Disclaimer: Ni la historia, que es de Emma Mars, ni los personajes, de nikelodeon, me pertenecen, solo hice una adaptación y los mezclé.

7

EL MONSTRUO VERDE Y LA CHICA DEL VESTIDO AZUL

Tras el encuentro con Baatar Beifong la relación entre las dos mejoró considerablemente. Todavía discutían de vez en cuando por el mero arte de discutir, ese deporte no olímpico que tan bien se les daba, pero ahora se había interpuesto entre ellas algo no previsto, un sentimiento que nunca habían experimentado antes: la admiración mutua.

Asami admiraba a Korra por la calma y madurez con la que afrontaba casi todas las situaciones, incluso hablar con un personaje como Baatar Beifong, que claramente le resultaba insoportable. Y Korra admiraba profundamente la iniciativa y el arrojo de Asami. Puede que sus métodos no fueran demasiado ortodoxos (ligar con el agente de un autor no le parecía la mejor manera de firmar un contrato), pero tenía que reconocer que eran igual de efectivos que cualquier otro, sino más.

Sea como fueren los cambios que ambas estaban atravesando, lo cierto es que Korra había empezado a descuidar su relación con Mako. Él la había llamado en varias ocasiones al teléfono de la habitación, pero todavía no había conseguido dar con ella. Su móvil funcionaba a ratos, cuando había cobertura, que era casi nunca, y la conexión a internet resultaba todavía más inestable, aunque a veces les permitiera revisar sus correos electrónicos. Mako llegó a estar tan preocupado que acabó mandándole un e-mail para preguntarle si todavía se encontraba con vida o si, en su defecto, había acabado con la de Asami y se había escondido en algún lugar recóndito de los fiordos escandinavos.

Korra consideró su contenido un poco exagerado ("Dime, por favor, que no la has estrangulado y te has fugado. ¡Hablo en serio! Mako"), pero le contestó todo lo rápido que pudo para que no se preocupara. Bolin también había hecho varios intentos de hablar con ella, todos en vano, pero su amigo había sido mucho más práctico y en su e-mail sólo ponía "¿Todo bien? He intentado contactar contigo, pero es imposible. Me rindo". La novia de Bolin, Opal, como siempre, había ido directamente al grano: "Oye, tú, como no contestes pronto voy a tener que darle respiración asistida a Mako. ¡CREE QUE TE HAS MUERTO! Yo sé que estás perfectamente bien, ocupada, pero dinos algo. Te quiere. Opal". Y de su extravagante amiga Toph era casi mejor no hablar, porque seguía sin comprender el correo electrónico que le envió: "Mako dice que es probable que hayas muerto. Si has muerto, ¿puedo enterrarte junto a mi tía? (aunque en el fondo espero que estés bien). Toph".

La verdad era que había estado demasiado ocupada redactando informes sobre el comportamiento de Varrick, analizando maneras de abordar la cuestión de su nueva obra y haciendo frecuentes visitas a una de las dos tabernas del pueblo, donde ya las conocían y apenas se sorprendían de que invadieran su pequeña república eminentemente masculina. Pasaban tanto tiempo allí que Korra se había aficionado a la cerveza y su resistencia al alcohol era ahora mucho mayor.

—¿A ti también te envían e-mails? —se atrevió a preguntarle a Asami mientras cerraba el que le había enviado Opal. La castaña dio un trago a su cerveza mientras esperaba una respuesta.

—¿Quiénes?

—Pues no sé, tus amigos, tu familia, ya sabes.

—¿No habíamos dicho que nada de preguntas personales? —contestó Asami, tachando una de las frases que había escrito en su agenda.

—Oh, vamos, no puedes hablar en serio después de todo lo que hemos pasado juntas.

—Mi pasado —respondió secamente la morena, luchando para que aquel bolígrafo escribiera.

—¿Qué ocurre con tu pasado?

—Que eso es lo que conoces de mí. Las cosas han cambiado mucho desde que dejamos el instituto, Korra.

La castaña rodó los ojos. Estaba convencida de que Asami solamente trataba de hacerse la interesante. Porque, en realidad, ¿qué podía haber cambiado en esos años? Ella seguía siendo la de siempre, con sus histerias y su incansable búsqueda de la perfección. Mako todavía comía con la boca llena. Toph seguía obsesionada con revistas que ella catalogaba de divulgación científica pero que no eran más que panfletos de ciencia-ficción sacados de la imaginación de un grupo de pseudo periodistas. Tendrían suerte si no acababa enrolada en la Cienciología. Y aunque a Bolin se le hubiera pasado ya su afición por los deportes de riesgo y esa manía suya de arrastrarlos a todos hacia una muerte segura, no significaba que hubiera dejado de ser un yonqui de la adrenalina. En vista de que toda la gente de su entorno seguía más o menos igual, ¿qué podía haber cambiado tanto para Asami?

