29

UNA TIERRA QUE TIEMBLA

A veces, Roan podía sentir aún su mano.

Se despertaba en lo más profundo de la noche, molesto por algún picor o espasmo, se estiraba hacia ella y encontraba solo un colchón vacío, el resbaladizo beso de unas sábanas de seda. En la oscuridad, buscaba por el lugar en el que debería haber estado su brazo, palpaba la zona hasta que encontraba el muñón de carne que le habían dejado: las fruncidas cicatrices de la sutura, el retorcido y cartilaginoso nudo de carne salpicado de fijaciones de bayoneta; no quedaba ni medio bíceps por debajo del bulto de su hombro. Y en el silencio y la quietud, se imaginaba su cara y soñaba con todas las formas en que podía rompérsela.

—Lexa.

Musitó su nombre como si fuera un humo tóxico. Y cada vez que se despertaba para encontrarse con ese muñón de carne, cada vez que le picaba la mano y no podía rascársela, se envenenaba de nuevo. Ella estaba dentro de él. Una septicemia que le llegaba hasta las células. Una herida que se negaba a curarse. Como las cicatrices de cenizas ennegrecidas que se iban volando bajo sus pies, el runrún de unos motores asentándose como un cáncer en sus huesos. La nave blindada Luz Bendita era como una pequeña huella dactilar en el cielo del amanecer, vomitaba humo negro al rojo sanguinolento mientras la Diosa Amaterasu trepaba por el horizonte y prendía fuego al cielo. Roan estaba en pie a proa, media docena de Samuráis de Hierro montaban guardia en torno a él, el sol del amanecer teñía sus armaduras blancas como el hueso de un rojo inmolación. El Daimyo del clan Tora tenía las manos enlazadas a la espalda, los ojos verde mar fijos en la tierra torturada de la provincia de Jukai a sus pies. Los picos cubiertos de nieve de las Montañas Tónan quedaban al oeste e Roan sabía que en algún sitio entre esas cimas se agazapaba la inexpugnable fortaleza de la Primera Casa: el alma del Gremio del Loto en Shima. Era ahí donde había empezado el Gremio, dos siglos atrás, justo después de que Kazumitsu I accediera al trono. Cuando los zaibatsus del Tigre, del Dragón, del Fénix y del Zorro empezaron a consumir a los clanes más pequeños; la sangre del Halcón, el Panda, la Serpiente y sus colegas fue un simple festín para los Cuatro. Los primeros cultivos de loto de sangre a gran nivel salieron de aquí, hace siglos. Hubo una vez en que esta era la región más fértil de todo el Imperio, pero ahora era todo tierra cenicienta y humo negro que salía de las grietas. Como si un maestro de la pintura hubiera gastado su último aliento en pintar un paisaje de la más rara belleza, y algún amante celoso hubiese restregado sobre el lienzo pegotes de carboncillo de un dedo de grosor, que luego se habían secado y agrietado bajo el sol del mediodía. En los mapas, aquella tierra desolada todavía se llamaba provincia de Jukai, un nombre que significaba «Siempre verde». Pero los ciudadanos de Shima la conocían por otro nombre.

La Mancha.

—Está empeorando. —Roan miró de reojo a los Hombres del Gremio que estaban a su lado—. Está empeorando mucho.

El Segundo Brote Kensai se negaba a mirar hacia abajo, mantenía los ojos fijos en los campos de prueba que tenían por delante. El sol del amanecer besaba su perfecta mejilla de metal, las facciones suaves de una juventud dorada que vomitaba tuberías de respirador, su enorme traje atmos escupía gases y siseaba con cada bocanada de aire que inhalaba. Una cabeza de niño sobre el cuerpo de un monstruo.

—Todo irá bien una vez que las provisiones de inochi se restituyan. —La voz de Kensai retumbaba en el estómago de Roan—. Pero ahora veis porqué se debe retomar la guerra. Necesitamos más prisioneros, Shōgun. Más gaijins para alimentar el loto. Y más tierra para plantarlo.

