30

UN MOMENTO DE VACÍO

Aunque Clarke había roto el candado de su celda, Ayane había insistido en volver a su prisión después de curar las heridas de Daichi. Cerró con cuidado la puerta tras de sí y se sentó en la oscuridad a esperar, a pesar de todas las protestas de Clarke. Decía que quería tener permiso antes de dejar su jaula. Validación. Vindicación. Lo obtuvo al final de un anciano con la respiración magullada y trabajosa, que se había despertado la víspera de un sueño que se hubiera convertido en muerte si no hubiese sido por la maldita chica del loto y sus relucientes patas de araña.

Libertad al fin.

Ayane salió de la celda y le echó a Clarke los brazos alrededor del cuello, con una sonrisa tan ancha como el cielo. Olía a sudor, algodón húmedo, sangre seca. Clarke le dio un débil abrazo en respuesta, esperando a que ella la soltara. Ayane dejó caer los brazos a regañadientes y dio un paso atrás para mirarle con esos oscuros ojos líquidos, la piel tan pálida como la luz de la luna.

—Clarkesan, ¿qué pasa?

—… Nada.

—Por el Primer Brote, podrías mentir un poco mejor, ¿no? —Una sonrisa irónica—. Así podría al menos intentar creerte.

—¿Por qué haces eso todavía?

—¿Hacer qué?

—Jurar por el Primer Brote. Ya no perteneces al Gremio.

—¿Una vieja costumbre? —La chica encogió los hombros, sus extremidades plateadas hicieron una ola a su espalda.

—Llamas la atención. Les recuerdas a los demás lo que solías ser. Daichi estuvo de acuerdo en liberarte porque le salvaste la vida. Pero cuanto menos te consideren como algo del Gremio, mejor.

—Entonces, ¿por quién debería jurar? ¿Los Dioses de los Truenos y sus tambores? ¿Quizás el Hacedor y sus testículos? —Adoptó una voz ronca, frunció el ceño de manera burlona—. Por las boooolas de Izanagi.

Clarke no pudo evitar sonreír.

—Lo haces muy bien.

—Gracias, mi Señora. —La chica hizo una genuflexión, como una dama de la corte—. Y ahora, ¿me vas a decir qué te preocupa, o deberíamos fingir que eres una mentirosa medio decente y mejor te pido que me enseñes la casa de baños?

—Solo… todo ello —encogió los hombros—. El fallo de los lanzadores. Daichi casi muriéndose. Creen que es mi culpa. Todo se ha ido al diablo desde que Lexa y Buruu se fueron. —Un suspiro—. Y ya deberían estar de vuelta.

Las palabras sonaron como si las estuviera pronunciando otra persona. Alguien en alguna habitación lejana, teniendo una conversación banal sobre algo demasiado absurdo para considerarlo siquiera.

¿Lexa desaparecida? Tonterías. La última vez que se habían visto, habían discutido a gritos. El destino nunca sería tan cruel como para llevársela sin darle a ella la oportunidad de…

—Estás preocupada por ella —dijo Ayane.

Clarke miró fijamente al suelo. Asintió.

—Estoy segura de que está bien, Clarke. Esté donde esté. Es la Señora de las Tormentas. Destrozó tres acorazados sin hacerse ni un rasguño. Mató a un Shōgun simplemente mirándole.

Clarke sacudió la cabeza.

—Esa no es ella. La forma en que todos la veis… —suspiró, se frotó la arruga que le cruzaba la frente—. No sabéis nada de ella.

Ayane le tocó la mano, las yemas de sus dedos eran tan suaves como telas de araña por su piel. Una leve sonrisa asomó a sus labios.

—Eres muy dulce, ¿sabes, Clarkesan? Siempre piensas lo mejor de todo el mundo.

Clarke bajó la vista cuando los dedos de Ayane tocaron los suyos, se le puso inesperadamente la carne de gallina. La miró a los ojos y entonces se dio cuenta de lo cerca que estaba. Y antes de que supiera lo que estaba pasando, los labios de Ayane estaban tocando los suyos, llenos y suaves y cálidos, el cuerpo de la chica apretado contra el suyo, suavemente, como si ella pudiera romperse. Clarke se quedó quieta un segundo, y dos, y tres, se le atascó el aire en los pulmones, un zumbido en los oídos, hasta que al final se apartó, dio un paso atrás y levantó las manos. Ayane se quedó quieta como una piedra, con los ojos cerrados, las extremidades plateadas se habían desenroscado y ondeaban a su alrededor, tenía los amoratados labios rosas curvados en una diminuta sonrisa delicada.

