La ruta al futuro.

—Qué día tan agradable, ¿no? —preguntó Eriol, pletórico como siempre, ante la esplendorosa visión de los cerezos del patio posterior del templo.

La primavera había llegado de nuevo.

—Sí. Es un lindo día. —Kaho caminó con serenidad, y se quedó a unos pasos del hechicero reencarnado, que le daba la espalda.
—¿Qué es eso tan importante de lo que querías hablarme?
—Eres un hombrecito muy intuitivo. Para este momento ya debes saber de qué se trata.

El muchacho bajó la mirada aún sin darse vuelta, efectivamente tenía una idea.

—No quisiera predisponerme.
—Bien. seré breve y directa: tú y yo. Creo que no funciona más.
—¿Y así como así lo decides de forma unilateral?
—Valientes palabras para alguien que ha vivido dos vidas decidiendo sobre otros de forma "unilateral", como tú lo llamas.
—¿Es por mi apariencia o mi edad? Porque puedo hacer cambios para que te sientas más cómoda…
—Admito que podría ser un factor, soy una mujer de cuarenta y tú ni siquiera eres mayor de edad, pero no es eso. Por otro lado, aquello de "hacer cambios" sí que podría ser parte del problema… debes dejar de tratar de manipularlo todo a tu conveniencia. Sí, fue divertido, y ayudaste mucho a Sakura y a otras personas, pero al menos yo ya tuve suficiente. Con la mejor de las intenciones y siendo una persona que siente un gran afecto por ti, te invito a que dejes atrás esa vida —se detuvo un momento, para que sus palabras no fueran demasiado duras—: Tú no eres Clow. Clow murió hace siglos, tú mismo se lo pusiste en esos términos a Yue hace años… ¿por qué no lo aceptas tú también de una vez? ¿Por qué te aferras a que Eriol viva a la sombra de Clow?
—Deja que yo me preocupe por quién vive a la sombra de quién en mi mente —dijo en un tono un poco menos amistoso de lo que le hubiera gustado, y mantuvo un largo silencio luego de eso, mientras procesaba lo que aquella mujer le estaba diciendo—. ¿Volverás a Inglaterra conmigo?
—No. Pero tampoco me quedaré aquí. Por favor, despídeme de Spy y de Nakuru, y recuérdales que son muy importantes para mí. Sé que ahora mismo debes estar muy enojado conmigo y lo entenderé… sin embargo, creo que tú, al igual que yo, sentías que este día llegaría tarde o temprano. Pronto verás que es lo mejor para ambos. Yo debo seguir buscando mi realización y tú… tú debes comenzar a vivir. Debo decir que eres una persona particular, y no sé si estar con alguien está en tu destino, pero me queda claro que esa persona no seré yo. Tal vez deberías echar un vistazo alrededor y ver si existe alguien cercano y que tenga más en común contigo. Ya he dado todo lo que podía dar. Gracias por todo lo compartido conmigo.

El mago se quedó mirando por cerca de una hora los cerezos, después de que la profesora se marchó. Sabía que no la volvería a ver en mucho tiempo, y pensó en sus palabras… en si era verdad que estaba dejando en rezago a Eriol por prestar tanta atención al pasado. ¿Exactamente a qué se refería con buscar a alguien más cercano a él? Imaginó que con esa oración se refería a la edad.

La resolución de ella, por otro lado, sonaba como algo definitivo, y tal vez tendría que estar sólo por una temporada.

No estaba tan mal, después de todo, tenía quince y toda una nueva vida por delante… el problema de Kaito estaba resuelto, Sakura y Li parecían haber arreglado sus propios conflictos y estaban muy cerca de consagrarse como los hechiceros poderosos que siempre vio en ellos, eso de alguna manera lo autorizaba a hacer lo que Kaho dijo: dejar finalmente ir a Clow y concentrarse más en ser Eriol… buscar nuevos amigos o reforzar los lazos que tenía con los viejos, viajar más, conocer más… vivir más.

Lo pensaría en unos días, tal vez mientras viajaba de vuelta a su hogar en Europa.


