siguiendo las marcas de las primeras dobleces, antes de metérselo en el bolsillo del pantalón de nuevo.

—No recordaba que la tétrada se lo tomara tan en serio. Cuando estuve aquí, nadie separaba a nadie...

—No se trata de una medida regular. Que yo sepa, no se ha aplicado nunca. Es solo que Irene no siente una especial simpatía hacia ti en particular. Solo trata de mantenerme a salvo.

John arqueó una ceja, encaminándose hacia dónde él creía recordar que se encontraba la cocina común.

—¿Protegerte de tu alma gemela? Eso suena un poco descabellado, ¿no crees?

—A mí no tienes que convencerme, John.

—¿Pero a ella sí?

El tono cortante de su compañero hizo que Sherlock se girara para mirarlo, con las cejas arqueadas en un gesto de sincera sorpresa. Parpadeó una, dos y tres veces, hasta decidirse por las palabras adecuadas.

—No. A ella tampoco —dijo finalmente, y John apreció cierto tono de comprensión en su voz que hizo que se preguntara si Sherlock llevaba dándole vueltas al asunto desde aquella primera reunión con la tétrada. Quizá incluso desde antes —. No debes demostrarle nada a nadie que no seas tú mismo. Son lentos, no completamente estúpidos. Ven pero no observan. Con el tiempo, aprenderán.

— ¿Qué no soy una amenaza?

—No. Sherlock no parecía querer añadir nada más, pero tampoco daba la sensación de que la frase estuviera completa. Sintió sus largos dedos de pianista asir su brazo para redirigirle por una de las escaleras de servicio de la derecha, y se dejó arrastrar, llegando hasta donde el bullicio de la gente en el comedor le esperaba. Sherlock le giró y depositó un suave beso sobre su frente, a penas un roce de labios.

—Que eres John Watson.

Lo dijo como si fuera algo que tuviera que explicarse por sí solo, aunque eso solo hizo que en la cabeza de John se generaran más preguntas que respuestas.

John miró a la gente comiendo tras ellos. Sherlock bloqueaba su vista con el hombro, pero si giraba un poco la cabeza podía ver la cantina, donde se servían las raciones a los miembros de la resistencia. Uno a uno, todos y cada uno de ellos recibían su ración y comían. La cola nunca estaba vacía, como tampoco lo estaban las mesas. Los turnos de noche descansaban mientras los de día hacían las tareas y las rondas, las rotaciones nunca se detenían. Las pausas para comer de un grupo coincidían con el relevo de otro que ya había comido o que estaba por comer. Las pausas no excedían los tres cuartos de hora. Lo justo para recobrar fuerzas y seguir trabajando.

De ser más miembros, probablemente se habrían podido alargar. Recordaba la sensación de sentarse en una de las mesas, con la escasa pero justa ración de comida insípida que se servía, disfrutando de los escasos momentos de paz en los que hacía vida con su unidad y se podía imaginar, por unos cortos instantes, que solo eran unos amigos en la pausa del trabajo. Hablando de cómo había ido el día y de los planes para el fin de semana.

John nunca había experimentado algo así, pero por lo poco que recordaba haber visto en las películas, parecía lo más lógico. Quizá era lo que los puros hacían en la ciudad, al otro lado, donde estaban seguros y tenían una vida por delante. Parpadeó, sabiendo que era extraño que encontrara tan reconfortante la visión de la gente comiendo apresuradamente, en un murmullo constante de conversaciones en voz baja. El olor de una comida que sabía a plástico, y la sensación siempre tensa en los músculos del cuerpo de que en cualquier momento podía empezar un tiroteo, o una bomba podía estallar y enterrarlos allí mismo.

No obstante, eso era su vida. Eso era lo único que había conocido fuera de Buckingham. Eso era lo que consideraba seguro. Un hogar.

—Vendré a buscarte para comer.

John volvió a la realidad cuando sintió la mano de Sherlock apretando la suya, su voz sacándole de su ensoñación. No le gustaba para nada la idea de que tuvieran que separarse. Aunque solo fuera por cumplir las tareas asignadas.

Una parte de él sabía que todo aquello era demasiado bueno para ser cierto. Nunca había tenido nada bueno en su vida. Y cuando había pasado, se lo habían arrancado de las manos sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Temía que con Sherlock fuera a pasar lo mismo. En cualquier momento desaparecería de su vida, y todo sería peor de nuevo.

