Los dos frentes abiertos
El traqueteo del vagón de carga del tren podía oírse a través de las paredes de metal. Hacía un par de horas que estaban en ruta hacia Baskerville, el reducido equipo para la misión lo más cómodo posible, preparándose para el asalto.
Habían conseguido colarse en un tren de mercancías que pasaba cerca de la zona del centro, lo suficiente como para que pudieran abandonar el tren antes de que llegara a una estación, y antes de ser descubiertos. Después avanzarían campo a través hasta adoptar sus posiciones. Además, cubría la distancia entre ambos puntos en la mitad de tiempo que el tren que John ya conocía. Supuso que ciertas reservas para Baskerville eran demasiado... urgentes.
Hacía años que John no se ponía un equipo de los rebeldes para una misión. Demasiado tiempo.
Le habían dado un SA80 británico con silenciador (los únicos que habían encontrado, junto con munición incautada de un búnker antiaéreo antiguo), y el peso familiar del arma le resultaba reconfortante y ayudaba a que pudiera relajarse al menos un poco. Se había quedado sentado en una esquina, con los hombros firmes y las manos seguras sobre el arma, preparadas para disparar en cualquier momento, llegado el caso. Sherlock estaba a su lado, perdido en sus pensamientos. Tenía las piernas dobladas en la posición del loto, la rodilla tocando su pantorrilla. Su fusil descansaba entre sus piernas, con el seguro colocado, y la mochila con sus artilugios a su espalda.
Tras una discusión acalorada, Sherlock había cedido a las peticiones de John y había accedido a ponerse un chaleco antibalas. Con una mano, John se aseguró de que su largingófono estuviera bien colocado, preparado para ser usado.
A penas quedaba una hora para que llegaran a su destino, algo menos para su extracción.
—¿Preocupado, Watson? Pareces tenso.
La voz de Irene se alzó sobre el traqueteo, y John vio como ambas, su leona y ella, se acercaban hasta que la mujer quedó agachada junto a él, a su otro lado. La pantera se tumbó frente a ambos, la cola alzándose y cayendo en un movimiento perezoso, las garras amasando el aire.
John desvió la mirada de ella, y la fijó en el frente, en la puerta del vagón.
—Es difícil no estar preocupado cuando te acercas a un sitio como Baskerville. Y desaconsejable.
Irene contestó con un sonido de aprobación, y John podía sentir su mirada clavada en él como espinas perforándole la piel. Cuando lo miraba, se sentía incómodo. Hacía falta Jim Moriarty para hacer que se viera expuesto.
—Me pregunto si ha sido igual de desaconsejable permitir que vinieras en esta misión. Tras el incidente en el calabozo, creo que deberías estar atendiendo un tratamiento, no en una operación tan delicada como ésta.
La mano de John se ciñó en el mango del fusil, los nudillos blancos por la presión.
— ¿Tratamiento? —replicó, la acidez palpable en su voz. Su expresión, sin embargo, seguía estudiadamente vacía, la vista aún fija en el portón metálico.
Por el rabillo del ojo, vio a Irene arquear una ceja. El tono casi burlón cuando volvió a hablar hizo que tuviera que esforzarse verdaderamente por no moverse.
—No creerás que no ha estado sobre la mesa enviarte con un especialista o ingresarte hasta que sepamos por un experto que estás en plenas facultades. La tétrada confía en Sherlock y en su criterio, no nos ha dado motivos para lo contrario. Pero siendo vuestra situación la que es... me preocupa que su análisis no haya sido puramente objetivo.
—Crees que soy un caballo de Troya.
—Creo que no conozco tu estado y que no estoy dispuesta a arriesgar todos estos años de sacrificios y trabajo duro por el "amor verdadero". Conoces a Sherlock de a penas dos semanas y sigues a su sombra como si desearas quitarle el puesto. No sabéis nada el uno del otro, y aún así mi mejor amigo ha puesto la mano en el fuego por ti, está decidido a asumir riesgos innecesarios solo porque existes.
No pudo evitarlo, tuvo que girarse a mirarla, olvidando el fusil, la puerta y todo lo demás.
