20
UN SUSPIRO O DOS
Una cerilla se encendió en la oscuridad, un estallido de naranja y azufre en la palma de la mano de Raven. Protegió la llama con la mano, cuidadosa como una madre primeriza, la acercó a la mecha de la vela. La cera tenía un brillo satinado, el color de la sangre fresca, estaba perfumada con escaramujo y miel. Un lujo con el que una chica de un pueblo como Daiyakawa nunca habría podido ni soñar. La mecha se prendió y ella apagó la cerilla de un soplido, observando cómo trepaba la luz por las paredes. Caminó silenciosamente por el suelo de madera, colocó la vela sobre el alféizar de la ventana, la apretó contra el sucio cristal, un faro que llamaba a su camarada a la traición. Miró con atención al patio del palacio, vio siluetas de jardín amortajadas por la noche, un santuario de antepasados de piedra y árboles llorones, doblados bajo el peso del cielo envenenado. El Padre Luna era una débil mancha rosa entre la neblina, un retrato sin rostro sobre un lienzo ceniciento, tenía la cara enterrada entre las manos. Dejó la luz ardiendo en la ventana y volvió sigilosa hasta la cama. Se arrodilló y estudió la cara de Ichizo, las facciones que conocía ya casi tan bien como las suyas propias. No era un dechado de perfección cuando dormía, un kami que había tomado forma humana para tumbarse a su lado y robarle la respiración: mejilla incrustada en la almohada, pelo enredado, saliva sobre la barbilla.
Ichizo era muy real. Y ese era el problema.
Demasiado bueno para ser verdad.
Deslizó un dedo por su mejilla, le retiró unos mechones de sedoso pelo negro de los ojos. Entonces él sonrió, como un niño pequeño en el día en que recibía su nombre, murmuraba en sueños.
—Sé lo que eres —susurró Raven.
Seducir a su carcelero había sido la ruta más lógica para salir de su celda, así que seducir a su carcelero era exactamente lo que había hecho. Él era de carne y hueso, después de todo, y ella era una mujer que conocía el simple arte de hacerle a un hombre perder la cabeza. Y si el sabor amargo de entregar su cuerpo la molestaba al principio, se endulzó pronto por el hecho de que el nuevo Señor Magistrado de Roan no era un hombre poco atractivo, ni una compañía completamente desagradable, a decir verdad. Culto, pero no arrogante. Un filósofo, un amante de la poesía, un noble nada inclinado a la crueldad hacia sus criados. Hombres mucho peores podrían haber custodiado las llaves de su celda en el palacio del Daimyo Tora. Ella era una asesina. Una sicaria que había terminado con la vida de una docena de hombres sin perder ni un minuto de sueño por ello. Había cometido la mayor de las traiciones, se había aliado con una terrorista, confabulado para hacer caer al gobierno del mismísimo Imperio. ¿Qué podía importar entregar su cuerpo, comparado con eso? Si era capaz de acabar con la vida de un hombre, de destrozar todo lo que era y lo que podría llegar a ser con un simple gesto de la mano, desde luego que podía abrir las piernas y fingir un suspiro o dos. ¿Para tener la oportunidad de escapar de su jaula, de encontrar a Gaia y liberarla de cualquier artilugio que pudiera tenerla encadenada dentro de estas paredes? Podía fingir más que un suspiro.
El problema era, obviamente, que Ichizo estaba casi con toda seguridad jugando al mismo juego que ella. La primera vez que sintió los labios de Ichizo sobre los suyos, lo supo. Su beso era demasiado tierno, demasiado vacilante. Raven había tenido que obligarle a poner las manos sobre su piel, tuvo que abalanzarse sobre él. Ichizo se hacía el tonto locamente enamorado, susurraba palabras dulces, la cubría de regalos secretos. Y podría haber sido plausible, ella podría haberle creído casi. Hasta la noche anterior, cuando él le había puesto una mano sobre la mejilla, la había besado en los párpados y había susurrado que creía que quizás la amaba.
Amor.
Ningún magistrado, ningún sirviente de los Toras podía ser tan obtuso.
Este bastardo estaba jugando con ella, tan claro como que ella estaba jugando con él. Cualquier noche ahora, Raven esperaba que él dirigiera la conversación hacia Gaia. Hacia Lexa. Hacia los Kagés. Era solo una cuestión de tiempo. Tenía que lograr salir de ahí antes de que él se diera cuenta de que ella sabía exactamente lo que era. El suelo de ruiseñor empezó a cantar, el gorjeo agudo de clavos dentro de abrazaderas de metal, el crujido del pino seco. Oyó unas pisadas, demasiado ligeras para ser las de un soldado, demasiado cuidadosas para ser un sirviente simplemente haciendo su ronda.
Nadie.
