23
DILUVIO
El dulce aroma del bosque olía a menta y cedro; el calor le invadía, la piel le hormigueaba. Un débil hilo de brisa se colaba a través del agujero en las tablas del suelo, la rama de cedro se retorcía a través del techo, tan parte del mobiliario como la chimenea. El sordo retumbar de las tormentas otoñales resonaba al otro lado de las contraventas de madera, las llamas se enroscaban sobre los troncos ennegrecidos, tenía el humo sobre la punta de la lengua. Clarke respiró hondo, paladeó su sabor, comprendió por qué Daichi pasaba tanto tiempo allí dentro últimamente.
Este lugar es tranquilo. Dentro y fuera.
Apoyó la frente sobre la estera, esperó a que el anciano hablara.
—Clarkesan. —La voz de Daichi sonaba tan seca como el fondo de la botella de un alcohólico—. Bienvenido.
Clarke alzó la cabeza, se sentó sobre los talones.
—¿Sabe que es usted una de las únicas personas en este pueblo que me llama así?
—Seguro que eso no es una sorpresa.
—Sorpresa no. Decepción quizás.
Un sorbo de té.
—Clarkesan, ¿no creerás sinceramente que unos juguetes para los niños y unos lanzadores de shurikens semifuncionales te ganarán su aceptación?
—¿Semifuncionales? —Clarke procuró que no se le notaran en la voz los sentimientos heridos—. La línea es plenamente operativa, Daichisama. Los problemas de presión están todos resueltos, las pruebas de estrés se han superado. He organizado una demostración mañana. Delante de todo el pueblo.
—Incluso si estos cacharros funcionan, ¿harán que la gente olvide quién eras? ¿Lo que eras?
—Todos los que están aquí fueron otras personas antes. ¿Por qué no yo?
—Sí, ¿por qué no?
Clarke suspiró, se mordió el labio. El anciano dio otro lento sorbo de té, sin apartar los ojos de los de la chica en ningún momento.
—¿Juegas? —preguntó Daichi.
—¿Jugar?
Daichi hizo un gesto afirmativo en dirección al tablero que había sobre la mesa. Era un ajedrez maravilloso, de obsidiana y jade; cada pieza estaba tallada con gran detalle. Las piezas oscuras eran horrores de Yomi: muertos hambrientos y dragones de hueso y onis, encabezados por Enmaō y la Diosa Izanami sobre tronos de calaveras. Las piezas claras estaban hechas a semejanza de los dioses celestiales: Raijin y sus tambores, Susanoō y su Espada Cortahierba, Amaterasu la Diosa del Sol y Tsukiyomi el Padre Luna. El Emperador, por supuesto, era el Señor Izanagi, el Dios Hacedor. El tablero era de pino y roble teñido, las casillas tenían incrustaciones de madreperla. El sello de un artesano Fénix estaba labrado en una esquina.
—Es precioso —dijo Clarke.
—Una de las pocas cosas de mi antigua vida que traje conmigo. —La voz de Daichi sonaba lúgubre—. Esto, mis espadas, mi hija y mis remordimientos.
—Una vez fue Samurái de Hierro.
—Para mi eterna vergüenza —suspiró Daichi—. Aunque podamos quitarnos la piel, las manchas de nuestros pasados nos llegan hasta el tuétano.
Clarke miró el tablero sin decir nada.
—Bueno, entonces —dijo Daichi— ¿juegas?
—Juego. Pero no soy muy buena.
—Puede aprenderse mucho en la derrota. —Daichi se arrodilló al lado del tablero, con el té entre las manos, e hizo un gesto señalando el otro lado—. A veces no hay mejor sensei bajo los cielos que una bota sobre el cuello.
Clarke se puso de pie y ocupó su lugar frente al anciano. Se percató de que Daichi había optado por jugar con las piezas oscuras, lo que le sorprendió bastante. Jade movía primero y Clarke hizo una incursión estándar con su peón. Daichi le siguió inmediatamente; dedos callosos sobre cristal negro. Movía las fichas sin vacilación ni florituras, firme como una roca; la mano de un virtuoso de las espadas. No había ni rastro de vejez ni de fragilidad en sus movimientos, aunque no podía decirse lo mismo de su piel. Jugaron sin intercambiar palabra, en silencio salvo por el seco crepitar de los troncos de cedro, el himno del otoño que se apagaba. Siempre que Clarke alzaba la vista, Daichi estaba observando el tablero, concentrado únicamente en el juego. Clarke pensaba a fondo cada paso que daba, modificó su táctica hacia un ataque progresivo. Daichi se aclaraba la garganta y daba un sorbo de té, luego movía con aparentemente poca reflexión, pero Clarke pronto se dio cuenta de que el anciano era un jugador avezado. Su primer ataque fue repelido, el segundo terminó con una abrumadora pérdida, y la réplica de Daichi acabó con el Dios Izanagi amenazado por tres frentes.
Clarke tumbó al Dios Hacedor sobre su costado.
—No te comprometes. —Daichi se sirvió más té de una tetera carbonizada que había al lado de la lumbre—. Defiendes y atacas, en desacuerdo incluso contigo misma.
Clarke encogió los hombros.
—Mi estilo, supongo.