—¿A dónde vas tú?

Sherlock fingió ignorar el tono disimuladamente ansioso de John al preguntar por su destino, y agitó la mano en el aire, haciendo una mueca aburrida.

—Estaré en el vagón, trabajando. La revolución no va a ganarse sola —contestó, y le guiñó un ojo. Apretó su mano con suavidad una vez más, y sonrió, inclinándose para besarle. Los ojos de John se cerraron, su cuerpo ablandándose, relajándose. La tensión desapareció, sometiéndose a su toque, y luego sus labios desaparecieron, deslizándose suavemente fuera de los suyos —. Te veré en un par de horas.


—¡Mierda!

La explosión de uno de los químicos con los que estaba trabajando hizo que uno de los papeles en el corcho se prendiera fuego. Se apresuró a palmearlo con las manos en un intento desesperado por apagarlo, antes de correr a por el extintor en el otro lado del vagón. Un par de cabezas y armas asomaron a la puerta mientras dirigía la manguera contra el fuego. Los soldados —alarmados por el ruido—, suspiraron aliviados al comprobar que no era nada, abandonaron el vagón en silencio y cerrando la puerta tras ellos.

Sherlock dejó el extintor sobre su cama, tirándose del pelo y maldiciendo. Era la tercera vez que el reactivo explotaba, y ya había regulado la dosis más de una vez. No tenía ningún sentido. Hacer que algo estallara no debía ser tan difícil, ¿cierto? Lo había hecho antes. Debería poder hacerlo de nuevo.

Debería estar trabajando en el veneno, en lugar de en las bombas.

Tenían artificieros, gente mejor preparada que él, para hacer esas cosas.

De hecho, iba a ponerse a trabajar con el veneno.

Arrancó del corcho el papel con la fórmula de la muestra positiva en las ranas de la semana anterior, y se propuso revisarla antes de volver a crear la muestra. Lestrade le había dejado un mensaje informándole de que tenían a un prisionero listo para ser infectado con el veneno. Sherlock había anunciado ante la tétrada que tenía un compuesto con una probabilidad muy alta de ser lo que estaban buscando, pero que para estar seguro debía hacer una prueba en humanos.

—Necesito saber cómo va a reaccionar contra las defensas de un huésped humano sano. En teoría debería resultar letal sin importar a quién o a qué se le administre, pero preferiría estar seguro al cien por cien.

Bradstreet había mirado a Lestrade y a Mary, sopesando las posibilidades. Irene se había mesado la barbilla, con la vista perdida en algún punto en el espacio entre ella y Sherlock, valorando. Lestrade se había cruzado de brazos, asintiendo con la mandíbula apretada, y Mary suspiró mientras inclinaba la cabeza en un sí silencioso. La mirada del ex inspector se dirigió a Irene. La mujer pareció reaccionar cuando Kuma se sentó sobre sus pies, alzando la cabeza para mirarla con un suave ronroneo. Los avatares de los tres miembros restantes parecían nerviosos, como si de algún modo compartieran el dilema moral con sus dueños. Todos excepto Brigada, que como era habitual, seguía desaparecida y vagando. Irene asintió firmemente, sin vacilación.

—Conseguiremos un rehén con el que puedas hacer la prueba, Sherlock. Pero asegúrate de que el compuesto está listo antes de usarlo. Corremos un gran riesgo trayendo a un hombre de Moriarty hasta aquí, aún si es para matarlo. No habrá un segundo—dijo Bradstreet finalmente.

El día que John llegó a La Leonera, también lo hizo su conejillo de indias.

Por motivos de seguridad, habían mantenido al prisionero cegado y aislado en una antigua comisaría de Yard. Un equipo custodiaba las instalaciones de manera permanente desde entonces, asegurándose de que nada ni nadie traspasara sus puertas.

Sherlock terminó de revisar las fórmulas, y empezó a replicar el compuesto. Chasqueó la lengua cuando descubrió que ya no quedaba demasiado del veneno de pez globo que estaba utilizando para sintetizar todo aquello. Si tenían suerte y todo salía bien a la primera, aquello no supondría un gran problema.

