—¡Guau, guau!—resonó en la pequeña habitación de Iza, mientras el pequeño Husky movía su cola alegremente, sobre un cobertor azul que cubría todo el cuerpo de un joven, dejando ver sólo su cabello blanco.
—Hm. —Se quejó entre sueños, mientras se revolvía levemente entre las telas que lo arropaban. Sus párpados salieron de debajo del cobertor debido a los movimientos.
Mientras los brillantes rayos del sol golpeaban sus párpados, estos se separaban, dejando entrever sus curiosos ojos ónix, que brillaban levemente cuando la luz del sol chocaba contra estos.
—Maldito Maduro.* —Se había vuelto a tapar con la sábana, ocultando ahora sus níveos cabellos. El pequeño perro, indignado, mordió la sábana, para luego comenzar a jalar de ella, con una fuerza bastante mayor a la de un canino de su edad. —¿Qué carajos?
Cuando el chico se percató de que fue el perro el que lo despojó de su sábana, lo observó sorprendido. ¿Cómo podía un animal tan pequeño, tener tanta fuerza? Cierto es que no se estaba resistiendo, pero tuvo que haberle costado más.
No concibiéndolo aún, talló sus ojos, intentando despertarse de un sueño. Solo al percatarse de que no estaba soñando dejó de hacerlo.
Miró la ventana; por la persiana penetraba la luz del sol, a miles de millones de kilómetros de distancia. Suspiró.
Antes de levantarse, se estiró para despertar sus músculos, mientras el pequeño perro frente a él comenzaba a correr sobre la cama.
Posando sus pies sobre el suelo, Iza se levantó, mientras estiraba a su vez su cansada columna, haciéndola tronar.
—Oye, no compré nada para comer, ¿quieres acompañarme? Compraremos comida—habló el adolescente al perro, el cual, lo observó con curiosidad. Debía estar delirando para hablar con un perro, pensó.
El can bajó del colchón con un salto, posando sus suaves y pequeñas patas en el frío suelo de madera. Un enérgico "Guau" le hizo saber a Iza que el animal planeaba acompañarle.
Una sonrisa suave se marcó en su cara, mientras tomaba su chaqueta que se encontraba sobre el soporte de la cama.
Ahora que lo pensaba, tampoco tenía ropa nueva.
Afuera:
Las normalmente transitadas calles de Konoha estaban poco pobladas. Iza sacó su teléfono de su bolsillo derecho y verificó la hora. Un milagro era que fuera la misma, el día anterior lo había comprobado.
El reloj digital marcaba las 7:08.
Guardó de nuevo el dispositivo, ahorrándose preguntas de las personas a su alrededor y prosiguió con su andar, con el pequeño Husky a su lado.
Observó al cuadrúpedo, iba feliz a lado, meneando la cola con algarabía.
Cuando su mirada volvió a levantarse, encontró una panadería, no poseía un letrero muy llamativo, pero el olor a pan recién horneado le llamaba la atención, era distinto al de las otras panaderías.
—Pan dulce—afirmó al sentir el característico aroma.
El timbre de entrada resonó en la pequeña tienda, cuando la puerta se cerró, Iza quedó encerrado en aquel lugar tan aromático, embriagándose con el dulce olor.
—¡Hola! ¿Qué desea?
Miró de reojo a la mujer en la recepción, no aparentaba más de veintiséis años, se notaban algunas arrugas en su cara, pero nada que le arrebatara la característica juventud de su rostro.
—Buenos días, una docena de panes dulces, por favor.
—¡Guau, guau!
—Ah, sí, y algo de leche.
—¡Claro!—dijo la chica antes de irse a otra parte, aún visible.
Iza observó de reojo a su canino acompañante, quien mantenía sus patas delanteras posadas en la parte baja del mostrador, mientras su cola seguía moviéndose.
El sonido de las bolsas lo devolvió al mundo, mientras la mujer dejaba las bolsas con las cosas que el chico había pedido sobre el mostrador.
—Serán diez ryō—dijo la mujer con una sonrisa.
—Ahora mismo, señorita—dijo el chico mientras rebuscaba entre sus ropas, solo para luego encarar a la mujer, con su Sharingan de tres tomoes en sus ojos.
Y cuando volvió a sonar el timbre, el chico ya tenía sus cosas.
Cuando volvió a su departamento, el cachorro se posó sobre la cama del peliblanco, mientras este dejaba las cosas en la cocina y mantenía un pan en su boca.
Una pequeña secuencia de sellos dió paso a la creación de una taza de unos quince centímetros de anchura y alto, producto del novel Mokuton de Iza.
—Está bastante bien, para mí primera vez—admitió mientras sacudía sus manos, satisfecho—Bueno amiguito, toca salir.
Iza se concentró antes de que en un estallido de humo, una copia exacta de él apareciera.
El pequeño perro observó asombrado a los dos adolescentes, alternando la mirada entre los dos con su hocico graciosamente abierto.
—Te quedarás con mi Būnshin pequeño, yo iré a entrenar—indicó Iza, mientras se acercaba a la puerta.
Y cuando el pequeño perro se quedó solo con el clon, este echó la leche en el tazón.
Campo de entrenamiento:
Se suponía que los dichosos campos de entrenamiento debían de tener una buena vigilancia, por eso de que es donde los shinobi se entrenan. Pero no, cuando Iza entró, no había ni un alma.
Como Ōtsutsuki, tenía la habilidad de sentir el chakra de las personas y seres vivientes en general, pero ni con esta habilidad logró encontrar a alguien.
Suspiró, mientras comenzaba con ejercicios de calentamiento.
