Disclaimer: Ni la historia, que es de Emma Mars, ni los personajes, de nikelodeon, me pertenecen, solo hice una adaptación y los mezclé.

13

NO ES UNA CITA

Bolin, Mako, Opal, Aang y Katara estaban manteniendo una acalorada discusión sobre los pormenores de la despedida de soltera que pretendían organizarle a Toph. Si se hubiera tratado de otra persona, las posibilidades habrían sido infinitas. Pero se trataba de Toph, sujeto difícil y extravagante donde los hubiera, y eso limitaba muchísimo sus posibilidades.

—Siempre podemos organizar una visita al Museo de Geología—propuso Opal, encogiéndose de hombros—. Seguro que es su favorito, está lleno de piedras.

—¡Pero eso es aburrido! —protestó Mako—. Se trata de una despedida de soltera. Deberíamos organizar algo más entretenido.

—Ya, Mako, pero el problema es que yo no me imagino a Toph rodeada de strippers, metiéndoles dinero en la bragueta. Tenemos que pensar en otra cosa — puntualizó Opal.

Bolin no estaba participando en la conversación. Les escuchaba atentamente mientras miraba por la ventana, pero había preferido mantenerse al margen. Llevaban ya media hora discutiendo las diferentes opciones y empezaba a estar cansado de que no se pusieran de acuerdo.

—¿Qué os parece una casa encantada? La semana pasada vi un reportaje sobre una que hay en Toledo —propuso Aang—. Recuerdo que el año pasado Toph comentó algo sobre visitar una casa con fantasmas. La del reportaje se alquila por días.

Mako sintió un escalofrío solo de imaginarlo.

—No puedes estar hablando en serio —repuso.

—¡Es una idea fantástica, Aang! —Se emocionó Opal—. También podríamos organizar una fiesta temática.

—¿Te has vuelto loca? ¡Es una casa encantada! ¡Hay fantasmas! —se quejó Mako—. ¡Ni siquiera los vería!

El muchacho buscó con la mirada el apoyo de Bolin, pero su amigo estaba de espaldas a ellos, y acabó bufando con impotencia.

—¡Y podríamos llamar a la banda de tu hermana para que amenizara la fiesta! —propuso Katara, agarrando con emoción el brazo de su novio Aang.

Mako puso los ojos en blanco. Una fiesta sonaba bien, pero no si estaba amenizada por la banda de la hermana de Aang. La criatura tenía dieciséis años, y se negaba a ver a grupo de adolescentes que ensayaban en un garaje como si fueran una banda de rock consolidada. Esto, sumado al hecho de que la despedida iba a consistir a cazar supuestos fantasmas que merodeaban por una casa en medio de la nada, distaba mucho de ser la despedida que Mako se había imaginado.

—¿Hola? ¿Alguien me escucha? Repito: hay fantasmas.

Pero no, nadie le escuchaba, o si lo hacían les traía sin cuidado su opinión.

—Mi pies ligeros es un verdadero genio —afirmó Katara con orgullo.

—Entonces, decidido: la casa encantada. ¿A ti qué te parece la idea, Bolin? —le preguntó Opal.

—¿Alguien sabe dónde está Korra? —se interesó Aang—. ¿Se habrá retrasado su avión?

Aquello sí que llamó la atención de Bolin, que se giró para contestar esta pregunta. Sin embargo, no llegó a abrir la boca porque justo en ese momento sonó el timbre de la puerta.

—Ya abro yo —le dijo al resto, saliendo corriendo hacia la entrada de la casa.

Como habían pedido una pizza unos minutos antes, Bolin estaba convencido de que se trataría del repartidor, pero cuando abrió la puerta se encontró con una sorpresa.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó, alarmado.

Korra arrugó la frente, contrariada. Estaba demasiado cansada del viaje y de toda la semana de trabajo para hacer bromas.

—¿A ti qué te parece? Venga, Bolin, ayúdame con esto, que estoy muy cansada —le dijo, pidiéndole ayuda con el bolsón.

Pero su amigo seguía con aquella cara de haber visto un fantasma y con un movimiento rápido se interpuso entre ella y la puerta, bloqueándole el paso.

—¿Qué haces? ¿Te has vuelto loco?

—No has mirado tu móvil, ¿verdad?

La castaña frunció el ceño.

—Míralo, corre —insistió su amigo, cerrando la puerta a sus espaldas, como si no quisiera que nadie escuchara su conversación.

