Baskerville se alzaba en lo alto de una colina sobre el pueblo, las luces de las torres de vigilancia moviéndose sobre las copas de los árboles bajo ella, peinando la zona. Grandes ojos siempre vigilantes.

La presencia de los militares en el área inmediata de los laboratorios era más que evidente, y John no podía evitar pensar que quizá en cualquier momento, alguno de esos camiones bajaría cargado de soldados hasta la posada donde se ocultaban y todo el plan se iría al traste. La idea daba vueltas en su cabeza en los más inoportunos momentos, y por mucho que intentara que desapareciera, siempre volvía a hacer acto de presencia.

Habían realizado el trayecto desde el punto de salto del tren hasta el de encuentro sin pena ni gloria. Quizá era eso lo que hacía que sintiera como si un dedo frío le estuviera acariciando la nuca todo el rato, esperando, esperando. Era como si palpara el desastre solo porque aún no había ocurrido nada desfavorable.

Bien, Watson. Esa es la actitud.

Había estado a punto de tener un ataque de pánico de nuevo cuando, en una pequeña habitación en la segunda planta, había visto Baskerville por primera vez desde la ventana.

No vamos a poder asaltar esa cosa y salir con vida.

Sin darse cuenta, había comenzado a hiperventilar. Cuando empezó a marearse, se agarró al respaldo de una silla y cerró los ojos con fuerza, forzándose a aspirar por la nariz y expirar por la boca, pensando en un triangulo, girando, girando, girando. Tratando de acompasar los lentos giros con su respiración. Luego, más tranquilo, dio una última mirada al edificio en la distancia y bajó las escaleras para reunirse con los demás. Cuando la mirada de Sherlock se alzó de los planos sobre la mesa para encontrarse con la suya, arqueando sutilmente una ceja, John asintió brevemente y se unió a Irene y él, comprobando una última vez el plan.

Después de reponerse y charlar con los dos exploradores para obtener información sobre la zona, el grupo se dividió según lo planeado, y ellos tres se marcharon en dirección al conducto de ventilación principal.

—Lo lamento, chicos, pero tenéis que iros —anunció uno de los dueños de la posada donde se hospedaban. Se había asomado a la puerta de la habitación donde estaban reunidos, con el ceño fruncido —. Una patrulla está de camino.

John se giró para mirar a Irene.

—Podemos salir por la puerta trasera. Pero tenemos que darnos prisa.

Ella asintió.

—Está bien chicos, nos vamos. Recogedlo todo y no falléis. Janine —la mencionada miró a Irene, con la bolsa de sus herramientas al hombro. Algo pareció suavizarse en su rostro—, ten cuidado.

La recogida fue rápida y todos estaban fuera y en ruta en menos de dos minutos. John estaba esperando a que el último de ellos abandonara la zona, asegurándose de que nadie quedara atrás. Cuando todo estuvieron fuera, cerró la puerta y los siguió hasta el camino, al abrigo de la oscuridad. Vio a Sherlock, con Irene alejándose de él, y trotó hasta estar a su lado de nuevo.

—¿Listo? —preguntó. Sentía la garganta seca y las manos sudorosas. Aunque sabía que todo eso solo estaba en su cabeza.

Sherlock asintió, con los labios apretados.

—Listo.


Tal y como habían planeado, la luz se cortó poco después de que llegaran al acceso a Baskerville. Esperaron hasta que se activaron los generadores de reserva, y entraron por el conducto de ventilación. John, que había estado estudiando los planos de las instalaciones, iba en cabeza, seguido por Sherlock e Irene. Si la memoria no le fallaba, los laboratorios de especímenes debían estar en la planta inferior, debajo de los de muestras y análisis. Lo cierto era que, en momentos como aquellos, echaba de menos a Garm. Era de lo más útil para rastrear objetivos.

Habían acordado que, por motivos de seguridad, era mejor que Kuma se quedara atrás, en el bosque, vigilando la zona. Así, gracias a su naturaleza incorpórea, le sería más fácil detectar peligros y una ruta de escape segura sin activar posibles trampas ocultas.

