Warning: Rated M
Disclaimer: Ni la historia, que es de Emma Mars, ni los personajes, de nikelodeon, me pertenecen, solo hice una adaptación y los mezclé.
15
TODA LA NOCHE
Asami intentó abrir su apartamento, pero siempre es complicado atinar con la cerradura cuando alguien te empuja contra la puerta y estás de espaldas a la madera, mientras la otra persona te da pequeños mordiscos en el cuello y los intercala con la suavidad reparadora de su lengua. Korra mordía y lamía; lamía y mordía, y luego pasaba lentamente su lengua por la pálida piel del cuello de Asami como si así quisiera reparar el daño que sus dientes hubieran podido causar.
—Llave, cerradura —consiguió decir Asami, casi sin aliento.
En algún rincón de su cerebro Korra procesó estas palabras y aunque no quería dejarla ir, le dio una tregua para permitirle que abriera. Habían recorrido un largo camino para llegar a este momento y ahora no estaba dispuesta a esperar. Necesitaba llegar hasta el final, y si era necesario estaba dispuesta a suplicarle a Sami que, por favor, acabara con aquella tortura. La deseaba tanto que incluso dos segundos eran muchos, dos segundos sin besar a Asami se hacían eternos.
Sus besos sabían demasiado bien para dejar de besarla durante tanto tiempo. Su lengua era suave y hábil, estaba mojada, pero al mismo tiempo le abrasaba, provocándole un incendio en cada fibra de su ser. Korra pensó que aquellos besos eran muy diferentes a los de Mako, porque cada vez que la lengua de Asami bailaba con la suya, se sentía como si estuvieran haciendo el amor con la boca. Había sido así desde el principio, cuando descubrieron que entre ellas no había necesidad de reajuste. Sabían cuándo lamer, cuándo morder, en qué momento debían acelerar el ritmo y cuándo era necesario pausarlo para recuperar el aliento. Y con cada nueva bocanada de aire, cuando obligatoriamente tenían que separarse para poder respirar, le quedaba aquel sabor de despedida en los labios.
Por eso fue tan doloroso hacerse a un lado. Escuchó el clic de la cerradura y vio que la puerta se abría, mostrándole el interior del apartamento de Asami, que en aquel momento le pareció como la entrada a un mundo nuevo. En aquel lugar podía ser ella misma, dar rienda suelta a lo que sentía, sin pesar en el qué dirán, en las expectativas que la gente tenía de ella. En el apartamento de Asami podía ser la Korra que siempre quiso ser, pero nunca se atrevió.
Sin embargo, al ver el vestíbulo en sombras y escuchar el ronroneo de su gato, cuyas pezuñas hicieron un ruido muy característico al advertir la llegada de su dueña, fue para Korra una sobredosis de realidad que no se esperaba. Le golpeó de repente, a traición, y cuando se dio cuenta ya no pudo escapar de ella. Palideció.
—¿Estás bien? —le preguntó Asami.
Sí, estaba bien y sabía que aquello era lo que quería, pero no pudo evitar que el miedo la paralizara. Por primera vez desde que habían salido del restaurante, comprendió lo que estaba a punto de pasar. Inesperadamente sus miedos seguían allí, intactos. Eran los mismos que había tenido durante meses, cuando dejaba que su mente volara libre y se imaginaba cómo sería estar con Asami, compartir un momento íntimo con ella, oler su piel, acariciarla, yacer desnuda con ella. Estos momentos siempre venían acompañados de un instante de pánico, cuando se daba cuenta de que no tenía ni idea de cómo tocar a una mujer. Eso era algo que no se aprendía en el colegio ni que figurara en los libros de la universidad.
—Korra. —La voz de Asami sonó dulce esta vez—. ¿Estás segura de que quieres hacer esto?
La castaña miró al suelo y comprendió que todavía estaba en el felpudo de la puerta. Sus pies no se habían movido. Estaba paralizada como una figura de hielo y sentía el mismo frío por dentro. Asami la observó desde el interior de su apartamento.
—¡Sí! Digo, ¡no! Es decir, yo… ¿Y tú? ¿Tú estás segura?