Mientras esperaba a que la mezcla hiciera su efecto —al calor del fuego en uno de los vasos de precipitado—, se tomó la libertad de consultar la hora en su reloj. No faltaba demasiado para que John terminara su turno en las cocinas. Se mordió las uñas, mirando los guantes de látex que acababa de tirar a la basura, y frunció el ceño. Podía comer con John y después ir a hacer la prueba. De todas formas, le interesaba su consejo para completar el veneno. No es que John tuviera mucha idea de medicina, de todas formas. Según tenía entendido, había estado más ocupado con un arma que en un puesto de enfermería. Quizá hacía años que John no hacía nada remotamente sanitario. Quizá incluso ni siquiera tenía conocimientos de medicina tan relevantes como Sherlock creía.

Se pasó las manos por el pelo, cerrando los ojos. De pronto, acababa de darse cuenta de un detalle muy importante.

Una vez la guerra acabara... Una vez Moriarty hubiera muerto y la paz volviera a Londres, cuando Gran Bretaña fuera libre de nuevo, ¿qué sería de los rebeldes supervivientes? Aquellos que como Sherlock y John habían nacido en una Inglaterra libre pero habían crecido en la dictadura no estaban muy seguros de qué esperar. No tenían unos estudios. No tenían conocimiento del mundo como un puro lo hacía. Integrarse iba a ser difícil. La vida en el lado puro era abismalmente distinta a la supervivencia de La Leonera. Sherlock lo había notado las primeras semanas que había estado viviendo en su piso franco. Allí no había que ajustar la vida a las horas de luz. Las calles se iluminaban en cuanto el sol se ponía, y no se apagaban hasta el amanecer. A duras penas había patrullas de control en las calles, el tráfico de gente y coches no se detenía en ningún momento, y era difícil escuchar gente gritando en plena noche o día al ser arrancados de su casa. No había disparos ni repartidores de droga ni prostitución masivos como en La Leonera. A Sherlock le había costado tres días encontrar a un camello que le vendiera unos gramos de cocaína la última vez que quiso conseguir un poco.

El modo de vida aprendido en La Leonera no servía en el mundo de ahí fuera. ¿Qué haría él si alguna vez volvía la paz? Además de defensa personal y sus deducciones, no había mucho más que supiera hacer. La ciencia que conocía no era ni siquiera de un nivel relevante, estaba seguro. No habría un trabajo en el que pudiera encajar. Y acceder a unos estudios universitarios sería complicado, aún en el hipotético cas de que consiguiera algo así. Tenía veintisiete años. ¿Qué clase de integración esperaba, de todas formas?

¿Y John? El único lugar en el que podría encajar sería el ejército, pero Sherlock no creía poder soportar verle marchar, y dudaba que John siquiera accediera a ello. ¿Cuántos años tendría John? Sin duda era mayor que él, pero no se había preocupado de saber cuánta era la diferencia de edad entre ellos. Él lo tendría incluso más complicado que él para adaptarse. Aunque hubiera estado siete años en el otro lado, no había disfrutado de las ventajas de ello. Además, Sherlock estaba seguro de que John tenía algún tipo de TEPT, era una respuesta lógica a todo lo que John había tenido que pasar. Quizá debería buscar un especialista con el que hablar. Después, cuando todo acabara.

No se dio cuenta de lo fuerte que estaba apretando los puños hasta que el temporizador sonó y lo sacó de sus pensamientos. Apagó el fuego y dejó enfriar el veneno antes de deslizarlo cuidadosamente por un gotero hasta el vial que tenía reservado para ello. Lo tapó con cuidado de no derramar nada, y se lo guardó en la chaqueta. Volvió a mirar su reloj. Aún faltaban cinco minutos para que John saliera de su turno. Llegaría a tiempo.

Abandonó el vagón, cerrándolo con llave por pura precaución. Con el vial seguro en su bolsillo, caminó por los pasillos hasta el comedor. El olor del rancho era probablemente lo menos atractivo que había olido en mucho tiempo, pero de alguna forma, resultaba reconfortante. Las cosas seguían funcionando. La estabilidad era buena.

Revisó las mesas con la mirada, buscando a John. Se llevó una decepción al no encontrarle todavía. Con una ceja arqueada, tomó una bandeja y se acercó a la barra de servicio. Había cinco distópicos sirviendo comida, y una sonrisa empezó a dibujarse en su rostro cuando identificó al tercer cocinero. Deslizó la bandeja con cierto desinterés por las barras metálicas, paseando los ojos por la comida hasta que llegó a donde estaba John.