Era plenamente consciente de que no le hacía ninguna gracia separarse de ella, y por eso agradeció mucho más en hecho de que aceptara sin rechistar su consejo. No le apetecía tener una discusión con la mujer antes de entrar en una misión como aquella.

Con la linterna entre los dientes, revisó el plano una vez más antes de torcer por una de las bifurcaciones que los llevaría, si no estaba equivocado, al hueco del ascensor. Eso debería proporcionarles un descenso seguro hasta los laboratorios de los sótanos.

Después de asomarse a la rejilla de ventilación y asegurarse de que no había nadie, desatornilló con cuidado los soportes y la hizo a un lado. Luego sacó el gancho de descenso, lo fijo a los cables del ascensor, y se impulsó para descender.

Aterrizó suavemente sobre el techo del ascensor, desenganchándose del cable y dando un paso tras para dejarles espacio. El aire olía a metal y flotaba un cierto deje a productos químicos que le hizo arrugar la nariz. Comprobando una vez más el plano, lo plegó y lo guardó en el interior de su chaqueta, antes de echarle una ojeada al reloj de su muñeca.

Sherlock aterrizó con un suave sonido metálico a su lado.

—Janine debería tener las cámaras de seguridad desactivadas en esta zona —dijo, comprobando la hora —. Puede que nos encontremos con tres o cuatro soldados vigilando la planta.

—Los empleados no irán armados así que son el menor de nuestros problemas—contestó Sherlock, guardando su deslizador en el cinturón, preparando el fusil —. Los soldados puede que sean un pequeño contratiempo.

—Nos las apañaremos, Holmes —Irene acababa de unírseles, también preparándose. Con el fusil al hombro, estaba recogiendo su larga melena oscura en un ceñido moño —. El ascensor no funciona por el corte de luz, pero quizá podamos abrir las puertas por la fuerza. No vamos a salir por aquí así que qué más da. Yo voto por entrar por el ascensor.

Lo cierto, es que parecía una mejor idea que entrar por el conducto de ventilación.

John claudicó con un suspiro.

—Podemos intentarlo. Bajaré primero. Irene, trata de comunicarte con el grupo de Janine mientras me ocupo de las puertas. Comprueba que todo está bien. Sherlock, voy a necesitar ayuda.

Ambos asintieron y se pudieron rápidamente a cumplir sus tareas. John no tenía demasiada idea de por qué Irene le estaba dejando tomar las decisiones. Si era algún tipo de retorcida prueba para que demostrara su fidelidad a los rebeldes, se iba a llevar una buena sorpresa. Quería que la misión saliera bien tanto como cualquiera. Y, aún a pesar de la punción de molestia que le provocaba la poca confianza de la mujer, entendía sus medidas de precaución. Ni él mismo hubiera confiado en alguien con su historial. Aún así, pese a todo… esperaba un poco de reconocimiento.

Se deslizó dentro del ascensor, uniéndose a Sherlock en su intento por forzar las puertas y abrirlas lo suficiente como para pasar. Entre ambos, tras un par de intentos, consiguieron abrir una rendija de un par de dedos de ancho. El crujido de las puertas hizo que a John se le pusiera el vello de punta. No había sido algo precisamente sutil que dijéramos.

Se detuvo, alzando una mano para indicar a Sherlock que hiciera lo mismo, y se asomó por la rendija.

El ascensor daba a un amplio pasillo de paredes blancas y suelos grises, una estética muy similar a la de un hospital decente. Todas las luces, excepto las de emergencia, estaban apagadas, ofreciendo un brillo anaranjado al escenario. A la derecha, se podían ver las ventanas de cristales tintados de una sala, probablemente un laboratorio. Y justo en frente del ascensor, una puerta con la placa de "Almacén" brillando sobre ella.

—No hay nadie, ¿por qué no hay nadie? Ya debería haber venido por lo menos un soldado a ver qué está pasando —murmuró Sherlock, mirando a través de la rendija por encima de su cabeza.

—Esto me da muy mala espina.

