25

ÍMPETU

Sangre.

En sus garras. En su lengua.

Buruu se despertó sobre cristal negro, el aullante viento rociaba agua de mar a sus ojos, a sus heridas, produciéndole un amargo escozor antiséptico. Le dolía el corte de la tripa, así que se lamió el apelmazado pelo ensangrentado, agradecido porque el corte no le llegaba hasta las entrañas. Sus alas de metal se habían llevado la peor parte.

La peor, de lejos.

Un peso muerto sobre los hombros, pivotes reventados y lona desgarrada; gemía y chirriaba cuando se movía. El arnés y el marco le habían protegido el lado ciego, al menos. Si hubiera sido simplemente de carne y hueso, nunca habría tenido la oportunidad de defenderse, de dar con la misma fuerza que recibió, de rajar y desgarrar, de hundir las garras hasta los nudillos, de enzarzarse con su enemigo y caer juntos en picado desde el cielo. Pero ahora, las ruinas de sus alas falsas eran un problema, una maraña retorcida que entorpecía sus movimientos y a la que ya no le quedaba ni un ápice de su anterior gracia sintética.

Estaba débil. Hambriento. La isla que lo rodeaba era de árida piedra, cruel y negra como el azabache, como si Susanoō hubiese cogido un puñado de obsidiana y lo hubiese exprimido. Una extraña pica de metal en espiral se alzaba en el promontorio. Medía algo más de de tres metros. Dos tramos de grueso cable de hierro estaban conectados a su cuerpo central y se dirigían hacia la nada por encima de las agitadas aguas del mar. Y en la lejanía, Buruu pudo olerlo: al otro macho, estrellado sobre el mismo islote que él, desgarrado desde la caja torácica hasta la cadera por las garras de sus patas traseras. ¿Muriéndose? ¿Deseando vengarse? ¿O aún dominado por la lujuria del premio?

El olor de la hembra todavía nublaba los sentidos de Buruu, ahora atenuados por el dolor y el hedor de su propia sangre. Y entre la turbulenta oscuridad y el aullante viento y el regusto a cobre en su boca, un pensamiento nadó por encima del barro de feromonas y endorfinas. Una idea que hizo que le doliera el pecho más que cualquier herida hecha con pico o garra.

La idea de que había vuelto a perder los papeles.

La idea de haberla fallado.

Igual que les había fallado a ellos.

¿LEXA?

¡Buruu!

Lexa gritó su nombre, sentándose de un salto en la cama, retenida a medio camino por las ataduras de cuero de las muñecas. Por un instante creyó que estaba de vuelta en las Iishi; le extrañó la sal en el aire, la ausencia de glicinias y de viento de montaña. Y entonces recordó dónde estaba, la forma de su amigo en sus sueños, y sintió una oleada de alivio tan profunda que casi estalla en lágrimas.

Aún está vivo.

Se estiró en el Kenning, forzó el cuerpo hasta el límite, haciendo caso omiso del dolor y las crecientes náuseas en su estómago. Sintió el pequeño resplandor cálido de Rojo, amortiguado hasta casi la nada en su sopor. Los gaijins a su alrededor, como una tormenta de luciérnagas. Mucho más lejos, sintió el calor y la forma de la tigresa del trueno volando entre los truenos y los relámpagos; relucía en su mente como unos fuegos artificiales. Podía sentir algo frío titilando bajo ella, el lustre de unas escamas bajo el agua, en lo más profundo del océano. Pero en la periferia, encontró un recién despertado calor, tan lejano que no era más que un borrón, casi demasiado suave para verlo. Y sin embargo lo conocía. Lexa empujó su voz afuera, a la oscuridad, gritó tan alto como pudo.

¡Buruu!

No hubo respuesta. Ni un atisbo de reconocimiento. Murmuró una oración a Kitsune, rogó por ser bendecida con la suerte del Zorro de Nueve Colas. Apretó fuerte los ojos, hurgó en lo más profundo de su ser, su corazón latía a mil por hora, y demolió su muro para exponerse por completo. El dolor le recorrió la base del cráneo y crepitó hacia sus sienes. Algo caliente y pegajoso salió por su nariz, pintando sus labios de sal.

