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MISERICORDIA
Ichizo observó al Daimyo del clan Tora levantar su espada, luz solar escarlata como sangre refulgía sobre la hoja; la puso a la altura del cuello de su oponente. El enemigo de Roan aspiró una bocanada de aire entre sus dientes apretados, su arma colgaba de su brazo como si fuera una frazada de ladrillos. Roan miró con odio al samurái que tenía frente a él; era consciente de las miradas sin vida de unos hombres huecos, sus músculos brillaban, su brazo de hierro escupía una fina columna de humo al asfixiante aire.
Entonces atacó.
Ichizo apenas podía seguir los movimientos de su primo, la prótesis de Roan era un borrón, su espada apartó de un sablazo la guardia de su enemigo. El Daimyo giró sobre sí mismo y dibujó con la katana un amplio arco que fue a caer sobre las costillas del hombre. La hoja de madera crujió contra el peto del samurái, mellando el metal. Una exhalación húmeda estalló entre los labios del hombre mientras caía sobre las rodillas, con las manos sobre el costado, la cara retorcida de dolor. Roan se situó por encima de él, con la espada levantada sobre la cabeza, preparado para asestar el supuesto golpe final.
El samurái levantó la mano como señal de rendición.
—Rindo, gran Señor —dijo con voz rasposa—. Me rindo.
Los aplausos de Ichizo se mezclaron con los de los sirvientes; los otros cuatro sparrings de Roan estaban doblados por la cintura y magullados y exhaustos por el borde del dojo de entrenamiento. El Daimyo había estado dándoles una paliza a los hombres durante la mayor parte de una hora, Ichizo esperaba afuera, escuchando los gritos agudos, los gruñidos de dolor, hasta que terminó por perder la paciencia y entró para intentar hablar con el líder de su clan. Roan ayudó a su oponente a ponerse en pie y, percatándose de la presencia de Ichizo entre su séquito, arqueó una ceja a modo de pregunta. El Daimyo estaba luchando sin armadura, todo músculo y sudor, su piel relucía a la mortecina luz del sol. Tenía el largo pelo negro recogido en una coleta, una cascada empapada que le caía hasta el pecho y se pegaba a su piel. Una pequeña cicatriz, como un pinchazo, ajaba el firme músculo pectoral por encima de su corazón, a solo unos pocos centímetros de haber sido un golpe mortal. En la piel del hombro derecho llevaba el estropeado tatuaje de un tigre, una abrazadera de hierro ajustada alrededor del bíceps ocultaba la unión entre su carne y la prótesis que le había regalado el Gremio. Ichizo se quedó desconcertado al verlo: la unión de metal y carne era demasiado parecida a la de un Hombre del Loto para su gusto. El Shōgun Wells siempre había mantenido las distancias con los señores del chi, siempre había dejado clara la línea divisoria entre trono y Gremio. Pero daba la impresión de que Roan se había aliado con ellos sin dudarlo ni un instante. Ichizo sabía el poder que los Hombres del Loto ofrecían a su primo, sabía lo mucho que había en juego en esta unión entre Roan y la Señora Gaia, en lo que se convertiría la nación si los clanes se enzarzaban en una guerra civil. Y aun así, la inquietud por su abierta alianza con el Gremio crecía en él a diario; un problema mayor que la amenaza de los insurgentes Kagés escondidos entre las sombras, mayor que la Señora de las Tormentas fermentando el descontento en el norte. Y se preguntó qué precio pagaría al final el Daimyo por su trono. Sin embargo, Roan era su primo. Su sangre. Su Señor. Pensar cosas así…
—¿Querías hablar conmigo, Ichizosan?
Roan dejó caer al suelo su bokken, la espada de madera golpeó los tablones del suelo con un agudo repiqueteo. Un criado acudió a toda prisa desde la periferia con una copa de agua casi clara, se quedó esperando al lado de su Señor.
—No importa, gran Señor. —Ichizo hizo una reverencia—. No debí interrumpir tu entrenamiento. Puedo esperar.