Roan frunció el ceño. Su mente se deslizaba hacia lugares oscuros.

—¿No hay otra manera de hacerlo? ¿Alguna otra…?

—No. —Kensai cruzó los brazos—. Deben hacerse sacrificios. El loto debe florecer.

—Me incomoda pensar…

—La naturaleza no conoce la piedad. La sangre de los dóciles aplaca la sed del conquistador. Esta no es una ley única del Gremio. Esto es como funcionan todas las cosas, Shōgun.

—No me llame así.

—¿Y por qué no?

—Porque no soy Shōgun. Solo porque los líderes de dos clanes se hayan dignado a asistir a mi boda, no nos garantiza que vayan a jurarme lealtad.

—Se arrodillarán ante vos, joven Señor. Todos ellos.

—¿Y si no? ¿Cómo lucharán los clanes contra los Kagés o los gaijins si gastamos nuestras fuerzas luchando entre nosotros? ¿Me quiere fabricar un trono con los huesos de mis compatriotas?

—No necesitáis luchar contra los otros clanes, Shōgun. Todo lo que necesitan es un punto de unión. Una bandera lo suficientemente grandiosa y aterradora tras la que alinearse.

Kensai señaló hacia la lejanía.

—Así que os la damos a vos.

Roan observó los campos de prueba que iban apareciendo entre la neblina cenicienta que tenían por delante. Herrerías y plantas de fundición se elevaban como ampollas de sangre tras un bosque de alambre de espino, envueltas en humo. Trenes rodaban por vías oxidadas, transportando hierro y carbón de las minas de las Tierras Medias; anchas carreteras de gravilla negra, salpicadas de torres de vigilancia. Los campos bullían de actividad: trajes atmos se movían de aquí para allá, un centenar de sopletes de corte centelleaban como estrellas en un cielo largamente olvidado. Fila tras fila de máquinas blindadas, como soldados en posición de firmes, de casi cinco metros de altura incluso en reposo, con los brazos tipo guadaña terminados en cortantes cadenas de sierra. Cada máquina tenía cuatro patas, cada una tan gruesa como un tronco de árbol, la piel de un reluciente amarillo a la luz del sol abrasador. Cientos de ellas.

Roan arqueó las cejas.

—¿Máquinas trituradoras?

—Los Kagés construyen sus nidos en el bosque de las Iishi —dijo Kensai—. Así que no dejaremos ni un bosque en pie a nuestro paso.

Roan miró al otro extremo del campo, a través de la cortina de humo: torres de lanzamiento y pasarelas construidos en torno a una sombra imponente. Sopletes de corte chisporroteaban y escupían, Hombres del Loto arrastraban estelas de un azul brillante alrededor de la enorme figura, con sus reactores en llamas. Los Hombres del Gremio eran insectos a su lado; un inmenso gigante dormido, amodorrado en medio de un mar de mosquitos, demasiado enorme para sentir sus picaduras. Noventa metros de altura, ocho patas enroscadas bajo su hinchada barriga de metal como una araña a la espera. Brazos provistos de hojas de sierra con dientes tan grandes como personas, pistones tan altos como casas, grandes fustes de chimenea recorrían su columna y perforaban el cielo como espadas.

El ruido de sus motores era un coro de terremotos.

Una máquina. Un coloso. Un monstruo mitológico de hierro negro y humo aún más negro.

Roan miraba el artilugio alucinado.

—En el nombre de todos los cielos, ¿qué es…?

—Observa ahora la maldición de los Kagés.

Roan se limpió las cenizas de los anteojos, miró fijamente al gigante de metal. Era superior a cualquier cosa que hubiera podido soñar nunca. Una imponente, retumbante, imposibilidad de hierro forjado.