Raven observó la cara de Ichizo, escuchó cualquier cambio en su respiración al detenerse las pisadas al otro lado de la puerta. Pero sus facciones estaban tan serenas como las de un bebé dormido; su pecho subía y bajaba con la misma suavidad que los mecanismos de relojería en la piel de un Hombre del Loto. Se puso de pie, todo movimientos fluidos y susurros de seda, hacía menos ruido que las sombras de la luz de la vela titilando sobre las paredes. Y en cuatro silenciosos pasos, se arrodilló al lado de la puerta y esperó. Un momento después, un trozo de papel de arroz se deslizó por la ranura que quedaba entre la puerta y las maderas del suelo.
Medio palmo, cubierto de sencillos kanjis.
«¿Seguro hablar?».
Le dio la vuelta al papel y escribió su respuesta con un palito de kohl.
«No sola. Debemos ser rápidas».
Volvió a deslizar el papel por debajo de la puerta, a la espera de la contestación.
«¿Con quién?».
«Señor Magistrado Ichizo».
Una pausa sepulcral. La chica al otro lado de la puerta contuvo la respiración. Raven la oyó levantarse, pensó por un momento que quizá se iría. Cuando abrió la siguiente nota, vio que estaba garabateada con prisas con mano temblorosa.
«¿Estás loca?».
«Algunos lo creerían».
«Oí rumor que había intercedido por ti ante el Daimyo. Me pregunté por qué. Ahora tiene sentido».
«¿Ichizo habló con Roan?».
«Le pidió que te soltara. Soldados dijeron que te colmaba de atenciones como un chico enamorado».
Raven miró de reojo a la cama, con los ojos entornados.
«Es una serpiente. Nada más. ¿Respuesta de Roan?».
«Se negó. Solo preocupado por consolidar poder y muerte de Señora de Tormentas».
«¿Y Gaia?».
«La vi ayer tarde en balcón».
«¿Cómo estaba?».
«No pude preguntar. Hombres del Gremio con ella».
«¿Qué aspecto tenía?».
«Magullada. Enferma. Triste».
«¿Boda?».
«Avanzando. Líderes Dragó y Fénix ambos en camino».
«¿Noticias de las Iishi?».
«Casa franca de calle Kuro registrada por redada matutina. No hay forma de hablar con Iishi».
Un pánico frío le atenazó la mandíbula, se le cortó la respiración. Miró por encima del hombro a Ichizo, que aún dormía, se chupó los labios repentinamente secos.
«¿Redada? ¿Cómo? ¿Cogieron alguien?».
«Gustus a salvo. Está conmigo. Otros quizá desperdigados. Quizá encarcelados. Compruebo buzón otra vez hoy con Gustus cuando acabe turno. Aún ni una palabra».
«Si no podemos hablar con Iishi, debemos salvar Gaia solos».
«¿Nosotros tres?».
«Boda debe detenerse».
«¿No puedes siquiera escapar de habitación?».
Raven se quedó sentada unos instantes, escuchando a Ichizo respirar, el susurro del viento en los jardines atrofiados del exterior. Paseó la vista por el cuarto que era su prisión. El cerebro le corría a toda velocidad.
«Espera».
Se puso en pie, moviéndose como el humo. Informe. Silenciosa. Se agachó al lado de la ropa de Ichizo, desperdigada al pie del futón, buscó entre la seda y el algodón. Al final, las yemas de sus dedos rozaron contra un frío arete de hierro. Lo envolvió firmemente en el puño, ahogando el tintineo bajo la tela, y sacó las llaves del magistrado a la parpadeante luz de la habitación. De un suave soplido, apagó la vela de la ventana, el centro se derritió para convertirse en un profundo charco escarlata alrededor de la mecha humeante. Vertió la cera líquida en un platillo de su juego de té y esperó unos momentos a que se enfriara. Levantó las llaves de Ichizo, eligió la que le había visto utilizar en la puerta de su habitación más veces de las que quería recordar, y la presionó sobre la blanda calidez rojo sangre. Vigiló a Ichizo, contando sus respiraciones, negándose a recordar la sensación de tenerle dentro. La forma en que respiraba en su pelo después, diciéndole sus mentiras. Hablaba de cortejos y amor, le prometía que ella asistiría a la boda de Roan de su brazo, que todos los rumores sobre su traición pronto serían acallados. Ella se hacía la tonta, por supuesto, fingía que le creía, se lo agradecía de la forma más obvia que una deshonrada dama de honor podía hacerlo. Pero la verdad es que ella era una guerrera, esta cama solo otro campo de batalla, su cuerpo solo otra arma.
El loto debe arder.
Retiró la llave de la cera de la vela, examinó la impresión que había dejado atrás: clara y profunda, líneas nítidas, más que suficiente para fabricar una falsificación. Más que suficiente para liberarla de este nido de serpiente. Volvió hasta la puerta sigilosamente, con los ojos fijos en Ichizo, sin hacer ni un ruido. Se arrodilló en el umbral y deslizó el platillo por debajo de la puerta; se oyó el suave roce de la porcelana contra el pino pulido. La nota de Nadie viajó rápidamente de vuelta por la ranura.