—No soy un espía —gruñó, y estaba casi a punto de ponerse a gritar. Irene conseguía sacarle de sus casillas con muy poco.
—No. No un espía —accedió Irene, sin dejar de mirarle. Y por un instante, John vio algo en su rostro que le hizo mirarla con ojos nuevos, confuso. Parecía... ¿triste? —. Pero hay muchas otras cosas que podrías ser, y no puedo descartarlas todas —suspiró, dejando el fusil a su lado, apoyado en el suelo. La pantera bostezó, enseñando los largos colmillos, y después posó la cabeza sobre las dos patas delanteras, cruzadas frente a ella — ¿Qué te ha contado Sherlock sobre mí?
John frunció el ceño, confuso por el repentino cambio de foco de la conversación.
—No gran cosa.
Irene dio un respingo.
—No me sorprende —sonrió, como si fuera parte de algún chiste privado. Luego se acomodó en su sitio —. Yo también salí de Buckingham. Estuve trabajando para Moriarty mucho tiempo antes de que todo esto empezara. Antes incluso de que su nombre se hiciera conocido. Siempre fue alguien extraño, incluso desde niño. Al principio era alguien encantador, ¿sabes? Tenía una gran carisma, podía tenerte comiendo de su mano con solo cuatro palabras. Pero un verano algo pasó, y cuando volvimos a vernos había cambiado. No digo que nunca hubiera sido un monstruo, solo que antes se preocupaba por disimular. A partir de ese instante, fue cuando empecé a pensar que no estaba bien.
"Cuando yo tenía quince años, la casa de su familia ardió en un incendio que despertó a todo el vecindario. Años más tarde, supe que él mismo había iniciado el fuego. Sus padres y su hermano mayor murieron. Estaban todos encerrados en una habitación. Quise distanciarme de él, durante los siguientes años, pero parecía que cada vez que conseguía algo de libertad, se las arreglaba para hacerme volver. Cuando empezó a hacerse famoso, con sus discursos en contra de los distópicos, decidí que era el momento de desaparecer para siempre.
"Ni siquiera intenté razonar con él, hacer que entendiera. Cada vez que le miraba a los ojos, solo veía... locura. Y, finalmente, me dijo que tenía un regalo para mí. Era el día que había preparado el equipaje, con un vuelo a Dublín en el bolsillo del abrigo y el pasaporte en regla. Justo antes de salir, apareció en mi puerta con una pequeña jaula. Y dentro de la jaula, había una mariposa. Era tan pequeña, que pensé que era absurdo que trajera una mariposa hasta mi puerta. Pero él sonrió y me dijo: "Mira más de cerca. Es una mariposa especial, querida" —Irene tomó una fuerte bocanada de aire, y arqueó ambas cejas, mirando hacia un punto muy lejano de su mente, como buscando entre sus propios recuerdos —. Así que miré. Una mariposa que parecía hecha de vapor, flotando dentro de la pequeña jaula, chocando contra las paredes, que daban chispazos cuando entraban en contacto. Se caía, una y otra vez en el suelo, pero siempre volvía a intentarlo. Había visto esa mariposa mil veces antes que esa, pero nunca así de cerca. Nunca fuera de mis sueños.
La expresión dura de John había ido cayendo a medida que la historia avanzaba, y estaba seguro que, de haber podido ver su reflejo, habría estado lívido.
—Oh, Dios.
La vista de Irene volvió al presente, enfocándose en él.