Aquel comportamiento era muy extraño, pero Korra estaba demasiado cansada para contradecirle y sabía que Bolin no le iba a dejar entrar hasta que no hiciera exactamente lo que le pedía. Así que dejó la maleta a un lado y comenzó a revolver en el interior de su bolso, en busca del dichoso teléfono.

Pasaron unos segundos hasta que el móvil se encendió y pudo acceder al menú principal, en donde se encontró el icono de un sobre cerrado. Era el mensaje que había recibido nada más ocupar su asiento en el avión. Korra miró a Bolin con dudas, segura de que el mensaje tenía algo que ver con la extraña actitud de su amigo, que le hizo un gesto con la cabeza invitándole a leerlo.

Su corazón empezó a latir con tanta fuerza cuando apretó el botón para abrirlo, que le costó trabajo enfocar las letras. Cuando acabó de leerlo, miró a su amigo en busca de una explicación para todo aquello.

—Bolin… ¿Cómo?

—Vamos, no hay tiempo —la apremió él, agarrando su maleta y empujándola en dirección contraria a la casa—. Tú vete, yo me ocupo de esto.

La castaña consultó su reloj de pulsera. Eran las nueve y media de la noche. Miró el móvil y luego su reloj una vez más.

—¡Pero si apenas queda media hora!

—¡Pues por eso! —respondió Bolin—. No querrás llegar tarde.

Pero Korra se quedó allí parada, inmóvil, en shock. De todas las cosas que podían pasar aquel día, aquella era la más inesperada. Le habría sorprendido menos si alguien le hubiera dicho que habían dado con la manera de curar el cáncer. El mensaje la había dejado tan estupefacta que de repente se sintió muy mareada, superada por el momento.

—Bolin, no sé si puedo hacerlo. Es decir, ¿por qué ahora? ¿Y qué excusa le pongo al resto?

Bolin se giró para comprobar que sus amigos no les habían visto. Podía escuchar la risa de Katara colándose por el quicio de la puerta y vio por la ventana que todavía estaban discutiendo sobre la despedida de Toph. Mako parecía más enfadado que nunca, pero, en general, seguían charlando, como si ninguno hubiera notado lo larga que estaba siendo su ausencia.

—Por eso no te preocupes, yo me ocupo de ellos —trató de tranquilizarla—. Y no me digas que no sabes si quieres esto, porque te conozco muy bien, Korra. Te has pasado el último año llorando por las esquinas, así que ahora no tienes excusa. Lo entenderán. ¡Vete! ¡Contéstale y vete!

Sin saber por qué lo hacía o si era lo que deseaba, la castaña hizo exactamente lo que Bolin acababa de recomendarle. Dejó allí su maleta y echó a correr hacia la calle principal del barrio, porque allí circulaban más taxis. Tenía el teléfono móvil tan firmemente agarrado que los nudillos casi se le habían puesto blancos. Entonces recordó, en medio de la carrera, que debía contestar el mensaje que le había mandado Asami.

Asami… Había pasado tanto tiempo.

Comenzó a teclear con el pulso todavía acelerado, sin atinar con las palabras correctas. Lo peor de todo era que no estaba segura de encontrarse en pleno poder de sus facultades mentales en ese momento. Podría escribir cualquier disparate y no darse cuenta, pero confiaba en su instinto.

Korra sabía que Asami regresaba ese día a Madrid. Lo había visto en el boletín de la editorial, aunque se había negado a pensar demasiado en ello. Sí, en su fuero interno era consciente de que aquel fin de semana las dos estarían de nuevo en la misma ciudad, algo que no había ocurrido en mucho tiempo, pero confiaba en que sus diferentes estilos de vida las mantuvieran alejadas. Korra solo tenía que evitar merodear por los alrededores del barrio de Asami y confiar que el destino no las juntara por casualidad, en cualquier esquina.

Se imaginó que, en algún momento, ahora que Asami estaba de vuelta, volverían a hablar por algún tema de trabajo, pero no esperaba tener noticias suyas tan pronto. Por cómo se había ido (rápido y sin despedirse), estaba convencida de que Asami no deseaba saber nada de ella, sobre todo después del encontronazo que había tenido con Bolin.

