21

REDES Y ARAÑAS

Rebelde. Traidora. Criada, Hermana. Sin clan. Kagé. Nada.

Nadie.

La línea entre quién era Echo y quién quería ser se volvía cada día más borrosa. A la vuelta del amanecer y del atardecer, se quitaba la máscara, como una serpiente que cambiara la piel, dejaba una identidad arrugada en el rincón mientras se metía en otra nueva, deseando que le quedara todavía bien.

Y nunca se había sentido tan viva.

Pasaba las horas vespertinas arrastrando los pies por el palacio del Daimyo. Viendo cómo avanzaban los preparativos para la boda, cómo se iban arreglando las habitaciones de invitados para los líderes de los clanes Dragón y Fénix, los enormes séquitos que cada uno traería consigo. Aguzando el oído para detectar el tic tic tic de los drones araña, atenta a los soldados de palacio, otros sirvientes, la señora de la casa y su ceño empolvado. Pasos cautelosos. Vista al suelo. Cabeza gacha. Desempeñaba el papel de humilde Chica de la Mierda a la que nadie veía ni oía y a quien nadie preocupaba. Durante la cuenta atrás hacia el día en que no tendrían elección. Durante el día, le hacía compañía a Gustus en su dormitorio: el hombretón observaba la calle desde su puesto de vigilancia al lado del alféizar de la ventana, la chica se sentaba en su cama y hablaban de revolución, de futuros brillantes y sueños lejanos. Era al menos diez años mayor que ella, una década más experto en el mundo. Pero cuando se reía, ella podía sentirlo en el pecho. Cuando contaba historias sobre la caza del arashitora, ella se emocionaba en el colchón. Le observaba mientras tallaba sus bloques de barro o pino convirtiéndolos en obras de gran belleza, mientras la Dama del Sol iluminaba su perfil como si la Diosa en persona le estuviera adorando. Y Echo se dedicaba a pensar en los chicos que había conocido, en su torpe manoseo y sus promesas incumplidas, y se preguntaba qué otros trucos sabrían las manos de Gustus. Él dormía en un rincón, con una fina manta por almohada, tan lejos de ella como podía. Y cuando Echo se levantaba por la tarde, al ponerse el sol, él ya no estaba. Hace dos días, Echo le había pedido a Daken que le siguiera, más por curiosidad que por preocupación. Resultó que Gustus pasaba los días en la Plaza del Mercado a la sombra de las Piedras Ardientes: pilares de roca ennegrecida, el persistente olor a pelo quemado, cenizas barridas hacia los rincones por un viento huracanado, como si Fūjin en persona se avergonzara de verlas. El altar en el que los Purificadores del Gremio quemaban a niños en su campaña contra la «Impureza». El lugar en el que habían disparado al Zorro Negro, donde Echo había visto a la Señora de las Tormentas matar al Shōgun Wells justo ante su asombrado ojo. La plaza estaba llena de tablillas espirituales ahora, talladas en madera, piedra, barro. Coronas de flores de papel ondeaban en la sucia brisa. Cientos de nombres inscritos por centenares de manos. Tributos para los masacrados gaijins, el Zorro Negro, hijos y padres muertos en las guerras al otro lado del mar. Gustus se dedicaba a trabajar en sus tallas, de vez en cuando colocaba una nueva tablilla entre las demás. Daken no era capaz de leer los nombres que grababa en ellas. Echo tenía la intuición de que sabía para quién eran de todas formas. Cuando llegó del trabajo esa mañana, encontró un paquete para ella sobre el colchón: fino crepé negro rodeado por un lazo de seda de verdad. Lo desenvolvió con dedos temblorosos y encontró ropas nuevas de suave tela oscura, un par de buenas botas de dedos partidos. Un peine de jade Kitsune y kohl para ponerse alrededor del borde del ojo. Una botella de tinte negro. Un puñado de monedas.

Debajo de todo ello, una notita escrita con letra desordenada que reconocería en cualquier sitio.

«Te quiero, hermana mía».