—Usó a mi alma gemela contra mí. Todos esos años después, si cuestionaba sus acciones, si me negaba a colaborar, la mataría. Así que hice todo lo que me pidió, sin discutir. Hasta que supe que, fuera quien fuera, había muerto. Nunca supe por qué fue. Nunca supe si él la había matado, si había hecho algo mal. Estaba en mitad de una misión, y cuando desperté sabía que no me quedaba mucho tiempo antes de que sus hombres me encontraran y acabaran conmigo. Ya no tenía nada con lo que chantajearme, sabía que escaparía si veía mi oportunidad. Y lo hice. Huí, lo más lejos que pude, hasta que encontré a los rebeldes. Fui la última persona en incorporarse a la tétrada, y tuve que trabajarme su confianza. Algunos aquí me conocían, y no precisamente por mi amabilidad. Costó mucho que me aceptaran. Pero respeté esa decisión porque entendía que mi pasado debía ser tenido en cuenta. Por la seguridad del movimiento, y la de los que pertenecían a él. Aún tengo enemigos dentro de los rebeldes, gente que no confía del todo en mí, y no puedo obligarles a hacerlo.
John parpadeó y volvió a respirar, dándose cuenta de que hacía un rato que no lo hacía. Había un nudo incómodo en el fondo de su estómago, y su garganta parecía cerrarse por momentos.
—Lo siento mucho. Yo...
Irene le interrumpió bruscamente.
—Yo trabajo por ganarme su confianza, John Watson —dijo, frunciendo el ceño y mirándole fijamente. Luego se puso en pie— ¿Qué haces tú?
Él apretó los labios, dando una profunda inspiración, tratando de no volver a irritarse.
—¿Entonces no crees en los avatares?
—Creo en los avatares, Watson. No es una cuestión de fe, los veo cada día. Yo misma tengo a Kuma. En lo que no creo, es en el romanticismo de novela barata del amor a primera vista. La atracción a primera vista, quizás. Pero, ¿amor? Es un sentimiento un tanto más complejo, ¿no crees?
—Pero no es a primera vista. Lo que vemos en los sueños es real ¡Ya conocemos a esa persona años antes de verla, en el mejor de los casos!
Al otro lado del vagón, se escuchó el golpeteo de una herramienta cayendo al suelo, y Janine levantó la vista y una mano, pidiendo disculpas. Al parecer llevaba un rato revisando su bolsa de trabajo. Seguramente preparando el equipo que necesitaría para cortar la luz en Baskerville cuando llegaran. Irene asintió con la cabeza.
—No estoy diciéndote como debes sentirte, pero piénsalo, Watson —añadió, caminando hacia Janine y agachándose junto a ella para trabajar.
Las observó en silencio, con el ceño fruncido, pensativo. No era como si esa fuera la primera vez que se encontraba con alguien con esa forma de pensar. Es decir, en el lado puro, muy poca gente creía en el amor a primera vista. Que supiera, eso era tenido por un cuento para niños. Siempre había supuesto que era porque la forma que tenían de de entender el mundo las personas que carecían de avatares, o una táctica de las personas correctas por invalidar a los distópicos y reducirlos a cuentos de hadas.
John mismo se lo había planteado. Quizá todo eso era menos místico y más científico. Quizá la selección de los avatres no era por afinidad sentimental, sino por cuestiones evolutivas. Tal vez no era la búsqueda de una persona ideal, sino de unos genes concretos, fortalecimiento de la especie.
Quizá en Baskerville tendrían alguna respuesta. Quizá no.
—Es un punto de vista tan válido como cualquier otro.
La voz a su lado le sacó de sus ensoñaciones. Giró la cabeza para ver a Sherlock con los ojos abiertos casi por primera vez desde que subieron al tren. Estaba mirando a Irene ayudando a Janine y hablando con ella. No susurraban, pero usaban un tono lo suficientemente bajo como para no molestar a los demás. Lo que impedía que ellos, al otro lado, pudieran escuchar.
—Lo sé. Pero eso no tiene por que hacerlo la verdad absoluta —respondió John. Se movió para que sus rodillas chocaran suavemente, relajando por fin las manos un poco alrededor del fusil —. Has estado ido mucho rato ¿Dónde estabas?
Sherlock suspiró, dejando caer la cabeza a un lado para poder mirarle cómodamente. Luego estiró el brazo hasta que su mano derecha descansaba sobre su rodilla boca arriba, esperando. John soltó el fusil y entrelazo sus dedos, dando un suave apretón.
—Palacio mental. Buscaba fallos en el plan. Pensaba en Moriarty.