Asami sonrió divertida, de medio lado, como si nunca le hubieran hecho una pregunta más fácil de responder. Se acercó hasta ella, la tomó de la mano y le dio un beso.
—Yo me muero por estar contigo, pero si no estás preparada o no quieres, no tenemos por qué hacer nada.
Aquellas palabras actuaron como si encerraran magia. Siempre le ocurría lo mismo con Asami. Bastaban unas pocas palabras suyas para conseguir reactivar de nuevo todo su ser y olvidarse de los miedos. Para ella significaba mucho que la respetara de manera tan incondicional, poniendo sus deseos en primer lugar; era el mejor de los afrodisíacos. Gracias a ello Korra dejó de pensar, olvidándose de sus propios miedos. Silenció su cerebro y se centró en escuchar la llamada de su cuerpo, volviendo a sentir la urgencia de que Asami la tocara. Cuanto antes, mejor.
—Quiero que me hagas el amor.
—¿Estás segura? —insistió la morena.
—¿De que tengo miedo? Mucho, estoy muy segura —bromeó Korra—. ¿De que me aterra no saber cómo tocarte? Ni te lo imaginas.
Asami sonrió y sus ojos brillaron al pensar que Korra era la mujer más adorable del planeta por tener la valentía suficiente para admitir sus propias inseguridades. Había sufrido a demasiadas locas que parecían comerse el mundo y luego armaban un drama por nada. Korra no era así.
—Tú solo déjate llevar —le dijo, acariciándole la cara.
Comenzó besándola lentamente, caminando de espaldas al interior de la casa para no perder el contacto. Estuvo a punto de tropezar con el gato, pero cuando el animal maulló en señal de protesta consiguió esquivarlo. Korra empezó a desabotonar la camisa de Asami, un botón tras otro, intentando corregir el temblor que tenía en las manos. Pero sentir la piel del abdomen de Asami cosquilleando las yemas de sus dedos le hizo querer ir más rápido. No podía esperar. No quería esperar. Sin dejar de besarla, consiguió desabrochar el último botón, hasta que la prenda quedó libre y pudo deslizarla por su espalda. La camisa cayó sobre la cabeza del gato, que maulló ruidosamente al verse ciego por unos segundos.
—Un momento, dame solo un segundo. — Asami le dio un beso—. Ni se te ocurra irte a ningún lado, vuelvo en seguida.
La morena se agachó para recoger al gato, salió corriendo con él, lo encerró en la habitación del fondo y regresó a toda prisa, como si tuviera miedo de que la castaña se lo pensara mejor.
—Por cosas como esta me conquistaste —bromeó Korra, antes de fijarse en su sujetador de encaje negro—. Y como esta, claro.
Asami se miró el sujetador y sonrió con picardía. Después reanudó los besos, solo que esta vez le dio un beso lento, lánguido, uno de esos besos que te hacen pedir más, suplicar, porque solo uno no es suficiente.
—¿Por esto también?
—Puede ser…
—¿Y por esto? —dijo, acariciando con delicadeza uno de sus pechos. Fue solo un roce leve por encima de la camisa, pero los pezones de Korra reaccionaron al instante. Estaban duros como el acero.
—No… no estoy muy segura —tartamudeó la castaña.
—O puede que te conquistara por cosas como esta. —Asami se mordió el labio inferior y la miró fijamente, con deseo. Retiró el top de Korra, hasta dejarla en ropa interior y comenzó a besarle la clavícula, trazando pequeños círculos con la lengua mientras bajaba hasta su tripa. Jugó también a excitarla todavía más jugando con el broche de su pantalón, sin llegar a desabrocharlo, torturándola, volviéndola loca con la espera. Korra gimió en señal de protesta y se mordió el labio y la miró con las pupilas ardiendo por el deseo.
—¿Cama? —le propuso, todavía besándola.
Las palabras sonaron torpes en aquel baile frenético de labios, lenguas, dientes, pero Asami la comprendió.
—Demasiado lejos —ronroneó.