Tenía claro que se trataba de una excusa para no decirle la verdad, que no era otra sino que todavía no confiaba en ella. O si lo hacía, parecía claro que no se sentía cómoda para compartir detalles de su vida personal. Pero, por mucho que le molestara, lo cierto era que no podía culparla por ello. Aunque los últimos días hubieran hablado de asuntos que Korra etiquetaba inequívocamente como personales, sabía que no iba ser fácil olvidar el pasado. Y, sin embargo, aquello quedaba ya tan lejano en su mente, que a veces se sorprendía de lo rápido que había conseguido pasar página. Era como si se hubiera bebido un elixir mágico que le hubiera hecho olvidar y, así, cosas que antes habría interpretado como una verdadera afrenta, le provocaban ahora una sincera hilaridad. Una de ellas era el mítico episodio del lazo de raso azul, que despertó las carcajadas de ambas al recordarlo.

—¡Tengo que buscarlo! Estoy segura de que todavía lo tengo —le dijo Asami con entusiasmo.

—¿Estás de broma?

—No, qué va. Me lo quedé como si fuera un trofeo.

—Pues encuéntralo y lo enmarcamos. Tú te lo quedas unos meses, yo me lo quedo otros. Custodia compartida.

A la vista de todo esto, para ella las palabras de Asami eran un paso atrás, y le hería que no confiara en ella.

—Como quieras —afirmó con ese tono altanero que empleaba cuando trataba de fingir que algo no le importaba. Después dio el último trago a su bebida—. ¿A qué hora habías quedado?

Asami estaba distraída mirando de reojo hacia la puerta.

—Ahora. Llega puntual.

En la dirección que le indicaba, vio a un hombre bastante apuesto. Se estaba quitando el abrigo para colgarlo en un perchero. El hombre miró en su dirección y sonrió a las dos muchachas, que le devolvieron el saludo.

Korra parecía nerviosa. Se estaba esforzando en sonreír, pero no lo conseguía.

—Cuidado… se acerca —le advirtió la pelinegra—. ¡Buenos días, señor Beifong!

—Oh, señorita Sato, por favor llámeme Baatar —le dijo antes de hacer una aparatosa genuflexión y besar su mano.

Ella sonrió, complacida.

—¿Están listas para nuestra pequeña excursión?

—Precisamente de eso estábamos hablando. Korra me estaba diciendo lo muchísimo que le gusta el paisaje local. Ella también es una entusiasta de las verdes praderas de Durness.

—Y no me extraña lo más mínimo. Son sin duda uno de los paisajes más espectaculares de toda Escocia.

Así fue como empezó todo. Este fue el comienzo de una inmensa bola de nieve que desembocó en la inesperada consternación de Korra.

Baatar Beifong, el agente de Iknik Varrick, con quien Asami llevaba dos días coqueteando, fue su guía el resto de la mañana. Durante el tiempo que estuvieron visitando las maravillas naturales de la zona, la castaña disfrutó como una niña. Sacó fotografías que sabía que a Mako le iban a encantar; se deleitó con la fresca brisa invernal que golpeaba los pedregosos acantilados de Durness, y a pesar de las atenciones que Baatar Beifong le dedicaba a su compañera, en ningún momento se sintió que sobraba. Pero eso fue hasta que decidieron hacer un receso para comer. A partir de ese momento todo cambió.

Decidieron almorzar en una pequeña tasca famosa por su comida casera. Por insistencia de Asami, ella quedó sentada enfrente de ellos, algo un poco inusual teniendo en cuenta que tenían que compartir un banco de madera. Pero Korra no se quejó porque tenía clara cuál era la estrategia: dado que Baatar se había presentado solo y no había sido posible conocer a Varrick, el plan era seducir al agente a toda costa, costase lo que costase. Esa era su única y última esperanza para conseguir un encuentro con el escurridizo autor.

Desde hacía días, la gente del pueblo no hablaba de otra cosa. Todos estaban enterados ya de la fiesta que iba a dar el escritor. Ellas se habían enterado gracias a la dueña de la tienda de comestibles, la misma que pocos días antes les había negado tajantemente conocer la existencia de un escritor de renombre en los alrededores. El cambio de actitud solo podían achacarlo al hecho de que en Durness se acababa sabiendo todo. En opinión de Korra, que las hubieran visto en compañía del agente de Varrick estaba actuando en su favor, porque ahora los pueblerinos creían que ellas dos eran personas del círculo más cercano al escritor, y ya no tenían tanto reparo en salvaguardar su vida privada.

De todos modos, quedaba claro que Varrick no era amigo de los guateques ni de las apariciones públicas a no ser que tuviera que anunciar algo de suma importancia. ¿Y qué cosa más importante podía haber que su inminente regreso a las librerías y, posiblemente, a las listas de los más vendidos? Además, de ser cierta la teoría de Beifong, esta podría ser su mejor (o por lo menos muy superior a Penélope, una historia, que Asami había dado por imposible y Korra había leído tras ejecutar un concienzudo ejercicio de responsabilidad). Si querían asistir a la fiesta, Baatar Beifong era su única oportunidad. Tenían que jugárselo todo a esa carta. En un principio, a Korra la idea le pareció brillante. Era uno de esos planes que no podría haber ingeniado ella porque para hacerlo se necesitaba una picaresca de la que carecía. Pero habida cuenta del magnetismo que Asami ejercía en los hombres y del evidente interés del griego por ella, el plan era perfecto. Tan solo tenían que conseguir que él las invitara a la fiesta y allí por fin podrían hablar cara a cara con Varrick, sin necesidad de forzar la situación.