—No me siento cómodo con esta situación, Señor Xiao-Lang —Wei dijo esas palabras mientras le era servida la comida en la mesa que compartía con Kurogane y Xiao-Lang, había sido el último quien había preparado dichos alimentos y los estaba sirviendo para los tres en ese momento.
—Pues deberás acostumbrarte. Tú has sido para mí como un padre, fuiste mi maestro y guía durante toda mi niñez, no me parece justo que tengas que tratarme como a un amo para siempre. Dedicaste una vida de servicio para mí, y a menos que me digas que se te obligó, voy a devolverte el favor.
—Nunca lo hubiera visto como una obligación. Usted y la señorita Meilin son lo más importante para mí, y habría hecho todo aún sin pago.
—Y sé que lo hiciste así por una temporada, así que no hay reclamo que valga. Si vas a vivir en esta casa, serás un miembro más de mi familia, no un empleado.
—¿Sabe una cosa? Usted me recuerda a mi propio padre —intervino Kurogane, concentrado en mover los palillos—. Aunque él era más bien duro y rígido, pero nadie podría poner en tela de juicio el gran amor que tenía por su familia y ánimo de servicio. Si me lo permite, creo que establecerse con el mocoso en términos de familia sería lo mejor para usted en esta etapa de su vida.
—Es admirable la retórica que utiliza para decir que soy viejo, señor Kurogane.
—Pues no lo dije con ese fin, pero es bueno ver que lo entiende. A lo que quiero llegar con ésto es que usted es un hombre que dada su edad, sabiduría y carácter, debería ser servido y venerado y no al revés. Deje que el muchacho le dé el trato que merece, y como retribución, siga enseñándole… ¿quién sabe? Incluso yo podría aprender un par de trucos de usted.

Terminada la comida, Kurogane se plantó frente a la portátil que había conseguido apenas unos días atrás. Los meses que sucedieron a su llegada al siglo XXI fueron de dura adaptación y aprendizaje. La familia de Xiao-Lang se las arregló para insertarlo en la sociedad con toda la documentación necesaria, incluso le permitió conservar su nombre real. Sus conocimientos eran vastos aún cuando no había tenido educación fuera de casa en su niñez, y sin problemas obtuvo un lugar en la escuela, aunque perdería un curso, y tendría que estudiar el tercero de secundaria, adelantando un año a Li.

Al ser un adolescente, tuvo que pasar por toda la vacunación reglamentaria, y en breve tendría que hacer servicio militar.

Pasó semanas documentándose sobre Historia nacional y universal posterior a su época, miró con admiración el avance tecnológico, aunque no pudo evitar cierto sentimiento de traición al saber que la guerra no era un asunto de honor, y que las espadas ya no estaban invitadas a ella; con particular fascinación estudió sobre la carrera espacial, y sintió una profunda vergüenza por las intervenciones de Japón en las guerras del siglo XX. Aunque quizás la parte más conmovedora para él fue el castigo que su nación recibió por la Segunda Guerra Mundial en mil novecientos cuarenta y cinco, y no pudo evitar que una lágrima rodara por su mejilla mientras veía los videos de los hongos nucleares levantándose en los cielos de Hiroshima y Nagasaki.

Al tener responsabilidades tan apabullantes en su infancia, algo de estudio y trabajo eran nimiedades para él, y considerando que Li llevaba un estilo de vida semejante, no le costó nada de trabajo habituarse y destacar entre sus contemporáneos. Pensaba con sinceridad que los actuales estándares de rendimiento y exigencia a los jóvenes eran bajos, y era desdeñoso con la gente que mostraba indiferencia u holgazanería ante sus obligaciones. Su carácter, desde luego, no varió, seguía siendo taciturno y reservado, aún cuando participaba a menudo en las actividades a las que Sakura y compañía lo convidaban, y de forma involuntaria terminaba estableciendo algún tipo de contacto con Tomoyo, al final, iban a la misma escuela, y sería así al menos por un año más.

¿Cómo es que no había pedido que lo ayudaran a volver a casa? En realidad, lo pidió apenas despertó, pero su afán se detuvo abruptamente después de leer la carta que Tomoyo Amamiya le había dejado, no había compartido con nadie el contenido de la misma, pero definitivamente hizo un cambio sustancial en su forma de pensar.


—Creo que finalmente dí con el Dragón —Tomoyo, radiante, expresó esas palabras en una de tantas charlas con Sakura en el receso de clases, y le mostró en su portátil un documento que parecía armado de muchos fragmentos de libros de historia—. Al parecer fue un hombre muy virtuoso, fue soldado, médico, historiador, filósofo y hasta político, dejó varios trabajos en todas esas disciplinas.
—Vaya… ¿Es él? —preguntó Sakura, sin dejar de observar el viejo grabado que trataba de representarlo, vestido en un hanfu violeta, que curiosamente coincidía con el atuendo de la última vez que lo vio, Tomoyo lo confirmó—: Jung Chung-Hee, es el mismo nombre que los mellizos me dieron de él.
—Sí. Nació en mil quinientos veinticuatro en Seúl y falleció en mil quinientos noventa y dos en el mismo lugar.
—¿De qué murió?
—Al parecer, en la invasión japonesa a Corea para alcanzar China, en un conflicto conocido como "La Guerra de los Siete Años", al menos así está expresado en el registro histórico, la ciudad fue arrasada por el ejército japonés. Fue uno de muchos cadáveres que no se recuperaron.