Había ido corriendo a la habitación de Murphy, pero encontró la cama vacía, las sábanas aún calientes. Todavía sonreía cuando salió de su bloque de apartamentos unos minutos más tarde y se internó en la desapacible y vacía oscuridad previa al amanecer; un envenenado viento otoñal le azotaba la piel. Daken merodeaba a su lado, sus pensamientos eran un suave susurro dentro de los de ella. Las calles estaban casi abandonadas, manchadas por las oscuras huellas de los gases de escape, unos pocos mendigos con pulmón negro se balanceaban adelante y atrás ante los platos de sus limosnas en la embarrada penumbra. Entró en la casa de baños de la esquina, entregó una kouka de cobre a la anciana que bostezaba tras el mostrador y se sentó a esperar.

¿baño otra vez…?

¿Otra vez? El último que me di fue hace dos semanas, Daken.

¿y…?

Y apesto como el culo de un oni.

toda la ciudad apesta… estar limpia buena forma de llamar atención…

Esperemos que así sea.

La anciana le hizo un gesto afirmativo con la cabeza para indicarle que estaba todo listo, y Echo entró en el cuarto de baño. Daken vigilaba desde un tejado en el exterior. Una ancha tina de madera estaba llena de agua turbia, el aire espeso por el vapor. Echo se deshizo de sus ropas mugrosas, se miró en el espejo empañado por el vaho. Flaca como un insecto, con brazos y piernas largos, las costillas claramente marcadas bajo la piel. El pecho demasiado plano, el cuello estrecho, con un pequeño amuleto colgado de un cordel de cuero. Centelleó a la luz de la vela: un óvalo dorado con un ciervo encabritado, tres minúsculos cuernos con forma de medialuna. Murphy nunca le había dejado venderlo, no importaba el hambre que tuvieran ni lo desesperados que estuvieran. Había sido un regalo de su madre. Sus brillantes ojos azules relucían de amor mientras lo ataba alrededor del cuello de Echo en su décimo cumpleaños.

—Llévalo con orgullo —le había dicho.

Todo lo que les quedaba de ella.

Sentada sobre el borde de la tina, mientras se empapaba el pelo de tinte negro y observaba las manchas arremolinarse en los azulejos alrededor de sus pies, miró el montón de ropa nueva que le había comprado Murphy. El corte era bueno, la tela era estupenda. Las botas por sí solas le habrían costado dos monedas de hierro. Sus pensamientos divagaron hasta lugares oscuros y volvió a preguntarse de dónde había salido el dinero de su hermano. Quién lo estaba echando de menos ahí afuera en la oscuridad. Le había preguntado a Daken, por supuesto, pero el gato simplemente había aplicado su lengua de lija a sus partes no tan privadas, haciendo como si ella nunca hubiera hablado. Aunque había sido Echo la que crio al gato, aunque dormía a su lado cada día, fue Murphy el que pescó a la gimoteante y desaliñada mata de pelo de la torrencial tormenta hacía todos esos años. El gatito estaba casi muerto, mordisqueado por las alimañas, sin orejas, la cola roída; un afortunado fugitivo de uno de los últimos restaurantes con dinero suficiente para costear las salas ventiladas en las que mantener a los gatitos con vida en el venenoso hedor de Kigen. Y desde aquel momento, siempre hubo algo entre Daken y Murphy, algo por encima de las violentas burlas y las sorpresas en forma de excrementos plantadas bajo las sábanas. Un afecto que Echo suponía que compartían los hermanos, escondido debajo de las groserías y las bromas crueles y la indiferencia. Una deuda tan pesada como un empapado puñado de pelo maullante. Así que Echo lo dejó pasar, dejó que el gato y su hermano se guardaran sus secretos. Sabía que era posible que alguna noche aprendiera por las malas de dónde venía el dinero pero, para los siguientes días al menos, tenía asuntos más importantes en los que pensar…

Media hora después, todavía antes de que amaneciera, caminando por las calles del distrito de la refinería, se encontró con él. Recostado contra un umbral vacío. Enmarcado por el caparazón medio derruido y las ventanas tapiadas con tablones de una curtiduría abandonada, como el retrato de algún matón callejero.

—Bueno, bueno —sonrió Gustus— casi no te reconozco.

—Día de baño —contestó Echo encogiendo los hombros—. Ropa nueva.