Baatar Beifong era una presa fácil, una conquista segura. Se trataba de un hombre transparente, en ocasiones demasiado franco, que se mostraba tan interesado por los encantos de Asami que un poco más de entusiasmo le habría hecho resultar patético. El problema fue que llegó un momento en el que todo aquello dejó de parecerle la gran idea que era. No descartaba haber perdido del todo la chaveta, pero ahora que estaba asistiendo a uno de los espectáculos de seducción de Asami Sato sentía ganas de abofetear a Beifong y acabar lanzándole una mirada que lo dejara seco en el sitio, con esa estúpida y displicente sonrisa suya congelada en sus labios.

Korra se dio cuenta de que nunca antes había sentido tanta inquina hacia alguien (a excepción de la propia Asami) y lo absurdo de todo era que no entendía de dónde procedía esa bilis reconcentrada. Lo único que sabía era que tenerlos al lado resultaba muy incómodo. Si el tal Baatar hacía una gracia, ella se la reía con ganas. Sus chistes eran verdaderamente malos y casi siempre involucraban cabras (¡cabras, por todos los santos!), pero Asami se desternillaba de risa como si fueran comentarios de gran inteligencia. Después echaba su larga melena hacia un lado. Luego se mordía o humedecía el labio inferior. Entonces la mirada del maldito Baatar bajaba y bajaba, ojos, nariz, labios bien perfilados, se clavaba en su boca con deseo y, si podía, descendía un poco más allá de la clavícula de Asami hasta acabar en sus pechos.

—…y el muy loco de Varrick ordenó que metieran las cabras en el cobertizo...

La morena rio este nuevo chiste con ganas. Echó la cabeza hacia atrás y sus carcajadas retumbaron por todo el local. Korra empezó a pensar que su compañera de trabajo o bien tenía un pésimo sentido del humor o un jodido problema mental.

—¡Eres tan divertido, Baatar! —ronroneó con voz de gatita mimosa mientras le acariciaba disimuladamente el brazo.

—Sí, es una historia fascinante —musitó Korra para el cuello de su camisa—. Abrumadora. ¡Hay que ver la de cosas que se pueden hacer con una cabra! Jamás lo hubiera imaginado.

No deseaba arruinar el plan, pero le hubiera gustado que Asami acabara ya con aquella pantomima tan dolorosa. Tamborileó los dedos sobre la mesa de madera. Se sentía inquieta, estaba de muy mal humor y tenía unas ganas irrefrenables de levantarse e irse. Al principio creyó que era porque estaba aburrida, no porque Asami insistiera en tocar la sudorosa mano de aquel hombre o acariciarle la espalda, aprovechando cualquier oportunidad para tener contacto físico con él. Se dijo a sí misma que estaba furiosa porque se sentía invisible, minúscula, ignorada.

Para ser justos, Baatar se había esforzado por hacerle partícipe de la conversación, al menos inicialmente. Pero cuando Asami sacó la artillería pesada de sus flirteos, aquello parecía un fuego cruzado de los cañones de la Armada española, y el griego se olvidó pronto de su presencia. Justo en el momento en el que la morena escurrió su trasero por el banco de madera para acercarse más a él, Korra dejó de existir. Asami le rio entonces los chistes todavía más alto. Se mostró melosa y coqueta. Se mordió el labio unas diez veces, pestañeó más de cien. Hasta que su mano se perdió de vista por debajo de la mesa. Y no, no la estaba tocando a ella. La mano de Asami no le estaba rozando ni una minúscula porción de piel, pero se había perdido en algún lugar debajo de la mesa.

Ahí Korra supo que la que tenía el jodido problema era ella. Estaba celosa. No, era peor: se moría de celos.

Se sentía como si un monstruo verde estuviera creciendo en su interior, haciéndole sentir indefensa y experimentó la misma acidez en el estómago que la primera vez que vio a Mako besarse con su exnovia Kuvira, mucho antes de que ellos dos estuvieran juntos, antes incluso de que la propia Korra se admitiera a sí misma lo que sentía por él. Pero aun así no consiguió explicar lo que estaba sintiendo. Tan solo notó que su mandíbula se estaba poniendo tensa y que sus ojos se entornaron hasta convertirse en dos peligrosas rendijas por las que escudriñó con amargura al griego. También estaba allí aquel hueco que conocía tan bien, la sensación de que alguien le había arrancado algo justo en medio de su pecho. El corazón, un pulmón, podía ser cualquier órgano importante, daba igual, no se encontraba bien, nada bien, y eso era todo. Algo había dejado de funcionar dentro de ella porque no estaba celosa de Asami, como cabría esperar, estaba celosa del griego por estar recibiendo las atenciones de su compañera.

—Perdonad que os interrumpa —dijo, cortando el enésimo chiste protagonizado por unas cabras—. Me encuentro bastante indispuesta. Si no le importa, señor Beifong, retomaremos esta agradable conversación en otro momento, pero ahora me temo que debo regresar al hostal.

