Disclaimer: Ni la historia, que es de Emma Mars, ni los personajes, de nikelodeon, me pertenecen, solo hice una adaptación y los mezclé.

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LA TEORÍA DE LA PECA

En comparación con las oficinas que Avatar tenía en Madrid, la delegación escocesa de Fire Nation, la editorial amiga que publicaba sus obras en Gran Bretaña, era un sitio muy tranquilo, el destino indicado para el viejo Iroh, un editor demasiado activo para retirarse y demasiado vago para seguir el ritmo del cada vez más agresivo mercado editorial.

Todo lo que Iroh conocía de internet era el iconito del Outlook Express que había en el escritorio de su ordenador. Sabía dónde pulsar para que el programa se abriera y que las teclas de Enviar y Recibir servían, básicamente, para mantener el contacto con la central. Pero no se le podía pedir mucho más. A sus setenta y tres años ese era todo su conocimiento de las nuevas tecnologías.

En una ocasión, un listillo de la central de Londres había tratado de enzarzarse en una discusión con él sobre libros electrónicos y su importancia en el futuro del mercado editorial. Pero Iroh, que no tenía ni idea de lo que eran los libros electrónicos, había zanjado el tema diciendo que no era su especialidad, aunque en su humilde opinión dudaba de que el futuro de las editoriales estuviera en publicar libros de una materia tan aburrida como la electrónica.

Iroh tenía suerte de que la familia Lovell, principal accionista de Fire Nation, le tuviera un cariño especial. Y es que el experimentado editor era el empleado en activo más antiguo de la editorial. No por nada había sido contratado a la edad trece años para redactar con plumilla y una letra angulosa, casi gótica, las cartas de agradecimiento que se enviaban a los lectores que habían intentado contactar con los autores.

Pero los tiempos habían cambiado. Ahora los agradecimientos se escribían por e-mail siempre que era posible. Y si no lo era, se imprimía una plantilla redactada en el ordenador, aparato con el cual nunca había hecho buenas migas el viejo Iroh.

Como estaba demasiado oxidado para tener responsabilidades de verdad, el encargado del departamento de recursos humanos le había puesto al frente de la delegación de Edimburgo, donde podía beber cerveza a granel con otros colegas del gremio, atender de vez en cuando la llegada de algún novato enviado desde la central y, básicamente, darse a la buena vida de editor destinado en un puesto tranquilo. En Escocia lo único estresante que podía ocurrir era una firma de libros. Y eso sucedía de manera muy esporádica.

En ese momento estaba entregado en cuerpo y alma a su hipercalórico desayuno: un té acompañado de unos grasientos huevos escalfados con beicon, que encargaba todas las mañanas en la cafetería de enfrente. Su oronda barriga colgaba hasta su regazo y los tirantes que sujetaban su pantalón se ponían más tensos con cada bocado que daba. Colocada sobre un aparador había una vieja radio que escupía las notas del único éxito de The Bobbetts, un grupo de la década de los cincuenta. Iroh estaba hojeando el periódico con los dedos manchados de grasa de beicon cuando escuchó aquel estruendo que le hizo ponerse en guardia. Sonaba como una manada de ciervos subiendo unas escaleras.

Sus ojos azules se abrieron de par en par cuando las bisagras de la puerta de entrada cedieron y dos muchachas salieron disparadas sobre la mesa, llevándose por delante el té y los huevos escalfados. El viejo editor permaneció sentado un minuto, perplejo. En todos los años que había trabajado para aquella editorial había visto muchas cosas, algunas de ellas verdaderamente desagradables, pero jamás había visto a dos chicas retándose a una carrera para ver quién llegaba primero.

Por suerte para todos, las muchachas parecían encontrarse bien. Un poco doloridas por el impacto, pero con energía suficiente para echarse la culpa una a la otra.

—¡Mira lo que has hecho!

—¿Yo? ¡No fui yo la que tuvo la brillante idea de echar una carrera!

—¡Lo dije de broma!

—¡Pues no parecía una broma cuando empezaste a correr!

—¡Señoritas, por favor, cálmense! —El bigotito nevado de Iroh osciló con enfado sobre su labio superior. Se levantó con pesadez y se acercó a las muchachas para comprobar que no tenían contusiones de gravedad. De lo contrario, tendría que llamar a un médico y no era buen amigo de los matasanos.