El anciano levantó la emperatriz de Clarke, plantada en la última fila sin haber sido tocada.
—Te agarras a ella como si fuera a salvarte.
—Es la pieza más fuerte del tablero.
—No tiene ningún valor si no la usas, Clarkesan.
—Perderla es perder la partida.
—Eso es una locura. Una pieza importa y solo una. —Le dio unos golpecitos a su Emperador sobre la cabeza—. Todo lo demás es prescindible.
—No puedes ganar la partida con solo un Emperador.
—El y un único peón son suficientes, si le quitas a tu oponente todo lo que posee. Vale la pena perderlo casi todo si así dejas a tu enemigo sin nada de nada.
—¿La victoria a cualquier precio?
—Las apuestas requieren convicción. No hay premio para el que queda segundo en este juego.
—Acaba de decir que la derrota podía ser una gran maestra.
—Lo hice. —Daichi hizo una mueca al aclararse la garganta—. Pero llega un momento en que el coste de perder es demasiado alto. Cuando se debe arriesgar todo por la victoria.
Al anciano le dio un ataque de tos, un largo y devastador espasmo, ahogado con otro trago de té. Recuperó el aliento, lanzó un gran escupitajo para que siseara en el fuego. Cuando se restregó la mano por delante de los labios, el corazón de Clarke dio un salto en su pecho, un temor frío le inmovilizó el estómago.
Una mancha negra brillaba sobre los nudillos de Daichi.
—Oh, no… —dijo Clarke.
Daichi miró fijamente la mancha durante un buen rato, con las manos firmes, la respiración rítmica.
—Y llega un momento en el que no quedan momentos en absoluto —murmuró.
—… Tienes neumoconiosis, la enfermedad del pulmón negro.
—Un final apropiado. —Daichi encogió los hombros—. Hay pocos más merecidos.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—No hace mucho tiempo. —El anciano sorbió con la nariz—. El tiempo suficiente.
—Lo siento mucho, Daichi…
—No lo sientas. —Se frotó las cicatrices de las quemaduras de los brazos—. Es un destino bien merecido.
—¿Lo sabe Octavia?
—No lo sabe. —El anciano le miró con cara de pocos amigos—. Y no lo sabrá por ti tampoco.
—¿No cree que acabará por enterarse en algún momento?
—Con el tiempo. —Encogió los hombros—. Todo se vuelve claro como la lluvia de las Iishi con el tiempo.
Clarke se pasó la mano por la pelusilla de la cabeza, por la nuca. Se encontraba mal, el estómago hecho un grasiento gurruño, pensó en el destino que le esperaba a Daichi al final del camino. No un final de un guerrero. No el de un héroe. Recordó a los mendigos con pulmón negro en los barrios bajos de Kigen: pobres desgraciados que echaban las entrañas por la boca al toser, y tenían las manos temblorosas llenas de oscuros y sangrientos pegotes. Sabía las cosas que había hecho Daichi, los asesinatos que manchaban sus manos: los campesinos de Daiyakawa, la mismísima madre embarazada de Lexa. Pero nadie merecía morir así.
Daichi bebió otro sorbo de té.
—No viniste aquí a jugar al ajedrez.
Clarke parpadeó.
—No, no vine a eso. Quiero que libere a Ayane de su jaula.
—La chica del loto no ha hecho nada para ganarse nuestra confianza. Liberarla sería imprudente.
—Si está preocupado por ella, ¿por qué no liberarla bajo mi custodia? Yo garantizo…
—Tampoco hay muchos de nosotros que confíen en ti, Clarkesan.
—Pero ¿usted lo hace?
El anciano se limpió los ennegrecidos nudillos sobre la hakama.
—Un poco más cada día.
—Entonces, ¿no se sentiría mejor sabiendo que yo la vigilo todo el rato?
—¿Por qué? ¿Lo harías?
Se miraron el uno al otro por encima de las pocas piezas que le quedaban a Clarke. Se produjo un silencio pesado como una losa, la luz del fuego centelleaba en forma de media luna en los ojos de Daichi. Clarke oyó unas pisadas suaves en el rellano, el crujir de los tablones del suelo. Una débil llamada con los nudillos, la puerta se abrió y dejó pasar la apagada luz del sol, aún dolorosamente brillante tras tanto tiempo en la penumbra. Octavia entró en la habitación con pies ligeros como un susurro; los anteojos encaramados sobre su cabeza le habían retirado el flequillo de la cara. Su cicatriz relucía de un rojo furioso sobre la piel color teca.
—Padre, Ryusaki envía noticias. Están cerca de la provincia de Jukai…
Se paró en seco cuando sus ojos se adaptaron a la oscuridad y detectó a Clarke arrodillada frente al tablero de ajedrez.
—¿La provincia de Jukai? —Clarke parpadeó—. ¿Quieres decir la Mancha? ¿Es ahí a donde se dirigía Ryusaki? Los campos de pruebas del Gremio son…
Octavia la miró con cara de odio. Muda. La mano sobre la empuñadura de su wakizashi.
—… Me iré, entonces. —Clarke se puso en pie, se cubrió el puño e hizo una reverencia.