—Las Sombras tienen su abanderado —continuó Kensai—. Ahora nosotros tenemos el nuestro. Nuestra creación será el llamamiento que unifique a los zaibatsus. Dragón, Fénix, Zorro: ninguno será tan tonto como para enviar un ejército contra semejante máquina. Todos entrarán por el aro, uno detrás de otro, con vos a la cabeza. Y los lideraréis en la invasión de las Iishi; derribaréis cada árbol, machacaréis cada piedra, hasta que no queden más agujeros para que se escondan los rebeldes. Vengaréis a vuestro Señor y recuperaréis vuestro honor. Mataréis a la Impura y a los bobos que la siguen.

Roan se chupó los labios, sabían a humo de chi. La adrenalina dejaba un regusto agrio en su garganta. Le costó mucho tragar saliva.

—Es increíble.

—Estará lista para ponerse en marcha en unas semanas. Todo Shima temblará cuando la vea acercarse. Vos iréis a la cabeza, que los demás Daimyos no se hagan ilusiones sobre dónde está la lealtad del Gremio. Acabaremos con esta insignificante guerra civil y pondremos a los ejércitos de los clanes a trabajar. Los Kagés deben ser eliminados. Y esa abominación Impura debe arder.

Tras aquella máscara perfecta, Roan podía oír la sonrisa en la voz de Kensai.

—Y decíais que no os gustaban las sorpresas. —Hizo una reverencia, con la mano sobre el puño—. Shōgun.

Roan echó un vistazo al imponente coloso de hierro y humo.

Cerró los ojos, aspiró los humos, paladeó el sabor en los dientes y en la lengua. Podía sentir cómo le hormigueaban los dedos de su mano mutilada, el brazo de hierro que le habían dado temblaba en solidaridad. Un recuerdo fantasma de todo lo que ella le había quitado. La promesa de todo lo que él le quitaría a ella.

—¿Tiene nombre? —preguntó.

—Por supuesto.

Kensai abrió los brazos.

—Mirad al Arrasador.

El suelo era un mar de cenizas envuelto en humos ennegrecidos.

Cada paso levantaba una nube de humo, que se enroscaba alrededor de sus tobillos y colgaba de sus hombros como una mortaja. El amanecer luchaba por perforar la neblina; enfermizo, color gris vómito, el aire tan frío como la nieve de invierno. Estaban en alguna parte al este del bastión del Gremio, la Primera Casa. Se habían adentrado kilómetros por las llanuras donde habían crecido los primeros cultivos de loto a gran nivel, hace siglos. La tierra estaba desolada más allá de toda posibilidad de arreglo.

Ahora Ryusaki sabía por qué a este sitio lo llamaban «la Mancha».

El respirador del capitán Kagé estaba atascado e inservible, el artilugio era como una piedra alrededor de su cara. El mecanismo había fallado ayer y ahora solo las telas de los filtros mantenían los mortales gases a raya. Se sentía más sucio de lo que podía recordar, como si se hubiera dado un baño en aguas residuales y se hubiera secado revolcándose sobre cadáveres en estado de putrefacción. Cada inhalación era un dolor negro, tenía los ojos mugrientos de lágrimas de carboncillo detrás de sus anteojos, la garganta reseca, los labios cortados. Pero no se atrevía a quitarse el respirador para beber, ni siquiera un segundo. Ni siquiera para dar un solo trago. Sabía que el Gremio había construido su fábrica aquí en la Mancha por esa misma razón: un acercamiento por aire sería interceptado por acorazados, las carreteras y vías de tren eran un cuello de botella, siempre vigilado, y un acercamiento campo a través cruzando las tierras baldías era un virtual suicidio. El soldado que había en él no podía más que admirar a los muy bastardos.

—¿Cómo vais, chicos?