—Bueno, pues ya me has interrumpido. Más nos vale matar dos pájaros de un tiro.
El Daimyo hizo un gesto hacia la fila de katanas de madera, los maniquíes de entrenamiento vestidos con armaduras de prácticas.
Una pequeña sonrisa curvaba sus labios.
—Me temo que seré poco rival para ti, gran Señor —dijo Ichizo.
Roan sonrió de oreja a oreja.
—¿Cuándo fue eso un impedimento en el pasado?
—Oh ho —Ichizo le devolvió la sonrisa—. Recuerdo haberte vencido una o dos veces, al menos.
—Conviértelas en tres veces, entonces. ¿O es que esas vestiduras de magistrado en las que te he metido te están volviendo blando?
Ichizo hizo una reverencia con una sonrisa irónica, se dirigió a una de las figuras de madera y se embutió la armadura de entrenamiento; un sirviente le ayudó a colocarla y abrocharla. Roan se bebió el agua mientras Ichizo se preparaba (gruesos guanteletes, peto, un casco con capucha), observó a su primo probar media docena de espadas de prácticas antes de encontrar una cuyo peso le agradara. Al final, el Señor Magistrado se metió en el círculo de entrenamiento, levantó la espada en saludo. El Daimyo le lanzó la copa a otro sirviente, se echó la coleta hacia atrás por encima del hombro y blandió un nuevo bokken con su brazo de hierro.
—Defiéndete —dijo Roan entre dientes.
El Daimyo cargó a través de la habitación, el eco de sus pisadas resonó desde el suelo hasta los altos techos, golpeó con la espada hacia la cabeza del Señor Magistrado. Ichizo desvió el golpe, el impacto sacudió sus muñecas, le desequilibró hacia un lado entre el silbido y zumbido de la prótesis de Roan. Un pie en el pecho le hizo tambalearse hacia atrás, siseando y tosiendo. Abrió los ojos justo a tiempo de repeler otra lluvia de golpes de la espada de Roan: cara, pecho, estómago. Dio unos pasos atrás, asombrado por la ferocidad del ataque. Roan sonrió, le miró por encima del filo de su espada, esperando a su rival.
—Vamos —dijo—. Habla.
Ichizo se lanzó al ataque, una vez, dos. Roan repelió ambos golpes con entrenada facilidad, las agudas notas de madera crujiendo contra madera resonaron en sus oídos.
—No tiene mucha importancia, gran Señor.
Golpe. Desvío. Ataque.
—Vamos —dijo Roan, danzando para apartarse—. Me da la impresión de que estos días no hablo más que de planes de boda. —Golpe—. De ministros que no pueden sentarse con magistrados en la recepción por desaires de hace tres décadas. —Finta—. De si insultar a los Hombres del Gremio invitados sirviendo comida y bebida que consideran impura, o insultarlos no sirviendo nada en absoluto.
—Te compadezco, primo. —Ichizo se agachó para esquivar un golpe de guadaña dirigido a su cabeza, dio unos pasos atrás para recuperar la respiración—. Supongo que conseguir dominar una nación entera tiene sus inconvenientes. Pero al menos la boda habrá acabado pronto.
Fintar. Esquivar. Atacar.
—Hai —asintió Roan—. Todos los onis de los infiernos no podrían detenerla ya.
—… ¿Desearías que lo hicieran?
Roan atacó, alcanzó a Ichizo en el hombro, le dio otra patada en el pecho. El Señor Magistrado se alejó tambaleándose, con la espada a media guardia, pero el Daimyo no le presionó.
—Vamos —dijo Roan, respirando con facilidad, flexionando su brazo de hierro—. Suéltalo ya. Tus intrigas al menos son una diversión bienvenida, aunque no valgan para nada más.
Ichizo rechazó la oferta con un gesto de la mano; el sudor le quemaba los ojos.
—Me temo que es algo frívolo, sin importancia, gran Señor.