Antes de que pudiera pensárselo dos veces, Korra ya estaba tumbada en el sofá, era lo suficientemente grande como para que no fuese incómodo, y aunque así fuera estaban tan sumergidas en ese frenesí que poco les importaba. Asami la empujó y se colocó encima, con las piernas enredadas entre las suyas, su cadera encajada con la suya. El simple contacto de sus cuerpos, todavía a medio desnudar, fue suficiente para arrancarle un jadeo de placer que salió de lo más profundo de sus entrañas. La piel de Asami estaba caliente, ardía, no podía esperar a sentirla completamente desnuda, fundiéndose con la suya.
Korra posó sus manos en la cadera de Asami, la despojó de sus pantalones y la apretó con fuerza para atraerla todavía más. Creyó perder la poca cordura que le quedaba cuando Asami empezó a mover sus caderas en círculos, una vez y otra y otra más, frotando aquella zona tan sensible de su cuerpo. ¿Qué hacían todavía vestidas? Los pantalones de Korra eran ya un estorbo, igual que el tanga de Asami. La morena empezó a jugar con el forro de la ropa interior hasta que olvidó qué era piel y qué era tela. Le hacía cosquillas, pero estaba demasiado excitada para reírse de veras. Lo único que quería era que la tocara.
—Tócame —le rogó Korra.
Aunque lo que en realidad quería decir y no se atrevió era fóllame. Fóllame hasta que pierda el sentido.
Asami subió sus manos hasta la cintura y con un movimiento experto se deshizo de la ropa interior de Korra, que se estremeció al notar que estaba desnuda. Al mirar a Asami fue muy consciente de su desnudez y de que nunca antes había estado así delante de una mujer. En realidad, nunca había estado así delante de nadie, tan a su merced, sintiéndose tan diminuta y a la vez tan poderosa.
Asami se tomó su tiempo en contemplar el cuerpo desnudo de la castaña, extasiada. Había esperado tanto a que llegara ese momento que no podía creer que por fin hubiera ocurrido. Quería que Korra la mirara, que lo compartieran juntas. Deslizó las yemas de sus dedos por los hombros de la castaña para deshacerse de su sujetador. El tirante se deslizó sin protestas, rozando su morena piel mientras descendía hasta el codo. Había tanto silencio que casi pudo escuchar el sonido del broche al abrirse.
Korra no apartó la mirada de ella, se había perdido tanto la una en la otra que a Asami incluso le costó trabajo bajar los ojos cuando sus pechos por fin quedaron libres. Quería decirle algo bonito para que se relajara, para hacerla sentir mejor. Quería decirle que era preciosa, que sería un pecado no tocar su cuerpo desnudo, que estaba enamorada de ella. Porque estaba enamorada de ella, ahora lo sabía. Pero la castaña se lo impidió, cruzando un dedo en sus labios.
—No digas nada —le pidió—. Solo hazme el amor.
Después pasó sus manos por detrás de su espalda y sin pedir permiso desnudó a Asami. Las dos sabían lo que eso significaba. Estaban desnudas, una frente a otra, separadas apenas por unos centímetros. Korra estaba tumbada en el sofá y Asami solo necesitaba inclinarse un poco para que sus cuerpos por fin hicieran contacto.
Korra se mareó solo de pensarlo.
Barajó la posibilidad de hacer una broma para restar tensión al momento, pero antes de que se diera cuenta Asami se puso encima, arrancándole un jadeo.
—Joder —blasfemó la castaña al sentir su piel.
La sensación fue tan intensa que por un momento tuvo ganas de llorar, porque comprendió que hasta ese momento nunca había hecho el amor con nadie. Había tenido sexo, muchas veces, pero aquella era la primera vez que su cuerpo y su mente eran un todo, fundiéndose con la persona que le había hecho perder la cabeza.
Asami empezó a lamer uno de sus pezones y sus manos descendieron por la suavidad de su tripa. Korra era una maniática del control. Le gustaba llevar la voz cantante en cualquier situación, pero esta vez no deseaba que fuera así. Lo único que quería era dejarse llevar, sentir sus cuerpos ardiendo, frotándose uno contra otro, jadeando, gimiendo, sintiendo.
