22
DESPELLEJADO
A veces, un bol de gachas calientes con aspecto de vómito puede ser el mejor regalo del mundo. El gaijin de la cicatriz y el pelo oscuro estaba sentado frente a la cama de Lexa, dándole cucharadas colmadas de sopa de marisco, limpiándole la barbilla grasienta con un trapo. Tras cuatro días a lomos de Buruu con casi nada para comer, incluso con sus náuseas, su dolor de cabeza como un punzón de hielo, el miedo constante de que cada hora que pasaba atrapada en ese lugar era otra hora que se acercaba la boda de Roan, la comida sabía más deliciosa que cualquiera que hubiera comido Lexa en toda su vida. El hombre le aflojó las ataduras cuando se dio cuenta de que se le habían puesto las uñas moradas. Tuvo cuidado de aflojar solo un nudo cada vez. Ella le observaba, pasaba los ojos de las insignias de sus solapas a los pistones y la abrazadera ajustada alrededor de su pierna mutilada. De su cinturón colgaba un pequeño cuchillo, flanqueado por un tubo de cobre en espiral y delicadas esferas de cristal que le recordaban al lanzador de hierro de Wells. Al entrar en el cuarto con su almuerzo, llevaba los hombros envueltos en una piel de animal, pero se la había quitado y la había colgado de un gancho en cuanto cerró la puerta. Lexa la miró ahora: rebozo de pelo oscuro, larga cola arrastrando por el suelo. Pensó que podría ser la piel de un lobo, pero si así era, había pertenecido al lobo más grande del que había tenido noticia jamás. El ocasional retumbar de los truenos sacudía las paredes, los relámpagos centelleaban a través de las pequeñas ventanas de cristal cerca del techo. En esos momentos, las luces de la habitación resplandecían con más brillo, zumbaban en sus casquillos mientras el edificio vibraba a su alrededor.
Capturando el cielo…
—Piotr. —El gaijin se señaló el pecho—. Piotr.
—Lexa —dijo ella, señalándose a sí misma lo mejor que podía.
Piotr rozó con los dedos la misma mejilla que había abofeteado.
Lexa podía sentir cómo se le iba poniendo morada. El roce hizo que se le pusiera la carne de gallina.
Parecía a punto de hablar de nuevo cuando se oyeron unas sonoras pisadas por el pasillo. El gaijin se puso de pie con una mueca de dolor, los pistones siseaban. Cogió rápidamente la piel de animal de la pared y se la echó por encima de los hombros justo cuando el chico rubio que le había salvado la vida a Lexa apareció en el umbral. El chico dio un trompicón hacia delante como si alguien le hubiera empujado, y un enorme gaijin apareció tras él. El hombre parecía estar mediada la cuarentena, tan alto y ancho como Gustus. Tenía una barba espesa recogida en tres trenzas, corto pelo cobrizo, con un toque de gris en las sienes, una cara bronceada y curtida por el viento, salpicada de pequeñas cicatrices: barbilla, ceja, mejillas. Sujetaba un largo objeto cilindrico envuelto en un hule. Su gruesa chaqueta roja oscura estaba manchada de grasa negra, con insignias en las solapas pespunteadas con raído hilo dorado. La piel de algún animal enorme descansaba sobre su abrigo: pelos de punta, patas delanteras tan grandes como la cabeza de Lexa, anudadas en torno a su cuello. La piel hubiera podido pertenecer a un oso panda, salvo porque era toda ella de color marrón óxido. Llevaba un juego de pesadas gafas de soldador por encima de sus pálidos ojos azules; las oscuras lentes brillaban del mismo color que las formas incorpóreas que iban montadas sobre sus hombros. El corazón de Lexa dio un respingo al verlas. Los cascos habían sido aplastados a martillazos, ajustados como hombreras, pero sus caretas imitando a onis gruñendo aún eran reconocibles.
Cascos de Samuráis de Hierro. Media docena al menos.
El gran gaijin los llevaba como si fueran trofeos.
Detrás de él se encontraba la primera mujer gaijin que veía Lexa en su vida. Tenía el pelo tan rubio que era casi blanco, enredado en una serie de largas trenzas anudadas, entretejidas con cables aislantes, y que le llegaban hasta las caderas. Puede que una vez fuera guapa, pero ahora tenía la cara desfigurada por cicatrices simétricas, tres en cada mejilla, otras cuatro iban del labio hasta la barbilla en irregulares trazos, como si fueran rayos. Iba vestida de la cabeza a los pies con piezas de cuero oscuro, adornado con cables y transistores y disipadores térmicos; piezas de maquinaria de todas las formas y tamaños. Unas láminas de latón bruñido le cubrían el torso, las espinillas y los antebrazos. Un enorme par de botas con gruesos tacones de goma la elevaban hasta la altura media. Tenía las uñas largas y los labios sin pintar. Sus hombros iban adornados con los restos de unos cascos insectoides: vomitaban tubos respiradores cortados por las bocas, tenían ojos de cristal rojo. Lexa los reconocería en cualquier parte.