¿Hola?

Nada excepto la tumultuosa oscuridad, el vacío y aullante viento.

¿Hola?

MEDIO YŌKAI. TÚ AÚN VIVA…

La voz de la hembra sonaba pequeña, fragmentada, como si estuviera chillando desde muy muy, lejos a través de un viento que ladraba y bufaba. Lexa suspiró, sintió que el alivio amenazaba otra vez con desbordarse en lágrimas de agradecimiento.

Estoy viva, sí.

BUENA NADADORA…

Necesito tu ayuda.

¿CON?…

Mi amigo. El arashitora con el que vine aquí. Está herido.

¿Puedes ayudarle?

¿LE AYUDARÍA POR QUÉ?…

Es un arashitora como tú. Uno de los últimos que quedan. ¡No puedes simplemente dejarle morir!

EQUIVOCADA…

¡Por favor!

VINE AQUÍ PARA EVITAR MATERNIDAD. NO A MIMAR ADULTO COMO CACHORRO RECIÉN NACIDO…

¿Viniste aquí para que nadie pudiera aparearse contigo?

NUNCA MÁS, NIÑAMONO…

La mente de la hembra ardía con un calor imposible.

NUNCA MÁS…

Bueno, pues no viniste lo bastante lejos. Buruu podía olerte a días de distancia.

VIENTO SOPLA HACIA EL SUR AQUÍ. VERDADEROS ARASHITORAS NO VUELAN HACIA EL SUR…

¿Y el otro macho? Él debe haberte olido también.

¿Y?…

Y, entonces, ¿por qué nos atacó?

Risas en su mente.

ÉL ES MACHO, NIÑAMONO…

Bueno, ahora mi amigo está herido. No puede volar y no puede cazar.

¿Y?…

Y te estoy pidiendo que lo ayudes. Por favor.

NO…

¿Por qué no?

NO AYUDARÉ AL TRAIDOR…

Su nombre es Buruu.

HA PERDIDO TODO DERECHO A RECIBIR UN NOMBRE, MEDIO YŌKAI…

¿Lo conoces?

MEJOR QUE TÚ…

El contacto se interrumpió, con un latigazo que le dejó a Lexa un agudo rastro de dolor en la frente. Hizo una mueca, se limpió la nariz en el hombro, restregándose la sangre por los labios y la barbilla. Le dolía el cráneo como si lo hubiesen molido a pisotones, le pitaban los oídos con una tonadilla acerada. Se encontraba fatal, «como si un oni se hubiese cagado en su cabeza», habría dicho su padre. Y su recuerdo la inundó en medio de la oscuridad, la fatiga de los últimos cinco días cayó de golpe sobre ella con el peso de un yunque, amenazando con empujarla por encima del precipicio.

Ni se te ocurra echarte a llorar.

Pensó en él sobre su losa. Con la cara hinchada enterrada bajo una costra de cenizas. Pensó en sus últimas palabras, mientras se desangraba entre sus brazos en los cielos por encima de Kigen. Buscó la ira pero no encontró ninguna. En vez de eso, las lágrimas la anegaron, se acumularon sobre sus pestañas, y apretó fuerte los ojos como si así pudiera impedir que brotaran. Por instinto, estiró la mente hacia Buruu, una acción refleja, igual que buscaría dónde agarrarse si se estuviera cayendo. Pero ahí afuera no había casi nada esperándola, solo un diminuto pegote de calor embarrado en la fría e inmensa oscuridad donde él solía estar, entrelazado con el hambre de los reptiles. Y ese fue el último empujoncito que la envió por encima del precipicio. Se acurrucó en la oscuridad, como un bebé en la negrura del vientre materno.

Y lloró.