—Me ha entretenido nuestro juego, Clarkesan. —Daichi hizo un gesto con la cabeza hacia el tablero—. Aunque la próxima vez que juguemos, espero más compromiso en tu ataque. ¿Quizás mañana?
—Me gustaría.
Clarke hizo una pequeña reverencia hacia Octavia, pero la mujer ni siquiera parpadeó. La siguió con los ojos mientras salía de la habitación, un ave de presa que observaba a un ratoncito de campo en las sombras de la larga hierba amarilla. Clarke salió a la luz y miró el pueblo a su alrededor: vio hombres arrastrando a un venado hacia la sala de despiece, mujeres reparando tejados de paja, niños reunidos a los pies del sensei con tablillas de tiza entre las manos. Los árboles que los rodeaban parecían estar en llamas, su follaje se mecía como lenguas de fuego, se rizaba por las ramas secas y quebradizas. Las hojas caían entre los árboles como las estrellas de los vacíos cielos rojos.
Había tanto en juego en aquel lugar. Tanto que perder.
Clarke se preguntó si Daichi realmente lo arriesgaría todo por obtener la victoria final.
Recuerdos de su Despertar le vinieron a la mente sin que ella los hubiese invocado. Cientos de relucientes ojos rojos que alzaban la vista hacia ella con más afecto en una única cara sin rasgos que el que podía encontrarse entre todos los Kagés juntos. El recuerdo hizo que le dieran retortijones de terror.
Cuando llegue el momento, ¿lo harás?
Una campana de hierro en la noche. Un grito resonó entre los árboles. Una palabra.
Clarke abrió los ojos, ladeó la cabeza, aguzó el oído.
—¡Onis!
Un débil chillido, casi perdido bajo la canción de la noche y el ruido sordo de las tormentas de las Iishi.
—¡Onis!
Clarke bajó rodando de la cama, se puso en pie a toda prisa y salió a trompicones por la puerta, corriendo en dirección a los gritos. Podía ver linternas zigzagueando a lo lejos, oír un creciente guirigay de voces. Puentes de cuerda oscilaban bajo su peso, sus pies descalzos golpeaban la madera sin pulir, hojas muertas caían en medio del aullante viento. Alcanzó a un grupo que estaba reunido a las puertas de la morada de Daichi: Octavia, Maro, Isao, Takeshi, Atsushi y dos docenas más, hombres y mujeres, todos guerreros. Daichi estaba de pie en el centro del círculo. Llevaba un peto articulado de hierro y, en la mano, una gran espada ōdachi al menos tan alta como Clarke. La voz del anciano sonaba ronca, cansada, pero el fuego ardía en sus ojos.
—Los exploradores han visto a una cuadrilla de guerra oni proveniente del Templo Negro. Se dirigen hacia el pueblo. —Daichi pasó la vista de un guerrero a otro—. Al menos dos docenas.
Murmullos de preocupación. Intercambio de miradas recelosas.
Tantos…
—Animaos —dijo—, ya nos hemos enfrentado a tantos antes.
—Con la Señora de las Tormentas a nuestro lado. —Atsushi se hizo eco de los pensamientos de Clarke—. ¿Pero dónde está ahora? ¿Cómo podemos enfrentarnos a semejante número sin ella?
—Contamos con otro punto a nuestro favor —dijo Daichi—. Los lanzadores de shurikens de Clarke aligerarán las filas de los demonios lo suficiente como para que nosotros podamos enfrentarnos al resto. Nos apostaremos a lo largo de la línea de los lanzadores.
Isao sacudió la cabeza, alzó la voz para protestar.
—Daichisama, no podemos estar seguros de que los artilugios de la Mujer del Gremio no vayan a caerse en pedazos en medio de la batalla. Y no tendremos maniobrabilidad alguna si nos encadenamos a su perímetro.
—Estoy de acuerdo con Isaosan, Padre —asintió Octavia—. Sugiero que preparemos una emboscada. Que esperemos hasta que los onis se estén moviendo entre los fosos trampa y luego los ataquemos desde los árboles.
—Eso es lo que hicimos la última vez, ¿no?
Todos los ojos se volvieron hacia Clarke cuando habló.
Desconfianza. Hostilidad. Ira. La chica hizo caso omiso de las miradas poco amistosas. Miró a Octavia a los ojos.
—No los cogeremos de la misma manera una segunda vez —dijo ella—. Los que sobrevivieron al último ataque les habrán contado a sus hermanos que nosotros atacamos desde las copas de los árboles.
—¿Nosotros? —escupió Isao—. No recuerdo verte allí, Mujer del Gremio…
—Porque estaba encerrada en vuestra prisión —contestó Clarke—. Después de que amenazaras con cortarme el cuello. ¿No te acuerdas?
Una mirada de odio. Mandíbula tensa. Isao se volvió hacia Daichi.
—Esto es una locura —dijo el chico—. No podemos fiarnos de las máquinas de la Mujer del Gremio.
—Con todo el debido respeto, estoy de acuerdo, Daichisama. —Atsushi estaba de pie a la espalda de Isao, con algo cercano al miedo en la mirada. Takeshi estaba a su lado, todo nervios y ojos abiertos de par en par, con las uñas mordidas hasta la carne.
—Vuestra preocupación queda anotada, caballeros —dijo el anciano.