Cascos de Hombres del Loto.
Era como si los hubiera despellejado, como si les hubiera quitado la piel de metal de la carne para convertirla en su propia piel. La mujer entró en la habitación; sus movimientos eran felinos, minimalistas. Sus adornos oscilaban y se movían, produciendo una música de chasquidos huecos. Lexa diría que estaba cerca de los treinta años, pero era difícil de decir: más allá de la escarificación y las ropas estrafalarias, había algo completamente extraño en ella. Inclinó la cabeza y la miró fijamente, y Lexa vio que tenía los ojos de distinto color: uno negro como la Bahía de Kigen, el otro de un extraño rosa luminoso, refulgente como la asfixiada luna. Habló, con voz baja, cantarina y totalmente indescifrable. El hombretón que llevaba la piel de oso murmuró una contestación, asintió. Respetuoso.
Un perro entró corriendo en la habitación: chamuscado pelo cobrizo, ojos a juego. Saltó sobre la cama y le babeó toda la cara a Lexa antes de enterrar la nariz en el bol de la sopa. Piotr le chilló y el can se bajó a toda prisa de la cama y se escabulló para esconderse en un rincón. Lexa hizo acopio de valor, recopiló todo su muro a su alrededor, empujó un pequeño fragmento de sí misma a la mente del perro.
Hola, Rojo.
¡eres tú! ¡chica!
Una oleada de dolor. Punzante y afilado. Soportable.
¿Estos son tus amigos?
El perro miró a su alrededor, pestañeó, estudió al grupo de personas que estaba en el umbral de la puerta, hablando en voz baja.
chico sí hombres no mujer mala no
¿Mujer mala?
ella da patadas
Oh.
yo perrobueno no necesito patadas
Estoy segura de que eres muy bueno,
y hombres pegan mi chico no gusta chico es mío mi chico yo perrobueno sí lo soy
¿Puedes entender lo que están diciendo?
Rojo torció la cabeza hacia un lado, parpadeando.
No te preocupes…
En la entrada, Piotr tenía la cara roja y apuñalaba el aire con el índice, señalando a Lexa y haciendo gestos que ni siquiera un extranjero podía confundir con amistosos. Lexa supuso que el hombretón que llevaba los trofeos de los samuráis era una figura de autoridad; cuando hablaba, Piotr se callaba y escuchaba con atención. La mujer vestida con las pieles despellejadas de los Hombres del Loto simplemente miraba a Lexa, con la cabeza ladeada, deslizando una uña por los cascos que le cubrían los hombros. El chico que la había rescatado del mar estaba apoyado contra la pared y no decía nada de nada.
—Ella —dijo el hombre moreno—. Chica guapa.
Todos los gaijins la miraban ahora. Rojo observaba el bol de sopa, intentaba encontrar la mejor manera de robarlo sin que le impactara ninguna bota por el camino. A Lexa le latía fuertemente la cabeza, su estómago daba vueltas, tenía el sabor a sal pegado a la boca seca como el polvo. Se sentía como si fuera a vomitar.
—¿Yo? —contestó.
—¿Por qué aquí?
Los dos hombres gaijins se acercaron a la cama, la mujer se quedó cerca de la puerta, con las manos entrelazadas como si estuviera rezando, sus pálidos labios dibujaban una pequeña sonrisa. El chico se alejó de ella disimuladamente, apoyándose contra la pared opuesta. El hombre moreno que se había presentado como Piotr acercó una banqueta. Se sentó, hizo una mueca de dolor al estirar la pierna lisiada. Los pistones sisearon, las bisagras chirriaron a pesar de la gruesa capa de grasa negra untada como si fuera mantequilla sobre el metal. Cuando se inclinó sobre ella, Lexa pudo oler sal y licor, productos químicos y humo grasiento. Su ojo bueno estaba inyectado en sangre.
—¿Quiénes son estas personas? —preguntó Lexa.
El hombre parpadeó, desconcertado.
—Yo haciendo en la pregunta.
—Lexa. —La chica procuró señalarse a sí misma lo mejor que podía con las muñecas atadas—. Piotr. —Señalándole a él—. ¿Ellos? —Haciendo un gesto con la barbilla hacia los demás.