Estaba tan absorto en su trabajo que no le vio hasta que Sherlock carraspeó, divertido. John llevaba un delantal blanco lleno de manchas, guantes de látex desechables, y una rejilla para el pelo. Era la viva imagen de un cocinero de escuela.

—Creo que no va a haber muchas propinas hoy.

John alzó la cabeza, desconcertado por el comentario y, con el cucharón en la mano, parpadeó al ver a Sherlock. Éste se rió entre dientes al ver su expresión de sorpresa y desconcierto, hasta que finalmente John pareció conectar los puntos, sonriendo también como si acabaran de darle la mejor noticia del día.

—Se lo comentaré al chef —respondió, agitando el cucharón antes de hundirlo en el puré de verduras y servirle un generoso plato a Sherlock. Luego tomó unas pinzas y le sirvió un muslo de pollo en otro. Le entregó ambos platos y una manzana. Sherlock arqueó las cejas ante la copiosa cantidad de comida, y John frunció el ceño al ver su expresión —. Tienes que comer algo.

—En realidad solo había venido a buscarte.

John puso los brazos en jarras en un gesto universal de desaprobación.

—No pienso permitir que no te alimentes, no en mi presencia. Necesitas comer. Ni siquiera sé cómo te mantienes en pie.

Un carraspeo molesto a su derecha hizo que ambos se movieran para mirar. En los escasos minutos que habían estado hablando, increíblemente, habían generado una cola de molestos e impacientes distópicos. Una nutria les miraba desde el expositor, con la cabeza torcida hacia un lado.

John se apartó de la barra, sacándose el delantal y la rejilla del pelo. Tras él, su sustituto recogió ambos y tomó unos nuevos guantes de la caja. John tiró los suyos y se escurrió por debajo de la barra para quedar a su lado.

—Siéntate en una de las mesas, yo iré ahora —ordenó, y Sherlock puso atisbar un retazo del Capitán John Watson. Ocultó su sonrisa y asintió con la cabeza, deslizándose hasta una de las mesas pequeñas contra la pared.

Observó a John, con las manos apoyadas contra los labios en su posición de pensar. Siguió con la mirada cómo hacía la cola y recogía la comida. Uno de los cocineros —un distópico rollizo, con entradas y síntomas de alopecia al que Sherlock recordaba haber visto alguna vez de guardia en Surrey Quays— le contó un chiste o algo gracioso, porque John se rió. Sherlock vio como el cocinero sonreía y deslizaba una cucharada más de puré de verduras de lo que era reglamentario en el plato de John.

Frunció el ceño, curioso. Eso no era habitual.

Se inclinó un poco, cerniéndose sobre su propia bandeja con el objetivo de ver con mayor claridad en la distancia. Su ceño se hizo más profundo cuando vio la mirada de compasión del cocinero al mirar el cuello aún vendado de John. Era evidente que no había que ser demasiado observador para saber de dónde alguien podía haber sacado unas heridas como las que se ocultaban bajo las vendas del cuello de John.

Sherlock observó al cocinero por entre la gente que hacía cola. Tenía que estar rondando la treintena. Nacido en la Inglaterra libre, entonces. Era el mayor de tres hermanos, a juzgar por su forma de moverse. Buen carácter, si es capaz de mantener o generar humor bajo las circunstancias en las que estaba. No parecía tener dificultad a la hora de relacionarse con sus compañeros, pero había algo en su forma de mirar, en el movimiento de sus manos...

Su ceño se relajó, dejando escapar un aliento en comprensión.

El cocinero tenía una hermana que había escapado de Buckingham, y que había vuelto con un collar de cicatrices alrededor del cuello. Probablemente en algún otro lugar también. Igual que John. Apretó las manos en puños.

—Sherlock, ¿todo bien?

La bandeja de John se posó junto a la suya, y escuchó el raspar de las patas metálicas de la silla contra la baldosa del suelo. John se sentó a su lado y cubrió sus puños con una de sus manos. El tacto cálido de la áspera piel de John contra la suya hizo que se relajara lentamente, sintiendo el escozor allá donde había clavado las uñas en sus palmas.

John le estaba mirando con preocupación reflejada en la mirada. Sherlock sacudió la cabeza, parpadeando, esperando que la rabia que sentía por dentro no se reflejara en su expresión. John no era ni sería nunca el objeto de su cólera, y no consentiría que éste lo pensara ni por un momento.