Ryusaki miró hacia atrás a sus compañeros Kagés y vio que tanto Shintaro como Jun tenían un aspecto patético. Las caras escondidas detrás de los respiradores y anteojos, tapados de los pies a la cabeza, gruesos guantes y botas pesadas, con los bordes fuertemente atados. Pero sus posturas delataban que ambos estaban sintiendo los efectos de las tierras baldías justo en la misma medida que Ryusaki. Jun en particular lo estaba pasando mal; había vomitado en su respirador la víspera y tuvo que quitarse la máscara para limpiarla, aspirando unas pocas bocanadas de gases. Tenía los ojos tan inyectados en sangre que Ryusaki casi podía verlos brillar detrás de sus anteojos. Un cansado gesto afirmativo con el pulgar fue todo lo que obtuvo de Shintaro, así que dio media vuelta y siguió avanzando trabajosamente, la tierra se desmigajaba bajo su peso como si la superficie fuese una concha hueca y podrida. Profundas huellas de pisadas marcaban su camino desde las vías del ferrocarril al norte. Los tres habían viajado de polizones en un tren de mercancías cargado de hierro. Se quedaron a bordo hasta que estuvieron tan cerca de los campos de pruebas como se atrevían. Y entonces, anteanoche, habían saltado hacia las tierras baldías.

Un día y dos noches en los infiernos…

Daichi había pedido voluntarios y Ryusaki conocía los riesgos cuando dio un paso al frente. Pero el mensaje de la célula Kagé de Kigen era claro: el Gremio estaba construyendo algo en la Mancha y, a estas alturas del partido, los Kagés no se podían permitir estar a ciegas. Si la Señora de las Tormentas hubiera regresado, el consejo podría haber utilizado sus ojos. Pero tal y como estaban las cosas, tenían que hacerlo a la manera difícil. Como lo habían estado haciendo durante años antes de que la chica llegara en su tigre del trueno.

Ryusaki no tenía ningún problema con eso.

Los tres Kagés recorrían penosamente las tierras baldías, seguían las estelas de humo de las naves voladoras. Vientos gélidos ululaban por la desolada llanura pero eran totalmente incapaces de llevarse el humo: los gases se agarraban a la tierra como un niño pequeño al kimono de su madre. Las grietas en la tierra eran las peores que había visto en toda su vida, algunas medían hasta tres metros de profundidad, y el trío se veía obligado a meterse en las fisuras cuando eran demasiado anchas para saltarlas. El humo flotaba especialmente denso dentro de esas grietas; una pegajosa niebla tóxica, tan espesa como el alquitrán, mortalmente fría, y que asfixiaba por completo la luz del sol. En las más profundas, podría jurar que oía una voz, dulce y alegre, susurrando justo más allá del límite de la comprensión.

Una voz de mujer…

Siguieron adelante, un paso arrastrado tras otro, hasta que le sangraban los pies y le temblaban las piernas. Al final Jun no pudo caminar más, cayó de rodillas. Volvió a vomitar dentro de su respirador, negro y repugnante, llenando los huecos de los ojos. Y Ryusaki se vio obligado a mirar, impotente, mientras el joven se arrancaba la máscara de la cara y vomitaba otra vez, una burbujeante fuente gris y escarlata. Y se desplomó de bruces sobre la tierra corrompida.

Se le habían puesto los ojos negros.

Veintidós años.

Susurraron una oración a Enmaō, rogándole al Gran Juez que juzgara al chico con justicia. No tenían ofrenda alguna, ninguna moneda de madera o incienso para quemar por él. Al ver las cenizas de las tierras muertas ya incrustadas sobre la cara del chico, Ryusaki deseó que fueran suficiente aval para que su alma se asegurara un juicio en la Corte de los Infiernos. El campo entero había sido quemado para producirlas, después de todo. Eso debería ser una ofrenda suficiente para cualquier juez.

Kilómetros. Horas. Humos tan densos que sus ojos nadaban en lágrimas, la cabeza le zumbaba, tenía el sabor de la muerte incrustado en la lengua. Shintaro se tropezó a su espalda, cayó bajo el peso de su mochila, y Ryusaki le arrastró hasta ponerle en pie de nuevo y le palmeó la espalda, prometiéndole una buena taza de sake de Danro cuando volvieran a la civilización. El chico casi deliraba, pero asintió y siguió caminando, con los hombros encorvados, como un hombre de camino al cadalso del verdugo. Al atardecer, llegaron a la cima de una pequeña colina. Y entre un mar de humos, los vieron.

Los campos de pruebas del Gremio.