El olor a gachas tibias y té caliente la sacó de sus sueños de vientos aullantes, y se despertó para encontrarse con que el ruido era el hambre de su propia barriga. Podía ver la tenue luz del día a través de la minúscula ventana, teñida de gris tormenta. Piotr estaba sentado al lado de la cama, con una bandeja de metal en el regazo, observándola con atención con su único ojo bueno. Mientras Lexa parpadeaba para quitarse las legañas y la arenilla de las pestañas, él dijo algo en su tosca lengua gutural y estiró el brazo, le recolocó el uwagi alrededor de los hombros, cubriendo su pecho desnudo. Ella dio un respingo y se alejó cuanto pudo, con las mejillas ardiendo. Recordó la cegadora indignación que había sentido cuando él le abrió la túnica, dejando al descubierto su tatuaje y todo lo demás también.

¿Qué demonios era tan importante sobre la tinta que llevo en la piel?

Piotr le retiró el pelo enmarañado de la cara, le ofreció una cucharada colmada de gachas. Aunque la forma en que la miraba era inquietante y el recuerdo de sus humillaciones aún ardía en su mente, la comida olía deliciosamente. Su estómago vacío murmuró, así que se tragó su orgullo junto con la primera cucharada, engullendo acto seguido todo lo que él le dio. Cuando hubo terminado, tironeó de las ataduras de sus muñecas y sus tobillos, y posó en ellas una mirada cargada de significado.

—¿Puedes desatarme?

—No puede. —Piotr frunció el ceño y sacudió la cabeza—. Chica guapa.

—¿Dónde voy a irme?

Piotr le tocó la mejilla, remetió unos mechones sueltos detrás de sus orejas. Recogió los utensilios y boles, los puso a un lado, se acomodó en la silla. Metió la mano en su abrigo blanco, sacó su pipa con forma de pez, la rellenó con aquella misma hierba seca y marrón.

—Mejor ella no aquí. —Negó con la cabeza—. Mejor todos.

—¿Podrías dejarme ir? —Lexa volvió a tirar de las ataduras.

—Demasiado tarde. —Encendió la pipa con su caja de llamas, exhaló una nube de humo al aire—. Es ahora viniendo ella, ellos.

—¿Qué?

—Zryachniye —suspiró—. Zryachniye.

—¿Cómo es que hablas Shimano? —Lexa ladeó la cabeza—. ¿Eras comerciante?

Tristeza e ira engrosaron su voz.

—Prisionero.

La cruda realidad la abofeteó produciéndole una oleada de náuseas, y por fin entendió la animosidad del hombre. La bofetada que le había dado. La cara llena de cicatrices, el ojo cegado, la pierna mutilada. Los samuráis creían que era mejor hacerse el seppuku que caer en manos enemigas. Un soldado gaijin que se dejaba capturar se habría considerado algo más que despreciable, un desgraciado sin honor ni valía. Si Piotr había sido un soldado capturado por las tropas del Shōgunato durante la invasión, Lexa solo era capaz de imaginar por todo lo que habría tenido que pasar a manos de sus compatriotas.

El hombre parecía un completo bastardo. Pero nadie merecía ser torturado.

—Lo siento —murmuró.

—¿Siento? —El gaijin chupó de su pipa, respiró un humo gris pálido—. Guarda siento para ella misma.

Se puso en pie, cojeó hasta la puerta y la cerró tras él. El viento aullaba como un perro solitario, una voz aislada en la oscuridad de la naturaleza salvaje, el amanecer a años luz de distancia. Cuando se cerró la puerta, se dio cuenta por fin de que estaba completamente sola en aquel lugar. Sobre una imposible isla de metal en medio de inabarcables océanos, rodeada de personas que la consideraban una espía, una invasora, una enemiga. No tenía ni idea de hacia dónde quedaba tierra firme. Nadie sabía que tenía problemas e incluso si lo supieran, nadie sabría dónde encontrarla. Nadie podía ayudarla. No había un Buruu para llevarla volando a un lugar seguro. No había un Clarke para construir alas mecánicas para ayudarlos a escapar. No había Kagés, ni padre, ni amigos. Se dio cuenta de que si alguien la iba a sacar de ese apuro, iba a ser ella misma. Pero si no lo hacía pronto, Buruu iba a morir de inanición allá afuera en medio de la tormenta. La boda de Roan seguiría adelante sin oposición. Gaia sería esclavizada para legitimar su acceso al trono, y la nación simplemente habría cambiado un Shōgun por otro. Todo aquello por lo que habían trabajado, por lo que había muerto su padre, todo habría sido para nada. Así que ya bastaba de quedarse ahí sentada en la oscuridad y de llorar hasta quedarse dormida. Ya bastaba de esperar a que cayera un relámpago. Había llegado el momento de ponerse de pie y dejar de gatear. El momento de empezar a excavar el túnel que la sacaría de ese agujero con cualesquiera herramientas de las que pudiera echar mano.