Baatar Beifong hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. La castaña se levantó y aunque sintió los ojos de Asami clavados en su nuca, no se molestó en darse la vuelta. Si lo hubiera hecho, habría visto que intentaba pedirle con la mirada que no se fuera.

oOoOo

Asami entró en la habitación hecha una furia. Después de lo ocurrido, lo último que quería era ver a Korra, pero estaba cansada y no le quedaba más remedio ahora que compartían cuarto. Todavía no podía creer que la hubiera dejado sola con un hombre que no le interesaba en lo más mínimo. ¡Con un hombre que apenas conocía, por el amor de dios!

Podía haberse tratado de un violador, un ratero o un secuestrador, pensó para sí, dramatizando la situación por completo. Sentía tanto rencor que no le hubiese importado encararse a Korra y echar así por la borda los últimos días de tregua que habían vivido.

Pero no pensaba hacerlo. Esta vez había hecho propósito de enmienda. Seguramente no podría evitar estar un poco distante, pero lo único que iba a hacer era entrar en la habitación, tumbarse en su cama y abrir un libro, actuando como si nada hubiera ocurrido. Si Korra colaboraba un poco, el enfado se le habría pasado cuando llegara la hora de la cena. Lo que Asami no se esperaba era que su compañera de trabajo adoptara la misma estrategia que ella. Tan pronto entró en la habitación, Korra empezó a actuar como si nada hubiera ocurrido, y eso acabó con la poca paciencia que le quedaba.

—¿Qué tal ha ido todo? —le preguntó cuando se tumbó en la cama.

—Bien —contestó Asami de manera monosilábica.

Korra enarcó una ceja.

—¿Sólo "bien"? ¿Eso quiere decir que lo has conseguido?

—Puede.

La castaña la miró extrañada.

—¿Te pasa algo?

Trató de morderse la lengua. Era lo mejor, ella lo sabía. Las cosas iban bien así. No quería empezar otra discusión con Korra, pero estaba tan enfadada que al final no fue capaz de contenerse.

—En serio, Korra, ¿cómo puedes ser tan egoísta?

—No te entiendo, ¿a qué te refieres?

—Pues que la próxima vez que planees dejarme sola con un extraño, ¡por lo menos avisa!

—Ya te lo he dicho: me encontraba indispuesta.

—¿Indispuesta? ¿A eso le llamas estar indispuesta? Desaparecer con cara de malas pulgas y hacer comentarios sarcásticos pensando que nadie te escucha, no es lo que la gente normal llama "estar indispuesta". ¡Cualquiera diría que estabas celosa!

—¿Celosa? ¿Yo? —le espetó con incredulidad, aunque sabía de sobra que eran celos lo que había sentido al verla coqueteando con el griego.

—Sí, celosa.

—¿Y de qué iba a estarlo, Asami? ¿De cómo te avergüenzas comportándote así con un hombre al que no conoces de nada solo para conseguir que te invite a una estúpida fiesta?

—Nos invite a una estúpida fiesta. Y ni siquiera hice nada, tan solo le estaba acariciando la pierna.

—Da igual, hay mil maneras de hacerlo, no es necesario comportarse como una puta.

Por alguna extraña razón, esas palabras traspasaron el pecho de Asami con la misma facilidad con la que lo habría hecho una flecha. La habían llamado zorra muchas veces, cientos de ellas, pero ninguna le había dolido como aquella.

Korra notó su gesto de dolor y aunque se arrepintió de haber sido tan cruel, su orgullo fue más poderoso. Barajar la remota posibilidad de estar celosa no entraba en sus planes aquella noche y disculparse, tampoco.

—¿Y a ti qué más te da si soy o no una puta, eh? —protestó Asami, todavía dolida. Debería haberla mandado a paseo o haberla ignorado, como había hecho otras veces ante el mismo comentario, pero no fue capaz. Korra le importaba. ¿Desde cuándo?—. Lo normal sería que te diese igual lo que hago o dejo de hacer, siempre y cuando no te afecte.

La castaña no supo qué responder. Tenía razón.

—¿Ves? Ahí lo tienes: no sabes qué decir ¿Y sabes por qué? ¡Porque estás celosa!

—¡Por favor! El día que esté celosa de ti será el día en que las vacas vuelen.

Asami se acercó a la ventana con grandes zancadas y descorrió la cortina.

—¡Mira, Korra! —exclamó, señalando hacia el exterior—. ¡Es Clorinda! ¡Ha venido surcando el cielo para saludarte!

Korra se acercó a la puerta y la abrió con furia.

—¡Oh, mira, Sami! Ha venido a buscarte el agente de Varrick. ¡Pregunta si tu cama está libre esta noche! Oh… buenas tardes, señor Gansu… Que pase un buen día —saludó al posadero, ruborizándose momentáneamente al ver que pasaba por allí justo en el momento en el que había abierto la puerta. Después se la cerró en las narices.

