¡WARNING!: No apto para lectores sensibles. En serio.

Madre mía, llevo tanto tiempo fuera de FF que casi se me ha olvidado cómo funciona. En serio, en mi doc manager no hay ni un solo documento. Y lo siento mucho. De verdad, no quería marcharme, pero en mi año de estudios en el extranjero (en Lituania) decidí que quería terminar la historia antes de publicarla... y todavía no la he terminado. Tengo un par de capítulos más escritos, y uno incluso editado, pero lo voy a guardar por si acaso me cuesta escribir las siguientes muertes. No sé si tendré la "imaginación" (locura?) para escribir las 2-3 que me quedan.

Dije en el capítulo pasado que no creía que todas las muertes fueran tan largas como aquella... ¡MENTIRA! Son todas larguísimas, y es que, en esta historia, tanto Kai como Bonnie están bastante mal de la cabeza, por lo que son más psicópatas que asesinos, no sé si se me entiende.

De nuevo, lo siento.

DISCLAIMER: Los personajes (excepto Jeremy) no me pertenecen, son propiedad de la CW.

#PALABRAS: 4,980.


EL JINETE SIN CABEZA Y LA NOVIA CADAVER


CAPÍTULO VI

CAMILLE O'CONNELL

Cuando Camille O'Connell llegó al piso en el que vivía su amiga Davina Claire, ya había anochecido. Camille odiaba la noche. Le recordaba lo oscura que había sido su vida una vez hubieron llegado a ella los Mikaelson. Sobre todo Klaus. Cada vez que pensaba en él, la rubia sentía cómo un escalofrío la recorría por completo.

Gracias a Davina, la puerta del edificio estaba abierta. La morena no había ido con ella, pero se había quedado al otro lado de la calle, por si acaso necesitaba ayuda. Aunque Camille no pensaba que fuera a necesitarla. Al fin y al cabo, solo tenía que encargarse de unos vecinos molestos, ¿no?

¿Por qué me he ofrecido a esto?,pensó Camille. A decir verdad, había sido una estupidez. Ella no era más capaz que una bruja poderosa de enfrentarse a unos vecinos molestos. Ella solo era una humana normal y corriente. Una humana débil, y además, con responsabilidades. Casi era la hora en que su hija debía estar en casa. Camille tendría que estar ahí, esperándola con la cena preparada y el baño ya planeado. Pero allí estaba, a punto de llamar a una puerta sin saber qué decir una vez que le abrieran. Si es que le abrían.

La puerta se abrió cuando ella casi no había terminado de llamar. Un niño de unos once años estaba tras ella, con una sonrisa amable y una mirada inocente. Lo cierto era que, pensó Camille tras echar un vistazo al salón al que se había abierto la puerta, la casa parecía la de una familia agradable. Era una sala de estar hogareña, bien decorada y con una vela en la repisa de la chimenea apagada. No parecía la casa de una familia que le haría la vida imposible a Davina.

-Buenas tardes. ¿Están tus padres? -preguntó Camille, intentando sonreír con calma a pesar de sus nervios.

-Claro. Pero no puedo dejarte pasar. No te conozco.

-Por supuesto. Me llamo Camille, soy amiga de vuestra vecina, Davina Claire. No sé si la conoces…

El niño sonrió más ampliamente, pero le cerró la puerta en las narices. Camille se quedó sola en medio del pasillo, sin saber muy bien cómo reaccionar ante lo que acababa de suceder. ¿Aquel niño la había dejado plantada en medio del pasillo? ¿Había ido hasta ahí para nada?

Estaba a punto de dar la vuelta cuando la puerta volvió a abrirse. El niño no estaba solo ahora, estaba acompañado de un hombre que, a pesar de no parecer su padre, seguro que lo era. ¿Por qué si no estaría ahí ahora abriéndole la puerta?

-Disculpa a Jeremy. Quiere hacer las cosas siempre correctamente, y al final siempre acaba siendo un poco más maleducado de lo que pretende.