Era extraño y contradictorio el sentimiento que había nacido en su pecho luego de leer toda la historia. Por un lado, no podía dejar de sentir aprehensión por lo que la hizo pasar a ella y a Xiao-Lang, en especial hablando de la infección del segundo. Por otro lado, empatizaba con él, y lo consideraba una víctima de la Historia.

Dado que nunca podría perdonarlo por sus ofensas, y tampoco podría agradecerle lo suficiente por darle una forma de volver a su propia vida, decidió hacer aquello en lo que la habían educado: ver el lado positivo e inclinarse hacia la bondad. Así, gustosamente tomó el cuidado de Dal y Taeyang como Forgiveness, los cuales se integraron rápidamente al resto de las cartas, y con ellos, habían ganado un futuro prometedor, alimentados del poder mágico de Sakura.


Al correr de las semanas, tal como pasó en una más lejana juventud del grupo, Eriol daba el anuncio de su despedida. Hubo una organización para acompañarlo al aeropuerto, en la expectativa de tener en el futuro alguna excusa para seguir en contacto. Esa mañana, Xiao-Lang pasaría a casa de Sakura para llevarla hasta el lugar de reunión, Daidoji estaría allá también.

Siempre que las actividades incluían a la prima de Sakura, Kurogane terminaba uniéndose "recelosamente". Debido a aquello, resultó extraño para Li que el muchacho optara por no acompañarlo. Sabía que por algún motivo que escapaba a su comprensión, Kurogane y Eriol no se agradaban.

—Podríamos aprovechar para desayunar fuera de casa para variar —había propuesto Li, conciliador.
—Prefiero quedarme aquí —resolvió el samurái mientras se servía cereal en un cuenco.
—¿Es por Hiiragizawa? Entiendo que no pueda llevarse bien con él, dado que no lo conoce, pero…
—Es un hechicero. —Al notar el silencio desconcertado de Xiao-Lang, dejó de preparar su desayuno, y trató de armar un discurso, aún cuando no era precisamente una persona que daba explicaciones por sus acciones—. ¿Sabes cuántos hechiceros he conocido en mi vida? —El gaijin negó con la cabeza—. Casi un centenar. De todos ellos, ¿sabes cuántos fueron personas realmente buenas y confiables? —Sin esperar a que su interlocutor respondiera, levantó los cinco dedos de su derecha—. Mi madre, la abuela Miu, Tomoyo, Sakura y tú. El resto fueron hombres y mujeres que iban desde lo soberbio hasta lo declaradamente maligno. El poder tiene la propiedad de corromper a las personas, ese tal Hiiragizawa tiene todo el perfil, y parece estar a sólo un empujón de caer en la tentación: es poderoso y confiado, siento su horrible esencia mágica tratando de rodear a Daidoji, y teniendo yo el deber de proteger a la familia Amamiya, eso me enerva. Puedo ser respetuoso, incluso fingir interés, pero no confío en él y no me ha dado ningún motivo para considerarlo siquiera. Tú también deberías ser más precavido en su presencia.

Mientras iba por la calle, Xiao-Lang pensó en las palabras de Kurogane. Sí, era cierto que el samurái podía ser exageradamente serio y duro, hasta hermético e incluso un poco prejuicioso, pero no había conocido persona más honorable y honesta antes. Él mismo, alguna vez llegó a albergar malos juicios hacia Hiiragizawa… pero pensaría eso en otro momento.


Las despedidas fueron efusivas por decir lo menos. Eriol se mantuvo en su rol usual, amable y cínico, pero de forma encantadora, o al menos eso fue lo que pensaron Sakura y Xiao-Lang. Había en esa despedida, sin embargo, una persona más, que entre el enorme catálogo de virtudes que exhibía estaba una muy peculiar capacidad de observación.