El hombre gruñó, no dijo nada.
—Ilyitch —dijo el chico rubio, exhalando una bocanada de humo. Señaló al gaijin grande con los trofeos de samurái—. Danyk. —La mujer—. Katya.
Piotr gruñó algo en su propia lengua. El hombretón rugió, dio un paso al frente y abofeteó al chico, haciendo que su palo de fumar saliera volando en medio de una lluvia de chispas. El idioma sonaba áspero y basto a oídos de Lexa, casi le daba miedo. Le palpitaban las sienes. La mujer aún la miraba, muda, con la cabeza ladeada, sus caderas oscilaban como si estuviera escuchando música.
—¿Por qué ella aquí? —El hombre del pelo oscuro le hincó un dedo en el pecho para recuperar su atención.
Lexa se apartó de él, frunciendo el ceño.
—Me caí de mi tigre del trueno, si es que es asunto tuyo.
El hombre pestañeó.
—Tigre del trueno. —Lexa intentó imitar el batir de alas con sus manos atadas—. Arashitora.
—Grifón —dijo la mujer con una extraña voz hambrienta.
Piotr hizo un ruido interrogante, se volvió para mirarla. La mujer habló de nuevo, señaló al cielo. Danyk habló, arqueando las cejas hasta las raíces del pelo. La mujer asintió y susurró un puñado de incoherencias guturales.
—¿Ella serpiente? —Piotr miró a Lexa con cara de odio.
—¿Una serpiente? —Lexa frunció el ceño.
—¡Ella serpiente para la satisfacción!
—¿De qué demonios estás hablando?
—Viniendo aquí. —Piotr señaló al suelo, enfadándose más a cada instante—. Llevándote palabras para el Shima, ¿da? Serpiente. —Chasqueó los dedos—. ¡Espía! ¡Ella espía!
—Yo no soy una maldita espía. —Lexa levantó la cabeza de la almohada, gruñendo, el recuerdo de su bofetada le quemaba la mejilla—. Yo no quería venir aquí, loco bastardo de ojos redondos. Vine volando a lomos de un idiota con el pene en donde solía estar su cerebro.
Piotr parecía completamente aturdido.
—¡Pene! —Lexa señaló a la entrepierna del hombre—. ¡Vuestra otra cabeza! ¡Con la que pensáis la mayor parte de vuestras jodidas vidas!
Piotr se tapó la entrepierna con ambas manos, arrastró su banqueta para alejarla unos pasos. Katya se rio, aplaudiendo con las manos como si estuviera encantada, y Lexa vio que la mujer se había limado los dientes hasta convertirlos en afilados picos relucientes. Incluso el chico logró esbozar una sonrisa, a pesar de la huella de mano que había quedado marcada en su mejilla. Piotr empezó a vociferar, negaba con la cabeza. El cuarto se convirtió en un caos generalizado hasta que el rugido de Danyk resonó por encima del clamor. Piotr se volvió hacia Lexa, el ceño fruncido en señal de concentración mientras buscaba las palabras correctas.
—Bestia —logró decir al fin—. Grifón.
Hizo como que batía unas alas, señaló al cielo.
—Arashitora —dijo Lexa.
Piotr asintió.
—¿Dónde es? ¿Dónde?
Lexa frunció el ceño.
—No sé dónde está.
—¿Muere? —Piotr cerró los ojos, cruzó las manos sobre el pecho—. ¿Es muere?
—Yo… —se le quebró la voz. Se aclaró la garganta—. No lo sé.
—¿Llama? —Piotr se llevó los dedos a los labios, emitió un agudo silbido—. ¿Llamando a él?
—Por las barbas de Izanagi, no es un perro. —Miró a los gaijins uno a uno. La ira bullía en su pecho—. Y creedme, lo último que queréis es que él venga aquí. Rompería esta pequeña lata de hojalata vuestra en mil pedazos. Os mostraría el color de vuestras entrañas.
Piotr sacudió la cabeza y habló con Danyk en tono de disculpa.
La mujer encogió los hombros, se dirigió a los hombres como si fueran niños y, con un suspiro, el hombre grande asintió. Levantó el objeto cilindrico que aún tenía entre las manos, retiró el hule, y Lexa contuvo la respiración cuando vio su katana centelleando en la tenue luz.
—Yofun —susurró.
Pensaba que se había perdido para siempre en el océano.
—Eso es mío, bastardo —bufó entre dientes.