Camille ignoró lo raro de la frase, y sonrió. Extendió la mano antes de hablar.

-No pasa nada. Me llamo Camille O'Connell. Vengo de parte de Davina Claire, vuestra vecina. Veras, no quiero ser indiscreta ni maleducada, pero Davina se siente incómoda desde que vosotros habéis llegado al edificio. Me cuenta que no duerme bien, y que no consigue la tranquilidad que buscaba en un apartamento tan apartado del centro como este. En cualquier otro momento lo dejaría pasar, porque yo entiendo que es difícil vivir tranquilamente y sin ruido teniendo hijos, pero mi amiga no lo está pasando bien últimamente. Tiene muchos problemas y se siente muy sola. Si por favor pudierais intentar ser un poco más discretos…

-Vaya. Menudo discurso -contestó el hombre tras varios segundos de absoluto silencio. Tomó la mano de Camille y la estrechó, tal vez con un poco más de fuerza de la necesaria-. No era nuestra intención molestar a tu amiga. Las mudanzas son siempre complicadas, sobre todo cuando vienen con hijos y mascotas. Lo lamento mucho. De verdad, intentaremos tener más cuidado. Me llamo Malachai, por cierto. No me había presentado.

-Gracias, Malachai. Y encantada. Bueno, creo que me voy a marchar.

-No, espera un momento -intervino en aquel momento el niño-. ¿Has dicho que te llamas O'Connell?

-Jeremy, no conoces a la señora. Trátala de usted.

-No pasa nada -quiso intervenir Camille, pero Jeremy la interrumpió.

-Lo siento, señora O'Connell. ¿Tiene usted una hija llamada Tess?

-Sí. ¿Cómo lo sabes?

-La conozco del parque. Está aquí conmigo. Si quiere puede pasar y así no tener que ir a buscarla a otro lado.

-Muchas gracias. Si a tu padre no le molesta, creo que eso haré.

-Por supuesto que no me molesta -Malachai se apartó de la puerta y señaló el interior de la casa con una mano abierta, como si fuera el mayordomo de una película de terror. Camille tragó saliva, repentinamente nerviosa-. Adelante, por favor.

Con cuidado, como si fuera pisando piedras, Camille entró al apartamento sintiendo que se estaba dejando llevar a la cueva del lobo feroz.


Para cuando se dio cuenta de que se había metido en problemas, ya era demasiado tarde. El hecho de que Malachai la condujera por un pasillo hacia lo que, si la distribución del apartamento era igual que la de su amiga, era uno de los dormitorios no le pareció del todo raro hasta que vio a su hija Tess, su niña, colgando de un gancho en el techo. Colgando del pelo mientras que lloraba en silencio. Era raro que no gritara. Era una niña relativamente débil al dolor, y solía gritar y ponerse a llorar ruidosamente cuando se caía al suelo y se raspaba las rodillas. Pero aquello…

Aquello era una escena de película de terror. Camille podía ver cómo el peso de la niña estaba haciendo que el mechón de pelo del que estaba sujeta al techo fuera soltándose poco a poco de su cabeza. Y la niña no hacía ni un solo ruido. Camille soltó un gemido ahogado y corrió hacia su hija. La cogió desde abajo y la alzó lo suficiente como para que la niña dejara de sufrir. Luego, cogió una navaja que llevaba consigo y cortó el mechón de pelo, dejando libre a la niña. Tess se soltó del agarre de su madre y se sentó en una esquina. Se cogió ambas rodillas y empezó a balancearse hacia atrás y adelante. Su madre no supo cómo reaccionar.

Jeremy se acercó a la niña, se sentó a su lado y le acarició suavemente el brazo, de modo reconfortante. Camille esperaba que la niña se apartara rápidamente de él, pero su hija decidió apoyar la cabeza en el hombro de Jeremy y siguió llorando en silencio.

-¿¡Qué se supone que haces!? -preguntó Camille a Malachai.