—Padre…
Daichi puso una mano amable sobre el brazo de su hija, con los ojos aún fijos en Clarke.
—¿Realmente crees que tus lanzadores resistirán, Clarkesan? Ahora no son piedras y árboles contra lo que disparamos. Estos son demonios recién salidos de los infiernos de Yomi. De tres metros y medio de altura. Con garras que rajan el acero. La fuerza de la Última en persona fluye por sus venas.
Clarke apartó los ojos de los de Isao, miró al anciano. Rechinó los dientes, apretó los puños, el miedo le atenazaba las entrañas. Pero las pruebas habían ido a la perfección, no hubo pérdidas de presión, ningún fallo en las cámaras. Estaba segura. Apostaría su vida por ello.
—Resistirán —respondió.
Daichi echó un vistazo a sus capitanes. Maro estaba callado, con los brazos cruzados sobre la armadura del pecho, pero sus ojos decían no. Octavia también miró a su padre a los ojos, negó con la cabeza. Un trueno sacudió los cielos allá en lo alto, el relámpago arañó las nubes. Cada segundo que pasaba no hacía más que acercar a los demonios. Daichi volvió a mirar a Clarke. Inhaló una rasposa bocanada de aire.
Más cerca.
—Haremos que unos pocos de nosotros preparen una emboscada para los demonios y los atraigan hacia la línea de los lanzadores.
—Daichisama… —empezó Isao.
Una mirada fría ahogó las protestas del chico. El anciano asintió cuando Isao cerró la boca, se volvió hacia su capitán.
—Marosan, toma a media docena de Sombras y traednos a los onis. El resto de vosotros, venid conmigo.
Maro miró de reojo a Octavia, tenía la cara seria, pero aun así se cubrió el puño e hizo una reverencia.
—Hai.
Clarke vio a Isao, Takeshi y Atsushi intercambiar miradas de preocupación. Intercambiaron algo más. ¿Desesperación? ¿Miedo?
Takeshi abrió la boca para hablar pero Isao negó con la cabeza y le hizo un gesto para que guardara silencio. Un terror frío se incrustó en el estómago de Clarke. Un trueno sacudió las copas de los árboles, sacudiéndole también las entrañas.
—Daichisama —dijo Clarke—, con su permiso, yo también iré. Puedo manejar uno de los lanzadores. Así quedará libre otra espada para enfrentarse a los demonios que consigan atravesar la línea. —Miraba a Isao mientras hablaba. La cara del chico más joven estaba pálida como unos huesos blanqueados—. Además, así estaré allí en el caso de que algo fuera mal…
El anciano asintió, ahogó una tos seca con el dorso de la mano.
—No dejaría que fuera de otro modo, Clarkesan.
Pasó la vista por sus guerreros, los relámpagos lanzaron destellos sobre sus iris gris acero.
—Vamos. Mandemos a esas abominaciones de vuelta a los infiernos.
Una lluvia constante caía sobre las hojas que había por encima de su cabeza, mil redobles de tambor por minuto, que acallaban todo lo que había en el mundo por debajo. Sudando aún, a pesar de la tormenta, el chico se instaló en el asiento del operador del lanzador, con las palmas de las manos húmedas apretadas sobre los mandos. Parpadeó para eliminar la quemazón de sus ojos, y siguió guiñándolos hacia la oscuridad, ciego, sordo y mudo. Clarke rechinó los dientes, apretó más las manos sobre la manija de alimentación. Había guerreros Kagés desperdigados por todas partes a su alrededor, escondidos entre la maleza y en ventisqueros de hojas muertas, con los ojos fijos en el pasillo de entrada. Daichi estaba agazapado en un denso bosquecillo de helechos de montaña al lado del puesto de Clarke, tan completamente inmóvil que la chica no era capaz de distinguirle de las hojas que le rodeaban. La tormenta arreciaba, los truenos le hacían dar tumbos en el asiento cada vez que Raijin aporreaba sus tambores. Y entonces, allí, entre el temor y la tempestad y las dudas crecientes, Clarke tuvo que hacer un gran esfuerzo por no volver a caer en los mantras habituales, las palabras que se sabía de memoria a fuerza de repetirlas, que le explicaban todo lo que necesitaba saber sobre la vida.
La piel es fuerte. La carne es débil.
Se sentía desnuda. Diminuta. El metal bajo sus manos era su único consuelo, la única certidumbre. Estas máquinas de matar que había montado, que había arrastrado de los restos chamuscados y dotado de nueva vida, estas las conocía. ¿Pero, demonios? ¿Los hijos de Última? La habían educado para mofarse de semejantes supersticiones. Las leyendas de dioses y diosas eran muletas para los sin piel. Para aquellos que nunca habían respirado el cálido negro azulado en la Cámara del Humo. Aquellos a los que no habían mostrado su Verdad.
Llamadme Primer Brote.