Un golpe que se escuchó tras ellos casi hace que se le salte el corazón por la boca. Irene acababa de saltar, con una expresión que fluctuaba a ratos entre la molestia, el miedo y la preocupación.

—El grupo de Janine no contesta—anunció Irene, tras ellos, cerrando el techo del ascensor —. Debemos retirarnos. Es demasiado arriesgado. Sherlock, acompañarás a Watson hacia el túnel de cadáveres. Yo os cubriré.

John arqueó las cejas.

—¿Qué? No puedes hablar en serio —exclamó en un susurro John, volviéndose para mirarla cara a cara —. No hemos llegado hasta aquí para rajarnos ahora. La misión…

—…no es más importante que la supervivencia de mi equipo, o evitar la captura de alguno de nosotros. No voy a arriesgar las vidas de mis compañeros por tu testarudez. Retírate, Watson. Ahora el mando es mío.

John se detuvo frente a la puerta del ascensor, bloqueándole el paso.

—No pienso dejar a toda esta gente aquí. Tú puedes irte si quieres.

Irene apretó los labios, dejando entrever una blanca línea de dientes mientras clavaba la mirada en John, y este tampoco abandonó sus ojos, sin apartarse ni un milímetro de su posición.

Un carraspeo rompió el silencio, pero no logró que ninguno de los dos apartara la mirada.

—Yo tampoco voy a marcharme de aquí, Irene. Lo siento, pero John tiene razón. Estamos aquí para liberar a toda esta gente. No voy a irme sin ellos.

—Sherlock, cállate —ladró ella, sin moverse ni un ápice.

John, en respuesta, dio un paso adelante.

—¡EH! ¡VOSOTROS!

Una bala silbó junto a la oreja de John, y los tres se pusieron en movimiento rápidamente, cubriéndose tras las puertas aún medio cerradas del ascensor.

John agarró el fusil, preparado para disparar y con el dedo en el gatillo. Cerró los ojos, tomando un par de respiraciones profundas, cuando oyó un segundo disparo y el sonido de algo pesado golpear el suelo.

Abrió los ojos, con el ceño fruncido, a punto para ver a Sherlock con el cañón del fusil asomando por la rendija de las puertas del ascensor. Estaba apuntando, con el ojo izquierdo entrecerrado y los hombros tensos, en posición, respirando suavemente. Bajó el arma con cuidado, colocando el seguro en su lugar. John pensó que nunca había visto algo más letal y más hermoso.

—No pasará mucho tiempo antes de que envíen refuerzos a esta planta. Será mejor darse prisa —anunció, colgándose el fusil, y volviendo a agarrar la puerta. Luego los miró — ¿Pensáis ayudarme o preferís quedaros los dos aquí hasta que lleguen los demás? Estoy seguro de que serán de lo más comprensivos.

Irene y John abandonaron su batalla por quién estaba al mando y tiraron de la otra puerta, hasta que entre los tres consiguieron abrir un hueco lo suficientemente ancho como para que cupiera una persona. Sherlock se asomó, comprobando que estuviera todo despejado, y cubrió la salida de Irene y John del ascensor. Luego caminaron junto al cadáver del soldado, y John se agachó para inspeccionarlo.

Había un agujero de bala en su frente, y un charco de sangre bajo su cabeza, cada vez más amplio. Ni siquiera llevaba chaleco anti balas, así que con un poco de suerte, el corte de luz no había sido suficiente como para ponerlos en alerta máxima. Eso facilitaba un poco las cosas.

El arma con la que había disparado el soldado era una Sig Sauer P226 reglamentaria. John sacó el cargador para comprobarlo. Todavía estaba lleno, solo le faltaba una bala. Bien. Volvió a colocar el cargador, se aseguró de que el seguro estuviera puesto, y la guardó en su cinturón. Después cogió su pase. Eso les facilitaría las cosas.

—Era un simple cabo. Seguramente oyó el ruido y vino a ver qué pasaba. Será mejor darnos prisa, de todas formas.