—Frívolo. Esto debe tener algo que ver con tu prisionera, entonces…
Ichizo sintió que se le volteaba el estómago. Se arriesgó a echar un vistazo a los criados. A los otros samuráis. Una arisca sonrisa curvó los labios de Roan, que le dio a su séquito permiso para retirarse con una floritura de la espada. El grupo salió de la habitación arrastrando los pies y haciendo profundas reverencias; los sparrings tenían aspecto de estar especialmente agradecidos. Se hizo el silencio en el dojo, roto solo por los gorriones que se asfixiaban afuera en los jardines, el crujido de las maderas del suelo bajo sus pies, los húmedos jadeos de Ichizo intentando arrastrar aire a sus ardientes pulmones.
El Señor Magistrado se aclaró la garganta. Tragó con esfuerzo.
—Ya lo sabes.
—Te sorprendería todo lo que el Gremio sabe sobre lo que pasa en este palacio.
Ichizo miró de reojo al dron araña encaramado en la barandilla del entresuelo sobre sus cabezas. Ese maldito ojo rojo sangre, que todo lo veía y lo contaba.
—¿Te desagrada?
Los ojos de Roan eran tan duros como la prótesis que colgaba a su lado. Igual de fríos. Igual de inertes. Ichizo buscó en la cara de su primo algún rescoldo del chico con el que había jugado a los soldados en las fincas de su padre; con bokkens de juguete entre las manos, atacando con las espadas de madera a las imaginarias legiones de los enemigos de Shima. Siempre sonriendo, siempre riéndose.
Hace siglos.
—Me desagrada —dijo Roan.
—Es preciosa, primo. Como la primera flor después del final del invierno.
—Es peligrosa. Te pedí que interrogaras a esas chicas, Ichizo, no que te acostaras con ellas. Has perdido la claridad de miras. Su señora es el más puro veneno. ¿Quién puede saber hasta dónde se extendió su maldad?
—La asesina de Wells intentó matar a esta chica. La cortó en pedazos y casi le hunde el cráneo. No creo que eso cuadre con que fueran aliadas. No soy tonto, Roan.
—¿No? ¿Y qué te dice tu belleza cuando yace entre tus brazos por la noche? ¿Que te quiere? —Roan blandía la espada en su mano de hierro, tamborileaba con los siseantes dedos sobre la empuñadura—. La traición de una mujer te llega hasta la médula, primo.
—No todas son unas mentirosas, Roan. No todas son falsas.
—¿Qué quieres que haga por ti?
—Que dejes libre a Ravenchan. Bajo mi responsabilidad. Desea ver a su señ…
—Ya hemos hablado de esto antes.
Recuperó la respiración, Ichizo atacó sin avisar, el golpe no le dio en la cara a Roan por poco. El Daimyo contraatacó, feroz, sin sonrisa alguna en los labios, presionando insistentemente golpe tras golpe hasta que Ichizo volvió a retroceder.
—La tenacidad es uno de mis fuertes, gran Señor —sonrió Ichizo, jadeando.
—Pides lo imposible, Señor Magistrado.
—Lo consideraría un favor personal, Daimyo. —Ichizo miró a su primo con ojos implorantes—. A un pariente que corría por ahí contigo cuando las tierras baldías de la provincia de Blackstone todavía eran campos de loto, y que siempre te dejó vencerle con el bokken.
—¿Que me dejabas vencerte?
Roan no pudo evitar reírse, con una sonrisa radiante. Por un breve instante, la máscara del Daimyo, del Samurái de Hierro, desapareció, y todo lo que quedó era el niño al que Ichizo siempre había conocido. El niño con el que había crecido. El chico en el que confiaba.
—Que Dios Izanagi acabe contigo por bastardo y mentiroso, primo —dijo Roan sonriendo de oreja a oreja.
—Por favor, primo. —Ichizo se acercó a él. La sonrisa se le iba borrando de la cara poco a poco—. Se hablará mucho de un gobernante misericordioso.
Roan se acarició la perilla, respiró hondo. Se quedó parado durante un silencioso minuto, inmóvil como los maniquíes de entrenamiento que los rodeaban. Humo negro azulado flotaba alrededor de su frente, haciendo que el verde de sus ojos pareciera tan oscuro como las hojas de loto. Cuando al final habló, su voz resonó por todo el dojo, fría y dura como un cuchillo hundiéndose en la espalda de Ichizo.