Y si no encontraba ninguna, siempre tenía las uñas.

El calor de Buruu emanaba de algún lugar al norte, amortiguado por la distancia que los separaba. Lexa tenía que llegar de alguna manera a esas islas y arreglar sus alas. Pensó en la máquina voladora que descansaba sobre el tejado del complejo, pero se dio cuenta de que no tenía ni la más remota idea de cómo manejarla. La hembra de arashitora no iba a ser de ninguna ayuda en absoluto, eso estaba claro. En cuanto a los gaijins, Danyk y Katya claramente la veían como a una enemiga, y el recuerdo de Piotr abofeteándola, haciendo caso omiso de su humillación cuando le arrancó el uwagi, aún la llenaba de una amarga e impotente indignación. Pero necesitaba a alguien. Por sí sola, no tenía ninguna oportunidad de salir de aquella habitación, no digamos ya de rescatar a Buruu. Ilyitch era su mejor apuesta. Era joven, no se llevaba bien con Danyk ni con Piotr, parecía ser un subordinado al que se respetaba poco. Y además, la había rescatado del océano, había arriesgado su vida por ella. Eso seguro que era el reflejo de un gran corazón, ¿no? Un alma amable. Le invadió una oleada de culpabilidad ante la idea de lo que podría ocurrirle si sus colegas le pillaran ayudándola, pero la ahogó rápidamente bajo el peso de todo lo que estaba en juego: no solo su vida. La de Buruu. La de Gaia también. Todo Shima.

Tenía que volver. Todavía había esperanza. Si partían pronto, puede que aún llegara a Kigen a tiempo de detener la boda de Roan. Y además, si no podía confiar en el chico que se había zambullido en un océano gélido lleno de dragones marinos para salvarle la vida, ¿en quién demonios podía confiar?

Pero él no habla Shimano. ¿Cómo puedo siquiera hablar con él?

Suspiró, cerró los ojos. Abrió el Kenning otra vez, solo una rendija, palpó por él con tanta suavidad como era capaz desde detrás de su muro. Una vez más, podía sentir a los gaijins a su alrededor, embarrados y borrosos. El dolor de cabeza se irguió como una serpiente detrás de sus ojos; Lexa gimoteó de dolor. Recordó cómo había tocado la mente de Wells en las Piedras Ardientes, convirtiéndola en pulpa con sus pensamientos. Su padre había estado con ella aquel día para ayudarla, aumentó su fuerza con la fuerza de su propio don. Pero sea lo que sea lo que le estaba pasando al Kenning en su interior, se había vuelto tan potente que estaba segura de que ahora sería capaz de hacerle daño a alguien ella sola. Quizás no matarle del todo. Pero desde luego hacerle sangrar.

Pero ¿podía hablar con ellos?

No hacerles daño, ¿solo hacer algo tan simple como hablar?

Ni siquiera sabría por dónde empezar. El Kenning había estado con ella desde que tenía seis años. De niña le parecía totalmente natural. Era capaz de utilizarlo porque nadie le había dicho nunca que no podía. Y había crecido dando el don por sentado, un acto reflejo como caminar o respirar. Pero esto era algo nuevo. Algo completamente sin experimentar, más como hacer el pino puente que simplemente poner un pie delante del otro. ¿Le haría daño? ¿Le mataría? Si ponía palabras en la cabeza del chico, ¿creería simplemente que se había vuelto loco?

Solo había una forma de averiguarlo.