—Tienes buen aspecto —dijo él, con los ojos fijos en la calle por detrás de ella.

Echo sonrió, intentando mantener a raya la felicidad que la embargaba.

—Por fin hablé con Raven. Tiene un plan para conseguir salir de su celda.

Gustus asintió.

—Puedes contármelo cuando estemos de vuelta en tu piso.

Daken caminó felino hasta el hombretón, se restregó contra su pierna, ronroneando. Gustus se agachó con una sonrisa, rascó al gato detrás de sus orejas mutiladas.

—¿Sabes que suele odiar a la gente? —dijo Echo—. El último desconocido que intentó acariciarlo consiguió que lo rajara del codo hasta la muñeca. Pero se ha aficionado a ti como un adicto a la pipa.

—Bueno, nosotros los cazadores tenemos que estar unidos.

Echo observó a Daken empujando contra los dedos de Gustus, ronroneando suavemente, con los ojos cerrados.

Dios, eres un chaquetero, chico.

manos agradables…

No me tomes el pelo.

mi trabajo…

—Bueno, entonces… —asintió hacia Gustus— ¿nos vamos?

—Hai. —Se enderezó, calándose bien el sombrero hasta las cejas—. El buzón está retirado, pero aun así puede que haya soldados por ahí, así que mantén los ojos bien abiertos… —La mirada de Gustus se quedó atascada en su parche de cuero. Se sonrojó.

Echo sonrió al verle tropezar, pasarse una mano por las trenzas, avergonzado y musitando y dulce como el azúcar en roca.

—Dios, lo siento —dijo—. Ya sabes lo que quiero decir…

—Sé lo que quieres decir, Gustussan. Y no pasa nada, de verdad.

Una pequeña sonrisa, escondida por su pañuelo nuevo.

Tengo cientos, después de todo.

Atravesaron sigilosamente el lúgubre y enrevesado laberinto de la Zona Baja, Gustus iba cojeando por delante, Echo le seguía de cerca. Los días se iban haciendo más fríos, las noches caían más pesadas. Cada tarde, cuando la Diosa del Sol se iba a descansar, los ciudadanos de Kigen se escabullían hacia sus casas, con el toque de queda mordisqueándoles los talones como lobos hambrientos. El lejano repicar de las pisadas de los soldados resonaba por los adoquines resquebrajados, las antaño atestadas calles de la ciudad tan vacías como su trono. Y tras puertas cerradas, las gentes de Kigen miraban hacia el palacio asentado sobre la ladera de la colina, y susurraban. O conspiraban. O rezaban.

La pareja se quedó entre las sombras más profundas, la chica ahora en cabeza, silenciosos como un susurro. El olor de la Bahía de Kigen subía reptando desde las partes pudendas de la ciudad, el siseo y el tartamudo repiqueteo de la refinería, estrangulaban el resplandor de las lejanas estrellas. Farolas de chi bordeaban las calles: diminutas motas de luz ardiendo en braseros con forma de flor de loto. Una voz del Gremio pasó rodando sobre sus ruedas de goma tipo tanque. Parecía un hombre sin rostro, bajito y gordo, hecho de metal con remaches, la columna salpicada de tubos de escape, llevando campanillas en cada una de sus atrofiadas manos. El humo que vomitaba el mecanoide hizo que a Gustus le ardiera la garganta al pasar por su lado. El olor le recordó a la pipa de Nyko, sus dedos manchados, los ojos de su amigo iluminados por la risa.

Jamás deberías haberlos abandonado.

Bajó la vista hacia su pierna, el mortecino dolor de la herida se avivaba cada vez que su talón derecho impactaba contra el suelo. Aún podía verlos en el ojo de su mente: Nyko en cuclillas en la celda de la cárcel, con las manos y los labios manchados de rojo. Anya recostada contra la pared, con un charco rojo creciendo a su alrededor, sangre borboteando en sus labios al dirigirle sus últimas palabras.

—Pelea otro día, grandullón.

La última vez que había visto a cualquiera de los dos con vida.

