19

CAPTURANDO EL CIELO

El dolor en sus pulmones era un ente vivo, un fuego que apretaba contra sus costillas como si unas flores negras hubieran brotado ante sus ojos. La conmoción del impacto, el frío del agua que le llegaba hasta la médula, rocas tan afiladas como los dientes de un demonio le desgarraban la piel, pero todo era secundario al ardor en su pecho, los gritos en su cabeza, la desesperación que forzaba a su boca a abrirse a la negrura y a la sal y a la muerte que moraba en una única inhalación.

Respira.

Nadó hacia arriba. O hacia abajo. Tanto daba lo uno como lo otro, el oleaje la zarandeaba como una muñeca de trapo entre bosques de piedras crueles, cubiertas de algas pegajosas y hierbajos enmarañados. Un rugido sordo en los oídos la hundía hacia el fondo. El cegador deseo de oxígeno se convertía en más que una simple necesidad, un impulso sobre el que terminó por perder todo el control.

RESPIRA.

Abrió los pulmones al océano y el océano se zambulló en su interior.

Lexa se despertó sobresaltada, sollozando, jadeando, mientras el bendito aire inundaba sus pulmones. Sus ropas estaban empapadas, el pelo pegado a la cara en gruesos y pegajosos mechones negros. Intentó quitárselo de los ojos pero sintió que algo le sujetaba las muñecas: correas de cuero la amarraban a los flancos de un catre de hierro, tenía unas sábanas limpias enroscadas alrededor de los tobillos. Forcejeó contra sus ataduras por un momento, le entraron náuseas, miró por el húmedo y frío

cuarto gris sin tener ni idea de dónde estaba. Habló una voz. Palabras enredadas que ella no entendió.

Intentó girarse hacia el origen del ruido, vio un hombre de aspecto feroz que alargaba la mano hacia ella. De unos treinta años, quizás, vestido con un largo abrigo blanco de corte extraño, con viejas manchas de sangre en los puños. Pelo oscuro cortado casi al rape y una cara pálida y curtida por los elementos, enmarcada por una barba puntiaguda. Ella se apartó asustada, pataleando contra las ataduras de sus tobillos. El hombre la sujetó por los hombros y la zarandeó suavemente, pronunciaba palabras sin sentido mientras sus facciones se iban haciendo más nítidas. Una larga cicatriz bajaba en línea recta por su mejilla derecha, otra discurría en curva por la izquierda, y le faltaba toda la oreja izquierda. Tenía el ojo derecho blanco como la tiza, probablemente cegado por lo que fuera que le había mutilado la cara. Pero bajo unas cejas cubiertas de sal, Lexa pudo ver que su ojo izquierdo era de un brillante azul pálido.

Piel blanca.

Ojos azules.

Dios mío, es gaijin.

El hombre le retiró el pelo de la cara, siguió hablando en su lenguaje incomprensible. Lexa se apartó de su contacto, pero él le ofreció una taza de hojalata llena de agua fresca. Tenía el sabor a sal pegado a la lengua, la garganta reseca, así que se la bebió toda de un trago. Cerró los ojos en el misericordioso alivio de su sed, otra voz la sobresaltó hablando desde el umbral de la puerta.

—Piotr.

Los únicos ojos redondos que había visto nunca eran los comerciantes que vendían productos de cuero en los muelles de Kigen, así que era difícil de decir, pero mirando con los ojos entornados al que había hablado, calculó que el segundo gaijin era solo un poco mayor que ella. El húmedo pelo rubio le llegaba por los hombros y lo llevaba remetido detrás de las orejas. Tenía una pequeña perilla sobre la barbilla, la piel bronceada. Había una simetría en sus facciones que ella podría haber encontrado atractiva de no ser porque tenía un aspecto tan completamente extraño. Una desaliñada túnica roja de corte bizarro, decorada con un rebozo de piel gris pálido, gruesos guantes de cuero, insignias en las solapas, anteojos colgando del cuello. La miró fijamente con ojos del color de la plata deslustrada que ardían de curiosidad.