Esto cambiaba las cosas y no estaba segura de que su magullado corazón pudiera soportarlo. Cargar con la noticia de su regreso ya había sido un palo importante. Durante un año su único objetivo, su obsesión, de hecho, había sido olvidarse de lo ocurrido. Korra quería rehacer su vida o, por lo menos, recuperar lo poco que quedaba de ella. Deseaba volver a sus hobbies, a su rutina, y en un futuro no muy lejano quizá encontrar a una persona con quien pudiera compartir todas esas cosas sencillas del día a día, todas las pequeñas cosas que no tenían nada que ver con el huracán Asami, con su espontaneidad y esa sensación de estar todo el día de vacaciones cuando estás a su lado. Había estado a punto de conseguirlo, pero la reaparición de Asami le hizo entender que necesitaba más tiempo.

Seguía sintiendo algo por ella, era absurdo negárselo, pero si todavía le quedaba cualquier duda al respecto, los nervios que sintió al ver su mensaje habían servido para confirmarlo. "Cena, hoy, a las 22:00 ¿Te espero en el vestíbulo? No aceptaré un no por respuesta", le había escrito Asami.

El taxi se paró en el primer semáforo, pero Korra todavía no le había contestado. Estaba tan nerviosa que le temblaban los dedos y no atinaba bien con las teclas. Escribía una respuesta e inmediatamente la borraba. Otra respuesta y la borraba de nuevo. Así, durante otros cinco minutos, hasta que se decidió por la respuesta más simple de todas:

Korra: Bien. Nos vemos allí. PD: Pero esto no es una cita

Asami: Claro que no es una cita.

Korra: Bien, porque nunca tendría una cita contigo.

Asami: Ya somos dos.

Korra: ¿Has vuelto para esto? ¿Para decirme que nunca tendrías una cita conmigo?

Asami: Te recuerdo que has sido tú la que ha dicho que no es una cita.

Korra: ¡Porque no lo es!

Asami: ¡Claro que no!

Korra: Es un alivio. Tenía miedo de que te hicieras ilusiones. Me alegro de que lo hayamos aclarado.

Asami: Yo más.

Korra: ¿Nos vemos en el vestíbulo?

Asami: No.

Korra: ¿No? ¿Te lo has pensado mejor?

Asami: Balthazar. Te quedan 4 minutos y medio.

Korra: ¿Has reservado mesa?

Asami: Sí.

Korra: ¿Cómo sabías que te iba a decir que sí?

Asami: No lo sabía.

Korra: ¿Entonces?

Asami: Échale la culpa a Bolin. Fue él quien me prometió que no me darías calabazas ;)

oOoOo

Se metió el móvil en el bolsillo de su abrigo pensando que no sabía si le molestaba más que Bolin la conociera tan bien para saber que acabaría aceptando la invitación o que Asami hubiera hecho una reserva en un restaurante sin haber confirmado su respuesta.

Estaba ya cerca del restaurante en el que iban a reencontrarse. Llegaba varios minutos tarde, pero aun así le había dicho al taxista que la dejara unas calles atrás para poder tomar aire fresco y calmar los nervios. Si la ocasión fuera diferente, habría llegado puntual. Pero hoy necesitaba ordenar sus pensamientos y, con franqueza, no quería ser la primera en llegar. Le sobrepasaba la idea de estar esperando, quizá sentada en la barra del bar, tentada a pedir uno o dos cócteles para estrangular la ansiedad que le provocaría la espera. Seguramente miraría hacia la puerta más de diez veces, en intervalos separados por escasos segundos, con una copa en la mano y un generoso puñado de cacahuetes en el otro, y la escena no le parecía demasiado arrebatadora. Porque el restaurante tendría cacahuetes en la barra. Siempre los tienen cuando lo último que quieres es hinchar como un globo antes de una cita.

No, no es una cita, se recordó a sí misma.

Pero había algo que le hacía sentir todavía peor. Había mentido a sus amigos. Aunque Bolin le hubiera dicho que ya les ponía él una excusa, seguía siendo un comportamiento muy impropio de ella. Korra nunca había sentido la necesidad de mentir, ni siquiera cuando Mako le había puesto contra la espada y la pared tras aquella desastrosa cena en la que Toph debería haber cerrado la boca y ella haber sido mucho más sincera. Todavía recordaba vívidamente aquella discusión con Mako. Si se esforzaba, incluso podía escuchar su voz casi con tanta claridad como sus pasos en la acera.

—¿Es verdad? —le había preguntado él a bocajarro, nada más cruzar el umbral de la puerta, cuando regresaron a casa después de la cena.