Un grito lejano, un ruido sordo, un rugido ronco. Sonidos débiles a través de la tormenta, parecidos a la música. Acero brillante, su nítido repicar bajo la percusión de las nubes, pies corriendo en medio del siseante diluvio. La señal se extendió por toda la línea, una serie de cortos silbidos de pájaro nocturno. Y, con los ojos entornados, escudriñando la penumbra, Clarke vio unas diminutas figuras vestidas con oscuras telas moteadas, que corrían de vuelta a los lanzadores tan rápido como sus veloces pies podían llevarlos. Y tras ellos…
Tras ellos…
Clarke nunca había visto nada parecido. Ni en sus más sombrías imaginaciones. Daban grandes zancadas y graznaban y gruñían con voz ronca, arrastraban los nudillos de sus largos brazos fibrosos por el suelo, con garras crueles al final de cada dedo. Tenían la piel de una docena de tonalidades azules, del azul medianoche al azul celeste, cubiertos de barro y ahogados por el frío y la oscuridad, iluminados solo por frenéticos relámpagos y la luz sanguinolenta de sus propios ojos fulgurantes. Caras forjadas en pesadillas, adornadas con aretes de metal oxidado, crueles y afilados colmillos salían en curva de sus irregulares mandíbulas inferiores. Sus espadas y mazas de guerra eran tan largas y afiladas como para derribar el árbol más robusto. Un lenguaje tan oscuro como el pecado, rugido entre los árboles por negras lenguas de babosa.
—Vienen —dijo Daichi.
Onis.
Maro y sus muchachos eran rápidos, zigzagueaban entre los fosos de los Kagés con los demonios pisándoles los talones. Un oni cayó estrepitosamente a través del telón de ramas y hojas secas que cubría una trampa; cayó seis metros de cabeza, dando volteretas, hasta una tumba de afiladas picas de bambú. La espada de Maro estaba negra de sangre, los onis, iracundos, avanzaban sin rumbo fijo; otro de los demonios atravesó la cubierta de una trampa Kagé y cayó en picado hasta el fondo. Pero los monstruos se contaban por docenas, medían tres metros y medio y estaban furiosos, la muerte de sus colegas parecía solo avivar su furia. Gritos gorjeantes y rugidos guturales, sus ojos rojo sangre relucían mientras retraían los labios dejando al descubierto unos dientes torcidos. Sus largas zancadas apresuradas los iban acercando irremediablemente a los exploradores que huían. Clarke apretó los dedos sobre la empuñadura del lanzador. Se le aceleró la respiración. El miedo se agudizó.
—Vamos —musitó—. Más rápido…
Uno de los exploradores tropezó con una raíz que sobresalía, resbaló en suelo embarrado. El oni que le perseguía le alcanzó en un momento, con el tetsubo levantado por encima de la cabeza. Lo hizo caer con un aullido de gusto, aplastó al infortunado hombre convirtiéndolo en pulpa. Los demás exploradores siguieron corriendo, no era momento de lamentaciones. Continuaron a través de las zarzas y los helechos y las ramas ganchudas. Clarke fijó su punto de mira en un demonio de los abismos, la cruz central apuntaba directamente a su pecho.
—Más rápido…
Un relámpago cruzó los cielos, salpicó todo de un blanco horripilante. Un trueno sacudió sus huesos, convirtió sus tripas en agua, dilató sus pupilas. Y cuando por fin estuvieron al alcance de los lanzadores, Maro dio su señal y, como un solo hombre, todos los exploradores se dejaron caer detrás de rocas o troncos caídos, fuera de la vista y fuera del peligro.
—Eso es —dijo Clarke entre dientes.
Daichi se irguió de entre los helechos, levantó su ōdachi por los aires.
—¡Fuego!
Clarke apretó el gatillo, sintió cómo su lanzador cobraba vida, y ¡chug! ¡chug! ¡chug! ¡chug! ¡chug! resonó su canción por toda la línea de tiro, reluciente y brillante y aullante, llenando el aire de muerte. Su lanzador se sacudía como un niño pequeño en una pataleta, chillaba y se estremecía mientras Clarke activaba la manija de las cartucheras. Pequeños estallidos de gas presurizado emanaban de sus flancos con cada shuriken que escupía. Muerte afilada y giratoria salía despedida de cada cañón de los lanzadores, centelleando en la lluvia mientras caían más relámpagos. Y mientras la euforia le invadía el estómago, Clarke vio a los onis empezar a caer, uno a uno, se llevaban las manos a los cuellos y pechos y estómagos, sangre negra chorreaba entre las gotas de lluvia, ojos rojo sangre muy abiertos por la conmoción y la sorpresa mientras todo a su alrededor se convertía en una carnicería. La reverberación sacudió a Clarke hasta la médula, el metal que tenía debajo gemía, se estremecía, daba sacudidas, mientras sus creaciones cortaban a través de las líneas onis como una cuchilla caliente a través de la nieve. Una docena de demonios cayeron en los primeros segundos, acribillados de agujeros recién hechos, la euforia le anegaba hasta reventar. Miró a Daichi de reojo, un instante entre la carnicería, tenía una sonrisa demente en la cara. El anciano le devolvió la mirada, le regaló un pequeño gesto de asentimiento con la cabeza que, por un breve y precioso momento, envolvió a Clarke con fuerza, le llenó de una sensación que casi había olvidado.
Orgullo.
¡chug! ¡chug! ¡chug! ¡chug! ¡chug!
Un orgullo que le llenaba de calor y le henchía el pecho.
¡chug! ¡chug! ¡chug! ¡chug! ¡chug!