Piotr ofreció lo que ella supuso que sería una traducción resumida. Danyk desenvainó la katana, la suave música del acero doblado repicó contra el sonido de fondo de la tormenta. Inclinó la hoja, observó la luz rielar sobre la superficie pulida. Con un gruñido de admiración, bajó la vista hacia Lexa.
—Espía —dijo él.
—No. —Lexa rechinó los dientes—. No soy una espía.
Danyk fue bajando la espada centímetro a centímetro hasta que la hoja estuvo a la altura del cuello de Lexa. Ella se tragó su miedo creciente, obligó a marcharse al dolor que le aporreaba la base del cráneo, al fuerte repicar del mundo justo a las puertas de su cabeza.
Miró al gaijin a los ojos. Sin parpadear. Sin miedo.
Danyk le dijo algo a Piotr, una agresiva retahíla de palabras con tono de orden.
—¿A qué alma imploras? —dijo Piotr.
—¿Alma? —Lexa sacudió su dolorida cabeza, con los ojos aún fijos en Danyk—. ¿De qué demonios estás hablando?
—Nombre. —El hombre se dio una palmada sobre el hombro derecho—. ¡Nombre!
—Ya te lo dije, ¡mi nombre es Lexa!
Danyk emitió un gruñido que le salió de lo más profundo del pecho, musitó una palabra. Piotr alargó la mano y agarró la pechera de Lexa, aún húmeda por el agua del mar.
—Perdón —le dijo, mirándola a los ojos—. Perdón tú.
—¿Qu…?
El gaijin dio un tirón del uwagi hacia atrás y hacia abajo, dejando sus hombros y sus pechos al descubierto. Las palabras de Lexa se convirtieron en un grito de indignación, se retorció sobre la cama. La sangre invadía sus mejillas mientras maldecía y escupía y se revolvía envuelta en una furia impotente; aquella preciosa, maravillosa ira brotó ahora de verdad. Las venas se le marcaron como cables en el cuello, las ataduras se le incrustaron en la piel mientras los maldecía por cobardes. Chillaba, gruñía, juraba que si se acercaban a ella les patearía las cabezas, les sacaría los ojos, les desgarraría las gargantas con los dientes. Katya contuvo la respiración, sus ojos desparejados se volvieron mortalmente fríos cuando vio el tatuaje de Lexa. Sin hacer ni un ruido, dio media vuelta y se marchó a paso airado. El chico, Ilyitch, bajó la vista al suelo, sonrojado por su desnudez. Piotr miró a su líder, pero sus ojos no dejaban de desviarse de vuelta al cuerpo de Lexa. Danyk bajó la katana hasta que tocó la piel de Lexa. Ella dejó de forcejear, el aire siseaba entre sus dientes cubiertos de saliva, tenía los ojos entornados y desafiantes. El hombre deslizó el afilado borde hasta su garganta, lo bajó por su hombro desnudo, por encima del precioso tatuaje de su clan que se enroscaba alrededor de su brazo derecho. El Zorro de Nueve Colas que no había tenido el valor de pedirle a Daichi que quemara. Todo lo que le quedaba de la familia que había perdido. La persona que había sido. Danyk le dijo algo a Piotr, el hombre se puso en pie y se marchó del cuarto cojeando. Con una mirada de disculpa, el chico rubio salió detrás de él. Entonces, el gaijin grande habló, con la iracunda mirada azul hielo fija en su tatuaje. Palabras enredadas por su marcado acento, frío y duro; una acusación tan llena de odio que prácticamente chorreaba sobre el suelo.
—Kiitsuuneey —gruñó—. Sahmuurayii.
Lexa estaba aterrorizada, sumamente consciente de su piel desnuda, que ardía bajo la fija mirada del gaijin. Ahora eran las dos únicas personas en la habitación, ella tenía las muñecas y los pies aún atados, estaba a más de mil kilómetros de casa, sin Buruu, sin Clarke, sin nadie en absoluto para ayudarla…
Entornó los ojos aún más, sintió el Kenning creciendo en su interior, el dolor crepitaba en su cerebro. Recordó cómo se desplomó Wells en la Plaza del Mercado, cómo le salía la sangre por los ojos. ¿Pero sería ella lo suficientemente fuerte sin la ayuda de su padre? ¿Podría hacerle daño a este hombre antes de que él…?
Danyk frunció el ceño, masculló algo indescifrable, envainó la katana de Lexa en su cintura. Se dirigió a la puerta a paso airado, la cerró de un portazo a su espalda, y la dejó completamente sola.
Lexa respiró hondo, el corazón le latía a mil por hora, tenía la boca tan seca como el polvo.
Sola…
Lexa cerró los ojos, la cara vuelta hacia el techo.
Gracias a los dioses…