—Esos niños de los que hablabas son hombres ahora, Ichizosan. Aquellos días de los que hablabas ya han pasado. Lo mejor es olvidar que una vez existieron, y recordar lo que eres.
—Soy un hombre enamorado, primo. —Ichizo miró a Roan con ojos implorantes—. Seguro que recuerdas lo que se siente.
Sin hacer ni un ruido, Roan alzó la espada y golpeó, más deprisa de lo que Ichizo hubiera creído posible. La hoja aterrizó contra su hombro, otro golpe le arrancó la espada de los dedos insensibles. Roan se puso detrás de él, le golpeó tan fuerte en la espalda que su bokken simplemente se desintegró, una lluvia de astillas llenó el aire junto con un húmedo chorro de saliva. Se oyó un grito estrangulado mientras Ichizo se tambaleaba hacia delante y caía de rodillas. El Señor Magistrado rodó hasta quedar tumbado boca arriba; hacía muecas de dolor y respiraba con dificultad, tenía la palma de la mano vacía vuelta hacia arriba en señal de rendición. Su Daimyo estaba de pie, le miraba desde lo alto, con la destrozada espada en su mano de hierro. Su voz sonó fría como una tumba.
—Recuerdo lo que era ser un hombre enamorado, primo.
Roan lanzó la espada rota al suelo, cayó con estrépito. Alzó sus dedos de hierro, los cerró en un puño sólido y siseante.
—Todas y cada una de las noches.
—Me pregunto qué dirías, si te pidiera que te casaras conmigo.
Yacían entrelazados entre las ruinas de la cama, con el sudor secándose sobre su piel. Raven tenía el pelo desparramado por la cara, la cabeza sobre el pecho de Ichizo, arrullada casi hasta dormirse por la canción de su corazón. Pero sus palabras la arrastraron de vuelta a la vigilia completa. La incredulidad se apoderó de su voz mientras se erguía sobre un codo y miraba a la víbora que la abrazaba.
…¿Qué?
Ichizo observaba el techo, con un brazo detrás de la cabeza, el otro alrededor de los hombros de Raven. Ella tenía el cuerpo fuertemente apretado contra el de Ichizo, las curvas de sus caderas y sus pechos, la pierna cruzada sobre su muslo, como piezas de puzle diseñadas para encajar a la perfección con las de él.
Como encajan todos los hombres y mujeres, tonta…
—He dicho que me pregunto qué dirías, si te pidiera que te casaras conmigo.
Un parpadeo lento.
—¿Me estás pidiendo que me case contigo?
—No —sonrió—, simplemente me preguntaba qué dirías.
—Diría que habías perdido la cabeza, mi Señor —se burló Raven, apoyando la cabeza en su pecho otra vez—. Diría que me conoces solo desde hace un ratito. Diría que el loto que has estado fumando desde luego debía de ser de una especie rara, y me preguntaría si me podrías prestar la pipa una vez que hubieras terminado con ella.
Una risita suave.
—Eso es lo que me imaginaba que dirías.
—Qué suerte, entonces, que no me lo pediste.
Ichizo se quedó callado por un momento, una sombra se apoderó poco a poco de su voz.
—¿Qué quieres decir con que no te conozco? Te conozco desde el pasado festival de primavera.
—¿Me conoces después de verme al otro lado de una habitación atestada de gente y una conversación de tres minutos sobre poesía?
—Te conocí y supe que eras preciosa. Inteligente. La propietaria de un vivo ingenio y un alma romántica.
—¿Oh, de verdad? Una romántica, ¿no es así?
—La poesía no atrae a los corazones de piedra, Ravenchan.
Ella se quedó callada, con un dedo trazaba las líneas de músculo que recorrían el estómago de Ichizo, un paisaje de duras colinas y profundos valles, atravesado por un millar de bultitos de carne de gallina.
