¡Hola! ¿Cómo están queridos lectores? Les traigo una nueva actualización del fic. Y comenzamos con las "hermosas" profecías que nuestros héroes aman.

Como siempre, espero que les sea de mucho agrado leerlo tanto como yo amé escribirlo y que se sumerjan en el misterio.

Capítulo 4: "Profecía"

- Hemos llegado, Zoe. -Dijo Annabeth. Tratando de sonar de la manera más amistosa que pudo. Algo difícil para ella en ese minuto. – El cuarto de armas.

No confiaba en la recién llegada. Cada fibra de su cuerpo le indicaba que debía tener cuidado… Pero era imposible imaginar que aquella chica pudiese ser un peligro.

Se veía muy dulce, demasiado dulce. Muy amistosa, demasiado amistosa. Muy relajada y confiada… Demasiado.

¿Quién, en su sano juicio, podría confiar tan ciegamente en un puñado de desconocidos? La hija de Atenea pudo haberla llevado perfectamente a una trampa. Pero aquello no parecía preocupar a la nueva.

No lucía demasiado desconcertada por su amnesia. Ni desesperada por recuperar sus recuerdos. Tampoco parecía asombrada por descubrir la existencia de criaturas mágica, dioses griegos y semidioses armados hasta los dientes con poderes sobrenaturales.

Parecía que nada podía sorprenderla o aterrarla. Eso no era humano… Ni siquiera era una actitud que tendría cualquier otro ser catalogado como no humano. Ese asunto enfurecía a la hija de Atenea.

- ¿Estás bien? -Preguntó Zoe al ver el ceño fruncido de Annabeth.

- Eh… Si. -Le respondió mientras negaba suavemente con la cabeza.

Tal vez… Y sólo tal vez, tantas batallas que ha librado últimamente la habían vuelto un poco paranoica. ¿Por qué no? Puede que, simplemente, la forma en que llegó Zoe le aterraba.

Le aterraba que, su extraña llegada, marcara el comienzo de una nueva gran guerra. La cual acabe, una vez más, con la paz que tanto les costó lograr tras derrotar a Gea.

- No sé quién soy ni cómo llegué a este lugar. Pero no deberías tenerme miedo. -Le dijo la recién llegada. Mirando fijamente los ojos tormentosos de Annabeth. Como si estuviera leyendo su mente. -No creo ser tu enemiga.

Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Annabeth. Ese tono tan calmado y suave. Cargado con tanta empatía y serenidad… Sólo le hacía crecer el sentimiento de desconfianza.

- Ajá. -Annabeth tosió y cambió rápidamente de tema. -En este lugar puedes encontrar armas que pertenecieron a grandes semidioses. Como también, armas que jamás han sido empuñadas. Debes escoger la que más te acomode. Toma tu tiempo en escoger. Recuerda, hay un arma perfecta para cada héroe.

La chica de ojos azules miró hacia la montaña de armas del lugar. Suspiró y se acercó lentamente. Tanteando cada arma visible.

Lo primero que tomó fue un arco y un carcaj cargado de flechas plateadas. El corazón de Annabeth dio un vuelco.

- ¿De quién era? -Preguntó la chica. Estudiando el rostro de Annabeth con cautela.

Cielos, a Annabeth no le sorprendería en lo más mínimo que ella resultara ser hija de Atenea o tal vez de Afrodita. ¿Tenía el don natural de saber lo que estaba pensando o sintiendo una persona tan sólo con verla?

- Pertenecieron a la chica más valiente que he conocido. -Suspiró. -Zoe Belladona. La antigua lugarteniente de Artemisa. -Annabeth recién notó que le colocó, a la recién llegada, el nombre de una de las personas que más admiraba.

La chica estudió el arco. Tomó una de las flechas y trató de colocarla. Sin embargo, al tratar de apuntar, la flecha se movía de su posición y el carcaj parecía arruinar su equilibrio. Distrayéndola y haciendo que la mitad de las flechas cayeran al suelo.

- Es… Muy incómodo. -Confesó la chica de cara redonda.