—Sí. Solo estaba pensando.

John le observó durante unos instantes más antes de apretarle las manos una última vez. Se giró hacia su bandeja, permitiendo que sus rodillas se presionaran juntas bajo la mesa. John tomó una cucharada del puré de verduras, con una mueca apreciativa. Una de las comisuras de Sherlock se alzó ligeramente cuando comenzó a comer como si el puré fuera lo más delicioso que hubiera probado nunca. Se quedó quieto, contemplándole en silencio. Había olvidado por completo la comida delante de él en favor de estudiar como John disfrutaba de algo tan simple.

Al cabo de unas cuantas cucharadas, John frunció el ceño y se detuvo para mirarle de reojo.

—¿Sherlock?

El otro tuvo la decencia de carraspear, centrándose en su propia bandeja, removiendo la pasta verde con la cuchara. Podía notar el calor subiéndole por el cuello directo hacia las mejillas. Agradeció en ese momento el tener el pelo lo suficientemente largo como para taparle los ojos, porque sentía que quería que se lo tragara la tierra.

—Oye, deberías comer algo o enfermarás —ofreció John, suavemente. Parecía genuinamente preocupado.

De pronto, Sherlock se volvió hiperconsciente de sus pequeños brazos, o de su cadera siempre muy marcada. De los pómulos huesudos de su rostro.

—Solo es transporte.

El murmullo azorado casi le pasó desapercibido a John, que tuvo que esforzar el oído para darse cuenta de que Sherlock había dicho algo.

—¿Transporte? Sherlock, tienes que comer...

—Lo único que me importa es mi cerebro, John. Todo lo demás es solo una máquina conveniente.

John parpadeó, incrédulo ante lo que estaba escuchando, y soltó una risita entre dientes. Dejó su cuchara en el plato y se giró para mirarle de frente. Por primera vez en la conversación, reparó en que Sherlock parecía tenso y encogido sobre sí mismo todo lo que podía, con el sucio cabello rizado cayéndole a ambos lados de la cara, cubriéndole el rostro. Se descubrió alzando una mano para apartárselo y metérselo tras la oreja, pero cerró los dedos y dejó el puño apoyado sobre su rodilla. Apretó los labios, mirando como la cuchara de Sherlock daba vueltas alrededor del plato, removiendo la pasta verdosa.

—Seguro que esa brillante excusa te funciona de maravilla con todos, pero no conmigo.

—No sé de qué me sorprende.

Sherlock alzó la cabeza para mirarle, y John se sorprendió de ver nubes rosadas coloreando sus mejillas y la punta de su nariz, contrastando contra el níveo tono de una piel que prácticamente no conocía el cálido beso del sol. La visión lo distrajo repentinamente de la conversación, y parpadeó un par de veces, volviendo en sí.

—Tienes que comer, Sherlock. Incluso los genios tienen que alimentarse alguna vez.

John pondría la mano en el fuego a que el rubor se había intensificado.

—¿Te importaría dejar comportarte como una mamá gallina? Mycroft hace bastante de eso ya —murmuró, aunque no había una molestia real en su voz. Solo incomodidad. John medio sonrió, incapaz de contenerse. Sherlock era como un niño pequeño.

—Oh, pero si adoro ser una mamá gallina —bromeó, ahogando una carcajada. Posó una mano sobre la rodilla de Sherlock, llamando su atención. Sherlock miró la mano de John en su rodilla, y después a John, directo a los ojos —. Por favor. Por mí.

Sherlock se puso todavía más rojo, y giró la cabeza rápidamente. Llenó la cuchara con el puré, y se lo llevó a la boca. John creyó escuchar algo parecido a "Bien, tú ganas" , y volvió a girarse hacia su bandeja, centrándose en su propia comida.

—Menos mal. Estaba a punto de coger la cuchara y alimentarte yo mismo. Dios sabe que lo habría hecho.

Tenía que admitirlo. Ese comentario había sido totalmente innecesario, y su único objetivo había sido aumentar el rubor de Sherlock. Lo adoraba demasiado.

Sonrió al ver como sus mejillas se pintaban de un violento rojo, y decidió que ya había sido suficiente diversión a costa del pobre Sherlock por ese día.