-Tranquila, Camille. Está todo controlado. ¿No es así, Davina? -el hombre dirigió su mirada a un punto concreto tras Camille, y la rubia se giró, anonadada.

-¿Tú sabías lo que iba a pasar?

-Lo siento, Cami. Tengo que hacerlo.

-¿¡Hacer qué!? ¿Matar a mi hija? ¿Colaborar con un psicópata?

-En realidad somos tres -intervino Malachai-. Psicópatas, me refiero. Estamos Jer, Bonster y yo. Ahora que nos conocemos, puedes llamarme Kai.

Sin pensar en las consecuencias que podrían tener sus actos, Camille se lanzó hacia Kai con la navaja en alto. Se la clavó en el cuello y se apartó ligeramente de él, para ver cómo el hombre moría frente a ella. Era lo menos que se merecía. En realidad, se merecía bastante más, pero aquello tendría que bastar. Sin embargo, Kai no murió. Al menos, no entonces. Simplemente sonrió, se sacó la navaja del cuello y la tiró al suelo.

Se acercó a ella hasta que hubo invadido por completo su espacio personal. La agarró de la nuca y la alzó hasta que sus ojos estuvieron a la misma altura. Entonces, sorprendiendo totalmente a todos los que se encontraban en aquel momento en la habitación, le dio un cabezazo que logró tirarla al suelo sangrando. Jeremy soltó una carcajada y Davina se tapó la boca con una mano para evitar gritar. Tess simplemente gimió de forma casi totalmente silenciosa.

-Mi cuello es sagrado, zorra. Deberías aprender a tratarlo apropiadamente.

-¿Qué haces, Kai? -sonó una voz repentinamente. Bonnie entró en la habitación y se acercó a su marido-. Yo tengo que matarla.

-Lo sé, Bon. Pero mira lo que me ha hecho. ¿Crees que podía dejar que se saliera con la suya?

-Ella va a acabar muerta tras sufrir terriblemente y tú no vas a tener ninguna marca en el cuello. ¿Cómo es eso salirse con la suya? -Kai frunció el ceño, y Bonnie puso los brazos en jarras. Kai se cruzó de brazos e hizo un puchero digno de un niño pequeño.

-Nadie me entiende.


Camille abrió los ojos y se encontró en el mismo lugar que antes. Solo que, esta vez, estaba totalmente sola. Si aguzaba el oído, podía escuchar a Bonnie y a Kai discutiendo en algún lugar no muy kejos de la habitación en la que ella se encontraba. Por otro lado, también escuchaba a un perro ladrar, y a dos niños riendo. Camille era totalmente consciente de que una de esas risas correspondía a su hija. La pobre Tess, después de lo que había vivido, se había vuelto completamente loca y ahora estaba disfrutando junto al psicópata que la había secuestrado.

Haciendo un gran esfuerzo, Camille miró a su alrededor, y se dio cuenta de algo de lo que no se había percatado al despertar. No estaba en el suelo. Ni en la cama. Ni en ninguna otra superficie. En realidad, estaba, al igual que había estado su hija un rato antes, colgada del techo. Pero no del pelo, sino de una terrible herida que tenía en el brazo y de la que no se había percatado hasta ese momento. Un gran tajo recorría su antebrazo, del que no manaba ni una sola gota de sangre. Seguro que Davina, la bruja traidora, había ayudado a la familia psicópata con un hechizo. Seguro que la estaban haciendo aguantar viva para poder hacerla sufrir todavía más. Seguro.

La rubia respiró hondo y agarró el gancho que tenía incrustado en el brazo. Con cuidado, intentó tirar de él para sacárselo del brazo antes de que los demás se enteraran de que estaba despierta y decidieran seguir torturándola. Pero no tardó mucho en desistir. Era demasiado doloroso. Y el hecho de que no saliera sangre de la escalofriante herida solo hacía todo mucho más complicado. Parecía salido de una película de terror. O de un blog en internet que hablara sobre los crímenes de un psicópata asesino en serie. Que era, con toda probabilidad, lo que eran sus secuestradores.