—¿Es una buena idea que te vayas así? —preguntó Tomoyo, un momento de soledad que tuvo con él, lo que tomó por sorpresa al británico.
—¿A qué te refieres? —preguntó, fingiendo una voz más juvenil de lo que realmente era.
—No sé cómo explicarlo, pero te ves diferente… incompleto, hay algo que no está bien contigo.
—Eres muy observadora.
—Gracias por el cumplido, pero eso no responde a mi pregunta.
—Tal vez pasaron cosas que me harán replantear cómo vivir mi vida a partir de ahora, pero no debes preocuparte por eso.
—¿De verdad? Yo no lo veo así. Eres uno de los más cercanos amigos de Sakura y de Li, y te considero un amigo personal también. A tu manera fuiste responsable de que ellos crecieran y se convirtieran en lo que son, y en igual medida a que consiguieran ser felices juntos. Lo menos que puedo hacer por ti es preocuparme por tu bienestar.
—Te lo agradezco, es una pena que deba marcharme hoy.
—Claro, porque la distancia sería un gran problema, ¿no? Si tan sólo hubiera una forma de mantener el contacto con gente que vive lejos de nosotros... —respondió la chica, sarcástica, al ponerse el índice en la barbilla, en actitud juguetona.
—¿Qué quieres decir?

La jovencita extendió un pequeño papel perfumado, donde estaba su número telefónico.

—Sé que probablemente tengas montones y montones de personas con las que hablar o a quienes acudir en tu soledad, pero si todas ellas fallan, no dudes en buscarme. No importa la hora.

El chico tomó el papel con aprehensión. Quizás desde la primera vez que fue adolescente no había tenido esa extraña sensación en su estómago. Aunque tal vez estaba "pensando fuera del recipiente", a lo mejor aquello sólo respondía a amabilidad, a un interés legítimo por su salud mental.

Pero… ¿Y si no…?

—No sé qué decir —resolvió al final.
—Un "estaremos en contacto" podría funcionar.
—De acuerdo. Estaremos en contacto.


Pensar en retrospectiva le provocaba una gratificante nostalgia a Tomoyo. Sakura siempre fue una de sus personas favoritas, en su niñez incluso llegó a pensar en que era algo más lo que sentía por ella, y dejando de lado aquella obsesión que iba más allá de los sano, procuró ser su apoyo y "el genio detrás del rey" en cada aventura de su prima. Todo quedó claro cuando la vio enamorarse por primera vez de verdad. Notó en ese momento que aquello que inicialmente pensó que era amor romántico, era en realidad lo mismo que Sakura sentía por Tsukishiro: un afecto fuerte, único y sincero, pero del tipo que le profesas a tus seres queridos más cercanos, pues es mayor tu interés en su bienestar y felicidad que en su permanencia a tu lado.

Desde el regreso de Sakura y Xiao-Lang de su aventura por el pasado, se habían vuelto mucho más unidos, y Tomoyo podía sentir en ellos que la necesidad de buscar la mutua compañía se volvía cada vez más imperante.

A ella no le molestaba. En realidad sentía una gran y franca alegría de ver como cada vez eran menos tímidos en reconocer sus sentimientos mutuos y en manifestarlos. Es decir, en público seguían siendo igual a un par de patatas, pero sabía que estando solos el cambio era inmenso, y ahora tenía como su deber estimularlos a que se convirtieran en el par de enamorados que ella misma idealizaba.

En pos a ese cambio, hubo sacrificios: el regreso a casa había sido negociado sin palabras con Li para ser exclusivo de él; de cualquier manera, Tomoyo tenía que cubrir actividades extracurriculares como el coro, la costura y todo aquello que la apasionaba además del cine casero y su prima misma.

Esa tarde en particular, Sakura había salido con inusual celeridad, pues tenía algo muy importante que tratar con Li. Tomoyo se había quedado ahí, sonriente, mientras terminaba sus pendientes escolares, y cuando el sol abandonaba el cénit para empezar su carrera al horizonte, la jovencita cruzó la puerta principal del colegio, para encontrarse que, contra todo pronóstico, alguien esperaba por ella.

Kurogane recargaba su espalda contra la pared exterior del acceso principal.

Durante los pocos meses que llevaba adaptándose al presente, de una forma que no podía explicarse, pero que se sentía muy orgánica y natural, Tomoyo se había convertido en su ancla. Por un lado, le daba un propósito, pues la misión que su linaje le reclamaba era la protección de la familia Amamiya, y por otro, la jovencita le había mostrado una cantidad y calidad de bondad semejante a la de Sakura, y eso hacía más fácil cumplir con su encomienda. Tal como Tomoyo Amamiya le dijo alguna vez: "nuestros hilos se tocaron, incluso se enredaron un poco… pero no están unidos. Tu destino está ligado a mi familia, pero no a mí".