Había algo familiar en su aspecto…

Mientras Lexa le miraba, el chico sacó de su abrigo un pequeño cilindro de papel blanco de una caja plana de hojalata, se lo puso entre los labios. Cogió un pequeño trozo de acero deslustrado de un bolsillo, lo puso en contacto con el palo de papel. Una fina columna de humo gris pálido salió del extremo del cilindro, llenando el cuarto de un aroma a canela y miel. Le temblaban las manos. El olor trajo de vuelta un lejano recuerdo a través de la neblina bañada por el mar que le anegaba el cerebro: estaba acurrucada sobre una superficie de metal empapada por la lluvia, tosiendo bocanadas enteras de salmuera. Había una silueta en cuclillas a su lado, una gruesa cuerda atada alrededor de su cintura, empapado pelo rubio pegado a su cara.

Lexa recordó que su boca había tenido un sabor extraño. Algo por encima de la sal y la bilis…

Canela y miel.

—Tú… —dijo ella— ¿tú me salvaste?

El chico rubio habló, sonidos incomprensibles y guturales. El hombre del pelo oscuro se puso en pie y caminó hasta la puerta. Los dos hablaron en voz baja, miraban fugazmente a Lexa de vez en cuando mientras los ojos de la chica escudriñaban la habitación. Algún tipo de hospicio, con catres de metal en fila, quizás unos doce en total. Un penetrante olor a licor y pelo quemado, frascos de productos químicos amontonados bajo un lavabo de hierro fundido. Paredes grises, brillantes por la humedad; el viento aullaba por los conductos de ventilación que discurrían por el techo. Bombillas mugrientas en oxidadas carcasas adosadas a la pared, parpadeaban al mismo ritmo que el átono aullido del viento en el exterior. Por encima de él, podía oír el embate y el tumulto del oleaje, el retumbar de los truenos sobre las afiladas rocas.

La canción del océano.

Tanteó el exterior con el Kenning, con prudencia; el dolor de cabeza le apretó la base del cráneo. Podía sentir a los gaijins en la habitación, igual que había sentido a la gente del pueblo Kagé, borrones poco nítidos de calidez extraña. Los empujó a un lado, tanteó por entre la oscuridad próxima, sintió la impresión de algo caliente, un animal con una forma que le resultaba familiar, demasiado pequeño para ser un tigre del trueno. Apretó tanto la mandíbula que le rechinaron los dientes, estiró su mente hacia la penumbra que había más allá, intentando mantener el Kenning bajo algún tipo de control. Tenía la sensación de estarse abriendo a un huracán, de avanzar desnuda entre el viento y el fuego, con un mar turbulento bajo los pies. Podía sentir un grupúsculo de calidez: docenas de gaijins apelotonados juntos, por encima, por debajo, alrededor. Se estiró aún más. Hizo una mueca por el dolor. Sintió algo cálido en la lejanía, el sonido de la tempestad, un fogonazo de calor.

¿Buruu?

Y entonces los sintió. Muy abajo. Como nada que hubiera tocado antes. Fríos y resbaladizos y enjoyados, la miraban con ojos de pulido cristal amarillo.

Siseaban.

Lexa se echó atrás, cerró la puerta a su poder, se dobló sobre sí misma e inhaló una larga y temblorosa bocanada de aire. Incluso con su recién descubierta fuerza, no había sido capaz de sentir a Buruu. ¿Estaría inconsciente? ¿Muerto? ¿Qué le había ocurrido?

Pestañeó, ignoró el martilleante dolor de cabeza e intentó recordar. La sensación de caer fue lo primero: la aterradora décima de segundo de inercia cuando falla el impulso y la gravedad se apodera de uno. El rojo mar picado bajo su cuerpo y que subía a toda velocidad a su encuentro. El impacto que le sacó el aire de los pulmones. Las ropas empapadas que la arrastraban hacia el fondo. Había varias formas en el cielo allá arriba, entre los fogonazos de los relámpagos.

Arashitoras. Dos machos.

Y estaban peleando.

—¿Shima?

Las conocidas palabras la trajeron de vuelta a la habitación, a la mirada medio ciega del hombre del pelo oscuro. El gaijin la miraba atentamente, con los brazos cruzados, con aspecto nada amistoso. El chico rubio miraba al suelo, chupaba del palo de fumar, exhalaba nubes grises con aroma a miel. El dolor de cabeza era una herida en carne viva taladrada entre sus orejas, cincelada en la parte superior de su columna.

—¿Tú Shima? —Sorprendentemente, el hombre de la cicatriz estaba hablando en el idioma de Lexa; tenía un acento roto y estevado, pero sus palabras eran en Shimano, sin duda. Se acercó a ella y la señaló con el dedo, luego agitó la mano en dirección a lo que Lexa supuso que sería el sur. El gaijin caminaba con una marcada cojera y, cuando su pie derecho golpeó la piedra, ella pudo oír el tintineo del metal.