Y entonces los lanzadores empezaron a fallar.
El número tres reventó primero, los sellos de las cámaras de tiro estallaron como globos demasiado hinchados, el gas chillaba agudo en la oscuridad. El lanzador de Clarke fue el siguiente: un brillante estallido de luz y una ráfaga de vapor, la rebelde bestia metálica que montaba se quedó quieta, desplomada y fofa como una marioneta con las cuerdas rotas. Por toda la línea, casi simultáneamente, las máquinas tosieron y se quedaron en silencio, estremeciéndose sobre sus remaches como hombres muriendo de pulmón negro. Su percusión asesina fue reemplazada por lejanos truenos y una lluvia susurrante, tan débil después del ensordecedor coro que Clarke apenas podía oírlos en absoluto. El miedo le robó el aliento, agarró su corazón con fuerza y apretó. Dio un salto de su asiento, escudriñó con la vista los sellos rotos y presionó con los dedos las zonas dañadas como si solo con su fuerza de voluntad pudiera arreglarlas. Pero no había tiempo. No había tiempo en absoluto…
—Oh, no… —murmuró.
Un rugido, negro y espeluznante, reverberó entre los árboles. Clarke alzó la vista y vio una alta figura salir de debajo de una anciano arce. Tenía la cabeza adornada con la calavera de un águila colosal, una armadura de hueso le protegía el pecho. Más alto que sus hermanos, la piel tan oscura que era casi de ébano, todo músculos y tendones y colmillos. Levantó una maza de guerra cuajada de remaches de hierro oxidados, el doble de larga que la altura de Clarke, señaló hacia la línea de lanzadores y retrajo los labios mostrando sus colmillos rotos.
Bramó su odio.
Daichi sacudió la cabeza para quitarse la lluvia de los ojos. Tenía la mirada fija en los demonios mientras los demás Kagés salían de sus escondrijos y se reunían en torno a su líder. Sus espadas centellearon a la luz titilante de los relámpagos, los exploradores esprintaron por el claro para unirse a los demás en la línea. Los onis formaron alrededor de su espantoso capitán, ya solo media docena, ensangrentados y sombríos. Pero eran todavía demasiados para un puñado de hombres y mujeres que medían la mitad que ellos e iban armados con diminutos mondadientes afilados. Sonrisas oxidadas resplandecieron a la luz de sus ojos sanguinolentos Daichi le dedicó a Clarke una mirada solemne. Fría y vacía. Y el orgullo que le había henchido el pecho hacía unos instantes huyó sobre unas alas rotas, haciendo que se le encorvaran los hombros a medida que un temor frío se le colaba dentro para ocupar su lugar.
Le temblaban las manos. Entreabrió los labios como para hablar, pero no encontró las palabras.
Daichi se volvió hacia sus guerreros. Los miró de uno en uno.
Acero en la mirada. Levantó su espada y señaló a la manada de demonios.
—¡Banzai! —gritó.
—¡Banzaiiii! —llegó la respuesta, dos docenas de Kagés rugieron en respuesta. Un trueno retumbó, los guerreros corrieron a través del claro con las armas en alto. Clarke salió arrastrándose del lanzador, alcanzó a trompicones la tierra empapada, observó a los enemigos abalanzarse los unos sobre los otros a través de la lluvia torrencial. Figuras diminutas y gigantes peones de los infiernos se movían entre los relámpagos estroboscópicos. Le palpitaba el pecho, tenía la boca amarga, el pánico y la culpabilidad y la ira le inundaban hasta cegarle; miraba arriba y abajo por la línea de inútiles lanzadores mientras el Dios del Trueno se reía a carcajadas en el cielo allá en lo alto.
¿Cómo podía ser?