-¡Vaya, estás despierta!

Camille se giró hacia la puerta. La chica que había reñido a Kai por atacarla estaba apoyada en el marco de la puerta, y la miraba con calma. Bon, o Bonster, la había llamado Kai. Camille no recordaba haber escuchado su nombre completo. Pero en realidad daba igual, ¿no? La iba a matar. O al menos, eso había dicho. Lo cierto era que no le pegaba ser una asesina psicópata. A diferencia de Kai y, hasta cierto punto, de Jeremy, parecía buena persona. Parecía una persona capaz de sacrificarse por aquellos a los que amaba. Es más, Camille juraría que esa chica no estaba en su sano juicio en aquel momento.

La chica se acercó a su posición y, sin ningún cuidado, le sacó el gancho del brazo. Camille gritó de dolor, primero por la herida del brazo y después por el cabezazo que se dio contra el suelo. Bon no había tenido ningún cuidado, y tampoco parecía en absoluto preocupada por lo que le pudiera pasar en ningún momento. Tras sonreír con calma, se dirigió a un sillón junto a la ventana y se sentó, con toda tranquilidad.

-¿Se te ha olvidado hablar? Esperaba una conversación más interesante de la humana que logró interesar a Klaus Mikaelson.

-¿Qué sabes tú de mí? -preguntó Camille al final, mientras que realizaba un esfuerzo patético por levantarse del suelo.

-Sé que Klaus no te quería. Estaba enamorado de mi mejor amiga. Supongo que al buscar una substituta solo se fijó en el color de pelo.

Camille se llevó una mano a la melena rubia inconscientemente, pero la retiró al instante al verla manchada de sangre. Se había dado un golpe lo suficientemente fuerte en la cabeza como para sangrar, y por lo visto, el hechizo que le hacía no sangrar del brazo no se extendía a todo el cuerpo. Comenzó a sentirse mareada. La herida que tenía en la cabeza era grande, lo suficiente como para hacerle perder toda la sangre que, con toda seguridad, la familia psicópata quería mantener para poder torturarla durante más rato.

Así que Camille hizo lo único que se le ocurrió. Antes de perder la consciencia y darles tiempo suficiente para poder seguir hiriéndola, cogió el pie de la lámpara que tenía al lado y, con todas sus fuerzas, golpeó a la chica con la pesada lámpara. Antes de que todo se volviera negro, lo último que vio Camille fue a la chica frente a ella cayendo justo a su lado, desmayada. La rubia no pudo evitar sonreír. Si se iba, por lo menos se iría habiendo luchado.


Kai estuvo en la habitación en apenas un segundo. El golpe que había escuchado, seguido por el único gemido de dolor que reconocería en cualquier lugar, lo asustó. Había asumido (todos lo habían hecho) que Camille no era más que una humana tonta de la que Klaus se había encaprichado en su intento por reemplazar a Caroline hasta que ella misma fuera en su busca. Pero… ¿y si era más fuerte de lo que parecía?

Las dos chicas se encontraban tiradas en el suelo, Camille desmayada y Bonnie intentando levantarse. Su marido acudió junto a ella rápidamente y la ayudó a incorporarse. La cogió en brazos y la llevó hasta la cama, donde la examinó hasta asegurarse de que estaba en perfectas condiciones.

-¿Qué te ha hecho la zorra? -preguntó Kai. Estaba visiblemente mosqueado. Bonnie, en cambio, soltó una carcajada.

-Tranquilo, mi caballero de brillante armadura. Le dejé herirme. Quería hacerle pensar que tenía algún tipo de poder sobre mí -explicó la morena. Sus siguientes palabras sonaron desde un lugar a espaldas de Kai-. Es más, ni siquiera estoy verdaderamente herida.