Abatieron un par más de soldados de camino a lo que, según marcaban los carteles, era el laboratorio de especímenes. John seguía preocupado por la falta de seguridad en la zona, y parecía no ser el único. Los tres avanzaban con los fusiles en alto, preparados para disparar, comprobando las esquinas con cuidado antes de avanzar.

Al cabo de cinco minutos, y tras bajar un par de escaleras, llegaron a unas puertas dobles marcadas como "L. Especímenes 0 - 221".

Tras la puerta, vieron una sala muy parecida al pasillo: paredes blancas y suelo gris. Solo con iluminación de luces de emergencia. Había unos cuantos ordenadores y un par de estanterías y, en la pared de la izquierda, había un enorme ventanal tintado. A través de él, John podía ver el tenue brillo anaranjado de otras luces de emergencia, a una extraña distancia del suelo, cabía añadir. Sherlock se había sentado frente a uno de los ordenadores mientras Irene aseguraba la puerta por la que acaban de entrar.

—John, Irene. Mirad esto.

Bajo el brillo azulado de la pantalla, el rostro de Sherlock estaba horrorizado.

No tardó en comprender por qué.

Había dos pestañas abiertas, mostrando texto e imágenes de lo que parecía ser un estudio concienzudo. Pero a John no le importaban el texto o su contenido, sino las imágenes que había acompañándolo. Fotografías detalladas de sujetos de experimentación, tomadas como se toman las de una rata de laboratorio mostrando el antes y el después de un procedimiento salvaje.

—Por Dios —exhaló, sintiendo que le robaban el aire.

Sherlock continuó abriendo carpetas de imagen bajo nombres de diferentes sujetos. Sujeto 1, Sujeto 10, Sujeto 24, Sujeto 150… y así sucesivamente. Casi 16 Gigas de contenido. 16 Gigas de victimas.

—"El Sujeto 189 muestra síntomas de cansancio y malestar tras veinte horas a 3 kilómetros de su ENC, o Entidad No Corpórea —empezó a leer en voz alta Sherlock, con voz dudosamente firme—. Los incrementos de esta distancia empeoran las condiciones del sujeto con una velocidad de reacción pasmosa. El ENC del Sujeto 189 pertenece a la familia de los Canis Lupus, la ficha de éste puede encontrarse en el archivo ENC 189".

—¿Otro lobo? ¿Aquí? —preguntó John, posando una mano en el respaldo de la silla donde estaba Sherlock, cerniéndose sobre él y observando la pantalla con intención, como si así pudiera obtener las respuestas que buscaba más rápido.

Sherlock continuó.

—"El tiempo que tarda el sujeto en reaccionar a la distancia impuesta a su ENC es inmediato, una vez su estado empeora. A los 200 km el sujeto deja de reaccionar a los estímulos externos. A los 300km, hay pérdida de conciencia. Pasada la barrera de los 1000km, se ha detectado muerte cerebral en el Sujeto. El ENC ha desaparecido en el momento de la muerte cerebral. La junta ha decretado que mantendremos el cuerpo para estudiar los tejidos y el cerebro, bajo la autorización directa de Buckingham".

—Dios bendito.

Tenía ganas de vomitar.

Sherlock abrió la subcarpeta dentro de Sujeto 189. Era la única con subcarpeta que habían abierto hasta el momento. La fecha de última modificación era anterior a la del Sujeto 189.

—"El fruto del estudio del Sujeto 189.5 y su ENC ha sido permitido gracias a un permiso excepcional de Buckingham. Bajo supervisión, se nos ha permitido "liberar" al Sujeto 189 y su ENC para rastrear al Sujeto y ENC complementarios. Tras cuatro intentos fallidos, dos semanas de investigación han conseguido localizar el paradero de estos. Han sido trasladados al Laboratorio bajo el estudio de la Dra. J. Stapleton y el Dr. B. Frankland.

"El ENC 189.5 es un Bubo Scandiacus macho adulto. La sujeto 189.5 es una Escocesa originaria de Edimburgo, 24 años de edad. No se ha permitido aún un encuentro entre ambos para evitar la desaparición de los ENC antes de poder realizar más estudios a cerca de las conexiones entre ambos."