Asami no daba crédito al comportamiento de la castaña, y era muy frustrante. Se sentía fuera de sí, iracunda, incapaz de que no pudiera comprender por qué se había rebajado tanto delante de aquel imbécil petulante de los chistes de cabras. Sentía ganas de abofetearla por ser tan egoísta y no ver que todo aquello formaba parte de un plan para conseguir que las invitara a la fiesta. ¿Por qué no podía entenderlo?

—¡Te juro que no te aguanto! ¡Eres insoportable!

—¡La que no te aguanto soy yo! ¡No sabes las ganas que tengo de llegar a Madrid para librarme de ti!

—¡Estupendo! ¡Ya somos dos!

Asami notó que Korra respiraba con dificultad. En un acto reflejo la mano se le había crispado y había apretado el puño en el bolsillo de su chaqueta.

Permanecieron un buen rato mirándose, estudiándose con las pupilas encendidas, tratando de calmarse. Korra tuvo que recordarse a sí misma que tenía enfrente a una compañera de trabajo y Asami hizo un verdadero ejercicio de control mental para no llegar a las manos.

—¿Y bien? ¿Lo has conseguido? —preguntó la castaña. Todavía respiraba con dificultad, pero se encontraba un poco más calmada.

—Sí, el viernes, a las siete.

Se hizo un silencio extraño, incómodo. Korra clavó la mirada en el suelo y se ruborizó.

—Siento… lo de antes… No pretendía dejarte sola… Ni tampoco insultarte.

Otro extraño silencio.

—Y yo siento haberte gritado —se disculpó Asami, mesándose el cabello con nerviosismo—. Me sentó mal que me dejaras sola con ese idiota.

Korra sonrió. Se había convencido a sí misma de que su compañera estaba verdaderamente interesada en Baatar Beifong, y de alguna manera resultaba un consuelo saber que no era así.

—Bueno, eso está bien, por un momento pensé que te interesaba el hombre de las cabras.

La morena rio con ganas antes de menear la cabeza con descrédito.

—Qué poco me conoces, Korra. ¡Yo tengo muchísimo mejor gusto! —le dijo antes de dedicarle una mirada que le hizo estremecer sin motivo.

Pero Asami decía la verdad. Tenía un gusto exquisito.

oOoOo

Si alguna cosa había quedado clara tras haber pasado una semana entera en Durness era que Iknik Varrick era lo más parecido a un cacique. Los habitantes le idolatraban y guardaban respeto porque daba trabajo a muchos lugareños. Este era el motivo por el cual mucha gente en Durness protegiera con celo la intimidad del escritor. Todos sabían que a él le gustaba preservar su vida privada y hacían lo posible por mantener a raya a los curiosos. Lo positivo era que ahora se habían convertido en parte de la familia, pero tenían por delante la parte más difícil: convencer al escritor de que firmara un acuerdo con su editorial.

Con el paso de los días y los escasos avances que habían hecho para acercarse a él, ambas acabaron comprendiendo lo importante que era aquella fiesta. Debido al hermetismo en el que se hallaba sumido el pueblo de Durness y las escasísimas apariciones públicas de Iknik Varrick, si no conseguían hacerle firmar durante esa fiesta, ya podían olvidarse de hacerlo en otra ocasión. Tendrían que regresar a Madrid con las manos vacías y esa posibilidad quedaba completamente descartada. Solo de imaginar la cara que pondría Tenzin, a Korra se le ponían los pelos de punta.

La elección de la indumentaria fue el primero de sus contratiempos. Ninguna había previsto asistir a una fiesta de gala y cualquier esperanza de encontrar un modelo adecuado en la única tienda de ropa que había en los aledaños quedaba descartada: Modas Rupperta no se parecía en nada a Dolce & Gabanna.

Tuvieron suerte de que Bolin se prestara a hacerles el favor durante el comienzo de sus vacaciones navideñas. Él y su novia Opal les enviaron varios vestidos para que pudieran elegir el que más les gustaba.

—¿Seguro que es una buena idea? ¿Y si el griego no es más que un ganadero de la zona y os está tomando el pelo? ¿Qué pasará entonces? —les comentó el muchacho durante una conversación telefónica.

—Tranquilo, Bolin.

—Sí, no te preocupes: Korra lo tiene todo bajo control —afirmó Asami por detrás, para sorpresa del muchacho, que no pudo evitar preguntarse desde cuándo frases como "Korra lo tiene todo bajo control" formaban parte del vocabulario de Asami.

Sintió tentaciones de hacer algún comentario al respecto, pero se limitó a intercambiar una mirada con su novia, como diciéndole "luego te cuento".

El vestido que eligió Korra era largo, de un favorecedor color azul que hacía juego con sus ojos. Con ayuda de Asami, se las había arreglado para arreglar su corta melena y ahora la llevaba recogida en un elegante moño, dejando al descubierto la zona de su nuca, que resultó ser tan seductora que Asami no pudo evitar apreciarla de soslayo.