Al ver que se encontraban en perfecto estado, meneó la cabeza con desconcierto y siguió hablando:

—Si se dedican a las carreras es normal que acaben estrellándose.

Korra y Asami no contestaron. Se sintieron demasiado avergonzadas al darse cuenta de que alguien había presenciado su carrera y el golpe en el que desembocó. Asami aprovechó el silencio para sacarse un trozo de beicon que se había quedado pegado a la pechera de su chaqueta.

—Ustedes deben de ser Sato y Raava —dijo Iroh en un español perfecto, aunque cargado de acento, tendiéndoles la mano afablemente para romper el hielo—. La verdad, no acostumbro a que mis huevos terminen por los suelos…

Asami contuvo una carcajada. Luego lo que tuvo que contener fue un quejido de dolor cuando Korra le propinó un pisotón.

—Debe disculpar nuestra entrada —se apresuró a decir Korra—. Normalmente no nos comportamos como chiquillas.

—Y lamentamos también lo de sus huevos —añadió Asami con una sonrisa.

—Y lo de la puerta.

Iroh se mesó el bigote. Sus ojos azules brillaron con diversión al contemplarlas. Parecían dos buenas muchachas y claramente había una energía extraña entre ellas. — No os disculpéis por el desayuno —dijo finalmente—. ¡Pero debéis disculparos por tratarme de usted! Soy viejo, pero no un anciano.

El editor se dirigió pesadamente hacia su escritorio, aunque a medio camino no pudo evitar mirar de soslayo su malogrado desayuno, desparramado por el suelo. Sus tripas protestaron con tal intensidad en el interior de su inmensa barriga que llegó a plantearse si habría alguna forma de comerse los huevos. Suponía que no era lo más recomendable, dada la cantidad de polvo que había en aquella oficina. El cajón del escritorio renqueó quejumbrosamente al abrirse y de él sacó lo que parecía un trozo de periódico arrugado.

—Bueno, aquí tenéis: las señas de vuestro palacio —bromeó con ganas, antes de tendérselo a Asami, para fastidio de Korra—. No esperéis nada del otro mundo, jovencitas: el presupuesto era muy ajustado. De todos modos, creo que allí os encontraréis muy a gusto. Se trata de una agradable posadita en la plaza central de Durness. La familia es amiga mía y os tratarán a cuerpo de rey. Si tenéis cualquier problema, podéis acudir a ellos. El viejo Gansu es la persona indicada para guiaros por la zona. Para cualquier otra cosa, este es mi número de teléfono —les entregó su tarjeta de visita—. No se tarda mucho en llegar y estoy disponible las veinticuatro horas del día. ¿Habéis comprendido?

Iroh sabía por experiencia que las nuevas generaciones de editores eran muy dadas a la dispersión, así que esperó a que las chicas asintieran para seguir hablando. Quería asegurarse de que le estaban prestando atención.

—Para llegar hasta allí tan solo tenéis que coger el tren de las diecisiete horas en la Estación de Waverley. Estos son vuestros billetes. El centro de Durness es tan pequeño que me sorprendería que no os dierais de bruces con la posada de Little Gansu, aunque apostaría un brazo a que algún miembro de la familia se presentará en la estación para ayudaros con las maletas. Bien, creo que eso es todo. ¿Alguna pregunta?

De nuevo Korra tuvo miles de preguntas pujando por salir de sus labios y una vez más, no dijo nada. Se limitó a mirar a su compañera con impaciencia, como si esperara que ella compartiera las mismas dudas y las formulara en voz alta. Para su descontento, los labios de Asami solo se movieron para dedicarle una sonrisa al viejo editor y darle las gracias. Nada de preguntas.

—¿Es que tú nunca tienes dudas? —le recriminó Korra tan pronto salieron de la oficina y empezaron a bajar las escaleras, camino de la calle. Los humedecidos tablones de madera crujían bajo sus pies a cada paso que daba.

—¿Dudas? ¿A qué te refieres? —Asami iba detrás y no parecía comprenderla. Frunció el ceño y al caminar escuchó el crujido de otro escalón.

—Preguntas, cosas que no te han quedado claras, ¿nunca tienes ninguna?

Asami se encogió de hombros. —Yo creo que está todo muy claro.