Se estiró con el Kenning, buscó la mente del chico entre la turbulenta y furiosa tormenta de gaijins en torno a ella. Pero casi inmediatamente, se dio cuenta de que no tenía forma de distinguir una maraña cegadora de otra. No era como si pudiera leerles el pensamiento para diferenciarlos; las reflexiones mentales de cada ojo redondo parecían prácticamente idénticas a las de los demás. E incluso si pudiera distinguirlos, no estaba segura de poder proyectarse en sus mentes sin tenerlos a la vista.

Tenerlos a la vista…

Rojo.

El perro levantó la cabeza, con una tira de cuero crudo en la boca, hecho un ovillo sobre su manta en el cuarto de Su Chico.

Empezó a menear la cola.

¡chica!

Rojo, ¿harías algo por mí?

¡intentaré soy perrobueno!

Encuentra a tu Chico.

¿comida?

Te conseguiré algo de comida, sí.

Rojo se levantó de la manta de un salto, mientras Lexa se deslizaba al espacio suave como el cristal que había detrás de sus ojos. Era como estar en el bosque de bambú de su infancia otra vez; ella y su hermano Aden inmersos en la cabeza de su viejo perro, el Buruu original que murió defendiéndolos de un lobo hambriento. Lexa sintió la leve desconexión entre el movimiento del perro y su propio cuerpo estacionario, el flujo de olores, la claridad del sonido. El runrún de las máquinas resonaba en las entrañas del edificio, la tormenta ululaba con la suficiente furia como para sacudir sus cimientos. El mar implacable aporreaba los soportes de hierro como si quisiera borrar el edificio de su superficie, que no quedara nada salvo el metal oxidado y unos limpios huesos blancos como la nieve, hundidos tan profundo que los rayos del sol no volverían a alcanzarlos jamás. Rojo iba corriendo por los pasillos, pasó por delante de una habitación grande con mesas y docenas de sillas y olor a comida flotando en el aire. Cruzó al trote lo que a Lexa le parecieron barracones: literas y un fuerte olor a cerrado que era claramente masculino. Intentó subir hasta el tejado, pero la puerta estaba cerrada y no tenía gatera por la que colarse. Rojo dio media vuelta y volvió a bajar silenciosamente tres pisos, entró en un ancho pasillo y, finalmente, se detuvo ante un par de pesadas puertas ligeramente entreabiertas. El perro gimió y caminó adelante y atrás, con las orejas pegadas a la cabeza.

¿Qué pasa?

no dejan entrar…

¿Por qué?

¡sitio ruidoso sitio malo!

¿Está tu Chico ahí adentro?

Rojo olisqueó el aire, el suelo de hormigón.

sí…

Vamos, echemos un vistazo. Eres demasiado listo para dejar que te pillen.

Indeciso pero encantado por sus halagos, el perro se abrió paso con la nariz hasta lo que parecía una enorme sala de calderas. Docenas de hombres embutidos en sucios monos rojos trabajaban sobre un gran sistema de cables y válvulas encastrados en hierro grasiento. Enormes y relucientes espirales de cristal descendían desde unas aberturas de metal en el techo hasta una serie de extrañas máquinas torcidas cuajadas de incomprensibles mandos, prietos fardos de cobre enrollado y cilindros de cristal rellenos de una espesa solución color orina. Un trueno sacudió las paredes de la sala e hizo temblar los aparatos en sus soportes. Mientras Lexa estudiaba el entorno, el techo palpitó con el impacto de un relámpago y las espirales de cristal se llenaron de una iluminación blanco azulada que danzó por las lentes de espejo de los anteojos de los gaijins. Cada bombilla en cada toma de corriente se volvió momentáneamente más brillante y Lexa sintió cómo se erizaban los pelos de Rojo en el aire crepitante.

Un siseo hueco, como de ventosa, llenó la habitación, y Rojo se encogió cuando la corriente cruda bajó en zigzag y girando por las espirales de cobre hasta los cilindros de líquido amarillo. Lexa estaba avergonzada por haber engañado al perro para que se metiera en una situación que obviamente le daba tanto miedo, pero el recuerdo de Buruu ahogó todas sus dudas. Los hombres se gritaban los unos a los otros, tiraban enchufes y cables de sujeción. Mientras la luz se iba apagando, trajeron carritos achaparrados a toda prisa y los gaijins arrastraron los tanques de cristal por unos chirriantes raíles de hierro. La solución que había en el interior había cambiado de color a un blanco azulado luminiscente, una capa de escarcha de condensación se formó sobre el cristal. El olor del ozono flotaba espeso como la niebla junto a un agudo chillido que se iba alejando.