—Hai —asintió—, de Shima.

El hombre frunció el ceño y se volvió hacia el chico rubio, levantó la mano como para golpearle, escupió un iracundo galimatías. El chico se apartó de él, el palo de fumar quedó aplastado entre sus dientes apretados.

—Por favor. —Se chupó los labios. Se le quebró la voz—. ¿Dónde estoy?

—¿Eh? —El hombre de la cicatriz frunció el ceño, se volvió hacia ella.

—¿Puede entenderme?

—Poco. —Hizo un gesto con el índice y el pulgar, como un pellizco—. Poco.

—¿Dónde estoy? —Pronunció las palabras con claridad, vocalizando—. ¿Dónde?

El hombre le contestó bruscamente, espetando una arenga iracunda que ella no entendió.

—Yo no…

Se abalanzó hacia la cama, rugiendo, la cara cada vez más roja.

Levantó la mano y ella se encogió, refugiándose contra la pared. El bofetón le dio de lleno en la mejilla, la dejó casi sin sentido, despertó el dolor que acechaba detrás de sus ojos. Se hundió en el colchón y cerró un ojo en anticipación de otro golpe.

—Piotr. —El chico rubio pronunció una ristra de palabras atropelladas, con la preocupación claramente reflejada en la voz.

Lexa alzó la vista hacia el gaijin del pelo oscuro, con sangre en la boca, la sal le escocía en el corte del labio. Se retorció por un instante contra sus ataduras.

—Vuelve a tocarme y te mato… —escupió.

El hombre bajó la mano, callosa, ancha como un abanico de guerra. Se miró los dedos y musitó algo, cojeó de vuelta al chico rubio, escupió otro enredo de incoherencias. El chico se fue de la habitación, dejando huellas mojadas a su paso. El hombre más mayor se quedó cerca de la entrada, deslizó un dedo por la cicatriz que tenía bajo el ojo; nubes de tormenta se iban acumulado por encima de su cabeza. Con manos temblorosas, pescó de su bolsillo una pipa de madera tallada en forma de pez y la rellenó de hojas secas de una bolsa de cuero. Lexa podía ver una chaqueta roja con botones de latón bajo su abrigo blanco, con más insignias prendidas en el cuello.

Espadas cruzadas.

¿Un soldado?

—Perdón. —Hizo un gesto hacia su cara—. Él perdón, tú.

Lexa miró la pierna del hombre, sin decir ni una palabra. Podía ver una abrazadera de metal sujeta alrededor de su espinilla, un mecanismo activado por pistones en la rodilla. Carne, aumentada con maquinaria.

Como el Gremio…

El hombre chasqueó los dedos sobre otra lasca de metal bruñido sacada de un bolsillo del pecho. Una llama centelleó en su ojo ciego, profundizó la sombra de la ganchuda cicatriz de su mejilla izquierda y le dio vida a la pipa. Volvió a chasquear los dedos y la llama se extinguió.

—¿Quiénes sois? —preguntó Lexa.

El hombre se encogió de hombros, musitó palabras que Lexa no pudo entender. La chica dejó caer la cabeza, respiró profundo, repentina y terriblemente asustada. El aroma que emanaba de los labios del gaijin le recordaba a su padre. A un humo empalagoso que ascendía en volutas por entre su bigote canoso. A dedos manchados y un cuerpo hinchado cubierto entero de blanco, esperando a que el fuego se lo llevara. Y ella ni siquiera había estado allí. Ni siquiera se había despedido de él…

No llores. Ni se te ocurra.

—¿Dioses?

Alzó la vista hacia la cara del gaijin. Estaba señalando al cielo, con la ceja del ojo ciego arqueada interrogante.

—¿Tener dioses?

—Hai —asintió—. Tengo dioses.

El hombre se llevó la pipa a los labios, sacudió la cabeza, habló entre los dientes apretados mientras se iba del cuarto arrastrando los pies.

—Reza.

