Seis meses. No solo no le había mandado a casa en los primeros quince días, sino que llevaba ya seis meses en la Reserva y podía decir que, al menos, Harry estaba agusto trabajando con él. Lo cual era una suerte, porque el escuadrón seguían siendo solo ellos dos.
— Draco —lo llamó desde su mesa esa mañana.
— Dime —respondió mientras dejaba sobre su mesa la taza de café que le preparaba hacía semanas a esas horas, sentándose frente a él con su propia taza.
Harry no dijo nada, se limitó a entregarle un sobre con el sello del ministerio. Con un nudo en el estómago, dejó con cuidado la taza de café sobre la mesa y rompió el sello con cuidado.
— Es la renovación —comentó en voz baja, sin mirar a su jefe.
— Tienes unos días para contestar.
Levantó los ojos de la carta y los clavó en Harry. El paso del tiempo no había hecho que su ex aprendiera a ocultar los sentimientos en su cara, pero en ese momento no sabía interpretar lo que estaba viendo.
— Vine por ti, si no me mandas a casa, no me moveré de aquí.
— Draco… no sé si eso es justo para ti.
— Soy un adulto, Harry. Puedo asumir que no estemos juntos.
Su jefe suspiró y desvió la mirada a la nueva planta sobre su mesa. Junto al ave del paraíso, que Draco cuidaba con mimo, había ahora una fuchsia, un regalo de Charlie de unas semanas atrás que, según la guía sobre lenguaje de las flores que había terminado por pedirla a Hermione que le mandara, era símbolo de ternura y amor desinteresado. La pasión de una reconquista frente a la seguridad.
— ¿Quieres quedarte entonces?
— Sí, quiero.
Harry se limitó a asentir y volver a los papeles que rellenaba mientras Draco tomaba su taza y volvía a su mesa