"Día 24 del estudio 189.5. Se ha provocado un paro cardíaco al Sujeto 189. Inmediatamente después de la muerte clínica, 189.5 ha experimentado un brusco descenso de la actividad cerebral y la dopamina, acetilcolina, serotonina, y la norepinefrina. Un minuto más tarde, se ha registrado perdida de conocimiento. La Sujeto 189.5 ha experimentado convulsiones y lágrimas, así como un episodio asmático. Se ha resucitado al Sujeto 189 con éxito, pero no parece que su compañera haya sufrido alguna mejoría como resultado. La química cerebral continua en el mismo estado; el ENC, en cambio, ha retomado los intentos de fuga. La resucitación del Sujeto 189 ha provocado la huida del ENC 189. El ENC ha desaparecido en el momento de la muerte clínica y regresado una vez se completó la resucitación y volvió a registrarse latido, esta vez fuera de las contenciones junto a su Sujeto presentando un comportamiento agresivo. El ENC fue sometido y devuelto a las contenciones instantes después (Ver archivo: Incidente_ENC_ )".

John parpadeó. Eso debió ser lo que hizo que Garm escapara de Buckingham. Sus paros cardíacos y reanimaciones. Por eso debían de creerle muerto.

Sherlock había dejado de leer, buscando algo dentro de su bolsillo.

—Voy a copiar todo esto y borrar los archivos. Seguramente tendrán alguna copia de seguridad, pero puedo poner un virus… —farfulló atropelladamente, colocando una memoria externa en la torre del ordenador y trasladando la carpeta de archivos.

—Pero date prisa, Sherlock. No podemos quedarnos aquí parados mucho más tiempo —apuró Irene, abriendo la siguiente puerta y comprobando el pasillo. Se escuchó el clic de la puerta, y una fuerte inspiración —. Watson —dijo, y su voz sonó forzadamente calmada —, ven aquí un segundo.

John se separó de Sherlock, con el ceño fruncido, y se dirigió a donde estaba Irene. Sus ojos solo apreciaron oscuridad momentos antes de que por fin se acostumbraran a la penumbra. Luego su expresión cayó.

La puerta daba a un rellano de escaleras y, en un nivel inferior que John había visto tras el cristal tintado del ventanal, se encontraba una sala enrome, llena únicamente por filas y filas de jaulas enromes. Lo suficientemente grandes como para tener una persona en su interior.

—Bueno, joder.

Las filas se extendían de lado a lado de la sala, con dos filas juntas. Los barrotes eran gruesos y parecían tener cristal por el medio. No había posibilidad de que los distópicos prisioneros pudieran entrar en contacto unos con otros. John podía ver catres en estados terribles y otros que no parecían haber sido ni siquiera tocados. Personas durmiendo en el suelo, como animales. A algunos se les parecía haber negado incluso el derecho a cuidados básicos o la higiene misma.

Y eso era solo lo que John podía ver desde la distancia.

—No podremos con todos —observó Irene fríamente. John se habría puesto en su contra si él no estuviera pensando lo mismo —. Cuando pensaba en una fuga no imaginaba esta… cantidad. Esto no va a ser discreto.

—No podemos dejarlos atrás. Los que se queden aquí morirán.

Irene tragó, sin apartar la vista de las jaulas.

—Lo sé.

Se quedaron en silencio unos instantes más, antes de que alguien dentro de las contenciones, en la gran habitación los detectara. El grito llegó como algo apagado, seguramente debido a los cristales de las jaulas. Inmediatamente, le sucedieron otro montón de voces, todas distintas, pero todas con el mismo reclamo.

—¡Ayuda! ¡Ayudadnos, por favor! ¡Sacadnos de aquí!

—¡Sacadnos!

—¡Por favor!

—¡Ayuda!

John se ciñó el fusil al hombro, resoluto.

—Hay que empezar a sacarlos a todos. Bajaré a ver como abrirlas, pero seguramente estén automatizadas desde aquí arriba. Mira a ver si encuentras algo parecido a una mesa de control, la puerta no aguantará mucho más.