—Señor Ou. —Saludó la chica, con esos modales exquisitos que sólo ella podía mostrar, a juego con la exagerada formalidad a la que Kurogane no había podido renunciar por completo.
—Señorita Daidoji —respondió él, aunque serio, no tan huraño como solía ser con todos.

Se quedaron mirando por unos segundos, en una situación que haría sentir extraño e incómodo a prácticamente cualquiera, pero que en particular a Tomoyo le daba cierta sensación de naturalidad.

—¿Espera a alguien?
—Sí. Y ya ha aparecido.
—¿Con qué propósito?
—Garantizar su seguridad.
—Supongo que es parte de toda esta encomienda de velar por las mujeres de mi familia, ¿no es así?
—Sí.
—Pues por hoy lo libero de sus deberes.
—Gracias.
—Y ya que está libre, ¿tiene inconveniente en acompañarme?
—A su servicio.

El samurai, con una apariencia peculiar al ser un jovencito tan alto metido en un uniforme de secundaria, caminaba con seguridad, pero procurando que sus zancadas fueran moderadas, para permitir que la chica pudiera ir a su ritmo. Tomoyo, por otro lado, caminaba con tranquilidad, con las manos en la espalda y con su eterno conato de sonrisa, mirando todo lo que hubiera en la calle para distraerla.

De alguna manera que no podía explicar, la compañía de Ou le daba cierto sentimiento de seguridad y confianza, uno que sólo había desarrollado con alguien más fuera de Sakura y Li: Hiiragizawa. La diferencia entre ambos, sin embargo, era que con el británico se había dado a través del tiempo, mientras que con Kurogane había sido más espontáneo y natural. Estaba también el hecho nada despreciable de que las personalidades de ambos muchachos no podían ser más diferentes.

Anduvieron hasta llegar a aquel exclusivo barrio donde Tomoyo tenía su residencia, y hasta el pórtico de la mansión.

—Hay algo que me intriga sobre usted, señor Ou. Sabemos que su llegada aquí, aunque afortunada, fue fortuita, y a pesar de que no tengo ningún tipo de poder mágico, estoy al tanto de que nuestros amigos podrían buscar una manera de regresarlo a su lugar de origen. De ninguna manera es que me moleste su presencia, pero, ¿por qué quedarse?
—Ustedes las Amamiya disfrutan mucho de hablar, ¿verdad?
—Un poco, sí.

La mirada de iris rojos le hizo un discreto escrutinio a la chica antes de responder.

—Hubo una persona muy importante para mí hace tiempo. Esa persona, al igual que yo, tenía una responsabilidad increíble sobre sus hombros, la diferencia entre nosotros era nuestro deseo al final.
—¿Y cuál era su deseo?
—Buscar mi propio propósito y misión en la vida. Uno que no fuera necesariamente impuesto por las circunstancias. Esa persona hizo un inmenso sacrificio para asegurarse de que mi deseo se cumpliera, y la única forma que yo encuentro de agradecer por semejante acto de afecto, es buscar mi felicidad aprovechando la oportunidad de una nueva vida.
—No creo haber conocido a nadie, de su edad o mayor, que pensara con tanta claridad sobre sí mismo, y es muy estimulante para mí que alguien hable con tanta propiedad.
—Podría decir lo mismo de usted. En mi época era necesario, pero los muchachos de este tiempo son… un poco más simples.

El portón eléctrico dio un pitido, y luego comenzó a abrirse, un lujoso auto salió de ahí.

—¿Todo en orden, Tomoyo? —Sonomi bajó sus gafas obscuras al mismo tiempo que la ventanilla del auto hacía lo propio, mientras concentraba su atención en el samurái.
—Sí, mamá. Él es el señor Ou, muy amablemente se ofreció a acompañarme hasta aquí.

La mujer estudió al muchacho detenidamente mientras él hacía una respetuosa reverencia, en especial luego de escuchar que era la madre de Tomoyo, y por extensión, otra mujer Amamiya.

—A su servicio —dijo él, sin deshacer la reverencia.
—Es un gusto. Muchas gracias, señor Ou. —Dio una mirada que iba entre el humor y la condescendencia a su hija, seguramente en remembranza de Sakura o Li—. ¿Por qué debes tener amigos tan raros, Tomoyo?
—Porque son los mejores, mamá.