—Así que eso es lo que se siente —murmuró.

—¿Por qué has hecho eso?

Ayane abrió los ojos, parpadeando rápidamente. Las plateadas patas de araña tiritaban.

—Solo para sentir —dijo—. Solo para saber.

—No deberías hacer algo así. No sin preguntar primero.

—¿No te ha gustado?

—No, no me ha gustado.

¿No te gustó?

—Lo siento. Solo pensé… —Entrelazó los dedos, juntó las manos—. Pensé que si no querías que lo hiciera, me hubieras parado…

—No lo hagas otra vez, por favor.

—No te enfades conmigo.

—No estoy enfadada…

—Sí lo estás. —Las lágrimas anegaron los ojos de la chica—. Lo siento. Solo es que… todo, todo esto… —Sacudió la cabeza, tanteando a ciegas en busca de las palabras apropiadas—. Ahora que tengo la oportunidad de sentir algo, simplemente quiero sentirlo todo…

Las lágrimas resbalaron por encima de sus nuevas pestañas, bajaron por esas mejillas pálidas como la luna.

—Lo siento mucho, Clarkesan.

—Está bien. —Clarke abrió los brazos y le ofreció un abrazo incómodo. Ayane se apretó contra ella y tiritó, hipaba suavemente. Clarke le pasó la mano por la incipiente pelusilla de la cabeza y susurró—. Todo irá bien, no llores, cálmate —sintiéndose completamente desdichada.

No hace mucho, ella era justo como ella, desplegaba las alas por primera vez en un mundo que nunca había conocido. Recordaba bien lo que era sentirse así, ser la indeseada, la de fuera mirando hacia dentro, y por un breve e imposible momento, se olvidó de una chica con el pelo largo y oscuro y una piel como crema suave y ojos tan profundos que podría ahogarse en ellos, que se había alejado volando sobre su tigre del trueno y se había llevado su corazón con ella. Olvidó que había desaparecido, que podría estar muerta, que la última vez que la había hablado podía ser la última vez que se hablaran en la vida.

Se olvidó de ella por completo.

Pero solo por un momento.

Un único y vacío momento. Las enfadadas miradas le hacían cosquillas en la nuca.

Ayane caminaba a su lado, aparentemente perdida en el mar de cosas por ver y oler, con una pequeña sonrisa en la cara mientras observaba las copas de los árboles y respiraba hondo, como si cada bocanada de aire fuera su primera y su última. Pero Clarke podía sentirlo. Verlo en las sombrías expresiones de los Kagés, los hombros tensos, cómo interrumpían sus labores cuando ellos pasaban y cómo hacían un conjuro contra el mal cuando creían que ella no les veía. Algunos miraban a Ayane con una vaga aprobación; parecía que el rumor de que había salvado a Daichi ya se había extendido. Pero para ella, no había más que desconfianza. Ira y desprecio.

Empezaron a cruzar un puente colgante, Ayane iba charlando sobre la forma en que el viento hacía que los pelos de sus brazos se levantaran en pequeñas hileras, cómo sentía algo parecido a una corriente estática, y lo raro que resultaba tener pelos en los brazos en primer lugar. A Clarke le hormigueaba todo el cuerpo bajo las miradas de odio, rechinaba los dientes, dolida por la injusticia de todo ello. Si no hubiera sido por sus lanzadores, esa cuadrilla de onis hubiese sido imparable, los Kagés nunca se hubieran podido enfrentar a ellos cuerpo a cuerpo, no digamos ya vencerlos. Si no hubiese sido por su perímetro, ahora mismo esos peones de los infiernos estarían paseándose por el bosque libremente y los Kagés estarían atrapados en sus árboles y rezando por que volviera Lexa. Antes de que fallaran, los emplazamientos habían acabado con más de una docena de monstruos. ¿Pero acaso le importaba eso a alguien? ¿Alguien se había parado siquiera un segundo a pensar qué hubiera pasado si Clarke no hubiera estado allí en absoluto? ¿Y a nadie más le parecía sospechoso que todos y cada uno de los lanzadores fallaran prácticamente a la vez?