- Creo que lo tuyo no es la arquería. -Dijo Annabeth. Tratando de reprimir una carcajada. – A ver… -Se acercó a la montaña de armas. Sacando de ella una reluciente lanza de bronce celestial. -Prueba con esto. -Se la entregó.

La chica lo tomó con una amplia sonrisa. La hizo girar en su mano con habilidad.

- Parece que… -Zoe no alcanzó a terminar la frase cuando, con la punta de la lanza, se cortó la mejilla. - ¡Auch! -Bramó, soltando el arma y llevándose su mano instintivamente a la zona.

- Sí que eres torpe. Es bronce celestial. Daña tanto a semidioses, monstruos y dioses. A excepción de humanos. Déjame ver ese corte. – Murmuró Annabeth con preocupación. – Ni con tu habilidad de rápida regeneración podrás…

- ¿Qué pasa? ¿Es muy grave? -Dijo Zoe con preocupación al ver el rostro de asombro de Annabeth.

- Los dioses suelen tardar un buen tiempo en regenerarse cuando son heridos con bronce celestial, hierro estigio u oro imperial…

- ¿Y…?

- Tú no tardaste ni diez segundos. Por los dioses, ¿qué eres?

- ¿Qué… Eres? -Repitió la joven con una mueca.

- No, yo no… No quise decir. ¡Agrr! -Annabeth pateó la montaña de armas. -Lo lamento. Es que detesto no saber lo que está ocurriendo y eso me frustra. -Suspiró. -No quise hacerte sentir mal.

- No te preocupes. -Le sonrió tan dulce que Annabeth se sintió mucho peor de lo que ya se sentía.

¿Por qué esa chica le hacía perder tanto la paciencia? ¿Por qué la ponía en una especie de batalla contra su propia mente?

¿Sentía admiración y respeto por sus asombrosas habilidades?, ¿sentía cariño por su torpeza e increíble personalidad dulce y calma? O sentía todo lo contrario por los mismos atributos.

- Esta parece bien. -Dijo la chica de larga y risada cabellera dorada. Sacando de sus conflictivos pensamientos a la hija de Atenea. - ¡Es perfecta! ¿Sabes de quién era? -Dijo la chica. Moviendo una espada de un metro con tanta habilidad que parecía que hubiese nacido con ella.

- No tengo ni la más remota idea. ¿Puedo verla? -Preguntó Annabeth. Estirando sus brazos para tomarla.

Era el objeto más pesado que había tomado. Y eso que la joven de ojos tormentosos había cargado el peso del cielo.

Sin aguantar más, Annabeth dejó caer la espada al suelo. Zoe la tomó y la examinó con calma.

- ¡Esa cosa debe pesar más de mil kilos! Tal vez eres hija de Zeus… Una Hércules femenina o algo por el estilo. -Dijo. Dando una enorme bocanada de aire.

- La serpiente, el desorden y el rey de las bestias se unirán. -Comenzó a decir Zoe. -El equilibrio, el águila y el conejo han de reparar. Los errores del pasado al olimpo dividirán. Dos magos, cuatro mestizos y cinco luces, la guerra o la paz han de evocar. Los dos mundos en las puertas de la destrucción acabarán.

- Disculpa, ¿qué?

- Lo dice la espada… -Dijo la chica de ojos azules. Mostrando un montón de jeroglíficos egipcios tallados en el mango de la espada -Conejo y águila… -Murmuró pensativa.

- ¿Jeroglíficos proféticos en una espada griega? -Annabeth quedó pensativa y miró a Zoe. – ¿Te dice algo conejo y águila?

- Si… No. -Pestañó rápido. -No lo sé.

La hija de Atenea pensó.

- Águila… Puede tratarse de Zeus o alguno de sus hijos.

- Es extraño.

- Es una profecía. -Concluyó Annabeth. -No suelen ser explicitas. Pero ésta está demasiado engorrosa. Ni hablar sobre la forma en que está escrita.

- ¿Le diremos a Quirón, al señor D. y a los demás?

- Prefiero que lo investiguemos por nuestra cuenta antes. Tal vez Sadie y su hermano nos pueden ayudar. -Pensó. – Mientras menos personas sepan, por ahora, mejor.