John se estremeció ligeramente ante la mención de Jim, y la mano de Sherlock dio un suave apretón a la suya, el dorso de su pulgar acariciando su mano. Se suponía que tenía que tenerlo superado- Se suponía que después de todos estos años, ya no debería afectarle oír su nombre. Pero aún lo hacía.
—Espera, ¿has dicho palacio mental?
Su compañero asintió.
—Es una técnica de memoria que me enseñó Mycroft. Imaginas un lugar y almacenas información. En teoría no puedes olvidar nada siempre que encuentres la ruta hacia ella de nuevo.
—Pero es un palacio. Has dicho "palacio"—respondió, con una media sonrisa asombrada asomando en sus labios.
La sonrisa pirata de Sherlock hizo que terminara de sonreír.
—Soy creativo.
—Ya veo.
Estuvieron en silencio un rato, con las manos cogidas, observando a todos en el vagón. John había estado de misión un montón de veces. Tanto al servicio de Jim como al servicio de los rebeldes, y ya estaba familiarizado con la sensación de anticipación en la boca del estómago, pero esa vez parecía muy distinto. Cuanto más pensaba en lo poco que quedaba hasta llegar al recinto, la sensación de náusea se acrecentaba. En lo único en lo que podía pensar era en Sherlock siendo atrapado, en que algo saliera mal y los detuvieran a todos, en que no pudieran sacarlos a todos antes de que la energía volviera.
En que Jim supiera lo que iban a hacer y hubiera doblado la seguridad.
Sherlock arqueó la espalda, haciendo una mueca, y se escurrió hasta apoyar la cabeza en el pecho de John. Apartó el fusil, para no hacerle daño, y lo dejó a su lado en el suelo, en favor de poder rodear los hombros del otro con su brazo libre, cambiando la mano con la que sujetaba la de Sherlock.
—No me gusta ir tan a ciegas —murmuró, agachando la cabeza para enterrar la nariz en sus rizos oscuros.
Sherlock separaba y unía sus dedos, jugueteando con los de John, estudiando las asperezas de sus yemas, los callos en sus palmas y dedos, las uñas descuidadas y las viejas cicatrices.
—Lo sé.
—Entiendo que no hemos podido prepararnos más, pero... No puedo evitar pensar que algo va a salir mal.
—¿Te preocupa que lo sepa?
John asintió, ciñendo su brazo alrededor de Sherlock, dejando que su olor le tranquilizara y le anclara al presente.
—He estado años trabajando para él, Sherlock. Sé como trabaja. Sé cuantos informadores tiene, aunque no sepa quien son. No me sorprendería que nos hubieran visto subir al tren, o que nos estén esperando cuando lleguemos.
Estaba hablando muy bajo, consciente de que sus mismas preocupaciones podían fácilmente contagiarse al resto del equipo, y eso no era conveniente. Que sus nervios pasaran al sus compañeros no ayudaría a que la misión siguiera su cauce.
—Mycroft nos habría avisado si hubiera sabido algo al respecto. Hemos tenido una semana.
—Mycroft no puede saberlo todo, créeme.
El sonido de la bocina del tren en la distancia hizo que Sherlock levantara la cabeza ligeramente, lo justo para poder mirar a Irene, que se estaba incorporando, acomodando el fusil en su hombro. La anticipación apretó de nuevo el estómago de John, hasta dejarlo frío.
—Preparaos. En cuanto el tren se detenga vamos a bajar. A partir de ahora comunicaciones solo por radio, y actuad con cautela. Iremos primero al punto de encuentro con los exploradores. Nos reabasteceremos, comprobaremos el informe sobre Baskerville, y entraremos. Nos separa media hora del punto de encuentro, y no vamos a parar, así que haced lo que debáis ahora.
John suspiró, besando la coronilla de Sherlock antes de que éste se incorporara para levantarse. Cogió su fusil, asegurando las correas y comprobando el seguro una última vez. Luego se levantó, estirando las piernas. Janine, al otro lado, aseguró su bolsa en su espalda, ciñéndola bien para evitar ruidos o accidentes.