Ella iba completamente de rojo, con un vestido que marcaba su curvilíneo cuerpo. Se había pintado los labios a juego y estaba tan guapa que Korra sabía que tan pronto hiciera su aparición, todas las miradas se centrarían en ella. Había sido así desde el colegio; ahora no podía ser diferente. Pero, a decir verdad, ella tampoco se veía mal. La propia Asami parecía sorprendida de su atuendo y acababa de cazarla observando su muslo, porque su vestido tenía una raja que hacía que al sentarse se le viera gran parte de una pierna.

—Ya hemos llegado —anunció el señor Gansu, que se había prestado a llevarlas a la casa de Varrick en su furgoneta.

—No me habías dicho que vivía en un castillo.

Asami se encogió de hombros.

—No me lo preguntaste. Estabas demasiado ocupada enfadándote conmigo.

Korra sonrió. A pesar de las discusiones, tenía que reconocer que Asami empezaba a caerle muy bien.

El castillo de Beckinsale era una de las propiedades más importantes de Escocia. Se trataba de una de estas fortalezas medievales de muros empedrados, coronada por dos verticales torreones desde los que siempre daba la sensación de estar siendo vigilado por varios pares de ojos. Atravesaron la verja de hierro forjado que rodeaba toda la finca y caminaron con dificultad por el camino empedrado que conducía a la entrada. La fortaleza había sido engalanada convenientemente para la ocasión. El jardín estaba decorado con centros de flores frescas, y dos gigantescas antorchas recibían a los invitados en la gigantesca puerta de entrada.

El interior no era menos impresionante. Una alfombra roja atravesaba el recibidor del castillo, iluminado por velas que titilaban en el suelo, distribuidas en hileras. Al cruzar un amplísimo recibidor de altos techos, se llegaba al salón donde parecía que iba a tener lugar la cena. La mayoría de los invitados ya había llegado cuando ellas hicieron su aparición, charlaban alegremente mientras degustaban los aperitivos que servían los camareros. Todos iban vestidos de gala, por lo que se sintieron aliviadas al no desentonar con el ambiente.

Baatar Beifong se acercó a ellas nada más verlas. Hizo una genuflexión y les besó la mano.

—Señoritas, hoy están espléndidas —afirmó, aunque centrándose más en Asami.

Korra se sintió bastante incómoda al tener de nuevo enfrente a aquel individuo. Sintió que el monstruo verde de los celos empezaba a despertarse en su interior, pero esta vez logró controlarlo. Asami la miró con curiosidad, como si estuviera intentando descifrar sus pensamientos y le dedicó una sonrisa cálida que le hizo olvidar rápidamente la presencia del griego.

Baatar Beifong hizo un gesto con la mano y ellas lo siguieron a través del salón. Asami iba delante y, como era de esperar, hizo que varias cabezas se giraran a su paso. La gente parecía deslumbrada por su belleza. Recorrieron varios metros hasta que dieron con un grupo de tres personas, una mujer y dos hombres que charlaban animadamente cerca de cuarteto de cuerda que arrancaba notas de sus instrumentos para amenizar la velada.

—Permítanme que les presente al anfitrión de la fiesta, el escritor Iknik Varrick —comentó Baatar mientras posaba la mano en el hombro del hombre que les estaba dando la espalda, para conseguir llamar su atención.

Iknik Varrick se giró y sonrió complacido con lo que vio, antes de saludarlas con extrema cortesía. La presencia de Asami no pareció impactarle especialmente. Sin embargo, sus ojos se detuvieron en Korra, a quien analizó con frialdad y sorpresa cuando llegó el turno de saludarla. Por un momento la muchacha sintió pánico de que la hubiera reconocido, de que hubiera descubierto que trabajaba para Avatar o lo sospechara porque algún habitante del pueblo le hubiera dicho que habían estado preguntando por él. Ese sería el final de su viaje y sintió tanto pánico que estaba segura de que se le notaba en la cara.

Asami se dio perfecta cuenta de su nerviosismo y para intentar tranquilizarla, entrelazó su brazo al suyo, al tiempo que rompía el hielo entablando conversación con el escritor: —Una fiesta preciosa, muchas gracias por invitarnos.

—El placer es todo mío —respondió Varrick, todavía con la mirada fija en Korra, aunque no pareciera completamente ajeno a los encantos de Asami, muy especialmente a su generoso escote.

—Estoy sedienta —afirmó Asami con rapidez, todo estrategia—. ¿Nos disculpan, caballeros, si vamos a buscar algo que llevarnos a los labios? He visto unas botellas de champán que parecen deliciosas.

—Por favor —replicó Varrick con un gesto de su mano—, están en su casa.

Asami tiró disimuladamente de Korra, que parecía haberse quedado petrificada. Le iba susurrando cosas al oído para intentar tranquilizarla.

—Sonríe, sonríe todo lo que puedas o notará que te ha entrado el pánico.

—¿Has visto cómo me ha mirado? ¿Crees que sospecha que somos editoras? —inquirió entre dientes, mientras se esforzaba por sonreír lo máximo posible.

—Puede ser, pero no lo creo. Si no, ya nos habría encerrado en las mazmorras.

—Entonces, ¿por qué me ha mirado así?

La morena se detuvo cuando llegaron a la mesa de las bebidas. Agarró una copa de champán y le dio un trago largo. Si la noche continuaba por aquellos derroteros, tenía toda la intención de emborracharse.