Las dos chicas permanecieron el resto del trayecto en silencio. Las escaleras de aquel edificio estaban tan viejas que la madera podía ceder en cualquier momento. Ambas estaban muy concentradas en mirar dónde pisaban, hasta que se escuchó aquel chasquido, seguido de un ruido seco.

—¿Estás bien? —Asami miró por encima del hombro de Korra, que iba delante. La madera había cedido bajo su peso y su pie se había quedado encajado en uno de los peldaños.

Aquella situación era perfecta para burlarse de ella, y en cualquier otro momento seguramente lo habría hecho, pero como ya había tenido suficiente con la carrera, se contuvo. A veces era agotador comportarse de una manera tan inmadura. De todos modos, Korra sacó rápidamente el pie del escalón y siguió andando con toda la naturalidad del mundo, como si no hubiera pasado nada.

—Por supuesto que estoy bie…

Pero eso fue lo único que consiguió decir antes de dar con su trasero en el suelo. La castaña resbaló con la nieve que había cuajado a la entrada del edificio. Era una escena francamente cómica verla rodeada de hielo, abrazada a la bolsa que le había entregado Vicky antes del viaje, y con gesto de no comprender lo que acababa de ocurrir.

Asami hizo el ademán de ayudarla, pero ella se levantó rápidamente, enfadada.

—Sé hacerlo sola, gracias.

Se sentía humillada. Pocas veces se había sentido tan patosa como aquel día y no estaba de humor para dejarse ayudar, sobre todo si la ayuda provenía de su enemiga. Pero a Asami no le importó lo más mínimo su desairada contestación. Se limitó a poner cara de absoluta indiferencia y acto seguido metió la mano en el bolsillo de su chaqueta para extraer el paquete de cigarrillos.

—Más te vale fumar ahora, porque cuando lleguemos a Durness no esperes fumar en mi habitación —le advirtió Korra, que ya se había puesto en pie.

Asami dio una profunda calada antes de contestar.

—¿Tu habitación?

—Sí, al menos en la mía. Tú puedes hacer lo que quieras en la tuya, pero en la mía no esperes entrar con eso.

En los labios de Asami se dibujó una sonrisa misteriosa, como la de alguien que conoce un secreto demasiado suculento para compartirlo de inmediato. Meneó la cabeza con descrédito, dio otra calada a su cigarrillo y echó a andar por la nieve tras los pasos de la otra chica, que se dirigió a la estación de tren, cojeando de dolor.

oOoOo

Había algo en los viajes en tren que siempre la ponían melancólica. Korra nunca había sabido la causa. Tal vez era por el paisaje, que pasaba deprisa pero no lo suficientemente para no poder fijarse y eso le recordaba a la vida misma. Podía pasarse horas enteras mirando por la ventanilla. Sentía que el monótono traqueteo del tren le ayudaba a ordenar sus pensamientos, que aquel día eran muy caóticos y confusos.

Por razones que no alcanzaba a comprender, se había puesto a pensar en Mako, en su pasado, presente y planeado futuro. Desde el momento en el que se conocieron, en su época universitaria, ambos habían trazado una línea muy clara. Tenían planes y disfrutaban teniéndolos. Sabían cuántos hijos iban a tener, cómo los iban a llamar, qué estudiarían, qué casa comprarían cuando la suya fuera insuficiente para alojar a los nuevos miembros de la familia… Había momentos en los que incluso jugaban a adivinar cómo serían sus rasgos o la curvatura de sus sonrisas. Ambos creían saber, en resumen, el cauce que seguirían sus vidas e incluso la de su descendencia.

Para su tranquilidad, Mako y ella eran iguales, por eso le había elegido (¿o había sido él quien la había elegido?) y ella siempre se había sentido a gusto con la seguridad que le reportaba esta vida. No hacía falta ponerlos por escrito, pero ambos tenían bien claros sus objetivos, sabían cuáles eran y cómo conseguirlos.

Korra estaba a punto de convertirse en la antítesis de su madre, una mujer caótica y espontánea con quien nunca había congeniado en exceso y a quien no deseaba imitar. Eso la hacía inmensamente feliz. En cierto modo, no parecerse a su madre se había convertido en una de sus metas principales en la vida. El único inconveniente era que en los últimos meses había empezado a olvidarse de por qué planeaban tanto, del motivo por el cual era necesario llevar aquel orden tan taxativo y estudiado.