Kai se giró y se encontró a su mujer en perfecto estado, con una amplia sonrisa adornándole el rostro. Kai rió con ella y se acercó a largas zancadas hasta rodearla con los brazos y besarla profundamente. Dios, cómo la amaba. O al menos, eso creía que sentía. Suponía que haberla matado, resucitado, convertido en su esposa y en madre de sus hijos significaba algo. O tal vez no. Tendría que seguir pensando en el tema.

-Eres diabólica, Bonster.

-Lo sé. Ahora, quiero que sigamos con la historia. Tienes que hacerle creer que me ha herido de gravedad. Y quiero que la hagas sufrir por ello. ¿De acuerdo?

-Puedes estar segura de que me esforzaré todo lo posible.

Parecían dignos actores. Cuando Camille despertó, Bonnie se encontraba tirada en la cama, con un paño en la cabeza, donde Cami la había golpeado con la lámpara. Kai se encontraba junto a ella, con una de las manos de la chica entre las suyas, aparentemente muy afligido. La rubia intentó incorporarse desde su posición en el suelo, pero rápidamente se dio cuenta de que no podía moverse. Kai la había atado de pies y manos a distintos muebles pesados de la habitación.

Kai, percatándose de que su víctima se acababa de despertar, besó delicadamente la frente de su esposa, se levantó y se acercó hacia Camille. Mirándola desde arriba con todo el desprecio que pudo encontrar en su interior, Kai le pisó el pecho, y empujó. Hicieron falta pocos segundos para que la rubia comenzara a retorcerse en su posición y para que empezara a respirar con dificultad. Cuando su piel comenzó a cambiar de tonalidad, Kai levantó el pie. No tardó mucho en seguir atacando. El siguiente objetivo fue su cuello.

En aquella ocasión, Camille tardó mucho menos en empezar a tener dificultades para respirar. Empezó a forcejear cuanto pudo, pero al ver que sus esfuerzos solamente le privaban del poco aire que llegaba a sus pulmones, desistió. Kai, al ver la rendición en los ojos de la humana, levantó el pie, solo para volver a bajarlo tan pronto como la rubia se sintió capaz de volver a respirar de nuevo. Esta vez no solo le privó de aire, sino que intentó hacerle tanto daño como pudo. A duras penas, Camille pudo escuchar lo que Kai le decía.

-Esto te pasa por herir a mi esposa. Deberías aprender a elegir mejor tus batallas, humana. Al fin y al cabo, eres demasiado débil como para enfrentarte a un brujo en pañales.

Camille quería contestar, decirle que ella no era una humana cualquiera, pero se dio cuenta que eso solo sería darle incentivos para que siguiera torturándola verbalmente. Y ya tenía suficiente con la tortura física.

Cuando finalmente Kai la soltó y se alejó, Camille tuvo cuidado de respirar con calma y disimulo. No quería que Kai pensara que estaba gozando de demasiado aire para su gusto. Sin embargo, comprobó segundos después, Kai parecía dispuesto a ignorarla completamente. Había vuelto al lado de su esposa, y le estaba dando suaves besos por toda la cara y los brazos. Por raro que fuera, Camille se sintió fuera de lugar, como si estuviera interrumpiendo un momento íntimo. Eliminó esos pensamientos de su mente al instante, sintiéndose mal consigo misma por sentir algo que no fuera odio por aquella pareja.

Bonnie despertó finalmente, y Camille no pudo evitar sentirse aliviada. No sabía lo que habría pasado si la chica hubiera muerto. La cantidad de maldades que Kai le haría como venganza. Pero… ¿Qué le harían incluso si no había hecho nada malo o, al menos, no demasiado malo?

-Vaya, vaya. No esperaba que fueras a ser capaz de herirme -comentó Bonnie cuando se sintió con fuerzas para poder volver a hablar-. Estúpida humana. Te arrepentirás de esto.

-¿Qué os he hecho yo? Yo no he hecho nada. Davina era mi amiga, y ahora…

-Ahora se ha dado cuenta de lo inútil que eres. Los humanos no valéis para nada.

-¿Y vosotros qué sois? -preguntó Camille, temerosa de cuál podría ser la respuesta.