Naves blindadas flotaban en el aire como hinchadas moscas del loto. Paredes de concertinas, lámparas halógenas y sopletes de corte que chisporroteaban mientras la Diosa Amaterasu se deslizaba hacia su lugar de descanso. Ryusaki manipuló el catalejo que llevaba al cinto, limpió las cenizas de la lente con el dedo, maldijo entre dientes cuando se lo llevó al ojo. Observó el complejo del Gremio, parpadeaba para quitarse las lágrimas, avistó unas enormes máquinas alineadas en formación, cerca de un centenar en total. Tenían cuatro patas, hojas de sierra amarillo chillón por manos. Tardó unos momentos en darse cuenta de que eran máquinas trituradoras.

¿Por qué iba el Gremio a necesitar una legión de esas?

Bufó entre dientes cuando por fin cayó en la cuenta.

Para acabar con un bosque entero…

Sacudió la cabeza y empezaba a darse la vuelta cuando lo vio.

Solo un atisbo, una sombra entre las sombras, algo inmenso y negro que acechaba entre la neblina tóxica. Pero entonces la Dama del Sol alcanzó el horizonte, ardió con fulgor mientras se echaba a dormir, y Ryusaki lo vio: un dentado coloso con barriga de caldero y chimeneas como púas y las patas de una enorme araña de hierro.

Una máquina como no había visto nunca otra igual.

—Por los tambores de Raijin, ¿qué es eso? —musitó.

Shintaro se desplomó sobre la ceniza, se miraba las manos pasmado, como si estuviera sorprendido de poseer un juego de dedos. Ryusaki tosió, sintió un sabor negro en la lengua. Desabrochó la mochila de Shintaro, retiró la tela encerada que la cubría y dejó al descubierto el poco atractivo bulto de un transmisor inalámbrico. Dio vueltas a la manivela pero la máquina hizo un ruido parecido al de una picadora de carne y se negó a arrancar.

—Mierda. —Ryusaki aporreó la radio mientras Shintaro se desplomaba a su lado, boqueando como un pez en tierra—. Vamos, bastarda, funciona…

Si le oyó, el transmisor no hizo ningún esfuerzo por obedecerle.

Podía sentir un malestar en el estómago que no tenía nada que ver con el miedo. Unas náuseas cenicientas y ennegrecidas, que se le colaban hasta los huesos y subían hacia su corazón. Podía sentirla en su interior. La muerte arraigada. El miedo junto a ella.

Pero no aquí. No aún.

Ryusaki se puso en pie de un salto, se quitó su propia mochila y se colgó el peso del transmisor a la espalda. A Shintaro le estaban dando espasmos, espuma negra anegaba su respirador, Ryusaki se arrodilló a su lado el tiempo suficiente para darle una puñalada en el corazón. Mejor morir deprisa. Mejor no sufrir.

No como iba a hacer él.

El capitán Kagé aspiró una irregular bocanada de aire, se acomodó el transmisor sobre la espalda y se encaminó hacia el norte, hacia las vías del tren. Tenía que alejarse lo suficiente de la niebla tóxica como para que el aparato pudiera funcionar, enviar un mensaje al puesto de escucha más cercano, seguir adelante, hasta que el mensaje alcanzara las Iishi. Porque Ryusaki ya sabía que él nunca lo haría. Nunca volvería a ver aquellas montañas, a oír la canción del viento en los árboles, a ver florecer las plantas en una bendita primavera. Nunca volvería a ver a su hermano. Nunca volvería a ser regañado por su madre por no comer bien o decir demasiadas palabrotas. Nunca vería esta guerra terminar. Cerró los ojos, borró de su cabeza el dolor, la pena, el temor, la desesperación. No tenía ni un segundo para desperdiciar en nada de eso. Porque se negaba a morir para nada. A dejar que Shintaro y Jun hubiesen muerto para nada. Esta información iba a llegar a las Iishi, aunque eso le matara. Con la cabeza gacha, luchando por cada bocanada de aire, Ryusaki empezó su caminata hacia el norte.

Aunque eso le matara.