Capturando el cielo… ¡meten en frascos tan tontos no pueden comer cielo!

Encontremos a tu Chico.

no dejan entrar…

Por favor, Rojo.

me chillan me pegan

¿Por favor?

El perro gimoteó.

no debería ser perromalo

Rojo…

ahora me voy soy perrobueno

El can dio media vuelta para marcharse. Lexa pensó en Buruu otra vez, sangrando y muriéndose de hambre en la tormenta allá afuera. Su mejor amigo en el mundo. Su hermano. Significaba más para ella que la vida misma. Y, aunque la culpabilidad le hacía estremecerse, le atascaba el aire en los pulmones, se estiró dentro del Kenning y se encontró haciéndose la dura. Voz de hierro. No la suave voz de la sugerencia, ni siquiera la sutil presión de la manipulación. Era cruda y severa, una anulación de la voluntad, las cuerdas de un titiritero tirando de una marioneta con espasmos. Le latía la cabeza como si fuera a estallar, un líquido cálido goteaba por sus labios.

Rojo. Haz lo que te digo.

No se lo pedía. Era una orden.

Y con otro gemido suave, el perro metió el rabo entre las patas y obedeció.

Cruzó a toda prisa el cuarto de generadores, varios gaijins le gritaron, intentaron echarle de ahí. Lexa vio que ninguno de los trabajadores tenía insignias en las solapas ni pieles de animales sobre los hombros. Tenían un aspecto más desaliñado que Danyk y sus compañeros, más descuidado. Varios lucían lo que parecían cicatrices de quemaduras en la piel que tenían al descubierto. El perro encontró su camino por olfato, subió a un pescante de malla metálica, se adentró en una maraña de tuberías y manivelas de válvulas rojo chillón. Un gran dibujo colgaba de la pared, cubierto de escritura gaijin. Se parecía a una telaraña: un eje central conectado a nodos más pequeños por medio de finos cables fluorescentes. Cada nodo tenía una pequeña bombilla y un símbolo escrito. Una bombilla en la esquina superior resplandecía de un débil blanco azulado, una estela de fluorescencia llevaba de vuelta al centro de la red; la luz se iba apagando poco a poco a medida que la electricidad estática de la habitación iba muriendo. Lexa vio un elaborado dragón marino enroscado alrededor de lo que parecía una brújula en la esquina inferior y entonces se dio cuenta de lo que estaba viendo.

Un mapa.

Un mapa de la granja de relámpagos y las torres eléctricas de alrededor.

Hombres gaijin estaban reunidos en torno a un puñado de mandos de control ahí cerca; uno de ellos pronto detectó a Rojo de pie junto al refulgente diagrama. Apareció una enorme figura de uniforme, que Lexa reconoció como Danyk, bramando a voz en grito. Rojo se acobardó, pegó la barriga contra el suelo. Una luz blanco azulada centelleó por los aplanados cascos de samurái que llevaba el hombretón sobre los hombros.

te dije perromalo ahora…

Lo siento Rojo. De veras que lo siento.

Danyk cogió una llave e hizo amago de lanzársela al perro, rugiendo otra vez. Ilyitch emergió de detrás de un conjunto de tuberías, con una fregona que goteaba entre las manos y un tenue moratón con forma de mano sobre la mejilla. El hombretón le dio al chico una colleja que hizo que sus anteojos salieran volando. Ilyitch los recuperó rápidamente de la rejilla, cogió a Rojo del collar y lo arrastró escaleras abajo, regañando al can en su extraña lengua. Lexa podía sentir la vergüenza de Rojo, un vago resentimiento mezclado con la confusión sobre por qué había hecho algo tan completamente perromalo. La chica se sintió terriblemente culpable; tenía la enfermiza sensación de haber convertido el Kenning en algo descarado. Algo cruel.