Ni siquiera hizo falta que se explicara, porque Korra supo inmediatamente a qué se refería. Acababa de quitarse el abrigo y se giró para ver la expresión de su cara. Mako estaba apoyado en el marco de la puerta, esperando una respuesta. Parecía derrotado.

—¿Toph tiene razón? ¿Estás enamorada de otro y por eso estás tan rara conmigo? —insistió él.

Su cara estaba pálida, demudada, y una expresión de terror empezó a perfilarse alrededor de sus cejas. Korra conocía muy bien esa sensación de vértigo. Al menos eso lo compartían, porque ella se sintió exactamente igual en ese momento.

—Por favor, no me mientas. Sé que te ocurre algo.

La castaña permaneció en silencio un buen rato. Estaba intentando controlar las ganas que tenía de llorar y también trataba de encontrar las palabras adecuadas para responder a las preguntas de su novio. Cabía la posibilidad de mentir. Podía hacerlo. ¿Pero a dónde le llevaría una mentira? ¿Qué conseguiría con ello, aparte de hacerse más daño?

—Ya no —contestó finalmente, con voz estrangulada. Jamás se había sentido tan ridícula y diminuta, tan indefensa.

—¿Pero hubo otra persona?

—Eso se ha acabado, Mako… Créeme, se ha terminado.

Pero no consiguió que sus palabras sonaran seguras, porque ni siquiera ella misma se creía lo que estaba diciendo.

—¿Quién es?

Korra levantó los ojos del suelo en busca de los de su novio, pero no los encontró. Solo fue capaz de atisbar una nota de dolor en la pálida frente de Mako.

—¿De verdad importa eso?

El silencio de Mako fue la mejor respuesta que obtuvieron los dos. Ponerle nombre al problema no importaba, y ambos lo sabían. El problema podría haberse llamado de mil maneras. Marcos, Juan, Tomás… o Asami. Eso daba igual, porque al final del día seguiría teniendo las mismas consecuencias en su relación. Y ambos lo sabían. Así que en ese momento en lo único que pensaron fue si el suyo era un problema que tenía solución. El tiempo acabó demostrándoles que no.

Korra sacudió la cabeza, intentando no recordar los patéticos meses que sucedieron a aquella noche. Fue como si algo se hubiera roto entre ellos tras aquella confesión y los esfuerzos que hicieron las semanas posteriores tampoco sirvieron para reparar el daño. Habían intentado ponerse una tirita en el corazón, pero ningún vendaje tenía la resistencia necesaria para que pudieran seguir juntos tras aquel desastre natural llamado "Sami". Al igual que haría un huracán, ella se había colado en sus vidas y había arrasado con todo.

Qué duda cabe que el exilio voluntario de Asami fue de gran ayuda y por un momento tanto Mako como Korra pensaron que sería capaces de encauzar su relación y olvidarse de lo ocurrido. Pero la castaña descubrió muy pronto que la herida entre ambos era mucho más profunda, porque respondía a problemas que nada tenían que ver con Asami. Y así intentó explicárselo a su amigo Bolin, que, aunque muchas veces se metiera en camisas de once varas, tenía que reconocer que, de no haber sido por él, nunca habría sido capaz de llamar a las cosas por su nombre.

—Lo mismo le dije a ella cuando fui a echarle la bronca. Que no se puede ir por la vida rompiendo parejas.

Korra miró a Bolin con los ojos muy abiertos. Habían quedado para tomar un café porque ella necesitaba desahogarse. Estaba triste por la reciente noticia de que Asami se marchaba de la ciudad, pero las palabras de su amigo acabaron con su ensimismamiento de un plumazo.

—¿A ella? ¿Fuiste a hablar con Sami? ¡Bolin! ¿Pero en qué estabas pensando?

—Lo sé, lo siento, ¿vale? Estuvo fuera de lugar —se disculpó él—, pero estaba furioso y pensé que te había tendido una trampa.

—¿Una trampa? Ella no ha tenido la culpa de nada, de nada…

Korra se hundió en su silla, apoyó su frente en las manos, sin dar crédito a lo que acababa de escuchar. Este gesto de desesperación levantó las sospechas de Bolin, que entornó los ojos como si acabara de descubrir algo.

—Espera un momento… —le dijo, señalándola con el dedo—. Tú la quieres, ¿verdad?

Ahí estaba, la pregunta que rondaba incansablemente su mente y se negaba a contestar.

—Querer es una palabra muy fuerte, ¿no crees?