—Seguramente porque piensa que eres muy guapa —respondió con naturalidad.

—Claro, se iba a fijar en mí teniéndote a ti delante. No digas tonterías...

Asami bajó su copa, dejando un poso de carmín rojo en el borde del cristal. A veces no daba crédito a sus oídos.

—Korra, mírate, por favor, estás preciosa esta noche. ¿Quién no querría estar contigo? Hasta yo mataría por estar contigo.

La castaña sintió calor en las mejillas. Ese comentario había sido de lo más inesperado, pero por la forma en la que la estaba mirando, supo que Asami estaba siendo sincera. Sus pupilas brillaban más que de costumbre, seguramente debido al generoso sorbo de champán, y no pudo evitar que sus ojos viajaran sin querer hacia los labios de Asami, hacia ese carmín rojo que había manchado el borde de su copa.

—¿Les apetece un canapé?

Fue un camarero quien las interrumpió esta vez. Asami desvió la mirada y notó que ella también se estaba ruborizando. Pensó que no debería haber dicho aquello. Se estaba metiendo en jardines de los que no estaba muy segura de cómo salir y aunque en su vida había salido airosa de otras situaciones complicadas, nada podía compararse a estar empezando a sentir algo por Korra Raava. Sin embargo, ella no parecía darse cuenta del problema. Ella no parecía darse cuenta de absolutamente nada y Asami agarró otra copa de champán, dispuesta a ahogar sus penas en doradas burbujas que juguetearan con su paladar.

El camarero se fue, pero entre ellas ya se había formado un silencio extraño que Korra intentó olvidar mirándose los pies, como si en ellos hubiera algo fascinante, y que Asami empleó para observar a los invitados. A los pocos minutos de ignorarse una a la otra todo volvió a su sitio, y optaron por hablar de trabajo, como siempre hacían cuando se veían forzadas a superar una situación tensa.

—Siento tener que decirte que no deja de mirarte.

—¿A mí? —Korra estaba confusa. Todavía respiraba con dificultad. Se le notaba agitada.

—Sí, a ti. Creo que le has impactado, Korra. Si mi instinto no me falla, vas a tener que hablar tú con él.

—¿Yo? ¡Pero yo no puedo hacer eso! ¡Eres tú la que sabe coquetear! Eres tú la que tiene que…

Un carraspeo interrumpió lo que la castaña estaba diciendo. Al girarse, se topó con Baatar Beifong y toda su pomposidad, que se estaba colocando los gemelos mientras esperaba a que las chicas notaran su presencia. Korra le dirigió una mirada de impaciencia a su compañera, aunque ella no pareciera preocupada en lo más mínimo. Estaba claro que la idea de verla tratando de coquetear con el escritor le divertía profundamente.

—Señorita —dijo, dirigiéndose a Korra—, si fuera tan amable de acompañarme, al señor Varrick le gustaría invitarle a un baile.

La castaña la miró presa del pánico, pero Asami le guiñó un ojo para darle a entender que podía hacerlo. Aunque hubiera querido, en realidad no podía hacer nada para ayudarla, el escritor estaba interesado en Korra, no en ella y aunque esto constituía un ligero contratiempo, si la castaña conseguía mantener la calma y se dejaba llevar un poco, tal vez tuvieran alguna esperanza.

—¿Le importa si le robo a su acompañante unos minutos? —le preguntó Baatar Beifong, mirándola con lascivia.

—Para nada, creo que sabré distraerme hasta que me sea devuelta —contestó, toda elegancia y saber estar, aunque estuvo a punto de morderse la lengua nada más decirlo. Sonaba como si Korra fuera algo suyo.

Suspiró. Ahora solo tenía que buscar una forma de matar el tiempo hasta que su compañera volviera. Se recogió el vestido para sentarse en una de las butacas estilo Luis XVI. No lo hizo por descansar de los tacones, ya que estaba acostumbrada a llevarlos la mayor parte del día, sino porque desde aquella posición podía echar un discreto vistazo a toda la habitación y, especialmente, al círculo de gente que se había formado alrededor de Korra, que lidiaba con la situación con una serenidad admirable.

Le sorprendió verla tan segura y confiada. Estaba convencida de que la castaña no era consciente de hasta qué punto su belleza exótica estaba deslumbrando a los invitados, en especial a Varrick, que no dejaba de peinarse los bigotes sin quitarle ojo de encima. Miraba sobre todo su escote, que aquella noche no solo era generoso sino también llamativo. Asami se había dado cuenta de ello nada más verla, pero no hizo ningún comentario al respecto porque, conociéndola, se habría cambiado el vestido por un jersey de cuello alto en menos de lo que dura uno de sus pestañeos.

Captó por el rabillo del ojo una presencia a su lado, y volvió la cabeza para mirar al chico que se acababa de sentar en la butaca que tenía enfrente. Parecía un clon de Wu, el chico del departamento de marketing de la editorial. Misma sonrisa de autocomplacencia, mismo flequillo peinado hacia atrás, pero, oh, distintos ojos, este los tenía azules. Asami suspiró con cansancio. ¿De verdad? ¿Es que no era suficiente con tener que aguantar a todos los Wu del mundo a diario como para encontrarse el mismo tipo de guapo pretencioso en Escocia también? ¿En un viaje de trabajo? Ah, no. Esta vez ni tenía ni quería sacar la paciencia para soportar otra ronda de piropos.