- Entiendo.

Tras sentir tanto movimiento y una poderosa energía dentro de él, Tártaro decidió investigar tomando su forma humana. Sus hijos corrían despavoridos de un lado a otro. Como si estuvieran viendo a un ser poderoso y tenebroso. ¿Más que él? Imposible.

- Tú has de ser Tártaro. -Dijo un ser de puras tinieblas con voz de ultra tumba y déspota.

- El mismo. Y tú…

El ser sacó un pergamino antiguo de su cuerpo y una tabla de oro partida por la mitad y con unos agujeros donde, seguramente, debieron tener piedras preciosas.

- Soy la llave que te sacará de este lugar y permitirá que te vengues de los griegos. Además de volverte uno de los tres amos de dos universos.

Tártaro lo miró intrigado.

- ¿Dos universos? Eso es imposible. Sólo existe uno. -Pensó un rato. -Digamos que te creo. ¿Por qué me necesitarías?

- Mi más grande enemiga resultó ser la reencarnación de una Titán de tu universo. Y al fin, tras mucho tiempo desde que conseguí la información y el portal que utilizó ella, podré comenzar el anhelo que me ha carcomido por milenios. Pero, para ello necesito de ti y de alguien más. ¿Qué me dices, Tártaro?

Tártaro sonrió malignamente.

- Cuéntame tu plan… ¿Cómo dijiste que te llamabas?

- Llámame Caos.

Cuando terminaron de explicar todo a una velocidad increíble, Galaxia y Venus dieron una gran bocanada de aire y esperaron a alguna respuesta de las demás chicas y de Endymion.

Pero sólo se escuchó un tenso y asfixiante silencio.

- Y… -Dijo Venus luego de varios segundos. -Debemos encontrar una forma de viajar al otro universo, traer a Usagi y Caos para que se sigan peleando acá. Todo en un lapso de menos de un mes, evitando que nuestro universo se colapse… -Miró a Galaxia de reojo. -Aceptamos ideas.

- Las que sean. Por muy idiotas que sean. -Completó Galaxia.

Entre todas se miraron nerviosas. Pluto fue la primera en levantar la mano.

- Eternal sailor Pluto, ¿cuál es tu plan? -Dijo una expectante Venus.

- Con nuestros poderes hemos podido crear rasgaduras entre el espacio-tiempo. Viajado incluso a otras dimensiones. -Pensó. -Generar una rasgadura a otro universo, en teoría, requeriría casi el triple de poder. Además, ya no contamos con el enorme poder de sailor Cosmos. -Suspiró. -El daño a nuestro y al otro universo podría ser muy alto…

- Ok… -Dijo Galaxias. -Rasgadura entre ambos mundos. Gran idea, Pluto.

- ¿A caso la escuchaste? -Refunfuñó Mercury.

- Escuché lo importante.

- Necesitamos más poder para ello y no podríamos ir todas. -Dijo Uranus.

- Sé de dónde sacar más poder. -Dijo Venus. - ¡La guardiana del caldero!

- Creo que podría funcionar. -Dijo Mars. -Vamos al caldero.

Un gran estruendo, seguido de una distorsión en el espacio hizo que la mitad de las eternal se precipitaran al suelo.

- Me descarto de esta misión. -Dijo Pluto. Sonaba frustrada e impotente. -Necesitarán que alguien mantenga la estabilidad de este universo el mayor tiempo posible. -Suspiró. -Y soy la única que tiene los poderes para eso.

- Pluto… -Susurraron todas al unísono.

- Vayan, sálvenla y tráiganla de regreso. -La sailor del tiempo se desvaneció.

- ¿Se encuentra bien, príncipe? -Le preguntó Neptune a Endymion. Quién parecía sumergido en sus propios pensamientos.

- Eh… Si. -Dijo rápido. -Vamos a ese lugar.

Todas asintieron con la cabeza. Estaban a punto de enfrentarse a la misión más importante que han tenido. Y ya no contaban con Usagi para que salvara el día.