—Korra…

—No lo sé, ¿vale? Me lo he preguntado muchas veces, pero te prometo que no lo sé.

—Pero si la quieres…

—Ya…

—Nosotros… Es decir, sabes que nosotros vamos a apoyarte con lo que…

—Lo sé.

—¿Entonces? ¿Cuál es el problema? Está claro que tu relación con Mako ya no tiene solución. Habéis llegado a un callejón sin salida. Te va a costar mucho que vuelva a confiar en ti.

—¿Crees que me odia? —preguntó Korra con aprensión.

—¿Quién? ¿Sami?

—No, Mako.

—¿Qué te ha dicho? —se interesó Bolin.

—Nada —se desesperó Korra—. Absolutamente nada. Ya sabes cómo es.

Bolin asintió quedamente. Sí, sabía cómo era Mako, pero también sabía que por muy orgulloso que fuera su amigo, se trataba de una persona con un corazón de oro. Estaba seguro de que lo último que deseaba era ver hundida a Korra.

—Mako no se perdonaría a sí mismo que estuvieras con él por obligación —le dijo, tratando de calmarla—. Si realmente quieres a Asami… bueno, tendrá que asumirlo. Él y todos los demás, aunque te diré que a mí no me coge de sorpresa. Siempre has sido un poco…

Bolin se detuvo. Aquello no sabía cómo decirlo.

—Un poco, ¿qué?

—¡Nada! Un poco… ya sabes.

—No, no sé.

—Bueno, tienes que admitir que nunca has sido la mujer más rematadamente femenina del lugar. Apenas demuestras interés por los hombres, no eres nada presumida, la moda te da exactamente igual y hay veces que tienes una mente más masculina que la mía —le confesó—. La verdad es cuando te conocí pensé que eras… ya sabes, pero que te daba vergüenza decirlo.

Bolin enrojeció. Nunca le había contado esto a nadie, ni siquiera a Opal, y no estaba muy seguro de cómo se lo iba a tomar Korra. Esperaba que su amiga le arreara un guantazo, quizá incluso se lo merecía, y por eso le sorprendió tanto que la castaña estallara en sonoras carcajadas.

—¡Y me lo dices ahora! —comentó, muerta de risa, pegándole cariñosamente.

—¿Ves? —dijo él, señalando la marca que le había dejado en el brazo—. Eres una bollera incorregible.

El recuerdo apaciguó un poco el malestar que sentía cada vez que rememoraba esta época de su vida. El sabor agridulce seguía ahí, pero se encontraba dividida: por un lado, sentía unas ganas irrefrenables de huir, pero, por el otro, tenía muchísimas ganas de ver de nuevo a Asami. Y en cierta manera, estaba casi segura de que así acabaría de golpe con todas sus dudas. Verla le serviría para descubrir si lo que había sentido por ella había sido un capricho pasajero, un mero efecto rebote propiciado por sus problemas con Mako, o algo real.

Llegó a la entrada del restaurante y tan pronto cruzó el umbral de la puerta supo que había hecho lo correcto. Asami estaba sentada en uno de los taburetes de la barra. Le sonrió nada más verla. Sus ojos se encontraron durante unos segundos en los que solamente se sonrieron. Korra permaneció un buen rato de pie, mirándola, como si sus piernas se negaran a moverse, y Asami sintió que su corazón estaba a punto de salirse por su garganta. El estómago de las dos dio un vuelco y ambas tuvieron claro que no era por el tipo común de hambre, sino porque habían pasado demasiados meses en ayunas la una de la otra. Un año, para ser exactos.

El metre se acercó a Korra.

—¿Puedo ayudarle, señorita? —preguntó.

Pero en realidad fue incapaz de escuchar correctamente lo que decía. Estaba demasiado ocupada observando a Asami, percibiendo detalles de ella en los que no había reparado al primer vistazo. Tenía ojeras y parecía cansada, pero estaba tan guapa que Korra sintió calor en su interior, como si una especie de magia reparara algo que llevaba mucho tiempo roto. En ese momento no fue consciente del sudor frío que perló su espalda o de la palpitación desbocada de su corazón, porque Sami le estaba sonriendo y con eso le bastaba.

Por fin Asami consiguió romper el contacto y bajó de su taburete para acercarse a ella, pero mientras caminaba en su dirección Korra supo exactamente lo que tenía que contestarle al metre:

—No se preocupe, tengo una cita.