La mujer se despidió, pero el auto detuvo su marcha sólo unos metros adelante, la mujer volvió a asomar la cabeza por la ventanilla:

—¿Ou? ¿Podría ser que perteneciera a esa casa…? No, olvídelo, es imposible…

Sin más, el auto partió definitivamente.

—En fin. Disfruté nuestra charla, nos veremos mañana. Espero que pronto pueda cumplir el deseo que persigue, y si en algo puedo ayudarle, no dude en decirme.
—Claro. Será la primera en saberlo.

Siendo esa la señal de que la charla había terminado, él comenzó a caminar para ir a casa. Tomoyo insertó la llave en el picaporte, pero no la giró.

—¿Señor Ou? —lo llamó.
—¿Sí? —El chico apenas pudo disimular el ímpetu con el que giró sobre sus talones.
—Mi mamá tiene razón, sólo me rodeo de gente rara.
—Tampoco es como si usted fuera una persona promedio.
—Tanto así que estamos aquí, hablándonos como si fuéramos gente de negocios tratando temas trascendentes, cuando la verdad es que sólo somos un par de adolescentes que insisten en jugar a que son adultos. Ya no utilicemos keigo.
—Bien por mí.
—¿Te molestaría que te llamara por tu nombre?
—Para nada.
—¡Genial! Siéntete libre de llamarme por el mío. —Tomoyo giró la llave y comenzó a entrar a la casa.
—No me parece haber visto que otro hombre te llame por tu nombre, ni siquiera el mocoso lo hace, me siento honrado. ¿Qué me hace diferente?
—Que tú me gustas. Hasta mañana, Kurogane.

Tuvieron que pasar cerca de cinco minutos luego de que la puerta se cerrara para que Kurogane respondiera con un desarticulado "hasta mañana", que fue lo que le tomó salir finalmente de su estupor.

Sin que él lo supiera, ella esperó detrás de la puerta hasta que él dijera esas palabras.


La colina del enorme cerezo donde alguna vez se ocultó Gravitation, terminó convirtiéndose en un lugar trascendente en la historia de la Hechicera y el Gaijin. A pesar de la distancia con sus destinos al final del día, se las arreglaban para terminar ahí en soledad al menos una vez a la semana. Era un cerezo atípicamente grande y estaba solo en la colina. Los chicos, al haber presenciado su juventud trescientos años atrás, se sentían particularmente cercanos y encariñados con él.

Esa tarde, Xiao-Lang llegó primero, y con pericia saltó por el tronco y entre el follaje del árbol hasta quedar a una muy buena altura, en el nacimiento de una gruesa rama, oculto de un posible espectador a los pies del cerezo.

Sólo un poco después, Sakura apareció, y buscó entre la enramada a su amante. Con igual habilidad saltó para encontrarse con él en el lugar acordado. Él la recibió al vuelo, en un abrazo, que más que besos o palabras, se había vuelto la demostración de afecto por excelencia para ellos dos.

Y ahí, en lo que se hizo una costumbre con el tiempo, o bien ella terminaba acomodada en su regazo, o él recostado con la cabeza sobre sus piernas, mientras hablaban de todo y nada. Quizás restaba una media hora para la caída del Sol de ese treinta y uno de marzo. Sakura contaba que había notado una especie de cercanía poco común entre su prima y Kurogane, pero una aún menos común entre Hiiragizawa y la misma chica, aunque no quería establecer ninguna conjetura, pero la situación la tenía sorprendida.

—Hablando de sorpresas… —Xiao-Lang tomó algo de su bolsillo y estaba por ofrecérselo a su acompañante, pero ella lo detuvo con un gesto de la mano—. ¿Qué pasa? —preguntó el chico, entre la contrariedad y el susto.
—Oh, es sólo… bueno, que mañana es mi cumpleaños…
—Lo sé. Por eso trataba de hacerte un obsequio.
—¿Sabes? —Las mejillas de la jovencita comenzaron a encenderse—. Según mi papá, este cumpleaños va a ser importante porque cumplo quince. Por lo general, nosotros no celebramos, aunque sí damos obsequios, pero… mañana será la excepción y vamos a tener una cena especial. Todos aquellos importantes en mi vida van a estar ahí, conmigo: Papá, Touya, Tomoyo, Yukito, la señora Sonomi, el bisabuelo Masaki… no quiero aceptar tu regalo, porque quiero que mañana nos acompañes a mí y mi familia y me lo des allá… tú eres una de las personas más importantes de mi vida y quiero presentarte ante ellos de esa forma…

El chico se quedó mudo por unos segundos.