-Nosotros somos tus pesadillas, querida -contestó Kai. Se levantó y se dirigió a la ventana. Repentinamente, se giró velozmente y dio una palmada-. ¡Bueno, hora de la muerte! ¿No te parece, Bon?

-Me parece, Kai. Pero recuerda que tengo que practicar antes. Te estás acelerando.

-Es verdad. Es que estoy cansada de la rubia. Está todo el rato inconsciente.

Bonnie asintió con la cabeza y suspiró, de acuerdo con las palabras de su marido. Con calma, se acercó a la chimenea y cogió el atizador. Se acercó a Camille, que seguía tirada en el suelo totalmente inmóvil, y le puso el atizador en el hombro, presionando solo suavemente.

-¿No te recuerda esto al mundo prisión?

-Claro que sí. Damon quiso matarme y tú no le dejaste. Claro que luego me mataste tú, pero eso es lo de menos. O no. En realidad no lo es. Me enfadaste mucho, Bon.

-Lo sé. Supongo que de ahí viene la cicatriz que tengo en el estómago.

-Supones bien. Si finalmente no me hubiera dado cuenta de que fue un acto de amor, tendrías muchas más cicatrices.

La charla de psicópatas estaba poniendo histérica a Camille, que sentía que iba a ponerse a llorar en cualquier momento. Es más, ya comenzaba a sentir las lágrimas en sus ojos pugnando por salir. La rubia hizo un serio esfuerzo por no llorar, no queriendo darles el gusto a sus dos torturadores.

Bonnie hizo presión con el atizador, que se clavó limpiamente en su hombro derecho. Mientras, estuvo murmurando unas palabras, que hicieron que ni una sola gota de sangre saliera de la herida del hombro. Así que son brujos, pensó Camille. Sé lidiar con brujos.

-¿Así está bien? -preguntó Bonnie, mientras que sacaba el atizador y lo volvía a clavar, esta vez un poco más a la derecha que la vez anterior, volviendo a provocar el mismo dolor exasperante en la humana. Kai se acercó a ambas mujeres y observó el destrozado hombro de Camille con ojo clínico-. ¿Qué te parece?

-No está mal. Pero creo que podrías haberlo hecho mejor. Y, de todas maneras, el hombro no es un lugar muy original.

-¿Y qué quieres que le haga, que la empale con el atizador?

-No niego que eso sería interesante. Pero también sería rápido. Y queremos verla sufrir, ¿no te parece?

Bonnie sonrió. Sacó el atizador, y se lo clavó en la mano. En aquella ocasión, Camille no pudo evitar gritar de dolor. Fue en aquel momento cuando su hija entró en la habitación, acompañada del hijo de los dos dementes que estaban utilizándola como monigote de entrenamiento para torturadores.

Tess miró a su madre. Camille quiso sonreír, asegurarle a su hija que todo estaba bien, a pesar de que estaba bastante claro que nada iba bien en aquel momento. Todo iba mal. Ella iba a morir, a su hija le faltaba un mechón de pelo y ambas se estaban volviendo locas. El gesto de Tess lo demostró. La niña, al ver a su madre sangrando y llorando en el suelo, lo único que hizo fue sonreír a modo de saludo antes de coger un sillón, acercarlo a donde estaba su madre y sentarse a observar lo que Bonnie y Kai harían con ella.

Aquello era peor que el dolor físico. Peor que la tortura verbal. Era peor que todo lo que hubiera tenido que ver y oír en toda su vida. Su hija, ahí sentada con toda la calma del mundo, viendo a su madre siendo torturada y, aparentemente disfrutando con ello, era lo que más la perturbaba. Tal vez fue ver aquello, la indiferencia de su hija ante el dolor de su madre, lo que hizo que Camille perdiera la esperanza. Y, con ello, la contención. Sus lágrimas comenzaron a nublarle los ojos, y comenzó a sentir un pulsante dolor de cabeza. Sabía que tenía que encontrar un modo de salir de allí. Pero también sabía que eso era imposible. Estaba atrapada. No saldría con vida de aquel apartamento.