Continuaron comiendo en silencio, con el reconfortante runrún de las charlas de los demás distópicos en el comedor. Un petirrojo pasó por encima de su mesa, planeando a toda prisa por encima de sus platos. Una liebre lo siguió a penas unos instantes después, saltando entre sus pies. Ambos alzaron la mirada, siguiendo la ruta de ambos animales en dirección a la barra de servicio. Una chica apareció derrapando por el pasillo del otro lado del comedor, con el cabello pelirrojo disparado en rizos salvajes. Tenía la cara sucia de tierra y sangre seca, y llevaba un fusil de asalto colgado de un brazo. John parpadeó, sin perderla de vista. El comedor se quedó en silencio repentinamente, y cuando la chica tiró el fusil al suelo y echó a correr hacia donde la liebre y el petirrojo habían desaparecido.

El cocinero con el que John había estado hablando antes de marcharse a la mesa, se sacó el delantal a toda prisa, como si le quemara. Salió de detrás de la barra y apareció en el pasillo principal justo a tiempo de recoger a la chica. Parecía un saltamontes, subiéndose de un salto sobre el hombre, rodeándole con brazos y piernas. Sherlock observó como el petirrojo se desvaneció mientras daba una vuelta de planeo sobre ambos, y la liebre giró las orejas antes de desaparecer por completo.

De pronto, el comedor se convirtió en un revoltijo de aplausos, silbidos y jaleos. Algunos, como el grupo que tenían sentado en la mesa de detrás, golpeaban la mesa con las bandejas. Otros se limitaban a levantarse y silbar. Los amigos del cocinero se levantaron para palmearle el hombro, pero se quedaron a un lado cuando la cabo (John acababa de ver su rango en la manga de su chaqueta) tiró de su camisa para besarle efusivamente. El hombre parecía tan sorprendido por ello que se quedó paralizado un momento, pero enseguida pareció adaptarse gustosamente a la situación. John sintió como sus orejas ardían, pero no desvió la mirada. El jaleo se había intensificado con el beso, y el grupito de amigos había hecho un corralito de comentarios y risas alegres tras ellos.

John dio un bote en su asiento cuando sintió algo tocarle la mano, concentrado como estaba en la escena que se sucedía ante sus ojos. Nunca había visto algo así en Buckingham. Tampoco era como si el lugar fuera el más apropiado para ello, tampoco. En sus años en la resistencia tampoco había tenido el placer de presenciar algo así. La mayoría de sus conocidos eran distópicos cuyas parejas habían muerto, u otros que seguían buscando sin éxito.

Miró abajo cuando vio movimiento a su lado por el rabillo del ojo, y se dio cuenta de que Sherlock había intentado cogerle de la mano. John se apresuró a mover la suya antes de que fuera demasiado tarde, y consiguió enganchar su meñique con el de Sherlock, sin perder de vista a la pareja. La mano de Sherlock se detuvo y John contuvo el aliento inconscientemente.

Qué has hecho, Watson. Ya la has liado. Probablemente crea que no quieres que te toque, pensó, apretando los dientes. Estúpido. Qué estúpido.

Vio como ambos se separaban y el cocinero miraba a la chica, observándola con detalle por primera vez, con una expresión maravillada. Parecía estar mirando una joya. John se preguntó si esa era la cara que tenían todos. Se preguntó si esa había sido su cara cuando vio a Sherlock por primera vez en esa habitación de hospital, y su cara se calentó. Siguió esperando una respuesta de Sherlock, notando cada latido de su corazón en las sienes.

La chica se separó un poco y movió las manos, haciendo florituras con ellas... No. Haciendo signos.

Era sorda.

El cocinero esperó, y luego movió las manos torpemente, como si no estuviera muy seguro de cómo hacer determinadas palabras con las manos. La chica se rió y le cogió las manos, besándolas con cuidado para después limpiar la suciedad que le había dejado en las mejillas.

El meñique de Sherlock apretó el suyo, cerrándose sobre él en un firme agarre, y John, recuperando el aliento, sonrió.


Al final pasaron toda la hora de la comida tranquilamente sentados en su mesa, delante de las bandejas. Masticaban tranquilamente, con los dedos aún sujetos, hablando. John había descubierto que Sherlock era ambidiestro, y Sherlock que John, tal y como dedujo la primera vez que le vio, sí tenía una familia. Una hermana y su madre, ambas puras.