—¿Quieres presentarme como tu nov…?
—¡No lo digas! —exclamó ella, entre aspavientos, que casi la hicieron caer en el impulso. Li la sujetó con fuerza por la cintura para evitar un accidente—. Si no puedo escucharlo de ti, ¿cómo voy a hacer para decirlo frente a todos mañana…? —Continuó ella, presa de una ansiedad que para todo efecto, le resultaba irresistible a Xiao-Lang.
—Eres la chica más valiente que conozco, lo lograrás. Además, yo estaré contigo, y si hay que decirlo juntos, lo haremos juntos. Comparado con todo lo que has hecho en los últimos meses, es una niñería —la motivó él, con esa mirada que únicamente ella conocía—. ¡Piénsalo! viajamos en el tiempo dos veces, enfrentamos a un hechicero loco de otra época, salvamos Tomoeda, recuperaste tu herencia mágica, me curaste de la rabia, y aquella mañana nosotros casi…
—¡Tampoco digas eso! —volvió a exclamar Sakura, y casi cayó por segunda vez, sólo que en esa ocasión, se colgó del cuello de él—. De por sí mi papá y mi hermano piensan que estoy rara desde que volvimos…
—No te comportas raro. Has crecido. Ambos hemos crecido.

Sakura aumentó la fuerza con la que presionaba el cuello de Xiao-Lang, y lo mantuvo así por un largo rato.

—Gracias por estar siempre conmigo. —Susurró ella al final.
—No tienes nada que agradecer.
—Pero te recuerdo que después de lo que me hiciste esa mañana, debes hacerte responsable por mí y cuidarme.
—¿Lo que yo te hice?
—Sí. Lo que tú me hiciste.
—De acuerdo. Iba a hacerme responsable de todas maneras.

Esas palabras fueron dichas también en voz muy baja, pero el tono no fue lo importante, sino la proximidad. El aliento de él pasó muy cerca de la oreja de ella, haciendo que se le erizara el cabello de la nuca.

—No… no hagas eso… —reprochó ella, haciéndose un ovillo.
—Dices que no lo haga, pero me abrazas más fuerte.
—Deja de decir cosas vergonzosas, Xiao-lang… o de hacerlas.

Él dio una inspiración profunda, sus pulmones, tal vez su corazón mismo se llenó del aroma de ella, de la esencia misma de su espíritu, de esa esencia floral que lo relajaba y al mismo tiempo lo hacía sentir vivo. Una vez que los labios de él entraron en contacto con la piel de su cuello, se convirtió en un hecho: no la iba a soltar y no iba a detenerse. Tal vez nunca. Y menos aún cuando ella comenzó a suspirar y sonreír sin poder abrir los ojos, mientras se hacía pequeñita entre sus brazos.

Quedaba un poco de luz, unos minutos a lo más, y en ellos iban a disfrutar de la dicha de estar juntos. Ese crepúsculo era literal y simbólicamente el final de muchas cosas, entre otras: de ese treinta y uno de marzo, de los catorce años de Sakura junto con la mayor parte de su infancia, del status de "incógnito" en su relación con Xiao-Lang, y por supuesto de una aventura que marcaría el tipo de personas que ese par serían por el resto de sus vidas. Era el final de la Gesta de la Hechicera y el Gaijin.

Sólo quedaba delante de ellos el futuro, misterioso, pero prometedor.


Epílogo.

Londres, Inglaterra, dos años después, primavera.

La noche era cálida aún para los estándares de Londres. La llovizna de esa tarde había dejado un aura de tranquila melancolía, junto con un muy agradable aroma a petricor para todo paseante que atravesaba el parque Jubelee Gardens.

—Entonces, ¿quiere ir a algún lugar en especial? Tengo algunas sugerencias interesantes por aquí —indicó una voz femenina.
—La verdad, me gustaría tomar un trago. Llevo aguantando esas ganas diecisiete años —respondió Eriol.
—La ley en este país lo prohíbe, no creo que sea una buena idea.
—Ya lo sé, Asiria, sólo bromeaba. Un café tal vez.
—Por otro lado, a esta hora suele llamar a la señorita Daidoji, ¿quiere que lo…?
—Silencio. —El hechicero dijo eso en un tono que, de lo rudo, estaba completamente fuera de contexto, pero su interlocutora obedeció sin rechistar y de forma inmediata. Él sacó su móvil del bolsillo, y habló hacia la pantalla—: Mantén absoluto silencio hasta que te ordene lo contrario, Asiria. Confirma comando.