Los avatares presentes parecían alerta, como si se estuvieran acercando a un depredador desconocido y letal. Kuma se había levantado y estaba mirando a la puerta del vagón, con las orejas gachas y los hombros tensos.
—Los avatares iran con nosotros. Vuelo bajo y lo más cerca posible. Aquellos que se confundan con fauna irán delante para reconocer el terreno. Si pasa algo, nos separamos y nos vemos a las diecisiete horas en el punto de encuentro. Si alguno cae, conocéis el protocolo. Nadie puede saber nada. Confío en que sabréis que hacer llegado el momento.
El tren comenzó a frenar, el chirrido agudo de las ruedas sobrepasando el traqueteo. Irene y John se acercaron a la manija de la puerta, aprovechando el ruido para deslizar el portón.
El aire les golpeó, silbando dentro del vagón. Al otro lado, el bosque rodeaba las vías, y John casi veía una oportunidad en el trayecto desde las vías hasta la casa donde los exploradores les esperaban. La adrenalina le recorrió las venas con fuera, como un chute de cafeína, y los nervios se aplacaron hasta ser un rumor sordo. Miró a Sherlock mientras se sujetaba para no caer. Le habría gustado tener a Garm allí, le daba seguridad. Pero cuando miró a su compañero, con sus agudos ojos serios y firmes, se sintió algo mejor. No estaba solo. Ya no. Asintió con suavidad, elevando un momento la comisura de sus labios antes de volver a la normalidad.
Una vez más en la brecha.
Mycroft volvía pronto a casa.
No era habitual que Jim le relevara de sus funciones en mitad del día, pero algunas veces ocurría. Días en los que estaba fuera del país, o en los que tenía reuniones importantes, y Mycroft solo representaba un estorbo más durante el día.
Él, por su parte, no podía estar más agradecido.
Estaba cruzando el punte de Blackfriars, en el que aún se apreciaban los restos del enfrentamiento del día de la explosión de la muralla, casi desvanecidos. El tráfico a su espalda, fluido, se iba desvaneciendo a medida que avanzaba. Podía sentir la mirada de los guardias que aseguraban el punto de acceso, en el lado puro, clavándose en su espalda. Pero eso no era nada nuevo. Le observarían marchar hasta que desapareciera tras la barricada de los rebeldes. Como siempre.
Mycroft solo tenía ganas de desaparecer de su vista, y dormir. Quizá ver a Gregory, si la suerte estaba de su parte. Preguntarle por su hermano. O por cómo había ido su día. Sin dar demasiados detalles. Con un poco de suerte, quizá le llevaría algo de cena de las cocinas en el metro, y podrían comer como si fueran un par de amigos normales, en la mesa del comedor. Con una ligera sonrisa optimista, pensó que podía encender el candelabro de su madre, guardado bajo los cojines del sofá.
Por qué no.
—Alto. Identificate.
Mycroft dejó el maletín en el suelo, alzando las manos por encima de la cabeza, sin perder la calma. Esto era habitual y normal. Estaba acostumbrado.
—Mycroft Holmes, residente del 10 de Nicholson Street.
Uno de los guardias armados hizo un gesto con el arma para que avanzara, así que recogió el maletín y volvió a avanzar.
Estaba a punto de pasarlos cuando una vocecita lo detuvo.
—¿Señor Holmes? ¿Señor Holmes es usted?
Se volvió, con el ceño fruncido, a tiempo de ver a los guardias apuntando a un niño que asomaba por la barricada.
—¡Alto! ¡Manos arriba! ¡Identifícate!
—¡No te muevas!
Con el ceño fruncido, Mycroft retrocedió unos pasos en dirección al puente. El chico parecía... Pero eso no era posible...
—¿Henry? ¿Henry Knight?
Al niño se le iluminó la cara, olvidando a los hombres armados que le estaban apuntando, y empezó a correr en su dirección. A Mycroft se le paró el corazón.
—¡Señor Holmes!
—¡No te muevas! ¡Manos arriba!
—¡Última advertencia!