Al menos Lexa se había llevado el cuerpo de Nyko consigo cuando voló al norte. Al menos él habría recibido un entierro decente. Pero ¿habrían quemado ofrendas a Enmaō por Anya los perros del Shōgun? ¿Habrían pintado su cara con ceniza, como dictaba el Libro de los diez mil días? ¿O habrían tirado su cuerpo sin más a algún callejón frío y húmedo para que se lo comieran las ratas? ¿La habría juzgado con justicia el Juez de los Nueve Infiernos, sin que se celebraran ritos en su nombre? ¿Serían suficientes las tablillas espirituales que había depositado Gustus en la Plaza del Mercado para que su alma siguiera su camino?

Maldícete por ser un cobarde. Deberías haber muerto con ellos. Y si la habían arrojado a Yomi para que se consumiera como un fantasma hambriento, al menos habrías estado con ella. Al menos no estaría sola.

Echo le cogió de la mano, arrancándole de sus lúgubres pensamientos y trayéndole de vuelta a la lugubrez más profunda de las calles de Kigen. Le arrastró a un pasadizo estrecho entre una mugrosa tienda de telas y un pequeño templo. Se apretujó a su lado, bien pegada a su brazo, respirando callada y con mesura.

—¿Qué pasa? —preguntó él.

—¡Shhht! —le puso un dedo en los labios.

Gustus frunció el ceño, se quedó en silencio. La chica miraba directamente a la pared, con el ojo en blanco, vuelto hacia atrás en su cuenca, y las pestañas aleteando. Gustus oyó el ruido de unas botas pesadas, arriesgó una miradita a la calle, vio a dos soldados salir de un callejón a media manzana de distancia: hierro negro y tabardos rojo sangre. Empujaban a una mujer joven delante de ellos. Sus voces sonaban amortiguadas, solo se oían fragmentos bajo el runrún y el claqueteo de la refinería. A Gustus le latía el corazón con fuerza. El primer bushiman empujó a la chica otra vez; una cosita pequeña y preciosa que se sujetaba el desgarrado kimono de sirvienta alrededor del cuello. Tenía la cara anegada en lágrimas, churretes de kohl por las mejillas, el pelo enredado por delante de los ojos inyectados en sangre.

—Vete ya. —Uno de los soldados se estaba atando el obi, con una maza de guerra bajo el brazo—. Ya no vas a encontrar más diversión aquí, chica. Tu amo debería tener más cerebro y no mandarte a la Zona Baja antes del amanecer.

La chica echó a correr sollozando, de vuelta en dirección a las mansiones de la Zona Alta en la colina. El segundo soldado gritó tras ella:

—¡Si te volvemos a pillar fuera durante el toque de queda, te mandaremos a casa con algo más que una cojera!

Gustus miró de reojo a Echo cuando la sirvienta pasó corriendo por delante de ellos, con las ropas rasgadas, sollozando y desdichada. La chica le sostuvo la mirada y encogió los hombros como si aquello no tuviese significado alguno, una máscara de indiferencia aprendida durante una vida en las cloacas. Pero podía ver su mandíbula apretada. Los puños temblorosos. Los dos soldados deambularon por delante de la boca del pasadizo, riéndose entre dientes, sin dedicarles ni un solo vistazo. Cuando sus pisadas y sus groserías se alejaron, convirtiéndose en un susurro, Echo hizo un gesto afirmativo hacia Gustus y la pareja se apresuró a seguir su camino en la oscuridad.

—¿Cómo supiste que estaban ahí? —El hombretón echó un rápido vistazo a la callejuela que la criada no olvidaría nunca. Dos gordas ratas le miraron por entre montones de basura de dos palmos de altura. Una olisqueó el aire, enseñó unas torcidas dagas amarillas en sus encías negras.

—Los oí. —Echo no miró hacia atrás, mantenía la voz baja.

—Qué raro, yo no.

—Prueba a perder un ojo. Verás lo mucho que mejora tu oído.

Siguieron adelante por entre la neblina, pararon varias veces a instancias de Echo, se colaban entre las sombras o en callejones para evitar patrullas de soldados o naves voladoras que pasaban retumbando sobre sus cabezas. Los soldados recorrían las calles sin una pauta clara, pero Echo nunca dejaba de oírlos, de susurrar un aviso silencioso y sacarle de la luz. Se movía como pez en el agua, quedándose quieta como una piedra cuando los soldados se acercaban, desapareciendo como el humo. Era extraño.