—Y, ¿por qué no deberíamos casarnos? —Ahora Ichizo fruncía el ceño de verdad, la hizo rodar para apartarla de su pecho, se irguió para mirarla a los ojos—. Te conozco mejor de lo que Roan conoce a la Señora Gaia, y ellos sí que se van a casar.
—Para evitar que toda la nación caiga en el caos —contestó Raven—. Para volver a forjar una dinastía con dos siglos de antigüedad. No creo que el Imperio se rompa en mil pedazos o vuelva milagrosamente a la vida si hacemos oficial nuestra pequeña aventura amorosa, mi Señor. Sin mencionar las dificultades que encontraríamos para apretujar a nuestros invitados en esta agradable celdita carcelaria mía.
—¿Una aventura amorosa? —pestañeó—. ¿Eso es lo que me consideras?
—Mejor que la alternativa.
—¿Qué? ¿Que te quiero de verdad?
Raven le miró directamente a los ojos, observó sus pupilas para ver si detectaba alguna respuesta de lucha o huida.
—Que aún crees que soy parte de la rebelión Kagé —dijo ella—. Que todo esto no es más que un magistrado interrogando a una sospechosa. —Una pequeña sonrisa, justo la mezcla correcta de esperanza y miedo—. Que cuando todo esto acabe, me romperás el corazón.
Recelo en los ojos de Ichizo. Sus pupilas se dilataron. ¿Miedo? ¿Sospecha? Había dado en el blanco, seguramente…
—Yo podría decir lo mismo de ti.
Te has pasado, boba. Has ido demasiado lejos. Echa marcha atrás. Deprisa.
Empujó a Ichizo hacia atrás con un largo beso, se sentó a horcajadas sobre él, le sujetó las muñecas por encima de la cabeza, con el largo pelo negro cayéndole por la cara. Se inclinó sobre él, muy cerca, envuelta en perfume y sudor fresco, sintió cómo se excitaba mientras le susurraba las palabras, sus labios rozaron los suyos como si fueran plumas.
—Dilo entonces, mi Señor. Di que no confías en mí. Di que todo esto es una mentira.
—Pero eso sería la mentira más grande de todas —susurró él, inclinándose hacia ella para recibir un beso que se le negó cuando ella se echó hacia atrás, fuera de su alcance—. Soy tuyo, mi Señora. Estoy a tu merced. Pídeme cualquier cosa. Hazme cualquier pregunta y yo la contestaré.
La sonrisa de Ichizo parecía sincera. Sin intenciones veladas tras los ojos. Esto se le daba tan bien.
Tan bien que te da miedo.
—Entonces, ¿me quieres? —Raven movió las caderas, un gesto simple que sacudió el mundo entero. Suspiraron al unísono. Ichizo mantuvo los músculos flexionados mientras ella le apretaba las muñecas. Se volvió a acercar a él, musitándole al oído—. ¿Me quieres de verdad?
Buscó con su boca la de Ichizo, le regaló el beso que quería antes y él se estremeció bajo ella.
—Te quiero —murmuró Ichizo—. Que los dioses me ayuden, te quiero.
Esto no es real.
Una voz en su cabeza. La voz de una niña que vio cómo masacraban a su familia en la plaza de Daiyakawa. Que había crecido dura y fría y fiera en las sombras de las Iishi. Que vivía solo para ver a Gaia libre, la boda interrumpida, los planes del Gremio convertidos en ceniza y ruinas. Que odiaba a este hombre, a sus amos, al Imperio entero con todo lo que tenía dentro de su ser.
Esto no es real.
Pero, mientras se revolcaban entre la seda, las manos de Ichizo sobre su piel y su aliento en sus pulmones, Raven casi olvidó quién era, de dónde era, por qué estaba allí. La niña de Daiyakawa se evaporó, chamuscada bajo el fuego de su tacto, el calor de su piel, la llama de su lengua, dejándola solo a ella: una mujer, querida y amada, pura y sin cicatrices y sin miedo alguno bajo el asfixiante cielo.
Esto no es real.
Casi lo olvida.
Esto no es…
Casi.
Esto no…
es
…