Mycroft dejó el maletín y trotó hacia el niño, el terror espoleando la adrenalina hacia sus venas.
—¡No disparéis! ¡Viene conmigo, no disparéis! —gritó, soltando un horrible graznido, su vista clavada en el niño. Pasó a los soldados como una exhalación, dándose de bruces con el pequeño a medio camino. Henry saltó a sus brazos, haciendo que soltara un gruñido cuando el impacto hizo que sus costillas magulladas se resintieran. Sin embargo, eso no impidió que sujetara al niño con fuerza, procurando cubrirlo del punto de mira de los fusiles de los soldados que guardaban el puente. El niño temblaba sin parar, respirando agitadamente. Mycroft se preguntó si había escapado y, si así había sido, cómo demonios lo había hecho . Henry, Henry escúchame ¿Qué ha pasado? ¿Qué haces aquí?
El niño se separó de él, con la cara sucia y los ojos brillantes.
—Me ha soltado, Señor Holmes. Me ha soltado. Me ha soltado...
Mycroft frunció el ceño, estupefacto, sin comprender... su mente trabajando a máxima velocidad, intentando entender por qué Moriarty habría soltado a alguien por buena voluntad, simplemente. Cogió el rostro de Henry entre las manos, mirando sus orejas. El chip no estaba. No había rotura, nadie se lo había arrancado. Solo una punción en su cartílago, donde éste había estado. Se lo habían quitado. Nadie se lo había arrancado para que pudiera escapar. Realmente lo habían dejado ir.
Cuando la comprensión le golpeó súbitamente, se quedó lívido.
—Henry, escúchame —pidió, alarmado de pronto. El niño lo miró, sin dejar de temblar, su mano rascando sin cesar su brazo, obsesivamente —. Tienes que contármelo todo ¿Sabes por qué te ha soltado Jim? ¿Qué te ha pedido?
Henry sorbió por la nariz, limpiándose con la manga.
—Me preguntó sobre alguien. No sabía mucho, solo hablé con él un par de veces por el pasillo. Pero estaba mucho con él. Como Moran. Pero era simpático. No me pegaba.
Mycroft contuvo las ganas de sacudirle.
—Henry, ¿qué te ha pedido? —repitió, con más firmeza e insistencia.
—Quería saber cosas sobre John Watson, Señor Holmes —explicó, sin entender muy bien a qué venía la urgencia — ¿Conoce a John Watson?
Si Mycroft se hubiera podido poner más pálido, ese habría sido el momento.
Se levantó, cogiendo al niño de la mano.
—Ven conmigo, Henry. Llámame Mycroft, nada de Señor Holmes nunca más, ¿está bien? Estos señores van a ayudarte a llegar a un sitio seguro, son buena gente. Pero tienes que portarte bien y hacer lo que te digan. Va a dar un poco de miedo —explicó, agachándose para mirarle. Uno de los soldados le miró y él asintió. Después de que le cachearan y comprobaran que no llevaba micrófonos o dispositivos de seguimiento visibles, bajaron las armas y llamaron por radio para informar —, pero vas a estar bien. Tengo que ir a hablar con una persona, es muy importante, pero luego iré a buscarte, ¿de acuerdo?
Henry asintió.
—Gracias, Señor... Mycroft.
Mycroft asintió, sonrió para animarle, y le pasó una mano por la cabeza.
—Ve, luego te veo —animó. Acto seguido, se incorporó para hablar con uno de los guardias, al que mejor conocía —. Murphy, que lo lleven a un médico seguro, tienen que atenderle y hacerle radiografías. Vigilar que no lleve nada en absoluto. Y que lo acompañen solo mujeres, está aterrorizado —pidió, el soldado asintiendo. Luego, añadió —. Hazme un favor. Pide que avisen a Greg Lestrade. Que le digan que venga a verme a mi casa. Es muy urgente.
Murphy asintió, comunicando todo por rádio en cuanto estuvo libre. Mycroft recogió el maletín y se dirigió a buen ritmo hasta casa, pensando con pesar, que tampoco esa noche tendría una cena tranquila.