Irene asintió, dando la vuelta y desapareciendo. Después John bajó las escaleras a toda prisa, con las manos en alto y pidiendo silencio.

—¡Shhhh! ¡Si no os calláis atraeréis la atención de los soldados! —apremió, trotando por el pasillo central, intentando ver los cierres de las celdas.

—¿Habéis venido a sacarnos?

El hombre que habló era alto, tenía una cicatriz de quemadura que le cruzaba la cara. Era rubio, de ojos azules y facciones cuadradas, con una barba incipiente creciendo en su rostro, claramente descuidado. La ropa que llevaba era blanca y ancha, igual que la de los demás, y estaba algo sucia y rota. Iba descalzo.

Se parecía mucho a la ropa que le habían dado a él mismo la primera noche que pasó en Buckingham.

El pensamiento hizo que se le cerrara la garganta y sintiera un mareo. Sabiendo que eso no podía acabar bien, se obligó a respirar hondo, cerrando los ojos. Cuando los abrió de nuevo, el hombre lo miraba con una ceja arqueada, las manos contra el cristal.

—¿Estás bien, amigo?

John carraspeó.

—Sí. Y sí, hemos venido a sacaros. A vosotros y a vuestros avatares, pero tenemos que darnos prisa ¿Alguna idea sobre como se abren las puertas?

Antes de que el hombre pudiera hablar, alguien más se le adelantó. Bajo gritos de advertencia de las otras personas encerradas, escuchó unos pasos firmes sobre el suelo de la sala.

—Solo se abren con un código maestro.

Alertado, John llevó la mano a su cinturón y sacó la Sig que le había quitado al soldado muerto en el primer pasillo, retirando el seguro.

La persona a la que apuntaba era una mujer con bata, que a su vez le apuntaba con una pistola. Tenía el cabello castaño, corto y revuelto. Le estudiaba con cierta frialdad. No parecía importarle demasiado estar pistola con pistola con alguien armado, en mitad de un apagón. Tampoco parecía haberse dado cuenta de que John no estaba solo, aunque eso era de agradecer. John había aprendido, no obstante, a no subestimar a nadie. Nunca.

—Supongo que pedir que me lo des por las buenas no va a funcionar.

La Doctora no pareció oírle.

—Los soldados vendrán y tendré nuevos especímenes con los que trabajar. Puedo quedarme aquí todo el tiempo que haga falta.

John bufó.

—Yo tengo un poco de prisa, así que dame el código, o estás muerta.

Ella arqueó las cejas.

—¿Muerta? Estás entre la espada y la pared. Si no te doy el código, no puedes liberarlos, así que no puedes matarme.

Mierda. Tenía razón. Pero no podía dejar que se diera cuenta de eso. Ir de farol no sirve si se dan cuenta de que vas de farol.

—De verdad, no tengo tiempo para esto. El código. Ahora.

De nuevo, pareció no escucharle, empezando a hablar antes de que él hubiera terminado, cosa que hizo que apretara los labios y ciñera la sujeción sobre la pistola.

—Me resulta curioso no ver a tu ENC por aquí. Debes de estar emparejado ya. Y otra cosa que me resulta curiosa es que tu compañero no esté también aquí. Seguramente esté en la Sala de Control. Eso está bien. Tenemos pocos emparejados en el laboratorio. Podríamos aprender muchísimas cosas estudiándoos a ambos. Siempre me he preguntado si la conexión permite a una de las partes sentir el dolor físico sufrido por la otra. Quizá pueda usaros para averiguarlo. Oh. Eso no parece gustarte mucho. Entonces está aquí. ¿Vas a dispararme? Porque recuerda que si lo haces todos tus amigos se quedarán aquí.

John apretó los dientes, viendo rojo y deseoso de apretar el gatillo, pero la maldita tenía razón. Si la mataba perdía el código maestro. Y no tenían tiempo de esperar a que Sherlock pudiera hackear la seguridad de las celdas. Se sentía como un animal atrapado: furioso, asustado. Protector.