Harriet y Enora Watson habían escapado junto con John cuando empezaron a capturar a distópicos en las casas. John había querido sacarlas de la ciudad, marcharse a Stirling, con la familia de su padre, donde al parecer las cosas estaban más calmadas. Además, desde allí sería más fácil que en Londres huir en barco si todo se iba al garete. O eso había pensado. Subieron al primer tren que dejó la ciudad y, camuflados entre la multitud, consiguieron dejar la ciudad atrás.

—Las dejé con mi tía y me marché. Al parecer la caza de distópicos había empezado en todas partes, masivamente. Algunas poblaciones seguían resistiendo como podían, pero eventualmente todas se volvieron más o menos hostiles. No estaban a salvo mientras yo estuviera con ellas.

—Fue entonces cuando volviste a Londres.

—Fue entonces cuando volví a Londres —confirmó John, pinchando un trozo de pollo con el tenedor —. Luego me uní a los rebeldes. Y después me capturaron.

John pensó que después de eso se haría un silencio incómodo. Parecía que Sherlock quería hablar del tema tanto como él. Pero eso no pasó.

—¿Por qué volviste? Podías haberte quedado en escocia, lejos de la zona cero. Otros habrían matado por estar en tu lugar —preguntó Sherlock, jugando con su manzana. Él hacía rato que había terminado de comer, escuchando a John, pero la fruta no parecía ser santo de su devoción.

—Tenía que volver. Algo me decía que si me quedaba en Stirling nunca encontraría lo que estaba buscando —John apretó su dedo sobre el de Sherlock, sonriendo suavemente —. Además, quería ayudar. No podía simplemente quedarme al margen —Sherlock asintió, como si en el fondo ya se lo esperara. John apartó el pollo y cogió su manzana — ¿Y tú cómo acabaste aquí?

Sherlock carraspeó.

—La verdad es que solo llevo un año trabajando para la Resistencia.

John arqueó las cejas pero no dijo nada, esperando. Había tenido la sensación de que Sherlock llevaba mucho más tiempo en ello, pero al parecer se equivocaba. Sherlock parecía algo... ¿incómodo? ¿Avergonzado?

—Cuidaba de un niño. El niño terminó muriendo en Buckingham, y después empecé a buscarte. Por aquí, por el lado puro. Por todas partes. En una de las rondas de vacunación, el médico me dijo que había visto un lobo en Buckingham y que estaba con Moriarty... Era un amigo mío y bueno, sabía lo que estaba buscando...

John se tensó sin darse cuenta, tratando de obligarse a relajarse. Sherlock prosiguió.

—Me volví loco después de eso. Envié cartas, pruebas, empecé a planificar. Toda mi obsesión durante un año fue matar a Moriarty y sacarte de allí. Pero todo parecía retrasarse, no me dejaban avanzar... Confieso que en las últimas semanas había empezado a perder la esperanza. Y luego te sentí morir, el día de la explosión de la muralla... Debí haber previsto que estarías allí. Debí haberlo pensado. Pensé... Pensé que yo...

Creyó que una detonación me había matado. Oh, Sherlock.

El rictus de dolor en la cara de Sherlock hizo que a John le recorriera un escalofrío. Quizá no había visto muchos encuentros entre almas gemelas en Buckingham, pero lo que sí había tenido la desgracia de presenciar, era a distópicos perdiendo a su alma gemela. El dolor que experimentaban cuando el vínculo se rompía, la pérdida. Nunca hubiera querido que Sherlock tuviera que experimentar una cosa así. Apretó su mano, soltando su meñique y entrelazando sus dedos sobre la mesa.

—Lo siento.

Sherlock suspiró y apretó su mano en respuesta.

—No es culpa tuya.

John le sonrió, un sonrisa triste, y le dio la vuelta a la manzana, mirando como reflejaba la piel la luz de los alójenos.

Sabía que había algo más que preocupaba a Sherlock. No dudaba que él hubiera sido lo que le espoleara para unirse y colaborar con la Resistencia, pero no podía ser lo único que hubiera hecho que se lo planteara.

—Tú hermano... Le sacaremos de allí también, Sherlock. Liberaremos a los distópicos de Baskerville, y luego lo sacaremos.

Él apretó los labios, sin parecer muy convencido por las palabras de John. Cogió la manzana y se la acercó a la boca.

—Esperemos seguir vivos para entonces —murmuró, dándole un mordisco.