Así, casi sin darse cuenta, había permitido que la asolaran infinidad de dudas sobre si realmente valía la pena vivir el presente proyectando el futuro. Se acordaba a menudo de aquella famosa frase de Iknik Lennon, en la que el cantante advertía de que la vida es eso que pasa mientras planeas el futuro, y no pudo evitar preguntarse hasta qué punto estaba cayendo en esta trampa.

Lo único cierto era que sus compromisos laborales parecían cada día más exigentes. Mako pasaba fuera toda la semana lectiva y ella se vería obligada a hacerlo si aspiraba a convertirse en una editora senior. Tenían los fines de semana para estar juntos, pero normalmente estaban tan cansados que la única excusa que encontraban para levantarse del sofá era visitar la nevera o cambiar el deuvedé. Del sexo ya no valía la pena hablar. Ni siquiera recordaba la última vez que se habían tocado espontáneamente, sin tenerlo marcado en una agenda, aunque estaba casi segura de que había sido el verano anterior, cuando los dos habían acabado borrachos por insistencia de unos amigos de Mako, que consiguieron rellenar una y otra vez sus copas, a poco que se despistaran.

Así que no pudo evitar preguntarse si acaso se estaba convirtiendo en una persona triste, en alguien gris y monótono, sin más aspiraciones que hacer lo correcto y llevar la vida aburguesada y vacía en la que habían caído tantas otras mujeres de su entorno. Quizá porque no tenía otra cosa con la que entretenerse, en ese momento observó a Asami y se preguntó si ella se sentiría igual. Estaba en el asiento de enfrente, escuchando música con los cascos, y su pie daba pequeños golpes en el suelo al compás de las notas. Parecía tan ajena a los pensamientos que la estaban consumiendo que Korra no pudo evitar sentir envidia de la paz que transmitía su rostro. Asami sonreía, como si estuviera disfrutando con intensidad de la música. Le pareció ver que sus labios se movían ligeramente, tarareando la canción que estaba escuchando. Se fijó en su peca, una peca rebelde, nacida en el trazado de los labios. Había que fijarse mucho para notarla, demasiado teniendo en cuenta dónde se encontraba, y llegó a la conclusión de que, casi con total seguridad, muchas personas cometerían el error de mirar fijamente los labios de Asami por culpa de esa peca. ¿Le haría eso sentir incómoda?

En cualquier caso, se trataba de una peca bonita, se podría decir que era incluso sexy. Quien quiera que la hubiera puesto allí, había hecho un gran trabajo, pensó, y después se dedicó varios minutos a observarla sin que su dueña se diera cuenta. Fue tiempo suficiente para que llegara a una conclusión todavía más importante que la de la peca: Asami era feliz. Era un espíritu libre, la persona más descerebrada y a la vez más cabal que había conocido. Y, francamente, Korra no sabía si odiarla o admirarla por ello. Tal vez el secreto residía en hacer ambas cosas.

oOoOo

—Y esta es su habitación.

El señor Gansu había ido a recogerlas a la estación, tal y como Iroh había predicho. Se trataba de un hombre tranquilo, de piel curtida, expresión afable y un acento escocés cerrado que les costaba mucho comprender. Por suerte, hablaba poco y lo poco que decía casi siempre era para dar información práctica. Nada más verlas las puso al tanto de que en Durness vivían aproximadamente cuatrocientas personas, por lo que con esa densidad de población no debían asustarse si al cabo de unas pocas horas ya las conocía todo el mundo.

Este dato les hizo sentir un poco inquietas porque no sabían hasta qué punto eran buenas o malas noticias. Con un autor como Iknik Varrick, cabía esperar cualquier cosa. Tal vez se sintiera halagado al descubrir que dos señoritas estaban intentando dar con sus pasos. O tal vez, y esto era lo más probable, consideraría aquella visita como una intromisión en su privacidad y les pediría, de malas maneras, que desaparecieran para siempre de los Highlands escoceses.

