27
UNA MONTAÑA DE HUESOS
La sangre sobre los labios de Daichi era una espuma burbujeante, rosa como los jacintos de las colinas de poniente. Gimoteantes escalofríos le recorrían de arriba abajo, espumarajos salieron a borbotones por sus fosas nasales mientras su pulso se debilitaba y la luz de sus ojos se iba apagando. La Vieja Mari cortó las correas de su arrugado peto, retiró el hierro y rajó su uwagi para abrirlo; la piel, que encontró por debajo ya estaba amoratada desde la clavícula hasta la barriga. La mujer tenía las manos salpicadas de sangre, el pelo enmarañado desparramado por la cara; les chilló a los Kagés que estaban por ahí con voz aguda y temblorosa.
—Si no estáis aquí dentro ayudando, ¡salid ahora mismo de la jodida habitación! —Se giró hacia una chica joven—. Suki, trae más farolillos del cuarto de al lado. Eiko, necesitamos agua hirviendo. No me importa cómo, pero consíguela rápido. Y que alguien me traiga algo de loto, ¡por el amor de Amaterasu!
Daichi encogió las piernas cuando el dolor se apoderó de él. Tosió, una espuma sanguinolenta salpicó el aire. La herida le llegaba hasta el pulmón y Mari sabía que había muy poco que pudieran hacer. Varios hombres sujetaron a Daichi mientras ella se inclinaba sobre él, presionándole las costillas, sintiendo cómo los huesos se movían y crujían, maldiciendo otra vez para pedir más luz.
—¿Se va a morir?
Octavia estaba de pie ahí cerca, desdichada y temblorosa. El flequillo empapado le tapaba la cicatriz, tenía los ojos gris acero inyectados en sangre por la rabia y el dolor. Verle partir así…
—No se va a morir —dijo Mari—. No si yo puedo evitarlo.
Pero no podía. Y lo sabía. Daichi ya estaba a medio camino de la Montaña de Huesos. La sangre resbalaba por entre sus labios con cada borboteante jadeo, se arremolinaba alrededor de su cabeza. Cada inhalación era una ardua tarea, su respiración se hacía más superficial por momentos, la presión sanguínea caía en picado con cada forzado latido del corazón.
Solo podían rezar por que falleciera sin dolor.
—¿Dónde está ese loto? —chilló la anciana a voz en grito.
Mari oyó un clamor afuera, en la veranda, voces airadas que iban subiendo de tono. Octavia alzó la vista, con la mandíbula apretada, frunció el ceño como el mismísimo Enmaō cuando Clarke entró en la habitación, calada hasta los huesos. Detrás de la chica venía una joven alta y esbelta con ojos marrón tierra y oscuro pelo cortado casi al rape. Sus labios eran del color de unas rosas magulladas, tan llenos que parecía como si alguien la hubiese pegado en la boca. Iba vestida con una hakama raída, los pies descalzos, un sucio uwagi con un agujero abierto en la espalda para acomodar el bulto de una esfera plateada; un puñado de cromadas extremidades insectoides descansaba enroscado a su espalda.
Un hatajo de mirones se congregó en la entrada, miradas oscuras y murmullos aún más oscuros.
—Mari, ya conoces a Ayane —dijo Clarke.
—Por todos los dioses… —musitó la anciana.
—¿Que quiere decir esto? —bufó Octavia entre dientes—. ¿Cómo has salido de tu celda?
—Está aquí para ayudar, Octavia —contestó Clarke.
La Vida Falsa se acercó a la mesa ensangrentada, sus ojos recorrieron el cuerpo de Daichi. Abrió uno de sus párpados con el pulgar, apoyó dos dedos sobre su cuello y se inclinó hacia delante para escuchar la respiración que sonaba como una carraca en sus pulmones. El anciano tosió, salpicándole la cara de sangre. Ayane se enderezó, se volvió hacia Clarke y parpadeó una vez. Dos veces.
—Su pulmón se ha colapsado. Estará muerto pronto.
—Por todos los dioses del cielo, Mujer del Gremio, ¿estás loca? —Octavia todavía miraba a Clarke con odio, la indignación claramente reflejada en los ojos—. ¿Sinceramente crees que dejaría a esta maldita anomalía de la naturaleza tratar a mi padre?
—¿Preferirías que se muriera? —preguntó Clarke.
—Esto es una locura. ¿Le vais a meter cables por debajo de la piel? ¿Enchufarle a uno de esos malditos mecábacos? Preferiría enterraros a las dos a su lado.
—¿Qué pasa contigo? —Clarke estampó las manos sobre la mesa—. Se está ofreciendo a salvarle la vida a tu padre, y ¿se lo pagas con amenazas? —Clarke miró iracunda a las caras que observaban la escena desde las ventanas—. ¿No se supone que sois los que vais a liberar esta isla? ¡Deberíais ser mejores que esto!
Octavia se acercó a Clarke, puso la cara a pocos centímetros de la suya.
—Si no fuera por tus condenadas máquinas, ¡nada de esto hubiera pasado!
—¡Tu gente es responsable de lo que ha pasado! ¡Los lanzadores de shurikens había sido saboteados, Octavia!
—Estáis perdiendo el tiempo. —La voz de Ayane cortó a través del clamor, suave como la seda, afilada como las extremidades que tenía a la espalda—. Con todo el respeto, a este hombre le queda muy poco. Si no hacemos nada, está muerto. No veo cómo dejarme intentarlo puede empeorar las cosas.
Clarke se pasó la mano por la cabeza, miró a Octavia a los ojos, desafiante.
—¿Qué dices Octavia? ¿Confiarás en Ayane o te quedarás mirando mientras tu padre muere?
Los ojos de Octavia se posaron sobre su padre. Sus forcejeos se habían vuelto débiles, la respiración superficial entraba entrecortada a través de sus dientes ensangrentados. El miedo tallaba largos surcos por la frente de Octavia, por las comisuras de sus labios. Los puños cerrados, la mandíbula apretada, la respiración temblorosa. Miró a Ayane, los momentos pasaban como minutos, como horas, como días hasta que al final Daichi empezó a toser, toser, todo su cuerpo se sacudía y temblaba, sus labios pintados de sangre. Octavia se arrodilló al lado de su padre, le sostuvo la mano. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Realmente puedes salvarle, chica?
Los brazos cromados se desenroscaron de la espalda de Ayane de dos en dos, como las plumas de un pavo real, brillaban a la luz de los farolillos. Se tocó la sangre que tenía salpicada por la cara, la restregó entre los dedos como saboreando la sensación.
—Puedo salvarle.
Octavia suspiró.
Asintió una vez.
—… Entonces hazlo.