¿Cómo demonios consiguieron que se rompieran esos sellos?

—Mujer del Gremio.

La voz fue como un puñetazo en el estómago, dura y heladora; el recuerdo del cuchillo retorciéndose en su enchufe le daba dentera.

Skritch.

Skriiiitch.

—Vete, Isao —dijo Clarke.

Los chicos estaban de pie al final del puente colgante, cortándoles el paso hacia la casa de baños; Isao delante, Atsushi acechando como una sombra detrás de ella. Clarke se paró, tiró de Ayane para que se parara también. La chica parpadeó y miró a su alrededor, con ojos de cervatillo y confundida.

—¿Qué pasa, Clarkesan?

—Vuelve a la prisión. —Habló en voz baja—. Espérame allí.

—Te dije lo que pasaría si no te ibas. —Isao levantó un par de tonfas: mazas de madera con un corto mango perpendicular a la empuñadura—. Deberías haberme escuchado.

Clarke notó un movimiento a su espalda. Takeshi estaba de pie al otro extremo del puente, una gran sonrisa cruzaba su cara torcida. Clarke miró a los demás habitantes del pueblo, sobre otras plataformas, pero ninguno quiso sostenerle la mirada. Recogieron sus aperos o simplemente abandonaron sus tareas y se alejaron caminando. Los chicos eran todos asesinos de onis; si tenían algún problema con la Mujer del Gremio, parecía que no muchos Kagés lo consideraban asunto suyo tras el desastre en la línea de lanzadores.

Clarke apretó la mano de Ayane, tiró de ella y la colocó a su espalda.

—No te pongas en medio, Ayane.

—Tus malditos lanzadores de shurikens casi matan a Daichisama —escupió Isao—. Te lo advertí.

Tres metros de distancia.

—¿Mis lanzadores? —bufó Clarke entre dientes—. Vosotros sois los bastardos que los sabotearon. Esa es la razón por la que le suplicasteis a Daichi para no luchar en la línea. Vosotros los preparasteis para que fallaran, pero queríais que reventaran en la exhibición de prueba con todo el pueblo mirando, no en medio de…

—¿Y cómo demonios iba yo a saber sabotear tus máquinas, Mujer del Gremio?

—Vi tus manos después de la batalla, Isao. Estaban cubiertas de grasa.

—¿Grasa, idiota? —se mofó Isao—. ¿Era negra? ¿Pegajosa? ¿Como la sangre de los onis?

Metro y medio.

—Cuando Daichi se entere de esto…

—¿Y cómo se va a enterar? —sonrió Isao—. Las mujeres muertas no hablan.

Medio metro. Lo bastante cerca como para ver las gotas de sudor sobre la piel del chico. El odio patente en sus ojos.

—Isao, no…

El tonfa silbó rozándole la mandíbula. Clarke se echó hacia atrás y fue a dar con la cabeza contra la nariz de Ayane. La chica chilló y se llevó las manos a la cara, se tambaleó hacia atrás, agarrándose a la barandilla de cuerda para recuperar el equilibrio. El puente osciló bajo sus pies. Clarke dio un paso al frente y agarró el segundo tonfa, la madera dio un golpe contra sus palmas. Intentó quitarle el arma de las manos a Isao, pero el chico le golpeó con la otra maza, una vez, dos veces, hizo crujir su plexo solar y sus costillas, le sacó el aire de los pulmones junto con una arcada de vómito. Clarke intentó darle un torpe codazo mientras caía, su codo impactó contra la barbilla de Isao. Una patada en el estómago le obligó a hacerse un ovillo en el suelo, oyó a Ayane chillar, una risotada de Takeshi mientras cogía a la chica por los brazos. Isao puso a Clarke de pie a empellones, le dio otro puñetazo en el estómago, y otro, y otro, hasta que el dolor ardía blanco y su respiración se volvió roja y el mundo cabeceaba de lado a lado como si un gigante lo estuviera agitando en sus puños torpes y gordos. Sintió cómo le empujaban contra la barandilla, el puente se balanceaba bajo sus pies. Isao tenía una mano alrededor de su cuello, con la otra le agarraba por el obi y le arrastraba hacia arriba, asomando su cuerpo por fuera de la barandilla, por encima de la caída de casi veinte metros hasta el bosque allá abajo.