Tardaron dos minutos de reloj en llegar desde la estación hasta la hospedería del señor Gansu. La Posada de Little Gansu era un edificio de piedra y tejado vertical diseñado especialmente para la lluvia. El lugar era un poco húmedo pero acogedor, y se encontraba en la plaza del pueblo de Durness; plaza que, por cierto, consistía en una fuente, una farola y dos casas que la rodeaban, entre las cuales se encontraba el hogar del médico del pueblo.

El señor Gansu abrió la puerta principal, cuyo cristal lucía unas ridículas cortinas de cuadros escoceses con estampaciones ecuestres, y subió las escaleras camino del primer piso. Al llegar a la habitación número tres, se detuvo y posó la maleta de Korra en el suelo, la única con la que había cargado todo el trayecto, ya que Asami portaba la suya sin mayores problemas. Abrió una puerta de madera rústica y les enseñó lo que se encontraba tras ella. No era una mala habitación, pero a simple vista resultaba demasiado tosca. Tenía dos camas separadas por una minúscula mesita de noche en la que titilaba una lámpara de tulipa amarillenta. Un armario y un escritorio con su correspondiente silla componían el resto del mobiliario de aquella habitación decorada con un horrible gusto lugareño que incluía un papel de pared de coloridas y gigantescas flores ornamentales.

Asami caminó con seguridad hacia el interior y depositó su maletita rosa sobre la colcha de una de las camas.

—Bien, nos vemos luego, Sato —se despidió Korra con alivio, antes de cerrar la puerta a sus espaldas y mirar al posadero con una sonrisa triunfal.

Su reacción confundió tanto al señor Gansu que el posadero la observó con curiosidad, como si intentara averiguar por qué Korra se había quedado allí plantada, mirándole.

Desde luego, si la intención de aquella señorita era tener un romance con él, tendría que verse las caras con la señora Sela, que a aquellas horas del día estaba atareada rizándose el pelo y cuando se ponía los rulos solía estar de muy mal humor. Decía que le daban jaqueca. No, desde luego no era momento de coquetear, concluyó el posadero.

—Si necesitan algo, estaré abajo —le dijo antes de arrastrar sus inmensos pies hasta lo alto de las escaleras.

En otro momento, tal vez, pero con los rulos…

—¡Un momento!

La voz de Korra sonó estrangulada por el pánico que sintió al ver que el posadero se iba, pero el señor Gansu la interpretó de una manera muy diferente. Se giró, esperanzado de que tal vez, después de todo, a ella no le importara la jaqueca y mal humor de su señora esposa. Pero no, no tenía nada que ver con aquello.

—¿No va a enseñarme mi habitación?

El posadero frunció el ceño, sin comprender.

—Room, my room! —insistió ella marcando con enfado las erres.

—La acaba de ver —replicó él, encogiéndose de hombros—. Está justo detrás de usted —dijo, señalando la puerta que ella había cerrado.

El hombre meneó la cabeza y desapareció escaleras abajo.

Korra se quedó petrificada en el pasillo. Aquello no podía estar pasando. No solo tenía que compartir sus días con Asami, sino que ahora también tenía que compartir habitación con ella. Si al menos alguien se lo hubiera dicho… Si al menos se hubiera hecho a la idea antes… Pero esto lo cambiaba todo y la prueba de ello era su cara, pálida, fantasmal, con aquellos surcos negros bajo los ojos que le daban un inquietante aspecto de asesina en serie.

Sin embargo, la sangre regresó rápidamente a sus mejillas cuando escuchó el sonido que procedía del interior de la habitación: Asami se estaba riendo. Furiosa, Korra tomó el pomo de la puerta y la abrió con tanta fuerza que acabó estrellándola contra la pared, desconchando ligeramente la pintura. Asami estaba tumbada sobre la cama. Tenía el rostro cubierto por un libro y aunque no era capaz de escuchar su risa ahora, estaba convencida de que detrás de las tapas de Penélope, una historia, de Iknik Varrick, escondía una sonrisa burlona.

Siempre ocurría lo mismo. No sabía cómo, pero Asami acababa saliéndose con la suya y apropiándose de lo que, por derecho, era suyo. Lo había hecho en el colegio, cuando empezó a salir con el portero del equipo de fútbol del instituto nada más enterarse de que a Korra le interesaba. Como resultado, había tenido que soportar la tortura de verles haciéndose arrumacos en cada intercambio de clase. Luego, con aquella beca para el curso de verano en Inglaterra, que era suya, aunque en el último momento le denegaron la plaza porque Asami había seducido al estúpido hijo del director del programa y, por supuesto, él quería pasar un verano de ensueño con la muchacha. Y la escena se había repetido a su regreso de Barcelona, cuando la había puesto en ridículo delante de todos, sacando a colación el pasado.