Lexa se quedó sentada en la oscuridad durante mucho rato, esperando a que aflojara el dolor de cabeza. Podía oír las olas romper, oler el aroma a óxido y aceite que flotaba en el aire. Tiritaba en sus ropas húmedas, abrió y cerró los dedos varias veces, las correas se le clavaban en las muñecas. Y al final, cuando el dolor había disminuido hasta ser solo un pálido parpadeo, volvió a reconstruir sus enclenques defensas, ladrillo a ladrillo. Un baluarte de toda la sustancia que era capaz de reunir: la ira que Daichi le había asegurado que era su mayor fuerza, argamasa hecha de recuerdos. La espada de Wells cortándole las alas a Buruu. La tumba de su padre. La sangre de su padre en sus manos. El rechinar de sus dientes. Furiosa. Y con el muro reconstruido, volvió a explorar el exterior con el Kenning. Una rápida incursión sin dirección precisa, palpando en busca de alguna señal de Buruu, como un grito en un cuarto a oscuras. Pero no había nada parecido a su calidez por ahí cerca, y el embarrado calor que detectaba a lo lejos no tenía su forma en absoluto. Casi tan pronto como se abrió al exterior, volvió el dolor de cabeza en toda su furia. El calor de los seres humanos que estaban a su

alrededor crepitaba, seco y brillante como las llamas. Bajo sus pies, sentía aquellas cosas esperándola, frías y antiguas y reptíleas. Así que cerró la puerta, lo encerró dentro de su cráneo y se quedó completamente sola. Se notaba la cara sensible donde el hombre de la cicatriz le había dado la bofetada, se palpó el labio partido con la lengua.

Sabía a sal. A sangre.

Cerró los ojos y recordó la calidez más pequeña que había sentido por allí cerca. Estiró una diminuta, estrecha brizna de sí misma por el Kenning. Lo encontró no muy lejos, acurrucado al lado de un conducto de calefacción, solo unas puertas más allá. Tumbado sobre una vieja manta, moviendo la cola mientras mordisqueaba una tira de cuero crudo que tenía sujeta entre las patas delanteras.

Un perro.

¿Hola?

Ladeó la cabeza a un lado, dejó de mover la cola, levantó una oreja atento.

¿¡quién ahí!?

Soy Lexa.

¿quién?

Lexa.

Podía sentir la forma de la mente del can, extraña y familiar a la vez, como el viejo abrigo de un desconocido que le quedara a ella como un guante. El perro era caliente y suave, todo curiosidad y energía, empezó a mover la cola otra vez mientras ella palpaba por su mente.

¿¡comida!?

No tengo comida. Lo siento. ¿Cómo te llamas?

¡rojo!

Hola, Rojo.

¿dónde tú? ¿¡no veo!? Estoy en un cuarto cerrado con llave, pasillo abajo, ¿¡juegas!?

Quizás luego.

gemido

¿Puedes decirme qué es este lugar, Rojo?

¿es?

¿Qué hacen los hombres aquí?

¡capturando el cielo!

¿Capturando el cielo?

¡tan tontos!

Lexa frunció el ceño, intentando dilucidar qué quería decir, cómo planear la pregunta de modo que él la entendiera. Hacía ya años que no pasaba tiempo nadando en los pensamientos de un perro de verdad; el último al que había tocado con el Kenning era el cachorrillo de Gaia, pero le había conocido solo brevemente. Los canes podían ser inteligentes, pero no entendían conceptos humanos, concentrados como estaban en lo inmediato, lo primario. Como por indicación suya, Lexa podía sentir la fría y mojada nariz de sus pensamientos fisgoneando en torno a la brizna que había introducido en su cabeza.

¿¡comida!?

Lexa se aferró a la idea y decidió ver adonde la llevaba.

Creo que había comida ahí afuera.

El perro se puso en pie de un salto, agitando la cola como un torbellino.

¿¡de verdad!?

Creo.

¡encontremos compartimos!

Voy a utilizar tus ojos, si no te importa.