—Oh. Oh, no puedes ser tú—exclamó la Doctora, mirándole a los ojos, frunciendo el ceño en una expresión pensativa, cierto anhelo casi obsesivo en sus ojos— ¿Es por que he amenazado a tu pareja? ¿O porque tienes miedo? ¿Eres consciente siquiera del cambio? Lo que daría por poder hacer pruebas contigo…

¿Cambio?

Se removió incómodo, recolocando los pies y resistiendo el impulso de mirarse en el reflejo del cristal a su lado. Aún así, no la perdió de vista, soltando un gruñido. En algún punto de su mente supo que algo estaba mal cuando se oyó. Pero no podía distraerse. No ahora.

No cuando alguien le estaba apuntando con una pistola.

Y, de pronto… la luz se fe por completo.

A oscuras, John saltó a un lado, para cubrirse, evitando un posible disparo, y chocó contra el cristal exterior de una de las celdas. El disparo sonó en el aire, la bala cruzando la sala hasta chocar con un ruido metálico en las escaleras.

Janine habrá cortado el suministro de reserva, pensó, jadeando. Se incorporó con un gruñido. Luego sintió algo caliente y suave como el terciopelo, una brisa cálida de verano acariciándole la pierna provocándole un hormigueo, y parpadeó, sorprendido. Los avatares. Están aquí.

Poco después empezaron los sonidos. Era como estar en mitad de la jungla. Parpadeó de nuevo cuando las luces de emergencia volvieron a encenderse, a tiempo de ver como todo el mundo había salido de su jaula o estaba en proceso de ello. Debían haberse abierto cuando el suministro extra había sido apagado. Ahora, la Dra. Stapleton se encontraba rodeada por unos cuantos "especímenes" furiosos. Así como sus avatares.

Pero éstos parecían más físicos y reales que nunca.

Notó en sus propias carnes como su vello se ponía de punta, así como lo hacía el de todos los demás en la sala, erizándose en todas direcciones. La electricidad estática zumbaba en el aire como el volar de una abeja, el de miles de abejas todas a la vez, sutil, muy sutil. Miró a la Doctora, que no parecía estar demasiado asustada. Lo cual era una locura, teniendo en cuenta la marea que la rodeaba, cerrándose sobre ella. Parecía estar disfrutando de lo que sin duda serían sus últimos minutos de vida. Sinceramente, dudaba que cualquiera de los allí presentes fuera a perdonarle la vida. Y él no tenía ninguna intención de detenerlos.

Stapleton merecía algún castigo mejor, pero no podía pensar en ninguno más.

Entonces, movido por algún tipo de impulso, John echó la cabeza atrás y aulló.

Era un aullido que habría reconocido en cualquier parte y, aunque era consciente de que sus cuerdas vocales no deberían permitirle hacer eso, no podía negar lo que oía. Fue un aullido largo, sostenido y cuando terminó, junto con el aire en sus pulmones, sintió algo cálido en su pecho.

Un momento después frunció el ceño, sintiendo dos chispeantes presencias a su lado, cálidas como una bombilla que llevara demasiado tiempo encendida. La curiosidad hizo que mirara abajo. Un Husky rojo, y dos lobos comunes con el pelaje gris lo flanquearon, con las orejas erguidas, el pelaje del cuello erizado y enseñando los dientes, gruñendo. Detrás de los animales, dos mujeres y un hombre en estados deplorables aparecieron, cada uno junto a su lobo, con una muy similar actitud. Ojos fijos en la Doctora, cuerpos tensos listos para atacar, ni un movimiento. Advirtiendo su mirada, una de las mujeres, de tez olivácea y ojos claros, le observó desde detrás de los salvajes rizos, como aguardando una orden.

No estoy solo, fue el sentimiento que le sobrevino de pronto, mirando esos ojos grises.

—¡John!

La voz llamándole hizo que se volteara ligeramente. Sherlock había abandonado la sala de control y estaba agarrado a la barandilla de las escaleras, en el rellano superior. Parecía inclinarse hacia delante, como si de ese modo pudiera estar más cerca, avanzar por el aire.