Bonnie sacó el atizador de su mano y lo lanzó al suelo. Agarró a Camille del pelo y tiró de ella sin prestar atención a sus ataduras. El dolor de Camille se extendió a brazos y piernas. Ya no sabía qué partes del cuerpo le dolían. Solo sabía que estaba sufriendo. Y que no sabía qué hacer para sobrellevar aquel dolor.

-Bonnie, no creo que lleguemos muy lejos si tiras de ella sin soltarla antes.

-Cuélgala del techo -ordenó Bonnie sin hacer caso de las palabras de Kai.

El aludido puso los ojos en blanco, pero procedió a soltar a su víctima. La cogió en brazos, se subió a la cama y se dispuso a atarla al techo, pero se detuvo en el último momento.

-¿Qué parte del cuerpo quieres que usemos para colgarla?

-No sé. Usa tu creatividad.

-Te aseguro que esto va a ser interesante, entonces. ¿Sabes que yo era miembro del club de arte en mi escuela? Claro que mi padre nunca me dejaba asistir a las reuniones que hacían, pero yo pintaba desde casa y luego mandaba las obras de arte por "correo", léase, mi hermana los llevaba.

-Muy bien, Kai. Eres el próximo Van Gogh. Ahora cuélgala del techo. Estoy empezando a sentirme cansada.

-Yo que tú probaría a tomar un poco de alcohol. El alcohol siempre ayuda.

Bonnie hizo caso a su marido y salió de la habitación. En el salón, rebuscó en el gran armario lleno de distintos tipos de bebidas alcohólicas que tenía la familia Parker-Bennett. Estaban dándole un muy mal ejemplo a Jeremy. Y a Ty. Bonnie estaba segura de haber visto al perro husmeando por aquel armario.

Al final eligió una botella de vodka. Odiaba el vodka. Pero, ahora que estaba muerta, lo quería. Se sirvió un chupito más que generoso y se lo tomó sin pensar en lo asqueroso que sería. Fue peor de lo que imaginaba, pero volvió a servirse otro trago, y otro más, y otro más. No sintió nada. Estar muerto tenía sus ventajas, pero desde luego, también tenía sus inconvenientes.

Cuando volvió, Bonnie quiso aplaudir a su marido. Aquello era una ibra de arte. No contento con su original idea de colgar a Tess del techo del pelo, ahora había decidido colgar a Camille del cuello. Casi parecía que estaba ahorcada, excepto por el hecho de que, en vez de tener una cuerda alrededor del cuello, tenía un gancho en la nuca que, con toda seguridad, estaba matándola lentamente. La morena rió complacida.

-Es perfecto, Kai.

-Gracias. Lo tenía planeado desde que he visto a Tess colgando del techo. El otro día estuve viendo un documental sobre la Edad Media. Sabían torturar y matar entonces, Bon. Deberíamos tomar apuntes.

-Dejaremos eso para otra ocasión, Kai. Quiero matarla ya.

-Adelante, pues. Es toda tuya.

Kai se sentó junto a su hijo y la nueva amiga de este en la cama, casi directamente bajo Camille, pero dejando suficiente espacio a Bonnie para actuar como encontrara oportuno. Bonnie respiró hondo antes de girarse y coger algo que había dejado previamente en el suelo: un abrecartas. Lo había encontrado entre las cosas de Davina, que había revisado mientras esta iba en busca de Camille. Normalmente, a Bonnie los abrecartas le parecían instrumentos inútiles, pero en aquel momento, aquel sería el arma perfecta.

Se acercó a la cama, se subió a ella con cuidado de no molestar a las otras tres personas que había en ella y observó a Camille durante un buen rato, analizando la situación. Como si estuviera tomando medidas, colocó el abrecartas al lado de la figura inerte de la rubia, comparando el tamaño del objeto afilado con la cabeza y los brazos de la humana. Y, luego, se lo clavó en el ojo. Kai dejó escapar una ligera carcajada al entender lo que estaba midiendo Bonnie: la profundidad a la que podría clavar el abrecartas sin llegar al cerebro y matarla.