Un par de minutos después, el chico se encontraba corriendo a través de la zona de entrenamiento, ignorando el lugar donde pisara, ya fuera contra gravedad o en el agua, un shinobi debía ser todo terreno.
Luego, comenzó a hacer ejercicios comunes, como lagartijas, abdominales, alzamiento de piernas, sentadillas entre otros, asombrándose del número de repeticiones que podía hacer, producto del aguante de su nuevo cuerpo.
Cuando había terminado, creó un Kage Būnshin, con el cual, comenzó a luchar.
Era una práctica sencilla, solo entrenaba su Sharingan, para adaptarse más a él. Luego se enfocaría en practicar el Byakugan.
Y fue cuando entre bloqueos y ataques, las chispas comenzaron a saltar, producto del Chakra Raiton que ambos comenzaban a emitir.
El Iza original se inclinó para esquivar un puñetazo, mientras su brazo izquierdo se recubria levemente de electricidad.
—¡Raiton: Raiken (Elemento Rayo: Puño del rayo)!
El golpe fue directo y poderoso, justo en el plexo solar del clon, mandandolo lejos por la potencia del golpe, y cuando chocó contra un árbol, se deshizo en una explosión de humo.
—Demonios, soy más fuerte de lo que creía—dijo el albino entre suspiros cansados.
Entonces, se tiró al suelo de espaldas, mientras tomaba grandes bocanadas de aire.
—¿I-Iza-kun?
La voz familiar hizo al chico voltearse, observando a la chica que había conocido el día anterior.
—Oh, hola Rin-san—dijo el chico con dificultad; se había sobre-exigido demasiado.
—¿Qué-qué haces aquí?—indagó la chica, mientras desviaba la mirada, con un tinte rosado en sus mejillas.
Antes de que Iza le preguntara el porqué de su sonrojo, se percató de la ausencia de camiseta. Palmeó su frente, se la había quitado cuando comenzó con los abdominales.
Movió su cabeza, incansable, intentando encontrar la prenda, cuando al rato, encontró la negra camiseta que llevaba horas antes.
—Lamento eso, Rin-san, no sabía que alguien más usaría este campo—se disculpó, mientras movía sus manos efusivamente; aún era un adolescente y sentía pena fácilmente.
—N-no te di-disculpes—le restó importancia la chica, mientras también movía sus manos.
Antes de que alguno de los dos pudiera volver a decir algo, una segunda voz sonó.
—¿Por qué tanto alboroto?—preguntó un chico de cabello plateado, mientras pasaba a través de la puerta de rejillas metálicas.
Iza siguió a la voz, encontrándose con Kakashi, quien tenía su mano derecha en su nuca a señal de cansancio.
—Oh, Kakashi, no te había visto en el camino, ¿qué tal estás?
—Todo bien—respondió secamente mientras miraba a Iza, analizándolo—A ti te ví antes, ayer, hablando con Obito, ¿no?
El aludido alzó una ceja hacia el contrario, mientras tomaba la palabra—Si, fue así, ¿tu nombre es Kakashi?
—Acabas de escucharlo—dijo mirando de reojo a Rin, quien se puso cabizbaja—No vale la pena esconderlo. ¿Tú quién eres?
—Eres de esos chicos que van al grano, ¿cierto?
—Contesta—ordenó tajante, como si estuviera a punto de tomar su Tānto.
—Me llamo Iza, ¿feliz?—contestó a regañadientes, observando con cuidado al Hatake.
—Perfecto—dijo el peliplateado, relajándose visiblemente—Bien, puedes irte.
—¿Irme? ¿Es que planean algo súper secreto o por el estilo? Ya estaba entrenando aquí.
—Estos campos son para uso de los shinobi, ¿puedo ver tu bandana?
—No soy shinobi.
—Te respondiste solo, vete.
Con un bufido de resignación, el chico comenzó a caminar hacia la puerta que antes había cruzado el Hatake. Pero antes de cruzarla, se volteó y observó a Rin, quien nunca quitó la mirada de su espalda.
—Adiós, Rin-chan—dijo mientras le guiñaba el ojo derecho, dejando a la castaña con un lindo tinte rosado en sus mejillas.
Departamento:
Tres toques fueron suficientes para que una réplica del chico albino abriera la puerta, este llevaba un delantal verde lima.
—¿Eres marico?
—Soy tú, pedazo de imbécil.
—Que temperamento.
Entró sin permiso (innecesario, pues es su departamento) y observó a un hombre sobre el sofá.
—Ah, hola Minato-san.
—No te hagas, Iza, si es que en realidad ese es tu nombre.
Suspiró, ¿ya lo habían descubierto? Esperaba que Hagoromo no le pegara.
—¿Sucede algo?
—Sabes qué es lo que pasa, chico, perfectamente—sentenció el futuro Yondaime Hokage, mientras su cabello cubría sus azules ojos—¿Cómo haces un Kage Būnshin tan perfecto sin tener conocimientos como shinobi? Esas cosas simplemente no pasan.
—He practicado antes.
—¿En serio piensas que me voy a tragar eso?
Y fue cuando Iza sintió una poderosa presión sobre él.
—¿E-este es el poder del Konoha no Kīroi Senko? ¿Tal es nuestra diferencia?—se preguntó el albino, mientras trataba de no parecer sorprendido o asustado.
Pero para qué engañarnos, estaba impresionado y asustado, aunque lo segundo en menor medida.
—Entonces, ¿vas a hablar o no?—indagó Minato, encarando los ónix ojos del viajero dimensional con los suyos propios.
—¿Quieres té o café?
—¿Por qué?—preguntó curioso el Namikaze.
—Porque esto va para largo.
¡END!