La batalla se reanudó en la oscuridad, Clarke fue tropezando hacia ella, con una pesada llave sacada de su cinturón de herramientas a modo de arma. No contaba con ningún tipo de entrenamiento de lucha, pero aun así, no podía quedarse sentado sin hacer nada. Las figuras oscilaban y danzaban en la lluvia, gritos de dolor y horribles rugidos llenaban los espacios vacíos entre el estallido de un trueno y el siguiente. Octavia peleaba en el flanco izquierdo, solo un borrón en la oscuridad. Daichi en el meollo de la batalla, su espada empapada de sangre oscura. Se movía como al ritmo de la música, fluía sin pausa: de paso a finta a golpe a empujón. Sajaba amplias franjas de pegajoso negro, columpiaba su poderosa espada empuñada a dos manos como si de una extensión de su propio brazo se tratara. Un movimiento de muñeca y la pierna de un oni cayó al suelo en una sanguinolenta lluvia oscura, seguida de cerca por su aullante propietario. Un paso a la izquierda y un gesto casual, para apuñalar un cuello hasta el hueso. Se mecía entre los golpes, un poeta escribiendo su obra maestra con la tinta más negra y caliente. Una efervescente multitud furiosa, onis y Kagés caían en la misma medida. Octavia trepó por la espalda de uno de los demonios y le incrustó la espada en la base del cráneo. El brazo de Maro colgaba inerte, peleaba lado a lado con Isao y Takeshi por encima de un camarada caído, los tres habían abierto a su enemigo en canal y se movían con dificultad entre retorcidos tramos de intestino que les llegaban hasta los tobillos. Empezaban a cambiar las tornas, los Kagés ganaban terreno. Pero el señor de los onis había despejado una franja entre sus enemigos, con los ojos fijos en Daichi. Se abalanzó a por él en toda su mole, atravesó el tumulto mientras Clarke gritaba en señal de aviso. El anciano se giró y el acero centelleó, dio un paso a un lado cuando el demonio lanzó su ataque con la maza de guerra. Impacto contra el suelo, salpicando barro, haciendo volar las hojas muertas. Daichi entornó los ojos con desprecio mientras daba un paso al frente y rajaba de lado a lado la tripa del oni. Clarke corría por entre el lodo, pero un oni surgió imponente de la penumbra delante de ella. La chica esquivó su espada, casi resbala en la alfombra de hojas muertas mientras tres Kagés se plantaron delante del oni para enfrentarse a ella. El pánico le atenazaba el pecho, sabía de sobra que aquel no era sitio para ella (no se le había perdido nada en un campo de batalla con una llave inglesa en la mano y temor en el corazón), pero aun así se giró y luchó, aporreando las espinillas del oni cuando este dio media vuelta para encararle. El golpe reverberó en sus brazos, el hedor a piras funerarias invadió su nariz, el demonio rugió como si todos los infiernos moraran en su boca. Clarke rodó hacia un lado mientras la espada del oni cortaba el aire por encima de su cabeza, los Kagés atacaron desde atrás, acero y lluvia y sangre y trueno, manchas negras florecieron en sus ojos mientras se ponía en pie de un salto, echando un vistazo a Daichi entre el ahora cegador diluvio. El anciano resollaba, su pecho subía y bajaba aceleradamente, tenía los labios apretados en una fina raya, la espada bañada en sangre mientras el señor de los onis golpeaba a diestro y siniestro con imprudente fiereza. El demonio sangraba por una docena de sitios (brazos, piernas, tripa, cara) y aún no había conectado un solo golpe contra el viejo Samurái de Hierro. La ira ponía incandescentes los ojos del oni, ardían con la furia de la Dama del Sol mientras volvía a lanzarse al ataque y recibía otra herida más por su insistencia. El anciano luchaba como si estuviera tallando madera: hacía saltar trozo a trozo, danzaba de vuelta a su posición fuera del alcance de su oponente y dejaba que la pérdida de sangre y la fatiga hicieran la mayor parte del trabajo pesado. El poder de Yomi contra una vida de tutela del acero. La furia de todos los infiernos contra una tranquilidad nacida del amor por la espada, el estilo de vida del guerrero, el corazón de un verdadero tigre.
Hasta que el anciano empezó a toser.
Una simple flema al principio, que le abrió los ojos tan solo un poco. Una inhalación mojada, los músculos bien tensos. Daichi se apartó de otro golpe y tosió otra vez, una tos húmeda y llena de saliva, se puso una mano contra el pecho como si le doliera. Clarke gritó para avisar a los demás, bramó un alarido hacia Octavia, le dio la espalda al rugiente oni que tenía frente a él y salió corriendo entre la lluvia. Daichi se tambaleó, apretó la boca contra la manga y, cuando alzó la espada para defenderse de un golpe salvaje, Clarke habría jurado que podía ver una mancha oscura sobre los labios del anciano. Un ataque de tos provocado por el pulmón negro, y le estaba dando ahora justamente; la enfermedad iba extendiendo poco a poco sus crueles dedos hasta el pecho del anciano, destruyéndolo todo a su paso. Daichi cayó hacia atrás, aún tosiendo. Octavia se apartó de los humeantes despojos del cadáver de un demonio de los infiernos y chilló a voz en grito por encima de la tormenta. Maro contestó con un llamamiento:
—¡A Daichi! ¡Daichi!
Los Kagés cargaron hacia su capitán caído, con las espadas en alto. Y el señor de los onis levantó su maza de guerra, con los labios abiertos en una sonrisa amorfa, la saliva siseaba entre sus dientes mientras columpiaba el arma en un gran arco y, con un silbido, destrozaba la espada de Daichi en mil relucientes pedazos. El anciano volvió a tambalearse, gritó entre húmedos jadeos, pero el señor de los onis continuó su ataque con una patada brutal directamente al pecho de Daichi. Octavia chilló, Clarke con ella, Daichi voló un par de metros para aterrizar hecho un nudo y sangrando sobre el barro. El señor de los demonios avanzó hacia él, concentrado solo en el acabar con el anciano, levantó la maza de guerra por encima de su cabeza. Con un grito desesperado, Clarke lanzó su llave, solo una diminuta y centelleante esquirla de metal grasiento contra aquella torre monstruosa. El lanzamiento dio en el blanco, haciendo mella en la parte de atrás de la cabeza del oni, solo una mordedura de pulga en el cuero endurecido. Pero fue suficiente para detener por un instante al demonio, un segundo para gruñir y dar un respingo, y en ese momento, Octavia se abalanzó sobre él. Un tiburón negro que cruzaba aguas ensangrentadas, se subió a un tocón roto y saltó por los aires, se lanzó sobre el oni y le hundió la espada en la espalda. Maro le golpeó un instante después, le hizo al demonio un buen tajo en el tendón de Aquiles. El monstruo rugió de dolor y cayó sobre una rodilla. Los demás aprovecharon para ensañarse con él: Isao, Atsushi, Takeshi, sus armas subían y bajaban como los cuchillos de un matadero y, bajo la inundación, la lluvia, el destello del acero, el señor de los demonios cayó rugiendo y retorciéndose, silenciado al final por un golpe de guadaña de la espada de Octavia, de oreja a puntiaguda oreja, rociando a la mujer con un chorro negro y siseante.