Se apartó con cuidado del contacto con el perro, parpadeó repetidas veces y se chupó la sangre que empezaba a secarse sobre su labio superior. Tentativamente, se proyectó a través de los ojos de Rojo y se estiró para tocar los pensamientos del chico. La migraña se volvió horrible, como si un torno de metal se le estuviese incrustando en la base del cráneo. Tuvo que hacer un gran esfuerzo por no perder el contacto, para mantenerse dentro del ruido y la luz de una mente humana, tan completamente diferente de las de las bestias en las que había nadado la mayor parte de su vida. El chico arrastró a Rojo por el piso de la sala de captación, salió por las puertas dobles y subió la escalera de caracol. Lexa intentó hablarle en la cabeza, estructurar palabras que Ilyitch pudiera entender, pero se le escapaban y no lograba formar más que un revuelto ruido blanco y vacío, como tuberías huecas cayendo sobre un suelo empapado. El chico se paró, miró a su alrededor con el ceño fruncido. Rojo gimoteó, se le pusieron los pelos de punta. Lexa podía sentir la inquietud del perro, su instintiva sensación de que algo iba muy mal. Lo intentó de nuevo: formar un saludo y proyectarlo a través del perro, pero se colapso como un castillo de arena entre sus dedos; solo fue capaz de producir un galimatías de consonantes y vocales y siseantes interferencias. Ilyitch ladeó la cabeza, apretó fuerte los ojos, se sujetó la nariz e intentó destaponarse los oídos. Lexa dio un paso atrás, se quedó en la periferia de su calidez, mientras él volvía a coger a Rojo del collar y le obligaba a subir las escaleras.

Esto no funciona. No puedo formar las palabras.

Era como si las estructuras en la cabeza del chico fueran demasiado diferentes de las suyas: fichas cuadradas para meter en agujeros redondos. El idioma nunca era un problema con los animales, pero ¿quizás era porque los animales realmente no hablaban? ¿Quizás el Kenning no estaba pensado para hacer esto? ¿Qué podía hacer? ¿Cómo podía saltar la barrera que se interponía entre ellos? Necesitaba un modo de comunicación que ambos entendieran…

Recordó a Danyk mirándola desde lo alto, la hoja de la katana resbalando sobre su tatuaje. Sus ojos fijos en la imagen grabada en su piel, el símbolo que entendía sin que ella tuviera que articular ni una sola palabra.

Kiitsuuneey. Sahmuurayii.

… Eso era.

La respuesta.

No palabras. Imágenes.

Lexa formó una imagen y la empujó hacia la mente de Ilyitch: ella misma, hundiéndose bajo las olas mientras él se zambullía en las revueltas aguas para salvarla. El chico se tambaleó hacia atrás y se apoyó en la barandilla, con una mano en la frente. Le envió otra imagen: de ella y Buruu volando a través de cielos claros, ella con los brazos alrededor del cuello de su amigo. Trató de inyectar contenido emocional a la imagen, la simple calidez de la amistad y la confianza. Ilyitch se enderezó, parpadeaba como si le hubiesen golpeado en la cara. Como era de esperar, el chico soltó el collar de Rojo y miró hacia arriba por la escalera. Subió a un ritmo lento y cauteloso con Rojo pegado a sus talones, sus pisadas resonaron sobre el metal cuando alcanzó el rellano y se dirigió por el pasillo hacia la habitación de Lexa. La sensación era desorientadora, casi nauseabunda: observar al chico acercarse por el pasillo, Rojo a su lado, escuchar sus pisadas a través de los oídos de Ilyitch, las mismas pisadas que se acercaban en sus propios oídos. Así que rompió el contacto total y abrió los ojos, se limpió la nariz lo mejor que pudo sobre el hombro y se recostó contra la pared. Mientras lo hacía, empujó una última imagen hacia el chico gaijin: una imagen de sí misma, indefensa, asustada y desgraciada. Muñecas atadas y ojos implorantes, desesperada y sola, mirándole a él, su única esperanza. Cuando Ilyitch abrió la puerta unos instantes después, eso era exactamente lo que vio.