Sus cálculos fueron impecables. Camille empezó a gritar a causa del dolor, y en aquel momento, comenzó a sangrar terriblemente, manchando el edredón y las zapatillas de su atacante. Bonnie, molesta, abofeteó a Camille fuertemente, tanto que la rubia comenzó a sangrar también del labio ahora partido. La pobre humana ignoró su nueva herida y siguió gritando y llorando fuertemente. Era como música para los oídos de todos los presentes en aquella escena.

Cuando se cansó del espectáculo que era el abrecartas clavado directamente en el ojo de Camille, Bonnie volvió a agarrar el instrumento de metal y comenzó a hacer fuerza hacia abajo. Su objetivo era destrozar por completo a Camille. Y el progreso fue asombroso.

La cara de la humana acabó siendo no más que un amasijo de piel, carne, músculo y hueso, todo completamente desgarrado y sangriento. En aquel momento, Kai se puso de pie detrás de su mujer y, con el móvil, sacó una foto de Camille en su nuevo… estado.

-Más vale que no inspeccionen tu teléfono.

-No te preocupes. Guardo las fotos en un USB.

Bonnie rodó los ojos antes de seguir con su tarea. Todavía tenía mucho trabajo que hacer. Sacó el abrecartas de su nueva posición en la comisura de la boca de Camille y tiró con fuerza. Sin dar tiempo a todos para observar lo sucedido, lo volvió a clavar, en esa ocasión en el hombro que no había sido ya mutilado por el atizador. Volvió a comenzar el mismo proceso. Hacia abajo, a través del pecho, el estómago, hasta llegar a la cadera. Ahí, volvió a retirar el abrecartas, y lo clavó en la parte superior del muslo.

-¿No sabes que existe cierto grado de belleza en la continuidad, Bonster? -preguntó Kai desde su posición, de nuevo tras ella, esta vez grabando lo que sucedía en vídeo-. ¿Por qué has parado?

-Hay niños delante, Kai. Respeta la infancia.

-Claro, porque el asesinato y la tortura son los mejores métodos de educar a los niños.

-Cállate. Y tráeme algo para beber. Tengo sed.

Cuando alcanzó el tobillo, lo volvió a sacar, y repitió el mismo proceso en el otro lado del cuerpo. Hacía rato que Camille había muerto, pero a ninguno de los asistentes les importó. Al fin y al cabo, lo que sucediera con la víctima era lo de menos. Ellos habían ido ahí a disfrutar del espectáculo.

Bonnie se retiró finalmente, agotada. Cortar a través de un cuerpo con un abrecartas no era tan sencillo como podía parecerlo. La morena se sentó en la cama, frente a los dos niños que seguían observando el cadáver mutilado, y tendió los brazos hacia Tess.

-Ven aquí, pequeña.

La niña acudió sin dudarlo. Abrazó a Bonnie como si ella fuera su madre y no su asesina. Aquel fue su error. Era un error confiar en alguien que, además de muerta, estaba totalmente dispuesta a matar gente. Bonnie no tardó nada en partirle el cuello a la niña, a la que dejó justo bajo el cadáver de su madre, dejando que la sangre manchara su rostro y sus ropas hasta el momento inmaculados.

Bonnie se acercó a su hijo y se colocó a su derecha en la cama. Kai, que acababa de volver y había dejado una vaso de whisky en la mesilla, se sentó a su izquierda. Y así, los tres juntos, estuvieron viendo como la sangre iba abandonando el cuerpo de Camille para alcanzar el de su hija.

Así los encontró Davina un buen rato después. Y, al igual que ya le había pasado con anterioridad, volvió a desmayarse. Casi sincronizadamente, la ahora denominada por todos los que los conocían "Familia Psicópata" puso los ojos en blanco.