«¿Llave de tu cuarto? ¿Por qué no venir conmigo ahora?».
«No saldré de palacio sin Gaia. ¿Puedes trabajar con esto?».
Una pausa trémula.
«Puedo pedir a Gustus que talle réplica».
Raven asintió, miró de reojo al hombre dormido en su cama.
«Date prisa, Nadie. Duermo con una serpiente. Me morderá pronto».
Oyó a Nadie levantarse, silenciosa a más no poder, el débil chasquido de sus sandalias, el roce del orinal sobre el pino. Y en seguida retomó su camino, solo otra sirvienta del turno de noche, los tablones del suelo cantaban bajo sus pies. Ichizo frunció el ceño y murmuró entre sueños. Raven se puso de pie, tan deprisa como una mosca del loto, se metió el palito de kohl en el bolsillo y volvió a enganchar las llaves en el cinturón de Ichizo. De un gesto, hizo resbalar el kimono de sus hombros. Este cayó y quedó arrugado alrededor de sus tobillos mientras ella volvía a meterse en la cama. Reptó desnuda bajo las sábanas. Y cuando el movimiento por el colchón terminó por despertar a Ichizo, cuando sus párpados aletearon antes de abrirse, ella apretó su boca y su cuerpo contra los de él, deslizó las manos por su piel mientras susurraba su nombre. Estaba despierto entonces, si no lo había estado antes. Y aunque su boca sabía a sake y a azúcar, Raven imaginó que podía saborear el veneno que había debajo, el veneno de los señores del chi que se colaba en las venas de Ichizo y hasta su lengua.
Pero no si yo te muerdo primero…
Daiyakawa era el pueblo donde se había criado, pero las Iishi eran el lugar donde maduró y se formó.
Quería ser una guerrera, luchar en el campo de batalla con otros Kagés el día que se levantaran en armas contra el Shōgunato. Así que se entrenó duro. Quizás no era tan fuerte como los chicos, pero era el doble de rápida, su espada tan veloz como la luz moteada del sol entre los árboles. Practicó con el Sensei Ryusaki hasta que le sangraron los dedos, hasta que la espada ya no estaba entre sus manos, sino que era parte de su brazo, hasta que ya no había espada ni brazo en absoluto.
Pero luchar con acero en la mano bajo un cielo abrasador no iba a ser su destino.
Era perfecta, había insistido Octavia. Lo suficientemente joven para desaprender sus costumbres provincianas, lo suficientemente hermosa para disfrutar de las atenciones del sexo más soso, pero no tan preciosa como para destacar en medio de una multitud. Así que empezaron a entrenarla para un campo de batalla diferente, tan mortal como los que recorrían los Samuráis de Hierro y los soldados. Un campo de batalla de pino pulido y abanicos revoloteando y cortinas ondulantes de seda rojo sangre. Octavia se había criado en la corte del Shōgun, estaba al tanto de la educación de una «dama de buena posición». Así que se convirtió en la nueva sensei de Raven. Hora tras hora, día tras día. Lecciones de música. Poesía. Filosofía. Baile. El aplastante y absurdo tedio de las ceremonias del té, las complejidades de la moda de la corte, la elegancia, la dicción, la reputación. Y luego llegó el entrenamiento de sus armas. Cómo insinuarse. Hacer correr rumores. Escuchar a escondidas. Leer los labios. Flirtear. El sexo. Y si la idea de lo que le esperaba la aterrorizaba en las largas y vacías vigilias nocturnas, solo tenía que pensar en sus primos decapitados tirados en la calle, en los ojos vacíos de su tío mientras se clavaba el cuchillo en su propio estómago y lo arrastraba de derecha a izquierda. Y el miedo se convertía en menos que nada, la debilidad de una niña que había perecido al lado de sus primos en la plaza del pueblo.
—Recuerda —solía musitar—, recuerda Daiyakawa.
La llevaron de incógnito a Yama, y de ahí a Kigen. Pagaron una fortuna en hierro para que un maestro artesano le volviera a tatuar su irezumi, decorándole la piel con el arte que merecía una mujer de su «origen». Desempeñó el papel de única hija superviviente de una noble familia Tora, asesinada en un incendio provocado por los insurgentes Kagés, que había venido a pedir clemencia a la Primera Hija ahora que las Sombras le habían quitado todo lo que era. Y la Señora Gaia la había mirado con sus ojos de víbora bufadora entornados mientras Raven contaba su historia, lágrimas falsas resbalando por sus mejillas, el labio inferior temblando lo justo; una audición para la traición más peligrosa que se estaba tramando en toda Shima.
Y entonces la Señora sonrió.
—Eres perfecta —dijo.