Desconcertante.

Cuando se acercaron al buzón, Echo le empujó a un hueco que había al lado del escaparate de una panadería, toldos agrietados y sucio cristal de mar. La chica se deslizó a su lado, mirando fijamente a la nada. Una vez más, su párpado aleteó como agitado por la brisa, volteó el iris y puso el ojo en blanco. Daken saltó por encima del espacio que separaba los tejados en lo alto, su gracia contradecía a su mole. Gustus pensó en Nyko entonces, en cómo acechaba a los últimos monstruos de Shima junto a él hacía muchos años, con el Sensei Rikkimaru y Anya a su lado. El grandullón podía ver a su amigo con claridad, como si las grandes cacerías hubieran tenido lugar la víspera: arco de tejo en manos firmes como una piedra, cuerda tensa, flecha preparada, los ojos del Zorro Negro se le volteaban cuando disparaba.

Nunca fallaba.

Y mirando ahora a esta chiquilla a su lado, con la cabeza ladeada sobre un cuello delgado y pálido, el ojo volteado en su cuenca, lo supo. Supo por qué ese gato se aferraba a ella y a su hermano como el hierro a una piedra imantada. Por qué las ratas nunca chillaban cuando ella se acercaba. Por qué le recordaba tanto a Lexa.

Lo supo.

—Tendremos que esperar. —Echo se retiró el pañuelo de la cara para escupir—. Hay más soldados ahí delante.

—Como tú digas, pequeño zorro —asintió Gustus.

—¿Pequeño zorro? —Sonrió con la boca torcida—. Yo no soy Kitsune.

—Bueno, pues me recuerdas a varios que he conocido. Te mueves como ellos. Y Dios sabe que eres lo bastante pálida como para ser del clan del Zorro. Incluso nosotros los Fénix tenemos algo de color en la piel. —Le dio un toquecito en la barbilla y ella volvió a sonreír—. Pero tú eres blanca como la nieve de las Iishi.

—Solíamos vivir en tierras Kitsune —dijo, encogiendo los hombros—. Probablemente haya algo de Zorro en nuestra sangre, de hace muchas generaciones.

—¿Tu padre también era de baja cuna?

—Soldado —asintió—. Luchó contra los gaijins en Morcheba.

Echó un vistazo a la calle. Frunció el ceño y musitó:

—Luchó contra ellos aquí también…

Gustus frunció el ceño, sin tener muy claro lo que la chica quería decir.

—Entonces, ¿cuándo vinisteis a Kigen?

—Cuando tenía diez años. Vinimos volando en una nave mercante Kitsune. Tan altos que casi podíamos ver la isla entera. —Se le iluminó la cara como si el sol hubiese salido de detrás de las nubes—. La gente que había en tierra parecían juguetes de niños. Nunca lo olvidaré. Lo que daría por poder vivir ahí arriba…

—¿Qué les pasó a tus padres? —preguntó—. ¿Dónde están?

—Se han ido.

—¿No tienes familia en alguna parte?

—Murphy y Lincoln son mi familia. La única que necesito. De todas formas, ¿qué te importa?

—Bueno, es que esta no es forma de que niños como vosotros estéis viviendo, solo es eso.

Echo se volvió hacia él bruscamente, una profunda arruga le oscurecía el rostro, tenía el ojo tan entornado que estaba casi cerrado.

—¿Niños? —Su expresión era de incredulidad—. ¿Eso es lo que me consideras?

—Bueno…

—¿Sabes lo que cuesta vivir en los barrios bajos de Kigen, Gustussan? —Su voz se endureció, se convirtió en una cosa de fría piedra—. ¿Alguna vez has tenido que romperle la cabeza a alguien por unas sobras de comida o un rincón seco en el que dormir? ¿Alguna vez has visto a tus amigos vender su cuerpo por unos bits de cobre? ¿Ha sido tu vida alguna vez tan horrible que recoger mierda en el palacio real suena como el paraíso? —Miró de reojo a los mendigos, las manchas de sangre y putrefacción a su alrededor—. ¿Sinceramente crees que quedan niños por aquí?