—¡Padre! —gritó, cayendo de rodillas al lado del anciano. Daichi estaba tumbado sobre la espalda, se agarraba el pecho con las manos, aspiraba aire sanguinolento entre sus labios burbujeantes.
Los demás Kagés se congregaron en torno a él, untados de sangre negra, con las caras pálidas y horrorizados. Clarke captó varias miradas de odio mientras se acercaba, maldiciones masculladas, ojos dirigidos hacia los lanzadores fallidos. Oyó las palabras «maldita» y «Mujer del Gremio» y sintió
ojos iracundos sobre ella en la oscuridad. Y un pavor frío le recorrió las venas y llegó hasta su estómago. Intentó abrirse paso entre la multitud para llegar hasta Daichi, pero encontró el camino cortado por la pesada mano de Maro. El capitán Kagé la miraba con rabia amarga.
—Maldita sea, ni se te ocurra acercarte a él —bufó entre dientes.
—Yo puedo ayudarl…
—¿No crees que ya has hecho bastante, pequeña bastarda pecaminosa? —espetó Maro.
—¡Maro, olvídate de la Mujer del Gremio! —chilló Octavia, con lágrimas en los ojos—. ¡Ayúdame con mi padre!
El capitán le dio la espalda a Clarke con un gruñido, se puso en cuclillas al lado de Daichi. Cuatro Kagés levantaron al anciano y le pusieron sobre sus hombros. Él dio un grito y se llevó las manos a las costillas, con la boca convertida en una sangrienta «O». Octavia les rogó que se dieran prisa en llevar a su líder caído a la enfermería de la Vieja Mari. Con una mirada de profundo odio hacia Clarke, seleccionó a unos pocos guerreros para que se quedaran ahí y se aseguraran de que todos los demonios habían respirado su último hálito de vida. Al resto les encargó que atendieran a sus hermanos heridos. Los truenos no dejaban de retumbar sobre sus cabezas. El viento arañaba por entre los árboles. La lluvia siseaba como un nido de serpientes. Cojeando y sangrando y aturdidos, los Kagés enfilaron de vuelta al refugio del pueblo. Clarke se quedó de pie en medio de todo ello, perdida y a la deriva, apartada de un empujón por un guerrero, otro escupió a sus pies. Sus angustiados ojos estaban fijos en los lanzadores fallidos, en los sellos reventados, preguntándose una vez más cómo era posible. Que uno fallara, quizás. Dos, una remota posibilidad. Pero ¿que todos fallaran a la vez? ¿Cómo podía ser?
Fue tambaleándose bajo la lluvia hacia su emplazamiento, las náuseas le atenazaban el estómago.
—Mujer del Gremio.
La voz de Isao la hizo detenerse en seco. El chico le cogió del cuello y le obligó a darse la vuelta para mirarle fijamente. Tres de ellos estaban allí, entre la lluvia. Isao. Atsushi. Takeshi. Con los brazos cruzados, los puños cerrados, ira y desdén claramente reflejados en sus caras. Takeshi dio un paso hacia ella, pero Isao le frenó con una mano, musitó algo demasiado bajo para que Clarke pudiera oírlo. Con un gruñido, el chico más grande se volvió hacia los onis derribados, Atsushi a su lado. Iban de cuerpo en cuerpo, cortándoles los cuellos a todos los demonios de los infiernos, chorros de sangre negra dibujaban un arco bajo la lluvia; así se aseguraban de que todos y cada uno de ellos estaban muertos. Isao se quedó atrás. Con los ojos entornados. La espada envainada a la espalda. Y, levantando una mano despacio, señaló a Clarke, luego hizo un gesto de sierra, como si le estuviera cortando el cuello. El miedo recubrió las entrañas de Clarke de un frío enfermizo. Los demás Kagés ya se habían retirado. La idea de que estaba ahí afuera ella sola ardió con repentina claridad en su mente. Así que se escabulló, se adentró entre la maleza, entre las sombras, y terminó por echar a correr hacia la prisión Kagé. Era el único sitio al que se le ocurrió ir. Ahora sabía que los chicos no se detendrían ante nada.
Si estaban dispuestos a hacer esto, estaban dispuestos a hacer cualquier cosa.
Recordó el ruego de Isao a Daichi, cómo le pidió que no lucharan desde la línea de lanzadores. El chico había suplicado. Casi desesperado. Y ahora, Clarke por fin comprendió por qué. La imagen perduraba en el ojo de su mente mientras corría: Isao imitando el gesto de cortarle el cuello, la reveladora mancha negra a la parpadeante luz de la tormenta.
Manchas de grasa en las manos.