Escuchó un familiar aleteo apareciendo tras él, y casi salta al sentir unas garras firmes presionar su hombro derecho (el bueno), y el peso casi flotante de una masa oscura en el filo de su visión. Después un graznido, y cuando giró la cabeza ligeramente, supo que iba a encontrar unos ojos azules como mares tormentosos devolviéndole la mirada. El cuervo graznó suavemente, girando la cabeza, y sintió el beso cálido de algo suave rozarle la mejilla.

Acábalo.

John dio un paso adelante en dirección a la Doctora. Luego otro. Y otro más.

Y los lobos, así como sus distópicos, le siguieron de cerca.

El cuervo no se movió de su hombro.

El resto de avatares parecían conformarse con mantener a la Doctora prisionera dentro del círculo, incluso aquellos que no parecían tener a sus dueños allí. Mientras, John y su manada continuaron su avance hacia el frente.

—Maravilloso. Fascinante. Oh, las notas que podría llenar contigo —murmuraba Stapleton, sin apartar la vista de él —, los estudios…

John gruñó y se detuvo. Tras todo ese parloteo, John podía leer el miedo en el cuerpo de la mujer, en su postura, en su cuerpo en tensión. Podía saborearlo, y le gustaba. Se sentía… natural.

—Ya no más.

Como si hubiera accionado un gatillo, los lobos saltaron hacia la doctora, y se escuchó el desgarro de la ropa y la carne antes de empezar a oír los gritos.

Nada ni nadie se movió mientras los lobos hacían su trabajo, reduciendo a pedazos y restos a lo que una vez fue la Doctora Stapleton. Ni siquiera John o sus acompañantes, que no apartaron la mirada ni un segundo. John podía sentir las garras del cuervo amasando su hombro, presionando con fuerza pero no lo suficiente como para perforar la carne. Resultaba una presencia reconfortante, como si la mano de Sherlock estuviera posada en él.

Un gran rugido, profundo y demasiado alto como para poder escuchar nada más, rompió el silencio del momento, ahogando los sonidos del trabajo de los lobos. La estática, que había comenzado a bajar con el paso de los segundos, volvió a cargar el ambiente con mucha más fuerza que al principio. El suelo tembló cuando se escuchó el estruendo de un muro de hormigón romperse, un enorme boquete circular del tamaño de un vagón de metro abriéndose en la pared norte de la sala, al fondo de todo.

Una figura de una azul profundo apareció a través de ella, veloz como el viento, y John habría jurado que parecía una enorme serpiente eléctrica hecha de pura luz. Hasta que la serpiente volvió a rugir con fuerza, y volvió a escucharse el estruendo de otra pared rompiéndose, esta vez más cerca.

Otro enorme boquete circular apareció en la pared oeste, revelando la oscuridad de la noche y la pálida luz de la luna al otro lado, cuando la serpiente desapareció por él a toda prisa.

Olvidando lo que estaba sucediendo, John corrió hacia el boquete, escurriéndose entre la gente y los avatares, sorteando el laberinto de celdas.

Seguían cayendo escombros del agujero practicado en la pared, algunos pequeños, otros en forma de polvo gris, y otros como enormes pedazos de hormigón. Pero, al otro lado, estaba el bosque de Baskerville, bañado en la luz de luna. La brisa fresca de la noche entrando rápidamente y llenando la sala, refrescando y renovando el aire.

El peso reconfortante de las garras del cuervo sobre su hombro cambió por el de unos largos dedos firmes y el suave jadeo nervioso de Sherlock. Al parecer debía haber corrido escaleras abajo para seguirle y mirar a través del boquete. John podía ver con el rabillo del ojo como sonreía, los jadeos convirtiéndose por momentos en risas.

Arriba, en el cielo, recortado por la luna, el rayo azul que había atravesado las paredes volaba serpenteando en dirección al sur, a toda prisa.

—Lo hemos conseguido. John. John. John, lo hicimos —murmuraba el otro, sin perder de vista el cielo.

Esa noche, el olor a Reina de Noche impregnó el sabor de la libertad.