—No quería decir…

—Ya sé lo que querías decir. Oh, y antes de que escupas sobre la forma en la que vivo. Por si no te habías dado cuenta, tú estás viviendo ahí conmigo, Gustus.

—Lo siento.

—No me conoces. —Tenía los labios apretados sobre los dientes—. No sabes nada sobre mí. Las cosas que he visto. Las cosas que he hecho. Arriesgo mi vida todos los días en ese palacio y las dos personas a las que más quiero en este mundo ni siquiera saben que lo hago. La mayoría de las personas de esta ciudad no se molestaría en mear sobre mí si estuviera en llamas, pero lo hago de todos modos. Porque está bien. Porque nadie más lo haría. Que te den por culo. Llamarme una jodida niña…

Gustus le puso la mano en el hombro, apretó con fuerza cuando ella intentó apartarse. Él podía sentir la carne demasiado flaca bajo la tela nueva, los huesecillos frágiles de pájaro que había bajo ella.

—Lo siento, Echo.

Ella le miró fijamente, callada y sin parpadear, con la mandíbula apretada. La brisa sopló unos mechones húmedos por el sudor sobre su ojo, brillante en la oscuridad, demasiado grande en aquella cara pálida y demacrada. Pasó un largo minuto, en silencio, y Gustus vio la verdad que había en sus palabras: su porte, fiero y sin miedo, los dedos enroscados en puños a los lados, todos los músculos en tensión, obligándole a apartar la mirada. En su interior no quedaba nada de la niña que una vez fue. Kigen le había robado hasta el último ápice. Al final, tras un rato inmóvil a la titilante luz de las farolas de chi, Echo cedió. Le regaló a Gustus un brusco gesto afirmativo. Respiró hondo.

—Vamos —dijo, doblando el dedo—. Los soldados se han ido. Si nos damos prisa podemos entrar y salir antes de que vuelvan.

Salió de entre las sombras, pisadas suaves como el humo sobre la dura piedra. Gustus cojeó tras ella, pasaron por debajo del agobiante pasaje abovedado de una pequeña galería comercial. Las puertas de las tiendas estaban atrancadas, las ventanas tapiadas con tablones. Los adoquines estaban recién manchados, la sangre seca se había convertido en un marrón embarrado, cristales rotos relucían entre las juntas de las baldosas. Se cuidaron de no apartarse de las zonas más sombrías. Gustus se agachó con una mueca de dolor y movió un ladrillo suelto próximo a la alcantarilla mientras Echo vigilaba, las pestañas aleteando contra sus mejillas. Palpó entre la tierra. El corazón saltó en su pecho cuando tocó un pequeño trocito de papel arrugado en una esquina. Lo estiró y examinó rápidamente lo que ponía. Dirección. Hora. La fecha del día siguiente. Alguien más había conseguido escapar de la calle Kuro, se había puesto en contacto con la célula de las Iishi. Eso quería decir que aún podían comunicarse por radio. Eso quería decir que aún estaban activos.

Gracias a los dioses…

Se grabó la dirección en la memoria para, acto seguido, meterse el papel en la boca, masticarlo y tragárselo. Recolocó el ladrillo, se puso en pie con una mueca y asintió en dirección a Echo. Oyó el sonido de unos pasos amortiguados en lo alto, vio a Daken escabullirse por los tejados de vuelta al bloque de apartamentos. Mientras la pareja se perdía entre las sombras y seguía al gato, Gustus no pudo reprimir una sonrisa a pesar del dolor de su pierna.

—¿Buenas noticias? —susurró Echo.

—Son noticias —asintió—, así que son buenas. Te lo contaré todo en algún lugar más seguro.

Mientras se fundían entre las sombras y se adentraban en la penumbra, un diminuto puñado de cromo se desenroscó de su escondite en una bajante y se enderezó para verlos marchar. Ocho patas de araña plateadas emitieron suaves chasquidos al abrirse paso por las tejas de los edificios adyacentes; la palometa para darle cuerda giraba sin parar sobre su la columna. Un único ojo fulgurante marcó el paso de la pareja, su luz ardía suavemente en la oscuridad envenenada.

Era de color rojo sangre.