—Espero que no encuentren problemas para trabajar juntas a partir de ahora —les dijo Tenshi, aunque lo que verdaderamente quería decir era "no quiero ni un solo problema a partir de ahora".

Eso quedó más que claro con la mirada que les dedicó a ambas.

—Sato: usted ya sabe cómo funciona esto. Confío en que ayude a Raava con cualquier contratiempo que pueda presentarse.

—No se preocupe, señor, llevo toda mi vida cargando con ella, ¿verdad Raava?

Y todos habían reído. Korra quiso esconderse debajo de una piedra, pero como no había piedra, tuvo que aguantar que Asami deleitara a sus nuevos compañeros de trabajo con algunas de las anécdotas que habían protagonizado en el colegio y en el parvulario. Entre ellas, por supuesto, se incluía el robo del lazo, aunque fue la de los tornillos y la bicicleta la que arrancó más sonrisas. Ella, quiso morir de la vergüenza. El problema estribaba en que eran personas muy diferentes. Lo que Asami veía como unas anécdotas sin importancia con las que intentaba limar las asperezas que existían entre ellas, para Korra representaban una parte dolorosa de su pasado que estaba deseando olvidar.

Pero su paciencia se había agotado. Aquella era su misión. Su ascenso. Su habitación.

—No tiene ninguna gracia, deja de reírte —le ordenó, haciendo esfuerzos para arrastrar su maleta hasta los pies de la otra cama, con toda la dignidad que consiguió reunir.

—No sé de qué me estás hablando —respondió Asami, tratando de disimular—, yo no he oído a nadie reírse.

Asami se tapó aún más la cara con el libro, pero dejó escapar un hipido al tratar de contener la risa. Korra rodó los ojos. Abrió su maleta, más por mantenerse ocupada que porque necesitara deshacerla de inmediato, pero pronto se quedó mirando con desconfianza la cama donde estaba tumbada su compañera.

—Creo que deberíamos sortear las camas.

—¿Sortearlas? —Asami bajó el libro. Su sonrisa se esfumó. Aquello ya no le hacía tanta gracia—. ¿Y por qué íbamos a hacer algo así?

—No sé, ¿quizá porque te has quedado con la más grande?

—Yo llegué antes, pero tú puedes irte a tu habitación. Seguro que allí encuentras lo que quieres.

Korra decidió ignorar este último comentario y sacó una moneda de su bolsillo.

—¿Cara o cruz?

—Me es indiferente, no pienso moverme —anunció Asami con tozudez, abriendo el libro en la página donde lo había cerrado.

—¡Claro que te moverás!

—No, no lo haré.

—Esa cama es más grande y tú lo sabes.

—Haberla elegido antes.

—Sato: te lo advierto. ¡Sal de la cama!

—Si quieres que lo haga, tendrás que obligarme.

No le dio tiempo a reaccionar. Korra cruzó la habitación como una exhalación y con un hábil movimiento dio un tirón a la colcha de la cama en la que estaba tumbada Asami, consiguiendo que diera con sus huesos en el suelo.

—¡Maldita sea, Raava! ¿Qué cuernos crees que estás haciendo?

Korra estaba fuera de sí. Había levantado el colchón y lo estaba arrastrando hacia la puerta.

—Lo que tú me has pedido: obligarte. Además, he pensado que, si tú te quedas con la cama, yo me quedo con el colchón. Es un trato justo, ¿no?

Asami se puso en pie. Tenía los puños cerrados, estaba furiosa. No podía creer que la castaña hubiera empujado el colchón escaleras abajo.

—¡Devuélvelo a su sitio!

—¡Ve tú a buscarlo! En estos momentos debe de estar camino de la calle. ¡El colchón tenía ganas de dar un paseo!

—¡Como sigas así, la que se va a ir de paseo eres tú, Korra!