La pantalla del móvil se iluminó fugazmente con la leyenda "Comando Confirmado, Asiria mantendrá silencio".

Eriol volvió a guardar en su bolsillo el aparato, que resultó ser aquella persona con la que conversaba, e hizo un barrido visual del parque. Tal como temía, estaba completamente solo, lo que era bastante raro siendo apenas las siete de la noche, en uno de los lugares más concurridos de su ciudad.

Ya para ese momento sabía que era perseguido, pero mantuvo la calma. Sin cambiar su paso o actitud comenzó a caminar hacia el occidente, si lograba alcanzar la orilla del Támesis, podría utilizar su magia para transportarse a otro lugar sin testigos, pues aunque el parque aparentaba soledad, era evidente que había al menos una docena de personas acechándolo entre las sombras.

Hubo un cambio en el aire, el viento dejó de soplar y se detuvieron los ruidos naturales de la noche, incluso las luces artificiales se atenuaron un poco. Un par de personas salieron a su encuentro a la distancia.

Eriol se detuvo y echó un rápido vistazo a su alrededor, sólo para confirmar sus temores: una decena de hombres y mujeres vestidos en gabardinas comenzaba a aproximarse a él, que estaba acorralado.

—No entiendo el por qué de esa renuencia suya a vernos. Sólo queremos hablar —dijo uno de los hombres frente a él, con una voz algo avejentada y un ligero matiz de reproche.
—Porque no me agradan los asuntos policiacos. No tengo necesidad de involucrarme y ustedes no tienen derecho a…
—Sí tenemos el derecho, señor Hiiragizawa, como ciudadano británico tiene la obligación de servir a Su Majestad y al Mi…
—¿De verdad no hay nadie más a quién puedan recurrir?
—Ya los llamamos a todos, y los que no nos están ayudando ya están muertos.
—¿Me está amenazando?
—Nunca dije que fuimos nosotros los responsables… en parte también queremos procurar su seguridad. Muchos de los que cooperan con nosotros nos están ayudando con sus contactos internacionales, ya tenemos presencia en toda Europa, América, África y hasta buena parte de Asia… pero usted es nuestra mejor opción para obtener ayuda de Oriente Lejano.
—¿Es tan grave?
—No hemos tenido una crisis igual desde el noventa y ocho… sé que usted estaba ocupado entonces estando muerto, pero esto podría ser mucho peor… todos los que somos usuarios de magia podríamos estar en un gravísimo riesgo, ya han muerto muchos, ayúdenos a evitar que más personas mueran.
—Pues no se ofenda, pero para ser algo tan grande e importante, me sorprende que su oficina no haya mandado a alguien de mayor rango que usted.

El apelado sonrió con cansancio, lo que dejó en claro que aquella declaración no lo había ofendido en absoluto. En especial, porque esa conjetura estaba algo más que errada.

—En realidad, es tan importante que vine yo directamente a charlar con usted. Necesitamos su ayuda. Y aunque no pueda darse cuenta, usted necesita la nuestra —dijo una voz profunda a sus espaldas. Eriol se giró para ver al nuevo invitado, que parecía limpiar algo entre sus manos distraídamente.
—¿De qué se trata todo esto? ¿Un nuevo mago tenebroso se está levantando?
—No precisamente. Es algo que podría considerarse más mundano. Nuestro enemigo podría no estar consolidado en una persona. Si nos acompaña hasta la oficina, tal como Neville le solicitó, le daremos toda la información.

Eriol volvió a mirar a su alrededor. Estaba rodeado, sin embargo, ninguno de aquellos hombres y mujeres parecía hostil, y las palabras de un hombre tan importante como el que tenía enfrente no podían obedecer a algo trivial. A regañadientes, hizo un asentimiento.

—De acuerdo. ¿Y qué ganaré cuando todo termine?
—La protección de su estilo de vida, su supervivencia, y tal vez la de todo lo que alguna vez amó.

Al término de aquel enunciado, el hombre terminó de asear el objeto entre sus manos, y lo llevó a su rostro. Eran unos anteojos redondos que cubrieron la profunda mirada verde de su dueño, y ocultaron parcialmente la cicatriz en forma de rayo de la frente del jefe de la oficina londinense de Aurores.

Epílogo.

Gesta de la Hechicera y el Gaijin.

FIN.


CONTINUARÁ.