Su intención era quitarse al moscón de encima lo antes posible, por lo que decidió darle un poco de femme fatale en vena. Por lo menos así se desquitaría de los malos momentos que le había hecho pasar Wu.

—Buenas noches —la saludó el chico con otra de esas sonrisas produce-suspiros-de-quinceañeras—, estaba al otro lado de la habitación, y no he podido evitar fijarme en…

—En mí, claro. —Asami cruzó las piernas. El chico abrió la boca con asombro—. No, no me lo digas: ha sido por el "movimiento de mi increíble melena morena" o por "la exuberante belleza de mis rasgos exóticos".

—En realidad...

—No, en serio —le interrumpió la morena, inclinándose más hacia él—, déjame adivinarlo, es mucho más divertido. Estás pensando en la "delicada caída del satén rojo por mi pálida piel" o en cómo mi "encantadora y confiada sonrisa" te obnubila. Quizás quieras "escribir una oda a mis perfectamente definidos hoyuelos". Las he escuchado todas, querido, dudo de que tengas la capacidad de sorprenderme.

Se quedó mirándole, desafiante, balanceando su copa de champán, intentando transmitirle todo el hastío que tantos hombres le habían causado a través de los años.

El joven carraspeó, y se acercó todavía más ella, para susurrarle al oído:

—En realidad quería preguntarte si podrías presentarme a tu amiga, la del vestido azul. Es la mujer más bonita que he visto en mucho tiempo —le explicó cortésmente.

Asami parpadeó. El chico señaló con la cabeza a Korra. Asami parpadeó otra vez. Durante un segundo entero, con todas sus décimas, se sintió la chica más estúpida de todo el castillo, seguramente también de todo el planeta, probablemente del universo. Volvió a parpadear.

—Está casada —dijo tan pronto como consiguió salir del trance—, con muchos hijos. Decenas de hijos. Y perros, muchos perros. Oh, sí. Esa casa es un zoológico, ya me entiendes.

Su interlocutor frunció los labios y rebuscó en el interior de la chaqueta. Sacó una tarjeta de visita y se la tendió.

—Aun así, ¿le harás llegar mi tarjeta? Estaría encantado de…

—Claro —le cortó, cogiendo grácilmente la tarjeta entre dos dedos y enarcando una ceja—. Patrick —dijo leyendo el nombre del muchacho—. Me aseguraré de que la reciba.

El tal Patrick sonrió con todos los dientes humanamente mostrables, en señal de agradecimiento, y desapareció de nuevo entre los invitados. Asami observó unos segundos la tarjeta, casi sin dar crédito a lo que acababa de ocurrir.

—Ooops —dijo entonces, abriendo la mano y dejando caer la tarjeta al suelo mientras daba un sorbo a su copa de champán—. Una verdadera lástima, Patrick…

Al fin y al cabo, el champán que servían en la fiesta era de primera, así que le hizo un gesto al camarero para conseguir otra copa. Cuando se puso en pie, no se privó del gusto de pisar con disimulo la tarjeta un par de veces. Pero sólo un par, tampoco era cuestión de excederse.

Maaadre mía, los celos, que malos son (pero en este caso celos ser bien, a ver si Korra se limpia las legañas y ve las cosas como son).

Bueno chicos, me encanta esto de que haya feedback, maravillosos reviews:

lossombrerodepaja: Asami no tiene ningún problema en identificar lo que tiene por Korra, se conoce demasiado bien, aparte en el siguiente cap Korra descubrirá algo sobre Asami que la dejará en shock.

María: Korra piensa en Mako porque Asami prácticamente la está llamando ciega, es decir, debe quitarse la venda de los ojos con Mako, porque hace ya demasiado que lo suyo es costumbre y no amor.

Luu7: Jajaja es que Asami tiene miedo de lo que está sintiendo por Korra, y es normal, por dios, es su némesis prácticamente desde que nacieron. Y ya viste, Clorinda vuelve a aparecer, aunque solo de pasada en la discusión, y no, no aparecerá más, sorry :')

Ruha: ¡Hola nuevo lector/a! De Makorra habrá que saber un poco más, ya que tiene algo con él, pero no hay que olvidar que es una historia Korrasami, así que el Makorra no tiene más peso aquí que el de poner a Korra entre la espada y la pared. Me alegro de que te divierta, yo lo considero un libro muy divertido la verdad jajaja. Y es normal que sienta las mariposas, en la semana que llevan de viaje juntas Asami ha aprendido a ver a la verdadera Korra, a esa que ya conocía de antes pero que por mantener su malsana rivalidad no se atrevía a dar una oportunidad, y lo mismo va por parte de Korra.

Y esto es todo por hoy, nos vemos en el siguiente cap chicos. Se os quiere.

Bisu (^3^)

Yomi.