—¿Me estás amenazando? —Se sorprendió la castaña—. ¿En serio me estás amenazando? ¡Ja! Llevo desde los doce años leyendo libros de defensa personal, puedo dejarte en el sitio en medio segundo y aún me sobrarían unas décimas. Asami se puso en guardia.

Korra estaba preparada para atacar.

Y justo en ese momento…

Toc, toc, toc.

—¿¡QUÉ!? —gritaron las dos al unísono.

Una cabeza asomó tímidamente por la puerta. Era el señor Gansu, el posadero. Sus ojos recorrieron con miedo la habitación, pero no se atrevió a preguntar por qué un colchón se había precipitado por las escaleras delante de sus narices. O por qué la colcha del citado colchón estaba en el suelo de la habitación. O a qué extraño motivo obedecía que la chica que, según él, se le había insinuado antes estuviera con los puños levantados, en posición de ataque.

No.

Esas cosas no se preguntaban. Esas cosas hechas por editores llegados de España eran demasiado extrañas y el señor Gansu, un lugareño pacífico, alejado de la gran ciudad, tenía la impresión de que uno podía meterse en problemas si pedía explicaciones a aquellos individuos.

—Oh, disculpe, señor Gansu. Pase, por favor —le invitó a entrar Asami al ver que el posadero temblaba como una hoja—. Lo sentimos. No pretendíamos hacer tanto ruido. ¿Hemos sido muy escandalosas?

—Sí, lo sentimos —convino Korra, atravesándola con la mirada.

—Pe… pen… pensé que…

Aquel pobre hombre se había quedado sin habla y sin recursos. Lo último que deseaba era incomodar a sus huéspedes, pero como su amigo Iroh se lo había pedido como un favor, logró reunir fuerzas suficientes para sacar algo de su bolsillo.

—Pensé que les vendría bien para ubicarse en la zona.

Asami se acercó unos metros para tomar entre sus manos el papel que el señor Gansu les estaba tendiendo. Lo abrió con un movimiento preciso y sonrió con

dulzura.

—¡Un mapa!

—Sí —farfulló el posadero, que consiguió esbozar una sonrisa, aunque en realidad estaba muerto de miedo.

—¡Oh, señor Gansu, es usted muy amable! Muchas gracias. Nos será de mucha ayuda, sin duda. ¿No lo crees así, Korra? —Asami le dio un codazo para que le siguiera la corriente. No era aconsejable aterrorizar al posadero el primer día. Más tarde podían necesitar su ayuda.

—¡Por supuesto! Muchísimas gracias, señor Gansu.

—Claro, creo que deberíamos ponernos en marcha. ¡Tenemos mucho que hacer! —comentó Asami con un discurso afectado, falso, pues tenía la esperanza de sonar algo más animada y afable de lo que en realidad se sentía—. ¿Vamos?

"Deja de darme órdenes", pensó Korra, aunque no llegó a decirlo en voz alta. En lugar de eso, carraspeó, agarró desairada su pequeña mochila y se encaminó hacia la puerta.

Las dos muchachas pasaron delante del posadero, camino de la salida. Cuando ya estaban a punto de irse, el señor Gansu las llamó.

—A… antes de que se vayan, ¿pu… puedo pedirles un favor?

—¡Claro, señor Gansu!

—¡Lo que usted diga!

—¿Se… sería mucha molestia pedirles que devuelvan el colchón a su cama? Mi esposa… padece del corazón y estas cosas la ponen muy nerviosa.

Asami reprendió a Korra con la mirada. Sí, definitivamente lo mejor sería que se fueran de allí cuanto antes. Podían dar un paseo. O dos. Una de ellas necesitaba con urgencia tomar el aire.

¡Hola chicos! No he podido actualizar antes porque he tenido problemas con el pc, pero aquí os traigo el tercer capítulo de este fic, espero que lo hayáis disfrutado ^^

Por cierto, habrá muchos personajes que no tengáis ni idea de quienes son, como en este caso son Gansu y Sela en este capítulo. Son personajes muy secundarios que aparecen nada más uno o dos capítulos en alguna de las dos series, así que no os rayéis si no los reconocéis jajaja.

Maria: si tú supieras lo difícil que va a ser jajaja Korra no aprovará los métodos de Asami fácilmente, Asami no aguantará mucho los arrebatos de Korra, pero leyéndolo yo siempre me río mucho xD