—¿Tienes una máquina para ayudarte a volar, Mujer del Gremio?

Clarke resolló, tenía sangre en la boca, sujetó la mano que le apretaba el cuello. Podía sentir la brisa del bosque, fresca y seca, hojas color fuego caían revoloteando de la cubierta vegetal hacia el espacio vacío bajo sus pies. ¿Revolotearía él como ellas? ¿Daría volteretas, caería hasta un repentino final, en el que cerraría los ojos y no soñaría nunca más? ¿Era así como iba a terminar? ¿Era la Cámara del Humo una mentira absoluta?

Cientos de ojos, rojos como la puesta del sol, refulgiendo y sin parpadear, le miraban con tanta adoración como podía reunir el cristal.

Su propia cara, pero no la suya en absoluto.

No me llaméis Clarke. Ese no es mi nombre.

Unos despistados rayos de sol se filtraron a través de la cubierta, una lanza de rojo sangriento que le deslumbró los ojos.

Lexa, ¿dónde estás?

Sintió un chorro mojado salpicarle la cara, oyó un grito por encima de una sibilante música plateada. Isao le soltó, se apartó de un salto; Clarke se desplomó de rodillas mientras agudos gritos de miedo y de dolor llenaban el aire. Alzó la vista, parpadeando en la titilante luz, vio a Ayane de pie delante de él, la cara ensangrentada, las manos abiertas, dedos temblorosos desplegados como si estuvieran sintiendo el aire. Las extremidades de araña estaban arqueadas a su espalda, cada una glaseada con una fina película escarlata. Isao estaba retrocediendo, con las manos en la cara, los dedos pintados de rojo, los ojos fijos en la oscilante plata a la espalda de Ayane. Atsushi estaba detrás de él, aullaba como un bebé hambriento, con los dedos desgarrados, los antebrazos y los bíceps agujereados como si se hubiese enredado con un lanzador de agujas. Takeshi estaba hecho un ovillo sobre el suelo del puente, sujetándose el brazo, finas cintas escarlatas subían resbalando hacia su hombro, goteaban sobre la madera a sus pies. El labio inferior de Ayane temblaba, tenía los ojos oscuros abiertos de par en par por el miedo.

—Apartaos de ella. —Su voz sonó pequeña, temblorosa—. No la toquéis.

—Monstruo —escupió Isao—. Abominación.

Ayane echó un vistazo a la chica que estaba a su espalda, luego a Isao, las mejillas bañadas en lágrimas y sangre.

—Simplemente dejadnos en paz —murmuró.

Takeshi consiguió ponerse en pie, se alejó arrastrándose, dejando huellas escarlatas de pisadas tras él. Isao y Atsushi también retrocedieron, con los ojos fijos en la temblorosa chica, llenos de odio. Hojas cayeron de las ramas que tenían sobre sus cabezas, llenaron el golfo que los separaba con dibujos naranjas y amarillos y empapado rojo sangre; una lenta y preciosa danza que caía en espiral hacia abajo, hacia el lugar donde todos sabían que acabaría.

Desaparecieron.

Ayane cogió a Clarke, la ayudó a ponerse de pie. Temblaba tanto que apenas podía con su peso. Clarke sentía el estómago como si la hubiesen pasado por una picadora de carne, cada respiración era una lucha, el sabor a cobre impregnaba su lengua. Ayane pasó el brazo por encima de su hombro y empezó a caminar. Su voz era pequeña y frágil como copos de nieve.

—Me dijiste que los Kagés eran buenas personas, Clarkesan. Que creían en lo que estaba bien.

Clarke se limpió la boca con el dorso de la mano, cuando la apartó estaba ensangrentada. Dolía decir las palabras. Más de lo que podía imaginar. Y aun así las dijo de todas formas.

—Quizás estaba equivocada.