Comenzaron a aumentar el ritmo, revolviéndose como culebras que se enredaran en una danza maníaca. Asami había tomado el control de la situación. Para ella el cuerpo de Korra era como una guitarra y quería arrancarle todas las notas que tuviera. La escuchó jadear, prestó atención al vaivén de su respiración cuando tocaba algún punto concreto de su cuerpo, le hizo gemir hasta el desmayo, devolviéndole la paz con su propio deseo. Korra creyó que iba a estallar de placer. Asami estaba por todas partes. En su clavícula, en su escote, en sus pechos erizados. Cuando sintió algo húmedo deslizándose por la sensible piel del interior de su muslo supo que estaba perdida.
Por un momento permaneció estática, después subió los brazos por encima de su cabeza y agarró el reposabrazos con fuerza. Nunca antes había tenido un orgasmo. No sabía lo que era ni lo que se sentía porque a Mako le faltaba paciencia para complacerla. Pero aquello se parecía mucho a lo que otros describían. Era como si un volcán estuviera despertándose en el interior de su vientre y su lava se extendiera por todas sus extremidades, llevando calor a los sitios más inesperados de su cuerpo. Korra sintió que enrojecía. Le faltaba el aliento, no había gemidos suficientes para expresar el placer que estaba experimentando. Su espalda se arqueó en un momento dado, cuando Asami entró en ella a la vez que su lengua seguía danzando por el centro de su cuerpo. Sus músculos se tensaron cuando aquella ola de calor empezó a abrirse paso en su interior, brotando con la misma fuerza e intensidad con la que el champán se descorcha de su botella. Y entonces llegó la calma que sigue después de una tormenta.
Asami sonrió complacida, midiendo de nuevo sus tiempos para adaptarlos a los de Korra. Trepó por la castaña y le dio el beso que ella le reclamó. Permanecieron un rato abrazadas. Asami no quería romper el silencio por miedo a que todo aquello solo hubiera sido un sueño y Korra tampoco quería acabar con la magia del momento. Se limitaron a darse besos tiernos hasta que la morena se decidió a hablar:
—Te doy un euro si me dices lo que estás pensando.
—¿Solo un euro? Tendrá que ser más —replicó la castaña, haciéndose un ovillo para reacomodarse en el sillón—, lo que estoy pensando es muy valioso.
Asami estiró el brazo y recogió su bolso del suelo. Sacó su cartera y le tendió un billete.
—¿Te valen veinte? Es todo lo que llevo encima —bromeó, arrancándole una sonrisa.
En realidad, lo que estaba pensando no era tan valioso. Tan solo recordó la conversación que había tenido con Bolin cuando él le había dicho que le parecía normal que le gustaran las mujeres. Todavía no tenía muy claro si eran todas las mujeres, pero definitivamente había una que sí le gustaba. Y mucho.
—Por cierto, creo que esto es tuyo —le dijo Sami, tendiéndole algo que acababa de sacar de su bolso.
Korra no se dio cuenta al principio de lo que era, pero acto seguido casi se murió de la risa.
—Bueno, a lo mejor te pido que me hagas un poco de espacio en uno de los cajones para dejar un par más cuando venga de visita —dijo, exhibiendo como si fueran un trofeo las bragas que le había regalado tras su encuentro en el ascensor, como si se tratase de aquel lazo azul de hacía tantos años.
—¿Cuando vengas de visita? —Asami arrugó la frente, aunque en sus labios se había dibujado una sonrisa.
Korra asintió.
—Si tú quieres, claro.
Esa era otra pregunta fácil de contestar. Asami sonrió como lo haría alguien que está pensando algo malo, le dio un beso en los labios y le dijo:
—Espero que no tengas nada que hacer mañana temprano, porque esta va a ser una noche muy larga. Quiero hacerte el amor toda la noche.
—¿Toda la noche?
—¿Tienes algo que objetar?
—Sí, que no me lo hayas propuesto antes. Ven.
Y comenzaron a besarse de nuevo.