El perro ya había salido corriendo y Lexa solo captó un atisbo de su cuarto mientras se deslizaba tras sus pupilas. Paredes grises. Pupitre y cama de metal. Una extraña máquina torcida cuajada de botones y tubos aspiradores de cristal al lado de un montón de papel demasiado blanco. Una bandera colgada de la pared: un campo negro con un círculo de doce estrellas rojas. Rojo empujó una solapa de goma (como una gatera) con la nariz para abrirla y salió pitando por un largo pasillo de hormigón gris; el viento aullaba a través de los conductos que había en lo alto. Podían oler el mar: el sabor de la sal, un toque de óxido. Pero no había nada podrido enredado con ese olor, nada de basura como en las aguas de la Bahía de Kigen. Era fresco y maravilloso, un brillante olor cáustico que impregnaba todo lo que les rodeaba. Pasaron correteando por delante de filas enteras de puertas cerradas, de dos grandes gaijins con barbas espesas como setos y mugrientos chubasqueros amarillos charlando al lado de unas escaleras que llevaban hacia arriba y hacia abajo. Podían oír motores, una sirena gemía en las entrañas del edificio, un estallido de carcajadas. La tormenta retumbaba sobre sus cabezas, la estructura murmuraba en simpatía. Salieron del hueco de la escalera a lo que parecía una zona de almacenaje, con cajas apiladas hasta el techo; la electricidad estática les ponía el pelo de punta. Escritura extraña, huellas mojadas, para acabar por abrirse paso con la nariz por otra solapa de goma hasta unas puertas altísimas. Y por fin, salieron a la oscuridad de la noche, internándose en el viento. Una plataforma de mojado gris acero se extendía ante ellos, terminaba en una sólida barandilla y una repentina caída hacia la oscuridad. Doce metros más abajo, el negro océano embravecido, enormes olas se estrellaban contra las patas de hierro que los sostenían en lo alto, silbando furiosas al romperse en pedazos una y otra vez. Una neblina espesa como la sopa flotaba en el aire, los relámpagos azotaban la penumbra, iluminando largas franjas de cables de hierro gemelos que salían de algún sitio sobre sus cabezas y se adentraban en la oscuridad. Los truenos resonaban tan cerca que aplastaron el cuerpo contra el suelo, con el rabo entre las patas.

No puedo oler comida, ¿¡tú segura!?

Arriba. Mira arriba.

Volvieron los ojos al cielo, al edificio que se alzaba imponente a su espalda. Ventanas cuadradas miraban al mar, iluminadas desde dentro como unos ojos vacíos y huecos. Tenía una altura de tres pisos, lisas paredes de ladrillo gris por las que serpenteaban tuberías y cables. Extrañas estructuras cónicas salían del tejado como las puntas de una corona ladeada, otras parecidas salpicaban los colmillos de roca en el océano a su alrededor; barras de metal de tres metros y medio terminadas en unas anchas esferas aplanadas. Cada barra tenía una tubería más fina enroscada en torno a ella, su circunferencia se iba volviendo más ancha según descendía en espiral desde la punta hasta la base. Metal naranja, cubierto por una costra de óxido verde chillón, rayado por el beso de un millar de cepillos de fregar.

Cobre.

Un resplandor blanco azulado salía del tejado, rielaba como la luz del sol a través del agua rizada. Retumbó un trueno y volvieron a encogerse pegados al suelo cuando el correspondiente relámpago cruzó el cielo y cayó a unos treinta metros de donde estaban, besando una de las agujas de cobre allá afuera, en el océano. La electricidad bajó en espiral por el cono en un estallido de chispas cegadoras, crepitando por los cables gemelos de vuelta hacia el tejado del edificio. La luz de las ventanas parpadeó un instante, el resplandor sobre sus cabezas parpadeó.

¿Qué están haciendo?

¡capturando el cielo!

¿Los relámpagos? ¿Qué hacen con ellos?

¡guardan en frascos!

Echó un vistazo a través de los ojos del perro, hacia la tormenta embravecida. A lo lejos, por encima de las olas, otro relámpago impactó contra una de las torres de cobre de conducción eléctrica, cayó en cascada a lo largo de los cables en un tumulto de electricidad cruda, y subió hasta la imposible corona sobre el tejado del edificio. Oscuridad y lluvia y viento aullante. Los truenos les sacudían los huesos y hacían que les tiritara la piel. El terror del perro se replegó dentro de Lexa, con el rabo entre las piernas y gimiendo, y ella terminó por pedirle que volviera a entrar, que se alejara de la furia de los elementos y el océano insondable, de vuelta al eco del vacío de las entrañas del edificio. El perro se sacudió, sus belfos aletearon, roció agua de lluvia en todas direcciones. Las paredes a su alrededor se balanceaban, reflejando los temblores de Lexa mientras ella le cerraba las puertas al Kenning, regresaba a su propio cuerpo diminuto, su propio minúsculo ser. Una frágil y temblorosa niña, fría y mojada y sola, con mil kilómetros de tormenta y océano y oscuridad entre ella y cualquier cosa que pudiera parecerse al hogar. Y del hermano que la había llevado hasta allí, la montaña contra la que había apoyado su espalda, el amigo del que había llegado a depender por encima de todas las cosas, no había señal alguna.

Dios, Buruu, ¿dónde estás?